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La música llegaba a sus oídos desde el interior de Sunset Arms, apenas perceptible en los primeros escalones pero con mucha mayor fuerza tan pronto avanzaba y colocaba la llave en el cerrojo para abrir la puerta.

Sus abuelos se encontraban junto al piano (abandonado en un rincón desde que tenía memoria) su padre tocaba el instrumento alegre y confiado. Un estilo vintage corría por el ambiente, como si su sala se hubiera transformado de pronto en un Bar y todo esto sucedía mientras una preciosidad rubia cantaba, sentada sobre el respaldo del sillón más largo.

Esa encantadora mujer, desgranaba con pasión y dolor un tema que si mal no recordaba se titulaba.

(Seven Nation Army)

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Voy a Wichita,
lejos de esta ópera para siempre.
Voy a trabajar la paja,
hacer que el sudor gotee de cada poro.
Y estoy sangrando,
y estoy sangrando,
y estoy sangrando.
Justo delante del señor.
Todas las palabras van a sangrar de mí.
Y voy a pensar no más.
Y las manchas que salen de mi sangre,
dicen vuelve a casa.

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Y las notas del piano seguían, las palabras cobraban vida y esa de ahí no podía ser su novia porque él conocía a su chica y jamás de los jamases se metería en un vestido azul marino tan corto que permitía la vista de unas medias color humo a medio muslo con liguero. Siguió su recorrido visual por la parte alta, la cintura estrecha decorada con un delicado cinturón negro, una mano apoyada sobre la pierna derecha, la enyesada estaba en el aire dando énfasis a lo que cantaba, el escote del pecho era casi nulo, una sola línea que seguía de largo por los hombros y se perdía hacia atrás, de ahí se encontró con el cuello expuesto de su Amazona, la barbilla afilada, los labios rojos, pestañas rizadas, acompañadas por una tenue capa de sombra oscura en los párpados. Los cabellos los llevaba atados en un peinado tan complejo que parecía que se los había cortado.

"Home Run" pensó para sus adentros, mientras aquella concluía la canción y él se sentía como perteneciente a otra época. Su padre terminó también con los acordes del piano, sus abuelos aplaudieron fascinados. La cantante cerró los ojos y dedicó una diminuta inclinación de rostro a su audiencia, él necesitaba dos minutos más para terminar de procesarlo.

—Deja de mirarme las piernas, Arnold. —reclamó molesta, tirando de la falda, ocultando el liguero. Él fingió desconocimiento de los cargos, aún así, escuchó por el rincón cómo su padre y abuelos estallaban a carcajadas.

—No llevas zapatos…—comentó como si fuera lo único destacable de todo su atuendo.

—Odio usar zapatillas, me tendrás que llevar cargando…—sugirió con una sonrisa traviesa, estirando los brazos para que él, la tomara.

—Nada de cargar a nadie, no quiero que beban de más. —acotó su padre, con una sonrisa un poco más suave.

—¿Tocas el piano?—preguntó él, ligeramente desconcertado.

—¡Por supuesto que toca el piano! —se metió Phil y Gertrude continuó.

—Si insistía con esa tontería de formar una banda de rock, primero tenía que aprender a tocar un instrumento clásico.

—¿Querías formar una banda de rock?—Miles se encogió de hombros. Eso fue después de querer ser bombero, astronauta y un poco antes de que se le metiera la idea de Indiana Jones.

—También podrías preguntarle si realmente es tu padre…—ultimó Helga en tono de burla, bajando del sillón y mirándolo de manera directa.

—Tengo las pruebas de ADN que lo confirman. —acotó Phil.

—¿¡Qué!?—gritó él, sumamente ofendido.

—Bueno, ¿Qué querías que pensáramos, Tex?—intervino Puki. —Desaparece por meses y de pronto regresa con una mujer y un niño…

—Mi esposa y mi hijo.—aclaró Miles

—¡PAMPLINAS!—gritaron sus padres.

—Pero mamá y yo…—comentó Arnold, aludiendo a su peculiar Cabeza de Balón.

—Déjame ayudar para que no te traumes. —comentó Helga aún de frente al sillón, sin darle la espalda a nadie. —Señor Shortman, ¿Podría pararse junto a su hijo? —Miles cooperó y Helga los contempló como si los estuviera evaluando.

—Uno de frente al otro, por favor.

—Helga…—se quejó Arnold, pero la mujer insistió.

—Obedece, ya casi termino. —roló los ojos y se colocó de frente a su padre.

Ambos tenían el mismo color de ojos y cabello, la barba partida que era un rasgo hereditario y bastante notable, las pupilas de Miles vacilaban entre mirarlo a la cara o no. Estaba claro que la disputa de esta mañana aún causaba estragos entre los dos. Quiso disculparse, no era lo suyo comportarse tan insolente. Es solo que…esas malditas cosas de Selva, se sentían mejor si venían de Gerald, porque él estaba aquí en su pueblo, su puerto seguro, su mundo.

—Extiendan los brazos a los lados. —ordenó la rubia. —Así es, completamente. —sus abuelos no entendían lo que hacían, Miles no pudo reprimir una carcajada, misma que compartió pues se veían de lo más estúpidos, parecía que iban a hacer ejercicios de calentamiento pero no era esa precisamente la idea. —Den un paso al frente, cada uno.

—Pero si hacemos eso…—objetó Miles.

—Sin protestar. —avanzaron y obviamente chocaron. Su abuela se burló a sus anchas, su abuelo ya estaba negando toda clase de parentesco.

—Señor Shortman, Cabeza de Balón…—prosiguió la indomable rubia.

—¿Sí? —respondieron a una sola voz.

—Pidan perdón y abrácense.

—¿¡QUÉ!?—rompieron la pose y voltearon a verla. Lucía bastante seria, aún vestida tan coqueta.

—Lo que sea que pasara entre ustedes, no puede ser para tanto. Duncan falleció esta mañana y por respeto a él, creo que deberían agradecer que se tienen el uno al otro.

—Es verdad, por favor perdóname hijo. —pronunció Miles con convicción, acercándose al menor pero no para abrazarlo, sino para estrechar su mano. Creía que por la separación tan abrupta entre los dos no merecía estrecharlo. El otro tiró de su brazo y le dio un fuerte apretón.

—Perdóname tú a mi, no debí reaccionar así.

—Yo, no debí presionarte tanto. Sé que no te gusta escuchar nada de…

—No importa. —interrumpió, más que nada porque no era el momento de que lo supiera Helga.

—Buena estrategia de paz, Eleanor.—aplaudió Gertrude.

—Así nos obligaba Bob a firmar los tratados en casa.

