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Por cuarta vez, Arnold Shortman volvió a tener las que él calificaba de pesadillas, pero que en realidad eran sueños húmedos con su enamorada etérea. La chica de cabellos rubios, piel pálida cual porcelana, mirada intensa y labios que besan hasta consumir su esencia, drenar sus ansias, reducirlo a un simple manojo de piel, estímulos y deseo.

En el sueño, ellos estaban en su habitación. Helga subía por las bien conocidas escaleras de incendios, abría el ventanal y se colaba cual fantasma puesto que él no advertía su presencia hasta que sentía una corriente helada que se le metía por los huesos a lo más profundo del alma.

Iba vestida con su camiseta de fútbol soccer, solo eso y nada más. Le venía como un vestido demasiado corto, abierto del pecho y dejando expuestos sus más íntimos recovecos. La iluminación de la alcoba era pobre, proveniente de la luz de luna y las lámparas de calle. Aún así, reconocía la intención en su gesto, además de la seductora cadencia con que se aproximaba a él, al llegar al pie de su cama, colocaba ambas manos sobre el filo de la prenda y tiraba de ella hasta desprenderla.

No le decía nada, en todos sus sueños, ella jamás le decía nada. Solo se desnudaba ante él y subía a la cama donde él ya estaba teniendo serios problemas para respirar. Lo besaba, como acotó. Hasta arrebatarle, las dudas, la inseguridad, el temor. Sus labios sobre los propios, sus manos el rededor de su cuello, las de él acariciando palmo, tras palmo de piel. Se incorporaba e invertía la posición de sus cuerpos, recostándola en la cama, haciendo a un lado la sábana, quitándose las prendas de noche, que en su caso consistían en una camisa de botones y un pantalón de algodón azul. Helga se divertía con sus ansias, se burlaba de su torpeza, las manos le sudaban, todo su cuerpo ardía y no podía entender, cómo es que ella estaba tan calmada y alegre. La contempló, cuando terminó de arrancarse la ropa y ella lo contemplaba también. Un agradable cosquilleo le recorrió la piel al percatarse de cómo ella se regodeaba con él, sus pupilas dilatadas, la respiración agitada, sabía que lo encontraba atractivo y eso era como mil puntos extra a su ego.

En cuanto a la mujer, la guerrera amazona desnuda ante él, se quedaría sin aliento, palabras no existían para describir lo malditamente hermosa que era. Y no solo por el físico, sino porque lo amaba tanto que se entregaba, sin reservas a él

Helga separó las piernas en las que ya se quería perder, lo miró a los ojos con pasión y extendió los brazos para invitarlo a fundirse en su piel. La acción no tardó en suceder, la deseaba tanto, la amaba tanto que antes de poder pensar, ya estaban comiéndose a besos y explorando sus cuerpos.

Un jadeo entrecortado, cuando su erección chocó contra el húmedo recoveco y los dos se miraban temerosos e impacientes. No quería lastimarla, decepcionarla, embarazarla. No obstante, había fuego en su piel, urgencia en todo su ser y empujaba, hasta que ella gritaba y él, despertaba.

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Desde el lunes que Bob Pataki lo regresó por mano propia a la puerta de su casa y acusó de ser un maldito e insaciable cerdo con su preciosa y delicada flor. Sus abuelos y padre lo castigaron encerrándolo por las noches en sus aposentos. Miles, se quedaba en el salón de lectura. Cosa que aparentemente le cayó del cielo, ya que comenzaba a perderse en libros e investigaciones de cosas que solo él entendía.

Y como si las palabras de su "suegro" hubieran sido una maldición, comenzó a soñar con ella de diferentes formas. Cuando no irrumpía en su alcoba colándose por la ventana, aparecía en el cuarto de baño mientras se duchaba. En la cocina, donde la subía a la mesa y desvirgaba a sabiendas de que en cualquier momento podían aparecer sus abuelos o padre y en otra ocasión, lo abordaba en el vestíbulo. Lo hacían sobre la alfombra, junto a las escaleras que dan paso a las habitaciones ya que no conseguían llegar a ningún otro lugar.

Necesitaba una ducha helada, la quinta de la semana y la que presagiaba muchas más dado que hoy le daban el alta y volver a tenerla tan cerca, no sería bueno para su calma.

No volvió a visitarla en el hospital, Bob dejo en claro que lo quería lejos de su hija (mientras él estuviera cerca) y como estaban en semana de exámenes, tampoco le pareció buena idea a sus familiares que la buscara.

Español, Matemáticas, Historia, Biología, Física, Química, Ciencias Naturales, Filosofía, Ética y Estética. Al menos ese día, solo sufriría con Literatura, pero reprobar la materia honesta y sinceramente, le tenía sin problemas.

El Club de Fans de Helga mantuvo un perfil "relativamente bajo" solo aparecieron el martes, mientras él entrenaba en las canchas de soccer y lo molestaron con tres letreros gigantes donde se leía perfectamente: "ROMPETE" "UNA" "PIERNA" les hizo una señal con el dedo de en medio, Alan, Brainy y Lorenzo le contestaron con los debidos puños cerrados y hondeados de delante hacia atrás (saludando a su madre) a otros de sus compañeros les quedó el saco, se armó una pequeña revuelta y su entrenador amenazó con echarlos de las gradas pero entonces llegaron Lila y Larry

La que fuera una de sus mejores amigas volvía a animarlo con traje de porrista, pompones y toda la onda. (No tanto por él, sino que parecía estar "aprovechando" para darle un "show privado" a su novio) parte de él agradeció que lo hiciera (porque se veía radiante) hasta que se percató de que el Club de Fans, probablemente lo estuviera "vigilando" los maldijo a todos en "español" idioma que estaba estudiando debido al lugar donde nació y prometió de manera secreta que algún día los asesinaría o dejaría que lo golpearan y Helga los aniquilara.

Miércoles, no tuvo mayor contratiempo a no ser porque ya era "oficial" el rompimiento de Rhonda y Curly, hicieron una escena monumental que arruinó la práctica de Baloncesto de Gerald, el moreno estaba sumamente ofendido y gritaba a los cuatro vientos al terminar de entrenar.

"¿¡Por qué siempre a mi!?" "¿Por qué no se juntan para joder a Harold cuando está entrenando?"

