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Comenzaba a ser costumbre, tomar los audífonos de su novia, colocarlos en sus oídos, luego seleccionar la "reproducción aleatoria" en la pantalla táctil del dispositivo y aislarse del mundo.

Él, no era especialmente afecto a escuchar música mientras andaba en la calle, sus abuelos siempre dijeron que si se ponía esas cosas acabaría por quedarse sordo o peor. Era tan distraído que si un automóvil pitaba para sacarlo del camino, no se enteraría de nada y acabaría herido. Para no generar controversia accedió a escuchar lo que quisiera únicamente en casa.

No tenía demasiados álbumes, a decir verdad todos pertenecieron a su padre. Miles, había tenido una madurez rebelde, le gustaba el metal pesado y el rock de finales de los ochenta e inicios de los noventa. Encontró entre sus CD's, cosas que le agradaron como Metallica, Guns N' Roses, Queen y Black Sabbath pero aquí entre nos. Lo que mas le agradaba, era la colección de vinilos de sus abuelos.

Jazz, música suave y romántica. Piezas que solían llevarlo a pensar en escenas a blanco y negro. El lugar en que se cortejaron y que no era otro mas que la biblioteca central del poblado.

Puki, trabajaba ahí y aunque solía mantener una fachada adulta, elegante, intelectual y sofisticada, Phil la conocía de siempre y solía ir a invitarla.

Café negro con una galletita por las mañanas, emparedados de atún con soda para la tarde entrante, en las noches se quedaba cual guardián, apostado en la entrada hasta que escuchaba el firme taconeo de sus zapatillas altas con una cintila que abrazaba sus tobillos de manera coqueta, falda recta pegada tanto a sus muslos como a las caderas, acompañaba el conjunto con uno de esos sacos cortos, adherido a su esbelta figura. Se parecería a Irene Adler, la letal y atractiva mujer que tintaba sus labios de rojo y se metía en prendas tan ajustadas que levantaban su busto provocativamente, pero sin dejar a la vista de Sherlock Holmes, absolutamente nada de piel.

Tenía pretendientes. ¡Sino lo sabía él! Su abuelo gustaba de relatar, cómo le había ganado a todos esos soquetes, como conquistó su corazón con detalles pequeños pero constantes y es que, él la escoltaba e invitaba, pero todo esto sin confesar, una sola palabra.

Miradas, suspiros, roce de manos que juegan a abrazarse y soltarse. Ellos, se enamoraron así, con coquetería y a distancia. La dama, era custodiada por sus hermanos y padre, el caballero tenía doncellas, dispuestas a por él, desmayarse.

Y sin embargo, se unieron.

Lo hicieron al caer la noche y en presencia de ojos curiosos, pues después de la cena que ella invitaba en compensación por las galletas y emparedados, compartían una pieza.

Baile de salón.

Música suave, deliciosa y romántica.

Todas las cosas que por su orgullo u hombría, Phil no se atrevía a decir, las confesaba a través de la música. Una voz gruesa, varonil y aguardientosa, susurrando al oído con total devoción.

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(Prisoner of love)

Solo, de noche a noche me encontrarás,
Demasiado débil para romper las cadenas que me atan.
No necesito grilletes para recordarme que,
Soy prisionero de tu amor.

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Aspiraba a eso. Un amor de encuentros románticos y miradas distantes, notas ocultas para verse en algún lugar, aún si no lo aprobaban sus padres. Nada de palabras, tan solo acciones. Detalles que le hicieran saber a su amada que la veía a ella y a nadie más.

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Cuando estalló la guerra, sus abuelos se separaron y todo lo que Phil no dijo quedó expuesto.

Hubo un beso, cargado de desespero, una promesa de que algún día lo etéreo se volvería terreno. De que volvería para convertirla en su esposa. De que lo esperaría para convertirlo en su amante.

Phil partió con su escuadrón, Gertrude no se quedó con los brazos cruzados, se enlistó a su vez y participó como informante, agente encubierto. Era letrada, astuta y audaz. La grabadora que le prestó a Helga tenía su historia, sus aventuras y misterios.

Sunset Arms, no era en nada parecido a lo que en inicios de los noventas fue. Se trató de una "Casa del Placer" o según el Diario de su padre: "Hotel de Prostitutas" los soldados que llegaban a caer en Hillwood, por azares del destino o porque era el punto intermedio entre dos zonas de vital importancia para el desarrollo de la guerra, invariablemente terminaban ahí.

Su abuela y las chicas obtenían información de primera mano. Ubicaciones, estrategias, nombres. Ni la cuarta parte de ellos hablaban inglés y por eso sus abuelos insistían tanto en la importancia del idioma. Alemán, Francés, Ruso y Japonés, se encontraba entre las lenguas que debía dominar todo Shortman.

Aunque él, apenas si comenzaba a interesarse por las lenguas romances.

Terminada la guerra, hubo que preservar las apariencias otro poco. Recesión económica, presos políticos. Los primeros residentes de la que sería finalmente llamada "Casa de Huéspedes" y del pueblo en general estaban huyendo de todo eso. Hillwood, representó a la vez, una especie de Tierra de Nadie. Demasiado pequeño para llamar la atención y a la vez fuerte, consolidado por personalidades tan férreas, que se unieron entre sí, sin importar si eran negros, judíos, asiáticos, alemanes o americanos.

Quizás, sus abuelos recibieron a Helga porque estaba en su naturaleza, auxiliar a quien no tiene a dónde escapar. Tal vez, le contaron en una de tantas su historia. Su abuela, no se habría resistido a relatar cómo engatusaba soldados con la cadencia de su voz, prominencia de sus curvas y una botella adulterada de ron. Los engañaba a todos. Obviamente, el único con derecho a tocarla fue su abuelo pero él estaba en el otro lado del mundo, enviando cartas de vez en cuando y todas ellas las guardaba hasta hoy.

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Un amor que sobrevivió a la guerra.

Similar al de sus padres, que sobrevivió la ausencia del único hijo que engendraron.

¿Helga y él podrían superar esta disputa entre la vida y la muerte?

¿De verdad, existía una deidad que controlaba su suerte? ¿Él tenía la capacidad de manipular el destino?

No, definitivamente, no.

Él, escuchaba a sus amigos, los confortaba y aconsejaba pero al final. Cada uno hacía lo que le daba la gana. Por ejemplo: Le dijo a Gerald, que era demasiado pronto para cortejar a Phoebe y ¿Qué hizo él? decirle que estaba cansado de salir con chicas que sólo le hacían pensar en la mujer de sus sueños. Y que además, ni vuelto a nacer, sería tan estúpido como él que se conformaba con ser "amigo" de Lila.

