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—¿Tu carta por mi dolor…?—inquirió la rubia con voz desapasionada y quizás un poco molesta. Él tuvo que reprenderse de manera mental y volver a recordarse que Helga, estaba acostumbrada a librar sus propias batallas y jamás mostrar su debilidad.

—No tienes que…—intentó reparar el error pero ella levantó la mano sana en son de paz.

—Cállate, Arnold. ¡Duérmete ya! —dicho esto se dio la vuelta y cubrió su cuerpo con la sábana. El suspiró, buscando el apagador de la luz con la mirada. La casa de Helga era bastante amplia, bellamente decorada pero no transmitía un ápice de calor de hogar. Debió ser duro, demasiado difícil para ella, vivir siempre a la defensiva, esperando lo peor de los demás.

Hizo a un lado la sábana que lo cubría, Mantecado abrió un solo ojo y él hubiera querido patearlo o como mínimo enseñarle el dedo de en medio pero el gato ya estaba sonriendo. Seguro, que si Helga tenía que elegir, el que dormiría en el baño o en el patio sería él, así que continuó su camino y se encargó de apagar la luz. De regreso, ya más relajado tuvo que escudriñar las sombras, no fuera a pisarle la "real" cola al "amado" gato de su novia. No sucedió eso, lo que pasó es que Mantecado se subió a su sillón y enroscó su osamenta en el lugar dónde él había estado posando su cabeza.

—¡Baja! —le ordenó en un susurro.

—Ssss…—el desgraciado, le mostró las garras. Pero bueno, él era un pacifista, no se iba a pelear con la bola de pelos mas desesperante del mundo, ni con nadie. Así que hizo lo único lógico y "suicida" que alguien en su situación podría hacer, es decir: se metió en el sillón con su novia.

—¡¿Ehhhhh?! ¡¿Qué crees…qué…?!—se quejó la rubia, dándole un codazo en las costillas, él resistió el golpe y de todas formas se acomodó junto a ella. Ya habían demostrado en la casa de huéspedes que podían compartir el mismo espacio.

—¡Arnold…!—volvió a golpearlo, él la rodeó con sus brazos. ¿Esto era una canallada? ¿O un abuso de confianza? No lo sabía, pero se sintió feliz de ganarle en su juego al gato.

—Mantecado me corrió del otro sillón y no pienso dormir en el piso.

—¡Usa una silla, súbete a la mesa, improvisa!

—Eso es lo que hago, aquí cabemos los dos…—le susurró al oído y ella instantáneamente se relajó. Su aliento en el cuello enviando descargas eléctricas por todo su cuerpo.

—Intenta lo que sea y te arrancaré los brazos, melenudo.

—¿Intentar? Si la única que tiene pensamientos macabros eres tú…—dicho esto cerró los ojos y relajó cada uno de sus músculos. ¿Aroma a mango? No, mas bien, era el aroma natural de su novia inundando sus pulmones, sus manos rodeando su cintura, el brazo herido de Helga estaba por la parte alta de sus cuerpos, procuró no moverlo demasiado para no lastimarlo.

Mantecado permaneció con sus hermosos ojos perfectamente abiertos, escudriñando las sombras, descifrando misterios en la oscuridad de la noche.

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Helga, no soñó con nada nuevo.

Revivió escenas pasadas que la llenaban de vergüenza y algo de tormento, pero la antigua desesperación que solía consumir sus fuerzas cada que rememoraba esos eventos, no apareció. El roce de las manos de Arnold, la prisión de su cuerpo, el calor de tenerlo, la hacía sentir segura, amada y acompañada.

La soledad, que usualmente derrocaba sus fuerzas y aplastaba su espíritu, ya no estaba. La sintió desprenderse, al igual que todas las otras máscaras. Ella, ya no era la chica ruda, orgullosa, malditamente atormentada por lo que pudieran decir o juzgar de ella, porque cierto es que lo primero que aprendió de su padre era aquello de que "es mejor ser temido que querido" y ella había preferido eso.

Para proteger su corazón, su vulnerabilidad, para salvarse a si misma de terminar como Miriam.

En algún rincón de su mente aún tenía miedo de mirarse en el espejo y parecerse a ella. Se dejó crecer los cabellos tanto como solía usarlos su madre, aunque no sabía bien el por qué.

Eran como un espejo, una de la otra, pero aún así se atrevía a desafiar el destino, a gritar al viento que era más orgullosa, valerosa y poderosa, que estaba por encima de cualquier idiota que osara mostrar interés en su piel…

Nadie la tocaría, nadie la humillaría, nadie dejaría una cicatriz tan profunda que buscaría sanar con alcohol o estupefacientes por el resto de sus días.

El destino, no la alcanzaría.

El karma, jamás la aplastaría.

