N/A: El capítulo anterior fue corregido y editado por si no lo pudieron leer, corran a echarle un vistazo. Las actualizaciones se cambiaron a los días miércoles. Sé que sufrirán y me odiarán más pero la historia ya se acerca a la recta final. Sin otra cosa que agregar, espero que lo disfruten.
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"Déjame verte…"
"¿De verdad quieres verme…?"
"Te lo dije antes…quiero todo de ti"
"¿Y si no te gusta lo que ves?"
"No existe nada, que no pueda gustarme de ti"
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La lluvia siguió golpeando con aquella fuerza irreal, el frío se colaba por la ventana rota, su compostura temporal resultó insuficiente y a pesar de saberlo, no podían dejarse un momento. El temor, típico de una jovencita llena de inseguridades y que no se ha aceptado a sí misma como lo que es, se hizo presente. Su amante, no dudó demasiado en la decisión de comenzar a retirarle las ropas y aunque en sus comicios lo dejó hacer, al llegar la tela a la parte media de su entrepierna, entró en pánico y lo detuvo.
"Apaga la luz, enciende una vela, corre las cortinas y dejemos que la luna sea quien permita que me veas"
Él, no deseaba "jugar" con ella en la oscuridad. Aquella danza de seducción y erotismo la habían descrito un par de veces atrás. Primero en el lago, luego en el auto. Ya se había "imaginado" suficientes cosas de Helga y la había contemplado desnuda en su totalidad un par de segundos y nada más. Sabía que era bella, hermosa, exquisita, radiante…que no había una sola cosa que se pudiera criticar de su aspecto. Sin embargo ella lo creía, se veía a sí misma rota, fragmentada como un espejo y temía más que nunca al rechazo. Lo leía en el temblor de sus ojos, que gritaban más cosas de las que sus labios podrían pronunciar. Las pupilas dilatadas decían que lo deseaba, que lo amaba más que a nada y era eso lo que le aterraba.
¿Tan poca confianza le inspiraba? ¿Tan nulo respeto le otorgaba? Luego de analizarlo un poco concluyó que las demás parejas se tomaban su tiempo para crear esa seguridad y hacerle saber a la persona amada que no podrían criticarla o rechazarla jamás. ¿Qué era lo que habían hecho ellos? Saltar de los besos a las caricias hambrientas, de las insinuaciones coquetas al erotismo y finalmente, la obvia invitación a hacerse el amor. Iban a mil revoluciones por segundo, como todos enfatizaban y criticaban más no era del todo su culpa.
Les arrebataron años de relación, intimidad y cortejo.
Lo sabían hasta ahora, pero resultaba evidente que sus espíritus y cuerpos lo supieron desde el principio.
Ese beso, en el cuarto de lectura de su abuela fue el equivalente a la apertura de la caja de Pandora, ambos lo sabían. Cada decisión tomada desde entonces, los había llevado al aquí y ahora. A su alcoba, la cama que desde niña había estado ocupando, las sábanas color lila, las cobijas moradas y la colcha violeta con diminutos motivos floreados. Había un par de cojines desparramados por el piso, una única almohada debajo de la desacomodada trenza de su adorada, las puntas estaban atadas con un lazo rosado. ¿Sería el mismo de su infancia? ¿El que los unió, como el hilo del destino? No preguntaría porque sabía la respuesta. Y no daría satisfacción a las demandas de su amor, pues acababa de tomar un decisión.
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"Mírame, todo lo que soy, todo lo que tengo, te lo entrego a ti. No soy perfecto, no eres perfecta. Esa es la idea, que mis cicatrices encajen con las tuyas, que las partes vacías, al fin se llenen"
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Ella lo miró arrobada, la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando. Arnold se tomó su tiempo para desnudarse primero. Sólo llevaba puesto el pantalón, húmedo debido a las circunstancias en que corrió a su encuentro. Gotas de agua cubrían buena parte de su piel expuesta, Helga se preguntaba si serían saladas debido al sudor o si sabrían a lluvia, rocío matutino. Hubiera querido mirarse en sus ojos pero fue una de esas gotas la que se movió tentadora, juguetona y prohibida en dirección opuesta, la hizo observar mientras la prenda bajaba guiada por las manos de su novio, atravesando los pliegues de su vientre plano, perdiéndose en el bosque que escondía aquella asombrosa y deseable longitud. Su garganta se secó, al tiempo que otra parte de su intimidad se humedecía y estremecía más y más. Contrario de sus deseos, Arnold Shortman fue presa del mismo temor. Estar expuesto ante la mirada celeste de su Amazona, la única mujer que podía destruirlo o gobernarlo.
No halló rechazo o repulsión en su gesto, tan solo advirtió cómo los colores le subían a los pómulos, cómo mordía sus labios para no soltar una maldición y cómo desviaba el rostro e intentaba mirar cualquier otro lugar porque obviamente, nunca antes había contemplado a un hombre desnudo.
"Adorable" fue la única palabra que se dibujó en su cabeza. "Inocente, virgen, erótica…mía"
El calor de sus cuerpos, subió varios grados más en este momento. Afuera el viento hacía mecer los troncos de los árboles, las hojas caer. El viento aullaba con voracidad. Ellos no escuchaban nada, más que los latidos de su corazón desbocado y la invitación.
"Mírame…"—sugirió. Ella negó con un movimiento de rostro, más sin embargo, obedeció.
"Deja que te mire…"—volvió a suplicar y ella a negar.
De sus labios rotos (porque la indomable mujer los mordió para acallar su instinto) se escapó un suspiro, de sus caderas y separación de piernas brotó la concesión. Arnold se acercó de nuevo, estaba sentado a horcajadas sobre su mujer. El camisón yacía revuelto sobre la entrepierna, colocó una mano al bordillo de la tela, la otra se coló por debajo, hallando sus íntimos secretos, su cálida humedad. Helga tembló a su contacto, cerró los ojos, jadeó y se retorció más no lo apartó.
Él, que recién descubría sus capacidades de dominio y control, se atrevió a señalar lo obvio, tan pronto más de un dedo se hundió.
"Estás lista…"—ella no supo que responder a eso. Un "nací lista" se dibujó en su mente, pero no eran palabras sólidas que pudiera pronunciar, se desvanecieron tan pronto como aparecieron. Llegados a este punto, sus labios sólo podían expulsar jadeos, su piel sudar, su entrepierna, sus paredes internas, contraerse y palpitar…¿No era esto lo que quería en el auto? Que él le arrancara las pantaletas, se abriera el pantalón y se la metiera hasta adentro.