"No sé como lo aguantas, viejo. Si yo viera a Phoebe sonreír a cualquiera de esos cerebritos de su clase especial de la manera en que hace Lila con prácticamente todos. Me volvería loco. Es más, ni siquiera voy a permitir que esos chicos piensen que pueden a invitar a mi chica. ¿Lo escuchaste bien, Arnold? Mi chica. En la próxima oportunidad que tenga se lo diré. Pediré su mano"

"Querrás decir, que preguntarás si quiere ser tu novia"

"Eso dije…"

Pero no, su amigo realmente pidió su mano ante la expectante mirada de todos. Lo fabuloso fue que Heyerdahl, le dijo que sí. Se casaría con él.

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Libre albedrío.

Y por eso se iba a aferrar a lo que le gritó a su padre.

Tendrían una cita, en mitad de la nada, el exilio o quizás correría con Helga hasta el fin del mundo para que nadie los juzgara, amenazara o interrumpiera.

Después, que suceda lo que el destino quiera que sea.

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Llegó al hospital, escuchando precisamente una pieza de Jazz. Helga apreciaba todo tipo de música, de lo clásico a sonidos tan estruendosos que no le quedó la menor duda del por qué esa lista de reproducción se llamaba "CÁLLATE, BOB" las puertas corredizas se abrieron, el aire acondicionado le removió algunos cabellos de la frente, la encargada de recepción, ni se molestó en preguntar.

Sabía quien era y a lo que venía.

—La señorita Pataki, está en geriatría.

—¿Perdón?—preguntó él quitándose los audífonos. Despidiendo las notas finales de Cry me a river.

—Geriatría, tuvimos una "baja" hace unos minutos y tu amiga, está con la viuda.

—Oh...

—Duncan Allaneu, ¿Lo recuerdas? era muy amigo de…

—Mi abuela.

Se apresuró por los corredores hasta llegar al área indicada. Olga lo recibió sumamente alterada. Sus padres estaban en casa, explicó que ella cuidaba a su hermanita bebé por las mañanas y ellos en las noches pero se le hizo un poco tarde este día. De lo que escuchó, Helga estaba dando un paseo por los jardines en compañía de la Señora Allaneu cuando el corazón de Duncan colapso. Caroline, (su esposa) seguía llorando, no había querido separarse de él y como todos tenían prisa por retirarlo de la cama y seguir con los procedimientos legales, Helga montó en cólera y les exigió ser un poco más humanos.

Los sacó a trompicones de la habitación y se acercó a la pobre mujer que sollozaba entre espasmos a la vez que comentaba, cómo fue que lo conoció.

—Era un amante maravilloso, un bailarín estupendo. Si pudiera pedir un ultimo deseo, ese sería escuchar nuestra canción de nuevo.

—¿Qué canción…?—preguntó la rubia, ayudando a la buena mujer de color a separarse del cuerpo frío y rígido de su señor. Los ojos cerrados gracias a Dios por el personal médico pero en general se veía bastante maltrecho, tubos por todos lados, moretones, parches. A ella le pareció sumamente cruel que aquella fuera la ultima imagen que se llevara de él, pero cuando la miró a los ojos se convenció de que no era eso lo que Caroline veía en él.

"You belong to me"

La viuda pensaba en el día que se conocieron, su aniversario o quizás, cuando se reencontraron después de la guerra y al igual que Phil y Gertrude, se comprometieron.

Había amor en esos cansados ojos, incontables historias y todo eso la confortó.

—Por favor, permíteme…—solicitó Eugene, quien al ver a su amiga en medio de tremendo caos, no resistió el impulso de meterse en el cuarto por si podía ayudar.

Tomó a la mujer de la cintura (ya que Helga apenas si podía con el cabestrillo) Caroline se acomodó contra él, rodeándolo de igual manera y sollozando en su hombro otro poco. Los enfermeros quisieron entrar a concluir su labor pero el Terror Pataki les lanzó una mirada que quería decir "un paso más y los mato"

Como en la escuela inhaló profundo, miró a su novio sorprendida de que estuviera ahí pero no lo demostró. Tan solo hizo salir su voz. El viejo tema de Jo Stafford, resonó en el interior del cuarto con parsimonia y encanto.

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Ver las pirámides a lo largo del Nilo,
contemplar el amanecer en una isla tropical.

Sólo recuerda, querida.
Todo el tiempo, tú me perteneces a mi.

Ver el mercado en los viejos Argel,
enviarte fotografías y recuerdos.
Sólo recuerda, cuando llega el sueño,
Tú me perteneces a mi.

Estaré tan solo sin ti,
Tal vez, tu te sientas solitaria y triste también.
Vuelo por el océano en un avión de plata,
mirando la selva cuando cae la lluvia.

Sólo recuerda, cuando regrese a casa.
Tú me perteneces a mi.

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La ultima frase la pronunció para Arnold, ninguno de los dos había dejado de mirarse o de acercarse en todo este rato.

Él caminaba hacia ella y la delicada mujer dedicaba cada sonido de sus labios a él. El cuadro habría resultado hermoso, de no ser porque de pronto Eugene (que había bailado la pieza, en compañía de Caroline) se sintió mal.

Personal médico volvió a la acción, pasando de ellos o mejor fuera dicho, solicitando que volvieran a su habitación. Helga se preocupó por el pelirrojo pero éste le restó importancia a su condición.

El conocido "estoy bien" escapó de sus labios, Arnold sintió que lo decía en serio y se acercó a su novia, ignorando con descaro a la otra.

Olga se había atragantado demasiados gritos en un periodo bastante reducido de tiempo. Sabía que su hermanita menor era demasiado impulsiva y desmedida en sus pasiones, pero que cantara como toda una profesional y demostrara sus sentimientos por Armand de una manera tan liberal. ¡No lo habría imaginado o concebido, jamás! lamentablemente, no pudo opinar porque la Señora Allaneu, se acercó a ella y pregunto si sería tan amable de acompañarla a recepción y auxiliarla con todo el papeleo que debería llenar por la defunción.

Ella y su marido no tuvieron hijos, después de la guerra consideraron demasiado cruel traer niños al mundo.

—Será un gusto ayudarla, sólo…—Olga buscó a la menor (que no la miraba) y en su defecto encontró la mirada segura y afable de Armand.

—Puedes ir sin cuidado, yo me ocuparé de Helga. De hecho, si no te molesta quisiera invitarla a salir tan pronto le den el alta, por el resto del día…—las mejillas de su hermanita bebé, se colorearon encantadoramente. Ella tenía que admitir que hacían una pareja preciosa, pero aún así…

—¡Oh, Arnold! —saludó Caroline, interrumpiendo su charla.

