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Un nuevo grito expulsado por los labios de la auto nombrada "Diosa" y la copiosa lluvia dejó de caer sobre San Lorenzo. El cielo no se despejó, ni el volcán dejó de emitir aquella ceniza entre rojiza y negra, pero era evidente que la "purificación" que les habían prometido, no se llevaría a cabo como esperaron.

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Anthea, que cayó de rodillas tras verse "vencida" se incorporó de inmediato y volvió a pactar con aquel que le concedió su magia. La sombra, durmiente en el interior de su alma escuchó el llamado y sonrió con encanto. Le faltaba muy poco para ultimar su "venganza" y contaminar por completo la sangre de Antha. La profeta se lo merecía por rechazar sus afectos cuando fueron niños y despreciar la "naturaleza" de sus dones cuando eran más jóvenes. Le profetizó un destino peor que la muerte, más perder su cuerpo, estar en todos y ningún lugar, no le parecía tan malo.

Al contrario, era omnipresente, se enteraba de todo y por eso logró encontrar la debilidad en el corazón de esa niña.

Tan confundida, abandonada y perdida. Tan desesperada por llegar a ser lo que le dijeron que debía ser. ¿Una deidad? ¿El destino del milagro? ¿La madre del niño que engendraría ese bastardo? ¡JA!

¡JAJAJAJAJAJAJA!

Cómo le facilitó el poder introducirse en su interior. Tan solo le bastó con prometer, poner a su disposición la debilidad de otro corazón.

La elegida…

Esa que logró expulsarlo de su corazón con la fuerza de su voluntad y por supuesto, el amor. Ese maldito sentimiento que despreciaba y condenaba a las mas terribles desgracias y por tanto no tenía problemas en acatar las nuevas ordenes de su "ama" ¿Quería más poder? ¿Más oscuridad? ¿Hacer que la tierra temblara y el cielo sangrara? ¡Claro que podía hacerlo! las nubes se llenarían con la sangre de aquellos que sacrificara.

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Tan pronto como lo escuchó, la nieta de Antha no tardó en tomar en su lanza y apuñalar a quienes tuviera más cerca.

Fieles, eruditos, guerreros dedicados a la causa prontamente cayeron masacrados. La sangre mano de sus cuerpos, mezclándose con el agua encharcada y de ahí la tomó para ir coloreando el firmamento. Los que observaban desde cualquier rincón de la selva quedaron estupefactos, la lluvia se repitió más no era transparente, sino roja.

—¡Ríete de esto, abuela! —aclamó la hechicera, ordenando que arrojaran a sus pies a la profeta.

—¡Pobre niña tonta! ¡Has condenado tu alma y maldecido estas tierras!

—¡Es lo que se merecen por todo el daño que me han causado!

—¡Nosotros no te hicimos nada, los Dioses…! —Anthea, se atrevió a abofetear a su abuela para hacer que callara.

—¡Yo soy su Diosa! ¡No existe más deidad en esta tierra a parte de él y yo! ¡Cuando lo comprenda, será mío!

—¡No puedes poseer algo que por voluntad propia pertenece a alguien más!

—¡Ella me lo arrebató!

—¡Él la eligió!

—Si muere, no tendrá más opción… —sentenció y ordenó que la regresaran a su Tienda. Ella tenía que sacrificar más personas, la sangre aumentaba el poder de la sombra y entre mas fortaleza, más fácil sería hacerla caer. Extraería el corazón de su pecho aún caliente usando las manos y nada más. Se bañaría con su sangre, comería su carne, limpiaría sus huesos y con ellos puliría otra lanza.

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HILLWOOD.
Algunas horas después.

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—¿Todo en orden…? —preguntó Phil, al advertir el gesto preocupado y medio horrorizado de su vástago.

Miles se había quedado sin labia al ver el reflejo del cementerio en un enorme charco. ¿Profecías? ¿Alucinaciones? ¿Cual era la diferencia luego de diecisiete años viviendo entre los ojos verdes? talló sus ojos para no preocupar a su padre, le dijo que estaba cansado. No había pegado el ojo en toda la noche porque él…

—Aún estás preocupado por tu mujer. —asintió con un movimiento de rostro, omitiendo hablar de la parte en que creía haber visto la Selva bañada en sangre.

Stella era una sobreviviente, eso se lo debía recordar todas las mañanas desde que estaba aquí. No es que no apreciara o agradeciera los momentos con su hijo, pero su esposa y él, desde hace mucho eran uno.

—Tómalo con calma, Tex. —sugirió su madre. —Se te están formando arrugas en la frente y acentuando las entradas.

—¿Ehhhhh? —gritó llevándose las manos a la cabeza y buscando en el agua encharcada su reflejo. En esta ocasión no admiró nada de selva, sólo su imagen le devolvió la mirada. —¡No tengo entradas! —gritó a los dos.

—Las tendrás…—sentenció su padre. —Vienen con las canas...

—La espalda encorvada... —prosiguió su madre.

—Y la artritis… —agregó Phil.

—¡AÚN NO TENGO NADA DE ESO! —les reclamó a voz en grito llamando la atención de todos.

—Bueno, el mal genio llegó para quedarse desde que eras bebé.

—¡ESO NO ES CIERTO! ¡MAMÁ, PAPÁ…! —los Señores Shortman rompieron a reír a carcajada limpia, su hijo por el contrario estaba a nada de tirar de sus cabellos e inaugurar sus entradas. Los que observaban concluyeron que se tienen pocas oportunidades en la vida para fastidiar a tus hijos si los ves una vez cada cuatro, diez o diecisiete años.

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—A veces olvido que te vas a poner así de viejo….—comentó Helga con una sonrisa discreta en los labios.

—No pensé que fueras tan vanidosa.—recriminó él compartiendo el mismo gesto.

—¿Por qué crees que me gustas tanto, hombre de la selva?

—Porque soy el príncipe de tu cuento encantado.—ella se sonrojó y él amplió la sonrisa porque sabía que su respuesta era correcta.

—Porque estás como el mejor de los quesos. —declaró, mirándolo con hambre y complicidad, propias del sexo.

—Y tú como la mejor de mis fantasías…—se acercó para robarle un beso pero no pudieron disfrutarlo porque Gerald, comenzó a gritar que si no se separaban los iba a golpear.

—¡Lárgate a tu casa plumero francés! —le gritó Helga molesta.