—Hablando de eso ¿No van demasiado tarde a su cena?—preguntó Phil, acercándose a la chica que tomó el abrigo con que había llegado y del que se despojó a medida que iba cantando.

—Los Pataki, nunca llegamos a tiempo a una cena.

—Pero es en tu casa.—comentó Arnold.

—Especialmente, si somos los anfitriones. Te apuesto lo que quieras, a que Miriam ya quemó la cena, Bob está pegando de gritos y Olga intenta conseguir que le lleven algo decente a domicilio. El factor sorpresa aquí, es Marion. No se me ocurre que podría estar haciendo la nueva novia de papá.

—¿Entonces, sería amable llevarles algo…?—preguntó nervioso. Nunca lo habían invitado a cenar en casa de su novia.

—Será amable que vayamos y ya…—ajustó el cinturón de su abrigo despúes de abotonarlo, luego dio unos cuantos pasos sobre la duela lustrada hasta meterse en un par de zapatillas negras estilo Pump, de unos nueve centímetros de alto.

—De acuerdo. —la sonrisa de idiota se le dibujó en la cara, tan pronto la vio lista y le extendió la mano para que lo acompañara. Sus abuelos tomaron una foto, Miles los acompañó a la puerta, aunque antes de desaparecer les recordó que no bebieran de más, si tenían problemas llamaran a casa y si no pensaban regresar, con un mensaje de texto le avisaran.

—Eso ultimo es para que tus abuelos no me hagan salir a buscarlos a mitad de la noche en la morgue del poblado, urgencias y demás.

—Está bien.—respondió Arnold.

—¿Tienen…?—Miles no sabía como enunciar las palabras: "protección, condones, pastillas, anticonceptivos o lo que sea que usen los jóvenes en estos días" la escena era tan vergonzosa que Arnold sentía la cabeza a punto de estallar y Helga estaba entretenida mirando el bonito diseño de sus zapatillas.

Mira nomas, cuantas formas de romperme un tobillo con estas condenadas cosas. Si me persigue un loco acabaré patinando con medias sobre la acera. Será tan patético y doloroso.

Espera, ¿Por qué, me convenció Phoebs de convertirme en Haley Reinhart?

Una mirada rápida a Arnold, con ese traje de dos piezas color azul satinado, camisa de vestir de exactamente el mismo color abotonada hasta el cuello, ausencia de corbata lo que era una auténtica desgracia porque ella ya estaría imaginando muchas maneras de domarlo con tal instrumento, pañuelo negro, del mismo color que el cinturón y los zapatos que eran deportivos pero le conferían un aspecto tan exquisito que recordó exactamente que Phoebe Heyerdahl, tenía un punto.

Home Run.

—Tenemos todo en orden, papá. Te avisaremos lo que sea, gracias por confiar.

—Son casi unos adultos, además de que es evidente, lo mucho que se quieren.

Agradecieron el cumplido, se despidieron de nuevo y una vez quedaron a solas Helga presionó su mano en el interior de la suya, pensó que andarían a pie, pero Gerald también le ayudó con eso.

—Vaya, no solo la ropa, también el auto. ¿Qué hiciste, le entregaste tu virginidad al afro?

—Le prometí, no darle detalles de absolutamente nada de lo que hagamos. —Helga, sintió sus mejillas incendiarse por la sola implicación oculta en sus palabras, Arnold le abrió la puerta del copiloto y ella entró como toda una dama.

—Supongo que eso incluye, "no hacerlo" en el auto.

—Podríamos llevarlo a lavar.—concedió con una sonrisa traviesa.

—No empieces, Arnold.

—Tú empezaste.

—¿¡Yo, cuando!?

—¿Te metiste en ese vestido a propósito, no?

—No. —mintió.

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En casa de los Pataki todos estaban gritando, excepto Marion.

La encantadora mujer de pantalón blanco, camisa negra y saco rosado, estaba sentada en lo que quedara del tronco que en años mejores le ofreció su única vía de escape.

—¿Se encuentra bien?—preguntó Arnold. Marion se encogió de hombros y luego de identificarlos los miró con asombro.

—¿WOW, de aquí van a Las Vegas?

—Vamos a un lugar privado. —respondió Helga, cruzando los brazos a la altura del pecho. —¿Por qué no estás adentro? ¿Bob, volvió a hacer de las suyas?

—De hecho, fuimos los dos. —Marion buscó en el interior de su bolso y les mostró una foto.

—Ocho semanas de gestación. Por "esto" es que están gritando. —Helga miró atónita la ecografía, luego se la pasó a Arnold pues temió destrozarla en el interior de su puño, tan pronto como sintió todo su cuerpo temblando.

—¿E…estás segura de que…?—preguntó mirando a la mujer de ojos celestes.

—¿Es de tu padre? Sí

—¿Tú y él, de verdad…?

—¿Estamos juntos? ¿Nos amamos? La respuesta sigue siendo, si.

—¡Pero, si casi te dobla la edad, está divorciado, golpeó a mi madre. Tiene dos hijas, una más inestable mentalmente que la otra! —profirió señalándose con un dedo. —¿¡Es que no podías elegir algo mejor para ti!? —Marion se sorprendió de nuevo.

No era esta la reacción que esperaba. No la agredía, no la culpaba, ni tampoco estaba acusando a su padre de ser un maldito bastardo, vividor e hijo de puta. (como hicieron su primogénita y ex-esposa)

Solo quería entender cosas que era muy joven para comprender.

—Siguiendo tu línea de pensamiento. ¿Él, es lo mejor para ti?—preguntó señalando al rubio que pasó saliva tan pronto se supo observado.

—Aún...no lo sé…—confesó.

—Pero lo estás averiguando y tu padre y yo también lo estamos intentando. No me enteré hoy de que está divorciado, lastimó a tu madre y tiene dos hijas. Yo también terminé un matrimonio por demás desastroso, aunque en mi caso, Ronald me hizo creer que la del problema de "concepción" era yo. No voy a renunciar a mi hijo y Bob tampoco desea que lo haga. Seguirá teniendo sus obligaciones para con ustedes, yo no pretendo arrebatar a su padre.

—Por mi, puedes quedártelo.—comentó sintiéndose sumamente turbada.

—¡Helga!—reprendió Arnold, pero fue ignorado. Marion, sonrió con ternura.

—Él presume mucho a tu hermana mayor, pero puedo ver por qué tú eres su orgullo.

—¿¡Qué…!?—preguntó, casi cayéndose con los tacones.

—Te criaste como él, prácticamente sola. Te cree tan dura como una roca y por eso, nunca sintió tanto miedo como en el instante que lo llamaron para decir que estabas en peligro.