Eso era lo que se repetía cada vez que jugaba en el campo. Cuando golpeaba la pelota con todas sus fuerzas y corría como si su vida dependiera de ello, huyendo de sus demonios, de sí misma, de la historia que según los profesores en materia, existía para no repetirse.

Arnold la abrazó un poco más fuerte, como si presintiera la batalla que estaba librando por dentro. A la sensación de su aliento en el cuello siguieron las descargas eléctricas que se fundieron en la sangre que bombeaba su corazón.

Se sabía segura con él, por primera vez en mucho tiempo, quiso creer que todo estaría bien.

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Arnold, soñó con las sombras.

Estaba en San Lorenzo, en aquella selva nutrida de árboles y exótica fauna. Sus pasos lo conducían al volcán que lo vio nacer en una escena similar al ritual que se llevó a cabo cuando cumplió los catorce años de edad.

Para los "ojos verdes" esa era la edad en que se convertían en adultos y por tanto paso de ser "niño" a "hombre milagro" le hicieron participar en ritos, bastante impresionantes y que involucraban pruebas físicas, místicas y de inteligencia.

Todas las superó con creces, granándose el respeto de "su gente" además del amor y orgullo de sus padres.

Regresando al sueño. Se encontraba solo, sentado en posición de loto ante una gran fogata, detrás de él se levantaba su tienda fondeada por la frondosa selva.

Se suponía que debía meditar, centrar su cuerpo, su alma y su mente, aislar cada componente externo hasta que no escuchara, ni el cantar de las aves, el susurro del río o el crepitar del fuego. Lo fue haciendo de a poco, hasta que lo único que escuchó fue el sonido relajado de su respiración y los latidos de su corazón...

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SAN LORENZO,
DOS AÑOS Y MEDIO ATRÁS.

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Como "niño milagro" se esperaban cosas asombrosas de él. Sus abuelos siempre estaban diciendo las cosas maravillosas que algún día lograría hacer pero ha decir verdad, todo en su vida se sentía como seguir las instrucciones de un manual. Era educado, caballeroso y amable, porque se suponía que lo tenía que ser. Se involucraba en los problemas de los demás porque decían que era él, quien sabía mejor que nadie lo que tenían que hacer. Se la pasaba todo el tiempo soñando despierto porque desde muy pequeño, le dijeron que existía otro lugar al que debía pertenecer y aunque no era el mejor deportista, el mas arriesgado o el más ingenioso, nunca le faltó el espíritu de la aventura porque sentía en su sangre que efectivamente, había más cosas que tenía, podía y debía hacer.

El manual a seguir era muy simple:

"Sé la mejor versión posible de ti"

"Ayuda a otros, porque llegará el momento en que te despidas de todos" "Arriésgate, goza, sufre, ríe, enójate, pero no te dejes gobernar por las emociones, porque tú fluyes como el fuego. Eres lava ardiente durmiendo en un volcán y si estallas, cosas terribles pasarán"

Él podía con todo eso, ya era un maestro dominando cada aspecto de ello y ciertamente pocas personas ponían a prueba su temperamento.

Pocas, por no decir: Helga.

Al pensar en ella pasaban cosas que tenían que ver con los demonios internos de su naturaleza.

Fuego, lo sentía arder al interior de sus venas, una descarga de energía que no sabía bien como interpretar porque Helga lo ponía al límite, pero también le hacía conocer sus limites.

Si lo pensaba con detenimiento. En los meses que pasó con la tribu de los ojos verdes, aprendiendo sus costumbres y tratando de estrechar lazos con sus padres. Él sólo se relajaba o enfadaba cuando la recordaba a ella. Y fue sugerencia de Miles, luego de constantes gritos a mitad de la noche que se sentara al calor de la hoguera, meditara como los nativos le enseñaron a hacer y se concentrara únicamente en lo que hacía rabiar o estremecer a su corazón.

Mintió.

Cuando preguntaron ¿Por qué despertaba gritando? bañado en sudor y con el corazón acelerado. Él sólo dijo que había visto sombras. Soñó con las sombras, más nunca aclaró que entre ellas, la había visto a ella. Sus cabellos rubios, los ojos celestes, la tez clara, su dedos delgados, la cintura estrecha, dónde había querido colocar las manos la ultima vez que se besaron pero no se atrevió.

Miedo.

Era eso lo que carcomía su alma, lo que no le dejaba dormir de la noche al alba, así que haciendo de tripas corazón y a sabiendas de que regresaría a la mañana siguiente a Hillwood, obedeció.

Ataviado únicamente con el pantalón de cama, pues su camisa de dormir una vez más se había pegado a sus formas por el sudor. Salió de su tienda y encendió una hoguera. No quería más pesadillas, más pensamientos, más recuerdos, ¡más nada! relacionado con Helga, así que meditó.