—¡Eso quiero! pero adivina quién no me devuelve las llaves de mi auto.

—Ahh, lo siento. —Arnold se apenó por haberlo olvidado. Con tantas cosas encima, en lo único que podía pensar era en San Lorenzo, su madre y Helga.

—¡Me van a pagar la limpieza! —declaró cuando las recibió y se levantó junto con Phoebs.

—¿Y ustedes nos van a pagar el psiquiatra?—preguntó la rubia.

—¿¡QUÉ Y ESO POR QUÉ!?—contestó él, con los brazos cruzados al pecho. La rubia se levantó a su vez despertando a su gato que maulló indignado y buscó refugio en los brazos de Arnold, éste resopló fastidiado, acariciándole el pelaje pero al menos agradeció que eso la hiciera salir de su estupor.

De las ultimas semanas hacia acá daba la impresión de que cargaban todo el peso del mundo y eso no era bueno para ellos. Terminarían peor que sus abuelos si se preocupaban tanto.

—¿¡CÓMO QUE POR QUÉ! CHICO M FORCE, REFORZADO, TEXTURIZADO Y SABORIZADO"

—¿¡QUEEEEEE!?—gritaron los Johanssen y Heyerdahl, apostados no muy lejos de sus hijos. A Phoebe se le escurrió el alma hasta los pies, cubrió su rostro con ambas manos y su padre cayó desmayado a la par de la madre de Gerald.

Jamie'O silbó a lo alto y pronunció. —¡Bien hecho! Siempre supe que de los tres, tú serías quien la enviaría a la tumba.

—¡Cállate, imbécil! —reclamaron su padre y hermana, tratando de reanimarla. La abuela Odette estaba muerta de risa junto con Gertrude.

—Apuesto a que eso bien que lo escuchaste.

—Se escuchó hasta China. —respondió la aludida.

Reba Heyerdahl, también trataba de reanimar a su esposo pero eso lo hacía sin dejar de mirar de mal modo a su hija. "Escuela para Señoritas al Sur de Francia" ahí es donde la enviaría para concluir su educación media y a ese novio suyo le enseñaría "por qué no es tan buena idea hacer enojar a un médico" conocían zonas del cuerpo donde provocar mucho, pero muuuucho dolor.

—¡AHHHHHHH! ¡MAMÁ, ESTÁS AHORCANDO A PAPÁ! —gritó Phoebs tratando de frenar a su madre.

—¡No me dirijas la palabra jovencita! ¡Estás castigada, sin salir hasta que se me ocurra algo mejor que hacer contigo!

—Pero mamá…—intentó negociar con su cara más angelical.

—¡Tú también, Gerald! —gritó el Señor Johanssen, soltando a su esposa que se volvió a ir en caída libre a la nada. A sus hijos no les pareció que "con esos tratos" se fuera a despertar muy pronto.

—Papá…—pronunció el moreno a media voz, sin creer en lo que había pasado hacía tan solo un segundo. —¡ESO LO HICISTE A PROPÓSITO, PATAKI! —acusó para comenzar a correr detrás de ella.

—¡Haber si así aprendes a callarte o mirar hacia otro lado! —declaró escapando al agarre de sus manos.

—¿A dónde más voy a mirar si todas las horas de todos los días están como malditas sanguijuelas? —reclamó acorralándola contra un árbol.

—¿Envidia?—preguntó retadora.

—¡Quisieras! ¡Nosotros somos activos desde…!

—¡NO LO DIGAS! —gritó su novia de pie, más roja que una granada y furiosa que una bomba. Gerald comprendió la grandeza de su error y es que si bien, eran pocos los que continuaban compartiendo sus condolencias a la Señora Allaneu a lo largo de la calle, todos estaban al pendiente de su show. Helga le sonrió con malicia, él cerró los puños de ambas manos y se recordó de manera mental que no era buena idea golpear a Pataki.

—Eres una persona horrible, perversa y odiosa…—susurró acercándose a su rostro en un tono tan bajo que solo ella lo escucho.

—Trata de seguirnos ahora, idiota.

—¿Qué…? —la cara de Helga dejó de mostrar esa sonrisa bravucona para ofrecer una expresión mucho más seria.

—Cuida de Phoebs y si puedes de los abuelos de Arnold, ellos son demasiado orgullosos y no van a decir si necesitan algo. —le sonrió de nuevo y por algunos segundos, hasta creyó que iba a estrecharlo en tremendo abrazo. No sucedió nada de eso, sólo lo pasó de largo y fue a disculparse con la madre de Phoebe.

—Señora Heyerdahl, lamento mucho…—la médico en jefe, que compartía pocos rasgos con su pequeñita le restó importancia al asunto. Al menos agradecía que "alguien" la tuviera al tanto de la "actividad" de su hija.

—Le aseguro que los dos, son sumamente maduros y responsables.

—¿Ustedes también?—preguntó señalando a Arnold con una inclinación de rostro.

—Sabe que sí… —Reba la estrechó en un fuerte abrazo y Phoebe terminó por admitir que honestamente, ninguno de los dos tenía idea de cómo se lo iban a decir a sus padres. ¿Porque tendrían que enterarse en algún momento sus padres, no?

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—¿Era necesario que hicieras todo eso?—preguntó Arnold una vez la rubia regresó a su lado.

—Necesario no, divertido si…—escuchó Gerald que decía y se convenció de que Helga G. Pataki era una maldita embustera y doble cara de lo peor.

Los ponía a salvo como hace tantos años en la Selva. ¿Qué es lo que iban a hacer? ¿Contra qué se querían enfrentar? ¿Y por qué tenía esta aterradora sensación de que no los vería regresar?

—Pierde cuidado, bombón de chocolate. Tus amigos estarán bien.

—Es que no es eso lo que me preocupa, abuela.

—¿Temes que no vayan a volver?

—¿Cómo lo sabes…?—inquirió impresionado. Mirando a los Shortman alejarse calle abajo.

—Siento una conexión muy fuerte entre ellos y ese otro lugar. Los está llamando, la lluvia fue una advertencia, la sombra una amenaza, el golpe final deberán recibirlo de frente y contra la cara.

—Eso lo entiendo, ¿Pero por qué?—preguntó sincero. Puede que no le agradara pero no quería ver a Helga así de tensa.

