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Debido a las reformas en Sunset Arms, Miles Shortman tuvo que hospedarse en la habitación de su hijo. Era un espacio bastante amplio y para dormir, solo tenia que sacar el sillón de la pared y acomodar su cama.
Observar el "cielo" le traía recuerdos de la tierna infancia, cuando era él quien soñaba con lugares jamás explorados, mujeres exóticas de las que obviamente se enamoraría y viviría una historia de amor, pasional y atrevido como Indiana Jones.
Le causó gracia reconocer esto último y un agradable cosquilleo en los dedos de la mano diestra, recordar como fue que conoció a su esposa.
Una belleza exótica, sin lugar a dudas Stella lo era, pero no era nativa de aquella tierra, sino que era extranjera al igual que él. Soñadora, salvaje, intrépida y todo lo que sabía que quería en una mujer. Sus ojos verdes, la piel morena, los cabellos castaño cortos y aquellas curvas.
Dios…
A primera vista, de verdad la amó.
Que se rompiera el brazo, al caer "accidentalmente" en su campamento fue daño colateral del que disfrutaron ambos. Ya que ella lo cuidó y procuró hasta que consiguió volver a la acción. Y por "acción" se refería a que nueve meses después estaban recibiendo a su primer y único hijo.
Dar a luz en unas condiciones como esas: en ausencia de todo equipo médico, personal calificado, con los presagios de los nativos como únicos testigos y ese imponente volcán a punto de hacer erupción, se tradujo en un horror.
Arnold, no lloró al salir del vientre. Pensaron que venía muerto, que lo perderían todo, que morirían ahí y es que en el momento exacto que nació hubo un estremecedor temblor. Los que estaban al rededor suyo corrieron despavoridos, solo uno se quedó con ellos, le pasó al niño envuelto en una desgastada tela, su mujer continuaba en el piso, se desangraba y aún restaba retirar la placenta.
Él lo sabía y lo veía pero también era consciente de que la lava estaba a punto de emanar. La ceniza que cubría el cielo hacía semanas que de blanca se tornó negra, abrazó a su pequeño que comenzaba a ponerse morado, Stella apenas si tenía fuerza, le rogó a Eduardo que huyera, éste se negó a hacerlo pero finalmente lo convencieron. Se acercó a su esposa, colocándola en su regazo y recostando sobre su pecho al fruto "dormido" de ambos. Unieron sus manos en íntimo abrazo, impensable reclamar los labios pues le aterró la idea de robarle a Stella su ultimo aliento.
Cerró los ojos, ofreció una oración al viento y cuando creyó que el final de sus vidas había sido anunciado su hijo lloró.
Su voz, se expandió por el aire, las aves parecieron celebrarlo, los animales y árboles también. El volcán entonces, se negó a hacer erupción, los que salieron despavoridos volvieron a la cima de la pirámide.
Un templo antiguo que celebraba la vida.
A su hijo se le "otorgó" la cualidad de haber vuelto a la vida y se le llamó "milagro" pues debió ser decisión de su Dios que su existencia calmara las furias del volcán.
Tras atestiguarlo. Aitor y Antha (los abuelos de Anthea) ordenaron que atendieran a su mujer y que a él se le retirara el niño. Se negó a soltarlo pero dijeron que era eso o dejar que murieran los dos. Le besó la frente aún impregnada de sangre y cebo, piel más rosada, cuerpo pequeño, contó los dedos de la única mano que tenía a la vista. Cinco dedos perfectos y rogó al cielo porque todo él estuviera completo.
Los perdió de vista por un par de días, no le permitieron el acceso a la Tienda de sus curanderos pero Antha aseguró que los dos estaban bien, su pequeño ya bebía del pecho de su madre pero las heridas de ella, resultaron graves.
Ya no daría a luz a ningún otro niño.
No llenarían de pequeños las habitaciones y corredores de Sunset Arms, su madre jamás vería la mesa a rebosar de nietos, ni su padre los trataría como oficiales de su pequeño regimiento. Lloró, maldijo, se peleó con el universo y el Destino entero pero Eduardo le recordó que estaban vivos.
Y ese seguía siendo el mejor consuelo y regalo del mundo.
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Pasados unos meses, insistieron en que se marcharan. Sólo ellos, el niño se quedaba. Como es natural, ambos se negaron y entonces fue que participó en los mismos rituales que a los catorce años de edad, enfrentaría su hijo. Se ganó el respeto, honor y la confianza de todos en la tribu. El objetivo de esto, era ocupar su lugar. Representarlo en lo que el "milagro" se convertía en hombre y podía cumplir su designio.
"Mantener a raya la furia del volcán, proteger sus secretos, honrar sus misterios y por supuesto, trascenderlos"
Stella y él, siempre esperaron que su "destino" se encontrara fuera de aquellas tierras, que su "alma gemela" perteneciera a alguna chica de cualquier otra parte del planeta. No querían que se quedara ahí, que su historia iniciara y terminara ahí.
Así que insistieron en que lo dejaran partir.
Anthea, no se convirtió en su "destino" A pesar de que todos aseguraban que para eso había nacido. Los presentaron, prepararon y sometieron a las mismas pruebas pero en la final, el corazón de su hijo se decidió por otra. Se aferró a volver a su hogar, en lugar de quedarse dónde supuestamente debía estar.
El jefe de la tribu, Aitor permitió que partiera.
Si su Destino se encontraba en otra tierra, debía conocerla, cortejarla, "traerla" Así los dos protegerían sus misterios, serían la fuerza del otro, darían luz a un prodigioso heredero. Y a ellos les pareció bien, mientras Arnold no despertara, mientras aún la negara, mientras siguiera siendo él. Pero era evidente que desde hace unos días, dejó de ser él.
Su hijo despertó, lo supieron todos. Pues se adivinaba en el temperamento del volcán y el aullido furioso del viento.