Una chica preciosa lo acompañó esa noche. Cabellos negros, piel morena y ojos verdes que destellaban como luceros.

Ellos se conocieron durante aquella encomienda, se enfrentaron a las mismas pruebas, tenían la misma edad y los "ojos verdes" no discriminaban entre un hombre o una mujer. El rito, de manera general servía para convertirlos en guerreros. Hombres y mujeres de gran valía que protegerían los secretos de la tribu y darían la vida por su pueblo.

Él más que nada se convirtió en estratega. No usó sus músculos para combatir, ni las herramientas para responder a la violencia. Se valía de su astucia para superar cada prueba y esto de "Helga" se lo tomó como la ultima de ellas.

Anthea, ya había expresado sus sentimientos. Se sentía atraída por él y aunque le halagó y sentía exactamente lo mismo (físicamente) rechazó su propuesta. Él no viajó todos esos kilómetros para conseguirse una novia, lo hizo para afianzar lazos con sus padres, para estar dónde le dijeron desde niño que debía estar, para sentirse uno con la naturaleza porque cierto era que había algo que despertaba en él cuando se sentaba a las faldas del volcán, pero aún así. Como toda fémina que expresaba interés en él, era perseverante y terca.

No dijeron nada, él adoptó la posición de loto y ella lo imitó, de frente a él con la hoguera ardiendo entre sus cuerpos. Vestía un conjunto de top y pantalón marrones que la hacían lucir como alguna ninfa mística del bosque. Cerró los ojos, ignoraba si ella lo efectuó a la vez pero como sea, se obligó a relajarse y pensar en su mayor temor.

"El Terror Pataki"

Y al pensar en sus formas: el cuerpo de que niña comenzaba a transformarse en mujer, la luz de sus ojos con todas esas cosas que él sabía que se moría por decir pero que nunca más se atrevería a decir. Ese fuego interno que parecía dar vida a la sangre que corría por sus venas, reaccionó.

—¿A dónde vas….?—preguntó Thea, cuando aclaró las cosas con los demonios internos de su naturaleza y se levantó comenzando a juntar tierra para apagar la hoguera. Ella a su vez se incorporó, arrodillándose a su lado, enlazando sus manos una vez el fuego se hubiera apagado. Podía ver, gracias al resplandor de la luna y la inmensidad de la noche una flama de pasión y deseo similares a los propios ardiendo en sus ojos, pero aunque era preciosa. (con Dios de testigo que era una de las mujeres más hermosas que había visto en su vida) él, no la siguió.

Lo invitó a pasar la noche en su tienda. Ante sus padres y la tribu de los "ojos verdes" ya eran adultos, podían enlazar sus destinos, ser el uno del otro y a pesar de que entendía lo que le ofrecía y su cuerpo lo quería, el corazón no lo sintió correcto y por tanto no cedió.

Se encerró en su tienda, encendió una vela y escribió una carta.

Todo lo que le quería decir, todo lo que le hacía sentir, todo lo que por cuatro meses no lo dejó dormir, lo expresó en letras. Nunca las diría en alto, jamás volvería a leerlas, eso se lo prometió a sí mismo pues cuando concluyó, la dobló en cuatro, anotó sus iniciales como todo nombre y la selló con cera.

"H.G.P"

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—/—


Regresando al inicio y a su sueño. Él meditaba de nuevo, en total soledad, de frente a la misma hoguera. Ya no había dudas en su corazón. Decidió a quién quería en su corazón pero ahora necesitaba volver a ser lo que fue.

El guerrero, el estratega, el por algunos llamado. "Hombre milagro"

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Era ya bastante entrada la mañana cuando ambos se levantaron, él abrió los ojos y encontró la mirada intensa de ella. No decía nada, no se movía, pero lo miraba. Hubo una discreta sonrisa en su cara cuando lo vio despertarse, él la correspondió. Y hubiera sido maravilloso besar sus labios con devoción pero escucharon unos cuantos golpes contra la puerta y eso los puso alerta.

Arnold se levantó primero, Mantecado ya estaba arañando y rumiando contra la puerta. La persona al otro lado lo llamó con afecto.

—No te pongas así, Soy Phoebe…—la sangre se les congeló en el interior de las venas a ambos. La pelinegra insistió, llamando ahora a Helga.

—¿Está todo bien ahí dentro? Nunca respondiste mis llamadas o mensajes de texto y hay vidrios en tu pórtico. ¡Dios, mío! ¿Qué le pasó a tu ventana? —Helga le pidió que no se moviera con un leve susurro, de nada serviría esconderse de Heyerdahl, más que nada porque Gerald ya lo sabía y el rubio le pondría un altar a su mejor amigo por haber protegido su secreto la noche entera. Pataki se apresuró a medio acomodar sus cabellos y responderle a su amiga a voz en grito.