Claro que lo quería, "cuando no lo veía" cuando no pensaba en si dolería. Si, él la vería como a alguna mujer de película, hermosa, seductora y radiante o sólo apreciaría sus fisuras. La cicatriz que penetró aquella estremecedora lanza, el lugar que solía ocupar su corazón, antes de que el abandono de sus padres y sus propias inseguridades lo destruyeran.
La mano en su interior terminó de explorar y producirle placer, se unió a su compañera que continuó la labor de arrebatarle la prenda. Esa tarea no podía ser sencilla, si ella no se movía pero Arnold Shortman podía levantarla con sobrada facilidad. Una serie de, "mírame" "mírame" salió de sus labios para hacer que obedeciera como abeja a la miel.
Sí…,—pensó para sus adentros. "entrégame tu néctar dulce y embriagante, dame todo de ti, esplendoroso y bien esculpido Dios de la Selva, ignora a la muñeca rota que indudablemente, quedará hecha pedazos bajo tu piel.
Levantó los brazos por instinto, la prenda abandonó su cuerpo y tuvo el impulso infantil y odioso de cubrir sus pechos con el brazo enyesado y su femineidad con el otro, lágrimas transparentes, que no fueron invitadas salieron de pronto. Una confesión deprimente acompañó a todo esto.
"Estoy rota, soy horrible…por favor, no me mires"
Él no veía en ella nada horrible, pero sí hubo dos centésimas de segundo durante las cuales volvió a contemplarla en medio de aquel brillante charco de sangre. Supo que esa imagen se volvería real si no la "salvaba" si no la protegía aún de sí misma. Buscó su boca, besó sus labios y sintió sus lágrimas heladas contra las mejillas. Helga devolvió el beso, tímida, vulnerable, esplendorosa y sensual. Sus manos rápidamente dejaron de esconder sus plenitudes para abrazarse a él, intentar esconderse en él. La sintió temblar, estremecerse y también frotarse contra su piel, sus pezones erectos por el deseo que negaba o quizás se debiera al viento que se esmeraban en ignorar, rasparon su piel sensible, levantaron su hombría.
Estaba listo para hacerla suya, convertirla en mujer, así que repitió la oferta antes expresa, cambiando la palabra "carta" por otra.
"Mi vida por tu dolor"
Ella no entendía lo que le decía, ni siquiera sabía por qué se comportaba de esta manera tan ridícula. ¿No enfrentó a la muerte para que pudieran hacerse el amor? ¿Entonces por qué, por qué seguía dudando en su corazón? Recuerdos de su querida hermana, le vinieron de pronto a la memoria.
El primer novio de Olga, la abandonó al día siguiente de hacerle el amor. Ella lo amaba con toda su alma, se deprimió durante meses y por consiguiente tuvo que consolarla y escucharla. Verla caer y después levantarse con una sonrisa por máscara, perfección por indumentaria y resignación como toda aspiración a un futuro amor. Ella no podría soportarlo, no lo amaba con toda su alma, lo amaba con todo lo que era, su sustancia, gracia, partículas…
Arnold notó la vacilación de su mente, supo que por un instante ya no estaba ahí e insistió en su discurso una vez más.
"Helga, sabes que todo lo que he querido desde el principio es sanarte. Por favor, Déjame amarte"
Para no comprender la poesía, tenía el alma reprimida de un poeta. Ella lo besó, concediendo su petición. Se aferró a cintura, invirtiendo la posición de sus cuerpos, quedando a horcajadas sobre él. Le permitió una vista completa de su piel desnuda, las cicatrices (existentes o no) sus virtudes y defectos. Soltó su cabello para aderezar la función con movimientos lentos y acompasados dejando que una cascada dorada cubriera sus pechos. Arnold suspiró impaciente, su maravillosa hombría endureció. Helga acababa de decidir que quería que la viera, que la aceptara y poseyera pero también le parecía erótico que le costara un poco.
"Lléname con tu ternura, sana mi dolor y haz que de ti me enamore"
Arnold aceptó el reto, incorporándose lo suficiente para volver a reclamar su boca. Marion Curry tenía razón. No debían demeritar la importancia de un beso, luego de que la rubia se sintiera cómoda con su cuerpo, buscaron la tira de condones en el cajón de la encimera. No eran tan sorprendentes como el de Gerald pero debían cumplir su función.
Las clases de educación sexual (descubrieron con pesar) no te preparan para esto: dedos artríticos tratando de abrir un diminuto empaque entre la inseguridad, emoción, deseo y pasión. Una erección que se levantaba y caía por exactamente la misma razón.
Ella lo había masturbado en el lago, sobre la delicada prenda interior, que lo hiciera de nuevo sobre la maldita piel sudorosa y ardiente, debería sentirse como mil veces mejor. La cuestión no pronunciada flotaba en el aire ¿Quién de los dos recordaba mejor la teoría? ¿Quién tenía mejor pulso? ó quizás fuera mejor preguntar ¿Quién se atrevía a intentar?
"Pónmelo tú…"—sugirió el rubio. Alucinado ante la idea de ser tocado por Helga en toda su longitud.
"Si lo hago voy a gritar"
"Con esta lluvia, dudo que alguien te logre escuchar"
La idea de ser cómplices, de poder liberar sus instintos, de hacer realidad sus mas oscuros delirios fue el aliciente que necesitaban, lo que motivó a la rubia a tomar el condón con la única mano a disposición y colocarlo en la cima de la más que dispuesta erección. ¿Por qué no hacían exámenes prácticos de esto en la escuela? Ah, claro…Sodoma y Gomorra. Comenzó a colocarlo y por supuesto que gritó, arrancándole risas a su novio, jadeos entrecortados y mucha pero que mucha excitación. Él se concentraba por momentos en su mano y en sus pechos abundantes, coronados por un par de botones erectos y rosados. Era un cerdo o tenía problemas mamarios porque ya quería chuparlos, morderlos, descubrir y memorizar su textura con la punta de la lengua. Al llegar a la base, Helga se encontró con las joyas de la familia duras como una roca y se le escapó otra maldición.
"¡Jodido infierno!"
"Supongo que ya no te importa el tamaño de Gerald"—comentó orgulloso.
"¿Quién es Gerald?"—preguntó buscando sus ojos. Él se abrazó a su cintura, con una mano pues la otra debía mantener el condón en su posición, la recostó sobre la cama de la manera exacta en que había soñado, había plenitud en su rostro, un agradable rubor en las mejillas además de ansiedad por la forma en que rápidamente separó las piernas y levantó las caderas, contempló su ombligo, el vientre plano, había un lunar coqueto por ahí dispuesto. Se acercó a su Amazona y descubrió que no tenía idea de cómo entrar en su cuerpo. ¿Instinto? ¿Vacilación? ¿Manual de usos múltiples de tu instrumento? ¡Dios, ni siquiera había visto una película porno en su vida! (Sí, era un santurrón, aprendiz de monaguillo o quizás algo mucho más sacrosanto) La rubia, que lo conocía a perfección le ayudó con la misión.
