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Después de todo lo sucedido en casa de Gerald se habían vuelto a quedar donde Helga.

La rubia no estaba segura de mudarse con él, eso fue lo que dijo pero en realidad, Arnold creía que tenía miedo o vergüenza de que sus abuelos supieran que estaba por su cuenta. Convencieron a Jamie'O de llevarlos al hogar de los Pataki, el joven adulto accedió aunque no sin darles unos cuantos sermones sobre educación sexual.

—¿Quieren terminar sus estudios y largarse de este pueblo, cierto? —preguntó el moreno aparcando frente a la enorme y casi abandonada casa.

—¡Claro que queremos! No somos estúpidos Johanssen, lo que pasó en tu casa fue un…"pequeño arrebato del momento" no es nada de lo que te debas preocupar.—comentó Helga.

—Pues me preocupo, porque no hay nada más peligroso que dos adolescentes solos.

—¿Y qué, te vas a quedar a velarnos?—se burló, bajando del auto junto con su gato.

—Nop, "Mr.M" puede cuidarlos bien. —el gato maulló como si comprendiera y se lo tomara en serio. Arnold resopló, Helga ni se inmutó. A Jamie'O se le hacía tarde así que se despidió. —De acuerdo, gusanos. La oferta inicial sigue en pie.

—¿Qué oferta?—inquirió la rubia, buscando sus llaves en su bolsa.

—Ah, claro. Te quedaste dormida. Si ven cualquier cosa sospechosa me llaman…

—Seguro, porque tú vives tan cerca…—interrumpió con sorna.

Jamie'O se había mudado al Centro de la Ciudad vecina. Una urbe bastante considerable de población y delincuencia. Sólo visitaba a sus padres los fines de semana, por eso estaba en casa y al ver a Gerald con la cara golpeada quiso quedarse a indagar al respecto. Su jurisdicción obviamente no incluía Hillwood pero, le debían favores, además de que James Cabot (el padre de Jake) no era santo de la devoción de ninguno.

Se rumoraba que consiguió su plaza de manera turbia, él no dudaba que fuera así, ya que su padre era de los pocos hombres honestos que quedaban en el pueblo y en unos meses habría candidaturas para la alcaldía. Su pueblo natal seguía en la mesa de subastas. Ya no pretendían derrumbar su vecindario, sino todo Hillwood para convertirlos en una urbe similar a Chicago o Nueva York, lleno de tiendas departamentales, centros comerciales, recreativos, hoteles de paso, lujo y demás.

Derrocar al hijo, puede que abriera el camino para advertir las verdaderas intenciones del padre. Jamie'O estaba seguro de poder conseguir algo con esto. Así que no quitaría el dedo del renglón.

—Estoy a dos horas de camino, muñeca. Y además, te voy a dar esto.—le ofreció un teléfono desechable. Helga estaba familiarizada con ellos, los detestaba pues cada mensaje o llamada que recibía de Jake, venía de uno de esos simpáticos números. La compañía celular se lo dijo y su poca paciencia la orilló a mejor apagar y olvidarse de su teléfono.

Se lo pensó al principio, esperanzada a recibir alguna llamada de Bob, Olga o Miriam, un pensamiento infantil y estúpido sin lugar a dudas, porque ni siquiera cuando vivían aquí se molestaban en hacerle una llamada para saber como estaba.

Phoebe telefoneaba de vez en cuando pero coincidían regularmente en la escuela, compartían el almuerzo los lunes y jueves, además de que solía recogerla los miércoles. Día que Gerald practicaba baloncesto y se quedaba hasta muy tarde. Los martes y viernes, su mejor amiga podía prescindir de su presencia. No se lo reprochaba, lo entendía.

Se veían tan bien juntos…ella y Gerald.

¿Y ahora, era su turno?

Miró por el rabillo del ojo a Arnold, luego presionó el teléfono desechable en el interior de su mano. ¿Tanto tiempo se durmió en el sillón de su sala? No lo creía.

—¿Me estás dando algo que perteneció a alguna víctima?—inquirió furiosa, porque si se negaba a ser tratada como "Princesa" imagínense ser tratada como "Víctima"

—Lo llevo en la guantera para cualquier emergencia. —respondió de manera serena. Con las manos en alto y en son de paz. —Ese número es monitoreado por mi oficina las 24horas del día. Así que manda un "911" si te vuelve a molestar ese bastardo y verás acción SWAT de primera mano. —eso le gustó a la chica, claro que no abusaría del poder.

—Solo usalo para emergencias, ¿De acuerdo? —le indicó Jamie'O con un movimiento de manos que sugería una despedida.

—De acuerdo —respondió guardando el celular en su bolso y con el mismo movimiento de manos.

—Entonces, si ya no tienen mas reproches. Los veo la próxima semana, gusanos —se metió en su auto, luego de chocar los cinco con Arnold y disculparse por el derechazo y la llave de luchas que le aplicó su hermano.

—No te preocupes, también fue mi culpa

—Y recuerden, no hagan bebés.

—¡NO VAMOS A HACERLO! —gritaron los dos a punto de arrojarle una piedra o mejor aún, patear el auto. Jamie'O estalló a carcajadas, encendió el motor, comenzó a ir hacia atrás y entonces Helga le gritó que detuviera el auto.

—¿Qué pasa? —preguntaron los dos. Pero la rubia ya estaba corriendo al lugar donde se encontraba su gato.

Mantecado encontró el bate de béisbol de Jake, (oculto entre la maleza de meses y meses de no podar el césped) y lo arrastraba de manera forzada en dirección de ellos. Adentro de la casa estaba la bola que arrojó contra su ventana. Eso era evidencia, ¿Cierto? Le servía para armar el caso, quizás para obtener sus huellas y conseguir una orden de arresto o restricción.

—¿No es un chico demasiado listo, cierto?—preguntó el moreno una vez tuviera ambas cosas.

—Es más visceral. —respondió Arnold.

—Cierren bien la puerta y no es que quiera presionar pero en serio. Me gustaría más que te quedaras con él.

—¡No es tan fácil!—gritó Helga, pero Jamie'O ya estaba partiendo en su auto.