Quisimos venir antes pero tuve nauseas y vómito. El doctor sugirió que hiciéramos varias escalas en el vuelo y por eso nos demoramos. Luego, cuando estábamos en el hospital yo quería hablarles del bebé, pero tu novio nos recordó a todos que estábamos ahí por ti y no por mi. En ningún momento he querido confundir las cosas, por tanto dejé a tus padres cuidarte y me quedé en su casa.

—¿Qué habitación usaste?—inquirió con voz seca. Aún sin saber, si lo que sentía era molestia o solamente, desconcierto.

—Me hospedaron amablemente en su sala. Escucha Helga, sé que es incómodo este capricho mío, que no tengo ningún derecho a pedirlo, pero me gustaría que en medida de lo posible, mi hijo...

—Conociera a su familia. —comentó Arnold, mirando las cosas desde otro ángulo. Marion Curry asintió.

—Si lo aceptas, serás su hermana mayor…—colocó ambas manos sobre su vientre aún plano. En el interior de la casa, Olga gritaba a todo pulmón que jamás dejaría que alguien que no fuera su "hermanita bebé" la refiriera de tal manera.

—¿Tú, estás dispuesta a soportar esto en cada festividad?—preguntó Helga incrédula.

—Si tu padre no me deja, si nuestro hijo no es agredido, si yo…

—Pides demasiado, si crees que llegará el día en que puedas sentarte con tranquilidad en esa mesa. No obstante, si organizan una reunión en su casa, si su hijo quiere saber de dónde le viene la maldita uniceja y el carácter de los mil infiernos, será un placer decirle que no está solo en el mundo.

—¿¡De verdad!?—preguntó, la alguna vez Secretaria de Bob, con lágrimas en los ojos.

—Por supuesto. Si algo me ha quedado claro en diecisiete años de vida, es que nadie escoge a sus padres. Él no tendría por qué sufrir a causa de eso, yo no tendría por qué juzgarte si estás consciente del infierno en que te estás metiendo.

—Lo estoy.

—En ese caso. Despídeme de Bob, dile que el vestido y todo el "numerito" me lo estoy tomando como su regalo de cumpleaños. Deseo que tengan un vuelo tranquilo y cuando nazca, mándame fotos del retoñito.

—Yo, no…—Marion comenzó a navegar en su teléfono celular.

—Claro, ¿Arnold, podrías hacer el honor? —Helga no se sabía su nuevo número celular, el chico con Cabeza de Balón, lo buscó rápidamente en su teléfono móvil y se lo dio a su ¿Suegrastra? ¿Cómo hacían los Pataki para meterlo en esta clase de telenovelas?

—Gracias chicos. Y sé que no lo están pidiendo, pero aún así les daré un consejo. No se apresuren "en hacerlo" tengan plena confianza en decir cada cosa de lo que estén sintiendo. La primera vez, siempre es caótica. No tengan miedo. Los importantes son ustedes, si quieren parar, paren. Luego recargan baterías y vuelven a empezar. Jamás demeriten la importancia de un beso.

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Y no lo hacían.
Lo suyo comenzó con un beso. Y por tanto, todos sus besos eran especiales, importantes, mágicos.

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Marion despidió a Helga con un abrazo y cuando lo hizo, alcanzó a ver la mirada petrificada de su hermana mayor observando a través de la ventana. Temerosa de mediar entre sus padres, furiosa de que "la aceptara" indignada porque se marchara. Y le sonrió, sin sentir otra satisfacción mas allá de la que decía.

"Yo los soporté por años. Ahora es tu turno."

"Y claro que la acepto. ¿Quien si no yo, se podría aliar con alguien que jamás será bienvenido en nuestro hogar?"

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Subieron al auto, como Helga aún se sentía confusa le pidió a Arnold que la llevara a algún lugar dónde nadie pudiera encontrarlos. El lago se encontraba sobre unas de las carreteras primarias de Hillwood. No era tan popular estos días, las nuevas autopistas hacían que cualquiera pudiera llegar en una hora y media a la playa, pero a salud de los malos recuerdos, preferían evitar ese sitio.

Hicieron el viaje en silencio, ella sumida en sus pensamientos, él jugando con el tablero del vehículo, buscando alguna estación que los relajara. Jazz fue su mejor oferta y la sonrisa de Helga, le hizo saber que era una buena elección.

Al aparcar, junto al rumor del coche, el manto nocturno y la luz de la luna como único testigo comenzaron a besarse, buscarse con dedos ansiosos, arrancarse suspiros, además de jadeos. Se tomaron sus minutos en descender, más que nada lo hicieron porque necesitaban mayor espacio para tocarse. Los dedos de Arnold, una vez logró convencerla de sentarse por encima de él, encontraron el liguero que decoraba sus muslos y lo siguieron con avidez hasta dar con la parte superior de su prenda interior. Un calor anormal lo invadió por completo, era trampa que se pusiera ese maldito abrigo encima e intentó quitárselo pero era demasiado estrecho el espacio.

Helga escapó entre sus brazos, riendo como niña, perdiéndose en la hierba húmeda, el aire helado del lago e inmediatamente la siguió.

—Espera, hombre de la selva. Aún tengo una sorpresa para ti…—comentó traviesa, sus labios seguían siendo rojos pero en un tono más deslavado, él le arrebató el color, lo difuminó sobre su piel confiriéndole un aspecto atrevido y salvaje. La disfrutó con la mirada. ¡Cómo le encantaba el peligro que irradiaba esa mujer!

—Estás haciéndome sentir mal Helga, la que cumple años la próxima semana eres tú. Y todos te están colmado de regalos, excepto yo.

—Eso no es cierto, solo van Olga, Phoebe y Bob

—Una tableta electrónica, un teléfono celular y un vaporoso vestido. ¿Qué te tendré que dar para estar a mano, un BMW?

—Me estás dando un hogar, familia, también me amas y por eso insisto en que te quedes donde estás. —Arnold obedeció, estaba de frente al auto y Helga avanzó hasta bordear los límites del lago, su silueta se iluminaba por el resplandor del agua, comenzó a quitarse el abrigo, primero la cinta, luego los botones, él pensó que sus sueños por fin se harían realidad. Se desnudaría para él y era Olga, la que se quedó con las tiras y tiras de condones que les obsequiaron. (Genial, maravilloso, estupendo) la chica continuó su trabajo hasta deshacerse de la prenda. Volvió a ver su vestido azul marino cayendo como un velo sobre la exquisitez de su piel, Helga sonrió muy segura de sí misma y a la vez tramposa. Luego dio la vuelta de manera lenta y él se quedó de piedra.