Dolía…
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Entrar dolía, equilibrar su peso, sentir sus paredes estrechas, advertir su calor como fuego líquido, con sus humores y por supuesto, humedad. Se aferraron el uno al otro, tarea complicada por el maldito yeso en la mano de Helga y porque él, no quería lastimarla.
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"Estás bien…"
"Sigue…"
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¿Distraerla con un beso o seguirse hundiendo? ¿Asestarle una estocada brutal y que después pasara lo que tuviera que pasar? Que canallada. No se trataba sólo de él, sino de los dos…sentirla estremecer y palpitar, verla cerrar los ojos y suspirar, soportar el dolor mientras se aferraba a su cuello y sus hombros porque quería pertenecer a él.
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"Mírame…"
"Hazlo…"
Un empujón, un jadeo mutuo, pulmones vacíos y labios abiertos reclamándolo todo al igual que sus cuerpos.
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Sincronía.
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Tanto de sus sexos, como de sus alientos, jadeos dolorosos y placenteros endulzados con pasión. Besó sus labios, su cuello, la parte media de sus pechos, el lugar dónde decía tener una marca, donde la atravesó aquella lanza y Helga lo besaba también, se aferró con una mano a su cadera, ayudándole a mantener el ritmo, la otra se había quedado a la altura del cuello, para reclamar su boca hasta que se acabara el momento.
Lágrimas como el rocío, sudor salado y algo de sangre quedaron en su Amazona después de correrse y salir de su cuerpo. Se desprendió del condón y ató la punta para no provocar un desastre, Helga continuaba jadeando sobre la cama y estremeciendo en diminutos espasmos de satisfacción.
Contemplarla de nuevo, besar cada recoveco de su cuerpo era lo siguiente en su lista de deseos pero mas tardó en pensarlo que en lo que la imagen sangrienta volvía a su memoria.
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¿Así de perseverante era Thea? ¿Qué se supone que quería decir con esto? ¿Mataría a su mujer? ¿Su guerrera, la misma que estaba decidido a proteger?
No lo permitiría. No la dejaría…
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"¿Qué estás haciendo, Hombre de la Selva? Ven aquí…"—sugirió Helga, extendiendo los brazos para que él se acomodara en su pecho. Lo hizo, claro que lo hizo, acurrucarse junto a su amor, chupar, lamer, morder…ella se divertía con cada uno de sus "besos" su voz cantarina era como el mejor sonido del mundo.
Afuera la tormenta seguía pero no importaba porque aquí, sólo estaban los dos.
Sacaron otro condón pues su erección volvió a levantarse furiosa y hambrienta debido a los traviesos dedos de su novia. Ahora fue el turno de ella de colocarse en la cima, hacerle el amor, sin vacilación. Sus cabellos sueltos caían con dramatismo sobre sus pechos, el efecto visual era exquisito, la sentía en plenitud cabalgándolo con fortaleza, la amaba con todo lo que tenía y se lo hizo saber tan pronto como comenzó a aumentar de ritmo, arrancándoles jadeos a los dos. Espasmos entre la locura, la cordura y la satisfacción.
"Helga…"
"¿Si…?"—se atrevió a preguntar de manera angelical, como si no lo estuviera "matando"
"Te ahh…"
"Te amo…"—ella sonrió maravillosamente. Las pupilas dilatadas, el cuerpo húmedo por el sudor, la fricción entre los dos. Sus habilidades atléticas se daban a notar, eran flexibles y los dos estaban muy bien trabajados. Helga se dobló por la mitad para volver a besar sus labios, él la levantó por las caderas, recostándola sobre la cama, eso le arrancó una sonora carcajada a su amor y una vez en posición aumentó el ritmo de sus embestidas. Quería todo de ella, no solo amarla, sino marcarla.
"¿Me quieres desmembrar?"—preguntó pues la cabecera de su cama, se estrellaba dolorosamente contra la pared.
"Te quiero amar, hasta que llegue el alba"
"No estoy segura de aguantar tu ritmo"
"Pero si fuiste tú, la que pidió más"—había complicidad en su mirada, un claro conocimiento de los cargos y un cinismo que quería decir que los negaría. Si resultaba que se movió el condón y en unas dos o tres semanas se arrepentían de sus actos.
"Lo pediré siempre, de ti nunca tendré suficiente…"—como si fuera una invitación o el mejor de los cumplidos, se corrió de nuevo. Sus cuerpos se sacudieron, disfrutando más que en la primera ocasión del orgasmo. Pegó su frente a la de ella y se preparó para salir de su cuerpo.
Helga le pidió que no lo hiciera, quería sentirlo así, un poco más de tiempo.
"También te amo, por cierto"
"Lo sé…"
Ató la punta del segundo condón y lo dejó caer cerca del primero. Se advertía el velo del sueño en el rostro de su Amazona, además de la sonrisa plena y satisfecha. La cama era un auténtico desastre la colcha, las cobijas y una de las sábanas acabaron igualmente en el piso, había suficiente evidencia como para comenzar a dudar de su "uso efectivo" del condón, los muslos de Helga estaban perlados por su propia lubricación y manchados por la sangre propia de su primera penetración. Se acomodó de lado, así él pudo tener una mejor vista de su cintura y cadera, ese lunar coqueto seguía saludando, él le sonrió fascinado.
"¿Por qué siempre te tardas tanto? Te necesito a mi lado"
"Debo ir al baño"
"Incontinente…—él se las iba a cobrar, saltando sobre ella y haciendo que sus risas se transformaran en jadeos obscenos pero la rubia en verdad parecía estarse durmiendo. Avanzó desnudo sobre la alfombra, aunque solo logró llegar a la puerta.
"Ponte un pantalón. ¿Qué tal si regresan mi hermana o mis padres? ¿Si hay un mirón y cualquier otra ventana está abierta?"
"Creo recordar que ni siquiera cerraste la puerta"
"La empuje, debió regresarse con el viento"
"¿Entonces no querías que te siguiera?"
"Claro que quería, pero no pensé que lo hicieras"
"¿Por qué…?"—Helga lo disfrutó de cuerpo completo, trataba de no mirar pero su "instrumento" estaba ahí, casi saludando después del gran trabajo. Merecía un trofeo, una condecoración o como mínimo, los segundos que le estaba otorgando de descarada veneración. Arnold se indignó o lo que fuera, pero el punto es que giró dándole la espalda y buscó entre las prendas de su madre hasta que halló un pantalón negro y se lo enfundó. Tenía un trasero fabuloso. Digno de los Dioses. ¡Ja! volvería a construirle un altar.