—Lamento mucho su pérdida. —comentó él, sin soltar a su novia pero bajando el rostro con la debida ceremonia.

—No sabía que salías con este encantador ruiseñor. —Helga volvió a ruborizarse, Arnold no la miró pero lo supo, ya que sintió en aumento los latidos de su corazón.

—Es lo que intento.—confesó tramposo y directo.

—Pues claro que pueden salir por el resto del día. Una vida se acaba pero la suya apenas comienza, cuando caiga la noche háganme un favor y vayan al "Anemone"

—¿El qué…?—preguntaron en coro.

—Ah, está en el barrio francés. Duncan y yo llegamos de Francia, hace sesenta o setenta años, no lo recuerdo bien. Fundamos el barrio junto con otras familias. El Anemone está ahí, opacado por el Chez Paris y todas esas cosas elegantes y pomposas que llegaron después pero les garantizo que les gustará. A eso de las diez de la noche comienza lo bueno. Para que se animen, les diré que hay un retrato de tus abuelos en ese establecimiento.

—¿Es en serio?—inquirió el rubio con ojos enormes y curiosos.

—¿A caso dudas de la palabra de una viuda?

—¡Por supuesto que no! —aseguró de inmediato. Como todo un caballero que quizás haya faltado al respeto. Helga soltó una carcajada, Caroline les dijo que vistieran de etiqueta, además de advertir a Arnold que no dijera una palabra a Gertrude sobre Duncan.

—Se lo diré yo misma, esta tarde si me es posible.

—Nuestras puertas siempre estarán abiertas para usted.

—Y lo mismo va para ustedes. —estrecharon manos como despedida pero Olga aún tenía sus reservas.

—E…esperen, es que yo quería…—comentó a media voz aferrándose al recuerdo de quien la miró sin recelo, ni excesivo afecto.

—Lo que yo quería cuando tenías mi edad.—soltó Helga, algo venenosa. —"Un momento de hermanas" pero entonces estabas ocupada, saliendo con chicos, viviendo tu vida. Ahora, yo quiero vivir la mía.

—Pero es que mamá y papá, planearon una cena…

—¿Para decirme que se van?—interrumpió aireada. El rostro de Olga palideció pero aún así asintió.

—Ya lo suponía. A las seis de la mañana en punto huyeron despavoridos, normalmente esperan a que llegues pero hoy tenían demasiada prisa por levantar la puesta en escena. Final de la tregua. Sus vidas comenzaron de nuevo, sin mi. Y nunca fui suficiente aliciente para que se quedaran.

—Te dejarán la casa...—concilió algo mortificada.

—¿Y eso de qué me sirve?—reclamó, soltando a Arnold y apuntando a su hermana con el dedo índice. —¿Lo hacen por mi o para tener dónde esconderse cuando la felicidad excesiva les explote en la cara? —Olga no supo que responder a eso. Helga bufó furiosa y volvió a cruzar los brazos a la altura del pecho.

—¿Cuando se van?—preguntó sintiendo que estaba a punto de perder los pocos estribos que le quedaban.

—Mi vuelo y el de mamá salen de la Ciudad vecina a las diez de la noche, papá y Marion se irán por carretera tan pronto termine la cena. —Arnold observó como los colores se iban del rostro de su encantadora novia, además de la fuerza con que parecía contenerse para no destrozar a golpes a su hermana.

—¿A las seis de la tarde, te parece bien?—intervino él para zanjar el asunto. Helga lo miró como si estuviera loco. ¡No iban a cenar con ellos! ¡No lo merecían! Ni si quiera se quedaban hasta el día de su cumpleaños. Y aunque él lo entendía de manera sincera, le pidió que mirara a la señora Allaneu que ya estaba llenando formatos con una de las asistentes médicas.

Supuso que a pesar de las peleas y los momentos duros, Caroline apreciaría una última cena con su marido y accedió.

—De acuerdo, pero a la primer provocación nos vamos.

Olga sonrió satisfecha.

En realidad, quería hacer las paces con ella para sentirse mejor consigo misma, pero luego de escucharla y verla. Era obvio que no sucedería. Helga maduró sola y seguiría adelante de la misma manera. Lo que era un decir, porque su padre ya había expresado lo mucho que detestaba a ese muchacho entrometido que tenía por novio. Era un pesado, muy metido, además de pervertido, pero aquí estaba él. Todo preocupación y modales, tomando únicamente su mano y pidiendo permiso para pasar con ella el rato.

Sintió una pizca de celos, quizás envidia pero lo que fuera se lo tragó. Ya que no era ni la mitad de fuerte que su hermanita menor. Jamás tuvo el valor para enfrentar a sus padres y decirles que se separaran porque era evidente que prolongar ese matrimonio los terminaría matando. Se escondió tras una máscara de vanidad, se enfrascó en sus estudios y se obligó a sí misma a ser siempre la mejor, ya que según su teoría.

Tener "algo" de qué presumir, haría que su familia valiera la pena.

"Una mierda. Eso es lo que vale esta familia"

Escuchó en su cabeza la voz de la pequeña Helga. ¿Cuantos años tendría cuando endureció su corazón y aprendió a defenderse del mundo con uñas y dientes? ¿Seis? Cuando la dejó llorando en la puerta de su casa antes de irse a la preparatoria ¿O, nueve? Cuando la dejó gritando y suplicando, que por amor a todo lo sagrado. ¡No la dejara sola con ellos! pero aún así se fue, e ingresó a la Universidad más lejana que sus padres pudieron pagar.

Esos gritos de desesperación y dolo se repetían ahora. Un eco del pasado pero en tiempo actual ya que era ella, la que quería rogar.

No me dejes por favor, Helga...

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Anduvieron de vuelta por el pasillo que daba acceso a las habitaciones y como sucediera en recepción a ambos les permitieron el paso sin mostrar identificación. Helga, solo esperaba que le dieran sus documentos: historial médico, carnet y por supuesto, que le retiraran el maldito cabestrillo. Esa condenada cosa no le servía de nada, ya que lo que tenía enyesado era de las falanges proximales a los carpianos, es decir que parecía llevar un guante blanco de esos que dejan libres los dedos. La insistencia en inmovilizar su brazo vino de Reba Heyerdahl. La madre de Phoebe sabía que era propensa a los movimientos bruscos y mientras estuviera en el hospital, prefería asegurarse de que no hiciera nada que la pusiera en riesgo.

En el momento que Arnold cerró la puerta por detrás de sí, la locura de la rubia lo asaltó de lleno, los dedos de su mano izquierda se apoderaron de su rostro, sus labios de los propios, él la abrazó con fuerza contra su pecho y devoró su boca devolviendo el beso.