—¡Espera un segundo! No encuentro las llaves.

—Siempre las dejas detrás del televisor…

—¡Ya lo sé, Bob! —Phoebe soltó una risita, Mantecado rumio más, al parecer estaba decidido a ser quien diera la exclusiva sobre las visitas indeseables en casa. Una vez la llave entrara al cerrojo y la puerta se abriera, la bola con pelos escaló al regazo de la morena, Phoebe se distrajo un poco con eso, cerró la puerta por detrás de su cuerpo, después vio a su mejor amiga y por ultimo….se quedó de piedra.

—Oh…—dos cabezas rubias la miraban a los ojos con gestos avergonzados y culposos, y aunque había evidencia de un campamento improvisado en la sala, se obligó a sí misma a ser paciente y esperar una explicación. Los cabellos sueltos de ambos no mentían, las ropas de cama tampoco, las sábanas estaban tiradas entre ambos sillones, una almohada parecía haber sido usada por Mantecado, la otra estaba en el sillón mas largo, el control remoto igualmente descansaba en el piso, no había calzado a la vista o demás prendas que despertaran sospechas.

—¿Sucedió algo aquí de lo que me debería preocupar a largo plazo?—ambos negaron, aunque sus rostros se sonrojaron.

—¿Tiene que ver con lo que le pasó a tu pórtico y a la ventana?—ambos asintieron, como chicos de tres años, atrapados con golosinas en la mano.

—¿Él es la razón de que no me respondieras una sola llamada?—Helga asintió, avergonzada, sumamente culpable por haber dejado de lado a su mejor amiga y como Phoebe la conocía y disfrutaba un poco con la tortura china, bajo al gato y espetó.

—¡Toma tus cosas Mantecado, nos vamos! ¡Este lugar ya no es apto para criar a un gato! —el peludo corrió por la sala en dirección de la cocina, tomó su tazón de croquetas con la boca y siguió a la morena.

—¡E…espera, Phoebe…! ¡Mantecado…!—el gato, ni la miró se enroscó a los pies de Phoebe quien simplemente cruzó los brazos a la altura del pecho y agregó.

—Helga, me has…decepcionado.

—¡No pasó nada! —se defendió.

—Pasó mucho por lo que puedo ver, dime si no durmieron en la sala o si Arnold no trae el pants deportivo que te compró Bob y por el cual bramaste como loca durante horas porque tu padre cree que eres tan gorda como una vaca…

—¡Puedo explicarlo!—insistió.

—Te doy veinte segundos…—la morena fingió tomar el tiempo mirando su reloj de pulsera. Arnold no sabía si meterse en la línea de fuego o correr escaleras arriba y volver a ponerse su ropa.

—Phoebe, por favor…—suplicó.

—Diecisiete, dieciséis…—comentó sin despegar la vista del reloj, luego volvió a mirar a la rubia y enfatizó. —de acuerdo, sólo responde dos cosas y quedamos a mano.

—Lo que quieras.

—¿Te rompiste la muñeca?

—No…—la culpa se le escurrió por los pies y descargó un suave escalofrío en su espina dorsal. Claro que lo más importante para su amiga, no era la presencia de Arnold en su sala, sino la muñequera que saltaba a la vista sin importar quien la viera, acarició la maldita cosa que seguía en su sitio y al hacerlo sintió un hormigueo que se extendió por el brazo completo. Phoebe lo notó, pero aún así prosiguió.

—¿Arnold y tú…?

—¡N…nosotros…estamos juntos…!—contestó el rubio y después se atoró un poco con las palabras. —Quiero decir, que después de que salimos de la escuela, me di cuenta de lo mucho que me importa Helga y de que no quería…que la besara o fastidiara otra vez, el idiota de Cabot...

—Ajá…—comentó la asiática con las gafas ligeramente empañadas y una sonrisa ladina en el rostro. —¿Desde que salimos de la escuela hasta el momento de ahora, tú no encontraste un solo momento en el cual pudieras hacerme una llamada?—Helga se ruborizó por completo, estaba por tirarse a los pies de su amiga y suplicar perdón. Mantecado ya estaba tratando de abrir la puerta, le dijeron que se iban, así que él ya se iba, por la puerta grande, como los humanos cuando hacían de las suyas.

—¡Es que no podía decírtelo por teléfono o mensaje de texto! ¡Es Arnold! ¡El que dijo que le gusto y que quería estar conmigo es Arnold! No Stinky, Brainy, Eugene o Alan ¡Tenía que decírtelo en persona, debes creerme, hermana…!—la desesperación en su tono de voz era todo lo que necesitaba Phoebe para corroborar que estaba siendo sincera. Se soltó a reír mientras abrazaba a su amiga y le aclaraba que todo estaba como siempre. Arnold por su parte anotó los nombres de los susodichos en su cabeza. ¿Todos ellos habían expresado su interés en Helga? Sabía de Stinky, de hecho tenía entendido que su primer novio había sido Stinky, ¿Pero, los demás? Brainy era su acosador personal…

—¿Eugene, no era gay? —preguntó en alto sacando a las féminas de su abrazo. —Phoebe y Helga lo miraron como si le hubiera salido otra cabeza y después rompieron a reír a mandíbula suelta.