La respuesta era simple. Nadie fastidiaba a Harold. Y todos adoraban ver gritar y hacer rabietas a Gerald Johanssen.

Jueves y ya estaba delirando.

La extrañaba, eso era un hecho. Era un cerdo que se moría por tener sexo, (eso era otro hecho) pero también debía comenzar a afrontar la profundidad de sus palabras.

Lo estuvo meditando los días anteriores, concediendo que era probable que Helga uniera todas las cosas que le daban miedo y diera vida a ese extraño sueño.

Polaris Johannes (su psicóloga) atinó a darle pastillas para dormir, no era lo mas ortodoxo pero ayudaba en el sentido de que apagaban su cerebro (no más sueños) y así las heridas podían sanar. De las marcas de dedos en su cuello, rasguños por el largo de brazos y laceraciones en las plantas de los pies, ya solo quedaba un recuerdo. El cabestrillo era lo único que la fastidiaba pero las radiografías señalaban que de uno a dos meses estaría bien.

Sus padres la animaban a comer mejor, también a recuperar la fortaleza y vigor.

Olga le obsequió una tableta electrónica (como regalo anticipado de cumpleaños) y así ellos podían charlar entre las nueve y diez de la noche. Hora en que las enfermeras hacían su ultima ronda y sus padres dormitaban en las sillas a disposición. Por este medio le comunicó que Eugene, al fin la reconoció y que en agradecimiento por vengar su cerebro estaba enseñándole a escribir con la mano izquierda (él era zurdo). Le faltaba fuerza en el puño pero lo compensaba con su carácter férreo y voluntad de acero.

"Ya lo verás Arnoldo, escribiré leperadas con las dos manos"

"Siempre es bueno tener una motivación"

"También dibujaré mejor, Brainy se irá de espaldas cuando lo vea"

"¿Que pasó con la bonita tradición de romperles los lentes, sobre el puente de la nariz?"

"Si tu quieres, también lo haré…"

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Helga estaba dando su mejor esfuerzo, sobretodo para reunirse con él.

No habían vuelto a tocar el tema de su "petición" la meditación que abriría su mente y corazón. Él no había querido hacerlo, pensar en "eso" lo ponía enfermo porque las coincidencias entre lo que dijo y lo que él experimentó en San Lorenzo eran demasiadas.

¿A caso, no lo sentía en su fuero interno?

¿No la recordaba? ¿No la soñaba y deseaba con la misma intensidad que a la mujer que amaba?

Las pesadillas, las refería como tal dado que después de soñar con su novia, aparecía la otra.

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Él despertaba agitado, con los vestigios "húmedos" del sueño pero contrario de salir de la cama, cambiarse de ropas o sábanas, se daba la vuelta e intentaba volver a dormir.

Las tierras que lo vieron nacer le daban la bienvenida. La selva húmeda, nutrida y poblada. Reconocía el campamento, las tiendas que en su momento ocuparon sus padres y él, las de los líderes de la tribu y también la de Anthea.

El fuego de la hoguera ardía como recordaba, al centro de todo su "universo" de frente al volcán que supuestamente él debía "controlar" y la seductora mujer salía de entre sombras con las prendas de antaño: una falda larga color caqui, escotada a los lados, permitiendo la vista de sus piernas largas a todo aquel que quisiera observar, vientre plano, cintura apenas insinuada, cubría sus pechos con un top del mismo color que se ceñía a su figura por la parte superior del seno izquierdo y seguía de largo por el diestro hasta alcanzar el hombro y dar la vuelta hacia atrás, en el cuello solía llevar un collar negro, delgado, decorado con un par de piedras verdes y en el centro un colmillo.

Los rumores decían que las piedras representaban los espíritus de sus padres, fallecidos cuando tenía diez años de edad. La criaron sus abuelos, (al igual que a él) y referente al colmillo, perteneció a una criatura que intentó tomar su vida pero le dio caza con una lanza para matarlo y no ser devorada.

Era hábil con el manejo de armas bélicas, además de aguerrida y valiente, por ello le permitieron entrenar junto a los varones. Su intervención inspiró a otras mujeres a pesar de que antaño se tenía por mal presagio que tomaran armas o se unieran a la batalla.

Thea sobresalió de entre todos. No supo si lo hizo por convicción propia o si se sentía obligada al ser la descendiente de los líderes.

Como sea, cuando la conoció (cerca de cuatro años atrás) le pareció atractiva, misteriosa y por supuesto sexy. Los retos a que se enfrentaron parecían dirigir sus impulsos hacia aquellos senderos. La música de los tambores, el sonido de los cantos, pies desnudos chocando contra la tierra ardiente, el calor de la hoguera, sus cuerpos sudando, rozándose de tanto en tanto en aquellos combates bélicos que mas bien parecían una erótica danza.

Anthea, no tenía problemas con mostrar su femineidad (contrario de las chicas que dejó en Hillwood) así que él admiró su libertad. Contempló sin pudor la serosidad cobriza de su piel morena, además de la fuerza con que combatía y mentiría si dijera que no se dejó vencer mas de una vez con tal de sentirla contra la piel y esto lo decía porque él, solía practicar con el pantalón de lana y nada más. Ver esa sonrisa discreta, pero de completa satisfacción al creerse vencedora lo llenaba de gozo.

Su tacto era cálido, (eso lo recordaba ahora) sus ojos profundos, del mismo color que los propios, delineados por unas pestañas demasiado largas y negras, labios gruesos, ligeramente más claros que el tono natural de su piel y todo eso, en conjunto le daba un aspecto maduro y provocativo.

Cuando lo invitó, él no accedió. Pero omitió decir que no lo hizo porque demasiadas cosas en ella, le recordaban a su mujer.

Su espíritu indomable, fuerza combativa, la libertad de su ser, porque Helga Pataki tampoco se dejó intimidar por lo que la naturaleza hizo con su ser. Era orgullosa, arrogante y cualquiera que opinara lo contrario terminaría con la cara en el piso y uno que otro hueso maltrecho.

Retomando el punto.

En su pesadilla, Thea volvía a postrarse ante él. No la jovencita de catorce años, que era mucho mas baja de estatura y delgada que él, sino la atrayente mujer que ahora es.