Una sucesión de eventos tan rápidos que antes de que pudieran preguntar, los "ojos verdes" ya hablaban de su "despertar" lograron comunicarse a Sunset Arms, al término del tercer día. Su padre los puso al tanto de todo, Arnold efectivamente tenía una novia que se encontraba en riesgo.
Los detalles de esto no les fueron revelados, Stella y él se angustiaron igual que en el momento de abandonarlo pero horas después la conocieron ó quizás fuera mejor decir que la reconocieron.
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"Débil de corazón, pero fuerte de espíritu"
Así fue como la describió y justo ahora se arrepentía de hacerlo.
¿La razón?
El preludio a una muerte que no dejaba de dar vueltas en su interior. Antha, era la profeta, la mujer mas venerable y sabia de todo el pueblo. Si ella decía que había muerte es porque rondaba. ¿Pero a quién? Estaba ligado a Arnold, eso era un hecho. Lo sabía, lo sentía. ¿Pero quién? ¿Sus padres, su novia, Stella ó él?
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—¿Papá…?—la voz de Arnold lo arrancó de sus cavilaciones. Casi se cae del sillón al escuchar a su hijo. Estaba con las ropas de cama y el cabello húmedo, lo secaba con una toalla blanca y al parecer, le impresionó verlo meditar cual estatua.
—¿Estás bien?—insistió el menor dejando la toalla sobre el respaldo de la silla.
—¿Lo estás tú?—respondió incorporándose para llegar hasta él. Arnold asintió pero su rostro se veía tremendamente cansado, como si hubieran pasado meses y no días de la ultima vez que charlaron.
—No he dormido bien, eso es todo.—reconoció, restando importancia a su condición. Él lo invitó a sentarse sobre la cama y accedió.
—¿Aún tiene pesadillas?
—Sí…
—¿Le preguntaste al respecto?—inquirió preocupado. Pues hasta donde él sabía, los sueños son portales a la mente y la mente conecta directamente con el corazón. Si tenía pesadillas, era probable que "algo" alcanzara la debilidad de su corazón…
—Helga no ha querido hablar de eso, —interrumpió. —pero hoy le dijo a Phoebe algo que me desconcertó.
—¿Que cosa?
—Deseó morir…
—¿¡Cómo dices!?—Arnold bajó el rostro y continuó hablando. Una notable sombra de pesar oscureció sus rasgos, cosa que nunca antes había advertido en él.
—Durante un breve lapso de tiempo, ella deseó morir. No sé si lo pensó por la situación con sus padres, las palabras hirientes que le dedicaron tanto el Director como Jake, o si perdió la fe porque en su momento consideró que estar conmigo atraería sobre nosotros alguna especie de maldición.
—¿Por qué pensaría eso?—preguntó Miles, mucho mas serio y preocupado.
—Solo son tonterías. —desestimó.
—Quiero escucharlas. —insistió. Arnold cambio de posición sobre la cama y explicó que Helga creía que había un precio que pagar por su relación.
—¿Tal cual lo dijo? ¿De donde sacaría esa idea?
—No lo sé…—confesó aún cabizbajo. —…el punto es que describió una apacible y aterradora nada, luego pensó en mi y recobró la fuerza para vivir.
—¿Y tú que le dijiste?—preguntó compartiendo la sonrisa que de pronto iluminó el rostro de su hijo.
—Lo mismo que ha estado pregonando la abuela por todo el pueblo.
—¿Que la amas?—Arnold negó y miró a su padre a los ojos.
—Que somos "destino"
—Pensé que no creías en eso.
—Y no lo hacía, pero no creerás la cantidad de cosas que siento cuando la veo…
—Pruébame. —lo retó Miles con una sonrisa aún más grande. La historia existe para no repetirse, las profecías creerían algunos que son advertencias de lo que está por cumplirse: una catástrofe o quizás un evento memorable.
Arnold ocupó buena parte de la noche en contar a su padre cómo fue que la conoció.
Una mañana lluviosa, una niña preciosa con el rostro manchado de barro y un moño rosado en la cabeza.
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HOSPITAL GENERAL DE HILLWOOD.
18:00hrs.
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—Descríbelo otra vez Helga, recuerda que estás en una zona segura. Te encuentras conmigo y nada de lo que suceda podrá lastimarte.
La rubia asintió, recostándose en la cama, sintiendo el abrazo tanto de la almohada como de las sábanas.
Sus pesadillas volvieron la primera noche que durmió, sin él.
Era ridículo, patético y a decir verdad, desesperante.
El Domingo, consiguió dormir pegada a sus ropas, la camisa de fútbol soccer que ni siquiera olía a él, pero que sabía, era de él. Alejó las sombras de su corazón, la vacilación de su mente pero después tuvo que entregársela y se encontró a sí misma en medio de aquella aterradora nada.
Oscuridad en su haber, diversos matices de sombras, unas más espesas que otras y por ello lo describía como una nutrida y abandonada selva.
Cuando despertaba ahí se encontraba en el piso, en la misma posición con que se hubiera ido a dormir. Sentía el frío, metiéndose en su piel hasta entumecer los huesos y se levantaba, comenzando a correr en busca de algún halo de luz o calor.
Sus pies desnudos, las ropas de cama que en ese sueño se trataba de un pantalón corto y una blusa de tirantes blancos. Entre mas avanzaba mas pesado parecía hacerse el aire, comenzaba a tener problemas para respirar y aumentaba la carrera al avistar un lejano destello de luz. Las sombras danzaban al rededor de ella, se desdibujaban a medida que corría y el viento aullaba como si gritara en alguna lengua antigua y maldita. Dedos afilados, delgados cual rama rasguñaban su carne, rasgaban las telas de sus delicadas prendas y ella seguía, pensando que en la luz todo estaría bien, pero se equivocó.
