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Los chicos que descendieron del auto eran cinco, más jóvenes que ellos, más osados y alocados. Estaban ebrios, puede que hasta drogados pues los aromas que recogió en el interior del auto hicieron girar su cabeza, entorpecer sus movimientos, por eso no se movió cuando el que estaba al volante le puso una mano sobre la pierna y los de atrás tiraron de las telas de su vestido llegando a rasgarlo.
Arnold preguntó cómo estaba. Ella sentía la lengua dormida, todo su cuerpo temblando, miraba pero no observaba porque su mente no estaba ahí, estaba en alguna parte con Alan.
Él vivía en el Barrio Francés, siguiendo de largo la avenida donde chocaron. Si lo llamaba correría a buscarla. ¿Entonces, quería ser salvada? ¿Olvidarse de Arnold? No lo sabía, pero la insistencia y preocupación del rubio apuñalaban como una estaca y su audiencia aguardaba.
Si perdían el control, lograrían lastimarlo y ella no podía con más heridas en su corazón.
—No me hicieron nada, pero si llamas a la policía cambiaré de versión…
—¡MALDITA ZORRA! —aullaron a voz en grito. Sin embargo a pesar del dolor de cabeza y la turbación de su mente, logró mantenerse firme en su posición.
Mencionó cargos por posesión de drogas, conducir en estado de ebriedad y por supuesto, intento de violación. Para dar mas énfasis a sus palabras, ella misma terminó de romper su vestido, medio pecho diestro salió a la vista, sus agresores disfrutaron el espectáculo pero debían tener un mínimo de sentido común para caer en la cuenta de que terminarían en el tutelar de menores o algo peor.
Regresaron al auto que para ese entonces, tenía parte del parachoques trasero sumido, les hicieron señas con los dedos, lanzaron todo tipo de amenaza y maldición. Helga los ignoró a todos, seguía confundida, sumamente arrepentida y sin decidir si quería quedarse ahí o llamar a Alan.
Permanecieron donde estaban, temblando de pies a cabeza aunque no sabían si por el frío, la impotencia o tristeza.
Arnold decidió conceder el silencio, ambos parecían necesitarlo. No obstante, una suave lluvia comenzó a caer. La luna seguía sobre sus cuerpos, iluminando la noche, otorgando su manto protector a un par de corazones rotos.
Estaban a pocos kilómetros del Anemone, la carretera húmeda se extendía a lo lejos, las casas a oscuras, familias durmiendo, parejas compartiendo sueños, quizás dándose amor, pero nada de eso sucedería entre los dos.
Se quitó la camisa, quedando únicamente con el pantalón y se la colocó por encima de los hombros, ella se exaltó por el movimiento pero afortunadamente, no lo rechazó. Lágrimas transparentes corrían por sus mejillas, estaba desastrosa, los cabellos sueltos caían por buena parte de su rostro y los que no, se pegaban a la espalda como enredaderas. Cuando lo miró, fue evidente en su gesto que ninguno de los dos terminaba de entender lo que sucedió.
—¿Cómo terminamos aquí...? —preguntó con honestidad. Las pastillas que tomó durante una semana tenían demasiadas contraindicaciones, algunas de ellas incluían alucinaciones y ataques de ansiedad. No sabía si su "escape dramático" se debía a eso o al terror de quedarse completamente sola en el mundo.
Por lo general, cuando quería escapar era con él donde iba, (aún si Arnold no lo sabía). Y la perspectiva de perder eso, le hizo sentir la necesidad de acabar con todo.
¿La razón?
Había una única cosa que se prometió cuando vio a su madre totalmente vencida.
"La persona que te rompió, no puede ser la misma que te reconstruya"
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¿Él la estaba rompiendo?
¿O era ella, quien lo estaba destruyendo?
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No soportaba ver esa mirada entre torturada y melancólica en su Cabeza de Balón, le hacía pensar en tragedia y él debía evocar promesas de amor y eternidad. Resistió el impulso de abrazarse a su pecho, llorar hasta quedar seca, pedir perdón por ser tan impetuosa, arriesgada y odiosa.
Si no fuera por él, ni quería pensar en lo que le estaría pasando, pero eso también era parte de su plan...
No más dolor, no más nostalgia, no más sueños de niña enamorada.
Arrancarse el corazón y dejar que cualquiera le hiciera el amor, entraba dentro de esa categoría, ¿No? Sumergirse en las profundidades de aquella espesa Selva, dejar que las sombras profanaran su alma, las flamas devoraran su carne y la muerte, esplendorosa e implacable, al fin la tomara.
Arnold continuó mirándola a los ojos. A saber qué diablos es lo que vería en sus ojos. ¿A la lunática, la poeta, la mujer que se desvanecía día a día a sus pies? Fuera quien fuera, acaricio su rostro con dedos fríos por la lluvia, recorrió sus mejillas, buscando borrar el rastro de llanto y comentó.
—Diría que no lo sé, pero una vez más te estaría mintiendo. Falté a mi palabra, a la promesa que te hice esa primera noche en tu casa. Te dije que no había secretos a parte de la carta, pero olvidé hablar de Thea.
—¿La amas…?—preguntó con notable temblor en la voz.
—No, pero hay algo en ella que desde el principio me gustó... —Helga escapó a su contacto, le dio la espalda y se abrazó a su camisa, aspirando su aroma, buscándolo a él porque necesitaba todo de él. Pero a la vez quería demostrarse que podía vivir sin él. No funcionó, porque entre tirones, encontró su relicario de oro en el pequeño bolso del pecho y lo tomó.
Phoebe tenía razón al mantener sus reservas sobre los dos. Era peligroso amarlo tanto, quererlo tanto, necesitarlo tanto. ¿A dónde iría, si salía de su vida? ¿Una casa vacía como testimonio de todo lo que podía salir mal en una relación?
No…
A estas alturas, ya no podría soportarlo. Presionó la diminuta pieza en el interior de su puño, deseosa de tirarla, aplastarla y odiarla, pero no lo hizo porque ese corazón ya no era suyo. Se lo entregó a él y entre más lo pensaba volvió a evocar el rostro de Alan.
¿Se atrevería a ilusionarlo? ¿Buscar refugio en sus brazos? ¿Consuelo en sus labios? Tal vez, pero si lo hacía ya nunca la dejaría ir.
Suspiró agotada y devolvió el relicario a su sitio. No tenía fuerzas para destruirlo, ni mente para decidir alguna clase de designio. La lluvia arreciaba con mucha mayor fuerza ahora, atravesaba las transparentes telas de su vestido y se sentía como puñaladas que intentaban llegar a su alma.
Arnold, no presionó para que retomaran la charla pero sí se acercó. Ella renegó a su roce, a su preocupación y cuidado, pero bastó una mirada, un ligera presión de sus manos, un estrechamiento de sus labios húmedos y en dolorosa comunión para que se dejara guiar de vuelta al auto.