—WOW, si esta era la bienvenida, debí faltar a la escuela todos los días.

—Tonto. —sus mejillas se incendiaron. Era la tercera vez en lo que llevaban del día y honestamente, le encantó que sucediera.

—No sabía que cantabas o que eras capaz de poner a raya a todo el personal de un hospital. —comentó mirando a la rubia. Se había sentado en la cama perfectamente tendida y con una maleta deportiva a los pies. Las flores de Alan ya no estaban, ni los globos de Brainy o el peluche horroroso que le dio Lorenzo. Lo único que hablaba de su conexión con alguien en este mundo, era el juego de placas que le obsequió, mismo con el que jugaba ahora, repasando el grabado con las yemas de sus dedos.

Arnold P. Shortman / Helga G. Pataki

—Hay mucho que no sabes de mi, Arnoldo…

El juego entre la vida y la muerte continuaba sobre la mesa. ¿Este era el precio? ¿La persona cercana a él? Porque recordaba a Duncan y Caroline de sus años de infancia. Solían pasar mucho tiempo en Sunset Arms conversando con sus abuelos. Juegos de cartas, dominó, ajedrez. Luego lo mandaban a su cuarto y ponían los vinilos, la música suave que solía ayudarlo a dormir se extendía por el aire junto con el aroma dulzón del licor y el amargo del tabaco. Los zapatos de ambas parejas deslizándose por el piso, palabras de amor pronunciadas por cantantes extraños.

Dearest love.

—Lo que hiciste por los Allaneu fue realmente asombroso...—reconoció admirándola de cabeza a pies. Jeans ajustados, zapatos deportivos, camisa de cuello redondo, blanca con rojo tipo béisbol.

—Creo, que solo los solitarios comprendemos la profundidad del amor. ¿Qué será de ella, Arnold? No tuvieron hijos, se tenían únicamente el uno al otro.

—Quedarán sus recuerdos.

—¿Y si no es suficiente?

—Siempre estará la promesa de unirse de nuevo.

—¿En la muerte?

—La vida, después de la muerte

—¿Resurrección…?—preguntó mirándolo a los ojos. Él asintió con total convicción y se acercó a ella sin resistir por más tiempo el impulso de besarla hasta recostarla sobre la cama. Helga se dejó hacer, suspirando entre cada uno de sus besos y es que él comenzó en la boca pero continuó por el cuello y los hombros de su Amazona.

¿Y si todas las interpretaciones estaban mal? ¿Si la vida, no le daba obsequios a la muerte por lo mucho que la amaba, sino que eran ellos a los que amaba? Vidas, en espera de renacer. Reconocerse, reencontrarse.

¿A caso Helga y él, no pudieron amarse en mas de una vida? ¿No explicaría eso, la conexión que los unía? ¿Él cómo sabía besarla, tocarla? Un jadeo entrecortado de parte de la mujer cuando se atrevió a meter las manos por debajo de su camisa y presionó por encima de su sostén le hizo saber que vaya que sabía tocarla. Se perdió por un instante en la imagen que ofrecía, la coloración de su rostro, los labios hinchados, los ojos que irradiaban amor, justo como en el sueño.

—No pares...—ordenó la rubia con apenas un hilo de voz. Él no pensaba hacerlo, tan solo quería quitarle el cabestrillo porque el poco movimiento por parte de ella, le hacía sentir una especie de abusador repulsivo.

—Solo quiero quitarte esto...—Helga asintió, aceptando la mano que le ofrecía para incorporarse y permitir que soltara el amarre del cabestrillo que pasaba por detrás de su cuerpo.

Estaban en eso, intercambiando caricias y besos, mirándose como a lo más bello, liberando su brazo para que pudiera ceñirse con el a la espalda baja de su novio cuando la puerta se abrió de pronto y Arnold se arrojó sobre ella, como si la hubiera desnudado (cosa que no hizo) y no quisiera que nadie la viera.

—¿Hel…? ¡PERO QUÉ PUTO ASCO! —gritó Eugene, cerrando la puerta con cerrojo.

—¡SAL DE AQUÍ, ESCÁNDALOSO! —gritó la Amazona, quitándose a su novio de encima y mirando al degenerado mirón, como si aquellos fueran sus últimos minutos sobre la Tierra.

—No voy a salir y por Dios, cariño. ¡Están en un hospital!

—¿Cariño? —preguntó Helga, luego de incorporarse y medio acomodar su ropa. Eugene la miró divertido, indicando con sus dedos índices las partes de ropa que continuaban fueran de sitio. Arnold se quedó en el piso, al otro lado de la cama, supusieron los dos (y con éxito) que necesitaba tranquilizar sus ansias, antes de poder ser visto.

—¡Si, te llamé cariño! ¿Sabes por qué? ¡Acabo de recordar que soy más gay que el helado napolitano! y en lugar de celebrarlo, tú estás aquí profanando la cama de un hospital. ¿Eres consciente de que hay niños que podrían necesitar esa cama?

—Lo soy.—refunfuñó molesta. —¡Espera! ¿Acabas de decir que lo recuerdas, todo?

—¡Si! Cada momento, evento, suceso y creo que tengo un problema con Sheena

—¿Tu nueva novia, Sheena? —le recordó con sorna.

—Al menos, me cuidó más que tú. —respondió con recelo.

—¡Yo estaba…!

Permitiendo que te arrancara la ropa ese tremendo pedazo de semental…—comentó Eugene, sin voz. Helga leyó sus labios a la perfección y lo siguiente que dijo, lo gritó.

—¡ALÉJA TU SUCIA MENTE DE ÉL!

—¿Por qué? si antes, ni te quejabas.

—Porque estaba con Lila, pero ahora es mío.

Quiero detalles sucios… —articuló de nuevo, sin voz.

—¡JAMÁS!

—Diré que los atrapé en el acto a todos en la escuela, lo haré ahora mismo. Sigo en el chat grupal de Gerald.

—¡Dios! ¿Recordaste todo, excepto dónde tienes el freno?

—Espero que no. Hay números telefónicos que parecen interesantes en mi celular.

—¡Eugene! —reprendió alarmada y un poco colérica.

—Es broma cariño, el celular lo tiene mi madre. Y aunque me siento como Elsa de Frozen, no puedo cantar por los pasillos "libre soy" porque presiento que rompería el corazón de Sheena.

—Creí que comenzabas a sentir algo por ella y que por eso la invitaste el fin de semana romántico.

—Sobre eso, tú necesitas oír mis detalles sucios.

—¡DIME QUE NO TE ATREVISTE!

—¡Por supuesto que no! Estoy diciendo que SOY GAY, hizo la bandera, amo el teatro, folclore, la danza sensual y erótica como Billy Eliot, sólo que mis padres contrario de él, no me sacarán de la familia, sino del planeta.