El destello que perseguía, describía una inmensa hoguera, fuego ardiente y estremecedor. Advertía las llamas devorándose unas a otras, los colores entre rojos, amarillos y anaranjados, sus ojos quedaban fascinados por algunos segundos ante la imponente escena y pronto volvían la vacilación y el temor a su corazón.
Incontables pensamientos poblaban su mente. ¿Así moriría? ¿Ahí quedaría? ¿Su cuerpo, era alma y debía entregarse a la purificación de esas flamas?
Lo intentó.
Avanzó hasta llegar al punto de sentir el calor aplastante contra la piel desnuda, quemando las puntas de sus cabellos. (los ataba en una coleta floja cuando se iba a dormir pero la cinta fue lo primero en ser desprendido por las ramas de aquellos árboles, así que sus cabellos sueltos hondeaban con el viento acercándose de más a la hoguera) el flequillo le hacía cosquillas en las pestañas, el sudor le corría por varias partes además de la cara, sentía las prendas húmedas pegadas a su pecho y los muslos.
Las flamas la llamaban, conciliadoras, imponentes, malditamente hermosas y aterradoras.
¿Sería rápido? ¿Se consumiría en un parpadeo o sentiría dolor hasta que sus gritos desaparecieran con el viento?
No lo sabía, pero era tentador.
No más vacío, no más esperanza, no más sueños rotos de niña enamorada.
—Así es…—pronunció una voz fémina, bella. Intentó descifrarla, encontrarla a pesar de las llamas y la halló. Al otro lado de la hoguera, un rostro de piel morena, cabellos negros y ojos verdes.
—No más nada. —le recordó. Sus labios gruesos, carnosos, los pómulos afilados, toda ella lucía como una Diosa.
¿Sería la muerte?
¿Su vieja y querida, muerte?
—¿Que pasará conmigo?—preguntó, acercándose al borde, sintiendo la carne arder, siseando de dolor pues sus pies fueron lo único que posó en las piedras humeantes que rodeaban la hoguera.
—Te olvidará, como todos los que debieron amarte te han olvidado…
—¿Arnold?
—Sí…
—¡NO! ¡NO QUIERO!
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—¡Helga! —la Doctora Johannes estaba con ella, presionando su cuerpo para hacerla reaccionar. La bata de hospital se había pegado a su pecho, los cabellos a la frente y todo esto era a causa del sudor, sentía además el corazón acelerado, la sangre escociendo, las plantas de sus pies dolían y hasta detectó algunos rasguños sobre la piel expuesta.
—Se supone que no podía hacerme daño…—pronunció, buscando respuestas en la Doctora de labios tan rojos como sus cabellos, Polaris la miró a los ojos, ejerciendo procedimientos de seguridad básica primero.
Le revisó las pupilas, presión sanguínea, los rasguños que efectivamente estaban por el largo de los brazos y piernas, en las plantas de los pies había abrasiones de carácter mínimo pero aún así, Helga se aterrorizó. Cuando hubo terminado, Johannes mencionó cosas sobre el poder de la mente. Experiencias tan vívidas que el cuerpo reacciona como si estuviera ahí.
Ella se sintió como en el set de grabación de "Pesadilla en la calle del infierno" (Elm Street, Freddy Krueger).
—Tranquilízate, me parece que avanzamos muy rápido. —pronunció la Doctora, volviendo a acomodarse en la silla, doblando una pierna sobre la otra y dejando entrever sus bien torneadas curvas. —¿Qué te parece si en lugar de revivirlo tan vívidamente, escribes sobre ello? —Helga resopló indignada levantando la mano lesionada.
—¿Con ayuda de una tableta electrónica, tal vez?—sugirió y ella aceptó que podía ser una opción. Olga tenía una, ojalá se la prestara.
—También podríamos probar con el arte.
—¡¿Está hablando en serio?!—gritó furiosa pues le pareció de pronto que se burlaba. Polaris, no desistió en su plan, entregándole unas hojas blancas además de un lapicero.
—Usa la mano izquierda, créeme las capacidades motrices mejoran en presencia de algún miembro dañado. Además, no tienes que trazar un boceto de lo más detallado, sólo tienes que "sacar" lo que te aterra para poder analizarlo y entrever la causa de tus pesadillas.
—De acuerdo…—mintió. Pues ella conocía con exactitud la causa de sus pesadillas.
Deseó morir…
Lo deseó durante tantos años que ahora, que casi fue un hecho, la muerte reclamaba su parte.
Convertirla en nada, hacer que él la olvidara, pero no quería.
Lo amaba, lo amaba demasiado como para dejarlo…
—Oh, Arnold…
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—Helga…
El más joven de los Shortman la llamó en sus sueños, Miles lo habrá escuchado unas tres veces y aunque le enterneció, también le alarmó. De a cuerdo a lo que sabía, ellos se conocieron en circunstancias poco agradables, parecía que cada que ella tenía el corazón roto acudía a él. Y cuando su hijo se encontraba intranquilo, confundido o perdido, encontraba serenidad en ella.
No negaba que también se fastidiaban, Arnold fue muy específico al decir que básicamente lo volvía loco. Pero las mujeres de su familia eran así y saber que ninguno era la excepción a la regla se sentía muy pero que muy bien. Miró su reloj de pulsera y procedió a tomar la computadora personal del menor. Salió de la alcoba y anduvo con pies descalzos hasta sentarse en el primer descanso de las escaleras, llamó a Stella por Skype, según dijo la noche anterior, la amenaza parecía haber pasado.
El clima de San Lorenzo mejoró de manera sorprendente, la ceniza volcánica dejó de caer y tampoco hubo más temblores.
Cuando atendió su llamada y la miró a través de la cámara sintió como si su alma le regresara al cuerpo. La Botánica le dedicó una sonrisa de lo más esplendorosa y se colocó algunos mechones de cabello por detrás de los oídos en un intento improvisado por recomponer su estado. En el campamento, no había oportunidad de mantener un buen aspecto, él lo sabía y le halagaba que quisiera ponerse bonita para él.