La carrocería del viejo Mustang Coupe de Gerald, soportaba los malos tratos. Ni siquiera se dañó la pintura, así que esperaba que su amigo no se enterara de nada y no los asesinara.
El silencio incómodo volvió a envolverlos. Ella le devolvió su camisa a pesar de que no la quería y de que estaba tan húmeda como para exprimirla. Le ordenó que se la pusiera o saldría de ahí y llamaría a Alan…
La mención de su nombre se le escapó de pronto, como un hecho concreto, una posibilidad. No lo conocía de toda una vida como a él, pero entre Paris, sus sesiones fotográficas y las salidas a beber, creía ir conociéndolo más y más. Nunca faltaban sus atenciones, halagos, las miradas indiscretas y si habría de ser sincera, se sentía cómoda con él pero no estúpidamente feliz, ni enamorada o nerviosa, como cuando estaba con Arnold.
El rubio maldijo la existencia de todos los Redmond en el mundo, tomó la camisa, se la metió a la fuerza y ella agradeció que ocultara su pecho desnudo pues de entre todas las cosas que no la estaban dejando pensar, esa era la número uno y la que comenzaba a ganar terreno.
Concéntrate, Helga. —se ordenó. A la vez que admiraba sus reflejos en la ventana. La mirada rota, el corazón arrobado. ¿Qué hacían dos mitades de la misma cosa, en un solo lugar sin juntarse? No tenía idea, pero quizás fuera mejor no saber. El vidrio comenzaba a empañarse, ellos a extrañarse.
Dibujó motivos irregulares en la ventana, después escribió algo estúpido porque no era su carro, ni el de él.
"Helga ama a Arnold"
(?)
Agregó un signo de interrogación al final y su compañero de viaje, se estaba comenzando a frustrar. Era evidente que lo hacía, Shortman era muchas cosas pero no un chico especialmente paciente. No tenía ganas de encender el motor porque posiblemente no sabía a dónde llevarla. ¿Sunset Arms o su casa? ¿Qué pasaría con la trabajadora social? ¿Su futuro? ¿Aún tenían uno?
Quería creer que sí.
También se quería aferrar a que no era culpa suya, ni de él…
—Si insistes en que hablamos de la mujer de mi sueño, es hermosa…—pronunció para él, con apenas un hilo de voz. —Puedo entender que te gustara, siempre has tenido debilidad por las mujeres guapas.
—Es que, no es solo eso…—¿Por qué tenía que decirlo así…? ¿Que no veía lo mucho que le dolía…? Una mujer de su tierra natal, a la que había visto durante cuatro meses en San Lorenzo, con la que podía compartir cosas de las que ella apenas si sabía. Lo referente al "milagro" su concepción o esos rituales que indudablemente, los llevaron a hacer el amor…
¡No Helga…, no vayas por ahí! ¡Olvida ese sueño! Concéntrate en otra cosa, lo que sea…
Alan.
Cerró los ojos, cubriéndolos con ambas manos, reprimiendo el impulso de gritar o llorar porque si lo llamaba, no habría vuelta atrás y ella no decidía si continuar o acabar.
¿Sus momentos juntos, serían tan ínfimos? Llenos de hubieras y ojalás, de caricias que terminaron en nada, besos que le llegaron al alma, promesas que la harían sentir hueca por la eternidad.
Se negaba a aceptarlo.
Arnold por su parte, permanecía expectante, indeciso sobre guardar la distancia, conceder más silencio o romperlo.
Al final se decidió por lo último.
—Me gustaba porque me recordaba a ti...
—¿Qué…?—Helga vació sus pulmones y lo miró sin dar crédito a lo oído.
Ahora estaba oficialmente aterrorizada.
Él era el único que podía destruirla y restaurarla. Era peligroso, prohibido, malo. Era veneno corriendo en sus venas y aún así...No quería dejarlo.
Como si leyera sus pensamientos. Le suplicó que escuchara, era la última vez que lo pedía, se lo diría todo y después, si quería, terminaban.
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—.o.O.o.—
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Esa ultima palabra le supo amarga pero fue necesaria ya que solo así, la obligó a escuchar. Helga lucía tan pálida y trágica que se odió a sí mismo por lastimarla. En una segunda valoración, agradeció que después de todo esto, al fin acabara.
Le contó lo sucedido en el momento que escribió la carta. La decisión de su corazón, los deseos de su alma. También "la oferta" de Thea y la extraña "relación" que al parecer tenían los dos.
La leyenda sobre la vida y la muerte, las conclusiones de Gerald. Lo sucedido en su primera visita a San Lorenzo y que al parecer, ninguno de los dos recordaba.
Helga lo escuchó en absoluto silencio, tan calmada y quieta que se estaba comenzando a asustar. ¿A caso creía que estaba loco? ¿Lo rechazaba? ¿Después de todos estos años, de sus noches juntos, de entregar su corazón en la mano, era así como terminaban? Si lo hacían, su corazón se rompería en tantos y diminutos fragmentos que honestamente no sabía lo que sucedería con el volcán.
Al concluir su narración, la rubia volvió a recargar el rostro contra la ventana, cerrando los ojos cual si no pasara nada. Él sintió un vacío que nunca antes había experimentado, un pánico irreal, como si le faltara el aliento, el sustento, la vida.
—Por favor, di algo...
—Llévame a mi casa.
—Helga…
—¡Arnold, basta! No quiero escuchar nada más…
Ni siquiera lo miró cuando le gritó. Él si quería escucharla, prolongar este momento para que la noche no se acabara. Despedirse de ella, besarla, abrazarla, aspirar el perfume de sus cabellos, volver a tener su cuerpo entre sus formas, sentir su fortaleza y espíritu. La observó de reojo, había recogido las piernas sobre el asiento, se mecía a causa del frío o para ignorar la lluvia que para estas alturas casi parecía tempestad. ¿Eran los sentimientos de los dos? ¿Su estado de ánimo al fin afectaba a Hillwood? ¿Cómo saberlo? ¿A quién preguntar? ¿Su padre o su madre?
¡Ellos sabían!
Si tomaba como ciertas las palabras de Gerald, ellos sabían desde hace mucho que debían estar juntos y decidieron guardar silencio.
¿Por qué?
¿Por qué era tan difícil querer a quien se supone estás destinado a tener?
Golpeó el volante con ambas manos lleno de impotencia, ira y frustración.
Estaba siendo injusto.
Su padre le dijo que entregara la carta a su dueña y por temor, no lo quiso hacer. Stella le comentó al despedirse (luego de su reencuentro) que no dejara de agradecer a esa niña preciosa que estaba prendada de su amor.