—Sí lo es…—respondió Arnold, buscando su mano para presionarla en el interior de la suya.

Entraron en la casa, Mantecado como el primero, corriendo a reclamar cada pertenencia suya en la sala. Ellos cerraron la puerta, revisaron las ventanas y cortinas que continuaban corridas.

—¿Quieres que mueva los sillones?—inquirió el rubio sin mirarla.

—No hace falta, Arnold

—¿Por qué?—estaba a su lado, dirigiendo una de esas miradas intensas a él.

—Si voy a mudarme mañana, quiero pasar contigo, esta noche en mi cama.

Helga sabía como ponerlo nervioso con esa lengua rosada, gráciles labios, además de lo sugerente de sus palabras. Comenzó a caminar por delante de él, los Johanssen los invitaron a cenar en compensación por los "malos tratos" de su hijo, así que para esas alturas ya era bastante entrada la noche.

Él la siguió, como la abeja a la miel o esos mosquitos que siguen la luz y se electrifican al tocarla.

Metió su celular en la parte trasera del pantalón, volvió a decirle a su abuelo que se quedaría con Gerald, aunque no dijo nada de tener un ojo morado o haber besado a su novia hasta el cansancio. Phil le dijo que estaba bien, pero mañana lo querían de vuelta a primera hora del día. Sus padres llamaron a media tarde preguntando por él, era poco común que lo hicieran, así que él también quería hablar con ellos.

Una vez en su alcoba, Helga tomó sus ropas de cama y se disculpó para cambiarse en el baño. El conjunto de pantalón y sudadera rojos que le prestó la noche anterior estaba donde él lo había dejado. Decidió cambiarse también y mientras lo hacía con un nerviosismo y torpeza que nunca antes había sentido perdió el celular en el piso y pensó en un mensaje de texto que recibió entre la narcolepsia de Helga y el regreso de los padres de Gerald.

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Ni siquiera recordaba que tenía una cita con Lila.

"…Arnold, por favor no me lo tomes a mal, pero las cosas están saliendo muy bien con Larry. ¿Podemos vernos cualquier otro día? Te lo compensaré…"

Él miró la pantalla de su celular como si aquello se tratara de una broma pesada, después dirigió sus orbes a la rubia que seguía tendida por el largo del sillón y sobre las piernas de su mejor amigo y sonrió. Phoebe notó su exabrupto, supo que recibió un mensaje, pero no veía bien sin sus gafas.

—¿Todo está en orden?—preguntó instintiva, directa.

—Olvidé que vería a Lila, pero acaba de cancelarme.

—¿¡Esa creída, cómo se atreve!?—respondió como lo haría Helga, cerrando los puños y frunciendo el ceño. Arnold se sorprendió por el acto pero le restó importancia.

Su abuela solía decir que "Si el demonio duerme, su espíritu astral se posesiona de cualquiera"

Volviendo al celular, él no supo como sentirse o reaccionar, pensó en responder con alguna bobada como siempre lo hacía. "Está bien, no pasa nada. Podemos vernos cuando quieras" luego pensó en decirle que no había problema porque "Él también tenía una cita que estaba resultando bastante bien" Solo que aquello, no era una cita.

Ellos se confesaron, se acompañaron, compartieron cosas que él creía que la gente común no decía en "la primera cita" iban más rápido que todos ellos juntos, por temor, ansiedad, inseguridad…

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La rubia salió del baño, sus ropas de vestir dobladas en una mano, la pijama gris con el gato blanco cubriendo sus delicadas formas. Él la miró de pies a cabeza, seguro de que la amaba, la quería, respetaba y como hombre, claro que la deseaba.

No comentaron nada, él también se ocupó de doblar sus ropas. Helga le echó una mirada al cuarto, dijo que no tendría demasiado que empacar.

—Solo las cosas de la escuela y no tengo demasiada ropa.

—¿Que hay con los libros de poemas y el altar?

—Los tiré, ahora me basta con esto. —abrió su armario. Como mencionó, no había demasiada ropa, el interior parecía más bien un librero, tenía un espejo ovalado de marco plateado sumamente ornamentado y una cosa que parecía un árbol de la que pendían algunas joyas como aretes, collares y anillos. ¿Serían de su madre, hermana o suyos? Le pareció muy lindo, femenino, acorde a "Cecile" y tan poco "Helga" pero se calló, cuando la rubia tomó un relicario en forma de corazón y se lo ofreció.

Se parecía al que su abuelo le obsequió a su abuela en su aniversario. El que creía que Gertrude le arrebató de las manos aquel día que lo encontró tirado pero no era ese, sino este.

—Abrelo. —sugirió. Dándole la espalda para ver las demás cosas que podría llevar u olvidar. Él abrió la pequeña pieza bañada en oro, en el interior no se sorprendió de encontrar su foto, pero contrario del porta retratos en su escritorio, ese no era él a los nueve años. Sino diecisiete, llevaba la camiseta del equipo de soccer y una sonrisa estúpida que obviamente, no le dedicaba a ella.

—Helga…—se abochornó y enterneció. Todo al mismo tiempo, quería besarla, jurarle devoción. Prometerle compensación por tantos años perdidos.

—Soy una acosadora de nivel profesional. —reconoció con una sonrisa cínica, digna y esplendorosa.

—¿Vas a llevarlo en la escuela?—inquirió porque la Helga que conocía, no solía usar joyería.

—Sólo si tu llevas algo a juego. —respondió conocedora de que él no tenía nada que hiciera referencia a "ellos"

—No es justo.—se quejó devolviéndole la joya.

—La vida nunca lo es, melenudo.—lo colocó en su sitio y cerró el armario. Tras hacerlo comentó, sin mirarlo. —Ahora, deberíamos dormir si mañana vamos a meter todo esto en cajas y llevarlas a tu casa.

—Creo que debería hablar con mis abuelos primero.