—¿Como está nuestro muchacho?—realizó como primer pregunta.
—Dormido, a salvo y en casa.
—¿Eleanor?—preguntó, llamándola como solía hacer su suegra.
—Aún tiene problemas para dormir y de hecho es por ella que te estoy llamando.
—¿No crees que es demasiado joven para ti?—inquirió con molestia. Miles casi se cae por las escaleras al escuchar la acusación y de hecho lo atacó una tos de lo más nerviosa. Stella lo llamó tonto y espero a que se recompusiera. Cuando lo hizo el antropólogo juró que jamás la engañaría (mucho menos con la novia de su hijo) y agregó.
—¿Alguna vez escuchaste la leyenda sobre la vida y la muerte?
—No que yo recuerde…—comentó intentando hacer memoria.
—Bueno, no había pensado en ella hasta el día de hoy. Fue por un comentario de Arnold que me vino a la memoria.
"Se dice que la vida y la muerte han estado enamoradas desde el inicio del tiempo pero que debido a lo diverso de sus propósitos, universos y temperamentos, no pueden estar juntas en ningún momento. Sin embargo se envían obsequios. La vida, no deja de enviar presentes a la muerte y ésta los guarda para honrar su promesa, corresponder su amor y esperar el momento en que puedan pertenecerse por completo"
—Suena trágico y a la vez hermoso. —reconoció Stella, que había escuchado la narración con los ojos cerrados. —¿Pero qué tendría que ver con Arnold?—pregunto más preocupada que curiosa.
Miles se llevó la mano diestra al mentón y medito su respuesta.
—¿Recuerdas el templo de la vida?
—¿Donde nació nuestro hijo?
—Y se convirtió en milagro. "El que da o quita la vida" según los presagios.
Stella asintió, envolviéndose con los brazos. En los últimos diecisiete años, no había querido pensarlo pero lo cierto era que su hijo, sí estaba ligado al volcán.
Durante el tiempo que lo perdieron y vivieron sin él, no se sintieron inquietos, al contrario. Les bastaba con ver la flora y la fauna que seguían creciendo con voracidad, el volcán latiente y paciente, pues los sabios dijeron que todo eso tenía que ver con su hijo.
Su temperamento, sus sueños, esperanzas.
Su vida.
Cuando el sol brillaba con intensidad sabían que sonreía y cuando se ponía lluvioso sufría, otros días eran mas melancólicos, grises y sin lluvia, algunos tranquilos y templados. Los movimientos sísmicos no aparecían a excepción de que estuviera sumamente furioso pero eran contadas. Muy contadas las ocasiones y en ninguna hubo ceniza o amenaza que les hiciera pensar en la erupción del volcán.
En el momento que lo "conocieron" es decir, cuando esa jovencita ganó el concurso que los llevó a su reencuentro. El volcán, la selva, todo San Lorenzo "despertó" y esa magia se conservaba hasta hoy.
Les permitieron partir junto con él para estrechar lazos e informarle que llegada la "mayoría de edad" tendría que regresar. Los catorce años, el ritual de niño a hombre, la presentación de la persona "destinada a él" sólo que finalmente resultó que no era para él.
Thea, sí despertó sensaciones en su hijo, pasión romántica y sobretodo sexual. Se advertía en sus miradas, el fuego y la intención con que se miraban y según Aitor, si eran "destino" no debían intervenir. Los dejaron a solas en su ultima noche, la prueba final, donde Arnold debía meditar y abrir tanto su mente como su corazón.
Elegir a la persona dedicada a él, la misma que su Dios, debió enviar para él.
Sabían que era Helga, los eventos recientes confirmaron que se trataba de ella, ¿Pero entonces por qué…?
—¿A dónde quieres llegar con todo esto Miles? Arnold está bien, su novia…
—Ella no está bien…—interrumpió tajante.
—¿Y qué intentas decirme?—preguntó perdiendo la paciencia. Sabía que su esposo investigó durante años sobre la "procedencia" de su hijo. El milagro que le devolvió la vida, pues les aterraba que algún día, esa magia mística y extraordinaria se terminara. Que pudieran hacer algo para ofender a los nativos y que su hijo…
No, mejor no pensar en eso. Ellos siguieron todas las "reglas" ni siquiera salían de la selva. Entregaron sus vidas en pos de proteger y prolongar la de su niño.
—Que pensé en las profecías y en esa leyenda, porque sé que Arnold es la vida y creo que ella es la muerte. —Stella se llevó las manos a la boca y miró a su marido, rogando porque al fin se hubiera vuelto loco. Las palabras de Antha, no obstante reverberaron en su mente.
—El preludio a una muerte.
—O, el despertar de la muerte.
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ESCUELA PREPARATORIA 221.
Mañana siguiente.
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Los chicos volvían a estar reunidos a la entrada principal, había bastante barullo y antes de que Arnold pudiera preguntar qué es lo que pasaba un grupo de idiotas lo señaló, acorraló, estampó contra la pared y acusó de ser una especie de "juguete sexual" el calificativo le pareció repulsivo, le ofendió a niveles desconocidos y estaba por golpear al pedazo de animal que lo tomó por detrás cuando una nueva persona intervino y dirigió la atención hacia ella.
—¿Están hablando en serio? ¿Volvimos a la Secundaria o continuamos en Preparatoria?
—¿Lila…?—se le escapó su nombre, porque cierto era que desde la semana pasada, ellos dos apenas si se hablaban.
Los bravucones que lo rodeaban y que debían ser la clase de escoria que reprueba todas y cada una de las materias, no entra a su salón de clase y se dedica a pasar el rato en las áreas verdes fumando, golpeando o haraganeando, lo dejaron de lado y se dedicaron a contemplar a su amiga.