El vestido estaba abierto casi completamente por la parte de atrás, las telas caían a manera de "U" abrazando el nacimiento de los omóplatos y bajando con dramatismo hasta alcanzar la zona lumbar. El movimiento que describió su novia terminaba a tres cuartos. Es decir, que podía ver su espalda desnuda, además de su pecho y la sonrisa demoníaca en su preciosa cara.

—¿Te gusta?—preguntó, como si no fuera obvia la respuesta.

—Tú, me gustas. —respondió de inmediato, acallando la parte de su cerebro que le gritaba a sus dedos y a su entrepierna que con ese vestido, imposible sería que llevara sostén.

Avanzó hacia ella, decidido, poseso.

—Phoebe, me obsequió la lencería también. Argumentó que en catorce años de amistad jamás le he permitido comprarme nada y ninguna de las dos quería imaginar la cara de Bob cuando llegara el estado de cuenta y descubriera que hice compras de ese departamento en particular.

Como no quise ser demasiado abusiva, me decidí por este vestido que...

—No requiere sostén.—terminó la oración por ella, ahora que estaba de frente a su mujer. Admirándola por completo, los cabellos peinados así dejaban al descubierto su cuello. No llevaba las placas que le obsequió, aunque de ser justos, él tampoco llevaba el relicario de oro. (Al menos, no en el cuello) lo traía en el bolsillo de la camisa donde la gente normal guardaría su tarjeta de crédito o cajetilla de cigarrillos.

—Así, es…—respondió retadora. Sus alientos y perfumes una vez más se mezclaban, él se atrevió a besarla, abrazarla, sintiendo su piel desnuda al contacto de sus dedos trémulos, luchando por no colocar las manos donde no debía posarlas pero aún así disfrutó con acariciar su cintura, el borde superior de la prenda interior y sus hombros, dónde apreció lo delicado de la tela y lo fácil que sería desprenderla para dejarla expuesta.

La urgencia de descubrimiento, no era únicamente suya. Helga, le terminó arrancando el saco y preguntó si Gerald, dijo algo sobre "no hacerlo" en el cofre de su auto.

—Al diablo con lo que dijera Gerald.

—Es tu mejor amigo.

—No queremos estropear tu vestido.

—¿Ni las zapatillas? —preguntó aún divertida, levantando los brazos como en su casa. —Cárgame, hombre de la Selva. —claro que lo hizo y ella gritó emocionada y asustada pues con el yeso no podía sostenerse de absolutamente nada. Arnold se sintió poderoso, sosteniendo su peso completo, la levantó en volandas aunque en su mente había una escena tipo "Lo que el viento se llevó" y en la de Helga una al estilo de "Hannibal Lecter salvando a Clarice" la dejo caer sobre el cofre del auto que se quejó dolorosamente bajo el peso de los dos.

Eso mató la pasión del momento, decidieron intentar en el asiento trasero pero tan pronto como abrieron la puerta encontraron una manta y una nota escrita de manera apresurada con la letra de Gerald.

"NO, EN MI AUTO"

—¿Qué, tiene cámaras?—preguntó Helga, aplastando la nota en el interior de su puño izquierdo.

—No las necesita, creo recordar que nos ha visto "dar asco" unas seis o diez veces.

—No damos asco y no llevamos tantas veces…—balbuceó indignada en lo que Arnold tomaba la manta y salía a relucir otra cosa. Su amigo les dejó un condón (qué considerado) aunque ese, rápidamente lo tomó Helga y se puso a pegar de gritos.

—¡OH, POR DIOS! ¿ESA ES LA TALLA DE GERALD?

—¡¿QUÉ?! —gritó él, tirando la manta y buscando a la rubia que escapó de sus múltiples intentos por arrebatarle el objeto.

—¡VA A PARTIR EN DOS A MI HERMANA!

—¡GUARDA SILENCIO!

—Esa pequeña, diminuta, sucia, pervertida, maquiavélica de lo peor…—enunciaba Helga, sin dejar de mirar el espectacular artículo de marca, que además de talla tenía textura y sabor a cereza. —Arnold se lo arrebató finalmente de la mano, colérico y frustrado.

—¿Quieres dejar de pensar en la "talla" de Gerald?

—¡¿GERALD?!—repitió ella, haciendo que ciertas "imágenes" aparecieran en su cabeza. Golpeó la mano del rubio, logrando que tirara el inocente condón que no tenía la culpa de su reacción.

—¡AHHHHHHH! ¡EL BRILLO LABIAL QUE ME REGALÓ EN LA ESCUELA ES SABOR CEREZA! ¡VOY A MATAR A ESE PAR DE HIPÓCRITAS, VIVIDORES DESENFRENADOS!

—¡¿Qué?! —Arnold seguía sin entender nada. Solo capto la parte en que Helga creía que Gerald, era más impresionante que él. Y no le gustó. Se acercó de nuevo, su chica ya se había estropeado todo el maquillaje en la cara, (bueno, en gran medida le ayudó él) pero justo ahora, intentaba tranquilizarse, tapando su rostro con ambas manos. La enyesada pensaría él, que no servía de mucho, pero la insolente mujer aprovechaba eso para golpearse.

—¿Necesitas ayuda?—insistió, rodeándola con su cuerpo. Helga se había recargado contra el tronco de un árbol, la manta color terracota yacía a sus pies, el abrigo de ella y el saco de él, también estaban en el pasto, las zapatillas debió perderlas en alguna parte de donde la cargó y la soltó. Asumía que ensuciaría y rompería sus medias si no las recuperaba pronto, pero no le importó.

—¿Con qué…?—preguntó su Amazona, las mejillas rojas, el pecho subiendo y bajando al mil por hora. Era evidente que pensaba cosas indecorosas, él también lo hacía pero las refería con ella y Helga aparentemente, no ocupaba su mente en él. No le gustó que lo hiciera, así que la besó con furia, olvidando los protocolos, la caballerosidad se fue al carajo tan pronto como metió una de sus manos por el escote de su vestido y estrujó su pecho diestro sensible y tierno. Helga siseó impresionada en el interior de su boca, lo miró incrédula.

Su oscuridad la absorbía, ese gesto que sabía bien la enloquecía. El que solo despertaba ella, el que prometía seducción y lujuria.

—Concentrarte. —respondió en referencia a la pregunta que recién efectuó. —No pienses en nadie, no desees a nadie, solo a mi.

—Convénceme…—pronunció, reclamando su boca con ansiedad, él abarcó su pecho de la misma manera, presionando el pezón y su novia descargó un gemido de lo más delicioso contra su cuello, sus alientos se separaron se devoraron con la mirada y si tanto necesitaba comparar tamaños, estaba seguro de tener ya, una erección bien dura y dispuesta a encajarse en lo más íntimo de su ser.