Cabellos negros, sueltos, cayendo como una sombra por detrás de su cuerpo, los pies descalzos, brazos desnudos, decoraba el puño diestro con una pulsera que tenía piedras opacas y algunos huesos, le llamó la atención de manera inmediata porque toda ella irradiaba sensualidad y poderío.

Le gustaban las mujeres fuertes, (he ahí otro hecho) dominantes, seguras de sí mismas, que pudieran cuidarse solas, ya que se sabía con la sobrada tendencia a ir por su cuenta.

Y entonces ella estaba ahí, caminando hacia él con la misma cadencia conque hiciera Helga, el bamboleo de sus caderas, la intención en su gesto, erotismo desbordando por cada poro de su piel, pechos pequeños pero bien formados, caderas anchas. Su cuerpo la deseaba y su mente marcaba una notable diferencia entre ambas.

Su Amazona conservaba la deslumbrante belleza que en su primer día de Preparatoria lo dejó sin defensas, pero su fuerza, aquella que en cada encuentro lo atraía cual imán aparecía cada vez más deslucida.

Thea por el contrario, irradiaba peligro.

¿No era eso, algo que también aprendió a amar de Helga?

Que lo hiciera temblar, temer, sudar…

Pero de un tiempo hacia acá, todo lo que hacía era llorar.

La Diosa Centro Americana se detenía a distancia prudente de él, volvía a ofrecer la invitación de unirse a ella en la cama. Ser suyo por una noche, convertirla en mujer y contrario de la primera vez, él se descubría yendo tras sus pies, seguía sus pasos como si estuviera poseso, tomaba la mano que le era ofrecida y con la otra, Anthea abría la hendidura y se perdían en el interior de su tienda...

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El sueño, regularmente terminaba ahí, pero esta noche no sucedió así.

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Su cuerpo caía en un abismo de sombras, sentía el choque de su piel al impactar con la cama y después manos que desgarraban sus ropas y lastimaban su carne. El roce de sus dedos quemaba en la espalda, el aire asfixiaba, no veía nada pero después reconocía unos ojos que no pertenecían a la mujer que amaba y despertó gritando con el corazón en un hilo, otra dolorosa erección, además de la culpa, porque no quería engañar, ni mucho menos lastimar a Helga.

¿Por qué pensaba en las dos. Si se suponía que ya había elegido su corazón?

No tenía dudas al respecto, los "votos" que le dedicó los sentía de manera sincera y sí. Helga estaba rota, cosa que le aterraba y por eso era ahora que más lo necesitaba.

Para ser su fuerza y no para engañarla.

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El sonido de un mensaje recibido, interrumpió de pronto las cavilaciones de su mente, la cama en que dormía era un desastre, él un completo asco, el reloj digital anunciaba las tres diecisiete de la mañana, así que solo podía tratarse de una persona.

"¿Duermes?"—preguntó su mujer para iniciar o acabar la conversa. Él se dedicó otro poco de asco y si no fuera por el techo de vidrio optaría por comenzar a dormir desnudo. Suspiró para sus adentros, golpeándose en la cara con ambas manos para terminar de despertar, luego se levantó, arrastrando sus pies hasta la silla del escritorio y cuando estuvo seguro de estar mas o menos consciente se apresuró a teclear.

"No, realmente"

"¿Seguro?"

"Estaba por ir al baño"

"¿Incontinencia?"

"Graciosa"

No hubo más palabras por parte de Helga, a pesar de que el chat indicaba que se encontraba escribiendo. Él encendió la luz de escritorio, bloqueó la cámara de su laptop con un sticker (por si el universo verdaderamente lo odiaba y lo veía medio desnudo, excitado y batido su muy encantadora y furiosa novia) recompuso un mínimo su estado. Es decir, que se cambió las prendas inferiores y agradeció a los nueve infiernos que desde hace mucho se hacía cargo él solito de su lavandería.

"¿Pesadillas?" —se atrevió a preguntar, pues sabía que aún le costaba trabajo escribir en el teclado táctil.

"No…"

"¿Bocadillo de las 3:00am?" —inquirió refiriendo a cierto personaje rosado que comía hamburguesas a esa hora.

"Intuición" —escribió la rubia y él sintió una descarga como de agua helada corriéndole por la espina dorsal.

"¿Perdón…?" —refirió culpable. Ella era demasiado lista, astuta, veras. ¿La conexión que los unía habría puesto en alerta máxima las alarmas de su corazón? No tuvo que preguntar, lo siguiente que envió fue un mensaje de voz.

—Bob y Miriam duermen en las sillas de junto así que no me quiero arriesgar a hablar demasiado alto. Si me escuchas, solo desperté pensando en ti. No sé como explicarlo, sentí que me llamabas, como si te pasara algo.

"¿Tú eres la que está en el hospital y te preocupas por mi?" —escribió con dedos nerviosos. Sintiendo como le temblaba el corazón y se le helaba la sangre.

Helga, por supuesto que no se contentaría con eso.

Envió un nuevo mensaje de voz.

—Quiero, necesito…sólo déjame verte…—ese audio era un poco más agitado, es decir que estaba saliendo de la cama para apartarse lo mas que pudiera de sus padres y conversar con él.

"No estoy presentable…" —tecleó porque seguramente traía una cara demasiado culpable. La piel le escocía en la espalda baja y su corazón no había parado de amenazar con salirse de su pecho.

Ella, presionó otra vez.

—Arnold, tú me has visto en mis peores momentos, creo que puedo soportar que estés despeinado, ojeroso y con tu bendita pijama de ositos cariñositos.

"De acuerdo" —se resignó porque sonaba demasiado alterada y otra parte de su ser, agradecía el poder escucharla. Ella lo tranquilizaba, lo aliviaba.

Envió la videollamada, él contestó y quitó el sticker de la cámara, de todas formas. Se rehusaba a encender por completo la luz.

—¡OMG! ¿¡Estás desnudo!? —fue lo primero que medio gritó su novia porque obviamente, tenía que ahogar el sonido de su voz para no despertar a sus padres.

—¡CLARO QUE NO! —respondió en el mismo cuchicheo porque seguía intimidado por las amenazas furiosas de Bob y su Abuela. Se levantó de la silla para que pudiera ver que traía puesto el pantalón. A Helga le pareció más bien que le daba un plano completo de su atlético y delicioso, torso desnudo.