Sabía que se refería a Helga, más no por su papel en San Lorenzo, sino por la confesión en Industrias Futuro. Ella era la única mujer que a sus diez años, le había dicho que lo amaba con tanta intensidad que asustaba.
Era un idiota y Gerald un maldito cabrón adivino.
¿A caso, tenía razón?
¿Helga lo terminó?
No quería aceptarlo. ¡Se negaba a hacerlo! Si no podía convencerla a ella entonces hablaría con Thea y le reclamaría por sembrar dudas en su corazón. ¿Qué ganaba con eso? ¿En verdad creía que tenerlo, era algo tan bueno? Sólo bastaba ver, cómo hería a la mujer que amaba para caer en la cuenta de que era un caso perdido.
Encendió el motor que se quejó dolorosamente por el golpe recién dado. En esta ocasión no hubo música, miradas indiscretas, roce de dedos ansiosos.
Tan solo unos sonidos entrecortados por parte de Helga.
No sabía si lloraba, lo maldecía o condenaba. No se atrevía a preguntar, ni a mirar. Se concentró en la carretera, parecían ser los únicos en todo el pueblo y cuando llegaron a destino, ya sentía su corazón encogerse tanto que con cada inhalación dolía.
—Helga…—insistió en una tregua. La rubia se bajó sin mirarlo o invitarlo, él golpeó su rostro contra el volante unas cuantas veces antes de notarlo. Dejó abierta la puerta del auto y cuando salió a cerrarla, advirtió en la misma condición la de su casa.
Eso debía significar algo, así que aseguró el Mustang y la siguió.
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El interior, parecía zona de guerra. La cena estaba dispuesta y helada sobre la mesa, algunas sillas en el piso, los cuadros que recordaba de cara a la pared habían sido arrancados y maltratados, los sillones estaban fuera de lugar, al igual que la mesita de centro y la alfombra.
Helga no se veía por ninguna parte, lo que quería decir que estaba en su alcoba.
Cerró la puerta, colocando el cerrojo a pesar de no saber si sería bienvenido por unas cuantas horas, la noche entera o no. Subió los escalones de manera lenta, adentrándose por el pasillo, encontrando que el resto de habitaciones estaban abiertas, excepto la suya.
Se acordó de tocar, medio segundo después de girar el pomo y entrar. La encontró desnuda, de espaldas a la puerta, colocándose un camisón blanco sobre los hombros. Casi se le sale el corazón del pecho ante la visión de su Amazona con nada más que esa delicada prenda. Admiró su piel pálida, sus curvas sensuales, por demás exquisitas y por supuesto, los ángulos que escondían su femineidad.
Si terminaban…esa imagen suya lo seguiría hasta la tumba. Se aclaró la garganta para anunciar su presencia, no fuera que mirara más de lo que pudiera soportar.
—Arnold…—pronunció su nombre con admiración a pesar de que en su rostro no se advertía sorpresa alguna. Él quiso disculparse de nuevo, insistir en que no se acostó con Thea, pero su (ex-novia) continuó hablando. —Toma una ducha o enfermarás…—claro que necesitaba una ducha helada y masturbarse hasta secarse luego de contemplarla, desnuda y deseable.
¿Por qué, lo torturaba de esta manera?
¿Por qué, le seguía rogando?
No lo entendía, pero la persiguió con la vista, estaba sentada ahora de frente al espejo de su tocador, secando sus cabellos, largos y dorados.
¡Dios! cómo quería tocarlos, olerlos, peinarlos…
—Hay toallas y ropa que parecen limpias en el montón de allá. Señaló una silla y encontró lo que describía. ¿Su madre había estado ocupando su habitación? ¿Bob y Marion, la matrimonial? Le pareció impresionante que lo hicieran pero aparentemente, eso fue lo que sucedió.
—¿Que hay de ti…?—preguntó por cortesía. Pues era evidente que se encontraba calientita y bastante cómoda en ese camisón que no dejaba absolutamente nada de sus pezones a la imaginación. Él los había tocado, sólo eso y nada más. Se arrepentía tanto de no besarlos, lamerlos, chuparlos.
¡Ah, la incertidumbre de no saber, si seguían teniendo una relación, lo estaba matando!
—Tengo experiencia bajo la lluvia, no enfermaré a la primera.
—Helga, ¿En verdad, me estás invitando?—preguntó esperanzado. —Creí, que…—habíamos terminado. Pensó para sus adentros pero no lo pronunció.—…estabas molesta.
—Sigo pensando en lo que dijiste y no quiero que te de pulmonía.
—¿No vas a espiar…?—preguntó intentando aligerar la tensión, rogando por una ultima opción. ¿Sexo de despedida? Debía sentirse como una patada en las bolas por el resto de su existencia y aún así lo quería.
—Ni a seguirte, bribón.—lo señaló con un cepillo como haría su abuela con la cuchara de madera y agregó. —Dúchate y tárdate lo que quieras, yo necesito paz.
—De acuerdo…—se rindió y arrastró sus pies hasta el montón de ropa limpia, tomó una toalla verde y no encontró nada mejor que ponerse, más que un pantalón blanco y una camisa gris.
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—.o.O.o.—
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Mientras estaba en el baño, Helga se dejó caer de espaldas a la alfombra y agradeció el maldito yeso en su mano dominante o de lo contrario estaría haciendo cosas con su entrepierna que harían palidecer hasta a sus ancestros. Cuando se calmó, lo que era un decir porque sentía el calor y deseo sexual por Arnold latiendo en cada terminación sensible de su piel.
Ordenó a su mente, pensar en algo coherente.
(Demasiado tiempo bajo la lluvia con un semidesnudo Dios de la Selva, que ahora estaría bajo la ducha totalmente desnudo)
Dios, que le había hecho creer que estaba destinado a enlazar su futuro con el de otra mujer, pero que a pesar de todo eso era con ella con quien lo quería tener. La amaba, deseaba y necesitaba tanto que no le importaba que la Tierra que lo vio nacer estremeciera o que ese condenado volcán explotara. Debían estar juntos, por eso le escribió la carta y le dedicó esos votos.
Él, estaba convencido de que se conocieron en más de una vida y que ésta era la buena. Eran novios, al fin. A pesar de todo y de todos. No debía sucumbir a las perversiones de esa otra mujer. Anthea, solo estaba herida, cegada por el desaire pero en el fondo no era una mala persona.
Estúpido, estúpido Arnold.
Eso lo procesaba hasta ahora, claro. En el auto, estaba tan excitada por sus palabras de amor, que lo más que consiguió hacer para no saltarle encima como una loca, fue decirle que la llevara a su casa y se callara. No podía escuchar nada más. ¡De verdad, no podía! recogió sus piernas y comenzó a retorcerse como gusano en el alambre (a falta de masturbarse) Esperaba que no escuchara sus microscópicos jadeos, pensamientos sucios, deseos húmedos. Si lo hiciera se moriría de vergüenza, de hecho. Por eso salió corriendo, entró en su casa sin cerrar la puerta, se quitó las ropas húmedas y se metió en ese camisón de Miriam que fue lo primero que encontró.