—¿Convencida?—preguntó sin retirar la mano del pezón que estrujaba, la otra estaba ahora sobre la fina tela de su vestido, viajando hacia el sur, buscando el final de la falda y la parte interna de su entrepierna. Helga no logró responder, tan solo gimió para él y como en la escuela, parecía necesitar ayuda para sostenerse en pie. La recargó de nuevo contra el tronco del árbol, su Amazona se quejó, al ver su cuerpo despojado de todo contacto. La besó una vez más, relajando los ánimos, borrando todo rastro de brillo labial. Helga disfrutó la tregua, recuperó el equilibrio y poco después lo miró de manera siniestra.

—¿No te parece una descortesía que solo yo, esté expuesta? —las pupilas dilatadas, los labios hinchados, el pecho subiendo y bajando. Concedió que tenía un punto, colocó sus manos sobre la camisa, comenzando a abrir los botones, pero lo detuvo.

—Si nos encuentran, sería muy divertido verte correr en pelotas, pero asumo que no es eso lo que quieres que se lleve a tus abuelos a la tumba.

—No…

—Entonces déjame a mi, tú ya te divertiste mucho.—la rubia colocó los dedos de su mano izquierda sobre la hebilla de su cinturón, luego tiró de la correa con fuerza, haciendo que estremeciera y doliera aún más su jodida erección. No le tomó demasiado abrir su pantalón, como prometió, era diestra con la mano siniestra.

—Helga…—los ojos de la rubia obviamente no estaban en los suyos, miraba su bulto, la forma en que la tela del bóxer se había expandido y ahora que la sabía tan cerca, palpitaba agónico a la espera.

—Fue una larga semana en el hospital, hombre de la selva y como te comenté por Skype, yo no tuve el privilegio de satisfacer mis deseos. —su mano se colocó sobre el bóxer presionando la superficie, él dejo escapar un juramento, pegándose a ella, rodeándola a ella, rogando poder perderse en ella.

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Si cualquiera los mirara, diría que estaban en íntimo abrazo, tal vez confesándose algo sumamente pernicioso, pues ninguno adivinaría que la mano de Helga, controlaba todo de él y que los brazos de Arnold, se cerraban sobre sus hombros para que no lo dejara caer. Sus labios rogaban prácticamente encima de los otros, pero no la besaba, no podía. Si lo hiciera dejaría de mirarla. Y no quería hacer otra cosa más que perderse en su mirada.

Él solo estaba ahí, dejándose hacer, totalmente vulnerable y a su merced.

—¿Esto también lo planeaste? —preguntó entre jadeos, completamente seguro de que en cualquier instante se correría entre sus dedos y bajo la tela del bóxer.

—Soy una controladora, Arnold. Por supuesto que lo planee, pero te di a elegir el lugar e inclusive fuiste tú, quien decidió hasta donde llegar…

—¿Si no te hubiera tocado…?

—Actúas como si jamás lo hubieras pensado. En el hospital, ya me habías tocado pero te estorbó mi sostén.

—Eres…—la frase no la logró terminar, ella presionó más fuerte. Arrancándole un jadeo, haciendo que se doblara de dolor y satisfacción. Le mordió el hombro a la malvada mujer humedeciendo la tela de su vestido, deseando arrancárselo, tumbarla en el pasto y penetrarla.

No fue eso lo que sucedió.

Un grupo de adolescentes ebrios, que esperaban no pertenecieran a su escuela Preparatoria, irrumpió de pronto en la tranquilidad del Lago, el fuerte rechinar de los neumáticos, además de las voces a grito y lo rápido que bajaban de sus autos para arrancarse las ropas y saltar al agua fue lo que arruinó, la intimidad del momento.

Arnold, no necesitó un cambio de ropa interior pero sí fueron presas de un momento de total y absoluto terror. No eran puritanos, no estaban desnudos. Es más, ni siquiera estaban teniendo sexo pero por alguna razón, les asustó que los vieran en tal situación. Corrieron como estaban a meterse en el auto, dejando atrás lo que habían tirado y agradeciendo que las llaves se hubieran quedado mas que bien puestas en su lugar. El diminuto bolso de Helga le había parecido inútil en la tienda, pero justo ahora, agradecía haber metido ahí su teléfono celular, identificación, llaves y las placas metálicas. Se las volvió a poner, no iba a dejar que sus hormonas contribuyeran a que las perdiera.

—¿Dejaste algo que pudiera delatarnos?—preguntó al rubio que pisaba el acelerador como si con eso se le fuera el pecado.

—No creo haber guardado nada en el saco.

—¿Llaves, teléfono, identificación, cartera?—preguntó tratando de abarcar todas las áreas.

—Si le hubieras dedicado un poco más de atención a otra parte de mi pantalón. Te habrías percatado de que todo eso lo traigo ahí.

—¿La mantita de Gerald no tiene bordado su nombre, verdad?

—A menos que se la diera su abuela…—los ojos de Helga demostraron pánico a través del retrovisor. Arnold estalló a carcajadas. ¿Era en serio? ella lo estaba masturbando como toda una experta, sin mayor pena ni gloria y ahora le asustaban un montón de ebrios que seguramente perderían la memoria tan pronto llegaran a sus casas.

—¡No es divertido!—reclamó furiosa.

—Claro que sí.

—¡Esas zapatillas y abrigo le costaron una verdadera fortuna a Bob!

—Te comparé otros.

—Ese no es el punto.

—¿Existe un punto? —Helga hubiera preferido gritar que hiciera silencio porque la volvía loca, pero su estómago decidió abreviar por los dos. Horas habían pasado de esas alitas extra picantes con papas fritas y se moría de hambre. Abrazó su estómago como si con eso pudiera hacer que callara, el rubio comenzó a reír mucho más alto, ella le dio codazos en las costillas.

—¡Auch! ¡No! ¡No me pegues! No tengo comida en el auto. ¿Vamos al Anemone?

—Si no sirven algo que tuviera alma, te morderé un brazo.

—Creí que me querías morder otra cosa…

—¡ARNOLD!—lo golpeó en la zona indicada y esta vez, él no jadeo de placer.

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Por el resto del recorrido, Helga se quitó el maquillaje y liberó sus cabellos de aquel complicado peinado, afortunadamente el chico afro era más vanidoso que todos los machos que poblaban Hillwood (incluido Eugene) y traía un peine, además de papel higiénico y crema humectante en la guantera del auto. El parasol del copiloto tenía un espejo incorporado y no es que fuera fanática de ellos pero sabía que su cabello (medio ondulado como quedó) era absolutamente ingobernable y no quería verse como la loca del poblado. Arnold, la observó trabajar en su aspecto por el retrovisor, le pareció un momento demasiado privado y delicado. El poder observarla en intimidad, como si recién saliera del baño o estuviera alistándose para dormir.