—¿¡Cómo se sacan capturas de pantalla con esta cosa!? —preguntó medio enloquecida y ansiosa.

—Necesitas las dos manos, chica lista. Y deja de pensar así, te dije que iba al baño.

—¿Te duchas a las tres de la mañana? —preguntó mas relajada, pero su rostro denotaba un adorable y permanente estado de shock.

—A…veces…—la culpa se le escurrió por la cara y ni toda la luz de noche podría ocultar el bochorno y las ganas que tenía de tirarse al piso y dejar que lo patearan hasta la muerte.

Helga reconoció ambas cosas: la culpa y vergüenza, se las tragaba en el desayuno desde tuvo la capacidad de comprender como funcionaba el mundo y optó por convertirse en bully. Sus ojos lo devoraron acusadoramente, sus labios se abrieron provocativamente y solo una cosa salió de ellos.

—NO PUEDE SER… ¡Tú, el samaritano!

—¡Vas a despertar a tus padres! —reprendió.

—¿Escuchas ese sonido como de camión en subida? Es Bob, roncando y si eso no despertó a Miriam, nada lo hará.

—De todas formas…—él no sabía ni cómo ó donde esconderse, Helga comenzó a convulsionarse de risa y dados los recientes acontecimientos debía admitir que extrañaba su risa. La misma lo contagió después de unos segundos y los dos reían, retorciendo sus estómagos y tapando sus bocas para no ser descubiertos.

—Dios, ¿Para esto me despiertas? —comentó, cuando ya se hubieran calmado.

—Yo, no…

—Escuché claramente el sonido de tu voz. Estabas llamándome…—Helga lo miró a los ojos. Aún a través de la cámara, él sintió la intensidad de su mirada, el fuego que irradiaba, la pasión y todas esas cosas que le dijo a su padre que sentía por ella en lo mas profundo de su corazón. La preocupación en su rostro rápidamente fue reemplazada por otra idea y la expresó. —¿Qué pasó campeón. Necesitabas ayuda, ahí abajo?

—¡DIOS, NO!—se tapó la cara con ambas manos y azotó su faz contra el escritorio repetidas veces. Helga volvió a reír a mandíbula suelta. Se lo contaría a Phoebe, seguro como el infierno que se lo diría a ella y después Gerald lo torturaría por horas, días, semanas…A.Ñ.O.S.

—No te pongas así. —consoló la rubia. —Es perfectamente normal, somos dos adolescentes sanos, tú demasiado por lo que veo…

—¡Helga, basta! —gritó y saltó de su silla en busca de una condenada camisa, pero no encontró ninguna porque mas allá del escritorio no veía una mierda.

—Déjame disfrutarlo, hombre de la selva. Eres tan santurrón que seguramente, esa es toda la piel que veré hasta que lleguemos al altar

—¡No soy santurrón! —se quejó volviendo a su sitio. Helga le sopló un beso e hizo una especie de "OK" con los dedos de la mano izquierda. Él deletreó la palabra "L-O-C-A" porque sabía que podía leer los labios y la señorita se ufanó, obsequiándole una inclinación de rostro.

—De acuerdo, prueba que no lo eres, tú me cuentas tus fantasías y yo te cuento las mías.

—¡POR SUPUESTO QUE NO!

—Para que te animes yo empiezo. ¿Recuerdas la noche que me dejaste tu camiseta de fútbol soccer?

—¡Detente ahora ó voy a terminar la llamada!

—¿Por qué? ¿No era buena? En mis fantasías tú eres demasiaaado bueno…

—¡HELGA…! —suplicó y negoció. —Tus padres están a menos de un metro de ti. No vamos a hablar de esto delante de ellos. —ultimó con urgencia pues de todas sus fantasías, la de la camiseta de fútbol era su favorita y si seguían por ahí, Bob Pataki y Gertrude Shortman los asesinarían. Bueno, a él puede que primero lo cazaran, torturaran y después lo mataran pero como fuera, no se quería morir así.

—Me detengo si admites, que me extrañas tanto que vas a explotar. —pronunció la impertinente y fogosa rubia. Los brazos cruzados a la altura del pecho. (el izquierdo mas bien uniéndose a su compañero, pues el cabestrillo mantenía el brazo diestro en tal posición)

—Si...

—Yo también te extraño, aunque lamentablemente no he podido disfrutarlo tanto…—le guiñó un ojo y él se preguntó ¿Por qué demonios no buscó una camisa cuando se cambió? (le ardía la espalda baja y por eso no se cubrió)

—Suficiente, ¿has tenido más pesadillas? —preguntó acariciando la zona sensible en su piel desnuda.

Las coincidencias, una vez más parecían ser demasiadas. "Experiencias tan vívidas que tu cuerpo reacciona como si estuviera ahí"

Pero él no quería estar con Anthea, quería estar con Helga.

Hacerlo con ella en todos los lugares que pudieran profanar de Sunset Arms

—No, pero no quisiera depender de las pastillas para dormir.

—No lo harás

—¿Quieres decir que me ayudarás? —preguntó con un brillo de astucia en los ojos.

—Sabes que sí. —la rubia sonrió y él hizo lo mismo por asociación. Era un pacto, el primero de muchos.

—¿Y la condición, es? —preguntó impaciente, dispuesta a todo.

—Te la diré mañana. Ahora creo que deberíamos dormir.

—¿Existe alguna posibilidad de que me recojas tú solo? No hemos tenido una cita real en dos semanas.

—Lo sé, pasaré por ti después de la escuela e iremos a donde quieras.

—Estás dándome demasiado poder, Arnold Shortman

—Debes gustarme demasiado, Helga Pataki.

—Mas te vale...—la rubia hizo ademán de terminar la llamada pero él, no se resistió a gritar.

—¡E…espera, una cosa más…!

—¿Te vas a quitar el pantalón y modelarás para mi? Lo aceptaría como regalo de cumpleaños.