—Correcto, entonces tu vas a casa y si todo sale de acuerdo al plan, vienes por nosotros. —la palabra "nosotros" le cayó como un balde de agua helada. Él no quería vivir con la cosa peluda, horrorosa y malévola. Pero definitivamente, Helga no iba a dejar a su "mantecado"

—Te llamaré.—prometió, luego de darse por vencido. El peludo era un buen guardián, encontró el bate y la bola de béisbol. Si entraba en la casa, Arnold podría jurar que a Jake, si le destrozaría la cara con sus afiladas garras.

—¿Cual crees que sea el número de esta cosa?—comentó sacando el celular desechable porque no iba a conectar la línea telefónica.

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Sobre la vez que la desconectó, se trató de Jake, su voz gruesa, desapasionada y directa.

Llamándola amor, diciendo que sabía dónde vivía y que además de eso estaba sola.

"No tienes dónde esconderte, ni la escuela o en tu casa"

"¡Déjame en paz, maldito bastardo!" —iba a colgar pero el chico listo, la interrumpió.

"Caerás…"

"¿¡Qué!?" —se atrevió a preguntar, mirando como en la película que disfrutó junto a Arnold, las puertas y ventanas, por si el "asesino" se encontraba en casa, pero no había nada.

"Te romperé, tarde o temprano. Eso es lo divertido de todo esto. Tú no sabrás cuando, pero caerás"

Terminó la llamada, ella desconectó el cable del aparato. Las llamadas a celular siguieron poco después.

Un número distinto cada vez, le molestaba menos pues si no tenía el número registrado se limitaba a no contestar. Pero después le envió mensajes.

Y ella no podía, no leer…

Curiosidad aunada a un cierto instinto autodestructivo. Como fuera, los leyó.

Una amenaza detrás de otra, de corte colérico, obsceno y hasta erótico. En una cadena de mensajes describía la manera exacta en que "se lo haría" ella tomó el celular y lo arrojó contra la pared más cercana que tenía.

Lloró de furia e impotencia.

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En algún momento de sus vidas, Olga pasó por lo mismo y ella recordaba el momento exacto en que atravesó la puerta de su casa y se abrazó a su padre a la vez que decía que de todos los hombres "él era el único envidiable" Bob la abrazó, Miriam resucitó de su "coma etílico" y entre los dos preguntaron qué era lo que pasaba.

Un chico, un motociclista rudo, vulgar y sucio se atrevió a seguirla de camino a la Preparatoria y de vuelta a casa. Eso no sucedió únicamente ese día, había pasado toda la semana y ella lo ignoraba, pero ese día el motociclista se cansó de observar algo más que sus piernas largas y ajustadas faldas, le cerró el paso, bajó de su vehículo y la acorraló contra una pared de ladrillos.

Ella sintió el impulso, que siempre sentía de defender causas justas. Quiso salir con toda su prepotencia, indignación y violencia a buscar al bastardo y tirarle todos los dientes de su horrenda cara. Puede que no se llevaran, que jamás se comportaran como amigas, confidentes o hermanas, pero esa idiota, era su hermana.

Nadie que no fuera ella tenía derecho a humillarla, rebajarla o hacerla llorar. Helga G. Pataki, no lo permitiría jamás. Pero entonces fue Bob quien montó cólera y salió a "arreglar" ese asunto.

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Las cosas que la rompía empezaban ahí, en una familia disfuncional que habría luchado contra fuego y marea por defender a su hermana, más no a ella. ¿Jake lo sabía? ¿Lo intuía? ¿Cómo supo que estaba sola? ¿Lo decían sus ojos, su cadencia, la forma en que golpeaba a la pelota en cada juego de Béisbol y corría por el campo esperando que con eso, el viento se llevara sus gritos desgarrados?

No lo sabía…

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Y no podía distraerse con eso porque Arnold estaba de pie frente a ella, mirándola con esos ojos verdes, curiosos e inteligentes, preguntando mil cosas que aún no diría por respeto o protocolo. Probó a guardar el número que se sabía de memoria y que correspondía a él.

En su haber, pocas veces se habían marcado. Solo lo hacían para ponerse de acuerdo cuando les tocaba hacer algún trabajo escolar juntos o cuando Gerald y Phoebe no podían reunirse con ellos porque se habían escapado a una cita romántica juntos.

Cuando Arnold se sentía demasiado triste y se sorprendía llamándola a ella.

Cuando Helga se sentía igual y marcaba pero antes del tono prefería colgar.

Marcó esta vez, el celular de Arnold sonó y apareció el número "privado" en la pantalla.

—No creo que funcione.—comentó desilusionado.

—Solo oprime marcar de vuelta.—insistió la rubia, él lo hizo y funcionó. En la pantalla de Helga apareció "A.S" —¡Perfecto…! —comentó con un ligero velo de la anterior desazón que se demostró en el quiebre de su voz y en la transparencia de unas lágrimas que no derramó.

Arnold comenzaba a conocerla mejor que nadie, a ver entre cada una de sus facetas. Distinguir cuando se encontraba melancólica y triste, así que en el momento que dejó el celular en su escritorio, decidió hacer lo mismo y abrazarse a su cuerpo.

Sin preguntas, ni indirectas. Ella se lo diría cuando tuviera fuerzas o estuviera lista. Aún así, suponía que el celular que dejó en manos de Jamie'O tenía información suficiente como para hacerla sentir vulnerable.

Y Helga detestaba sentirse o saberse, vulnerable.

La besó y ella suspiró en el interior de su boca, abrazándose a él con todas sus fuerzas hasta que los alientos se agotaron. Se separaron, sin perder la intimidad del momento, Helga se dirigió a la cama y levantó las sábanas.

—¿Qué lado prefieres? —preguntó con la normalidad con que se pregunta ¿Que sabor de helado prefieres? La cama era parte central de la habitación, dos burós estaban a sus costados, por la parte trasera la ventana y al costado diestro el armario de pared a pared, del lado izquierdo se encontraba el escritorio, junto a un cesto de ropa sucia y un perchero lleno de bolsos, chaquetas y hasta zapatos deportivos. Él le dijo que no importaba.

—Claro que importa, yo podría empujar hasta tirarte si no recuerdo que estás ahí.