—Tu amigo es especial, ya antes te lo había dicho.

—Lo sé, él cree que nació muerto y que un Dios de la Selva le devolvió el aliento.

—Puede ser, ¿Qué sabes de ella?

—¿Qué hay de espectacular con Helga? A parte de que no tenga pelos en la lengua o sentido de la vergüenza. —Odette comenzó a reír, caminando del brazo de su nieto. Los demás ya habían metido a su hija inconsciente en el asiento del copiloto y encendido motores. Llegaron en la camioneta familiar así que Gerald podía llevarla en el Mustang que perteneció a su difunto esposo.

—Ella es la fuerza.

—Si, pelea como perra…—la anciana lo pellizco por la mala palabra, él se disculpó y la ayudó a entrar en el auto. Phoebs y sus padres también se iban, Reba metió a Kyo de una patada al asiento trasero del carro, Phoebe le suplicó que no fuera a matarlo pero su madre argumentó que ya quisiera él que llegara a matarlo.

—No hablo de fuerza física, Gerald.—continuó explicando su abuela. —Me refiero a que ella es la que está provocando todas esas energías. Los espíritus que "despertaron" quieren luchar contra ella.

—¿Por qué...?—insistió, prendiendo el auto y moviendo los espejos a dónde le acomodaban para conducir mejor.

—Es de armas tomar, ¿No lo viste hace un momento?

—Dudo que alguien entendiera lo que vimos hace un momento.

—De acuerdo, pero si quieres volver a verlos hay algo que puedes hacer…

—Lo que sea...

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De regreso en Sunset Arms, los enamorados se quedaron largo rato en las escaleras de la entrada, abrazados el uno al otro. No se decían nada, sólo estaban ahí, admirando la luz de la luna, el pavimento húmedo, sintiendo el viento contra el rostro, disfrutando la tranquilidad del momento. Cuando se acercó el filo de la media noche, Miles los instó a entrar, estaba claro que no pensaban separarse y él no quería ser despertado por sus "intentos de encontrarse" así que les ofreció una única opción.

—Seguiré durmiendo en el cuarto de lectura, con la condición de que no vayan a hacerme abuelo.

—De acuerdo. —respondió Arnold con una sonrisa estúpida y esplendorosa en la cara.

—Nada de sexo durante los entrenamientos. —prometió Helga con la mano en alto como si fuera lo más natural del mundo. Y que de hecho lo era.

Su entrenador les repetía esa letanía cuando competían en torneo. Miles sonrió a su futura nuera y les advirtió que tuvieran cuidado. A parte de burlar a sus padres estaba la trabajadora social y ninguno querría averiguar lo que pasaría si los descubrían "durmiendo" en la misma cama.

—Seremos cautelosos.—prometió su hijo.

—Como un ninja—le aseguró la rubia.

—Y no crean que soy tonto. Los dejo estar juntos porque tengo la certeza de que su unión, es lo que nos hará salir victoriosos de esta situación.

—¿Buscarás a mamá?—preguntó Arnold.

—No, Stella se pondría furiosa si te dejo ahora.

—Vas a ayudarnos. —enunció convencido.

—Mañana es su último día libre, traten de no pensar más en esto. Diviértanse con sus amigos, disfruten su noviazgo.

—¡Gracias! Lo haremos.

Se despidieron con prisa. Helga tomó algunas de sus cosas del cuarto de lectura, cambió sus ropas, ató sus cabellos, cepilló sus dientes y subió a la habitación de Arnold. El rubio había ocupado su tiempo en poner una enorme lona sobre los vidrios del techo.

—Iba en serio con lo del sexo. —sentenció de manera tajante.

—Ya lo sé, pero aún así no sería correcto que nos vieran juntos.

—Si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo.—pronunció con una sonrisa traviesa.

—No me importa lo que diga Dios. Sin embargo, todo el pueblo podría mal interpretar lo nuestro.

—¿Mi reputación cuestionable contra tu estatus santificable?—sugirió con algo de burla.

—No recuerdo a detalle como es que logré enamorarte, pero te aseguro que he sido yo quien te invitó al pecado.

—¿Lo dices porque seguramente nos conocimos en la época en que estaba prohibido tener pensamientos profanos?

—No, lo digo porque sin importar el tiempo o lugar, debí prendarme de esta traicionera boca y de este cuerpo de ensueño...—la besó sin decoro, presionándola hasta postrarla en su cama, ella se dejó hacer soltando diminutas carcajadas pues no querían despertar a sus abuelos o molestar a su padre. Debían controlarse, concentrarse pero también querían disfrutarse.

—Ve a alistarte hombre de la selva, yo te espero aquí.

—¿Desnuda?

—Brincos dieras…—lo besó una ultima vez y dejo que fuera a asearse. Cuando volvió con sus prendas de dormir puestas, apagó la luz y avanzó descalzo hasta ella. Su aliento a menta se le antojó en la boca, lo besó con hambre y él la abarcó de arriba a abajo con sus manos fuertes, sin rebasar los límites de la ropa.

—Quédate así. —solicitó la rubia. —No me sueltes, nunca me dejes.

—No lo haré...—Helga tiró de sus cabellos, él besó la hendidura entre el cuello y su hombro, aquella zona donde le gustaba posarse. Era ahí donde ella quería sentir su calor. Esa energía mística, luz o lo que fuera que irradiara Arnold para purificara y sanarla.

La herida en su pecho, la grieta que creía poseer ya no la sentía. Su vacío se encontraba lleno, de su amor por él.

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Soñaron sin pesadillas sintiendo el peso, la presencia y el aliento del otro. Miles volvió a pasar la noche en vela. No podía dejar de ver la Selva en ruinas, como si hubiera guerra o peor, se hubiera soltado alguna especie de "castigo divino" Encendió un cigarro y decidió encerrarse un par de horas en el baño para ducharse, afeitarse y medio "serenarse" estaba terminando con eso cuando llamaron a la puerta.

Revisó la hora en su reloj pulsera.
9:00am.

Los domingos, sus padres (y cualquier persona normal) se levantaban tarde así que bajó descalzo con sus pantalones de vestir, toalla facial en los hombros y algo de crema de afeitar sobre la barba, seguramente eran vendedores o religiosos. Abrió sin revisar la mirilla y se encontró con la mirada atónita de una señorita: cabellos ondulados de color negro, peinados en una elevada coleta, traje sastre de dos piezas consistente en saco y falda gris, además de medias transparentes y unos elevados zapatos de tacón. Llevaba en el busto una identificación de trabajadora social y al leerla casi se le escurre el alma del cuerpo.