—Es bisexual y no te traumes demasiado por eso, ¿Quieres?—sugirió la rubia, pero la morena vio una oportunidad y la utilizó.

—No le mientas Helga, como hemos sido amigos durante toda la vida seré honesta contigo, Shortman…—Heyerdahl, lo miró a los ojos, sus anteojos brillando con un nuevo matiz de seriedad o maldad.

—¡Phoebe, no lo hagas…!—suplicó Helga tirando del brazo diestro de su amiga, Phoebe sonrió mínimamente, la apartó con suavidad y continuó hablando.

—Tengo que hacerlo, es el mejor amigo de mi novio y además, no me es indiferente del todo…

—¿Qué…?—se atrevió a preguntar él, mientras la pequeña asiática le guiñaba un ojo. Phoebe era linda, no "linda, linda" pero linda, sus mejillas se colorearon.

—Te lo voy a decir una única vez así que mas te vale poner atención…—como mejor amiga de la buscapleitos número uno de su escuela, Phoebe conocía el sutil arte de la intimidación. No solía utilizarlo, claro. Ella era más elegante y sofisticada que eso. Se bastaba de su inteligencia para derrotar a sus enemigos y Helga era una pieza importante en su vida, era su Reina (porque siempre renegaba de ser Princesa) pero era todo lo que por mejor amiga tenía, así que debía protegerla. Se aproximó a Arnold, como si fuera a compartirle el más íntimo de los secretos y susurró a su oído.—Todos menos Alan, tuvieron su oportunidad con Helga y la desperdiciaron, trátala mal y voy a encargarme de que él sea el caballero de cuento encantado que mi querida amiga cree que ve en ti.

Te dejará tan mal parado que no quedará de ti, ni un recuerdo. ¿Y sabes cómo voy a conseguir eso? Dándole mi apoyo al ciento por ciento. Soy prácticamente su hermana, además de la chica más inteligente de la escuela, que no se te olvide que podría destruir tu vida, si te atreves a herirla. —terminado el discurso besó su mejilla. Un beso helado que se le antojó a él como el beso de la muerte.

Helga miró el espectáculo recordando la amenaza de muerte que le había susurrado a "Geraldo" cuando osó pedirle a Phoebe que se convirtiera en su "esposa" la pequeña descabellada había dicho que sí.

...Y toda la escuela estalló en aplausos y vítores, todos menos ella, claro está. Ella permaneció en las sombras, detrás de una planta junto al baño de los caballeros y esperó a que el Cabeza de Cepillo decidiera ir a deshacerse del "miedo"

Lo interceptó antes de que sacara a su amiguito del pantalón, (no quería traumas futuros, aunque le hacía ilusión que mojara su entrepierna) le colocó una mano a la altura del cuello, cortándole la respiración mientras gritaba a todo palurdo que estuviera en el baño que saliera por la puerta grande o se preparara para el show. Tres hombrecitos corrieron, dos con las prendas a medio colocar y uno con la mercancía al aire, ella se ordenó no perder los papeles, Phoebe era más importante que el trasero de nadie...

Suspiró por los viejos y buenos momentos, Arnold ya estaba más pálido que la parca y su amiga, más sonriente que una serpiente.

Adoraba a su hermana.

—De acuerdo, antes de que te los encabezados del periódico, ¿Puedo saber a que se debe el honor de tu visita? ¿No es hoy el gran fin de semana romántico? —Phoebe acomodó sus gafas y jaló una silla de la mesa pues no le apetecía sentarse en el sillón. Helga roló los ojos, comenzó a levantar las sábanas y almohadas mientras gesticulaba en dirección de ella:

"que no hicimos nada"

"tendrás que conseguir otra sala, si pretendes que me siente como si nada"

Respondió su amiga, gesticulando de la misma manera. Tenían su propio idioma, cosa que fastidiaba a Gerald y que próximamente fastidiaría a Arnold, al tirar de una sábana rebelde, su mano volvió a doler así que siseó de dolor y Shortman salió de su estupor.

—¿Estás bien…?—preguntó acercándose a su novia.

—¡Odio esta maldita cosa!—se quejó, golpeando su muñeca contra el piso.

—No deberías…—sugirió el rubio, ella lo mandó a callar con un juramento.

—¡Sé perfectamente bien lo que debería o no hacer, Arnoldo! —él suspiró e intentó conciliar desde otro ángulo.