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No esperaba que la siguiera.
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Bueno sí, pero no…
¡NO PODÍA TENERLO TAN CERCA! Mirándola de esa manera entre desesperada, necesitada y deseable. Terminarían revolcándose y no es que no lo quisiera, es que no podía hacerlo. Sin terminar este tema.
Bajo cualquier otra circunstancia, diría que no creía en el Destino pues de ser así, querría decir que estaba condenada a repetir la historia de su abuela, su madre y hermana. (Esta última se había topado con tan mal y tortuoso amor, que ya ni siquiera aspiraba a encontrar uno mejor. Se contentaba con amantes de una noche y a los que tenían dinero les seguía el juego hasta que la llenaban de obsequios)
Ella no quería terminar así y quizás, por eso es que estaba aquí.
En la casa de sus padres, vistiendo una prenda que juró, jamás se iba a poner. Era el camisón de su sueño. Bueno, no exactamente el mismo pero encajaba en la descripción. Y le daba miedo, esta sensación de desasosiego, de estar siendo observada, conducida, manipulada. Si existía una conexión entre ellos dos, debía haber otra entre las dos.
Vamos, piensa.
¿Qué te hizo, Helga? ¿Cómo conectó contigo? ¿Fue realmente el deseo de muerte, el temor, tu desesperación por dejar de sentir todo lo que te hacía sufrir? ¿O el que Arnold conociera a la muñeca rota? Sabes bien que lo estás y que esa fisura, sólo se agrandará más y más. "La muerte" indudablemente ha tomado ventaja de eso. Se ha anclado en la hendidura de tu corazón e impide que entre algo más.
Esperanza, amor, fe.
Todo lo que él quiera darte, ella lo verá llegar y contaminará. Jamás lograrán "estar juntos" no permitirá que te haga el amor, sin esparcir su veneno en tu interior.
Debes detenerla.
Sólo tienes que dormir, encontrarla y desterrarla...
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Bajo esta creencia, suspiró para sus adentros y comenzó a trenzar su larga cabellera en espiga.
No tienes de qué preocuparte. —se recordó. Arnold está cerca y tú eres la Guerrera Amazona, el estúpido de Geraldo te nombró así por alguna desconocida razón.
Y esperaba que fuera cierto. Según DC Cómics, las amazonas fueron creadas para apaciguar la ira de los Dioses y ella necesitaba aplacarla a punta de golpes. Amarró la trenza con aquel viejo listón rosado, era de sus objetos mas preciados porque le recordaba el día que lo conoció y evidenciaba lo profundo (o desquiciado) de su amor.
Luego de "prepararse" agradeció a su madre por dejar algunos de sus fármacos en la encimera. No sabía muy bien para qué eran, pero los medicamentos en general solían mandarla a dormir. Dedicó un pensamiento a Phoebs, Alan, Brainy, Lorenzo y Eugene, quedarían devastados si el "experimento" le salía mal. No obstante, no escribiría cartas de despedida o explicaría sus motivaciones. En esta ocasión, su convicción era otra. No se iba con la idea de morir, lo hacía con la esperanza de estar completa.
Poder amar y ser amada, sin temor.
Se empinó tres pastillas bonitas y redonditas de un solo trago, luego se acomodó en la cama, los cabellos sobre el hombro, las manos en el pecho. Recuerdos de "Romeo y Julieta" le volvieron a la memoria, su primer beso…error, su primer desafío pues tuvo que enfrentar a la "Señorita Perfección" y hacerle saber que ella era la dueña de su corazón.
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—.o.O.o.—
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La cabeza volvió a dolerle, los miembros a entorpecerse. Debía ser la idea más genial de todas, tomar medicamentos luego de beber vino, comer ternera e inhalar quien sabe qué porquerías en el auto de un desconocido.
Su mente se nubló, por un momento todo se desconectó y como Alicia en el país de las maravillas.
Caía.
La sensación de vértigo, no le era desconocida del todo pues había saltado de un tejado bastante alto, luego de decirle a Arnold que estaba coladita de amor por él.
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Despertó en la Selva, ahora nutrida y viva. Era de noche, no había más viento amenazante, ni ramas como dedos agonizantes, sus pies se sentían cómodos en la hierba húmeda y avanzó por el conocido sendero hasta alcanzar el volcán y la hoguera.
Ella, ya estaba ahí.
Esa mujer de piel morena y ojos tan fríos que parecían atravesar su mente, arañar la superficie y tomar lo que pudieran entre recuerdos, pensamientos y deseos. Le sonrió, como las serpientes que sacan la lengua y humedecen la superficie celebrando un previo al festín.
Ahora que la veía completa, notaba que vestía como "Pocahontas" (versión para adultos, si se lo preguntabas a ella) y hasta traía el maldito collar de huesos que según Walt Disney, recordaba a sus ancestros.
¡Oh, Patético y deslumbrado John Smith!
Golpearía a Arnold hasta cansarse por dejarse impresionar tan fácilmente. "Choque de mundos" El hombre de pueblo y La mujer de la tribu. ¿Cómo no terminarían mojando las sábanas? ¿Soñando el uno con el otro? ¿Deseando introducirlo en su mundo? Espera, ¿Eso era de Pocahontas o de Tarzan? No importaba, ahora le consentiría a su novio un poco el desliz, porque realmente era bella, seductora y sensual como la mas retorcida y letal de las víboras.
Guardó su distancia. No sabía que tan mal le saldría su entrevista y aparte de estar prácticamente desnuda tenía el estúpido puño enyesado.
—Por tu propia voluntad has venido, qué impresionante…
"Muerte" giró el tronco en su dirección y así pudo notar que llevaba una lanza en la mano izquierda, la diestra estaba decorada con una pulsera de huesos que le dio mala espina. Ella se replegó hacia atrás, con armas de largo alcance Bruce Lee, decía: "mantén tu distancia" Chuck Norris, aconsejaba: "mantén la distancia, alardea un poco y prepara tu ataque"
—Soy una mujer asombrosa.—le recordó, pues según Arnold, ya antes se habían encontrado. "Muerte" la barrió con la mirada ¿Era en serio? ¿Complejos de inferioridad, ahora? No, gracias.
—Tanto, que deseaste morir.—se ufanó y avanzó hacia el frente. Por cada paso que daba, ella describía tres hacia atrás. El fuego de la hoguera ardía con hambre, ya no la intimidaba, no parecía querer devorarla.