—Izquierdo. —supuso que ella dormiría más cerca del armario. Ahí estaban sus libros, sus secretos, sus tesoros.

—Entonces, apaga la luz y ven aquí. —él obedeció de inmediato. La rubia se recostó, aunque no dejó las cosas así.

—Por cierto, antes de que te emociones. Te estoy invitando a dormir. No ha cumplir mis más tórridas y oscuras fantasías. —Sonrió, porque así era Helga. Y ha decir verdad, él tampoco estaba pensando en cumplir sus más tórridas y oscuras fantasías. Sólo quería estar junto a ella...su Helga.

Apagó la luz y al hacerlo pasó saliva por la garganta, repitiéndose a sí mismo que esto no era diferente a dormirse en el sofá de la sala.

¡Claro que lo es! —recalcó una voz de su cabeza pero él la mandó a callar, porque era el caballero, el chico amable, el mismo que prometió cuidarla de los cerdos "honestos" (por usar las palabras de Gerald) como Jake.

Arnold mentiría si dijera que luego de meterse en las sábanas, no sintió el impulso de abrazarla, pegarla a sus formas de la manera exacta en que hizo la noche pasada. Sus manos extrañaban su cintura, la nariz su perfume, la barbilla la forma de su hombros, ese hueco entre el cuello y el hombro donde estaba descubriendo que le gustaba apoyar la cabeza y ella se dejó hacer, bajo la amenaza inicial de arrancarle ambos brazos si se pasaba de listo.

Soñaron sin pesadillas, despertando con las primeras luces del alba pese a ser Domingo y no tener ninguna alarma conectada. ¿Serían los nervios? ¿El escepticismo?

En esta ocasión, él no resistió el impulso de buscar sus labios, luego de descubrir que en algún momento de la noche, ella había girado y buscado su regazo. Estaba contra su pecho y él podía aspirar el perfume de sus cabellos y contemplar lo apacible de su rostro. Fue el primero en despertar y poner alerta los instintos de su compañera.

Sus ojos azules, la suave sonrisa, el innegable amor tantas veces profeso, lo llevaron a inclinar el cuello y reclamar su boca.

Un beso corto, casto, seguido de un "Buenos días" que se les metió hasta lo más profundo del alma.

Se cambiaron en el mismo orden de antes, ella en el baño y él usando su cuarto. Cuando estuvieron listos, Helga ofreció preparar algo de comer, pero él prefirió irse para aprovechar la mañana.

—Te llamaré lo antes posible.

—De acuerdo, vaquero.

—No hables como mi abuela.

—¡Hablo como yo quiero, zopenco!

Salió disparado en dirección a la Casa de Huéspedes. Su abuelo ya estaba barriendo las hojas sueltas de la entrada, su abuela terminando el desayuno, los dos pegaron el grito en el cielo tan pronto como lo vieron.

Su ojo no lucía tan mal. (según él)

—¿Qué fue lo que hicieron, chaparro? ¿Salir a buscar al que asaltó a Gerald para reclamar sus cosas?

—Claro que no.

—¿Entonces…? —su abuela fue aún más drástica que Jamie'O, le puso un filete completo, rojizo y sangrante en el ojo. La explicación de "absolutamente todo" no hizo felices a sus abuelos.

Extrañó la botella de whisky y el mazo de cartas en la mano diestra de su abuelo, además de la cuchara de madera en la fuerte mano de su abuela. Los dos tardaron en ponerse de acuerdo, de hecho lo mandaron a la sala con su plato de cereal en lo que discutían y llegaban a alguna clase de resolución.

Cuando lo llamaron de nuevo, él ya estaba considerando irse a vivir con Helga, pero no por decisión propia, sino porque sus abuelos lo echarían. Lo sentaron en la mesa y comenzaron el regaño.

Lo que más les enfurecía es que "guardara esa clase de secreto"

—Te educamos mejor que eso, Arnold.—reclamo Gertrude, con los brazos en jaras a la altura de la cintura.

—Además, es tu obligación, por no decir que deber, poner a salvo a tu mujer. —gritó Phil. —¿Qué es lo que planeabas? ¿Que los golpearan a los dos con ese bate de béisbol, si ese demente regresaba y se metía a su casa?

—No…—respondió culpable, porque obviamente, su seguridad era número uno en la lista de prioridades de sus abuelos.

—Pues no entiendo por qué no la trajiste de inmediato, Arnold. Si estaba sola, la habríamos aceptado, esa misma noche tu abuela insistió en que se quedara con nosotros. ¿Oh, es que acaso...?—los ojos de su abuelo se pusieron oscuros y muy pero que muy negros. Gertrude tomó la cuchara, pero no la de madera sino una de metal que pensó dejaría marcas feas en su piel, le quitó la palabra a su esposo.

—Arnold, ¿Le arrebataste su virtud a Eleanor?

—¡NO!—gritó de inmediato, pero su abuela aún así golpeo la mesa con la cuchara.

—Si es así, no entendemos ¿¡Por qué guardaste tantos secretos!? Dormiste en su casa, no solo una, sino dos noches y ahora vienes a pedir que la recibamos. Cosa que por supuesto vamos a hacer, pero no sin antes saber ¿¡Qué pretendes exactamente con esa mujer!?

—¿¡QUÉ!?—miró a su abuelo, buscando salvación pero Phil conservaba el gesto profundo y colérico. Él no era un pervertido. ¿Por qué todos insistían en verlo como uno? (los golpes que le propinó Gerald, extrañamente le volvieron a doler)

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Que él recordara en diecisiete años de vida pocas veces lo habían regañado. Ni siquiera las contaba con los dedos de una mano y normalmente tenían que ver con cosas que sucedían por consejo o coacción de los demás.

Gerald, convenciéndolo de ir al Centro de la Ciudad vecina a conseguir ropa, accesorios y zapatos deportivos a precios de fábula que resultaron ser robados y que por supuesto casi logran que los metan a la cárcel.

Sid y Stinky convenciéndolo de que le diera una "fumada" a los habanos del padre de alguno de ellos hasta hacerlo sentir que moriría de enfisema.