—Platica con Phoebe, yo arreglo la sala y voy por mis…cosas…—el rubor fue imposible de ocultar en el rostro de ambos. Heyerdahl sintió el impulso de tomar una foto, llamar a su novio y contárselo todo, pero él era la razón de que estuviera ahí, molestando a su mejor amiga en el fin de semana romántico.

—Se trata de Gerald…—anunció como si no hubiera habido interrupción. Helga se olvidó de Arnold, porque resultaba fácil olvidar que llevabas como doce horas de vida con novio cuando tenías trece años de ser la mejor amiga de alguien.

—¿¡Ese gusano se atrevió a dejarte!? ¿¡Voy a tener que matarlo!? —inquirió levantando el puño que la hizo retorcer de dolor mal disimulado hasta que le lloraron los ojos. Arnold suspiró de nuevo, dobló las sábanas, juntó las almohadas y buscó al gato asesino pero ya se había escapado...subió escaleras arriba, esperanzado de caer de nuevo.

—Primero estaba muy emocionado—continuó narrando Phoebe. —toda la semana habló de eso…

—Ahórrate los detalles de "eso" ¿Quieres…?—comentó Helga, buscando en las alacenas superiores algo para preparar de desayuno. Encontró carne seca y tenía huevos en la nevera. Sería un desayuno campesino, a Arnold le gustaba lo "campesino" —pensó para sus adentros, destruyendo un inocente huevo en el interior de la mano vendada.

—¡Helga! —Phoebe miró lo que hacía, se levantó de inmediato buscando un trapo limpio, la llevó al lavabo para atender su mano. —Tienes que tener más cuidado, sé que no estás acostumbrada a usar la mano izquierda, pero…

—Sólo fue un accidente, ¿Si…?

—¿Esos accidentes han sido frecuentes? —le quitó la muñequera y comenzó a levantar las vendas, su mano aún estaba inflamada y el dolor, era evidente que seguía siendo materia constante.

—Escucha, cuando salimos de la escuela fuimos directo a la casa de huéspedes, me encontré con Gertrude y me puse algo histérica, lloré como bebé hasta quedarme dormida, luego resulta que estaba con Arnold y él estaba algo sensiblero, se disculpó por haberse tardado en reaccionar tanto…

—¿Ves? ¿Te dije que había motivos!

—Fueron más que motivos, dijo que en ese instante se dio cuenta, de lo mucho que me quería…—Phoebe reprimió un gritito de emoción, Helga se puso más roja que una granada y continuó explicando. —Yo no lo creía, pero él insistió, luego nos besamos y todo se salió de control…

—¿Dices que no estás feliz con su relación?

—¡NO! Sólo que…¡No sé como manejarlo! ¡No sé si la receta mágica de la felicidad es la completa sinceridad o la ausencia de ella! ¡No sé si lo que llevó a mis padres a la destrucción fue la verdad o el silencio!

—Tranquila…—Phoebe, entendía sus temores y le hubiera gustado abrazarla, pero respetaba su espacio. Buscó otra toalla para secarla, luego de haber limpiado y examinado su mano, se veía bien, el daño profundo sin lugar a dudas debía ser interno. —…Sabes que Gerald y yo nos contamos prácticamente todo, por eso es que estoy aquí.

—Lo siento, te interrumpí…

—No importa, como te decía Gerald parecía muy emocionado antes, luego me llamó a las nueve de la noche y canceló nuestra cita. Dijo que no podía explicarme ahora, que surgió un imprevisto, pero no se me ocurre nada que…—Helga percibió un poco de temor en el tono de voz de su amiga y se obligó a ser fría, sincera y lógica.

—Sabes que aunque deteste al Cabeza de Cepillo y siga creyendo que es muy poca cosa para ti. Él te quiere en serio, no te lastimaría a propósito o yo cumpliría mi palabra de sacarle la espina dorsal por la boca. —Phoebe sonrió. Debió agregar un detalle de esos a la amenaza que le soltó a Shortman. —Si fuera el de antes, te diría que seguramente cometió alguna estupidez como darle chocolates a otra chica al mismo tiempo que a ti, pero Gerald ya no es así.

—¿Estás segura?

—¿Crees que he dejado de vigilarlo? Sólo tiene ojos para ti. No hay ninguna atrevida, aparte de las fans locas que lo siguen en el baloncesto pero eso se soluciona cuando el idiota dice por el micrófono "la plata que ganamos hoy, va por mi chica" —Phoebe se sonrojó y reconoció que eso era cierto. —Eres su chica, él está orgulloso de hacerle saber a todos en nuestra escuela que tiene algo serio con el cerebrito, número uno en todo el estado, Heyerdahl.

—Tienes razón.