—¡NO! (él iba a decir: Te amo, pero obviamente, los humos se calentaron) Y no deberías armar tanto escándalo. Me has visto antes, cuando fuimos a la playa

—¡ESO FUE A LOS DIEZ AÑOS! Y no es como si siguieras siendo un gusanillo escuálido…

—¡Oye…! (al ego de ningún hombre le gusta escuchar que fue tan sensual y atlético como un espagueti)

—¡TÚ EMPEZASTE! Además, acordamos que ese recuerdo estaría prohibido porque te besé…

—Para que superara a otra… —Y oh, sorpresa. Aquí estaba de nuevo buscando a Helga para olvidar a Thea.

Maldito fuera él en el nombre de los nueve infiernos. Era un condenado idiota poseedor de un talento único para hacer sentir mal a su novia.

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En aquel entonces.

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Helga lo hizo sentir mejor consigo mismo, pero días después. Escuchó a Phoebe decirle a Rhonda lo sumamente deprimida que estaba. No había podido levantarla con nada, ni golpear a Harold o amenazar a los pobres diablos de sexto grado ayudaba.

Así que él, se percató de lo obvio. La trató como un premio de consolación, aceptó sus labios para reemplazar los que verdaderamente quería probar y por eso se disculpó. La buscó al salir de clases, la encontró donde ya sabía que estaría. Le gustaban los lugares altos, así que Helga estaba mirando a la nada y escondiéndose de todos en el techo de la escuela.

Le dijo que lo sentía, que fue un idiota, que no debió aceptar…

"No hablemos de ese beso nunca más"

Interrumpió su discurso, y el tono en que lo dijo sugirió que no era un tema que mas adelante pudieran abordar.

No era como la confesión de amor en Industrias Futuro, no era como el beso de "Romeo y Julieta" no era algo que ella hiciera para demostrarle su amor. Sino algo que hizo para que él, encontrara otro amor.

Le dolió caer en la cuenta de eso. Mirar la tristeza en sus ojos, así que accedió.

Juró que jamás hablarían de eso. Y a decir verdad, ni siquiera lo contaba como un beso verdadero porque supo húmedo y salado. En su momento lo asoció con el mar. Pero después reconoció que había sido un beso triste, lleno de sueños y esperanzas rotas de Helga.

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—¿Ya no hay otra, cierto? —preguntó con voz trémula. Arrebatándolo del recuerdo.

—¿Qu…qué…? —hubo duda y temblor en su voz. Helga lo miró con intensidad pero aún así, él no confesó.

Era un sueño, solo un maldito e imposible sueño.

No se haría realidad.

JAMÁS.

—Si me olvidaras, ¿Correrías con otra? —insistió en el punto porque ella era lista y él muy idiota.

—No hay ninguna otra…—lo dijo con convicción, aunque no sabía si para convencerse a sí mismo o a ella.

—¿N…no tienes marcas de dedos en la espalda? —preguntó pegándose a la Tablet. De lo que podía ver, Helga se había agazapado en una de las esquinas del cuarto, junto a la ventana y el tablero que utilizan los doctores para ver las radiografías. La rubia lo encendió y de ahí provenía la iluminación con que la veía.

—Dímelo tú…—se levantó para terminar con esto, porque los dos estaban sumamente tensos y lo que inició como un juego de seducción, ahora parecía el descubrimiento de una traición. Dio la espalda a la cámara. La piel hacía un rato que le dejó de arder.

Y él, no tenía nada.

Solo eran sueños, no eran reales, no los podían lastimar.

—Ok, tienes un trasero de fábula y creo que el encierro por fin, está volviéndome loca…—comentó demasiado rápido y él volvió a su lugar.

—¿Por qué lo dices, a caso me soñaste con otra?

—Es que no fue un sueño Arnold, ya te lo dije. Quizás se trató de un presentimiento y luego de saber "lo que estabas haciendo" No estoy segura de ser lo que deseas.

—¿Y qué sabes tú de lo que deseo? —respondió molesto. Destruyéndola con la mirada, haciendo uso de ese gesto oscuro y sensual que sabía que adoraba. No obstante, la rubia se obstinó y comentó.

—Dormimos juntos, dos noches seguidas y tú jamás…

—¿Te falté al respeto? Helga, sabes perfectamente bien, que por sobre muchas cosas soy un caballero, pero claro que te deseo.

—¿De verdad? —preguntó sin creerlo.

—Desde que despierto hasta que me duermo. Te lo dije antes, en la casa de Gerald. Tú me quitas el sueño. —la rubia se convenció, el rubor en sus mejillas lo confirmó y ahora fue su turno de soplarle un beso. —Es tarde, de verdad creo que deberíamos…

—No puedo tomar más de una pastilla al día y no quiero verla otra vez...

—Entonces no lo hagas, cuéntame un cuento *Scheherezade… (Referencia a la narradora de las mil y una noches)

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Cuatro de la mañana con cuarenta y siete minutos y Helga acabó por quedarse dormida. Agradeció de manera interna que por ahí de unos quince minutos la convenció de volver a su cama. Para charlar, no tenían que verse y ella accedió. Cuando el sonido de su voz se apagó, la llamo un par de veces con suavidad y no respondió. Terminó la llamada y contrario de sus deseos, no volvió a la cama. Encendió la luz de su alcoba, dirigiéndose a la parte alta de su armario donde solía guardar las cosas que casi nunca usaba, su maleta de viaje estaba ahí aunada a un objeto que creía conservar de San Lorenzo.

Arrojó cosas al piso de manera desordenada hasta encontrar lo que buscaba. Sus abuelos recién le quitaban el arresto domiciliario, escuchó la llave entrando en la cerradura, luego admiró la porquería que tenía por cuarto y procedió a recoger todo. Cambiar las sábanas, tender la cama y hacer un alijo con todo lo demás para arrojarlo en la lavadora a la voz de ya.

—¿Otro día de lavado, chaparro?—preguntó su abuelo, distraídamente pero sus ojos feroces lo incriminaron.

—Ha estado haciendo mucho calor últimamente y yo sudo como cerdo...—respondió, pasándolo de largo para llegar a la lavandería.

—Debe ser por la primavera, saldrán de vacaciones pronto. ¿Cierto?

—La ultima semana de marzo, si mal no recuerdo.—lavadoras automáticas. Bendición de los Dioses, solo tenía que oprimir un botón, esperar que se llenara de agua, meter la ropa, arrojar un montón de jabón, suavizaste de telas y listo.