—Buenos días, vengo de parte del Hospital General de Hillwood, para dar seguimiento al caso de la Señorita Helga Geraldine Pataki, ¿Se encuentra en casa?

—Cl…claro que sí, pero es probable que ella…aún esté….

—¿Podría dejarme pasar? La visita no durará demasiado, tan solo debo asegurarme de que el hogar sea adecuado para una jovencita de diecisiete años de edad.

La Trabajadora iba recitando todo eso a la vez que leía el expediente que con toda seguridad apenas si estaba revisando. Había una nota con lápiz al final de la página. "Vive con la familia de su novio: Arnold P. Shortman de exactamente la misma edad"

—¿Usted es…?—preguntó escondiendo sus folios y mirándolo de arriba a abajo. El antropólogo estaría acercándose a los cuarenta pero seguía estando de muy pero que muy buen ver. Eso no le pareció apropiado para una adolescente que se recuperaba de una presunta agresión sexual.

—Miles Shortman, un placer. —le extendió la mano para saludarla y la mujer se lo pensó dos veces antes de estrecharla.

—¿Acostumbra andar por la casa semidesnudo?

—¿¡Ehh!? ¡NO, CLARO QUE NO! Yo…me estaba afeitando.

—Pues debería vestirse antes de abrir la puerta…—resopló indignada y él suspiró para sus adentros recordándose por qué no extrañaba las interacciones humanas desde que vivía en la selva. Sus padres despertaron por el alboroto y preguntaron a voz en grito con quien carajo estaba hablando.

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—¡Si son esas niñas exploradoras, compra las de nueces y chispas de chocolate! —pidió su madre.

—¡Si no son, igual ve a comprarlas!—ordenó su padre.

—¡ES LA TRABAJADORA SOCIAL!—gritó él dejándola medio sorda, espantando al gato que dormía sobre el sillón más cercano y salió disparado con rumbo indeterminado. Pidió permiso para ir a vestirse, la mujer anotó de manera mental que quizás era muy temprano para irrumpir en su hogar pero por las lluvias no había podido pasar ni el viernes o sábado. Era ahora o nunca, porque tenía demasiados expedientes de casos más alarmantes.

Revisó la sala de estar, cocina y comedor, todo se veía en orden, limpio y agradable. Su anfitrión se le unió de nuevo con una camisa de vestir lisa y un par de zapatos cerrados, a él se anexaron quienes supuso debían ser los dueños de la casa.

—Phillip y Gertrude Shortman —se presentaron.

—Que gusto, ¿La señorita Pataki duerme arriba? —Phil y Gertie destruyeron a su único y libertino hijo con la mirada, afortunadamente conservaban sus talentos de los años en que trabajaron encubierto y disimularon los gestos. Miles, tuvo que pasar saliva y decir que sí. Ella y su hijo se encontraban arriba.

—¿Estarán rezando, no?—inquirió la señorita que al parecer, no creía necesario mencionar su nombre. Comenzó a subir las escaleras y ellos la siguieron a corta distancia por detrás. Gertrude no perdía oportunidad en pellizcar a su hijo, Miles ahogaba los gritos de dolor pero en realidad nunca fue demasiado discreto, la Trabajadora Social intuyó que algo de esto "no era correcto" admiró las habitaciones transformadas en pequeñas salas de espera y consulta.

Ellos explicaron la naturaleza de la remodelación y ella anotó cosas ilegibles en su carpeta.

—¿Hay más habitaciones? —preguntó, al no ver rastro alguno de la jovencita.

—Una más, subiendo esas escalerillas.

—¿El ático?—enarcó una ceja cuando lo pronunció imaginándose lo peor. ¿La mantenían aislada de toda visita o contacto humano? ¿Qué, se creían los tíos de Harry Potter? ¡Ja! les quitaría la custodia de manera inmediata.

—En realidad, en sus comicios se pensó como invernadero, el techo es de cristal y sirve para…—Amaia Sanders (porque así decía gafete y no porque ella se los hubiera informado) ignoró a los Señores de la casa y se metió en la habitación superior sin chistar.

Encontró a los adolescentes vestidos aún con sus ropas de dormir pero perfectamente alejados el uno del otro. La cama tendida, libros y notas escolares por doquier. El menor de los Shortman estaba recargado contra la cabecera de la cama, señalando cosas con un marcador fluorescente mientras que "su cliente" estaba sentada en la silla del escritorio, los cabellos peinados en un moño alto decorado con un listón rosado. Llevaba audífonos puestos y leía sus notas muy seriamente. Ella tuvo que carraspear un par de veces para que al menos uno de los dos, la notara.

—Buenos días, vengo de parte del Hospital General de Hillwood…

—Arnold Shortman, un placer. —se presentó de la exacta manera que hiciera su padre. La chica de su interés seguía absorta en sus estudios.

—¿Podría…?

—Desde luego, —Arnold se acercó a la chica y le quitó uno de sus audífonos. —¿Hel…?—la llamó con suavidad, ella apenas si se inmutó.

—Un segundo. —señaló con grafito el párrafo donde se había quedado y resopló mirando a sus invitados.

—Amaia Sanders. —se presentó al fin la Trabajadora Social.

—¿Tomará mucho tiempo? Tengo que memorizar todo esto…—señaló lo que ya había visto entre la cama, piso y escritorio. Ella negó con un movimiento de rostro.

—Sólo serán preguntas de rutina.

—Si gustan puedo traerles café. —ofreció Gertrude.

—Y unos panecillos para el desayuno. —continuó Arnold.

—No te pases con los mimos, melenudo. —Shortman sonrió y salió junto con sus abuelos, Miles se quedó con ellas, pues un adulto debía presenciar la entrevista.

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Helga dijo que se sentía mas tranquila. Ya no tenía pesadillas, sus amigos estuvieron con ella, sus padres también aunque seguía sin saber ¿Cómo debería de tomar la separación entre los dos? Creía que era para bien, pero esto de ser "futura hermana mayor" se sentía aterrador. Cuidar de alguien más, ser un ejemplo para alguien más parecía una carga demasiado pesada y no se sentía a la altura.