La pelirroja llevaba los cabellos sueltos y un adorable vestido verde con detalles rosa, sus zapatillas de piso eran abiertas, color rosa palo, combinaban con su mochila y además de eso llevaba maquillaje a juego. Se veía preciosa, más de uno la elogió, por no decir que le silbaron y susurraron obscenidades que incrementaron su mal carácter.
—No te metas en lo que no te incumbe, muñeca. —Lila humedeció sus labios, rojos como cereza y en lugar de retroceder, se acercó a ellos. Coqueta, grácil, toda ella lo era, desprendiendo inocencia y llamando la atención de los chicos.
—Pero si me importa porque aún no contestas a mi pregunta, guapo. —le guiñó un ojo y el chico que lo estrujaba lo soltó por completo. Seis imbéciles en total rodearon a la pelirroja. Él intentaba entender qué es lo que pretendía, quería hacer algo, al igual que sus amigos pero de momento decidieron observar en silencio.
—¿Qué preguntaste, encanto?
—Si estamos en la preparatoria o volvimos a la secundaria…
—¿Y por qué quieres saber?—cuestionó atrapando un mechón de cabello rojo entre sus dedos. Lila ni se inmutó, parecía tener "experiencia" en esta clase de situación. Sonrió con gracia, meneando el rostro cual si estuviera abochornada y libero su cabello de la mano que lo tomaba.
—Porque me parece que todos ustedes son mas grandes que Arnold y lo acosan por estar con su novia.
—Pataki es una zorra. —acotó el que tenía a su lado.
—Una zorra ardiente. —corroboró el que estaba al frente. —Lila sonrió de nuevo, un gesto diferente, altivo, furioso y desafiante.
—¿De verdad? ¿Alguno a parte de Arnold, ha estado con ella? —se deslizó entre ellos y preguntó a los otros que hasta ahora notaba se encontraban mirando.
Toda la preparatoria parecía estar pendiente del acto y Lila los continuó cuestionando. Decenas de rostros masculinos desviaron la mirada o fingieron estar ocupados con su teléfono celular. La pelirroja retomó el punto inicial.
—Entonces, —comentó dirigiéndose al mas grande patán. —solo es una chica que se ha divertido con su novio…
—Es una fácil y él un regalado.—dictaminó señalándolo con la mano. Él iba a protestar pero Sid lo tenía firmemente agarrado del brazo y Stinky ordenaba que se mantuviera callado. —¿Quién se acuesta en su primera cita?
—Los que quieren,—respondió Lila aún más coqueta y seductora, envolvió al patán con su figura, sin tocarlo, sólo haciendo que la mirara, a ella y a nadie más. —¿A caso, tú nunca lo has hecho? —preguntó casi por encima de él, el chico retrocedió un poco y notable fue el temblor tanto de su cuerpo como de su voz.
—C…claro que lo he hecho.
—Ah, pero no te creo, primor —Colocó las manos sobre su pecho y lo recargó en la pared para efectuar su jugada final.
—¿Sabes lo que creo?—preguntó, tocándolo por primera vez, con la punta de su dedo índice, recorriendo de la base del cuello a la barbilla. —Que todos los que lo molesten y hoy día sigan corriendo el rumor, es porque jamás lo han hecho. Le tienen envidia, se mueren de celos porque él, solo es un chico que se enamoró de una chica y ya no somos niños.
—¿Q…quieres decir que tú…?—preguntó el patán en lo que él diría, era un intento sobrehumano de no llorar o humedecer su pantalón. Lila se mantuvo en su sitio y en su papel de embustera, dominante y mujer fatal.
—Sí…también tengo un novio que me gusta mucho y en circunstancias mejores te diría que me buscaras, si es que termino con él pero de momento solo puedo decirte una cosa y esa es: qué lástima me das.
Todos ustedes, de hecho. —remarcó, mirando a su apenada audiencia. Los amigos del patán, no sabían ni donde meterse y había demasiadas personas en aparente disfrute del espectáculo.
—¿A caso no saben que nosotras, apreciamos la experiencia? —múltiples aplausos y vítores secundaron el comentario. En un parpadeo el rumor parecía estar anulado, mencionarlo era como afirmar ser casto.
Y en el ultimo año de preparatoria eso era como afirmar, ser cristiano en una iglesia llena de católicos.
El sonido de la chicharra anunciando el inicio de clases los dispersó a todos, Lila se aproximó a un muchacho alto y castaño en el que él, nunca antes había reparado, le sonrió nerviosa, natural, volviendo a ser la verdadera Lila Sawyer.
—¿Cómo lo hice?—preguntó al que correspondió con una tremenda sonrisa.
—Sin duda estarás dentro de la Escuela de Artes Escénicas, amor.
—¿No crees que me faltó un poco?
—¿Para volverme loco o encender la libido de todos?
Lila soltó una carcajada, su novio la rodeo con los brazos y reclamó sus labios. Él tenía que aprender como hacer eso: observar a su novia coquetear y provocar a media escuela, sin volverse un monstruo celoso.
Gerald le colocó ambas manos sobre los hombros, sacándolo de su trance. Sid, Stinky y todos los demás ya se habían replegado.
—¡Hey! déjalos en paz, ¿La veras en casi todas tus clases, cierto?
—Sip
—Además, me permito recordarte que es de mal gusto espiar, cuando dos personas están be-san-do-se
—Helga te enseñó eso.
—Y por eso lo repito. ¿Cómo está? ¿Dieron mucho asco desde que nos fuimos?—preguntó fingiendo provocarse el vómito con los dedos.
—Sabes que sí y se encuentra bien. Sus padres se quedarán con ella esta semana.
—WOW, no irán a matarse entre todos, ¿cierto?
—Espero que no, Bob y yo llegamos a una especie de acuerdo.
—¿Respetas a su hija y él respeta sus vidas?
—Tal cual.
