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La noche comenzaba a caer fría y silenciosa cuando una persona más se unió a la escena. Su padre entró atropelladamente, asustando a los de seguridad y a un par de bonitas enfermeras que venían pasando por la puerta principal. Estaba sucio, acelerado y hablando en español porque claro, su uso del idioma natal era algo que solía olvidar cuando regresaba a casa. Él se levantó de su asiento e inmediatamente fue a impedir que lo sacaran a golpes y juramentos.

—¡Arnold!—el antropólogo se abrazó a él antes de que pudiera decir. "No es un vagabundo, drogadicto o en absoluto peligroso. Se trata de mi padre, quien por cierto es investigador y vive en alguna selva perdida de Centro América" —correspondió el abrazo. Sus abuelos hicieron las presentaciones para que los de seguridad bajaran la postura defensiva y las enfermeras se relajaran.

—Dios, que susto me has dado. ¿Por qué no hay nadie en casa? ¿¡Qué sucedió!? —lo despegó de su lado y comenzó a inspeccionarlo como si tuviera tres y no diecisiete años. Él permitió el escrutinio porque en serio, tenerlo frente a él parecía un sueño.

—E…espera, papá.—se quejó cuando aquel parecía dispuesto a contarle hasta los lunares de la espalda con tal de asegurarse de que estaba bien. ¿Qué haces aquí? —preguntó luego de que Miles se quitara la bolsa de viaje y sonriera con una perfecta hilera de dientes blancos.

—¿Qué, qué hago?—Miles saludó y abrazó a sus padres antes de continuar charlando.

—¿¡No te has bañado en dos meses o tres!?—gritó Phil

—Y diría que seis. —confirmó Gertrude, pero el aludido ni se inmutó.

—Me bañé…—respondió animado haciendo cuentas de manera mental. —A inicios de semana, cuando comenzó a caer ceniza blanca del volcán.

—¿Qué?—preguntó Arnold, preocupado y mirando a los lados. —¿Dónde está mamá?

—Stella se quedó en el campamento, Arnold. El volcán parece haber despertado y sé que no te gusta escucharlo pero los sabios creen que tú tienes que ver con eso.

—¿Pero, cómo…?—se sintió intimidado, tanto que estaba a punto de tirar de sus cabellos y ponerse a gritar.

¿Su relación con Helga despertaba la furia del volcán? ¿Los sentimientos que tan celosamente guardaba por ella? ¡Porque si era así, estaban jodidos! ¿Lo oyeron? ¡J-O-D-I-D-O-S! Sus sentimientos por esa mujer eran tan intensos que en el transcurso de los últimos días, ni siquiera él había logrado dormir. Veía lo que se hacía, era consciente de lo que todos reclamaban y decían más su amor no parecía ser suficiente.

Sus palabras, preocupación, los consejos y súplicas…

Helga parecía indiferente a todo él, excepto cuando se besaban. Cuando sus labios entraban en comunión y ella bajaba todas sus defensas y le permitía acceder a más de su boca. Solo entonces, en los diminutos instantes que la apretaba contra su pecho y la sentía suspirar sobre la comisura de sus labios, sabía que seguía siendo ella.

Y estando ahí, enamorada de él, entregada a él, siendo de él…

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Su padre lo arrebató de sus tortuosas cavilaciones, se habían sentado de vuelta en la sala de espera.

—Porque es cierto, Arnold. ¿Dime sino, qué haces en el hospital? Todo el camino escuché de dos jovencitos accidentados en tu escuela, vine lo más rápido que pude con el corazón en un hilo porque los sabios de la tribu también dijeron que lo que veían en la ceniza del volcán era el preludio a una muerte.

—¡HELGA NO VA A MORIR! —gritó asustando al resto de familiares que aguardaban en las sillas e impresionándolos a ellos. Miles sonrió, lo mínimo para aclarar que esa no era su intención. No vino como ave de mal agüero, sólo lo hizo porque estaban sumamente preocupados por él.

—No tienes que creerlo pero debes admitir que parte de eso es cierto. Tu madre y yo presentimos de alguna manera que estabas mal.

—¿¡Y la dejaste sola tú también!? —reclamó Gertrude golpeando a su hijo en la misma mejilla que abofeteó a su nieto.

—¡Auch!

—¡Qué bonita pareja hacen los dos, buenos para nada! —un par de cabezas rubias miraron al suelo mientras una calva comenzaba a sonreír pero el gusto no le duró demasiado. —¡De qué te ríes, si la culpa la tienes tú! ¡Nunca me dejaste educarlos con mano dura!

—Pero, galle…—Gertrude, le acomodó su propia bofetada a Phil.

—¡Galletita, nada! ¿Stella estará bien, Miles Shortman?

—Desde luego, ella es tenaz, valiente e inteligente, si percibe verdadero peligro convencerá a los nativos e irá al refugio.

—Mas te vale. —Gertie le mostró el puño diestro perfectamente cerrado, Miles levantó ambas manos en son de paz y se escudó por detrás de su hijo. Arnold tuvo la certeza de que esta vez, las cosas con sus padres eran diferentes porque se conocían.

Quizás no eran tan íntimos pero ya no eran tres desconocidos.

Él ya no era un bebé tierno, inocente y quizás hasta indiferente por la ausencia de sus padres. Ellos forjaron una relación, estrecharon lazos cuando vivieron juntos y por eso dividían sus obligaciones entre el honor, deber y la preocupación por su hijo. Agradeció infinitamente el gesto, aunque la causante de eso (de estar juntos) también había sido Helga.

Le resumió a su padre lo que había pasado. Miles se impresionó y en algunas partes se horrorizó por el relato pero no hubo oportunidad de profundizar en el daño, las enfermeras recibieron quejas por lo "inadecuado" de su estado y le pedían de favor que si no era familiar directo de algún paciente, se retirara.

—¡Ya le dijimos que venimos con la futura esposa de nuestro Arnold!—gritó Gertie señalando a su nieto.

—Y sé que le encantará el detalle pero el hospital no es demasiado grande y las políticas exigen que sean familiares directos. En este horario, sólo se permite la presencia de uno.

Y como confirmación a este hecho, el padre de Eugene venía saliendo. Cabizbajo y cansado, les comentó que tenía que ir a casa, avisar en su trabajo que Dedee se ausentaría el resto de la semana, preparar comida, ropa, demasiadas cosas.

Los Shortman reiteraron su apoyo para cualquier cosa que necesitara e intercambiaron miradas duras entre sí. Arnold les pidió de favor que se fueran, su padre requería una ducha con carácter de urgente y sus abuelos tenían medicamentos que tomar en la noche, los horarios y nombres estaban pegados en una hoja blanca junto al refrigerador, las medicinas se guardaban en la primer gaveta de la derecha, él se quedaría a velarla y si sucedía cualquier eventualidad los llamaba.

—Siempre me sorprende lo mucho que has madurado, Arnold.—Miles le desacomodó el cabello y presionó su hombro diestro en señal de apoyo antes de irse.