—El hecho de que pienses así, significa que lo estás. —concilió Sanders, dando un sorbo a su café. —La situación de tus padres sólo le compete a ellos. Sé que habrá peleas, más con un nuevo integrante en la familia pero entiende que si estás aquí, es porque ellos te quieren aquí.

—¿¡Qué!?

—Ambos dieron su consentimiento para que vivieras aquí. Pese a ser la casa de tu novio, están conscientes de que te ha ayudado a salir adelante.

—¿Lo dice en serio?

—No tengo por qué mentir. Volviendo a lo del ataque, ¿Haz vuelto a salir?

—Claro que sí.

—¿Tú sola? ¿Has tratado de volver a ser la chica independiente y segura que eras?

—No...—reconoció que todas sus salidas habían sido exclusivamente con Arnold, Phoebe o Eugene. No se sentía con la fuerza de salir por su cuenta. Aún cuando enfrentó a Anthea, lo hizo con la seguridad de que su novio se encontraba ahí.

—¿Quién es Anthea? —preguntó la Señorita Sanders, un poco sacada del tema.

—Una pesadilla. —comentó sin vacilación.

—Dijiste que ya no las tenías. —Amaia garabateó en su carpeta molesta.

—Y es así porque la enfrenté.

—¿Estamos hablando de una persona real o se trata de…?

—Fantasía, —interrumpió. —Tuve un encuentro "cercano" con la muerte y desde entonces creía que venía de visita. ¡No me mire así, no estoy chiflada! sólo tuve un mal sueño y lo superé.

—¿Sigues durmiendo con tu novio? —preguntó porque esa era otra nota a lápiz en el pie de página.

—Si, pero no aquí. Respetamos las reglas de casa o su abuela lo castra. —Miles soltó una carcajada al escuchar eso ultimo, la Trabajadora lo miró de mal modo y se volvió a acomodar en su lugar con una pierna sobre la otra, el cigarrillo encendido, nublando su mente, atontando sus pensamientos.

—¿Tienen actividad sexual? —el antropólogo comenzó a ahogarse con el humo de su cigarro.

—Usamos protección y técnicamente somos mayores de edad.

—En siete días cumplirás dieciocho, él los cumple hasta Julio.

—¿¡Insinúa que lo abusé!? —Miles se cayó de la cama y comenzó a golpear su pecho para poder respirar.

—Sólo aclaro puntos rojos de tu expediente.

—¿Qué clase de puntos?

—El Director de tu escuela sugirió que tal vez tú, eras...

—¡ME ESTÁ LLAMANDO ZORRA! —Helga se levantó de su asiento, la trabajadora hizo ademán de cubrirse de cualquier ataque con sus folios. Miles se tragó una bocanada de humo, aplastó el cigarro contra la duela del piso y se incorporó para mediar entre ellas.

—Arnold, es mayor de edad.

—No mienta por su hijo, Señor Shortman aquí lo tengo todo anotado.

—No lo hago, nació fuera del país en Octubre y no pudimos registrarlo hasta Julio.

—¿¡Qu…qué está queriendo decir!?—preguntó Helga, más interesada que la otra.

—Que su acta de nacimiento está mal porque queríamos que fuera norteamericano y por tanto omitimos el lugar y el mes de su alumbramiento.

—¡ESO ES UNA VIOLACIÓN A LA LEY! —gritó la mujer de traje sastre un poco histérica.

—No, si nació en una tribu donde no se acostumbra registrar a los niños. El punto aquí no era ese. Es que usted acusa a la Señorita Pataki de abusar a mi hijo, cuando él es mayor y completamente consciente de lo que hace.

—¡Entonces el abusivo es él!

—¡FUIMOS LOS DOS! —gritó Helga. —El Director me odia, porque evidencie su red de corrupción interna. Todo esta en la declaración que facilité a la policía y que según yo debería de leer antes de venirse a meter aquí.

—De acuerdo. —Sanders garabateo rotundamente en su carpeta. (omitiendo el hecho de que no había leído nada de eso) —Pareces tener claros tus objetivos, prioridades...

—Y debilidades. —cortó en seco. —Usted tiene razón, no pensé en volver a ser lo que era. Sólo me concentré en dejarme querer.

—Después de lo sucedido es natural que te sintieras vulnerable y buscaras cobijo. No obstante, debes comenzar a hacer un esfuerzo. Caminar a solas por los pasillos de la escuela puede ser un inicio. También andar por el parque o en lugares amplios donde haya alguien. No te aísles del todo, puedes sufrir una recaída, ataque de pánico o ansiedad. En cuyo caso, necesitarás que te auxilien.

—Lo intentaré.

—Espero que así sea. —guardó sus documentos, dio el ultimo sorbo al café y comentó. —Escucha, Helga puedo ver que eres una mujer fuerte e inteligente pero a veces se requiere de muy poco para que detonen los recuerdos de una agresión. Debes estar preparada para todo porque no siempre lo tendrás a tu lado.

Miles carraspeó incómodo con esta parte del discurso porque él estaba muerto de miedo por Stella y la parte importante no era esa.

Se olvidaba de lo fuerte, aguerrida y determinada que era.

No tenía que temer, debía creer en su esposa.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó temerosa pues con todo lo que estaba sucediendo, sólo pensaba en que uno de los dos no volvería.

El preludio a una muerte...¿Era este?

—La Universidad. —espetó Amaia con una sonrisa que pretendía ser agradable pero que resultó ser sumamente espeluznante. —A no ser que me equivoque, tú te inclinas más hacia la Literatura y tu novio por Antropología e Historia; pero nos salimos del tema. El objetivo de mi visita no era ese, sino este.

La casa está en optimas condiciones y ustedes, Señor Shortman serán una familia peculiar pero funcional. Mi cliente se ve bien y si la ayudan a seguir las recomendaciones, no me queda la menor duda de que podrá reintegrarse a la sociedad.

—La apoyaremos.—aseguró el antropólogo.

—Entonces, nos vemos de nuevo cuando finalice el semestre. —Amaia se levantó de su asiento y estrechó la mano de los dos.

—¿La acompaño abajo?—ofreció Miles.

—Puedo ir por mi misma pero no me gustaría encontrarme a ese gato. Son malvados, ¿Sabe?