—Toma una foto, duran más. Y por cierto, el semáforo ya cambió dos veces a verde.

—Lo sé, pero estoy en la orilla y me encanta verte.

—¿Por qué? Si estoy desastrosa, Phoebe me arregló como muñequita de porcelana y ahora me parezco a mis muñecas de infancia.

—Me parece bien, porque tú no eres de porcelana. No eres una Princesa, aunque podrías competir con una, en cuanto a belleza.

La rubia se ruborizó por completo. Arnold prefirió no presionar y continuó adentrándose en la carretera. Antes de volver a Hillwood, Helga comentó que necesitaba desprenderse de las medias, estaban sucias y sospechaba que rotas. Él aparcó en lo que parecía ser una zona segura, a la sombra de un árbol y preguntó si era en serio o lo que quería, era volver a excitarlo. Helga lo llamó idiota, aún así permitió que fuera él, quien soltara las medias del ligero para deslizarlas por sus piernas.

—Eres un cursi.

—Y tú una hipócrita, porque sé que te gusta.

Besó sus pies desnudos una vez liberados, por dos centésimas de segundo Helga se preguntó si el Príncipe habría besado los pies de Cenicienta antes de enfundarla en las zapatillas de cristal. Pero si lo hizo, no debió hacerlo con tanta dedicación como el suyo. Arnold acarició sus tobillos y subió por el largo de sus piernas hasta alcanzar la parte interna de sus muslos. El decoro lo habían dejado en el lago, también el condón y esa debía ser la razón de que su Príncipe azul, suspirara con resignación ante la imagen de su prenda interior.

—Helga…

—Si continúas, no habrá marcha atrás.

—¿Crees que no lo sé?

—Lo que sé, es que este no es el momento, ni el lugar…—también sabía que si se lo pedía, él podría usar sus dedos o sus labios, podrían tener sexo sin protección, ni penetración, sólo explorarse hasta la rendición. Pero no quería profanar el auto de Gerald, o hacerlo en la tierra como una cualquiera. Phoebs, seguía teniendo razón.

Su primera vez, debía ser especial.

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Reanudaron la marcha, llegando al Barrio Francés aunque tuvieron que pedir indicaciones para ubicar el lugar. Cuando lo hicieron un Chaperón les pidió las llaves, Helga descendió con ayuda de su novio en ausencia de todo calzado y a pesar de que el moreno con traje de pingüino se impresionó con sus largas piernas, espalda desnuda, cabello ondulado y exquisito vestido de corte europeo, fue evidente en su gesto que no sería bienvenida en el interior.

—¿Vamos a otro sitio? —sugirió discretamente el rubio.

—Shh…primero, hazme un favor y abre la cajuela.

—¿Qué...?

—Es una corazonada y por favor quita la cara de espanto. Aunque Gerald trajera un bate de béisbol, no voy a golpear a nadie con estos trapos. —Arnold sonrió y abrió la cajuela.

Tal y como imaginó, había demasiadas "cosas" de los dos. Ropa en su mayoría y artículos de la escuela, zapatos deportivos, de vestir, botas con plataforma. ¿Quién de los dos usaba esas cosas? —¡Eureka!— encontró un par de zapatillas de su "mentirosa" amiga.

"No hemos hecho nada" "Sólo nos arrancamos la ropa" ¡JA! Si le volvería a creer esa diminuta y escurridiza encarnación del mal.

Arnold tomó las zapatillas blancas y se las colocó a su novia ante la petrificada mirada del trabajador de servicio. Al parecer, ambas calzaban del mismo número, lo que era sorprendente ya que Phoebe…

—Sip, tiene pies de Gigante, golpee a muchas niñas en la primaria por recordárselo a mi hermana. ¿Entramos? —preguntó después de cerrar la cajuela, perfectamente erguida y permitiendo que su cascada de cabello suelto ocultara el escote de su vestido.

—Por supuesto…—comentó ofreciéndole su brazo diestro y entregándole las llaves al Chaperón con el otro.

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El Anemone, era un restaurante, salón de Baile y Bar, similar al Chez Paris pero tenía un estilo mucho más exclusivo. Nada de grupos, nada de niños, solo parejas y muy animadas todas.

—¡No puedo creerlo, vinieron! —gritó Caroline desde el fondo, enfundada en su totalidad de negro. Un vestido largo corte sirena, con guantes y sombrero de malla a juego. Toda una viuda, a consideración de Helga. Los saludó con un beso en la mejilla a cada uno y luego los condujo a donde estaban la barra del Bar y la Orquesta.

—¿Ella es tu ángel?—preguntó uno de los músicos que dejó el saxofón y bajo del escenario para reunirse con ellos. Helga se sintió abrumada, Arnold la rodeó por detrás.

—Así, es.—corroboró Caroline.

—Un placer, Señorita Ángel.—comentó el hombre, quitándose el sombrero de ala corta y concediendo una reverencia a la indicada.

—Mi nombre es Helga Pataki —anunció a la defensiva pues en su breviario, ella distaba mucho de la definición de un ángel.

—Thomas Baldwin, y por favor no te ofendas. Duncan era de nuestros músicos principales, tocamos juntos por años. Es una lástima lo que ha pasado pero también es un placer saber que permitiste que se despidieran los dos. —Helga se ruborizó por completo, Arnold la abrazó mas fuerte, orgulloso de que así fuera.

—E…era mi deber ciudadano.—balbuceó.

—Pues alabada sea América.—concedió el señor Baldwin.

—Esta noche la casa invita, pidan lo que quieran y por cierto, lo prometido es deuda. Ahí están tus abuelos. —Caroline señaló la parte trasera del Bar. Una pared revestida de fotos donde se encontraba por la parte central una fotografía en blanco y negro de Phil y Gertrude como a los veinte años.

—¿WOW, esa es tu abuela?—preguntó Helga sumamente impresionada.

—Gertie tenía los mejores atributos de todas nosotras. Nunca nos quedó la menor duda de por qué, Phil jamás la quitó de su mira. —comentó Caroline con añoranza.

—¡Un momento! —comentó el señor Baldwin.—¿Eres el nieto de los Shortman?

—Así es, —se presentó extendiendo la mano. —Arnold Shortman, un placer.

—¡Ese par de capullos, no se pasan por aquí desde que tuvieron descendencia! Demasiada "tentación" según palabras de tu abuela. Querían educar a su hijo para que fuera un caballero de lo más respetable. ¿Dime, lo lograron? —él no supo que responder a eso. Por lo que comenzaba a conocer de su padre, había sido un rebelde sin causa. Baldwin lo evaluó de cabeza a pies, estaba claro que lo hicieron.