—Gracias por venir.

—Tu madre también te ama y quisiera estar aquí pero los nativos siempre se han sentido más cómodos con ella. Si sucede algo extraordinario, por no decir que si llega a hacer erupción el volcán, es más fácil que le crean a ella que deben evacuar.

—Lo sé…

—Trata de no preocuparte demasiado, las mujeres de nuestra familia son sorprendentes.

—¿Qué?—preguntó sintiendo cómo se coloreaban sus mejillas por la impresión.

—Puede que el nombre se suceda de padres a hijos pero el coraje, la fuerza y espíritu, viene de ellas. —Gertrude resopló cruzando los brazos a altura del pecho y comenzando a caminar en dirección de la salida. Miles le besó la frente, tomó su maleta del piso y la siguió, Phil se quedó otro poco con él. La mirada dura, el gesto reflexivo y profundo.

—Mujeres histéricas, neuróticas y locas, Arnold. Esa es la maldición que ha perseguido a nuestra familia por eones.

—¿También mi mamá?—preguntó porque Stella, siempre le pareció de lo más normal, calmada y resuelta, él creía haber sacado el carácter de ella.

—¿Si sabes que Stella ya vivía con esos "ojos verdes" cuando tu padre "accidentalmente" se tiró a sus pies?

—Si…

—¿Te parece que una persona normal abandonaría la civilización para vivir entre un montón de…?

—Ya entendí.—interrumpió.

—Saluda a la chica furiosa de nuestra parte, dile que Gertie nos golpeó a todos en su honor.

—Lo haré.

—Y toma esto. —le extendió un reproductor de mp3 que llevaba en el bolsillo izquierdo del pantalón, era un pequeño cuadrado de color rosa con audífonos igualmente rosas. —Geleanor dijo que si "algo" llegaba a suceder te lo diera.

—¿¡Qué!? ¡Abuelo, tú…!—gritó a punto de derribar a su abuelo y recriminar a puño cerrado hasta quedarse sin voz.

—Sí y tú también lo sabías. Toda la semana se la pasó actuando extraño y ambos hicimos lo que mejor sabemos hacer cuando esas mujeres indómitas hacen de las suyas.

—¿Nada?—inquirió con el corazón encogiéndose en su pecho. Phil negó mirándolo a los ojos.

—Confiar en su demencia y después actuar. Supe por los paramédicos que llegaste a tiempo justo de impedir que la asesinaran.

—Aún así…

—Nada, chaparro.—lo miró a los ojos y le desacomodó aún más el cabello. —¡Tú eres el hombre milagro! ¿No es cierto? Esos ojos verdes creyeron que Geleanor moriría y no fue así. Sube a su habitación, intimida o golpea a quien tengas que enfrentar pero entra a su habitación y quédate con ella.

—Sí

—Sostén su mano, susúrrale al oído, hazle saber que estás cerca, nada les gusta más que saber que estás cerca.

—Gracias... —se hubieran abrazado pero entonces los sorprendió el increíble rechinar de unos neumáticos y el grito histérico de su padre suplicando a su madre que por favor lo dejara conducir a él.

—¡Pamplinas! ¿Cuando fue la ultima vez que condujiste un auto Tex?

—¡Esta mañana! ¡STELLA ME PRESTÓ EL AUTO ESTA MAÑANA!

—¡Ni siquiera tienen autos en esa selva!

—¡E…es un jeep! La fundación nos aumentó el presupuesto, nos permitieron tener un auto y montar equipo más sofisticado.

—Tonterías…

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Los vio partir, afortunadamente con su padre al volante y poco después se quedó a solas con sus pensamientos. El reproductor de mp3 siendo presionado en el interior de su mano. Quería entenderla, imaginarla, conocerla pero lo cierto era que Helga, constituía para él todo un misterio.

Era un lobo solitario. No, más allá de eso, tenía la certeza de que no importaba lo que le sucediera, como si fuera reemplazable, como si nadie notara su ausencia.

Era una mujer tonta, cruel y también egoísta, porque claro que él lo notaría. Phoebe, Gerald…, todos sentirían su ausencia y la extrañarían. (Él ya la estaba extrañando con sus modos arrebatados, su arrogancia y voluntad férrea) los brazos alrededor de su cuello, sus labios abiertos presionando, humedeciendo y abriendo los suyos…reprimió una lágrima traicionera a la vez que la tía de Sheena, (antigua enfermera de la P.S 118) Shelley, se acercaba para informarle que ya podía subir a verla.

—Disculpa que tardara tanto en buscarte pero tenemos políticas bastante estrictas.

—No importa, ¿Helga se encuentra bien?

—Si, despertó por espacio de algunos unos minutos, estaba asustada y confundida. No obstante, logró preguntar por sus padres, ¿Bob y Miriam?

—Así es…

—Se volvió a dormir por el medicamento y su pocas defensas.—él se sorprendió por esto último. Tenía entendido que estaba comiendo mejor en los desayunos y cenas con él y sus abuelos.

—Tranquilo, podría ser a causa del estrés que su cuerpo no esté resistiendo, recomendamos tenerla una semana en observación.

—¿Tanto tiempo?

—Tiene heridas de cuidado en la tráquea, puede que al principio le cueste trabajo hablar, comer y beber, también hay fisuras en los metacarpos primero y quinto, suponemos que el agresor la sujetó del puño con demasiada fuerza y dada la naturaleza del ataque, quisiéramos hacer también una valoración psicológica.

—Entiendo…—alcanzaron la puerta y Shelley le entregó un gafete de personal autorizado.

—Vas a tener que quedarte muy callado porque en teoría, sólo los familiares directos y mayores de dieciocho años pueden quedarse con los pacientes.

—Gracias.

—Si despierta de nuevo, dale mis saludos y la gratitud de Sheena.—esto ultimo lo comentó con un poco de recelo en la voz.

—¿Perdón?—inquirió intentando descubrir su verdadera intención.

—Mi sobrina está perdidamente enamorada de Eugene y por lo que entendí. ¿Tu amiga lo defendió, cierto?

—No es mi amiga, es mi novia y ese golpe no era para Eugene, sino para mi…—Arnold entró en la habitación sin esperar respuesta porque Helga, hizo todo eso por él.

El Director lo amenazó directamente a él, mencionando incluso a sus abuelos y Helga debió tomar la decisión.

Si, era un plan. Uno que llevaba cinco días tratando de desarrollar pero no lo hacía, porque tenía miedo.

Miedo de los riesgos, de las consecuencias, de no ser egoísta y disfrutar plenamente su amor.

La vio recostada en la cama de barrotes metálicos y sábanas blancas, sus cabellos caían desacomodados alrededor de su cara, la muñeca diestra la llevaba enyesada reposando en un cabestrillo, la izquierda surcada por una intravenosa a través de la cual le suministraban medicamento, el cuello lo llevaba igualmente vendado, agradeció no tener vistas de los dedos de Jake en su pálida piel porque de ser así, estaba seguro de no poder soportarlo.