Solo estaba ahí como testigo de su batalla.
—Entre el deseo y el hecho, hay mucho trecho.—comentó con fingida burla. Comenzaba a sentirse un poco intimidada.
Esto, era "Wonderland" operaba bajo otras normas, el aire se sentía cálido y pesado, sus miembros tiesos. "Muerte" por el contrario se conducía como una ánima del infierno. Tan mística y celestial que en cualquier momento la haría vomitar.
—¿Por qué huyes, si antes buscabas mi favor? —¿Buscarlo? No, nada de eso. Lo había rogado y suplicado, pero jamás le habían contestado. Dejó de creer en Destinos y Dioses el mismo día que Gertrude y Phil, le abrieron las puertas de su casa. No había nada de "celestial" en eso, tan solo compasión y humanidad, de dos personas maravillosas.
Se lo informó.
—Quería dejar de sentir soledad, temor, dolor…
—Y amor. —pronunció con tal convicción, que ella se llevó el puño diestro al corazón.
—Amor, no correspondido.—aclaró. Porque a pesar de todo, no había renunciado a su amor. Lo que sentía por Arnold, (aún si no era recíproco) era el motor de su vida, lo que la hacía levantarse cada mañana, enfrentarse al mundo, luchar.
"Muerte" lo sabía, por eso la atacó. Y ahora detenía sus pasos para apuntarla con aquella siniestra lanza. ¿Qué se supone que representaba, su guadaña? ¡Ja! Levantó el rostro. No importaba que la supiera "rota" que mirara sus fisuras, pues al parecer eso es lo que hacía. Adquirió la posición defensiva, recordándose dónde estaban y por qué terminó ahí.
"Wonderland" pertenecía a algún rincón de su mente. Quizás, era un recuerdo reprimido de su primera visita a San Lorenzo, el momento en que esta maniática les hizo un K.O, para evitar que iniciaran su relación.
Si era así, ella tenía el control. Aunque le hiciera creer que no.
—¿Estás tan convencida de tener su amor, que no temes a mi maldición?
—Lo estoy…—afirmó mirándola a los ojos. Fríos, coléricos, sin ningún atisbo de amor. Lejos de odiarla o juzgarla, lo que le dio fue lástima.
—¿No entiendes que él y yo somos Destino? —preguntó con advertencia en la voz.
Lo entendía, más no lo aceptaba. Ella también conocía de mitos y leyendas. Si iban a seguir con esta "pantomima" usaría de ejemplo a los Dioses que se enamoraron tanto de la humanidad, que bajaron a la Tierra para vivir entre ellos. A algunos les fue bien a otros los castigaron, los más desdichados murieron condenados, pero quería creer que ninguno se arrepintió de amar y ser amado en contestación.
"Muerte" estaba que echaba chispas por su vacilación.
¿No aplicaban en ella las mismas reglas que con él? ¿Se echaba un gas y una nube explotaba? ¿No? ¿Nada de sismos espectaculares, si una uña se le estropeaba?
Tal vez sucediera eso en el mundo real, pero estaban en Wonderland.
—¿Qué te parece tan divertido?—preguntó aún más colérica. No era buena poniendo la "cara de póker" cuando tenía todas las armas para burlarse en la cara y patearle el trasero a alguien. Ya no la asustaba. Entendía como funcionaba el caos de su propio mundo.
—Que lo llames Destino cuando él, es mío… —declaró y el primer golpe, se dio.
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—.o.O.o.—
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Pies desnudos sobre la tierra mojada.
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Desde que podía recordar era así como estaba. Siempre que quería esconderse o escapar, se encontraba lloviendo y ella corriendo. En esta ocasión no huía de nada, levantaba la cara y peleaba.
No tenía demasiado que ofrecer, pero sí mucho que proteger.
Pensó en sus amigos, su amado y familia. Por increíble que pareciera ellos la pensaron también. Cada uno en sus asuntos, sus casas, pensamientos.
Su mundo.
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Phoebe no había logrado dormir esa noche, leía una revista médica, la cual dejó de lado para acariciar el pelaje de Mantecado (acurrucado junto a su almohada) y echar una mirada a través de la ventana. La lluvia arreciaba con fuerza, su corazón latía inquieto. Tenía ganas de llamar a su amiga, saber si estaba bien, si la cita con Arnold había resultado como lo planearon o no.
—¿Tú que dices pequeño, la llamamos?—el felino que creía dormido, abrió sus sorprendentes ojos y colocó una pata sobre la mano de ella.
—Miau miau…(Traducción: Aún no)
La asiática lo levantó con ambas manos y lo llevó a su regazo, esta sensación la ponía nerviosa, era como si el aire, la lluvia o la noche trataran de decirles algo.
Que estaban siendo observados, intimidados, juzgados.
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Gerald, golpeaba la pared que compartía con su hermana (para fastidiarla hasta la rendición) con una pelota de ping-pong.
Al igual que su chica, sentía la necesidad de llamar a Shortman y saber si le había servido de algo el "condón" No quería cuidar bebés cabezones con uniceja, aunque de ser honesto le hacía ilusión ser el padrino de alguno.
Timberly debió desmayarse de sueño hace bastante rato, pues sus gritos de "Mamá" "Papá" "Abuela" "BATMAN" se callaron. Cerró los ojos, escuchando la misma tormenta. ¿Eso no tenía que ver con un mal presagio o si?
Recuperó su pelota tras un ultimo rebote y la dejó en el buró, junto a su teléfono móvil. Si lo estaban "haciendo" ninguno de los dos le iba a contestar, pero si les mandaba un mensaje de texto puede que a la mañana respondieran.
"¿Home run?" —escribió como única frase y lo envió.
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Alan, Brainy y Lorenzo, estaban en la casa de este último. Trabajando los detalles finales de HELL-GA e indecisos sobre si debían tocar "el tema"o no.
La página de internet que seguían sin tirar actualizó su base de datos y en ella se anexaba una fotografía de su Guerrera Amazona con un vestido de lo más provocativo. Fue tomada de manera anónima y publicada bajo la inscripción: "FIRMEN LOS QUE QUIERAN MUERTE POR SNU SNU" En el encuadre, Pataki se miraba al espejo de manera crítica, Phoebe no cabía en sí misma de la emoción. Más que un vestido de noche, parecía que modelaba uno de novia. La ilusión era visible en sus rostros y la lista de comentarios, firmas y demás. Jamás había ido tanto en aumento.
Redmond sabía que este día llegaría, que tendrían la "gran cita" y que ella desearía vestirse todo lo femenina y sensual que era, solo para él.