—Pero si estás preocupada por él, vamos a verlo…

—¿¡De verdad!?—esa era la verdadera razón de que fuera a buscarla. No tenía el valor de ir a buscarlo, sola.

—Dame unos…veinte minutos para ducharme.—normalmente serían diez, pero con la mano herida…

—De acuerdo, pero…—la mirada en su amiga una vez más cambio.

—¿Pero…?

—¿Si yo no hubiera llegado…los dos se habrían bañado…?—Arnold escogió ese momento para regresar a la sala, escuchó sus palabras y volvió a caer por los últimos tres escalones. Mantecado que sigilosamente lo había estado siguiendo lo disfrutó, se subió a su cabeza cuando aterrizó. Phoebe se sorprendió por el golpe y corrió a auxiliarlo, Helga ni se inmutó.

—¡Santo Dios! ¿Estás bien…?—preguntó la asiática dispuesta a levantarlo.

—Está bien, así es como baja mis escaleras. —respondió la otra para molestia de su novio.

—Que graciosa…

—Es la verdad…—Arnold ya llevaba sus ropas puestas, además del celular que se quedó sin batería y por tanto no tenía manera de saber si alguien lo había estado tratando de localizar.

—Toma el cargador del mío, debe estar en mi escritorio pero creo que sería mejor si Phoebe te lo alcanza…

—Esperaré en la sala…—la pequeña Heyerdahl disfrutó la incomodidad de ambos, escoltó a su amiga mientras el chico con cabeza de balón, encendía el televisor y navegaba entre canales hasta encontrar algo entretenido.

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—No respondiste mi pregunta, Helga…—insistió Phoebe, pues la rubia había requerido asistencia para quitarse su maldito sostén deportivo.

—¡Claro que no! ¡Si no hubieras llegado, el cabezón se regresaba a su casa y yo te llamaba para que vinieras a ayudarme!

—Ajá…—pronunció en un tono tan desapasionado que denotaba todo, menos que le estaba creyendo.

—¡Es la verdad! ¡Cuando me trajo a casa encontramos los vidrios en el pórtico, luego la ventana de mi alcoba rota y su paranoia aunada al espíritu de gran Samaritano le impidieron volver a su casa.

—Te creo, sólo me estoy divirtiendo con esto.

—¡Phoebe!

—¿Qué? He esperado más de siete años a que suceda esto ¡Déjame disfrutarlo…!—Helga tomó su toalla además de ropas y se encerró en el baño. La morena buscó el cargador que estaba donde dijo, además del celular de su amiga, traía su propio cargador en el bolso, supuso que apreciaría el detalle. Volvió a la sala donde Arnold estaba aún incómodo, intercambiando miradas letales con Mantecado.

—¿Entonces…?—cuestionó ofreciéndole el cargador.

—Te juro que lo único que hicimos durante toda la noche fue platicar.

—¿Sólo eso…?—Mantecado rumió, maullando como loco.

—De acuerdo, nos besamos unas cuantas veces…—reconoció luego de conectar y encender su teléfono. No había llamadas perdidas o mensajes nuevos. Eso lo tranquilizó.

—¿Y que más…?—Phoebe conectó a la corriente el teléfono de la rubia pero no lo encendió. Ella, pensó Arnold le daba un nuevo significado a la palabra "intimidación, él estaba por confesar hasta cuantas veces fue al baño pero en su defecto comentó.

—Le dije que la amo, porque es cierto. Y eso de la ventana y el foco de la entrada, sé que fue obra de Jake.

—¿Lo sabes? —él asintió. Pensando en si debía decirle la verdad a Phoebe o esperar a que se enterara por sí misma. ¿Cuál era el protocolo para la novia de tu mejor amigo? Gerald había protegido a Helga dos veces en el pasado, suponía que el silencio era una forma de proteger a Phoebe, eso pensaba Gerald pero él no lo creía así.

Los secretos impidieron que él y Helga estuvieran juntos hacía tanto…

—Si, lo sé. Pero creo que no soy yo quien debería decírtelo.

—¿A qué te refieres…? —escucharon ruidos en la parte de arriba y ella quiso apresurarse por si la necesitaba su amiga. —¿La atendió un médico, cierto? ¿Qué fue lo que dijo?

—Debe cambiar las vendas y ponerse una curación para desinflamar el músculo.

—¿La tienes?

—Debió quedarse en su bolso…—Phoebe buscó entre las cosas de Helga, encontró lo que buscaba, además de la prescripción médica.

—Gracias por hacer todo esto, Arnold. —comentó antes de ir escaleras arriba.

—No has preguntado una sola vez por sus padres, así que asumiré que ya sabías que estaba sola.

—Si, y como charlaron toda la noche voy a suponer que estás al tanto de lo delicado de la situación.