"¿Dejas de verme como un trozo de carne?"—preguntó molesto. Se veía sexy haciendo pucheros.
"¿Lo dice el que no me dejó un centímetro de piel sin saliva?"—Arnold se ruborizó, ella se acomodó un poco mejor contra la cabecera. El cabello sobre el pecho, las piernas recogidas ocultando su cuerpo. Sentía una irritación agradable en la parte interna de su entrepierna, necesitaba disfrutar eso, las sensaciones, emociones. El haberlo hecho con "él" pero no podía porque estaba molesto por algo.
"¿Por qué no pensaste que lo hiciera?"
"Porque soy una loca insufrible y malditamente odiosa. En mi historial, las personas que hiero se quedan lejos y creo que te herí suficiente en el auto"
"Los dos lo hicimos"
"Claro que lo hicimos"—comentó guiñándole un ojo en referencia al sexo. Arnold sonrió, rolando los ojos. Había una especie de "eres insufrible y me vuelves loco" "quiero ser sincero y soltar un discurso sobre que jamás deberíamos pelear o terminar, pero tú solo piensas en sexo"
Ella lo entendía, tampoco quería pelear a no ser que todas sus discusiones terminaran entre sábanas húmedas y sucias. Shortman le sopló un beso y se fue en dirección del baño, ella cerró los ojos y se dejó caer de costado, los brazos de Morfeo comenzaron a reclamarla, aún tenía dudas sobre haberla "expulsado" estaba agotada. Si describían una segunda batalla en "Wonderland" acabaría muerta pero más tardó en meditarlo que en lo que el rubio mañoso que tenía por novio, regresó y comenzó a manosearla.
Húmedo, frío, se sentía sensacional y a la vez extraño.
"¿Qué estás…?"—inquirió con escasas fuerzas. Vagamente era consciente de que le separaba las piernas y trabajaba la parte interna de sus muslos.
"Te aseo para que estés mas cómoda" —¿Era en serio? "Samaritano, pulcro con trastornos obsesivos compulsivos" pensó para sus adentros pero no lo pronunció. Volvió a ponerle el camisón o suponía que para eso la hizo levantar un brazo primero y después el otro. Lo insultó con algo que no recordaba y se perdió entre sueños.
No hubo selva, oscuridad, "muerte" ni hoguera.
Solo un viejo recuerdo de infancia. Del día en que Rhonda les leyó el "futuro" y predijo que acabarían casados.
"La primera Dama y el primer hombre"
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"¡Oh, Arnold…! ¡Arnold…!"
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La escuchó susurrar su nombre y supuso que estaría soñando con él, le besó la frente y la cubrió con las sábanas. La maldita tempestad terminó por arrancar la bolsa de plástico que colocaron hacía dos semanas, el agua se metía por todas partes, también el frío pero por increíble que pareciera, él no podía sentirlo. Tomó la camiseta gris que dejó en el baño, se la colocó y bajó a la cocina a buscar otra bolsa y mucha más cinta, en el camino cerró las puertas de las habitaciones contiguas notando que sus suegros y cuñada habían ocupado su tiempo en llevarse todo lo que necesitaran.
Abandonaban la casa de manera "permanente". No le gustó que lo hicieran pero aquí es donde debió recordarse que en ocho días exactos su Amazona sería mayor de edad, es decir. Toda una mujer. Bueno, en realidad, gracias a él ya lo era.
El ego masculino de Shortman estaba como el de un campeón de pelea, había una sonrisa de superioridad en su cara, además de un calor abrazador que no se lograba explicar. Revisó la puerta principal y se aseguró por la ventana de que el auto de Gerald, siguiera donde lo había dejado, luego buscó la bolsa plástica y la cinta.
Su teléfono celular marcaba las 4:23am. para cuando terminó de tapar la ventana Helga seguía pronunciando su nombre seguido de la palabra "pastrami" él, no quería ni imaginar cómo es que combinaban los dos en una oración así que optó por escribirle a su padre.
"Disculpa la hora. Estamos en casa de Helga, nos encontramos bien, es sólo que por la tormenta no nos podíamos comunicar. Lo hago hasta ahora porque tengo malas noticias sobre mamá. No te puedo explicar por mensaje como es que lo sé pero…¿Podrías esperarnos antes de ir a buscarla? De verdad, creo que necesitamos hablar"
Le dio enviar y en lo que apagaba las luces y volvía a meterse en la cama junto a su novia, el celular vibró en respuesta.
"Me tranquiliza que estén bien. Regresen con cuidado, las avenidas principales se han comenzado a inundar"
Le extrañó que tan tarde (o temprano) estuviera despierto. ¿Sus abuelos no lo habían mandado a buscar en hospitales y la morgue del poblado, cierto? Quien sabe, Helga reconoció su cuerpo y se abrazó a él, le gustó que lo hiciera y se recostó a su vez, olvidándose de todo.
La lluvia, el frío, bebés cabezones con uniceja…
Thea…
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Imágenes de la rubia yaciente en aquel inmenso charco de sangre se repetían una detrás de otra. Algunas veces la reconocía, otras le costaba trabajo hacerlo. Era como si su teoría de haberse conocido en más de una vida fuera cierta y estuviera evocando, todas las ocasiones en que la había visto morir.
Pérdidas trágicas, dramáticas, le hacían pensar en las Doncellas de las pinturas románticas: La Ofelia Inmortal compuesta por "Silvia Camporesi" o el video musical de Kylie Minogue & Nick Cave "Where The Wild Roses"
En esta ultima representación. Él se encontraba a su lado con las manos sangrando. ¿Por qué? ¿A caso él, la había asesinado? la contemplación de la idea lo horrorizó de inmediato, más sin embargo. El cuerpo de Helga seguía flotando y las manos de él temblando, intentaba lavarlas a orillas del lago, ella tenía los ojos abiertos y los labios separados. Él le colocaba una rosa roja, pedía perdón, lloraba a su lado.
¡NO HABÍA QUERIDO MATARLA! ¡NUNCA QUISO HACERLO! ¡ÉL LA AMABA!
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¡NOOO!
Gritó con desesperación convencido de que esto era un truco de Anthea. Él no podría lastimarla, mucho menos asesinarla. A manera de contestación, la voz de la "muerte" encumbró de pronto.
—¿Que no podrías hacerlo...?—preguntó esplendorosa y sensual, apareciendo justo por delante de él. Llevaba puestas las ropas que bien recordaba, los cabellos sueltos, el collar en el pecho y la pulsera de huesos. La destruyó con la mirada. Esa era la misma mujer que conoció cuatro años atrás, sólo que más sombría, indiferente y letal.