Sintió un par de lágrimas calentando su cara tan pronto como se sentó en la silla junto a la cama, lo suficientemente cerca como para poder culparse y contemplarla, buscó en los bolsillos de su pantalón varias cosas, el relicario de oro, sus placas metálicas (los cuales se colocó en el cuello) y finalmente el reproductor de mp3.

—¿Qué más quieres que escuche, Helga? ¿Poesía? ¿Que no fue mi culpa? ¿Que seguimos juntos a pesar de que todo lo has hecho tú sola? Phoebe dice que toda tu vida has danzado con la muerte. ¿Entonces, son viejas amigas y por eso decidiste que estaba bien hacerle una visita? —preguntó todo eso a su "bella durmiente" luego se puso los audífonos, encendió el reproductor y le dio play.

Guns N' Roses la conocida voz de Axl Rose, le daba las buenas noches y susurraba un tema que si bien conocía, en este momento no hubiera elegido escuchar.

Don't you cry.

Era una letra preciosa que concedía consuelo en el momento que más necesitaba tenerlo.

—¿También pensaste en esto?—preguntó a sus ojos dormidos, ausentes, tímidos.

Las letras se desgranaban al compás de la música y sus lágrimas.

¿Que sostenga su mano, abuelo? —se preguntó para sus adentros. —¿Cómo, si no puedo hacerlo? siguió escuchando, lamentando los diecisiete años y que ya no fuera un chico demasiado enano porque le habría fascinado hacerse un ovillo sobre la silla, subir las rodillas hasta ocultar en ellas su cara y llorar desconsolado a pesar de que lo que quería Helga, era que no llorara.

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Háblame suavemente,
Hay algo en tus ojos,
No bajes la cabeza tristemente,
Y por favor no llores.

Sé cómo te sientes en el interior,
Yo he estado ahí antes.
Algo está cambiando dentro de ti,
Y no lo entiendes.

No llores esta noche,
Todavía te amo, nene.
No llores esta noche,
No llores esta noche.
Hay un cielo arriba de ti, nene,
Así que no llores esta noche.

Dame un susurro,
Y dame un suspiro,

Dame un beso antes de decir adiós.

No lo tomes tan duro ahora,
Y por favor, no te sientas tan mal.
Seguiré pensando en ti,
Y los tiempos que tuvimos, nene.

Y no llores esta noche,
No llores esta noche,
No llores esta noche.

Hay un cielo arriba de ti, nene.
Así que no llores esta noche.

Y por favor recuerda,
Que nunca mentí.
Y por favor recuerda,
Cómo me siento por dentro,
ahora, cariño.

Tienes que hacerlo a tu manera,
Pero estarás bien,
ahora, dulzura.

Te sentirás mejor mañana.
Vuelve con la luz de la mañana, nene.

Y no llores esta noche,
Y no llores esta noche,
Y no llores esta noche,

Hay un cielo arriba de ti, nene.
Y no llores,
No llores nunca.
No llores esta noche,
Nene, quizás algún día.

No llores,
No llores nunca,
No llores esta noche

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Se abrazó a sí mismo, dejándolo fluir todo porque honestamente nunca había experimentado una experiencia cercana a la muerte y ni siquiera era él quien se moría. Era ella, siempre ella, la que ponía al límite sus emociones.

Helga…—pronunció su nombre en un lamento, un susurro, una promesa. No sabía ni por qué lo decía, por qué le dolía, por qué ese maldito quiso asfixiar y violar a su novia. Unos golpes sobre la puerta lo intimidaron y sobresaltaron.

Alan también quería saber de ella y no pretendía importunar, tan solo quería hacerle saber que contactó con su madre y hermana y que llegarían el Domingo por la mañana, tenían algunos pendientes que resolver antes de tomar el vuelo. Él asintió aunque sintió un ligero desasosiego porque su padre vivía en una selva a mitad de la nada y llegó de inmediato.

¿Tan poco les importaba? ¿Servía de algo que vinieran a consolarla o la lastimaría más que se tomaran su tiempo para buscarla? No lo sabía, pero informar a su familia seguía siendo lo correcto. Cuando el moreno se fue le dejó en claro que nadie más llegaría a molestarlos, dio instrucciones a las enfermeras de que nadie entrara a su cuarto. Él volvió a asentir aunque no se resistió de preguntar por qué le preocupaba tanto.

—¿Qué a caso no es obvio?—respondió con una sonrisa ladina en el rostro. —Si no te pones listo, yo me la quedaré.

—Helga, no es un objeto.—advirtió, intercambiando miradas con el que alguna vez fue su amigo. Redmond le sonrió de nuevo, un gesto en apariencia natural y petulante.

—No estoy diciendo que lo sea, sólo aclaro mi posición. Ella me gusta más de lo que crees y si bien no pienso interponerme en su relación, te advierto que si la haces sufrir o la pones en riesgo otra vez, la cortejaré. —salió por la puerta blanca, dejándolo con un sentimiento de desazón. Stinky era algo obstinado y arrebatado en sus pasiones pero en general no constituía un problema, sabía que Helga no lo dejaría por él o Eugene.

Brainy tenía rato de haberse retirado a su esquina, pero Alan…hasta Phoebe lo prefería para su amiga y cavilar en eso no le permitió darse cuenta de que la rubia en la cama estaba despertando.

—Arn...old…—escuchó en un leve suspiro, recompuso su estado con movimientos tan bruscos que estaba seguro de haberse arañado la cara, Helga no había abierto los ojos, pero sí humedecía sus labios, él buscó al rededor, había un vaso de agua en una mesita frente a la cama, se aproximó a tomarlo y acercarle la pajilla.

—Ha…ces…ruido…—susurró ahora sí, mirándolo a los ojos.

—¿Cómo supiste…?—ella no contestó pero lo fulminó con la mirada. Era obvio que hablar le producía dolor y que la enfermera Shelley le habría puesto al tanto sobre la ausencia de sus padres. Si no era él, debía tratarse de Phoebe pero la asiática quedaba descartada por lo estrictos que eran sus padres con sus horarios. Se disculpó de inmediato por haberla despertado.

—Lo siento mucho, Helga…—la miró a los ojos queriendo transmitir con eso todo lo que estaba sintiendo. La angustia, desesperación pero sobretodo el amor. Ella pareció entenderlo, su gesto era el mismo, aunque resultaba doloroso verla tan pálida, vendada y en una cama.

—No...he…muerto…—le recordó, con una sonrisa que intentó ser conciliadora pero que en su defecto le salió rota.

—Te arriesgaste demasiado…—comentó queriendo acariciar sus manos, pero eran inaccesibles al igual que su cuello o sus labios.

—Deja…dormir…—recriminó, porque como es natural, detestaba que la viera como una Princesa.