Lorenzo, sugiriendo que fueran a esa fiesta de chicos mayores que ofrecían todo tipo de bebida que era "adulterada" y lo llevó a vomitar por horas y horas y horas.

Por decisión suya, nunca había hecho algo tan estúpido, como "dormir y escaparse con su novia dos noches seguidas" pero se sentía casi un hombre. De hecho, según la tribu de los "ojos verdes" él ya era un hombre y si se quedaba con Helga, habría fogatas, ceremonias y bailes de la noche al alba.

Pensó fugazmente en Thea, sus ojos verdes, la piel morena, la invitación a convertirse en "su hombre"

No sintió la misma pasión con ella, que con Helga.

En la Tierra que lo vio nacer, decidió que a quien quería era a Helga. Y lo plasmó en papel, en una carta que celosamente guardó, antes de beber el brebaje que le haría olvidar todo lo aprendido y vivido para que no divulgara los secretos de la Tribu con ningún extraño.

Así fue, él era "el hombre milagro"

Pero vivía entre extraños, en tierras desconocidas y por tanto, lo trataban como un forastero que estaba de paso.

Olvidó todo lo sucedido en la selva y con su entrada a la Preparatoria y el retorno de la vida escolar, no profundizó de más en la experiencia.

No obstante, encontró la carta que era para Helga pero le dio miedo leerla y la guardó.

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Al igual que ella, él tenía miedo de su pasado.

Su destino.

Ese que profetizaba grandes cosas, cuando lo único que quería hacer era viajar por el mundo y conocer nuevas tierras. Le preguntó a su padre, una vez la encontró.

"¿Tú sabes por qué pude haber escrito esto?" —Miles lo observó al otro lado de la cámara. Los ojos y los cabellos del mismo color que los propios. Su madre estaba en una expedición botánica con las demás mujeres de la tribu. En esa ocasión, pudiera decirse que compartieron un momento padre e hijo.

"¿Recuerdas que participaste en rituales para ganarte el respeto, honor y tu lugar en la tribu?"

"Si…"

"Bueno, cada uno tenía un motivo: Honor, lealtad, valor, amistad…Yo mismo presenté las pruebas, interesado en conocer a detalle los secretos y misterios de la tribu. Debo repetir que estoy muy orgulloso de ti, ya que has logrado hazañas con las que a tu edad, yo apenas si podía soñar"

"Gracias…"

"Volviendo al punto, fue a mediados de la prueba final que comenzaste a dudar"

"¿Dudar?"

"Si, Arnold. Despertabas gritando a mitad de la noche, agitado, desesperado. Diciendo incoherencias que tu madre achacó a la enfermedad "del sueño" que ataca a muchos de los lugareños. Te hicimos beber brebajes pero nada funcionaba. Fue por eso, que lancé una moneda al aire y te pedí que encendieras una hoguera y meditaras.

La prueba final, tiene que ver con el amor. Abrir tu mente y tu corazón, pienso que fue demasiado, debido a tu corta edad pero los "ojos verdes" creen que ya eres un hombre y por ser "milagro" ya tienes a tu "destino"

"¿Destino?"

"Sugiero que leas esa carta, creo que tiene un nombre escrito. ¿Cierto?"

"Si, pero no puede ser ella…"

"¿Por qué no?"

"Porque no"

"Entonces, confía en las palabras de los sabios. Cuando debas tener las respuestas, llegarán"

"¿Qué se supone que significa eso?"

"Te hicieron olvidar lo vivido para que no lo contaras entre tus amigos de la escuela, pero ese conocimiento aún permanecen en algún lugar de tu memoria. Cuando estés listo, puede que en un año, diez o tres, recordarás por qué la escribiste. Y lo más importante, se la darás"

"No hay forma de que haga eso papá"

"Pero ya lo hiciste, la escribiste porque quieres dársela. No te atormentes con esto, Arnold. Lo entenderás cuando llegue el momento"

Terminó la llamada su padre y él pensó en romper la carta, leerla o quemarla.

Su historia se repetía como en cámara lenta hacia atrás, empezando por el ultimo beso y acabando en el primero.

La confesión de sus sentimientos, que no eran otros mas que de amor.

Y pensó que era otra broma.

Ya no de ella, sino del destino, burlándose en su cara por seguir fielmente las reglas del manual. Metió la hoja doblada en cuatro y sellada con cera en el anuario de la escuela primaria, donde estaba la foto de su grupo y ahí la dejó.

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Volviendo a la cocina y a la mirada furiosa de sus abuelos, finalmente respondió.

—Guardé en secreto que vivía sola porque decidí esperar a que Helga les contara ese hecho. Y me quedé en su casa esas dos noches porque no quería dejarla y ella no estaba segura de venir. Hablamos, más que nada se trató de eso. Ahora sé que no mentían al decir que ella solía pasar demasiado tiempo aquí. Que le tenía miedo a su padre porque solía golpear a su madre y creo que esa fue la razón principal de que no te dijera la verdad sobre lo que le pasó a su muñeca, abuela.

Gertrude resopló. Sacó la botella de whisky y sirvió tres vasos mismos que se tomó y volvió a servirlos, ahora sí para ofrecer el correspondiente a cada uno.

—De acuerdo, vaquero. Yo te cambié los pañales así que voy a asumir que lo que dices es cierto.

—Lo es…—respondió sincero y si no tuviera un filete sangrante en el ojo, se habría visto mucho más maduro al hacerlo. Su abuelo se tomó el trago de ambos y tras hacer una inclinación de rostro comentó.

—¿Tus intenciones Arnold, cuales son?

—No estoy seguro de comprender la pregunta, abuelo.

—Es muy simple, chaparro. Mientes, te escondes y pides a todos que hagamos locuras por esa escandalosa y furiosa mujer. ¿Vas en serio con ella o es otro de esos tontos enamoramientos que tienes por niñas bonitas que te dejan con el corazón herido y llorando en una esquina?—Phillip Shortman le sirvió un generoso trago y Arnold se lo tomó, liquido amargo corriendo por la garganta hasta aterrizar en el estómago.

—Voy en serio, abuelo.