Lo saludó con una inclinación de rostro y continuó su discurso.
—No, por supuesto que no. En cada existencia la has conducido a un destino mucho peor.
—Mientes.—declaró sin dar crédito a lo que veía con sus ojos.
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El lago con su vida silvestre, una serpiente que se acercaba al cuerpo de su adorada. Parecía dormida, él hubiera deseado que tal fuera su estado pero la sabía muerta, marchita por una piedra.
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—Son tus manos y no las mías las que anularon su historia…—anunció "la muerte" haciéndole ver el momento en que la asesinó.
—¡BASTA!—gritó fúrico. —¡ESTO NO ES REAL! ¡NO PUDO HABER PASADO!
—Claro que sucedió, sólo tienes que recordarlo, mi amor.—saboreó la ultima palabra con sus labios gruesos, soplándole un beso que rechazó.
—No soy tu amor.—pronunció colérico.
—Tienes razón, eres mi Destino. Y en cada ocasión que lo has negado, ella lo ha pagado.
—¿¡Cómo dices!?—inquirió dolido y sumamente confundido. Trataba de negarlo, de hallar alguna clase de sentido pero eran demasiadas imágenes. Demasiados recuerdos que no se lograba explicar.
—Sabes bien que "ella" moriría por ti. Lo que no recuerdas es cuantas veces lo ha hecho.
—¡NO!—gritó nuevamente, apretando los puños con desesperación.
—Esta advertencia, es una cortesía. Aléjate de ella o volverás a perderla.
—¡JAMÁS! ¡TÚ NO PUEDES…!
—Error…—interrumpió, avanzando coqueta hacia él. —Por primera vez, puedo hacerlo. Llevo cientos de años, esperando un cuerpo donde renacer.
—¿¡Qué…!?—"Muerte" acarició su rostro. Él no entendía nada, pero su contacto era helado. Tanto que estaba seguro de que si no lo soltaba le congelaría hasta el alma. La apartó con un manotazo y ella sonrió como una niña o una serpiente viperina.
—Antes, me contentaba con sembrar la duda. Hacerle creer que su muerte, era la única forma de evitarte pena alguna. Y te amaba tanto que nunca dudó en tomar el veneno, sumergirse en el lago, cortarse las venas, saltar de un tejado. Yo, la he manipulado por siglos, esa hermosa cicatriz en su pecho, la debilidad de su corazón se la he instalado por generaciones.
Y lo creas o no, tú me has ayudado.
Nunca la encuentras a tiempo, mi amor. Hagas lo que hagas, intentes lo que intentes, me odies cuanto me odies. Siempre es demasiado tarde. Para cuando recuerdas quien es y lo mucho que la amas. Yo, ya he manipulado sus destinos y no pueden estar juntos.
Tú estás casado o ella lo está, tienen hijos, familia. Viven dentro de una sociedad que todo lo condena y critica. Aún así, se buscan con tanta desesperación que es divertido ver quien de los dos pierde primero la razón. La débil es ella. En cada resurrección, es así como ha sido pero tú…—Thea sonrió aún más ampliamente. Disfrutando su declaración. —Entre más la pierdes más propenso te vas haciendo a la locura.
—¡MIENTES! ¡MANIPULAS MIS RECUERDOS! ¡NADA DE LO QUE DICES ES CIERTO!
—La mataste, en su existencia previa a esta.
—¡IMPOSIBLE!
—Gritas, maldices y estremeces porque sabes que tengo la razón. Esas imágenes que te mostré fueron el desenlace de su último romance. Tu moralidad, su pasión. Esa forma única que tiene de hacerte perder el control, te llevó a destruirla.
—¡YO, NUNCA...!
—Tenías una esposa y dos hijos preciosos. Sin embargo, la conociste en un bar y no podías dejarla de pensar. Era pelirroja, de labios color cereza. Creo que de ahí te venía la fijación por esa otra chica, Lila. Como sea, cada noche salías a verla, te quitabas la sortija y le invitabas una bebida. Lo hacían en un cuarto oscuro, diminuto y asqueroso, a veces ni siquiera llegaban ahí, se arrancaban la ropa y frotaban como animales en el cubículo del baño.
Tanta urgencia por poseerse no puede ser normal entre dos extraños, pero lo que no saben, es que nunca lo han sido.
Aún sin recuerdos. Sus almas se llaman a gritos, se llevan a la locura, la muerte.
Mis brazos.
—¿Por qué estás diciéndome todo esto? ¿Cuál es tu afán de torturarnos?—preguntó, histérico. No podía dejar de pensar en el lago.
¿Esto era un sueño? ¿Una alucinación? ¿O de verdad se trataba de algún recuerdo?
Helga…
Su hermosa Helga flotando en el lago. La que podía ser todas y a la vez ninguna.
Ahora tenían sentido todas las facetas de su novia. Eran esas vidas y todas las veces que se habían encontrado y perdido. ¿Por qué no lo recordaba hasta ahora? ¿A caso ella lo hacía? La obra de teatro que escribió en Secundaria, los poemas que recitaba, las canciones que con tanto dolor pronunciaba. ¿Su maestra de literatura, lo habrá notado? En verdad fueron Victor Hugo y Juliette.
No podía creerlo.
En la clase de historia, Helga presentó un trabajo que hizo estremecer a su profesor. Debían investigar un hecho histórico, encontrar un lugar que hubiera sido marcado por la guerra así como Hillwood. "El pueblo perdido en el tiempo"
Su Amazona, les mostró fotografías de una pequeña extensión de tierra. Un bosque en el que nada crecía, ni pasto, árboles o criaturas. Luego de repartirlas explicó que según un registro de Japón. En ese lugar se quitaron la vida, las mujeres y niños de los soldados que ya no volverían de la guerra. La tierra ennegrecida adquirió ese color por la sangre y no importaba cuantas veces trataran de removerla y fertilizarla, todo se moría. Con los años, se le consideró un lugar maldito y a la vez de reposo. Las mujeres descorazonadas, sin hogar o propósito, iban ahí a morir. En tiempos modernos se cerró el paso al publico pero una contrademanda defendió el derecho de todo ciudadano a decidir cómo morir.
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¿Era eso lo que le había sembrado Anthea en el corazón? ¿El derecho a morir, si no podían tener una relación? ¿Cuántas veces lo había hecho? ¿O a caso él, también había sucumbido a la tentación? ¿Si estuvieron casados, con quien lo hicieron? ¿Si tuvieron hijos, llegaron a quererlos?
Si él, le quitó la vida estaba convencido de hacerlo para seguirla.