—¿La chica furiosa, sale del hospital esta tarde?

—Si, iré por ella saliendo de clases. —metió todo junto. Eso de separar colores no venía al caso ya que casi todo era azul, algunas cosas blancas y rojas pero eran suyas y le tenía sin cuidado si se decoloraban o manchaban.

—¿Preguntaste a tu padre si ya no estás castigado?—tomó el jabón de polvo y también el líquido, haciendo una pasta curiosa con ambos. Phil, estaba entre divertido y sorprendido por lo veloz que era.

Desde que él y Puki llegaron a cierta edad, Arnold se encargaba de la casa. Tenía experiencia y al parecer, desarrolló ciertas mañas para las tareas básicas.

—A eso voy en quince minutos.

—Mejor en cincuenta, métete a bañar primero. Con agua helada, bribón.

—¿Qué?—volteó a ver a su abuelo. El gesto divertido se había transformado en el del antiguo oficial del ejército.

—Que no nací ayer, Arnold Shortman. Sé por qué andas tan impaciente, sólo promete que no presionarás a tu novia y que cuando lo hagan, usarán protección.

—Prometido.

—Y no van a hacerlo aquí.

—¿Dónde sugieres, si no hay hoteles en Hillwood?—cerró la lavadora y su abuelo lo golpeó en la cabeza con el periódico perfectamente enrollado.

—Idiota, si te estoy diciendo que no lo hagas aquí es porque espero que lo hagas como la gente normal. ¡Hasta que estés casado, viviendo en tu propia casa o te hayas largado a la Universidad!

—¡Perdón! —su abuelo lo golpeó otras tres veces. —¡Ah! ¡Au! ¡Auch!

—El desayuno se sirve en una hora.

—Ya lo sé

—Y tu padre volverá a San Lorenzo el domingo. Lo que tengas que aclarar, háblalo ya.

—¿A qué te refieres?

—Esas cosas raras de la selva.

—¿Perdón?

—Ha estado actuando casi tan extraño como tú, pero la diferencia entre los dos, es que a él hace mucho que dejé de entenderlo.

—De acuerdo.

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Miles, efectivamente había regresado al modus "historiador e investigador" tenía pilas de libros acomodados por todas partes y aparentemente, había decidido ocupar de manera "provisional" la computadora personal de Helga para charlar con su madre.

—Juro que no abrí ninguno de sus archivos y que solo la uso para el Skype. —comentó el antropólogo tan pronto como lo vio entrar.

—No he preguntado o reclamado nada, papá.

—Lo siento, Arnold. —dejó el libro que hojeaba sobre la mesa de centro y se levantó para abrir las ventanas superiores y encender algo más de luz.

—No sabía que tenías libros que aún te interesaran aquí.

—Tengo decenas de libros interesantes aquí. Sé que no eres fanático de la lectura pero deberías. Tu abuela fue…

—Bibliotecaria, lo sé. ¿Qué es lo que no nos estás diciendo?—preguntó, acercándole el café junto con el plato de desayuno que no se comió porque una vez más no salió.

—¿Podría preguntarte lo mismo, no?–Arnold enarcó una ceja y miró a su padre como si estuviera bromeando.

—De acuerdo, jamás me verás como figura de autoridad.

—¿Y de quién es la culpa?

—Sé que nos odias porque crees que te abandonamos con las manos en la cintura, pero ojalá hubiera sido tan sencillo como eso.

—Jamás llamaron o escribieron, pero no los odio

—¿Porque no está en tu naturaleza odiar?

—Porque han hecho todo lo que han podido hacer para reparar su error, desde que no tuvieron a donde escapar.

—¡Auch! Golpe bajo…—respondió Miles, tomando una de sus tostadas con mantequilla para hincarle los dientes.

—¿Vamos a hablar como adultos o vas a seguir evadiendo?—preguntó el chico, como todo adolescente, es decir: impaciente.

—¿Piensas faltar a la escuela? —Miles lo evaluó de abajo hacia arriba, ya se había cambiado, pantalones negros, camisa a cuadros roja, zapatos deportivos del mismo color, peinado hacia atrás y aderezado con una sutil pero perceptible capa de "ACQUA DI GIO" (perfume para hombre de Giorgio Armani)

—Lo haré, si me das respuestas. —Algo parecido al orgullo se instaló en el corazón de Miles Shortman. Porque él había sido el peor de los capullos en la escuela. Se saltaba las clases, hacía sus tareas pero jamás las entregaba y cuando lo iban a dar de baja por su aparente desinterés en toda materia pasaba con excelentes notas porque tenía un peculiar talento para recordar lo que fuera.

Nunca le costó verdadero trabajo estudiar, creció rodeado de libros y anécdotas históricas. No sabía que tanto de lo que decían sus padres era real o inventado, así que se volvió antropólogo por su propia hambre y deseo de descubrimiento.

La mirada de Arnold, decía que no iba a dar su brazo a torcer, así que él lo celebró otro poco y accedió.

—¿Sobre algún tema en específico? —preguntó terminando sus tostadas y tomando un merecido sorbo de café.

—Primero que nada, ¿Qué tanto buscas en esos libros? Y segundo, ¿Sabes qué es esto? —del bolsillo trasero de su pantalón sacó una figurilla de arcilla, Miles casi escupe el café en su cara pero en lugar de eso, se dirigió hacia él para arrebatársela de las manos.

—¿De dónde sacaste esto, Arnold?

—Dime que es. —Miles lo puso contra la luz de una lámpara y comenzó a evaluar sus detalles. Se trataba de una pequeña figura humana, diez centímetros de alto, asexuada, de cabellos largos ocultos debajo de un complicado tocado, piernas en posición de firmes, manos en aparente rezo, pero no representaba eso porque la izquierda se cerraba en puño y era oculta por la diestra que se encontraba recta.

El antaño profesor universitario, cobró vida y habló a su hijo.

—Si observas detalladamente, —comentó señalando la pieza. —la espalda está dañada de arriba hacia abajo y eso es porque en realidad, se trata de dos. Si es lo que creo que es, uno representa el día, el otro la noche. ¿O también podría ser...?—preguntó a él, mirándolo a los ojos.

—¿La vida y la muerte?—Miles asintió, volviendo a examinar la figura.