—¿Tan en serio como para luchar a muerte contra sus siete hermanos con tal de tener su mano? —¿¡Qué!? —se preguntó de manera interna porque ya se le hacía raro que el "lapsus" de lucidez de sus abuelos durara tanto.

Gertrude parecía emocionada con las palabras de su abuelo.

—Fueron tres, mis hermanos eran tres y los derribaste uno a uno en la casa de mis padres.

—Eran finales de la guerra Galletita, todo lo que quería era hacerte mía.

—No tenías que romperle el brazo a Steven.

—¿Ese no era el que dijo que te consiguieras algo mejor?

—Quien lo dijo fue, Stuart y el que lo secundó fue Simon.

—Pues, les tocó a los tres por igual. Y tú Arnold, si ya tomaste una decisión, ve a ducharte y cambiarte, esa chica furiosa tiene carácter, si tardamos demasiado va a mandarte al carajo.

—¡Gracias abuelo! —respondió con una resplandeciente y enorme sonrisa.

—Las reglas de la casa son las mismas, Arnold Shortman. —sentenció su abuela. —Veo manos fuera de sitio y voy a anular tu descendencia.

Su abuelo estalló a carcajadas y comentó que quizás ese hubiera sido un método efectivo para terminar con la "maldición" Él seguía sin entender de qué iba eso, pero estaba mas emocionado con la idea de avisarle a Helga.

Le marcó.

"Mis abuelos están de acuerdo, en un par de horas iremos por ti"

"Nosotros, y no te asustes si vomito en el camino"

Ella no vomitó, pero si intentó hacerse un ovillo sobre el asiento trasero del auto y ocultar su rostro bajo la sombra de sus cabellos y una gorra de béisbol. Los cambios la ponían nerviosa. Esto de recibir "caridad" la hacía sentir patética y famélica.

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La mudanza fue breve, la vida de Helga como ella misma refirió cabía en cuatro cajas: escuela, ropa, artículos de uso personal y las cosas de mantecado.

El felino bravucón y colérico estaba aferrado a su tazón de croquetas y miraba receloso a todos desde su caja de arena. De hecho, se metió ahí y no salió hasta que lo instalaron de nuevo. En el salón de lectura no podía quedarse por lo que el Doctor Evans sugirió que pusieran la caja de arena en el techo, él se ocuparía de limpiarla a la vez que alimentaba a las palomas y demás aves.

Helga le colocó un cascabel a su "bebé"

—Lo siento amor, pero aquí no puedes atacar palomas o canaritos.

—Miau, miau, miau. —negoció, mirándola con el corazón roto. Ella lo abrazó y le juró que no era su culpa que tuviera que cambiar de rutina.

—Es temporal, cuando volvamos a casa te ayudaré a atrapar al pájaro más gordo y jugoso que elijas. Mantecado se mostró de acuerdo pero en el resto del día, no le vieron ni el polvo.

Su abuela, (porque tenía mejor madera que él y su esposo) en compañía del Doctor Evans, metieron un sofá cama en el pequeño cuarto de lectura.

El médico general no hizo preguntas, pero sí se dio a la tarea de revisar las heridas de los muchachos.

El puño de Helga iba de mal en peor, le colocó nuevas vendas y le sugirió algunos ejercicios para sanar la articulación y bajar la hinchazón. Si en el transcurso de la semana no mejoraba, le pondría un cabestrillo, la idea la horrorizó pero terminó accediendo. La mordida en el labio inferior casi desaparecía pero aún así, Evans le obsequió una crema.

—Supongo que no quieres malos entendidos en la escuela. —ella iba a rezongar, pero después consideró que estaba en lo cierto. Si nadie sabía de lo suyo con Arnold, supondrían que quien la marcó fue Jake Cabot.

—Y por favor, deja de golpear a tu novio. —comentó divertido, aunque ni ella, ni Arnold lo desmintieron.

—El ojo está bien. —comentó mientras lo revisaba. —Si descansas lo suficiente mañana por la mañana no tendrás nada.

Agradecieron las atenciones y después fue el turno de ella de encarar a sus abuelos.

Como no era buena con las disculpas, ni los argumentos, se limitó a prometer que sería una inquilina modelo. No la verían, no los molestaría, es más, podía comer en la calle y no convertirse en una carga tan pesada.

—Oh, puedes ponerte una sábana blanca, si tanto quieres pasar por aquí como un fantasma. —comentó Phil, con algo de sorna. La rubia se ruborizó hasta las orejas, no sabía que tan hondo podía meter la pata con los Shortman.

—Estamos en la misma posición de antes, Eleanor. —comentó Gertrude. —Si no tienes a dónde ir, eres bienvenida aquí. Nuestra casa es tuya, también nuestro Arnold. —aseguró guiñándole un ojo. —Siempre y cuando estén conscientes de que para todo hay momento y lugar. —los adolescentes se tomaron de las manos y asintieron.

—Lo que la vieja bruja quiere decir, es que nuestra casa será pera huéspedes pero eso no la convierte en ningún hotel. —resumió Phil, para la diversión de su esposa y vergüenza de ellos.

—Les juro que Arnold y yo…—comenzó a comentar la rubia pero los ancianos la interrumpieron.

—Son jóvenes, —concedió su abuela. —Están en la flor de la vida y creo que los conozco lo suficiente como para tener mis reservas. Pero, aún así los quiero y deseo lo mejor para ustedes.

—Respétense —ordenó el abuelo. —Y no tendremos que amenazar, castigar o "castrar" a nadie.

—Lo haremos. —prometieron. Sin soltarse de las manos. Y ambos adultos mayores recordaron el momento en que Phillip pidió la mano de su esposa en matrimonio.

¡Claro que se respetaron! De camino a la habitación y nada más. —intercambiaron miradas cómplices, pero no agregaron otra cosa a sus argumentos.

El día se les fue en un parpadeo y aun no terminaban el "rol" para el uso del baño.

Como los dos iban a la escuela en el mismo horario y ellos no querían que se encontraran a medio vestir o peor aún sin vestir. Uno se ducharía en la noche y otro en la mañana.