A manera de discurso y abreviando por el sentir del grupo. Lorenzo se levantó de su asiento, saco tres cervezas y las repartió. Brindaron por la mujer más asombrosa que conocían. La que merecía ser feliz y a la que defenderían a capa y espada, si es que ese idiota de Arnold Shortman la lastimaba. Bebieron hasta vaciar los envases y luego el fue turno de Alan y Brainy de fastidiar a Lorenzo con Rhonda.
La razón de que aún no tumbaran ese estúpido blog de chismes, se debía a que él, había estado postergando las citas para reunirse con la heredera de los Lloyd.
—Sugiero que le pidas ser tu novia y ya.—comentó Brainy, repartiendo otra ronda de cervezas.
—No es tan sencillo.—se defendió, agarrando la suya.
—Sí lo es, solo tomas tu estúpido celular...—Alan hurtó el teléfono móvil que su amigo dejó inocentemente en la mesa y trazó su código de seguridad. Cuando el moreno trató de detenerlo, Brainy lo detuvo con una llave de lucha que le enseñó Pataki. —...abres el WhatsApp, encuentras el grupo que creó Gerald...
—¡NO! ¡NO LO DIGAS EN PÚBLICO!—suplicó. Pero Redmond lo ignoró. Si podía hacer que otro corazón roto estuviera completo, se sentiría menos miserable consigo mismo.
—Escribes: "ESTADO DE POESÍA PERMANENTE" y le das enviar.
—¡AHHHHHH! ¿¡POR QUÉ HICISTE ESO!?—gritó una vez Brainy lo liberó y recuperó su teléfono móvil.
—Para que tú te declares, Brainy se luzca con Violette y yo pueda volver a escuchar su voz…
Viéndolo así, ninguno opuso objeción. Se tumbaron en sus asientos, la lluvia hacía que se les metiera el frío hasta los huesos y no es que fueran especialmente supersticiosos pero en serio, parecía que una horda de Dementores andaba de paseo por Hillwood.
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Medio segundo después de comenzar a pelearse por la ultima patata frita, sus celulares vibraron en contestación.
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"¿Qué es el estado de poesía permanente?"—preguntó Phoebe.
"¿Qué haces despierta?"—se metió Gerald.
"¿Qué no es obvia la tormenta?"—respondió Eugene.
"¡¿A QUIÉN LE IMPORTAN SUS TRAUMAS?! DEJEN DORMIR"—amenazó Harold.
"Apaga el wifi, Mastodonte"—ultimó Rhonda y los chicos obligaron a Lorenzo a responder.
"Es el nombre de nuestra banda de rock. No es muy normal que digamos, pero a Helga se le ocurrió"
"HELGA TIENE UNA BANDA Y NO ME INVITÓ"—gritó o mejor fuera dicho que lloró, Eugene.
"Es nuestra banda" —aclaró Brainy
"Se suponía que era privada, pero como estamos ebrios, queremos que vengan a vernos"—escribió Lorenzo.
"Por supuesto"—aseguró Gerald.
"¿AHORA?"—comentó Rhonda.
"¡NO!"—dijeron al mismo tiempo Brainy y Lorenzo.
"El Domingo a las 20:00 en mi casa"—anotó Alan y la tormenta lejos de amainar, parecía que empeoraba.
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Helga recibió varios golpes antes de responder.
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Tiempo atrás dejó las artes marciales en pro de la madurez y a la salud de su "femineidad" dejó de ser aquella maldita mujer imparable. Pero, ¿No decía así el viejo adagio? "Hay de aquellos que la tuvieran por muñequita de trapo, porque Helga Geraldine Pataki, se sabía defender"
Las heridas que le abría con su lanza le causaban gracia, su sangre derramada le devolvía las ganas.
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Bob, fue el primero en enseñarle cómo cerrar el puño correctamente.
"Escúchalo bien, Olga. Si algún imbécil quiere pasarse de listo. Tú cierras el puño así, y le das un golpe justo en el puente de la nariz. Si no alcanzas ataca al estómago. Es más accesible y no deje marcas"
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Un buen golpe en el estómago le atinó a la "Muerte" que soltó su arma y así logró patearla lo más lejos que pudo.
—Ahora, ya estamos iguales Deidad…—pronunció airosa, escupiendo un poco de saliva a sus pies.
—¡Tú y yo, no somos iguales! —gritó enfurecida y atacó de nuevo.
De hecho.
Aún no lograba entender ¿Dónde les vio el parecido, Arnold? ¿Es porque esta perra, peleaba como ella cuando era pequeña? La querida Betsy estaba en rehabilitación, su puño izquierdo merecía por tanto otro nombre. ¿Qué tal mata Dioses? ¿Demasiadas referencias a DC? De acuerdo, la llamaría Kimberly.
Esquivó otro golpe y preparó a "Kimi" Si estuviera aquí, Phoebe pegaría de gritos porque seguramente, el yeso en su mano dominante no debía ser usado como escudo anti golpes.
¿Pero, qué más podía hacer? Si las dos estaban bastante calientes. Ninguna apelaría a la charla, en específico no, ella.
No toleraría que usaran la debilidad de su corazón para agredir a su amor.
—¿Eso es todo lo que te molesta?—se burló, limpiándose la sangre producto del golpe que le propinó.
—No, lo que me enferma es que trataras de manipular a Arnold, que nos hicieras dudar de nuestro amor, que nos arrebataras siete años de relación y que ahora, amenaces la vida de una persona.
—¡Yo, soy la muerte! —anunció como toda una celebridad.
—¡Y yo, la que te está pateando el trasero!—gritó como Leonidas a Jerjes (mala referencia histórica puesto que el auto-proclamado Dios Persa, barrió el piso con el Espartano, pero eso no vendría en el examen. ¿Oh, si?)
—Si te llevas a mi Destino, les arrebataré algo que será irremplazable…
Le importaba un cuerno y en este juego (de intimidación) podían participar las dos.
—Si me fastidias de nuevo, lastimas a Arnold, o a cualquier persona que amemos. Yo te enseñaré, un nuevo significado para la palabra "Terror"
La Deidad se lo tomó personal. Se barrió por la tierra y recuperó su lanza. Ella mantenía la posición defensiva pero reconocía que estaba perdiendo considerable cantidad de sangre por las heridas previamente abiertas.
¿Cómo era la regla de oro? Si te mueres en los sueños, te mueres en la vida real o esto funcionaba como una especie de plano astral. ¿Las heridas de su cuerpo eran falsas y ella en realidad estaba dormida, serena y plácida?
—¿Apostarías tu vida a eso?—preguntó amenazante. Claro que lo hacía. Su psicóloga se lo dijo. Todo tenía que ver con el poder de la mente y ahora que lo entendía. No le temía.
—Probemos tu teoría "elegida" Si despiertas, no me desharé de ella…
—¿Quién…?