—Creo que es una réplica bastante buena, necesitaría instrumentos especiales para darte un estimado de la antigüedad preciso pero de momento, digamos que tiene unos siete o diez años.

—¿Cómo lo sabes? —Miles habría podido apelar a la coloración de la arcilla, los detalles tan minuciosos ya que se veían hasta los dedos de cada mano y las hebras del cabello. Con la antigüedad, las piezas se desgastan y todo eso se va degradando. Esa cantidad de tiempo le parecía factible porque sí, le habían pasado años pero no tenía muestras de polvo o tierra. No fue descubierta en una excavación, ni sacada de algún oscuro y olvidado templo. Se tuvo en un lugar provisto de un ambiente apropiado y fue cuidada hasta que…

—¿Quién te la dio?—preguntó mirando a su hijo, Arnold dudó a sabiendas de haber cometido un desagradable y horrible error.

—Fue un obsequio de Anthea…—casi deja caer la figurilla al escuchar esto ultimo. Su rostro ensombreció y miró la computadora portátil de Helga, como si con eso pudiera encenderla y llamar a Stella. No podía hacerlo y tampoco tenía evidencia suficiente como para perder los estribos y ponerse a gritar como loco.

—No se supone que saques "nada" de San Lorenzo, Arnold.

—Lo sé, pero dijo que ella lo hizo, que era un objeto para la protección de la persona amada. —Miles quiso golpear a su hijo por ser tan ingenuo, pero no era su culpa.

No lo era. (Stella era igual de crédula y ya le estaba hirviendo la sangre para ir a reunirse con ella)

—Escucha lo que voy a decirte con atención Arnold, toma notas si lo crees necesario. —argumentó señalando una libreta y pluma que tenía abandonadas en el sofá cama que hasta ahora, pocas veces había utilizado.

Arnold pasó de ambos objetos, la mirada de su padre era oscura e inquisidora, los movimientos erráticos. Desde que lo conoció, Miles Shortman jamás lo había regañado. Sabía que la figura de autoridad para él, era su abuelo. Y no trató de imponerse sobre ese hecho, que lo hiciera ahora le llamaba la atención por no decir que intimidaba y hacía que se quedara tieso y frío en la misma posición.

—Figuras incompletas y peor aún, réplicas. No sirven, nunca para la protección. La pieza original, si es que existe. Debe estar ubicada en territorio sagrado, jamás debería moverse o romperse. Ellos representan la dualidad que ves refleja en casi toda cultura o civilización. El bien y el mal, cielo e infierno, etc. Los que quieran obtener sus favores, pueden hacerlo a través del rezo o en su defecto, rituales, ofrendas, sacrificios.

Con favores me refiero a lo que bien dices, pedir por la persona amada, salud, victoria, fortuna. Pero insisto, no deberían separarse jamás. Hacerlo rompería el equilibrio, generaría caos porque no pueden existir el uno sin el otro.

Esta pieza, Arnold. Puede significar demasiadas cosas, pero dados los recientes acontecimientos me voy a enfocar en las malas.

—¿Por qué…? —inquirió el menor sin creerlo.

Claro, ¿Por qué iba a creerlo? Él solo era el maldito bastardo que lo dejó solo en el mundo.

—¿Alguna vez la miraste bien? —preguntó sin dejar que lo consumieran sus sentimientos. Esto era serio, peligroso. Puede que hasta evidenciara, una especie de pacto o maldición.

—No…—reconoció su chico. Y al menos eso lo tranquilizó, debió haberla arrumbado en el mismo lugar donde desechaba sus recuerdos de ellos. Donde se pudrían las cosas que le importaban una mierda, pero no era el momento de flagelarse por ser el peor de los padres de manera interna.

Debía ser analítico, prudente.

—Los bordes en la espalda, —explicó. —la zona que se partió están ennegrecidos, color óxido penetrante. Con algunos reactivos te lo diría de manera certera pero de momento, estoy convencido de que se trata de sangre.

Las cosas malas, siempre tienen que ver con sangre. ¿Es tuya?

—No…

—Arnold, has memoria. ¿Cuando te la dio, cortaste tus manos? ¿Hiciste algún pacto?

—¡NO!

—No voy a regañarte, hijo. ¡Intento saber cómo ayudarte!

—¡NO HICE NADA DE LO QUE ESTÁS HABLANDO! —gritó. —Me la dio, dos minutos antes de que ustedes me llevaran a las afueras del campamento, estaba envuelta en una tela, es más ni siquiera la revisé porque cuando dijo que yo era "su persona amada"me sentí horrible por no poder corresponderla.

—¿Has tenido esto, durante cuatro años en tu cuarto?

—Si…

—¿Y nunca pasó algo malo?

—No, jamás la busqué porque esas cosas de San Lorenzo me hacen sentir extraño. Aquí sé lo que soy. Un chico normal, común y corriente, estudiante de escuela, jugador regular de fútbol soccer, ilusionado con chicas que siempre me dan calabazas o como dijo el abuelo, me dejan llorando y con el corazón en la mano.

No soy nada diferente o extraordinario.

—¡Pero lo eres!—le recordó su padre.

—¡Esta es la vida que quiero tener! No, esa…—señaló la figurilla y su padre la dejó en la mesa, enfocándose en él.

—De acuerdo, ¿Por qué la buscaste ahora?

—Pesadillas, he tenido sueños que sospecho están vinculados a los de Helga.

—¿Aún los tiene?

—Papá, te encerraste en ti mismo, cuando te hable de sus pesadillas. ¿Tú sabes lo que está pasando?

—Tengo una idea, pero aún si la digo, no vas a creerla.

—Si pretendes que algún día nos comportemos como verdaderos "padre e hijo" sugiero que dejes de tratarme como un niño.

—Intento, pero no dejas de creer que todo lo que digo es un mito.

—¿Mi nacimiento?

—No sucedió como te dijimos. Nunca estuvimos perdidos, jamás te buscamos, llamamos o escribimos porque siempre supimos que estabas seguro.

—¿¡Qué!?

Miles le contó a Arnold todo lo concerniente a su alumbramiento, agregó también que su madre, no quería que lo supiera. Stella esperaba que la verdad jamás fuera revelada pero él, no lo veía así. Si no le creía podía tomar cualquiera de los ejemplares que de tanto en tanto seguía apilando en aquella esquina del cuarto. Eran diarios que comenzó desde el día que nació. Y no pretendía dárselos, de la misma manera en que él, no pretendía darle la carta a su novia.