—Recuerdo eso, te prenderían fuego y arrojarían los desechos a un canal de desagüe antes de permitir que pierdas el poco respeto que te queda por la parte de atrás.

—¡Es cruel! Y verdadero…—concedió en un diminuto puchero.

—Aún así, ¡Te prohíbo jugar con Sheena o con cualquier otra chica!

—¡No lo haré! por eso estoy desvelando mis secretitos delante de tu ardiente novio. —Helga lo fulminó con los ojos. Eugene sonrió, retomando su conversación.

—El punto es, que cuando fuimos a cenar después del cine, se lo dije todo.

Si me gusta, indudablemente siento una atracción emocional por ella. (Contrario de lo que siento por ti, que eres como mi alma gemela de todas las cosas artísticas, sucias y divertidas) pero no creo que ese sentimiento logre evolucionar hasta convertirse en amor.

Lloró, me disculpé. Antes de que me golpees con el yeso, diré que no cometí la barbaridad de decir "si pudiera obligarme a amarte, lo haría" sólo le dije que la quería y respetaba lo suficiente como para hacerle saber que pierde su tiempo conmigo. ¿Y sabes que hizo? ¡Me besó! ¿Puedes creerlo? Tímido, húmedo, cálido. Beso salado, si sabes a lo que me refiero.

—Lo sé…—comentó en referencia a la vez que besó a Arnold para que olvidara a la chica de la playa.

—Luego insistió en persuadirme, en seguir saliendo como amigos. No le importa que sea, bisexual. Pero justo ahora, después de ver mi vida entera correr delante de mis ojos, creo que soy mas gay que hetero. Sé que puedo salir con chicas, (tú eres la prueba de eso) besarlas en la mano, cortejarlas como un caballero pero llegar a un ambiente tan íntimo como ustedes, me temo que me da asquito…

—¿Sigues siendo virgen, cierto?—preguntó la rubia.

—Si, a menos que me dejaras inconsciente y a solas con Sheena. ¿¡No lo hiciste, cierto!?—gritó paniqueado cubriendo su rostro con las manos.

—¿En que idioma te explico que a las dos horas de tu K.O, fue mi K.O?

—¡Es cierto, gracias! —el pelirrojo saltó de su lugar y se abrazó a ella.

—¡SUÉLTAME! —lo empujó.

—¡NO! ME DEBES ESTA CHARLA. —insistió tomándola por los brazos y comenzando a zarandearla ¡Al diablo su puño herido! —He querido hablar contigo desde ese día, pero despareciste ¡Y AHORA TENGO NOVIA! Una que ha sido dulce y devota para conmigo, a la que mis padres adoran y tengo miedo de herirla en lo más profundo de la palabra.

—Quizás, solo te asusta intimar con ella porque tus fantasías desde niño han sido con bomberos musculosos y sexys. —comentó Arnold, uniéndose por fin a la conversa.

—¿Y entonces me quedo a su lado y nos condeno al celibato?—preguntó nervioso. Soltando a Pataki y mirando a Arnold.

—Creo que deberías volver a hablar con ella, regresar a donde estaban.

—Eso sería con Sheena permitiéndome salir con otros, siempre y cuando regrese con ella.

—Dime que no lo hiciste…—comentó Helga impresionada. Ella no podría hacerlo, ver a Arnold con otras siempre y cuando volviera. La mataría de celos e intriga.

Sheena era muy fuerte o le faltaba demasiada autoestima.

—¡NO! —confesó. —Todo esto sucedió el fin de semana romántico y quería tu consejo para saber como actuar pero después de ese evento, te volviste más inaccesible que mis padres cuando intento hablar de sexo o más específicamente, de cómo me interesa tener sexo.

—Lo lamento.

—Yo, no. Hacen bonita pareja y además sé que es amor verdadero. —ambos rubios se ruborizaron donde estaban. —¿Quieren saber cómo lo sé? —preguntó filoso. Los chicos asintieron, sin dejar de mirarlo a los ojos, Eugene sonrió con coquetería, taimado y muy pero que muy peligroso.

—Te he escuchado cantar antes, corazón. Pero jamás con tanto sentimiento, su pasión desbordante me devolvió la memoria. Mi amor.

—¿Por los hombres?—preguntaron los dos.

—¡El teatro! Seguiré su consejo, hablaré con Sheena. Mi madre está abajo, ya me dieron el alta y creo que la enfermera neurótica va a dártela a ti.

—Esa mujer me odia.

—Tal vez por eso prefiere lavar cómodos antes que venir a verte. Sigan con lo que hacían, pero por favor ¡Piensen en los niños!

—¡NO ESTÁBAMOS HACIENDO NIÑOS!—gritaron a una sola voz.

—No les creo. Ultimo favor antes de irme y no diré nada de lo que he visto con mis hermosos y castos ojos. Necesito mi amnesia hasta que me extiendan la prórroga y pueda presentar los exámenes finales. ¿Pueden conservar el secreto?

—¿Les dirás que nos viste como conejos?—inquirió la rubia.

—Ni siquiera estuve aquí. Lo que es una lástima porque cierto trasero gustaría de aparecer en mis noches de desvelo.

—¡EUGENE!—Helga le arrojó una almohada, el pelirrojo se escapó por los pelos a la vez que Arnold sentía un sudor helado recorrerle la nuca y desaparecer en los pies.

—¿Él, tiene fantasías conmigo?

—Tal vez, motivé algunas...

—¡HELGA!—gritó furioso, levantándose de dónde estaba y yendo hacia ella.

—¿¡Qué!? No controlo lo que sale de mi boca cuando llega a cierto nivel el alcohol. Y Phoebe ya no me escuchaba, los chicos se vomitaban cuando empezaba con...Arnold...

—Pagarás por esto.

—¿Sí, cómo?

Levantó el rostro retadora y ella aún no lo sabía pero tenía la marca de sus labios al rededor del cuello. ¿Si no los hubieran interrumpido, se las habría dejado en otro sitio?

Dios, claro que sí.

De alguna manera, la Guerrera Amazona intuyó lo que hacía. Sabía que se vanagloriaba de su fechoría y colocó sus mechones de cabello suelto alrededor de su cuello. (Primero los dedos de Jake, ahora sus besos) ¿Lo hizo en un acto de pasión o en uno premeditado para remarcar que era suya y de nadie más?

No lo sabía, pero su novia comenzaba a ponerse algo intensa.

—¿Lograste dormir, anoche?—preguntó para relajar el ambiente, pero no tenía idea de lo oscuros que se habían puesto los demonios internos de Helga.