—Perdón…—se disculpó en un tímido susurro porque le seguía fallando. No sabía como cuidarla, ni como consolarla. Ella le dedicó una especie de maldición, parecía molesta, realmente furiosa pero aquello era solo una apariencia. Sonrió, deslizándose a un lado, sobre el brazo que tenía el catéter. —A…braza…me…

—¿¡Cómo dices…!?—ella ya no se molestó en repetir, hizo un movimiento con el otro brazo para indicarle lo que quería. Esa cama era tan pequeña como el sillón de su sala, sabía que "cabían" pero tenía miedo de lastimarla.

—¡Ahora!—ordenó en un tono tan alto que debió lesionarla. Se quitó los zapatos y se subió a la cama por detrás de su cuerpo, sin mover las sábanas pues otra parte de su mente señaló la posibilidad de que estuviera…bueno, pues… desnuda. ¿Esas batas de hospital no eran casi transparentes y según la televisión nunca cubrían absolutamente nada? ¿Y esa no era la mujer que más amaba en la vida entera? dejó de pensar idioteces abrazándose a ella. Helga suspiró en agradecimiento y poco después del silencio, rompió a llorar.

—Ya estás a salvo…—le prometió. —Te tengo y no voy a perderte otra vez…—Helga asintió, dejando escapar más transparente llanto. Él presionó sus formas, pegó la frente a sus cabellos, buscó su aroma pero justo ahora a todo lo que olía era a cosas de hospital. Su perfume se había perdido y no quería ni pensar en la clase de exámenes que le habrán efectuado. Debió ser duro, humillante si es que todos tenían por primera idea, confirmar si Jake la había violado.

Eso no pasó, su chica era demasiado lista. Una guerrera en toda la norma.

—Descansa,—sugirió. —Necesitarás fuerzas porque mañana, todos nuestros amigos querrán asesinarte y pasado mañana verás a tus padres.

—¿Bob…?—preguntó impresionada.

—Sí, tu madre y hermana también…

—¿Cómo…?

—No importa como los encontramos, lo importante eres tú. Jake y el Director Owen estaban en un error, ¿Sabes eso, verdad? Que no estás sola, que no eres reemplazable, que nosotros jamás vamos a dejarte.

—Arn…old…

—Mi abuela, me golpeó a tu salud. El abuelo me dio el reproductor de mp3 que le dejaste, los dos mandan saludos. —comentó con una sonrisa que le hizo cosquillas en la piel y agregó. —No sabía que te gustaba Guns N' Roses, personalmente prefiero a Metallica, tengo algunos discos que podríamos escuchar cuando volvamos a casa. —Helga asintió y el continuó hablando porque era eso o soltarse a llorar porque en verdad se asustó.

No le importaba el volcán, ni los ojos verdes. Le preocupaba su madre pero aún así no se iba a controlar. Estaba harto de tener que medir sus emociones, de no poder demostrar lo que siente, porque si la perdía…

Literal, se moriría…—la abrazó más fuerte y siguió su monólogo.

—Debes saber que te amo y te odio por arriesgarte tanto pero eso lo discutiremos más adelante.—Helga asintió de nuevo, él revisó que estuviera en una postura cómoda, no quería que se lastimara de más, los medicamentos debían evitar que sintiera dolor. Y aquí se recordó que todo con ella, siempre era evitar el dolor. La confirmación de ese hecho le produjo temor, Helga debió sentirlo ya que se recompuso y habló.

—Quédate...

—No me iré. —le aseguró pero ella negó con un movimiento de rostro, giró sobre la espalda buscando sus ojos. Los encontró ligeramente enrojecidos por el llanto pero igualmente hermosos, dramáticos y tan azules como las aguas del mar.

—Siempre…—hubo intensidad en el tono de su voz. Una promesa más allá de los juegos de niños. Quizás era ese el modo en que Gerald le propuso matrimonio a Phoebe, porque él sintió que el corazón dejaba de latir al interior de su pecho, pero al mismo tiempo tenía la certeza de hacerlo.

Despertar todos los días a su lado, quedarse con ella sin importar lo que les trajera el mañana.

—Siempre…—confirmó, besando su frente pues sentía que la herida era demasiado fresca como para reclamar su boca, ella se relajó después de eso. Ambos lo hicieron de hecho, su promesa no obstante, no pudo ser cumplida.

La enfermera del turno nocturno pegó de gritos sobre las once de la noche cuando los encontró juntos. Casi lo mandan a su casa, pero él era el único acompañando a su novia y las políticas del Hospital exigían que hubiera alguien con ella por cualquier situación de emergencia.

—Sólo quédese en su asiento, la intravenosa no debe moverse de sitio y las heridas en su tráquea…

—Estoy…bien…—aseguró la impertinente paciente a su histérica enfermera.

—La muñeca…—insistió la mujer que debía estar sobre los cuarenta y siete años de edad. —Helga intentó mover la mano enyesada sin éxito alguno, el cabestrillo impedía que lo hiciera. No había forma de que se lastimara y cuando él la abrazó, metió los brazos por debajo de los suyos, estaba aferrado a su cintura, su espalda y sus piernas.

—Si los vuelvo a ver juntos…—reclamó la mujer.

—No volveré a moverme de mi asiento, se lo prometo. —aseguró él como todo un caballero. Helga sonrió con sorna, como el gato de Alicia o mejor fuera dicho, "Mantecado" ese peludo endemoniado estaría bastante inquieto. Siempre salía a recibir a su dueña, trepando por su cuerpo hasta alcanzar su regazo y siseándole a él como si con ello lo maldijera.

Extrañó a todos en casa, tener a sus abuelos y a su padre cenando en la mesa, conociendo a Helga, él presentando formalmente a su novia.

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Dos días después, el escenario era totalmente distinto.

Los rumores de que tuvieron sexo en su primera cita se extendieron entre los chicos de Preparatoria como un huracán. Sus amigos no lo creían pero la noticia era poderosa. Helga conservó el estatus "zorra" se decía entre voces que engatusó al siempre sereno, confiable y amable Arnold para "atrapar" a Cabot.

—¡¿Cómo es posible que se crean eso?!—gritó Phoebe paseándose por la sala de Gerald.

—Pueblo chico, infierno grande…—le recordó su novio. Suspirando y sintiéndose igualmente, fastidiado.

No podía creer la facilidad con que se corrió el rumor, culpaban a Rhonda. ¿Quien más sino Lloyd para correr el chisme mas jugoso de todo Hillwood? No obstante, resultaba insultante que creyeran que Helga sería capaz de prácticamente "violar" a Arnold. Su amigo no se merecía eso, pero bueno, tenían aquel viejo historial de "abusadora-víctima" que daba bastantes cosas malas de qué hablar.

La versión "extraoficial" era esta: Helga, necesitaba perder su virginidad para protegerse de Cabot y por consecuente, se tiró a Arnold.

El asunto de su "independencia" lo tenían bien cubierto, los señores Heyerdahl se mostraron firmes en la Tutoría temporal de la chica, dijeron que no habían notificado a la escuela porque no lo creyeron pertinente. Robert Pataki seguía pagando sus estudios y manutención, ellos sólo estaban a cargo de que Helga se encontrara bien. Reconocieron que debieron prestar mas atención en las visitas que le daban los fines de semana, dónde sí vieron sus cambios de humor y salud pero lo atribuyeron a la presión del venidero pase universitario.