Helga buscó alguna otra identidad en los alrededores. La Selva seguía siendo un paraje interminable de sombras, no distinguía nada. Así que trató de recordar las descripciones de Arnold. Una de esas tiendas de acampar la ocupaba la Deidad, otra los líderes de la tribu, la de él debía ser la de enfrente y la de sus padres…
—No…
Arnold temía por la seguridad de su madre, por eso se peleó con su padre y tuvo que aceptar estas estupideces de "la vida y la muerte" corrió hacia el lugar indicado, pronunciando su nombre y escuchando gemidos en contestación.
—¡STELLA!
La madre de Arnold, estaba amordazada en el interior de la tienda, reconoció sus ojos verdes (como los de la tribu) destellando cual jades en medio de la oscuridad. Primero la miró con asombro, después alivio y por último con horror.
Esto se debió a que tan pronto como la encontró, Anthea la atravesó con su lanza, pero no cayó. La sujetó de la punta, luchando por el dominio del arma. En su haber, nunca había enarbolado un arma. No creía en ellas, si peleaba era cara a cara, puño a puño. Bob decía que eso era lo justo.
En el momento que la extrajo de su pecho, supo que el "sueño de Alicia" había terminado. "Muerte" miraba con ojos aterrorizados, no daba crédito a sus actos. ¿Qué, nadie en su sano juicio se arrancaría una estaca del corazón a sabiendas de morir desangrado? Los vampiros de sangre pura lo hacían (según las novelas góticas que leía) ¿Ella sería uno? Probablemente si, pues cuando tuvo la lanza en sus manos la apuntó hacia ella.
—Mi turno, Deidad…
Anthea gritó de auténtico horror, su forma se fue desdibujando, las sombras clamaban todo de ella, extrayéndola de su mente. Stella también gritaba, jadeaba y luchaba por liberarse. Ya la ayudaría en cualquier instante. Sólo quería escuchar lo que la "muerte" clamaba antes de desvanecerse.
"Si sobrevives, ella también. Déjalo y la soltaré, quédate con él y les arrebataré algo irremplazable"
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SUNSET ARMS
3:00am
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La figura de arcilla en el cuarto de lectura se terminó de romper. Miles despertó en el instante mismo que se quebró y un rayo perdido le daba a la caja de luz provocando un diminuto incendio que el Doctor Evans logró apagar con ayuda de un extintor.
Tras preguntar si todos estaban bien regresó a sus aposentos y tanto él, como sus padres se reunieron en la mesa de la cocina.
—Esta lluvia trae malos presagios. —comentó Gertrude, encendiendo varias velas junto a la estufa.
—¿Dónde están la chica furiosa y Arnold?—preguntó Phil, mirándolo con ojos amenazantes.
—La última vez que les escribí, estaban en un lugar llamado "Anemone"
—¿Cuanto hace de eso?—insistió, encendiendo un habano con la flama de otra vela.
—Unas tres o cuatro horas…—Phil miró el reloj de pared y tuvo la certeza de que a estas horas estarían en la casa de ella. Su nieto llevaba días con mas hormonas que neuronas. Dio una profunda calada al habano, mientras su mujer continuaba calentando licor de arroz. Era bueno para la tempestad, cortaba el frío de golpe. Esperaba que los dos estuvieran bien, esta lluvia no era común (o normal) a finales de marzo.
—De acuerdo, Tex. ¿Vamos a tener que revivir tus días de infancia o nos vas a decir todo lo que no nos estás diciendo? —ofreció su madre entregándole un vaso de licor amargo y él recordó que su vida en familia no había sido especialmente brillante, pero si regresara atrás volvería a repetirla.
—Si me permiten el desliz. Me parece que esta "tempestad" se trata de un mensaje…—comentó antes de dar un largo trago a su sake. Sus padres tomaron asiento, cada uno al frente suyo. Miles vació su vaso para continuar.—Se lo dije esta mañana a Arnold, el preludio a una muerte está latente.
—¿Muerte de quién?—preguntó Gertie
—Solo son deducciones mías, pero creo que afectará a la persona amada. Quien más quiera él.
—Esa sería Geleanor…—afirmó Phil, mirando a Gertrude con decisión.
—Lo sé y se lo advertí. Pero él no dará su brazo a torcer. Está decidido a quedarse con ella y la "muerte" está decidida a quedarse con él.
—¿Cómo que la muerte?—inquirió su madre.
—Es una larga historia que inicia meses después de que naciera Arnold. Otra mujer de la tribu dio a luz en los linderos del templo opuesto. Una pequeña niña a la que llamaron Anthea. Debido a las coincidencias entre sus concepciones los llamaron "Destino" y en teoría, debimos comprometer a Arnold con ella pero no quisimos.
Stella y yo éramos extranjeros. Se suponía que estábamos de paso, que no debíamos llevarnos, ni dejar nada. Eso, por supuesto que incluía a nuestro hijo pero las tradiciones, presagios, mitos y leyendas son poderosas en esas Tierras.
Existía la posibilidad de que realmente fueran Destino y si era así. No importaba donde creciera nuestro hijo. Al momento de elegir, se quedaría con ella. No habría de otra, tú mismo lo has dicho, papá.
—La maldición de nuestra familia.
—La de todos los Shortman, elegir una sola mujer para toda la vida.
—Arnold eligió a Eleanor pero esa otra chica sigue prendada de su amor. ¿Ese es todo el problema?—interrumpió Puki. —Que venga, ya le partiremos la cara entre las dos. —enfatizó tronándose los nudillos.
—Tienes razón,—puntualizó Miles. —Pero me temo que es mucho mas complicado que eso. La gente de la tribu, no tiene permitido salir. Esta tormenta, sin lugar a dudas significa que debemos ir.
—¿Oh, habrá consecuencias? —prosiguió Phil. —¿El preludio a una muerte, ahora involucra a tu esposa?
—Es lo que temo…—sus padres intercambiaron miradas severas. No por nada habían sobrevivido una Guerra. Necesitaban un plan de acción, desarrollar la estrategia y proteger a los novios. Eso como lo primero, Gertrude lleno los vasos de sake de nuevo.
—No te preocupes por pequeñeces, Tex. Rescatarás a tu esposa y Arnold tendrá a su novia. Un poco de agua no nos espanta. Este pueblo ha soportado verdaderas calamidades. Que nos manden bolas de fuego si es lo que quieren, asaremos bombones, calentaremos licor y mandaremos a esa muerte de vuelta al infierno.
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CASA DE LOS PATAKI
2:45am.
Arnold Shortman había hecho un vergonzoso desastre en el baño de su novia y estaba terminando de borrar la evidencia del delito cuando escuchó un doloroso grito. A ese se le unió un segundo y también tercero. Se olvidó de lo que hacía, cerró el paso del agua, se metió en el pantalón de su suegra y salió dispuesto a encontrar a Helga.