Todo un caballero, aunque mal vestido con tenis y ausencia de saco por delante de él.

—Por supuesto que lo lograron. —se metió Caroline. —Hasta les dejó a su hijo para que lo educaran igual.

—Pff… estos padres modernos. Ahora, tomen asiento, disfruten la pista de baile y si te animas, Señorita Ángel, sería un honor que cantes.

—No prometo nada.

—No es obligación que lo hagas, pero sería un desperdicio de ese bonito vestido.

—Gracias.

—No sé por qué, pero estoy seguro de que me recuerdas a alguien.

—Oh, no la molestes Thomas. —insistió Caroline. —Todos sabemos que tu memoria no es la misma desde la muerte de Martha.

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Sus anfitriones se fueron, Arnold le ofreció el asiento a Helga, como tantos años atrás en el Chez Paris. Los recuerdos son poderosos, también la música que en esta ocasión era alegre y romántica. Pidieron unos cortes de ternera con verduras al vapor y vino tinto para acompañar. Mientras lo traían el joven Shortman no se resistió de demostrarle a su novia, su propio talento para bailar.

No era un experto como Eugene, pero creció con sus abuelos y ellos se cortejaron entre canciones y baile.

Helga acomodó la cabeza en su hombro, las zapatillas de Phoebe no eran tan altas como las otras así que la diferencia entre sus estaturas no resultaba tan amplia, él la abrazó por la cintura. Atrás la lujuria, los sueños húmedos y las travesuras íntimas. Bienvenidos los silencios cómodos, la promesa silenciosa de hacer esto, no por una noche, sino las que siguieran.

Varias parejas bailaban al rededor. Lo que le gustaba a Arnold de antes, es que las tradiciones eran diferentes. El baile constituía un lenguaje, donde podías tocar a tu pareja en lo más íntimo de su ser, sin siquiera palparla.

Sus manos se rozaban y se soltaban, sus ojos se perdían y encontraban, los pies se deslizaban de una manera tan silenciosa que más que caminar sobre la pista, parecían flotar.

Los minutos así rápidamente se fueron pasando y cuando terminaron la cena, fue claro para Arnold que tenían que hablar. Él no podía guardar silencio durante más tiempo, no podía hacerle el amor por más que lo deseara, sin sentir temor.

—Te estás poniendo pálido Hombre de la Selva, ¿Demasiada ternera?—preguntó preocupada. Él intentó sonreír pero el gesto le salió algo torcido, en lugar de ser "honesto" se disculpó y fue al baño.

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El sujeto del Bar, aprovechó su ausencia para abordar a la rubia.

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—Demasiada mujer para un solo hombre.

—Nadie pidió su opinión, así que ocúpese de sus asuntos, Señor.—desestimó sin mirarlo.

—Mis asuntos suelen ser los de todos, primor. Tú lo miras como al oro, él como a un secreto que lo está consumiendo.

—Arnold, sería incapaz de ocultarme un secreto. —profirió con seguridad, mirándolo a los ojos. Un hombre de edad avanzada, tez clara, cabellos castaño claro y barba espesa. Ataviado con un traje de tres piezas color negro y detalles de vino en la corbata y mandil.

—Eso dicen todos, después vienen aquí con una, luego con otra y después otra.

—¿Y cual de todas esas cree que soy yo?

—La que haría muy feliz a todos los sujetos que la están observando.

—¿Son muchos?—inquirió traviesa. Doblando una pierna sobre la otra, haciendo que el vestido se levantara y así notó a varios muchachos como de su edad que estaban con sus novias mirándola de reojo, hombres en compañía de sus esposas que saludaban con una inclinación de la bebida en su mano y hasta ancianos como Thomas Baldwin que miraban con lujuria sus encantos.

—Como dije, solo ves el oro.

—¿Sugiere que estaría mejor con ellos que con mi novio?

—Lo que digo es, que en este negocio se aprende a leer los rostros. Ese chico oculta algo, no sé lo que sea pero te está engañando.

—Jamás lo haría y creo que se está excediendo en sus comentarios.

—Solo intento evitarte una pena, Geraldine...

Helga se impresionó de que supiera su nombre, Arnold eligió ese momento para volver y notó la incomodidad de su novia además del gesto atrevido del Bartender.

Se aproximó a los dos.

—¿Todo está en orden?—preguntó colocándose entre ellos, el hombre de la Barra hizo caso omiso de la acusación, siguió en lo suyo secando y apilando vasos, Helga se puso aún más tensa.

—¿Por qué, me llamó así?—inquirió levantándose de su asiento, la mesa que les ofrecieron estaba junto al Bar, Arnold no entendía el contexto, creyó que le faltó al respeto y se molestó en demasía pero el hombre de avanzada edad, solo dejó el vaso que atendía y se dispuso a tomar una fotografía de la pared.

—Thomas estaba en lo cierto, si te pareces a alguien. Su nombre es Mary Geraldine O'Brien. —les mostró la fotografía.

En ella aparecía una mujer preciosa de cabellos cortos al estilo Pixie, vestido liso decorado con perlas, guantes de encaje y un coqueto cigarrillo en la mano izquierda. Estaba sentada en la mesa de un café, la taza humeante por delante y charlaba con un caballero bien vestido, de gesto intimidante.

El parecido entre ambas era destacable, se parecía a su madre o mas bien, a como ella recordaba a su madre.

Antes de las peleas, los celos, la intriga y el alcohol. Acarició la superficie con dedos temerosos, Arnold sintió su vacilación y quiso romperle la cara a ese viejo tan atrevido.

—Es hermosa pero me temo, que ella y yo no nos parecemos en nada.—comentó devolviéndole la imagen. Ignorando el hecho de que sus segundos nombres (suyo y de Olga) provenían de su abuela materna y encajaban a la perfección.

—¿A caso tu madre, no es Miriam Pataki?

—Se llama Marion y ya nos vamos. —mintió. Tomando la mano de Arnold para que salieran del salón.

Una vez afuera respiró hondo, no tenía idea de la hora que era pero no le apetecía meterse en el auto así que comenzó a caminar. Arnold la siguió de cerca, rogando porque el Chaperón no fuera a "desaparecer" el auto de Gerald.

—¿Qué fue todo eso? ¿Por qué mentiste? ¿De qué estaban hablando?

—No me agrada la gente que con una mirada, no solo me juzga sino que cree que me conoce. Ese señor empezó a decir que veía la culpa y el pecado en tu mirar. Asegura que me ocultas algo, que quizá me estés engañando.

—¿¡Qué!?—Arnold casi se va de bruces y de no haberlo detenido con una mirada, se habría vuelto al Anemone para ponerlo en su lugar.