Los escribió porque encerraban verdades, miedos, cosas que no quería enfrentar de manera directa, mas sin embargo, estaban pasando.

—¿Nací muerto? —repitió Arnold, cuando su padre terminó el alegato. ¿¡Ese es el gran misterio!? ¿¡Qué a caso estás loco!?

—Antes de que me retires el habla o llames a psiquiatría, piénsalo un poco. Tus abuelos dicen que siempre te has sentido atraído por solucionar la vida o ayudar en sus problemas a los demás.

—Se llama cortesía.

—A veces rayas en la obsesión.

—Si ves la solución a un problema, no puedes permanecer con los brazos cruzados.

—La mayoría de las personas lo hace, tú no.

—Porque soy consciente.

—Porque está en tu naturaleza. Ellos se acercan a ti porque saben que pueden recurrir a ti. Siempre lo has hecho, aún desde pequeño. —Arnold se llevó las manos a la cabeza, desacomodó sus cabellos y después se repitió a sí mismo que en realidad, esto no era tan "distinto" siempre supo que era "milagro" le fastidiaba hasta la médula porque no entendía ¿Dónde estaba el milagro? Ahora lo sabía.

Lloró, regresó a la vida. No obstante, no entendía.

—¿Qué tiene que ver con Helga, las pesadillas y esa maldita figura de arcilla?

—Arnold, tú eres la vida, esa réplica confirma que Anthea es la muerte y lo que estaba buscando en todos esos libros, es justamente lo que acabas de darme.

Una forma en la que ella pudiera dañarte.

—¿Por qué habría de hacerlo? Si lo que dices es cierto, no se supone que debería…—Arnold se quedó sin aliento y buscó asiento en el sofá cama. Si ellos representaban a la vida y la muerte, entonces ¿Deberían amarse? Thea, lastimaba a Helga a través de sus sueños porque ellos no deberían pertenecerse, adorarse, prometerse lo que habían hecho.

—Amarte…—concluyó Miles la oración por él. —Sé que lo hace pues desde que nació la educaron para convertirse en tu amante. Todo este tiempo escuchó lo mismo que de manera discreta te enseñaron tus abuelos a ti. Y antes de que lo preguntes, la respuesta es sí.

Ellos saben todo sobre tu alumbramiento, pero jamás te lo dijeron.

—¿Por qué…?

—Porque estás vivo y para ellos, ese es el milagro. Volviendo a Thea, ella siempre supo que era especial, que tenía un destino, que nació para hacer cosas asombrosas.

—¿Y esas cosas son estas? —inquirió señalando la figura de arcilla. —¿Darme algo para tenerme maldito? ¿Y dónde queda el libre albedrío? Conocí a Helga mucho antes.

—Estaba herida, vulnerable porque sus padres la abandonaron.

—¿Entonces, dices que me siento atraído por ella porque está rota?

—Tú mismo lo dijiste, ella deseó la muerte y tú eres la vida, es lógico suponer…

—¿Que lo que siento por ella, no es amor? —se levantó de nuevo, decisión refleja en el fulgor de sus ojos. —Tienes razón padre, yo mismo lo dije. Sé que es amor. Y si esa figura es la conexión entre Anthea y yo, entonces voy a romperla.

—¡No te atrevas!—prohibió Miles, interponiéndose entre él y la pieza. Arnold lo miró como si estuviera loco, de hecho hace veinte minutos que lo tenía por desquiciado.

—Si la rompes, efectivamente tu conexión con ella terminará y tu madre podría correr riesgo. No sabemos de lo que sea capaz.

—Que sea la muerte, no la convierte en asesina.

—Eso no lo sabes.

—¡¿Y cómo lo sabes, tú?! —preguntó perdiendo los estribos, retando a su padre con puños cerrados, aun a sabiendas de que lo superaba por unos ocho centímetros de altura y quizás quince o veinte kilogramos de pura masa muscular.

—¡Porque sigue latente el preludio a una muerte! Me importa un carajo que no me creas, Antha es la mejor profeta que he conocido en mi vida, predijo tu alumbramiento, dijo que serías especial, que llegarías al mundo para hacer cosas asombrosas y aunque no lo creí en su momento. Te sostuve en mis brazos y te sentí inhalar tu primer aliento. Tu madre y yo sacrificamos todo por ti. Te dejamos para que estuvieras a salvo aquí y no voy a permitir que un impulso, destruya todo ese trabajo.

—¿Cómo…?

—Alguien morirá, una persona cercana a ti. Y si rompes esa "conexión, maldición" o lo que sea, pondrás en peligro a tu madre.

—Bien, no volveré a tocarla pero tampoco voy a permitir que esa persona sea Helga. —dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Su padre lo llamó a gritos.

—¿A dónde vas?

—A disfrutar hasta hartarme de las delicias del autoengaño. Voy a suponer que nada de lo que has dicho es cierto, que no soy la vida, ni Anthea la muerte. Que no hay nada extraordinario o diferente en mi. Voy a tener una cita con mi novia y si al universo no le parece, entonces que sea yo el que se muera.

Salió aireado del salón de lectura, Miles quiso correr detrás de él y propinarle la paliza que al parecer, a gritos pedía. No le pareció buena idea retar al destino, burlarse de los presagios, ni designios pero al menos su hijo, tenía un punto.

Libre albedrío. ¿No se supone que todos estamos aquí para decidir cómo queremos vivir?

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Continuará...


N/A: Por si tenían la duda. Esto es un fanfic, lo que quiere decir que absolutamente todo me lo saco de la manga ya que de profesión, soy Diseñadora Gráfica y no tengo ni pajarera idea sobre medicina, psicología, antropología e historia. Nomas pa aclarar y no me vayan a linchar por dar datos inexactos.

Entre otros asuntos. Al fin, les daré amor a nuestros niños, prepárense para la miel sobre hojuelas en vía directa y sin interrupciones. Solo serán ellos dos contra el mundo.

Besos a los que comentan, en especial a mi querida Eggplant Gypsy Moon, hasta la próxima.