Helga pidió la noche.

—Entonces, te ayudaré a preparar el baño querida. —acotó Gertrude. —Es una tubería bastante vieja y asumo que debes estar exhausta...

Su abuela se llevó a la rubia, él se quedó con su abuelo. Aún tenían que resolver lo de Jake Cabot.

.

—¿Estás seguro de que ese bravucón, no fue a su casa de nuevo?—preguntó su abuelo.

—No volvimos a ver o escuchar nada, aunque ya era algo tarde cuando nos dejó Jamie'O

—El chico Johanssen es listo, podemos fiarnos de él, pero los patanes nunca se quedan quietos. Eso de ser golpeado por una chica, no va a gustarle Arnold. Tienes que estar preparado

—¿Crees que será capaz de...?

—Si se atrevió a amenazarla delante de toda la escuela y se fue a los golpes contra Gerald, porque tu amiguita no salió de su casa. Sí, creo que planeará hacerle algo pesado a tu dama

—¿Y cómo…?

—No lo sé, en circunstancias normales te diría que llamaras a las autoridades. Pero esa jovencita está en una situación delicada. No dejaremos que se la lleven los de Servicios Sociales y la coloquen en un hogar temporal o alguna de esas faramallas. Vas a tener que estar atento a cada uno de sus movimientos.

—De manera regular, ni siquiera lo veo. No sabía de su existencia, hasta los comentarios de Gerald, lo sucedido el día de San Valentín y este viernes que la besó por la fuerza...

—¿Y sentiste ganas de asesinarlo?—inquirió el mayor entre curioso y serio.

—Mas o menos...—respondió sincero. Su abuelo lo estudió, como en ese momento que le comenzó a salir la barba y optó por enseñarle como afeitarse.

—¡Hmp! Eso me recuerda que llamamos a tus padres para enterarlos de todo y esperan que los llames de vuelta. Estarán hasta mañana en el campamento así que llámalos pronto o quédate con las ganas hasta el siguiente bimestre.

—¿Te dijeron si van a desheredarme?

—Parece ser que si esta noche hay luna llena, te caerá la maldición por partida triple. —se burló y después recuperó el aplomo. —Están de acuerdo en que tu novia viva con nosotros, siempre y cuando tu estés en la torre más elevada del Castillo y ella oculta en el sótano. Es en serio Arnold, los vemos como conejos una sola vez y tu abuela y yo...

—Ya me quedó clara esa parte.—pronunció algo aburrido y fastidiado. (solo fue una mordida y solo fue un intento de levantarla para tenerla mas cerca de su cuerpo. Sentirla completa y saber si podía con ella y claro que podía) Sonrió como idiota, su abuelo, lo golpeó con un periódico enrollado en la frente.

—Pon atención, porque lo segundo que querían decirte es que ese volcán estuvo un poco activo estos días.

—¿Pero están bien?—inquirió preocupado.

—Pregúntales tú, chaparro.

Lo mandó a su cuarto y luego de cambiarse las ropas para dormir enlazó la llamada de video por Skype, sus padres tardaron un rato en contestar pero después de seis intentos estaban ahí, en una tienda de acampar mucho más moderna que la ultima que había visitado pues incluía servicios de electricidad y una red inalámbrica algo errática, pero latente.

Le sonrieron de inmediato y lo saludaron.

—¿Cómo has estado, hombre pequeño? —preguntó su padre, aunque se retractó de inmediato al señalar el ojo inflamado.

—¿Te pusiste sándalo?—inquirió su madre, él le dijo que no. Sólo dos filetes y algo de ungüento.

—No importa, campeón. —recuperó la jovialidad su padre. Suponía que como se perdieron prácticamente toda su vida, no se sentían con la autoridad para regañarlo o corregirlo por ninguno de sus actos. —Queríamos saber cómo has andado de ánimo estos días.

—¿Ánimo?—preguntó sorprendido.

—Si,—prosiguió su madre. —El volcán presentó actividad, el viernes a media tarde y no ha parado de soltar ceniza desde entonces. Los nativos nos preguntaron por ti. Están preocupados por ti.

—¿No siguen pensando que estoy vinculado a ese volcán, cierto?

—Aún tenemos nuestras reservas pero lo cierto es que lo estás.—comentó Miles, sereno y calmo. —Tu abuelo, nos puso al tanto de la situación y tu cara lo dice todo.

—Papá…—comentó molesto, porque si escuchaba eso de que debía ser la "encarnación de la benevolencia en la Tierra" iba a ponerse a gritar. ¡Él no era responsable o causante de la erupción o calma de un volcán!

—Tranquilo. —medió su madre. —Solo queremos saber cómo estás. ¿Nos presentarás a esa chica…Eleanor? —Stella, no logró disimular cierto matiz de dolor cuando la mencionó. Él se preguntó ¿Por qué? ¿A caso su madre sentía nostalgia de que ya fuera un hombre y no la incluyera en su vida diaria? ¿Lo sentían mas lejos ahora que conocía a la mujer de su vida? Le habría encantado preguntar pero la chica en cuestión irrumpió de pronto en su habitación.

—¡Mira, cabezón! Tu abuela me dio una grabadora como las que usaban los reporteros en la era dora…da...—Helga congeló su discurso cuando cayó en la cuenta de que él, no estaba navegando en redes sociales o viendo vídeos graciosos en su Laptop.

Conversaba con sus padres, quienes se impresionaron al verla.

—Lo…siento mucho, Arnold. Bob y Miriam nunca me enseñaron a…—Se disculpó con la cara incendiada. Él la miró como a una bendita aparición porque así era Helga.

Tenía esa sobrada tendencia a meterse en su alcoba sin jamás llamar a la puerta. Nunca le molestó que lo hiciera y justo ahora, no sabía si le molestaba. Su madre la reconoció del pasado, porque en su momento, ambas féminas intercambiaron palabras.

—¿Tú, eres Eleanor?—la rubia miró a la pantalla de la pequeña Laptop, Stella Shortman la miraba científicamente, clínicamente y eso la hizo montar en pánico e intentar huir, Arnold que bien sabía que eso es lo que haría, la sujetó por la mano herida, sacándole un gemido de dolor que lo orilló a soltarla pero aún así, le ordenó mantenerse donde estaba.