—Pierda cuidado, este está entrenado. —Para tirarnos por las escaleras— pensó para sus adentros mas no lo enunció.

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Un par de minutos después subió Arnold, ya se había duchado y cambiado. Se extrañó de ver a Helga tan meditabunda y seria.

—¿Estás bien? —preguntó aproximándose a ella. Tanteando el terreno.

—¿Ya pensaste a que Universidad vas a ingresar?—se levantó de la cama y lo miró a los ojos. Este tema no lo habían tocado porque obviamente, sugería separación o término de algo que recién se inició. Arnold decidió ser honesto, no encontró sentido en mentir sobre esto.

—Chicago. Sé que no es la mejor opción pero quiero seguir los pasos de mi padre.

—Yo quiero ir a Oxford. —confesó y él logró advertir algo de vacilación en su voz.

—¿A caso te asusta?—preguntó con una sonrisa boba. Ella asintió con el rostro sin entender ¿Por qué le divertía la idea? No quería alejarlo, terminarlo, olvidarlo…—¿Sabes que Gerald se quedará aquí? irá a la academia de policía como su hermano y padre.

—Phoebe quiere ir a Harvard, como su madre…

—Exacto, y él está convencido de que podrán reunirse en vacaciones, días festivos y cada oportunidad que tengan. Nosotros también lo haremos, además de que "necesitamos" estar lejos.

—¿Por qué…?—preguntó acercándose a su cuerpo.

—En palabras de Gerald. "Porque reprobaríamos todas las materias y jamás saldríamos de la habitación, si estudiáramos sin supervisión"

—Idiota…—comentó con una sonrisa medio alegre, a la vez que recibía el abrazo y los labios de su novio.

—Brillante idiota.—aplaudió presionándola contra la pared que tenían mas cerca.

—No lo adules tanto, amante farsante.—susurró enredando los dedos de la mano izquierda en su rubia cabellera.

—¿Cómo, ese es un nuevo insulto...?—inquirió bajando con ambas manos a la parte baja de sus glúteos.

—No es un insulto, es la verdad. ¿Sabes que según tu padre naciste en octubre del año anterior y no en julio del que estás registrado?

—¿¡Qué!?—preguntó sin disimular la sorpresa.

—Ahmm...¿No lo sabes? Bueno, te informo que extraoficialmente, cumples diecinueve y no dieciocho. ¡Eres un tapón de alberca, Arnoldo!—reclamó golpeándolo en el pecho.

—¡Oye!—se quejó tanto por el golpe como por el insulto referente a su estatura.

—Nuestros hijos serán chaparros, gente como yo, va a maltratarlos...—dramatizó, sin despegarse de su lado.

—Mi padre y mi abuelo son altos.

—Siempre hay una excepción a la regla, enano…

—¡Basta con eso, Helga!

—¡Cuélgate de cabeza, práctica baloncesto, sacrifica a una cabra! ¡Haz lo que sea necesario, porque me estás matando! —él se perdió en alguna parte de su discurso, pero bueno. Ya sabía que estaba loca y mientras se siguieran manoseando que dijera lo que quisiera. Además, ¡él no era tan chaparro! estaba como tres centímetros por debajo de ella y Helga seguía siendo de las mujeres más altas de toda la escuela. ¡Era una exagerada, emperatriz del drama y honestamente…!

—No entiendo de lo que hablas.

—¡Claro que no, porque no eres yo! Y esto puede que sea difícil de digerir pero en realidad, me gustan los chicos mayores…

—¡¿QUÉ?!—preguntó entre sorprendido y asustado porque la mujer ya le estaba desabotonando la camisa con la mano enyesada y el pantalón con la otra. No es que le desagradara la idea pero la puerta de su habitación estaba abierta, era plena mañana y sus abuelos estaban despiertos.

Su abuela estaba en la cocina con la endemoniada cuchara metálica y no dudaría en marcarlo hasta sangrarlo.

—Dije que me gustan mayores... —insistió en su perorata. Mordiendo una de sus tetillas, haciendo que se le calentara la sangre y activando la parte traicionera de su cerebro que le recordó que Alan Redmond, tenía diecinueve años y era mucho más alto. Anotó de manera mental romperle la cara en pedazos y su mujer seguramente tenía planeado arrancarle el corazón porque dejó de succionarlo, enloquecerlo y morderlo para mirarlo con misterio.

—Siempre pensé que eras mucho más maduro que los demás y ahora sé por qué...

—¡E...espera! ¿Qué...?

—Eres perfecto, bueno tu único defecto es la altura…

—¡No te quejaste de eso cuando tuvimos sexo!

—Porque lo compensas con esto…—la rubia, atrevida como ella sola le metió la mano izquierda dentro del pantalón, justo sobre la entrepierna. Él ahogo un grito de sorpresa, seguido de un gemido de lo más desconocido.

Sus abuelos (como si tuvieran radar) gritaron desde abajo, preguntando lo que hacían.

—¡MÁS VALE QUE ESTÉN ESTUDIANDO! —Helga lo apretó más fuerte comenzando a masturbarlo, él iba a necesitar algo que morder para no gritar como desquiciado pero eso lo solucionó aferrándose a su hombro. La rubia se deshizo en tremendo jadeo, él la aplastó contra la pared para que tuviera equilibrio y siguiera frotándolo. Entre más se "herían" más se convencía de que esta no era una buena idea. Debían ser mejores, concentrarse, rescatar a su madre, prepararse para el futuro y no arrancarse la ropa para reclamarse como animales.

—Helga…si repruebas tu examen general perderás el pase universitario…—le recordó jadeando lastimeramente contra su oído.

—¿Si acredito con honores, lo hacemos en cada rincón de este cuarto? —ofreció porque claro. Dormir con él, (en Sunset Arms y en su cama) era de sus fantasías mas delirantes. Pero hacer el amor lo era todo.

—No tenemos condones...—remarcó este punto porque de los veinte que les dieron en el Centro de Salud, su hermana o madre decidieron que podían estarse en paz con cinco y eran adolescentes recién estrenados. ¡Claro que no podían con cinco! Y no sabía como lo hacía Gerald, pero él no iba a poner su cara de Samaritano y comprar una caja de condones en la farmacia.

—Sé…creativo…—sugirió la rubia con la cara inflamada por el deseo. Y es que ella tampoco pensaba comprarlos. Ya era bastante incómodo comprar tampones y toallas sanitarias. ¡Que ese camarón con pelos se hiciera con los condones!