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Anthea continuó su alegato, en todo este tiempo no había dejado de mirarlo. Él estaba vestido tal y como se había ido a dormir. El pantalón negro y la camiseta gris de la madre de Helga.
—¿Qué no es obvio?—respondió a su pregunta. —¡Faltaste a nuestra promesa! Éramos "la vida y la muerte" condenados a separarnos sin jamás olvidarnos. Pero tú lo hiciste. Te enamoraste de ella, renunciaste a tu "divinidad" para convertirte mortal.
—¡ESTÁS LOCA!—sentenció, totalmente fuera de control.
—Vida tras vida, has intentado tenerla y vida tras vida te la he arrebatado.
—¿¡Por qué!? —gritó desesperado. —¡Si tu problema era conmigo, no tenías por qué hacerle daño!
—¡ES POR ESA DEVOCIÓN QUE LO HAGO!—gritó igualmente colérica. Extendiendo su mano izquierda, haciendo aparecer su alabarda y apuntándolo con ella. —¡Cuánto más la ames, más lograré destrozarla! ¡Cuánto más la pierdas, más caerás en mi trampa!
—¡¿Tú me hiciste matarla?!
—Claro que lo hice pero no funcionó. Dime, "destino" ¿¡Por qué renació!?
—¿¡CÓMO VOY A SABERLO!? ¡No creo una sola palabra de todo tu cuento!
—Escéptico. Eso también es algo nuevo.
—¡BASTA DE JUEGOS, THEA! ¡Helga y yo estamos juntos! No importa lo que hagas o con qué nos amenaces. La encontré a tiempo, me correspondió. Y estoy seguro que lo mismo te ha dicho ella, voy a luchar por nuestro amor.
—Si, eso escuché...—comentó haciendo movimientos aleatorios con su alabarda. —Pero no lo entiendo. Tú la mataste. El sujeto de su adoración, le exprimió su ultimo aliento. ¿¡Por qué no murió!? ¿Por qué ahora es inmune a mi dolor? ¿Por qué no te quedaste en la tierra que nos engendró?
—¿Hablas del único lugar en el mundo, donde podrías haber hecho que te amara de nuevo?
—Debíamos ser Destino.—pronunció mirándolo a los ojos. Arnold, la miró también tomando su distancia como en los días que entrenaban.
—¿Así fue como lo planeaste?—preguntó adquiriendo la posición defensiva. Contrario de Helga, él ya había peleado con ella. No era una luchadora admirable, apuñalaba por la espalda y las más de las veces, prefirió hacerle creer que ganaba para no tener que humillarla.
—Desde la primera vez que la miraste como Selene a Endimion. —acusó con rencor que a él se le resbaló.
—No tengo idea de quiénes sean esos, pero si no me quedé en San Lorenzo fue por mis padres. Mortales, a los que según tú elegí por encima de los Dioses.
—¡SI NO REGRESAS CONMIGO VOY A ANIQUILAR A TU MADRE!—sentenció y lanzó una estocada que por supuesto esquivó.
—No lo harás, aún tengo con qué negociar.—tomó la lanza, de manera similar a como lo había hecho Helga. No la agarró por la punta sino por el cuerpo. Thea lo maldijo, suponía él que no consideró su fuerza.
—¿Tu espíritu, tu amor, tu cuerpo?—sugirió recorriéndolo de arriba a abajo con obvia intención.
—Lo siento, esos ya no los tengo. Se los entregué a Helga hace un momento, pero te diré un secreto. A ella le gusta apostar.
—¿¡Qué…!?—le arrebató la lanza y la partió en dos contra su rodilla. Era la primera vez que le sacaba una expresión de desconcierto a Anthea.
—Se enfrentarán a duelo. Yo soy el premio.
—¡¿Juegas?!
—¿Por qué habría de hacerlo? Además, la idea no es completamente mía. Helga quería patearte el trasero desde hace un tiempo, yo no estaba convencido con la idea pero ahora lo estoy.
—¿Por qué?
—De lo que entiendo. Tú has movido los hilos de nuestro Destino por eones. Buscando que yo la matara o ella se suicidara. Crees, que con cada victoria, yo me volvía más loco y ella más débil pero mi teoría es que nunca sucedió así.
Mi naturaleza es calma, tanto que más de uno me tiene por Santo. En cuanto a Helga, es fuerte. Concedo que esa fisura permanece en su corazón. Es humana, siempre lo ha sido, es normal que haya dudas e inseguridades en su corazón pero a partir de esta noche, se las voy a arrebatar todas. Sanaré su dolor, ya se lo he prometido y lograré hacerlo porque ya te expulsó.
Este sueño, advertencia o cortesía tuya. No fue para asustarme, ni intimidarme. Es un intento desesperado por hacer que alguno de los dos caiga.
Admito que tu plan tenía cierta lógica pero la ejecución dio asco.
Como "niño milagro" me educaron para reprimir mis emociones y temperamento. Siempre escuché que si no lo hacía algo catastrófico sucedería, mis padres y abuelos lo achacaron a la erupción del volcán, pero era algo más importante que eso: Dañar a la mujer que amo, la misma que justo ahora duerme a mi lado.
No sé como me convenciste antes, pero estoy seguro de que tan pronto como murió, tú dejaste de mirar la función. Si me atreví a matarla, debí suicidarme.
—¡NO!
—Los Dioses en los que aún creen los "ojos verdes" debieron apiadarse en cada existencia de nuestro dolor. Esa es la razón de que regresemos, de que lo sigamos intentando y de que tú, finalmente perdieras el control
—¿¡Qué…!?—preguntó Anthea con temblor en la voz
—Soy humano, eyaculo, sudo, sangro. Tendré una familia algún día con mi novia y si tú estás aquí es porque eres humana también. Pediste favores a hechiceros negros, magia oscura o como quiera que se llame. Si aún fueras una Deidad, ¿Por qué los tendrías que asesinar?
—¡Esos mortales, no eran mis padres!
—Claro que lo eran. Así "funciona" la vida. Tú, no llevabas centenas esperando un cuerpo dónde renacer. Lo que hiciste fue esperar a que la asesinara y tenías la esperanza de que ya no reencarnara. ¿Pero adivina qué? Los Dioses están demasiado entretenidos con nuestra función y nos trajeron de vuelta. Renunciaste a tu divinidad a cambio de una egoísta oportunidad. Yo renuncié a la mía para poderla amar y lo hago.
—¡NO!
—Ignoro como es que lo recuerdas todo, quizás en mi primer existencia yo lo recordaba también pero el punto es, que ya no me importa. Dejarás tranquila a mi madre, te daré tu oportunidad de rendirte o vengarte. Si Helga te vence, que lo hará. Nos dejarás en paz.