Estaba recostada en la cama, aterrorizada por algo y gritando. Entre más se acercaba a ella más le parecía ver como si su cuerpo sangrara, tenía heridas que él no concebía, cortes rectos como de navaja y aunque en un principio se espantó. Una segunda valoración le hizo saber que todo eso estaba en su imaginación. Se abrazó a ella, tratando de despertarla pero no funcionaba. Seguía sollozando, llamando a su madre. ¿Por qué demonios soñaría con su madre?
—¡Stella…! ¡STELLA! —él la aferró con mucho mayor fuerza, susurrando al oído para tranquilizarla. Sentía los latidos de su corazón desbocados, su cuerpo por demás helado, los cabellos bellamente peinados húmedos por el sudor, el camisón se le había pegado a la piel por lo mismo. Advertía en ella todos los detalles que lo hacían sonrojar y aunque moría porque se dejara amar, lo primero en su lista, era hacerla despertar.
Besó sus labios con dedicación. Y como en el cuento de hadas, su Amazona despertó. Sus ojos azules lo reconocieron, encontró en ellos todo el amor que en cuestión de segundos se transformó en dolor.
—Arnold…
—Helga…¿Qué fue lo que pasó? ¿Más pesadillas? ¿A caso Thea…?—ella le colocó el dedo índice de la mano izquierda sobre los labios para hacerlo callar. Confesó la barbaridad de su acto y aunque enloqueció por lo arriesgada que era, la parte final era la fatal.
—Tiene a tu madre, las sospechas de Miles eran ciertas. Ella, le hará daño si nosotros…
—Me niego a que no exista un nosotros.
—Y yo, a que tu madre muera.
—No la asesinará. Si me quiere. Lo último en sus planes debería ser, aniquilar a mi madre. Tú por el contrario, eres el premio mayor. ¿Cómo te atreves a seguir jugando así con mi vida?
—Yo no...
—Tú, eres mi vida.—interrumpió. Acomodándola un poco mejor sobre sus piernas. —Deja de actuar por instinto, sin pensar, razonar...
—Lo planee, yo soy…—insistió entre sollozos, aún sentía la herida abierta en su corazón, latente, ardiente, la hacía sentir sumamente frágil y vulnerable.
—Perversamente inteligente, eso lo sé. Y por tanto me aterra que seas capaz de hacer todas esas cosas pensando sólo en fatalidad.
—¿La muerte...?
—Si no hubiera chocado el auto de Gerald, ¿Qué pensabas hacer? ¿Dejar que te violaran?
—¡NO...!
—¿Ibas a dar un volantazo, no es cierto? volcar el auto… —la rubia huyó a su mirada y así supo que tenía razón. —¿Con las pastillas de tu madre cual es la historia? ¿Querías encarar a Anthea pero te importaron muy poco las consecuencias?
—Yo...—¿Cómo supo que se durmió con pastillas? Una mirada de él, le hizo saber que no era la única inteligente en la habitación.
—Querías paz, esas fueron tus palabras Helga. Yo sé que te lastimé en lo más profundo de la palabra, pero se quedó en eso: palabras. No me acosté con otra, no cortejé a otra, ni siquiera he besado a otra en un largo periodo de tiempo.
—¿Tampoco a ella?
—Si Hillwood te parece pequeño, imagina una tribu donde la nieta del líder es la más codiciada y deseada. Cada movimiento tuyo es observado con desafío.
—¿Incluso si era ella quien quería llevarte a la cama?
—Especialmente por eso, me torturaron día y noche durante cuatro meses. ¿Qué sucedió durante su encuentro? Casi se me sale el corazón del pecho, dos veces en menos de una hora. La primera fue placentera, la segunda horrenda.
Si quieres matarme, hazlo de un movimiento. No me tortures, no lo soporto más.
—¿De qué estás…?—Preguntó porque no entendía nada.
Arnold comenzó a besarla en el cuello, no reclamó sus labios porque necesitaba que se explicara. Y no reprimió por más tiempo sus sentimientos, la pasión que sentía por ella, las ganas que tenía de tocarla, explorarla y devorarla. Una de sus manos acunó el pecho diestro, la otra se ciño a su cintura, Helga lo dejó hacer, a punto de perder la conciencia y olvidarse hasta de su nombre.
Él, que sabía bien lo que hacía continuó su alegato.
—La primera vez que creí morir, fue cuando entré a tu alcoba y te encontré poniéndote esta prenda. Desnuda, exquisita, perfecta...No soy un pervertido. Pero muchas ideas nacieron y murieron en los tres segundos que te tomó hacerla descender hasta tus pantorrillas.
—Ar...nold...—el rubio estaba bajando con su boca, justamente a su pecho, besó la cima de su seno izquierdo por encima de la tela, arrebatándole suspiros, maldiciones...sí. Muchas maldiciones.
—No he terminado. La segunda vez que creí morir acaba de suceder. Entré a buscarte y te encontré recostada en lo que parecía ser un inmenso charco de sangre. Tenías más heridas de las que podrías soportar o un médico suturar.
Quiero saber, qué pasó. ¿Por qué me mantienes al borde? Primero con Jake, ahora con Thea. ¿Crees que no puedo cuidarme? ¿No me ves como un hombre? Porque te guste o no, yo soy tu hombre.
—No...
—¿No? —se lo tomó a ofensa y por eso la mordió en el cuello, seguía eludiendo su boca que se abría y cerraba como pez fuera del agua.
—No quiero…que te mancilles.—pronunció entre jadeos. Volvía a estar sumamente excitada. Arnold la acorraló debajo de su piel, tenía el pecho desnudo y las ropas mojadas (a saber por qué) se pegaban a su entrepierna, dejándola sin aliento o capacidad de pensar en algo que no fuera su perdición. —Eres…como Phoebe, representas lo más bueno, transparente y puro que tengo en mi vida. Si dejo que te lastimes, esa luz cálida y reconfortante, se apagará.
—¿Y qué hay de tu propia luz?—preguntó mirándola de pies a cabeza. El camisón estaba ya completamente fuera de sitio, mostrando todo lo que debería ocultar. La disfrutó, como en sus sueños sólo que esto era real y cien mil veces mejor.
—Yo no poseo luz…estoy mancillada, vacía, rota...—Helga colocó su mano izquierda a la altura de su corazón. Como en el hospital, hizo el ademán de ocultar algo doloroso.
La debilidad de su corazón, la misma de la que Thea se aprovechaba. Él tenía que arrebatársela y la única forma que se le ocurría, era hacerle el amor.
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N/A: Listo! corregido, editado y aumentado. Besos, abrazos y cositos dulces a las bellas personas que comentan.
AGRADECIMIENTOS ESPECIALES A: mizuzu93, Yuky4576 y a todos los maravillosos guest.