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—¿Tú dirías que ya estamos a mano?—preguntó la pelirroja en el cambio de su primera clase a la segunda.
—¿A mano? Después de hacer eso, diría que te debo la vida.—respondió Arnold con la vieja camaradería de antes.
—Me halagas pero apuesto mi pase universitario a que "esa" ya se la obsequiaste a alguien más.—Lila le guiñó el ojo. Ignorando a las filas de "fans" que parecían decepcionados de verlos juntos al andar.
—¿Demasiado obvio?—preguntó abochornándose por completo. Sawyer lo disfrutó, Arnold era tan transparente con sus sentimientos.
—Escuché que no saliste del hospital hasta ayer por la noche y eso únicamente porque debías venir a presentar los exámenes. —el asintió, sintiendo impulsos asesinos de nuevo. (Todos en ese condenado y microscópico pueblo eran una maldita bola de chismosos)
—Sí, bueno es que yo…—trató de excusarse jugando con su dedos.
—Eres el caballero de flamante armadura que Helga siempre estuvo esperando.—concluyó la oración por él, dado que "eso" era cierto.
Desde "Romeo y Julieta" Helga había querido tenerlo y ella sabía que "iba en serio" pues se tragó el orgullo para confesar que lo quería y necesitaba que le diera su papel.
"Él nunca la besaría en serio" "Jamás la vería como la princesa de ningún cuento encantado" "Y todo lo que quería era un beso" Después de eso los dejaría juntos. Si el "Cabeza de Balón" quería estar con ella, la dejaría tenerlo. No se metería en el medio.
Y lo cumplió.
Por diez años, no se entrometió. Y aunque pudo haber sacado ventaja, probado los labios que con tanta facilidad, Arnold le obsequiaba, los rechazó porque sabía que no era correcto. Ella no iba en serio. Sí le gustaba pero no lo amaba.
Al menos no, al grado de admitirlo delante de sus amigos.
Supo de lo que pasó con Eugene y lo sucedido mucho antes de eso. Que Arnold le dio una carta que la hizo llorar y que después le obsequió un beso que la hizo callar, que todos se convencieron, Rhonda se desmayó, Sheena tenía sus dudas y por eso Helga declamó.
Improvisó un poema de amor.
¿Y a caso ella, no tenía su propio amor? ¿Un chico encantador, apuesto, inteligente y gracioso?
Suspiró para sus adentros, ya que no era correcto aspirar a una pizca de ese mítico amor. El que te besa por sorpresa y hace que tu Universo completo estremezca. Lo había buscado, en asombrosa cantidad de chicos, pero ninguno la inspiraba, ninguno la estremecía, ninguno la hacía querer tocar la luna. Como sabía que Helga, tocaría el cielo e infierno por Arnold Shortman.
Ya estaban en biología y ambos miraron con nostalgia el asiento vacío de Eugene.
—Me comprometí a conseguir las preguntas del examen, así que yo lo golpeo y tú te robas uno.
—¿¡Qué!? —antes de que Arnold pudiera reaccionar, Lila chocó "accidentalmente" con el profesor, haciendo que tirara todas sus cosas, las carpetas, además de los exámenes que llevaba distraídamente en las manos. Shortman fingió agacharse para ayudar y mientras lo hacía, tomó un ejemplar y lo introdujo en su mochila.
El profesor Cruz se extrañó de que le faltara uno pero al comprobar que no estaba Eugene, supuso que lo obvió.
—Ojos en sus exámenes, si veo a alguien sacando cualquier cosa que no sea un bolígrafo, sale del salón y está reprobado. Lo mismo aplica para los susurros, cuchicheos o cualquier movimiento que realicen en falso. Tienen cuarenta y cinco minutos para responder a partir de ahora, cuiden la ortografía y la calidad de su letra.
No voy a estar descifrando garabatos extraños…
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—¿Tú te reconciliaste conmigo porque necesitabas a alguien para ayudar a Eugene?—preguntó Arnold, cuando salieron de clase y Lila informó a todos por el chat que lo había logrado.
—¿Me crees capaz de hacer algo tan bajo?—respondió juguetona, humedeciendo sus labios en aquel gesto coqueto y sensual.
—Si, pero también creo que lo hiciste para volver a ser amigos.
—Es lo único que siempre quise que fuéramos.
—Y lo somos. —Arnold le sonrió satisfactoriamente, luego se disculpó porque debía ir a Historia y ella a inglés, clase que compartía con Larry y de hecho debía esperarlo para que llegaran juntos.
Lo miró partir perdiéndose entre personas, Gerald y Phoebe andaban por ahí, Harold y Patty también, las parejas de ensueño, unidas, bellas. Pensó que definitivamente, él era demasiado denso. No por nada le tomó diez años darse cuenta de los sentimientos de Helga, pero ¿Y los de ella? ¿Dónde quedaba ese suspiro ahogado, esa sutil insinuación que decía que "amigos" no quería decir exactamente eso? ¿Que en el fondo de su alma le habría encantado besarlo y saber, si hacía estremecer de gozo su corazón?
Pero no se atrevió, porque la venció el miedo.
Si lo besaba y se enamoraba, se sentiría una traidora. Usurpadora del amor que debía merecer Helga. ¿A caso ella, no había sufrido demasiado? ¿No lloraba todos los días y declamaba y peleaba contra su fuero interno? ¿No la odiaba, porque en el fondo deseaba ser como ella. "La señorita perfección" la que llamaba la atención del objeto de su adoración? ¿No merecía una recompensa, por todo ese dolor?
Ella creía que sí. Y le encantaba que estuvieran juntos, que él la amara como deseaba ser amada.
—¡Aquí estas!—Larry la llamó a lo lejos, ella le sonrió, ni siquiera tuvo que fingir. Era un gesto auténtico, lo quería en serio y cuando se besaban, había un vuelco en su corazón. No extraordinario, ni para tocar la luna, pero sí, para tocar sus fuertes músculos, juguetear con sus ropas, la hebilla del pantalón y si él quería…llegar un poco más lejos.