—¡NUNCA!
—¡No es una petición! Te estoy diciendo que lo harás.
—¡TE ARREPENTIRÁS POR ESTO..! —la lanza en el piso volvió a unirse y Thea la enarboló con decisión asesina, él intentó esquivar la estocada fatal pero fue un movimiento demasiado rápido, la carne le ardía, su sangre manaba, el cuerpo temblaba…
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"¡ARNOLD!"
Helga lo sintió temblar a su lado en la cama, encendió la luz de una lámpara e intentó despertarlo pero no funcionó hasta que una línea de sangre se dibujó en su vientre. Lo miró a los ojos aterrorizada, presionó la herida con su mano sana, el rubio no entendía lo que pasaba. Dos minutos se necesitaron para que ella rompiera en llanto y desapareciera el "encanto"
"No es nada, de acuerdo. No pasa nada" —Helga estaba convencida de haber visto una herida, lo seguía presionando, llorando y también besando en el cuello y los labios. Arnold la acunó contra su pecho. Le juró que se trató de un sueño, una pesadilla.
"¿Thea…?"—preguntó una vez se relajó.
"No volverá a molestarnos"—comentó, envolviéndola en su abrazo. Ese camisón blanco (tan parecido al vestido que llevaba en el momento que la asesinó) ya no le parecía tan sensual o encantador.
"¿Cómo estás tan seguro?"—preguntó por encima de él, observándolo con ojos trémulos, húmedos de llanto. Él la adoró por su preocupación, dedicación, por todo este tortuoso amor. La besó, lánguido, húmedo, profundo y tierno. Helga se derritió en su boca, también sobre su cuerpo, sus piernas presionaban a ambos lados de su cadera, él apreció su peso, calor y fuerza.
"Hablé con ella, pacté una tregua"
"¿Y la firmaste con sangre?"—insistió volviendo a acariciar su vientre, los músculos que nacían por arriba de su hombría. Él atrapó su mano sana en el interior de la suya, la presionó para que sintiera que todo se encontraba bien.
"No la firmé con nada pero sí prometí que irías a patearla"
"¿Yo…?"—inquirió con burla y también sorpresa.
"¿No me pediste ayuda para encararla?"—le recordó eludiendo algo de responsabilidad.
"¿No dijiste que había una condición?"—inquirió porque sí quería patearla, pero con el yeso, no se sentía preparada.
"Si, y sigo creyendo que no va a gustarte"
"¿Tenemos que sacrificar a un gato? ¡Porque no vas a acercarte a mi gato!"—amenazó señalándolo con el dedo índice. Él adoró su reacción. ¿Qué, a caso nada le daba miedo? La vida, la muerte. Todas esas historias que pudieron y que lamentablemente, nunca lograron ser. La envolvió entre caricias y besos, Helga se dejó hacer, presionando su cuerpo contra el propio, compartiéndole su deseo, su pasión.
"No vamos a sacrificar a nadie. Las tribus actuales no ofrecen ninguna clase de sacrificio, se venera a los Dioses con bailes, banquetes, cantos y representaciones bélicas" —explicó, comenzando a sentirse un poco agotado. ¿Cómo es que podía hacerlo ella? Enfrentar a Anthea y estar al minuto siguiente tan plena. Debían ser todas esas vidas convergiendo en una: la de su Amazona.
"¿Entonces?"—preguntó pellizcándolo para que no se durmiera.
"La condición es, que dejes que yo te entrene"
"¿¡Que tú me qué!?"—gritó y su voz aunada a un trueno casi lo ensordeció. Él no dejó que se levantara, le gustaba estar así, con ella semidesnuda, sentada sobre su cuerpo (más específicamente su sexo) pero no iba a empalarla en cualquier momento. Lo que comenzaba a estar de más era ese camisón, pues entre más lo veía, más la pensaba en el lago.
Cabellos rojos al igual que los labios. Su color favorito actual era el rosado.
¿Se debía a que con el agua, la sangre se deslavó y tiñó sus ropas de ese color?
Mejor, no pensarlo.
"¿Qué haces…?" —preguntó altiva y desconcertada. "Decídete zopenco, me vistes o desvistes"
"Eso hago…"—comentó después de arrebatarle la prenda y recostarla en la cama. "…acabo de decidir que me gustas al natural y conmigo a tu lado"
"Pervertido"—lo insultó pero aún así le permitió besarla. El cambio de temperatura hizo que sus pezones se endurecieran y toda su piel escociera, Arnold lo notó, disfrutando con el sonido de la lluvia y su vacilación. Una de sus manos se colocó en la parte media de su pecho, a la altura del corazón, sintiendo sus latidos, su respiración. Helga no sabía lo que hacía pero se sentía de lo mejor, como si la sanara, aliviara…restaurara. Al terminar ese profundo beso se acomodó de frente a él, sus cuerpos así encajaban bastante bien.
"¿Sabes quienes son Selene y Endimion?"—susurró a su oído. Amenazando con quedarse dormido.
"Gracias a Sailor Moon todo el mundo lo sabe, pero no me sorprende que tú no lo sepas"
"¿Qué, es otra cosa de cultura popular que decidí ignorar?"
"Es curioso que lo menciones porque la última vez que hable con tu novia también me vinieron a la memoria"
"Tú, eres mi novia. Refiérela de cualquier otra forma"
"¿Loca, psicópata, asesina, usurpadora de la debilidad de mi corazón?"
"Demasiado largo, Gerald la llama: cosa" —Helga soltó una carcajada, él la abrazó hasta el punto de casi cortarle la respiración y le pidió que iniciara su narración. Le gustaba escucharla, adoraba todas y cada una de sus historias.
"De acuerdo, la leyenda no tiene mucho que ver con el anime de los noventa. Sino mas bien con nosotros, me recuerda la época en que solía espiarte al dormir"
"¿Por qué…?"
"Verás, la Diosa se enamoró de un joven pastor que solía dormir a las afueras de una cueva totalmente desnudo..."
"Por favor, dime que no me imaginabas desnudo"—interrumpió.
"Tenía nueve años y tú la sensualidad de un gusano"
"Auch"—se quejó.
"No interrumpas, camarón. Era tal su devoción hacia él que todas las noches bajaba para hacerle el amor. Endimion, no se enteraba de nada hasta una vez que despertó en medio de su pasión. Al reconocer a la Diosa, confesó que también la amaba y los dos henchidos de amor, rogaron a Zeus para que él pudiera acompañarla siendo eterno.
Lo sería mientras durmiera y por tanto se convirtió en una especie de "Bello Durmiente" ella seguiría visitándolo por las noches, haciéndole el amor y él guardándola en su corazón.