—No es la primera vez que tocamos este tema, Arnold.

—Lo dices por tus pesadillas.

—Y también por mi historia personal. Olga está convencida de que persigo los pasos de mi madre y esos serían los de su madre. No la conocía hasta ahora. Miriam no guarda fotografías o recuerdos de su pasado. Todos están en su cabeza y en sus diarios. No sé si alguna vez te lo dije, pero fue ella la que me enseñó a leer y escribir. Mis primeros poemas los escuché de su voz. Amaba la literatura y el teatro. Su madre lo hacía por igual pero las dos lo terminaron dejando.

Se casaron demasiado jóvenes, demasiado enamoradas, demasiado arrebatadas de sí mismas pues cuando su "amor" les pidió olvidarse de todo lo que podrían ser y lo que ya eran, lo hicieron con convicción y ese amor les pagó con traición.

¿No lo viste hace un momento? —preguntó mirándolo a los ojos. Él no miró nada en específico de la foto, salvo los atributos que bien podía asociar con Helga.

—Ella estaba perdida en los ojos de él, pero el caballero no la miraba de vuelta. Esa fue una fotografía tomada al momento, no posaron por decirlo de alguna manera. Así que el fotógrafo debió prendarse de su belleza, como Alan que recorrió las calles de Paris, capturando lo que solía decir, era la verdadera versión de mi.

—¿Qué…?

—Aún debe tener las fotografías en algún sitio, jamás me las mostró todas, pero antes de que armes una escena de celos te diré, que no le dije mi nombre hasta que me fui de París.

Él solía llamarme "Melancolía" y eso es lo que vi en ella.

Una mujer bella, pero perdida.
Enamorada de un ser indiferente.

—¿Lo dices porque en su momento…?

—No sentías lo mismo por mi y lo menciono ahora, porque…

—Si te dejo, eso es lo que quedará de ti... —concluyó la oración por ella. Helga asintió, mirándolo a los ojos, resuelta, intensa. Él quiso besarla de nuevo, olvidarse de todo de nuevo, pero su relación ya había avanzado al siguiente nivel, quería despertar con ella por la mañana, hacerle el amor la noche entera.

Así que lo confesó.

—No voy a dejarte, tampoco quiero engañarte pero debes saber que si hay otra.

—¿¡Qué...!?

—La conocí en San Lorenzo, te hablé de ella una vez. En el Hospital, cuando describiste tus pesadillas.

—No…

—Yo dije que no podía creer que hubiera llegado tan lejos y tú dijiste que…

—Nada de eso podía tener sentido.

—Pero lo tiene, Thea y yo… —Helga, tuvo un breve flashazo de su ultimo sueño. Aquel dónde estaba Arnold haciendo el amor con otra...

—¿¡Thea y tú!?—la sola pronunciación de sus nombres le asentó como una puñalada en el corazón. Sintió las rodillas temblando, sus pulmones vaciándose, las zapatillas a punto de dejarla caer y se las quitó para luego abrazarse a sí misma. El resto de sueños volvió a su cabeza: La espesa selva, la inmensa hoguera, el fuego quemando sus pies desnudos y la implicación de que si moría,él se olvidaría de ella.

—Helga…—el rubio la rodeó por detrás, pero lo rechazó. Eran demasiadas imágenes, sensaciones, temores y recuerdos.

—¡No me toques! Dijiste que en tu ultima visita a San Lorenzo te convertiste en hombre, pensé que lo decías por algún ritual espiritual, mataste un animal o aprendiste a luchar, pero lo que hiciste fue acostarte con ella.

—¡NO! —Dios, que mal le estaba saliendo esto.

—¡LOS VI! —gritó hasta casi quedarse sin voz. Su desesperación fue tal que llegó a los oídos de algunas personas que venían de otro sitio, posiblemente una fiesta o un antro. Se interesaron en ella.

—¿Necesitas ayuda, amor? —Amor, ¿Por qué todos los idiotas que querían revolcarse con ella, creían que la palabra mágica era amor? Arnold intentó aproximarse de nuevo, ella lo golpeó con la mano sana en el pecho. Los chicos venían en auto, eran cuatro, tal vez cinco y estaban tomados.

—¡Hey, muñeca! ¿Quieres que le enseñemos a respetar? —preguntó el que estaba al volante, todos los demás estaban viendo sus piernas, espalda y pechos. ¿¡En qué pensó al meterse en ese vestido prácticamente desnuda!?

En él, todo lo que hacía todos los días de su vida era pensar en él…terminaría como su madre excusando sus traiciones, culpándose por no ser demasiado, por no poder satisfacerlo, llenarlo.

¡NO! ¡BASTA, DÉJA DE PENSAR!

—¡Quiero que me saques de aquí! —gritó al que estaba al volante. Ese asintió, susurrando al copiloto que se metiera como pudiera en la parte de atrás. Ese se quejó, los otros también. Al parecer su mejor apuesta era que se apretujara con ellos en el asiento trasero.

Arnold volvió a tratar de detenerla.

—¡Helga por el amor de Dios, sabes que es peligroso! ¡Entiendo que estés molesta conmigo pero ellos…!

—¡Nadie! Escúchalo bien Cabeza de Balón, NADIE puede hacerme más daño del que ya me has hecho!

—¡NO ME ACOSTÉ CON ELLA!

—ME IMPORTA UNA MIERDA…—tomó las placas metálicas que pendían de su cuello, tiró de ellas y se las arrojó en la cara, después corrió en dirección del auto y se metió. El rechinar de los neumáticos, aunado al humo del escape lo obligaron a reaccionar, corrió donde el Chaperón ya tenía su carro y pisó el acelerador a fondo.

¿Cómo se le ocurrió decirle la verdad cuando era evidente que estaba tan vulnerable? ¿Qué pensaba ella al meterse en un auto lleno de extraños? ¿¡Es que estaba loca!? Claro que lo estaba, él ya sabía que lo estaba, siempre lo supo, no era un secreto que se lanzaba de cabeza a lo que fuera, sin pensar en las consecuencias.

Pero él, que sí las pensaba no pudo con la idea de que tocaran a su Amazona y en la primer oportunidad que tuvo, acortó distancias y chocó el flamante auto de su mejor amigo contra el otro.

Los adolescentes salieron furiosos y confusos de inmediato, también su novia que estaba lívida, con el rostro impregnado en llanto y las ropas un poco rotas, eso lo volvió loco. Intercambiaron miradas, no se dijeron nada. No hacía falta, aquí ardería una batalla.

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Continuará...
Capítulo dedicado a: Eggplant Gypsy Moon, muchas gracias x la ayuda amix...ahora sufreee y ódiame.