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HOSPITAL GENERAL DE HILLWOOD
16:00hrs.
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—El profesor Burnside te extrañó en el examen. —comentó Arnold, en lo que Helga terminaba con la insípida gelatina de la que siempre se quejaba, más era lo primero y único que se comía.
Sus padres se alegraron de verlo, aparentemente estaban cansados y querían un relevo.
Dejó sus cosas junto a la cama y se acomodó en la silla, Helga llevaba su propia ropa, una camisa rosa de cuello redondo, además de un pantalón de algodón negro. Le comentó que durante el día, ya no se quedaría ahí, saldría a los jardines del hospital junto a los demás pacientes en "rehabilitación" se encontró con Eugene, pero el pelirrojo no la reconoció.
—¿De verdad cambié tanto? —Arnold la miró de nuevo, el conjunto completo y claro que cambio demasiado. Imposible no mirar sus pechos, aunque segundos después se arrepintió y la miró a los ojos. Helga ya tenía el ceño fruncido en un claro reproche pero se lo tragó porque claro que sabía que él era un cretino.
—Perdón,—desvió el rostro sintiendo las mejillas incendiadas. Helga le arrojó el vaso de gelatina a la cara y él intentó corregir su error desde otro ángulo. —Eugene, solo recuerda cómo éramos a los doce años.
—¿Y a los doce años, no tenía pechos? ¿¡Es lo que intentas decir!?
—¡No! Bueno, sí…
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A los doce años, todos "estaban cambiando" pero más las chicas, se convirtieron de la noche a la mañana en una secta que aislaba a los niños y de todo se enfadaba. Asumió que como sus cuerpos cambiaban notoriamente que los suyos, estaban recelosas y peleadas con el mundo. Que ellos fueran cerdos, tampoco ayudaba mucho porque "¿A dónde querían que miraran si sólo había una cosa que mirar?"
Recordaba a Lila, por supuesto que su atención se fijó más de lo normal en ella, sus curvas de niña a mujer fueron adquiriendo forma de manera espectacular, discreta y sensual. Además de que según él que fue un cambio que no termino de asentarse hasta los catorce o quince años de edad.
Respecto de Helga, recordaba que un día sólo dejó de usar su vestido.
Aquel conjunto de rosa y blanco que al parecer le encantaba. Lo dejó en casa y lo cambió por unos jeans ajustados y blusas de tirantes. Un movimiento arriesgado y una notable protesta ya que todas las demás usaban chaquetas de la mañana a la noche, camisas con cuello de tortuga, mangas largas. Vaya, que lo último que querían era que notara su pecho y Harold, solía señalarla y decir que estaba tan plana y era tan "ajena a la naturaleza" que claro, que no temía que alguien le viera, nada.
Su discurso terminaba con los puños de Helga rompiendo su cara, pero un año después algo se notaba. La cintura más estrecha, las piernas mejor torneadas, su pecho aún oculto debajo de esas nada discretas prendas y los mechones de cabello que comenzaba a dejarse suelto y largo.
La "amazona" por referirla de alguna manera, no apareció hasta dos años después. Cuando dejó los tirantes y optó por las camisas de cuello redondo en un intento por distraer la atención de sus pechos, pero la prenda caía con gracia, aún si era holgada y ella nada fémina.
La uniceja, se ocultaba debajo de la cortina de cabello suelto, eso lo recordaba bastante bien ya que solía olvidarse de ella hasta que Helga se enfadaba de más y fruncía el ceño a niveles insospechados.
Un par de cejas perfectas, delineadas y coquetas…sintió como si Helga se hubiera arrebatado algo pero ¿No le dijeron lo mismo cuando él, se dejó la gorra en su casa?
Que le faltaba algo, que no parecía ser él
Y la amazona no se parecía a ella, pero era la misma asombrosa mujer...
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—¿¡Sí, qué…!? —preguntó furiosa, dudosa, ya que a medida que pensaba en eso, él había vuelto a acercarse a ella. Le retiró la bandeja con comida de las piernas y se recostó sobre ella, rodeándola con su cuerpo, reclamando sus labios y Helga respondió como sabía que lo haría, como le gustaba que hiciera. Derritiéndose en su boca, suspirando, aferrándose a él por el cuello de su camisa.
—Si, cambiaste demasiado. —respondió. —pero eso es solo un decir. Ya que sigues siendo la mujer que amo.
—Arnold…—ella lo miró a los ojos y él hubiera seguido por ahí, de no ser porque ahora que la tenía más cerca, notó los rasguños por el largo de sus brazos.
—¿Qué te pasó…?—inquirió preocupado, revisando la herida solo para encontrar que tenía los mismos rasguños por todos lados. Su rostro por el contrario, se veía más determinado que antes, fuerte.
—¿Qué te pasó a ti? —él tenía algunos golpes en la cara y los nudillos, pensó que no se verían, pero claro. Los dos eran minuciosos con sus cuerpos.
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Sucedió durante el almuerzo, él estaba con los chicos en la mesa de siempre cuando otros idiotas empujaron a Gerald y Sid para hacerse lugar y sentarse a su mesa. Gritaron a todo pulmón que "él era el hombre" el que había derribado sus defensas, él único que se había "tirado" a la Amazona, querían detalles, sucios e íntimos, además de saber ¿Cómo lo había hecho? porque necias como ella, había por todas partes de la escuela, zorritas que se sentían tan buenas, cuando lo único cierto es que pedían a gritos a alguien que les tronara los huesos.