"No suena divertido"—comentó el aludido.
"Mas bien vacío. ¿De qué serviría amar con tanta dedicación a alguien que no puede corresponder?"
"Pero sí le correspondía, ambos se querían"
"Debe ser que soy demasiado ambiciosa y no me conformaría con un príncipe dormido"
"¿Entonces qué harías?"
"Despertarlo"
"Moriría"
"Eso es parte de su humanidad"
"¿Y no preferirías acompañarlo, envejecer a su lado?"
"Por supuesto"
"¿Renunciarías a tu divinidad?"
"¿Qué hay mas divino que el amor?"
"Teniéndote junto a mi, diría que nada"
"Tonto"
"Romántica"
"¿Por qué me preguntas todo esto, Arnold? ¿A caso te dio el mismo sermón sobre ser una Deidad?"
"Lo hizo y agregó que yo también lo era"
"¿Tiempo pasado? Significa que ya no haces estremecer la tierra, caer la lluvia, ¿Salir el sol con todo su esplendor?"
"Considerando la lluvia que se está acercando al estatus de Diluvio Universal y el hecho de que acabamos de hacer el amor. Yo diría que estoy lejos de cambiar el clima"
"O, Hillwood se ha unido a la maldición"
"¿Perdón?"
"Maldición. Esa bruja dijo tenernos malditos. Si no te dejo nos quitará algo irremplazable"
"¿Temes por nuestros amigos?"
"Por todo el pueblo, en realidad"
"No pasará nada. Si hay una maldición la romperemos"
"¿Porque al fin estamos juntos?"—preguntó mirándolo a los ojos con intensidad.
"¿También lo recuerdas?"
"Antes de escucharte gritar, soñaba con una pareja en un lago. Ella era de piel pálida, ojos azules, cabellos cortos de un rojo intenso al igual que los labios. Él, igualmente pálido, cabellos negros un poco largos y desaliñados, sus ojos eran verdes, idénticos a los tuyos. Se encontraban entre la maleza a los límites del lago. No llegaron juntos, ella vestía de blanco y aparentemente ya llevaba un rato ahí, decía algo sobre querer contemplar su ultimo amanecer a su lado…"
"Lo sé…"
"Él no decía nada, era maduro, apuesto, tenía gruesas líneas de expresión marcadas en la cara, parecía cargar todo el peso del mundo y mientras la acompañaba, se desprendía de una sortija dorada, ella sumergía las piernas en el lago, no era demasiado profundo, quizás por eso lo eligieron. Pronunciaba su nombre, él se había arrodillado para dejar el anillo y tomar una roca"
"Basta…"
"La escondía en el interior de su puño diestro, ella le extendía un brazo para que la estrechara y se besaran. Había un suspiro contenido en sus labios, locura, dolor y arrepentimiento en sus ojos. Él la presionaba, como tú me presionas ahora, aspiraba su perfume, retenía su esencia. El cielo sobre sus cuerpos comenzaba a clarear, era el amanecer más vívido de todo el siglo"
"Helga…"
"Te equivocas, su nombre era Elisa Day. Él la golpeó con la roca en la nuca y la sostuvo entre sus brazos poco después, la sangre manaba como un caudal, la recostaba en el lago y susurraba al viento: Toda belleza debe morir, cada historia terminar, el dolor parar. Ella flotaba con los ojos abiertos, mirando el amanecer y él maldecía, gritaba, lloraba…"
"Intentó lavar sus manos en el lago pero no podía dejar de mirarla. Una serpiente se acercaba al cuerpo de su adorada. Él la amaba, maldición, Helga. ¡La amaba y la odiaba! apareció de la nada, sólo fueron tres meses de auténtico suplicio, de saber que era la indicada, la persona destinada y no podía tenerla, amarla o conquistarla. Entró en las aguas, arrancando una rosa roja de las que nacían en el lago. La serpiente parecía haber terminado su trabajo, se alejó y los dejó en su dolorosa comunión. Colocó la rosa en sus labios, cerró sus ojos y después…"
"Terminó"—pronunció la rubia que en todo este momento, no había dejado de verse en sus ojos.
"Nunca quise hacerlo…"—confesó, a manera de disculpa o tal vez ruego.
"No querías pero fue lo correcto. Tu esposa daría a luz a su siguiente hijo y yo era una puta"
"¡No sigas!"
"Me llamaban la "rosa salvaje" y nunca conocí o experimenté el amor hasta que me compraste tú"
"Por favor…"
"Las personas del condado se comenzaban a preocupar. No era el dinero, el licor o mi cuerpo por la "mala vida" bastante maltrecho. Éramos nosotros, al igual que ahora. Yo veía la tortura en tu rostro, la sombra de todo aquel terrible dolor y te sugerí "terminarlo" en el lago"
"No fue idea tuya, sino de Anthea"
"Como fuera, no sufrí. Recuerdo el amanecer, las aguas del lago, incluso a ti llorando a mi lado, cerrando mis ojos, obsequiándome una rosa"
"¿Por eso detestas las rosas?"
"Y por el cliché, pero mi punto es que tienes razón. Al fin estamos juntos"
"Te he hecho sufrir demasiado"
"Ha valido la pena por cada vestigio de amor"
"¿Recuerdas todo?"
"Creía que eran ideas para mis futuras novelas. Aunque hubo una ocasión en que salimos con Rhonda y Sheena sugirió algo sobre las vidas pasadas. No creo en el Destino, Arnold. Ni en la resurrección o el propósito, creo en que debes levantarte de cenizas una y otra y otra vez. Que llegado el momento nadie más que tú llegará a salvarte y por eso soy de armas tomar.
Si quieres pensar que me volví así a consecuencia de "nuestro amor" entonces tómalo de esa manera pero no pienso vivir aferrada a lo que no sucedió"
"Ni yo tampoco"
"Todo lo que sé y necesito saber, es que quiero despertar a tu lado, pasar mas tiempo con nuestros amigos, rescatar a tu madre y conseguir mi maldito pase universitario. Si para eso me tienes que enseñar cosas místicas de la selva, adelante. Pero te advierto que no voy a vestir como Pocahontas"
"¿Que tal Xena, la Princesa Guerrera?"
"Conformate con Lara Croft"
"Mejor hacemos de nuevo el amor…"
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N/A: ¿No les encantan mis días de mil horas? A mi sí, jajaja. Si no entendieron ni papa sobre lo de Thea y las vidas pasadas pueden preguntar. Traté de explicarme lo mejor posible pero la mayoría de las veces, solo yo me entiendo y estoy casi segura de que esta no ha sido la excepción.
En fin, gracias x seguir la historia. Besos, abrazos y cositos dulces.