Jake Cabot, estaba de camino a una prisión estatal, cumplió dieciocho años el mes pasado, así que ya podía ser procesado como adulto.

El Director Owen se encontraba suspendido de sus actividades por mal manejo en su administración, la cinta de audio que grabó Helga, fue presentada y admitida como evidencia ya que el mismo Owen le firmó un documento donde la autorizaba a utilizar esa grabadora para cualquier cosa que "le salvara la vida" dentro del campus escolar.

—Tu enemiga publica es bastante inteligente, Gerald. —comentó Jamie'O a su hermano al compartir esto ultimo.

—Ya no somos enemigos, de hecho creo que me está comenzando a caer bien.—respondió restando importancia al asunto, hojeando algunas páginas ilustradas que le facilitó Brainy a través de Lorenzo.

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El antiguo acosador de Helga tenía habilidades para el dibujo y diseñó una historieta que si todo salía como lo tenían planeado distribuirían dentro de poco en la Preparatoria.

Se llamaba "HELL-GA" y trataba de una heroína que era la versión sexy y superpoderosa del "Terror Pataki" su traje era parecido al de Batwoman, sólo que la máscara tenía orejas de gato y en lugar de ser rojo, era rosa con negro, la cabellera rubia y peinada en un montón de bucles que le caían con gracia hasta la espalda baja. Quería ver la reacción de Arnold cuando viera lo frondosas que eran las curvas que Brainy le había inventado a su novia.

Se pondría como loco, (peor que él, porque como es natural todo superhéroe necesita un compañero y Phoebe aparecía como analista de datos y poseedora de tecnología de punta) Las viñetas que revisaba justo ahora, eran para autorizar el diseño de su chica: delgada, atlética y sensual pero sin provocar, al contrario de la protagonista.

Hell-GA, (Golpeadora Anónima del Infierno) era atrevida y coqueta aunque el disfraz también tenía sus detalles como el emblema en su cinturón que era un mantecado y su mascota de la vida real (dónde aparecía como una estudiante de cabello corto hasta la barbilla y ligeramente ondulado) un gato. Pretendían narrar lo sucedido con Cabot, una especie de "alerta" escolar para que las chicas no se dejaran amedrentar.

Brainy no comentó si, sí o no pero él le sugirió que de alguna manera incluyera a Arnold.

"Vamos, viejo. Tú la seguías por todos lados en la escuela, sabes mejor que nadie que sus súper poderes, le vienen del amor a ese desgraciado"

"Que lo sepa y que suceda, no quiere decir que vaya a reflejarlo en mi historieta"

"Creí que ya lo habías superado"

"Lo superé, pero no la he olvidado. Lee los encabezados de las revistas, Johanssen. Nunca se olvida al primer amor de tu vida" —roló los ojos y dejó el tema de lado.

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Hasta ahora, ninguno de ellos había reunido el valor de pasar a verla.

A nadie le gusta ver a sus héroes caer. De modo que el sábado se limitaron a visitar a Eugene y agradecer que su habitación no se encontrara en el mismo pabellón que la de Helga.

El pelirrojo permanecía confundido, creyendo que tenía doce años y extrañándose de que todos cambiaran tanto. Aún así se veía feliz, le agradó que él y Phoebe fueran novios, al igual que Patty y Harold, sobre Sheena confesó, sentirse nervioso cada vez que la veía.

"Creo que…ella y yo… ¿Ustedes saben si ella y yo…?" —le dijeron que sí. La morena lo había estado velando de la noche a la mañana, además de que nadie en el mundo (a parte de su mamá) se preocuparía así por él.

"¿Y desde cuando, es decir cómo…?"—Phoebe le prometió que eventualmente lo recordaría. No debía presionarse, su cerebro no tenía daños así que lo mejor que podía hacer era tomarlo con calma.

"De acuerdo. ¿Entonces, esto sucedió en un recital de Helga? No pensé que llegaría el día en que ella recitara poesía delante de toda la escuela"

"Lo hizo por una ocasión especial"—le recordó Patty.

"Cierto, mi mamá me lo dijo. Celebraban su noviazgo, que extraño que de todos quien le gustara fuera Arnold"

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Phoebe resopló, visiblemente incómoda por el comentario de su novio y es que las palabras de Cabot le seguían dando vueltas en la cabeza.

"Johanssen, te defiende más que a su novia"

¿Sería cierto? ¿A caso Gerald, guardaba sentimientos de amor por…?

—Hey, ¿En qué piensas, nena?—preguntó el moreno dejando las hojas en la mesa de centro y volteando a verla.

—N…no es nada…—mintió, pero aquel no se lo creyó.

—Solo digo que podríamos ser amigos, —reafirmó levantándose de su asiento y yendo a su encuentro. —Salir los cuatro alguna vez, ponerle los nervios de punta a Lloyd, porque tu sabes, el segundo rumor mas jugoso de Hillwood es que ella y Curly, están por romper. —Phoebe asintió, aceptando más que el roce de sus brazos, el beso de sus labios.

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Recordaba ese rumor del momento en que todo acabó.

Las patrullas de policía, además de la ambulancia entraron a la escuela por la puerta de atrás. Lorenzo y Brainy los condujeron a la "escena" del crimen (según la ubicación proporcionada por Alan) dos minutos y medio después una sombra negra salía de entre los arbustos y un aireado Redmond gritaba a todos que debían detenerlo. Harold reaccionó por instinto, escuchar lo de Helga, no les sentó nada bien a ninguno. Saberla desaparecida, dispuesta a todo por vengar a su amigo.

Porque sabían que si alguno de ellos lo haría sin medir consecuencias esa sería ella.

Se le plantó enfrente e intercambiaron algunos golpes, Jake desveló su identidad al dejar caer la capucha que le cubría el rostro, luego Jamie'O ayudó a derribarlo y entre los dos lo esposaban cuando Arnold emergió junto con Helga.

Ella gritó como loca, tirándose al piso y es que la rubia se veía tan mal, totalmente desvanecida que por un momento se imaginó lo peor. Los paramédicos reaccionaron dando los primeros auxilios, gritaron que no estaba respirando y como si estuviera feliz o satisfecho, Cabot tuvo la genial idea de volver a amenazarlos.

Dijo conocer sus rostros, además de sus nombres, mencionó a Rhonda, la morena seguía firme sobre sus zapatos de tacón pero contrario de lo esperado no fue Curly quien la protegió con su cuerpo, sino Lorenzo.

Sabían, de sus años en Secundaria que el millonario tenía interés en ella, que la hija de alta cuna también guardaba sentimientos por él, pero que por alguna razón no daba su brazo a torcer.

¿Sería que no le gustaba, gustaba? ¿O sus padres no estaban de acuerdo con la relación?