—Tengo un nuevo problema con eso…—refirió acomodando sus piernas en posición de loto. Arnold, se acomodó también de frente a ella para poder observarla a los ojos.

—¿Y qué es…?

—Tú…—los ojos de la rubia lo observaron con poderío. Toda ella irradiaba fuerza. Una energía que honestamente, le pareció completamente "Helga"

—¿Yo…?—inquirió, como en los viejos tiempos. Cuando ella lo culpaba por cosas que se inventaba: estar respirando, bloqueando el paso, tener una cabeza anormal y absolutamente desproporcionada.

Su novia asintió, sonriendo de lado.

El gesto bravucón y desalmado de cuando lo tomaba por las solapas de su camisa y colocaba de espaldas contra el casillero por la simple razón de que "existía" y eso la irritaba o enloquecía. Gerald por atrás estaría rolando los ojos, Phoebe intentando mimetizarse con la pared, Sid llamando la atención de todos, Curly abriendo las apuestas, Rhonda remarcando que Helga era una loca. Harold, Brainy o Eugene agradecerían que no fuera ellos, los que estuvieran por ser golpeados.

Pero él…

A últimos años de infancia e intimidación, transformaba el gesto de sorpresa y molestia en uno de burla. Porque no creía que fuera a golpearlo. ¡Jamás lo había golpeado! Solo amenazado, zarandeado y ensuciado. Así que le sonreía con descaro, la retaba con la mirada y eso era algo que sucedía en su propio Universo porque sabía que él, era el límite. Lo descubrió, junto a los matices de su alma noble y el corazón sensible de la niña que dijo estar enamorada de él.

Y es que, aunque ya no lo estuviera, el primer amor jamás se olvida y esa era su mejor estrategia para detenerla.

Le sonrió de nuevo. Helga ya estaba prácticamente encima de él, cerró la mano izquierda sobre su cuello, tomando el relicario que desde hace una semana se había convertido en tradición. Tiró de la pieza dorada como si se tratara de una correa y lo atrajo a su rostro. Sintió su aliento cosquilleando en la piel, compitiendo contra el propio, olor a flores inundó sus fosas nasales y también advirtió como ella disfrutaba de su loción. Enviaría cartas de agradecimiento a Giorgio Armani por controlar los impulsos asesinos de su mujer, eso claro.

Si es que sobrevivía.

—Con todo lo que mencionó Eugene, debes saber que no logro borrar de mi mente, la idea de que estuviste con otra…—acusó cerrando el agarre de su mano, justo sobre su cuello.

—¿Y he venido a entregarme, voluntariamente?—preguntó, porque adoraba a esa maldita loca. Dejaría que lo golpeara, lo matara, que hiciera con él lo que le viniera en gana.

—Te conozco, Arnold.—continuó amenazando, furiosa de que la tomara a la ligera.

—¿Y siempre he sido infiel?

—Siempre has sido crédulo.

—No entiendo tu punto. —Helga presionó mas fuerte, lastimando su cuello. Explicando que en los escasos minutos que soñó. La inmensa hoguera había desaparecido y fue reemplazada por una escena erótica.

Ella despertaba en medio de aquella aterradora nada y sonidos amatorios llegaban a sus oídos. Una pareja estaba en algún sitio inflamando su pasión y no es que fuera especialmente morbosa pero había algo en el aire y en su corazón que le ordenaba dirigirse hacia ahí y observar. Pies desnudos, su cuerpo enfundado en aquellas prendas ligeras que distaban mucho de lo que usaba en la vida real. El cabello suelto, su rostro desde ya, impregnado de llanto.

Avanzaba sobre piedra y tierra hasta alcanzar una tienda de lona, frente a ésta ardía una hoguera, los sonidos del interior eran mucho más intensos ahora, reales, sofocantes. Estaban por llegar al clímax y ella quería largarse de ahí pero el viento bramaba en aquella lengua muerta que lo hiciera, las ramas de los árboles la empujaban cortando su carne, su corazón palpitaba al máximo y al final cedía y los veía.

Era él y estaba encima de…

Ni siquiera podía pronunciarlo.

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Dejó de ejercer presión y terminó por arrojarse a su pecho, golpearlo con el puño cerrado y sollozar.

—Sólo dime quien es y como fue que te convenció. La asesinaré, te castraré y quedamos a mano. —él no vaciló ni un segundo. No hubo dudas en su corazón como en la noche anterior, la abrazó con fuerza, recibiendo y resistiendo más golpes, sintiéndola temblar de pies a cabeza.

—De acuerdo, pero tendrás que esforzarte mucho porque es más de una…

—¿¡Qué…!?—los ojos de Helga lucían verdaderamente hermosos mancillados por el llanto. Dulce, vulnerable, trágica. Claro que era bella la mujer rota, pero él se enamoró de la otra.

La que cantó con el corazón, lo besó al entrar en esa habitación y amenazó con castrarlo. La que pretendía despertar, presionando en los lugares adecuados.

—El lunes por la noche, se coló por mi ventana Eleanor, vestida únicamente con la camiseta de fútbol soccer pero no te alarmes, sé que esa prenda es tuya. No la usó demasiado, tenía urgencia por entrar en mi cama, arrebatarme las ropas. Supongo que puedes obviar el resto.

El martes, se metió en la ducha conmigoCecile, sus cabellos ondulados quedaron lisos con el agua, ocultando los lugares que yo quería observar pero después de un rato, me concentraba más en sentir, que en observar.

El miércoles, se trató de Juliette y comencé a convencerme de que tengo una obsesión un poco insana por las francesas. Lo hicimos en la mesa de la cocina, así que yo dudaría sobre volver a poner cualquier cosa ahí, sin usar servilleta.

Anoche, mi amor. Antes de que llamaras, estaba con Geraldine, ella es tan parecida a ti, que hasta podría pasar por tu hermana gemela. Me besó de la exacta manera en que hiciste hace un rato. Tan pronto como sucedió comenzamos a arrancarnos la ropa en pos de llegar a mi alcoba pero la extrañaba tanto, la deseaba tanto que nos desplomamos en la alfombra a los pies de la escalera principal y no supimos nada más.

Hoy, es tu turno.

Los viernes, como prometí. Son todos tuyos.

—Arnold…—la rubia lo miró a los ojos, el llanto se había detenido. Sus mejillas por el contrario, permanecían inflamadas pero él no sabría decir, si por bochorno o algo mas pernicioso. La besó con premura y sin decoro, la fue recostando de a poco rodeándola con su cuerpo, atrapándola bajo sus piernas y la mujer que tanto amaba se dejó hacer.