—Juro que lo seré…pero creo que alguien viene…—comentó para que lo soltara, pudiera besarla y lograra recomponer su estampa. Al hacerlo notó que se le pasó la mano con la mordida en el hombro y liberó los cabellos de la rubia para ocultar la marca. Se abotonó la camisa ocultando su propia marca en la tetilla, acomodó cuidadosamente su pantalón (agradeciendo de manera mental el haber omitido su uso del cinturón) y regresó a lo que hacía, que era subir a su cama, ocultar la erección con un almohada y subrayar cosas que consideraba importantes para que ella las memorizara.

Por su parte, Helga se sentó frente al escritorio, colocó los audífonos de vuelta en sus oídos. Escuchando las grabaciones de las últimas clases que tomó y se perdió en su mundo.

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Quien subía era Miles con bocadillos y bebidas para los dos.

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—La teniente me manda a informar que la comida se servirá a las 16:00horas, ¿Van a ir a esa fiesta de karaoke?

—Si, —respondió Arnold pues Helga volvía a estar enfrascada en lo suyo.

—¿Cómo lo hace? —preguntó Miles ampliamente impresionado. Su hijo se encogió de hombros y lo atacó con otra pregunta.

—¿Soy nueve meses mayor?

—Es el tiempo que nos tomó convencer a los ojos verdes de que te quedaras a vivir aquí.

—Y esa es otra cosa, de las que nunca me iban a decir.

—¿En qué cambiaría algo? Sigues luciendo pequeño.

—Gracias por señalar lo obvio…—refunfuñó molesto.

—Yo me estiré en mi ultimo año de preparatoria.

—¡Pues debería ser este!

—Si, pero yo estaba en natación, atletismo y karate. ¿Que te dio por el fútbol soccer?

—Lo practicaban algunos chicos que conocí en San Lorenzo

—Pero todos ahí son bajitos…—se burló su padre. Arnold le arrojó el marcador fluorescente a la cara.

—Crecerás a su tiempo y si no. Le pedimos a tu abuela que te rompa los huesos como en los viejos tiempos.

—Gracioso...—comentó sin encontrarle la gracia.

—Tu madre prefiere decirme "encantador" pero supongo que es lo mismo.

—Ella está bien…—le aseguró, pues a nadie engañaba su padre con esas profundas ojeras y reciente adicción a la cafeína y tabaco.

—Lo sé…

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Helga se negó a interrumpir sus estudios hasta bastante entrada la tarde, para entonces lo que le apuraba era tomar un baño y arreglarse para la fiesta. Dijo que comería algo en casa de Alan, el chico siempre tenía botana o conseguiría comida únicamente para ella. (la observación, no hizo feliz a Arnold pero qué se podía hacer)

—De acuerdo, vayan con cuidado. —comentaron Phil y Gertie.

—Y tomen esto. —Miles le entregó a Arnold una llave plateada.

—HUUUU…le dio la llave. —secretearon los ancianos.

—¿Qué con la llave?—preguntó Helga.

—Es "LA LLAVE"—enfatizó Gertie.

—¿Qué abre?—susurró curiosa.

—El único objeto material que nuestro hijo atesora más que a su vida…—confesó en el mismo susurro, agregando dramatismo al momento.

—Tanto que lógicamente, no nos dijo dónde lo tenía guardado.—pronunció Phil con los brazos cruzados y el gesto enfadado.

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La llave, pertenecía a un viejo Porsche del 73 color azul, no era tan espectacular como el Mustang Coupe de Gerald, pero era su primer hijo y lo quería mucho.

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—Chocas mi auto y sales de la familia.—sentenció tan pronto como Arnold cerró la puerta del conductor.

—¿Tu auto?—preguntó pues ingenuamente, creyó que se lo regaló.

—Pues claro….¡TRABAJA Y CONSIGUE EL TUYO! —gritaron tanto sus abuelos como su padre y él estuvo tentado a chocar el auto.

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Avanzaron a buen ritmo por la avenida principal, él refunfuñando, ella jugando con los botones de la radio. Se detuvieron en un semáforo y volvieron a cruzar miradas con pecado. Helga había subido una pierna al tablero, se atavió con unos tenis rosas tipo bota "All Star" jeans negros entubados y una blusa sin mangas color rosa, de gasa transparente. Se veía a la perfección su sostén deportivo negro pero esa cosa era tan genial que parecía un Top y no dejaba nada provocador a la vista. Sus cabellos los peino en una coleta de lado ocultando la mordida y es que Arnold le dejó impresa la dentadura completa. —¿Qué se creía, un vampiro?— Por su parte, él llevaba los mismos jeans azul marino que le había desabotonado, junto a la camisa de vestir color vino y un par de zapatos negros.

—¿Tú crees que este auto si podamos profanarlo? —preguntó traviesa, pues él ya suspiraba por tenerla entre sus piernas.

—¿Cuando salgamos de la fiesta?

—¿Aguantaremos tanto?

—¿Honestamente…? —La pregunta se quedó en el aire pues el semáforo cambió a verde y por poco los choca el impaciente que venía por detrás. Continuaron su trayecto y aparcaron a la entrada de la casa de Eugene, el pelirrojo salió de inmediato agradeciendo que pudieran llevarlo.

No era tanto que quisieran hacerlo, es sólo que Helga ya se había comprometido a que llegaran juntos para el concurso. Él venía vestido con una camisa de vestir azul eléctrico, pantalones, saco y zapatos negros. Peinó su cabello hacia atrás, se veía verdaderamente apuesto.

—¡Hola mamá, gracias papá! —pronunció a manera de saludo y los dos amenazaron con bajarlo del auto.

—Oh, vamos...fue divertido.

—¡Claro que no! —gritaron a una sola voz.

—Practiquen conmigo. ¿Me compran un caballo?

—¡NO!

—¡Pero quiero montar algo…! —eso ultimo lo pronunció con un promiscuo jadeo y los dos pegaron el grito en el cielo.

¡EUGENE!

—De acuerdo, no haré más bromas. —aunque omitió explicar que tenía sus oscuros motivos para llamar a Arnold "papá"—. ¿Qué canción vas a cantar?—preguntó mirando a Helga por el retrovisor.