Dos familias acomodadas, debían celebrar esa clase de unión porque si lo comparabas con Curly claramente salía perdiendo. Thadeus Gamelthorpe, aún era excéntrico, ya no tan macabro como antes pues dejó las gafas de montura roja para usar un par de lentes de contacto, suavizó su sonrisa de aquel gesto grotesco a uno mucho más amable, el cabello lo seguía llevando corto pero peinado hacia atrás y suponían todos que Rhonda tenía que ver con su renovado interés por la moda. Maduró para agradar a su novia.

¿Pero, lo que sentía ella por él, en verdad era amor?

Para ser honestos, sí, estaban juntos todo el tiempo pero siempre era él quien la buscaba a ella, quien tomaba sus cosas, sus manos, quien le pedía besos que no concedía pues según la Señorita Lloyd despreciaba las demostraciones de afecto públicas.

El fin de semana romántico (según Nadine) también encontró pretextos para desairarlo, cenaron en algún restaurante publico, bailaron a la luz de las velas e intercambiaron obsequios pero en un ambiente que jamás sugirió nada íntimo.

Lorenzo, por su parte. Solía beber con los muchachos y Helga, brindando por el viejo amor no correspondido. Se parecía a su amiga en ese sentido. Resignado a ser ignorado, reemplazado, dejado, más cuando Cabot la amenazó la tomó del brazo y la colocó a resguardo.

Curly ni se movió, para todos la amenaza fue demasiado. ¿Se atrevería? ¿Saldría de la cárcel? con un padre tan influyente lo creían posible y si era así. ¿A quién atacaría primero? casi asesina a la más ruda. A su matona profesional, así que todos se congelaron en su sitio.

Jamie'O le ordenó que se callara y comenzó a leer sus derechos.

La ambulancia tenía pocos minutos de haberse llevado a Arnold y a Helga, ella siguió sollozando, Gerald se apresuró a ofrecerle consuelo, la abrazó y tranquilizó como siempre lo hacía. Le prometió que todo estaría bien, Pataki los enterraría a todos y si por algún motivo algo salía mal, le partiría la cara a la mismísima Parca y volvería con ellos para seguir agrediéndolos.

—¿A caso creía que Helga se perdería la oportunidad de estar con Arnold? No, jamás lo haría. Ellos estarían juntos y serían la pareja más vomitiva del pueblo porque él seguía sintiendo arcadas ante la contemplación de sus besos.

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Es verdad, Gerald podría estarse llevando mejor con Helga, pero no la veía de esa manera.

Ella era una tonta, ridícula, patética y de lo más celosa, aunque él tenía la culpa. Su historial de novias, jamás la dejaría tranquila. Concluyeron su sesión de besos y se alistaron para salir.

Desde aquel viernes, ambos habían pasado demasiado tiempo en la jefatura de policía, declarando lo que sabían, presentando las pruebas que tenían.

El caso fue abierto y estaba en proceso. Contactaron con la ex de Jake Cabot, Stephanie Brown, corroboró todo lo que Pataki dijo, además de que su apariencia hablaba por sí sola: chica rubia de ojos azules, piel pálida y bastante guapa. La acompañaron sus padres a declarar, ansiosos de que por fin se hiciera justicia.

Bob, Miriam y Olga Pataki llegaban esa mañana al hospital y Phoebe quería estar presente por si se ponían impertinentes.

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Hospital General de Hillwood.

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Pese a las protestas del personal, Arnold permaneció con Helga, las enfermeras no entendían en qué cabeza cabía que su novio se acurrucara con ella (después de un ataque que pretendía ser sexual) pero la rubia aclaró que necesitaba sentir su aliento para poder respirar.

Ningún adulto, salvo los Shortman entendían la profundidad de su relación y aunque no podían hacer nada para frenar los rumores, sí tenían evidencia médica que señalaba la virtud intacta de la rubia. Eso relajó los ánimos de todos, especialmente los de Gertrude que cuando lo escuchó, amenazó con anular la descendencia de su familia.

Ahora estaban esperando los resultados de su ultima valoración médica, además de la hora de visita. Arnold estaba sentado con los audífonos puestos, ligeramente apartado del resto y fue por eso el primero que los vio.

Tres cabezas rubias más una cana que discutía aireadamente con su ex esposa.

—¿¡Quieres calmarte, Miriam!?—gritó con voz firme, Bob.

—¡Es que no puedo creer que trajeras a tu novia!—respondió con lo que él creía que era una especie de temblor en la voz.

—¡Vine porque me dijeron que algo le pasó a la niña! ¿Cómo querías que supiera que te avisarían a ti también?

—¿Porque soy su madre?!—respondió a tiempo justo de que una enfermera se acercara y preguntara quienes eran.

Olga se presentó, haciendo caso omiso del espectáculo de sus padres, anunció que eran familiares de Helga G. Pataki.

—¿Familiares directos?—la encargada del archivo los evaluó con la mirada, él lo hizo a la vez y concluyó que su novia estaba en lo cierto. La secretaria de treinta y dos años con la que se fugó Bob, bien podría pasar por su hermana mayor.

—Si, lo somos. ¿Qué sucedió?—inquirió el gran hombre. —¿Accidente de béisbol, la atropelló algún auto, la maldita niña decidió imitar a su madre y se tragó un frasco de pastillas?—la insinuación dio pie a una nueva retahíla de gritos que terminaron por alterar a sus familiares. Miles intercambió una mirada con Phil y Gertrude, el anciano tuvo la precaución de tomar a su mujer de la mano e invitarla a tomar un poco de aire.

—¿Sigues guardando la vieja Glock en la guantera, Phil?—inquirió misteriosa.

—Sabes que volvimos a tomar "prestado" el auto del Doctor, él no tiene armas en la guantera.

—Quizás guarde un escalpelo.—salieron por la puerta principal, él se guardó los audífonos y el reproductor rosado. Helga tenía listas de reproducción bastante interesantes, como aquella que se titulaba "Todo aquí duele" y efectivamente, todo en ese track list, dolía.

Otra más se llamaba, "Cabeza de Balón" y era la que escuchaba en ese momento. Música pop, alegre, romántica y sugerente a más no poder.

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"Besos, besos,
es lo que tú y yo tuvimos,
porque no veías más allá,
de esos besos que te dan escalofríos,
mi boca era tu ley"

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Suspiró para sus adentros y no tenía idea de qué les diría la del archivo, pero Bob Pataki entendió todo mal. A mitad de sus "rabietas" una enfermera lo señaló a él como novio de su hija y más tardó en parpadear que en lo que tenía un par de enormes manos levantándolo por la fuerza y unos ojos furiosos mirándolo con desprecio.

—¡¿Así que eres tú el que besó y envenenó a mi hija?!

—¿¡QUÉ!?—como solía suceder en situaciones de emergencia, su cerebro se apagó y de no ser por su padre, su "suegro" lo habría asesinado. Miles, le sugirió a Bob que soltara a su hijo y si era capaz de calmarse y comportarse como la sociedad demandaba durante diez minutos, él le explicaba.

—¿Qué me pretende explicar usted…?