—Iremos a donde quieras, haremos lo que tú mandes. Si para convencerte de que soy esclavo de tu piel, necesitas que me quite la ropa y modele para ti, lo haré. Pero no quiero que toques ningún dispositivo electrónico mientras sucede. No voy a arriesgarme a encontrar fotografías mías en internet.

—Cobarde.

—Ambiciosa. Lo que sea que hayas visto es un sueño, no es real, no nos puede lastimar, sin embargo…—Helga, ya no quiso escuchar más. Terminó por besarlo, tirando de su espalda con desespero, invirtiendo la posición de sus cuerpos y es que después de ese sueño y de saber lo que él veía en sus sueños. Decidió que ella estaría arriba. Siempre lo haría, él era suyo, su hombre, su novio, su presa.

Shortman no mostró objeción alguna, por el contrario parecía encantado de estar entre los muslos de su Amazona, Helga mordió su labio inferior al concluir el siguiente beso, comenzó a desabotonar su camisa pero no pudieron llegar a más porque la enfermera neurótica, abrió la puerta y prolongó su agonía.

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Olga, tuvo que dar la cara por ambos. Disculparse por sus arrebatos y prometer que los tendría vigilados. Lo que a Helga le pareció más divertido fue que les obsequiaron tiras y tiras de condones, tanto masculinos como femeninos, la píldora (de momento) estaba descartada porque estuvo tomando pastillas para dormir y podría tener consecuencias como alucinaciones o un choque epiléptico.

También podrían aprovechar su estadía en el hospital y ponerle el DIU (Dispositivo Intra Uterino) pero la rubia argumentó que ELLA era la hija del DIU, tenía una cicatriz en la frente, nació junto con esa endemoniada cosa que se le movió de lugar a su madre y los demás detalles de eso hicieron que a Arnold le dieran ganas de vomitar. Olga era la hija de la pastilla anticonceptiva y su novio, indudablemente era el hijo de las hormonas.

Ninguno fue planeado y seguramente, sus hijos tampoco serían planeados. Pero gracias por preocuparse. Se llevaban los condones y con suerte volverían por más.

—Los sábados obsequiamos pruebas de embarazo. —comentó con saña la enfermera neurótica.

—¿Y tengo que dejar el condón húmedo a cambio?

—¡HELGA! —gritaron Arnold y Olga.

—Ya te veré gritando en la sala de partos.—amenazó la enfermera.

—Y yo la veré suplicando por un mejor salario…—los dos rubios, la tomaron por la fuerza y comenzaron a arrastrarla hasta la puerta. Una vez en el exterior, Olga tenía más regaños revoloteando en su cabeza pero se los tragó cuando vio a los adolescentes empujarse e insultarse.

—Eso no fue amable. —remarcó Arnold.

—Que te corten la inspiración, tampoco fue amable.

—Estábamos en un…

—¡Hospital, ya lo sé! Pero en mi defensa…—el rostro de su hermanita bebé volvió al tono carmesí y además de eso, tenía los labios hinchados de tanto besar. Los cabellos revueltos, el cuello enrojecido por marcas de besos pero nada obsceno o que tardara más de unas horas en desaparecer. Las ropas…¡Dios!…por eso su padre acusó a Armand de ser un pervertido, pero según la enfermera, era su hermana la que estaba encima de él.

¿A quien iba a creerle?

—¿Tienes defensa?—insistió el chico. —Porque creo recordar quién de los dos empezó.

—Tú metiste a "la cama" en esto, dos veces.

—La tercera fuiste tú y esa fue la última.

—¡AHHHHHHHH! —Olga gritó lo más fuerte que pudo, llamando la atención de transeúntes y colocándose entre los dos.

—¿Y a ti qué te pasa? —reclamó Helga, mirando a su hermana que tenía un divertido tic nervioso en la ceja diestra.

—¡Ustedes! No pueden, no pueden…—hiperventilo y contrario de sus deseos, Helga se acercó a ella para tranquilizarla y remarcar la idea.

—¿Bromear con el sexo?

—¡TENER SEXO! —y los transeúntes curiosos, huyeron despavoridos ante la palabra con "S" —Hermanita, tú no sabes…

—Sí, lo sé. —cortó el discurso, determinante.

—¿Lo sabes?

—Desde hace mucho.

—¿Qué es lo que sabes?—preguntó Arnold, curioso.

—Miriam tenía mi edad cuando se embarazó de ella, no entró a la Universidad, adiós sueños profesionales, amor propio, seguridad financiera, esperanza, todo.

—Oh…

—Si, Arnoldo, oh. Ahora cierra la boca y vámonos.

—Pero hermana…—rogó Olga con los ojos inundados de llanto.

—¿¡Qué!? ¡Maldición contigo, mujer! Sé que no me conoces en lo más mínimo, pero por lo menos usa tu sentido común. No soy idiota y aún si lo fuera, él no lo es. Ambos estamos seguros de lo que queremos para el futuro y además creí que ya habías entendido que NO LO HEMOS HECHO. Sigo siendo virgen. Más que María y eso sólo porque aquella engendró un niño con la ayuda de una paloma. —Olga se tapó la boca con ambas manos por la blasfemia.

—Si quieres servir de algo, expiar tus pecados con algo. Distrae a Bob y Miriam hasta que lleguemos a cenar.

—¿Prometes que vas a cuidarte?—imploró mirándola a los ojos.

—Siempre me he cuidado, Olga.

—¿Armand?—preguntó la mujer que tenía todo el maquillaje de ojos corrido en el rostro. Arnold pensó recordarle que ese no era su nombre pero lo omitió.

—También voy a cuidarla.

Se fueron, dejando la maleta y documentos médicos con Olga, la hermana mayor aún tenía sus reservas en el corazón. Sobretodo porque ella, ya había sufrido un par de abortos. Acostumbraba salir con hombres mayores y de buena posición económica, generalmente casados y que no dudaban en pagar los servicios médicos para salir del problema.

¿Ellos tendrían capital para salir del problema? ¿No decía su padre que Armand, era prácticamente un huérfano que no tenía ni en dónde caerse muerto? ¿Por qué le habría gustado tanto a su hermana? Era apuesto, gentil. Entonces, ¿Sólo por eso? Su madre, se dejó convencer sólo con eso y Helga se parecía a ella…

Tanto, que dolía verla.

Suspiró para sus adentros, tomó las cosas de su hermana y las llevó a casa.

Al menos tendrían, dónde caer muertos.

.

.

.

—¿A dónde vamos?—preguntó Arnold luego de que hubieran avanzado unas tres cuadras, sin aparente rumbo definido.

—A profanar una iglesia. —lo comentó con tal seguridad que él sintió como los colores le subían al rostro.

—¿De verdad?

—¡Claro que no, zopenco calenturiento! Quiero comida grasosa que tape mis arterias y después, irás a la escuela.