—¿Existe alguna posibilidad de que alguien más lo supiera? —preguntó recordando la silueta que creyó haber visto en el patio.

—¿Alguien como Jake?—inquirió y pensó la respuesta en lo que Helga parecía estar peleando con el agua del baño. —Un poco de hackeo en la red y te darías cuenta de que los pagos de servicios se hacen por transferencia electrónica, las compras las hace Helga con tarjeta de débito, la gente del pueblo ya estaba acostumbrada a verla solo a ella. Su madre no solía ir al mercado pero le daba una lista detallada, probablemente noten que no está comprando como antes, pero lejos de eso…

—¿Qué pasó con la línea de teléfono?

—No lo sé exactamente, Helga dice que Bob decidió cancelarla porque ninguno de los dos la usaba. Aunque ahora que lo mencionas, me parece raro que Bob cancelara…

—¿Por qué?

—Los teléfonos celulares destruyeron su negocio, así fuera sólo para fastidiar a Helga, Bob optaría por llamar al teléfono fijo…—Helga llamó a Phoebe, la morena se disculpó y corrió escaleras arriba. Él se acercó al teléfono, el cable estaba desconectado. Helga lo desconectó

¿Por qué haría algo como eso?

La única razón que se le ocurrió, es que estaba recibiendo llamadas indeseadas.

"...Si tú hubieras leído las cartas obscenas que me escribió..."

¿Y si no se limitaba a escribirle? ¿Si consiguió su teléfono fijo? Como hijo de un oficial de policía asumía que sería bastante sencillo.

Le marcó a Gerald.

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—¡Hey! Si estás despierto, hombre con suerte…—saludó efusivamente el moreno.

—Cállate, Gerald.

—Qué genio, cualquiera diría que después de…

—Sólo hablamos, —interrumpió.

—Pfft, con razón tienes ese humor.

—¡Basta! Phoebe está aquí, te apuesto mil dólares a que convencerá a Helga de ir a buscarte a tu casa.

—¿Qué? ¡No viejo! No puedes…

—¿Qué quieres que les diga? ¿Sabes que Phoebe puede soltar amenazas peor que "El Padrino"

—Oh, te tocó esa cosa de "Lastima a mi hermana y te sacaré la espina dorsal por la boca"

—A mi me amenazaron con destruir la totalidad de mi existencia sobre el planeta.

—Esa es mi chica.

—Bueno, quieras o no debemos charlar todos.

—¡¿Por qué?!—inquirió comenzando a ponerse nervioso. Los golpes en su cara no habían sido muchos pero aún se notaban, se veía como el saco de boxeo de Pacquiao.

—Porque estamos involucrados todos. Tú, ya te metiste hasta las narices y anoche creo haber visto una silueta observándonos por la ventana de su cuarto...

—¿Su cuarto?! ¿Qué no cerraron las...?

—¡QUE NO ME ACOSTÉ CON ELLA!

—¡Pues deberías, maldito amargado!

—¡GERALD!

—Oh, vamos, es tu primer novia. Tengo que sangrarte por esto.

—No es mi primer...

—Lo es...tú lo sabes, Helga lo sabe, Dios lo sabe...

—Tú no eres...

—Gracias, hermano. Me parezco pero acepto que no soy Dios. —Arnold bufó, aunque ya no sabía ni porqué se molestaba por esto.—¿Algo más?

—Sí, ¿Qué tan fácil es conseguir el número telefónico de alguien?

—¿Por qué preguntas?

—Curiosidad, para los hijos de oficiales de policía, ¿Qué tan difícil es?

—Depende que tan cercano seas a tu viejo o que tanto aspires a seguir los pasos de él... Mi padre nos enseñó hace años, mi hermano le sacó más jugo que yo.

—¿Por qué?

—Esas cosas de C.S.I, no son lo mío. ¿Te veo al rato?

—Sabes que si, no me perdería tu funeral.

—¿Tan mal crees que me va a ir?

—Escuché que Phoebe cree que le cancelaste por otra chica...

—¿¡QUE!?

—Helga te defendió...

—¡DIOS...! ¡Primero, yo la defiendo a ella, luego ustedes se hacen novios, ahora ella me defiende a mi! ¿Es el fin del mundo y no me enteré?

—Sí, no le digas a Phoebe que ya "sabías" no se tomó nada bien el no tener la exclusiva y no creo que sea el fin del mundo, tal vez solo sea...

"Es la maldición Arnold, la maldición"

Evocó las palabras de su abuelo y un mal sabor de boca se instaló en sus labios.

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Continuará...
N/A: Lamento la demora en la reciente actualización, se me ocurrieron mil ideas para continuar la historia y finalmente me decidí por esta. Gracias a todas por sus comentarios. Saben que me hacen el día, en fin. Espero que les haya gustado. Hasta la próxima.