Su padre carraspeó al otro lado de la cámara. Helga los miró a ambos a punto de liberar lo que en el transcurso del día no había soltado.

Es decir, vomitar.

—¿Ese es tu nombre?—insistió Stella y poco después agregó. —Porque si es así, creo que te estoy confundiendo.

—No lo hace, señora Shortman. Soy yo, Helga…aunque Gertie, me dice Eleanor por alguna misteriosa y desconocida razón.

—Oh, que curioso, mi Suegra tan divertida y yo toda angustiada. Por favor llámame Stella, te presento a mi esposo, Miles.

—Que gusto.—el antropólogo saludó con una inclinación de rostro, igual de confundido que su hijo, así que se atrevió a preguntar.

—¿Ustedes fueron de compras a la misma tienda o cómo es que…?—hubo algo más que el pánico en los azules ojos de la rubia. Stella lo advirtió y a pesar de que era una promesa, se decantó por romperla y confesar.

—Verás, querido. Cuando recién reencontramos a Arnold y viajamos a Hillwood junto con él, tenía dudas sobre cómo acercarme a nuestro hijo. Como buscarlo, como llamarlo. Esta jovencita se acercó a mi, una tarde en que me rendí y fui a esconderme para llorar de frustración y rabia en los columpios del parque.

Se sentó junto a mi, entonces llevabas dos coletas y un vestido rosado con zapatos blancos y camisa de cuello redondo del mismo color, mascabas una goma de sabor cereza, el olor me llegó poco después de que reventaras una bomba y comenzaras a hablar de lo maravilloso que es nuestro Arnold.

Sus gustos e intereses. Me dijiste todo lo que necesitaba saber para perder el miedo de acercarme a mi hijo, así que siempre te estaré agradecida por ello.

.

Arnold miró a la rubia que estaba parada junto a él de nuevo. ¿Ella hizo eso? ¿De verdad hizo eso? Quiso preguntarle, pero antes de que sucediera, Helga se dobló por la mitad, sacándoles un susto de muerte a todos y vomitó en el bote de basura que afortunadamente alcanzó.

Miles, no pudo evitar preguntar, si de verdad esa era su novia.

—Así es. —respondió él, palmeándole la espalda a la escurridiza mujer que regresaba toda la cena que no hacía mucho que había ingerido en el precioso bote que ahora tendría que desechar.

—¡WOW! —comentó su padre, recibiendo un codazo en el pecho de parte de su madre.

—Me alegra que al fin, se decidiera a confesar lo que siente por ti…—comentó Stella y él no supo que responder. Porque Helga lo confesó hace mucho y en realidad…

—Él que acaba de decidirse y confesar soy yo.

—¿Le corresponde la carta?—inquirió ahora su padre, para sorpresa de su madre.

—¿Qué carta?—preguntó la botánica.

—Cosas de hombres….—respondió, seguro y algo pomposo.

—¡Los hombres no escriben cartas, Miles!

—Claro que si…—Arnold sonrió al ver a sus padres y después a Helga que había terminado de devolver el estómago y ahora se tapaba la cara con ambas manos a la vez que repetía.

"Esto no está sucediendo, no está sucediendo, no está sucediendo, no…"

—Está sucediendo, Helga. —pronunció, en un suave barítono llamando la atención de todos. La ayudó a levantarse poniendo una mano a la altura de su cintura.

—Que forma de perder la pena…—comentó la rubia para deleite de su novio y sorpresa de sus "suegros"

—Ah, es tradición familiar. —agregó Miles. —Si alguien no se avergüenza o se humilla públicamente, no es amor de verdad.

—¡Cállate, son unos niños!—le recordó su esposa.

—Pero es la verdad. ¡Yo literalmente me tiré a los pies de tu madre, Arnold! ¡Y sigo ahí diecinueve años, después! —la morena con cabeza de balón, le dio otro codazo a su marido, quien intentó escapar del golpe y a consecuencia de eso, la conexión inalámbrica se cayó.

Helga suspiró a la pantalla negra y después comentó.

—Dime que eso no significa que voy a vomitar cada vez que los vea.

—No lo sé… ¿De verdad, le dijiste todo eso a mi madre?

—Arnold, lo creas o no. Eso no fue producto de mi tremenda o delirante devoción a ti. Tenías unos padres, que de verdad querían agradarte. Atravesaron medio continente para conocerte y reencontrarte. ¿Crees que me iba a quedar de brazos cruzados, viéndolos partir sin abrazarte?

—Igual se fueron.

—Porque la vida no es color de rosa. Pero te quieren, los admiras, deseas ser como tu padre, no mientas. Y en cambio yo, me mataría si llego a ser como alguno de mis padres…

—No lo serás. —Gertrude gritó desde abajo que haría revisión de alcobas en diez minutos y esperaba que cada uno, estuviera en la suya. Se sintieron pequeños, traviesos e ingobernables de nuevo.

Arnold, se dirigió a su librero y rebuscó entre volúmenes hasta encontrar el anuario de la primaria.

—Es para ti…—le ofreció la carta una vez la encontró.

—¿Ya sabes lo que dice?

—No con exactitud.

—Entonces no la quiero. ¿Qué tal que escribiste todas las razones por las que tú y yo no debemos estar juntos? ¿Lo mucho que me odias, por ser una fastidiosa, mandona y golpeadora?

—Dudo que escribiera eso.

—Y yo me niego a tenerla hasta que estés seguro de que debo leerla.

—¿Todo contigo tiene que ser así de difícil?

—Acabo de vomitar delante de tus padres, déjame en paz.

—Y yo que te pensaba besar…

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.

.


Continuará...
Besos a las hermosas personas que comentan. ¡Son un amor! Y espero que no me quedara demasiado revuelta la presente entrega. Como muchos me dicen que ya los quieren ver en la escuela, tuve que apresurar las cosas y el resultado fue este.

Ojalá haya sido de su agrado. Nos leemos en la siguiente.