—¡¿Qué?! —preguntó sin creerlo.

—Tienes examen de Literatura, ¿Recuerdas?

—Si, pero ya me di por vencido con esa maestra.

—Reprueba mi materia favorita y estás despedido. —Helga entró en un establecimiento de comida rápida.

—¿¡Ehhh!?—gritó él cuando la alcanzó.

—Finito, acabado, terminado…—siguió enlistando la rubia. Una chica gótica como de su edad, ataviada en su totalidad de negro con excepción del mandil de servicio, las puntas de su cabello y lápiz labial que eran color violeta intenso les entregó la carta.

—¿Bebidas? —preguntó interrumpiendo su charla.

—Yo quiero soda de cola y él toma agua bendita.

—¡No es cierto! —se quejó molesto. La chica gótica sonrió y comentó que las aguas del día eran de Mango y Tamarindo.

—¡Mango!—pronunciaron los dos.

—¿Dos aguas de mango?—preguntó enarcando una delineada ceja decorada con un piercing de plata.

—¿Puede ser una grande con dos pajillas?—preguntó Arnold.

—Siempre y cuando no hagan porquerías…—se fue, sin esperar respuesta.

Ellos tuvieron otro duelo de miradas.

—¿Cual es tu obsesión con el mango?

—No existe tal.

—Tu goma de mascar siempre es de mango y hace ocho días comimos lo mismo y pediste jugo de mango.

—Los viernes son de comida chatarra, y mi jugo era de uva.

—Helga…

—¡Yo era la que te estaba gritando! —soltó golpeando la mesa, en el momento exacto que Violette (eso decía su placa) ponía en la mesa el vaso de un litro con dos pajillas negras.

—Lo siento, se nos acabaron los popotes rojos con corazones y querubines agonizantes.

—Recuérdalo para nuestra próxima visita.

—¿Esto será recurrente?—preguntó la camarera sin una pizca de gracia y Helga asintió con malicia. —¿De acuerdo, que van a comer?

—Una orden de alitas extra picantes con un montón de papas fritas.

—¿Y para su Santidad? —Arnold roló los ojos, resignado a que la humanidad gastara bromas crueles a su costa, en presencia de Helga.

—Un Hot dog y también papas fritas.

—En seguida. —Violette se fue.

—¿Por qué me llamó Santidad?—preguntó destruyendo con la mirada a su novia. Sabía que de alguna forma era su culpa.

—Porque tienes cara de niño bueno, Arnold. Se ha dado cuenta que te saltaste las clases y es divertido que hicieras eso.

—Me he saltado las clases antes.

—Llegar tarde y que no te dejen entrar, no cuenta como maldad.

—Tú te las saltas todo el tiempo, ¿Y tienes el descaro de regañarme a mi?

—Son exámenes finales.—puntualizó bebiendo de su pajilla.

—Entonces, romperás conmigo si repruebo Literatura.

—Así es, y me casaré con Stinky

—Creí que tu mejor opción era Alan

—Eso lo haría demasiado feliz y mi misión en la vida, es hacerlos infelices.

—¿También a mi?

—Lo serás cuando me case con él y nuestro primer hijo se llame Armand, lo nombraré así para que toda mi familia le diga Arnold.

—Que honor.

—No interrumpas, tú acabarás con una cabaretera sexy. Sirve los mejores tragos de Hillwood y tiene voz de Sirena, engatusa a los hombres con su sensual melodía y después de que caen, los lleva a la parte de atrás para drenarles la vida con un beso helado.

Mmmmh… creo que la conocí esta mañana.

—Te tiene marcado.

—¿Porque soy sexy?

—Porque eres virgen y las criaturas del mal, adoran a los vírgenes.

—¿Alguna razón en específico? —preguntó él, haciéndose a un lado en lo que Violette ponía en la mesa su comida.

—Según sé, —comentó la gótica. —tiene que ver con la pureza del alma. Los vírgenes no han cometido el pecado original que proviene de la carne y la sangre. Sus corazones son inocentes, corruptibles. El mal podría absorber todo de ellos. Su esencia primaria, hasta la más ínfima sustancia. Contrario de mi, ustedes dos serían un delicioso manjar.

—¿¡QUÉ!? —gritaron a una voz, sintiéndose ampliamente incómodos.

—Oh, vamos. Tú eres más ruda y decidida que él, pero apenas sonríe y te derrites. Los vírgenes siempre se derriten. —Violette le guiñó un ojo a Arnold para acotar que ya estaban a mano. El rubio asintió, encantado por el rubor en las mejillas de su novia y tan pronto la camarera se fue, se inclino para robarle otro beso a su compañera.

—Estás en el segundo strike, Camarón con pelos… —comentó ella haciendo un sobrado esfuerzo por disimular lo mucho que adoraba los besos de Arnold.

—¿Los estás contando?—preguntó filoso.

—Te estoy amenazando, porque si me vuelves a emocionar para nada, estás fuera.

—¿Emocionarte, yo? ¿Quien me derribó en dos movimientos y se subió encima de mi?

—¿Lo dejamos en uno y uno?—inquirió, pegándose de más a su cuerpo, dejando que su aliento le soplara en la cara. Arnold sonrió juguetón, mirándola a los ojos con devoción.

—Bien, pero después no te arrepientas…

—Te arrepentirás tú, voy en serio con lo del examen de Literatura.

—¡Hey! ¿No recibo puntos por haber venido a buscarte?

—¡No! ¿¡Por qué metes una materia en la que eres terrible y te importa una mierda!?

—Porque hay una chica furiosa que es grandiosa en ella, adoro escucharla leer, opinar, recitar. Su cuerpo irradia una energía diferente cuando lo hace, sus ojos brillan con luz deslumbrante. Su voz parece decir muchas más cosas de las que entona. Y yo no entiendo la poesía en un ciento por ciento hasta que ella la enuncia. Necesito verla una vez a la semana o me olvido de quien soy. Literalmente, Helga. Me vuelvo loco.

—¿Qué…? —preguntó la poeta a punto de atragantarse con un puñado de papas fritas.

—Metí esa materia por ti, coincidir en Historia no era suficiente.

—¿¡QUÉ!?—volvió a preguntar un poco más histérica. Desde la barra de la cocina Violette apostaba con el chef a que la rubia de allá se empezaba a ahogar y tendrían acción "E.R" en menos de veinte minutos.

—¿Ahora si me dejas reprobar, amor?

—¡NO!

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Continuará...

Si ya sé, prometo muchas cosas y cumplo pocas pero se me va la hebra con esta historia. La cita de los amantes se acerca, lento pero seguro. Por favor tengan paciencia.