—Miles Shortman, antropólogo. (y esto lo comentó porque en su experiencia había aborígenes de la selva mucho más educados)

—Robert Pataki, empresario. —Miriam resopló por detrás cruzando los brazos a la altura del pecho, ella y la "novia" de Bob, intercambiaban miradas recelosas, Olga por su parte se acercó a él para saber si estaba bien.

—¿Eres Armand, cierto?—preguntó animada.

—Arnold. —respondió, arreglándose la camisa y sin poder disimular ese viejo bochorno que desde la tierna infancia le provocaba su "cuñada" Aún vestía con minifaldas, medias a la parte media de los muslos y chaquetas de cuello en "V" que levantaban su busto de manera excepcional.

—Lo siento, hace mucho tiempo.—Olga lo invitó a sentarse en la misma banca de hacía un rato. Sus padres charlaban más tranquilos un poco atrás y las "mujeres" permanecieron a mitad del pasillo destruyéndose con la mirada. Él se sentó y la miró a los ojos, azules, aunque no tan claros como los de Helga.

—¿Entonces, son novios?

—Si, pero no fui yo quien la besó…

La explicación de lo sucedido concluyó con una nueva y escandalosa pelea porque se suponía que Bob, debía quedarse con Helga.

Había mas familiares en la sala de espera, personas que esperaban análisis o indicación sobre el estado de sus seres queridos y entonces Arnold, ya no logró soportarlo.

—Si vinieron exclusivamente a pelear, les sugiero que vuelvan a sus casas pero si les interesa un mínimo la salud de Helga, guarden silencio y siéntense ya.

—¡Tú no nos vas a decir, ni a mi o a mi familia, cómo nos debemos de comportar!—respondió Bob, listo para volver a tomarlo por las solapas de su camisa.

Miles, se había retirado pues en lo que su hijo perdía el control, la enfermera de siempre se acercó para comentar que Helga, ya estaba lista para las visitas. La rubia estaba sentada a la cama, su bata de hospital era blanca con pequeños motivos en color verde pistacho. Se sorprendió de verlo a él. No que no hubiera subido antes, pero los dos solos…era un poco incómodo.

—¿Cómo te sientes?—preguntó amable. Una versión perfecta de Arnold adulto, sin la cabeza de balón pero el cuerpo atlético debido a sus actividades en la selva de Centro América, se ruborizó un poco antes de contestar. Se sentía bien, le quitaron la intravenosa y las vendas del cuello, ya podía pasar alimentos sólidos y en general, sólo esperaba los resultados psicológicos porque sus pesadillas, comenzaban a ser materia constante y sólo se detenían cuando Arnold, se recostaba a su lado.

—Es bueno saber que se llevan tan bien. —comentó con una sonrisa que en su momento debió derretir a Stella. Ella sintió que el corazón le daba un vuelco, aún no podía con todo ese amor fraterno. Le intimidaba, trastornaba. No sabía cómo explicarlo, pero en general la hacía sentir como una maldita inadaptada.

—¿Bob…?—se atrevió a preguntar, pues hasta donde entendió. Sus padres y hermana, llegarían ese día.

—¿Hombre alto, fornido, modales de king kong y cabello cano?

—El mismo.

—Habría subido con las que supongo son tu hermana, madrastra y madre, pero se quedaron con Arnold.

—¿¡Madrastra!? ¿¡Espere!? ¡¿Por qué?!—preguntó medio entrando en pánico.

—Pues, parece que tienen "problemas" que debieron solucionar antes de venir al hospital y mi hijo, decidió recalcarles este punto.

—¿De verdad?—insistió sin creerlo.

—Dijo algo así, como que "si no venían a verte, mejor se volvieran por dónde habían llegado" —Helga abrió los ojos sumamente impresionada, se sentó mucho más erguida en la cama, dejando que las sábanas descubrieran su cuerpo hasta la parte media y se acercó al antropólogo con la antaño vitalidad de antes.

—¿No lo tiene en video?—preguntó con sorna. Miles compartió la gracia, pero lamentablemente prefirió venir a "prepararla" que tomar fotografía o video.

—Lo lamento, pensé que sería mejor informarte de la situación y acompañarte un rato. El domingo se amplía el horario de visitas, es probable que tengas muchas.

—Gracias…—la puerta se abrió de nuevo y por ella entraron Arnold y Olga, la rubia que ya superaba la veintena corrió a aferrarse a la otra.

—¡Hermanita bebé!

—¡NO SOY UN BEBÉ!

—Claro que no, ¡Ya eres toda una mujer! ¡Y tú Armand, todo un hombre!

—¡ARNOLD!—gritaron los dos, pero la adulta en la sala prosiguió con su alegato.

—No importan los nombres, lo que importa son ustedes. Lo escuché todo, bueno, en realidad lo leí en la red social de su escuela. Es muy importante que aprendan a llevar un buen control natal…

—¿¡QUÉ!? —gritaron aterrados. (Especialmente porque ninguno de los dos, tenía idea de que existía una red social en su escuela) Miles, se atragantó las risas y comentó que esperaría abajo. No sabía si sus padres volvieron a Sunset Arms o andaban por ahí, rondando por el hospital, abrió la puerta y habría salido como pretendió pero entonces el resto de Pataki's, entró en acción.

—No tienen por qué asustarse, todos somos adultos. Bueno, ustedes todavía no, pero saben a lo que me refiero. Admitimos nuestra culpa por haberte dejado sola, hermanita bebé pero confío en que habrán usado condón. —Olga terminó su discurso a la vez que Helga y Arnold se tomaban de las manos totalmente petrificados pues no sabían a cual de los dos, Bob Pataki, asesinaría primero.

—¿¡QUÉ DIJISTE!?

El grito de Bob, retumbó por el hospital completo. No solo una, sino varias veces pues luego de aclarar ese punto, notó las marcas de dedos en el cuello de su hija, además del brazo enyesado y se puso de un muy mal, MAL, humor.

El resumen de los hechos, lo escucharon nueva cuenta de labios de la rubia, además de revisar diez veces el informe médico, dónde se descartaban abrasiones por agresión sexual.

—Sólo son rumores de gente idiota, Bob. —les aseguró volviendo a la actitud agresiva y pedante que Arnold bien conocía.

—De acuerdo, tú Armand, ven conmigo un momento.

—Soy Arnold, señor Pataki.

—Lo que sea, debemos hablar en privado.

—¿Miles…?—suplicó Helga al antropólogo que ya salía a asegurarse de que no asesinaran a su único hijo.

—¡Hermanita bebé!—gritó por enésima vez, colgándose de la humanidad de la otra.

—¡Has silencio, Olga!

—¡Es tan apuesto!—la felicitó señalando la puerta.

—¿Te operaron del cerebro?—inquirió furiosa porque ella fue atacada por un desquiciado que pudo haber irrumpido en su casa desde el día que golpeó a Gerald, pero no sucedió.

Ella lo enfrentó, lo llevó al límite y por eso le rompió la muñeca, pero también pudo terminar de asfixiarla y violarla.