El resultado de eso fue que él, se olvidara de sus juramentos (sobre el pacifismo) y golpeara con el puño cerrado la cara del primero de ellos. Gerald y Sid se vieron obligados a intervenir porque como demanda la tradición, en menos de dos minutos toda la preparatoria se estaba golpeando entre sí. Los profesores se tomaron su tiempo en intervenir, mas que nada porque fue Harold, el último en unirse a la acción y separarlos a todos bajo amenaza de extraer la espina dorsal de sus troncos, como lo dejaran comerse su maldita comida en paz.
"Y por cierto, vuelvo a escuchar que llaman a Helga G. Pataki, zorra y yo los comenzaré a llamar moluscos. ¿Saben por qué? Porque no les quedará un solo hueso ileso"
Dicho lo anterior, se volvió a acomodar junto con Paty a su mesa. La encantadora mujer, también había repartido su propia tanda de golpes.
Recuerdos de la tierna infancia, además de que "alguien" tenía que ponerlos en su lugar, en ausencia de su "golpeadora" habitual.
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—Digamos que me topé con la mitad de la escuela que aún te dice zorra…
—¿Y me lo perdí…?—cuestionó mirándolo con una nueva intención. Dispuesta a comérselo a besos o quizás algo mucho más intenso. Le agradó, pero no accedió.
—Gerald tomó fotos, te las dará en tu cumpleaños. ¿Ahora, respondes tú?
—Intento averiguarlo...
—¿Te caíste en esa salida por los jardines?
—¿¡Me crees tan torpe!?
—No, pero quiero entender…—Helga le colocó un dedo sobre los labios para hacerlo callar. Le gustaba que se preocupara por ella, que la mirara de esa manera, que estuviera tan cerca e inclusive que se peleara por ella y reprimió el impulso de besarlo, solo porque en realidad quería pedirle algo.
—Sigo aquí y pretendo quedarme aquí. Por eso creo que me podrías ayudar con tus cosas "místicas" de la selva.
—¿Perdón...?—inquirió bajándose de la cama porque aunque le fascinaba y de verdad la amaba, le tenía pavor a su padre y lo ultimo que quería era que Bob entrara y lo encontrara sobre su hija.
—Dijiste que te enseñaron a meditar, aislar tu entorno, despejar la mente, desvelar los secretos de tu corazón.
—Sí…
—Pues quiero hacerlo…—él se puso más pálido que la muerte.
—¿A caso tú…tienes dudas sobre nosotros?—Helga negó y lo miró directo a los ojos.
—Quiero encarar a la muerte, patearla en la cara o preguntar qué diablos le pasa.
—¿¡Qué…!?
Le narró sus sueños y explicó lo sucedido. "recuerdos tan vívidos que tu cuerpo reacciona como si estuvieras ahí" y el problema con ella era que cada que cerraba los ojos volvía ahí.
—¿Una selva de sombras con una hoguera en el centro?
—Sí…
—Helga, lo que describes no está en tus sueños. Es San Lorenzo…
—¡Claro que no! Yo estuve ahí, no se parece en…
—No estuviste en el mismo lugar que yo. —interrumpió. —Esa hoguera la he visto y esa mujer de cabellos negros, piel morena y ojos verdes, la conozco.
—¡No es posible!
—¡Sí lo es! Solo que no puedo creer que se atreviera a llegar tan lejos.
Arnold estaba aún más furioso que en la mañana o en la cafetería, Helga no quiso verlo así y bajo de la cama para acercarse a él, lo abrazó por detrás y comenzó a tranquilizarlo con el sonido de su voz.
—¿Comprendes que lo que dices no puede tener ningún sentido? San Lorenzo es una selva salvaje, nutrida, llena de árboles y fauna indomable. Lo que yo describo es un paraje estéril, árboles secos, tierra árida. Una selva de sombras porque eso es lo único que hay, objetos con cuerpo pero ausencia de alma.
Phoebe ya lo dijo y aunque no quieras aceptarlo tiene razón. Yo desee morir. No me mires así, sé que estamos juntos y no tengo dudas de nuestro amor. Pero lo desee porque en el fondo estoy rota…—Helga tomó la mano izquierda de Arnold y la colocó sobre su pecho, justo en el corazón. —Algo dentro de mi se rompió hace mucho y me aterra que veas o toques esa cicatriz. Que no te guste estar con una muñeca rota.
—Helga…
—Sí, ya sé que no piensas así. Pero cuando me atacó Jake, no pude evitar dudar. Desperté ahí, no sé donde sea. Mi psicóloga cree que la respuesta está en algún recoveco de mi mente y si es así, puede que le diera esa imagen porque cuando hablamos, me describiste esos rituales e hiciste énfasis en la hoguera.
—Lo recuerdo.
—¿Entonces me ayudarás a hacer la paz con la muerte? Mi muerte.
—No lo digas así…
—Si te tengo a ti, nunca más me dejaré ir…—Arnold accedió besando sus labios con total devoción, sintiendo su corazón al mil, ahora que no había retirado la mano, con la otra se aferró a su cintura para pegarla a sus formas y hacer que ella también lo sintiera. Cuando sus deseos llegaron al punto que él estaba luchando por no bajar la mano a dónde no debía colocarla comentó.
—Te enseñaré, sólo con una condición.
—¿Y cual es…?—sus ojos en los de su novio y quizás de ahí, le confirió el mismo color de ojos a su encantadora muerte, aunque los de Arnold eran de un verde mucho más claro y amable. Los de ella eran fríos, crueles, cargados de un odio que lastimaba en el alma… Arnold separó los labios, pero no terminó de explicar ya que al mismo tiempo la puerta de su cuarto se abrió y por ella entró Bob
—¡QUITA TU MALDITA MANO DEL PECHO DE MI HIJA!
—¡PAPÁ, NO! ¡NO LE HAGAS DAÑO!
—¡VOY A MATARLO!
—¡NO!
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Continuará...
Un poquito tarde pero seguro. ¿Teorías? ¿Quién es la muerte? ¿Thea o Helga?
Nos leemos en los comentarios, Besos.