Ella podría estar en los encabezados de los periódicos como víctima de violación y homicidio. No sólo en una red social que la llamaba zorra y usurpadora de la "virilidad" de Arnold, ella no era lo que en su escuela decían. No se le ofrecía a quien tuviera una buena entrepierna. No se "tiró" a su novio para jugar al mismo nivel que Jake Cabot.

No era la Zorra Pataki, era la Guerrera Amazona, jugadora de Béisbol que se ganó dos oros y que renunció a todo porque su destino abruptamente, se mancilló.

Buscó apoyo en su madre, pero Miriam parecía tan ausente como el día que descubrió la primera "traición" de Bob, miraba y no miraba, estaba y no estaba. Su hermana entendía, en su primer abrazo le hizo saber que entendía todo por lo que había pasado pero no hablarían de eso.

Ellas nunca hablaban de "eso" los problemas, la realidad, lo que dolía.

Hablarían de sexo, de lo atractivo que era su novio y de cómo ser feliz, ahora que se "convirtió" en mujer.

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Nuevos gritos de Bob, la hicieron salir de su estupor, aquella amarga sensación de que tal vez, esta sería la ultima vez que se verían. Enviaría postales en navidad, cartas en sus cumpleaños, una visita rápida cuando Olga se casara, tuviera hijos o lo que fuera.

—Olga, ¿Qué es esa tontería de estar bajo la tutoría temporal de los Heyerdahl?

—¿Olga?—inquirió una señorita que venía junto con él. Era la trabajadora social.

—Mi nombre es Helga, Bob. Y recordarás que dada tu "ausencia" me dejaste al cuidado de Reba y Kyo Heyerdahl, ellos se han hecho cargo de todo el papeleo en el hospital.

—¿No querrán ahora que yo asuma los gastos, cierto?—preguntó furioso, a lo que todos (salvo él) se ofendieron.

—Los cargos están cubiertos, Bob.—respondió escueta y desapasionada. Intercambiando miradas con Arnold, llamando a gritos a Arnold. La trabajadora social carraspeó, ajustando su saco y recordándoles su presencia en la habitación.

—Mi inquietud es bastante simple. Como familiares directos de la Señorita Pataki, quiero saber si a partir de ahora vivirá con ustedes.

—¡Desde luego!—anunció Bob

—¡De ninguna manera!—aseveró Helga.

—¿Puedo saber la razón?—preguntó la morena, mirando a su cliente.

—Su trabajo es asegurar que yo, como víctima de abuso y menor de edad me encuentre en un ambiente seguro y estable. ¿Cierto?

—Por supuesto, la recomendación en estos casos, siempre es que estén con sus padres.

—En el supuesto de que sean buenos padres. —agregó filosa.

—¿Quieres declarar en su contra?—preguntó buscando una hoja específica dentro de sus formatos.

—No, sólo estoy corroborando datos. Si voy a vivir en un ambiente seguro y estable, recibiendo visitas ocasionales de su personal. ¿Esto aplicaría sólo hasta que cumpla la mayoría de edad, correcto?

—Tienes diecisiete años, Helga. —le recordó la asistente revisando los datos que tenía en su carpeta.

—Lo sé, Bob, Miriam, Olga. ¿Alguno recuerda, que día es mi cumpleaños?—los aludidos miraron al techo, el piso, Olga navegó en su teléfono móvil, pero ninguno acertó.

—Es el veinticinco de marzo. —anunció Arnold, él lo recordaba de aquella vieja broma del pastel de banana. Su novia sonrió, aunque no sabía si pensaba en lo mismo.

—Correcto, faltan quince días para eso. Y no quiero pasarlos en "su casa"

—¿¡Pero dónde…!?—preguntaron Bob y Olga. Ella resopló porque explicar todo lo sucedido una tercera vez y que sólo captaran del diez al veinticinco por ciento, ya era un insulto. La trabajadora social pensó lo mismo, así que corroboró sus datos.

—Te hospedas en Sunset Arms, ¿Eso es correcto?

—Si

—Bien, las visitas las programaremos a partir de la próxima semana. Puede ser cualquier día por lo que sugerimos que no intenten cambiar su rutina. La idea es contemplar como estás viviendo, saber si te adaptas a la vida diaria o crees necesitar el refuerzo de alguna terapia psicológica. Es natural que te cueste trabajo salir a la escuela, pero como casi estás en tu ultimo año, no te conviene faltar.

—Lo entiendo.

—¡Un segundo! —insistió Bob. —Así sean quince días, sigues siendo mi hija. ¡Volverás a casa! Así que cambie la dirección que tiene en su hoja, señorita.

—Prueba que soy tu hija.—pidió furiosa.

—¿¡Qué!?—gritaron todos.

—No me refiero al ADN, hablo de lo otro, la parte que justo ahora, más me interesa.

—¿La emocional?—acotó la trabajadora, Helga asintió y fulminó a su padre con la mirada.

—¿Cual es mi nombre, Bob?

—¡Pero que tontería! ¡Te llamas Olga!

—¡Soy HELGA! Y creo que ya probaste mi punto, ahora ve abajo, busca a "Marion" no vaya a cansarse de esperar y se consiga "otro"

—¿Marion? ¿¡Así es como se llama!? —vaya, primera vez que Miriam abría la boca. Helga resopló y la trabajadora social los sacó a todos (excepto Arnold) de su habitación.

—Entonces, Armand. ¿Qué te dijo, Bob?—inquirió la rubia ya más relajada.

—No le puse atención.—confesó.

—¿Perdió su poder de convencimiento?—preguntó con sorna porque honestamente, nunca se sintió tan poderosa, al enfrentarse a Bob.

—Me concentraba en no mojar mi pantalón.

—Por favor, Arnold.

—¡Es en serio! Además, de que mi padre tuvo que bajar corriendo porque mi abuela estaba montando un espectáculo en recepción.

—¿Con juegos de azar y mujerzuelas?—preguntó un poco traviesa.

—Tal vez...—se sentó al borde de la cama y la miró a los ojos. —lamento que las cosas salieran...

—Perfectas, Armand. Ya todos saben que estamos juntos...—acotó devolviéndole la mirada. Profunda, romántica e intensa.

—Lo que "creen que saben" es que dormimos juntos.—se quejó.

—Pues sí lo hicimos.—contraatacó.

—Creen que tenemos sexo.—aclaró.

—¿Y tú problema con eso es...?—se humedeció los labios, quizás llego el momento de volver a probar sus labios.

—¿Que tú me violaste...?—preguntó porque si para ella, "eso" no era un problema, entonces sí, tenían un problema.

—¿Sería violación...?—se inclinó lo suficiente para acercarse a su novio, Arnold interpretó correctamente sus gestos, su petición. Desde hacía dos días que se moría por uno de sus besos.

—Helga...—pronunció cerrando el pacto, sintiendo su boca y el cómo ella se aferraba a su cuerpo, el placer les duró lo mismo que el grito de asco de Gerald.

—¡Sepárense, sanguijuelas!

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Continuará...