—Es un tema nuevo, la melodía la compusieron entre Lorenzo y Brainy, cuando estábamos en el hospital.

—¿Cómo se llama?—inquirió interesado en el tema.

—Broken Doll, ¿Que vas a cantar tú…?

—Shake it off.—y al mencionarlo le guió un ojo, en un gesto de lo más coqueto.

—Vienes con todo.

—Lo sé…—se pegó un poco al asiento de ella y susurró a su oído. —Por ti nena, sería Batman...—Arnold roló los ojos (pues sonó exacto a Antonio Banderas) y pisó el acelerador a fondo hasta llegar a la casa de Alan.

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Entre los visitantes hallaron el auto de Gerald, cosa que les sorprendió pues creían que estaba castigado. Rhonda junto con Nadine bajaban de su Audi, Harold y Patty llegaron en el Chevy de su madre. El convertible deslavado pertenecía al padre de Sid, quien tuvo la cortesía de pasar por Stinky, Curly y Sheena, la motocicleta no era propiamente de Brainy, sino de su extravagante novia, Lorenzo bloqueaba media calle con su flamante BMW y al descender los cinco juntos avistaron un deportivo color verde olivo que no reconocieron pero supusieron que pertenecía al novio de Lila.

En el sótano de la casa, la fiesta estaba en pleno apogeo. Todos los que llegaron temprano rodeaban a los "NERDS" y gritaban a una sola voz el nombre de su mejor amiga.

"PHOEBS, PHOEBS, PHOEBS"

—¿Qué está sucediendo?—preguntaron a Gerald, pues él no se encontraba ahí, sino que estaba con Alan, recargado contra la barra de su cantina.

—Los rumores de la web escolar estallaron una vez más. Cortesía tuya, he de aclarar. Pero Phoebs no va a reclamarte nada porque "eres su hermana" Y para no hacer largo el drama. Les diré que está decidida a tirar la bendita página.

—¿¡Qué!? —gritó Helga asustada. —¿Hacer eso no era ilegal?

—Sólo si la atrapan, pero Curly dice que puede borrar sus pasos mientras trabaja y Lorenzo asegura que tiene una "copia de seguridad" de la página. Cuando caiga el blog de los chismes junto con la web oficial, subirán la otra y todos felices y contentos.

—¿Pero qué pasa con los candados, registros, claves, archivos personales, historial académico, calificaciones, guías de estudio?

—Tienen todo eso en ese bebé. —aclaró Alan señalando un inmenso CPU. —les tomó semanas hacerlo pero te aseguro que está completo. Es domingo nena, las calificaciones de todos con excepción tuya y de Eugene ya se subieron. Más de la mitad de la escuela se largó de vacaciones por la tormenta. Así que toma una cerveza y relájate. —Alan se empinó su propia botella y aunque le ofreció una a ella, la rechazó y siguió con Gerald.

—¿Que rumores pusieron ahora?—preguntó temerosa, pues algo le decía que ya conocía la respuesta.

—Subieron toda una novela erótica de cómo me monto a mi novia…—Gerald, nunca jamás en la vida se ponía furioso. Podía hacer berrinches, gritar a los cuatro vientos, soltar puños y patadas pero al final le ganaba el lado bonachón y amable. Recibir una mirada oscura, destructiva y letal de su parte, era como ser excomulgado por el Papa y Helga sintió que ahora sí era la buena.

Jamás la perdonaría, perdería a su mejor amiga porque ¿Quien quiere amigos cuando tienes al amor de tu vida? se puso más pálida que la muerte, sintió que el corazón se encogía al interior de su pecho, pero eso sólo duró dos segundos y luego el moreno le sonrió honesto.

—No es ni la mitad de lo que escribieron sobre ti abusando de Arnold o tirándote a toda la escuela. Así que por ese lado, lo tolero. Por el otro, he de decir que espero y sea cierto lo de "tu memoria perfecta" ya que has reducido mucho la lista de sospechosos.

—¿¡Cómo…!?

—Lo gritaste a todo pulmón, eso es cierto pero éramos pocos los que seguíamos en el cementerio. Si quieres mi "perdón" sugiero que me des una lista.

—¡Gerald!—reclamó Arnold, pero el otro ni se inmutó.

—No la defiendas, viejo. Tiene que aprender de una maldita vez a controlar esa boca.

—Dame una hoja…

—Usa esto…—Gerald le entregó su teléfono celular que "casualmente" estaba en el blog escolar. Helga leyó apresuradamente la ola de rumores que solo una vez había revisado y así se fue dando cuenta de lo que decían sobre ellos.

La sección mas extensa, grotesca y obscena era la suya, incluso lo que refería a sus amigos lo relacionaban con ella.

"Eugene Horowitz, fue tentado por la oscuridad tras recibir un impacto en la cabeza que estaba destinado a ella"

"Rhonda Wellington Lloyd, terminó con su novio Thadeus horas después de reunirse con el Terror Pataki"

"Harold Berman y Patty Smith, fueron reprendidos por participar en un altercado en la cafetería. Las peleas iniciaron luego de que un estudiante llamara zorra a Pataki"

"Arnold Shortman, alias "el juguete sexual de moda" se va a los golpes contra Stinky Peterson, ¿Motivo? La guerrera amazona"

"Lila Sawyer, protagoniza una puesta en escena de lo más espléndida para defender la virtud de una zorra"

"Pataki no se contenta con su estatus de zorra, al parecer pretende bajar a su mejor amiga, Phoebe Heyerdahl a su nivel..."

Eran juicios de valor personal y por la redacción, juraría que quien iniciaba todos y cada uno de ellos era una mujer. ¿Quién la odiaba tanto? Los rastreó hasta el día de San Valentín pero entonces no se decía demasiado. Tan solo mencionaban que "se creía demasiado" para salir con "El Diablo"

—Jake…—pronunció su nombre y poco después todo desapareció. La página no cargaba y cuando la actualizó fue enviada a la pantalla de inicio de la escuela.

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Sus amigos estallaron en gritos y vítores. ¡Phoebs, Lorenzo y Curly, lo consiguieron! Quiso unirse a la algarabía general pero Johanssen tenía un punto. Las familias fundadoras eran las únicas que se encontraban en el Cementerio y para la hora en que lo dijo, de sus amigos cercanos sólo quedaban Phoebs y él. Los demás eran conocidos de Caroline, personas mayores con sus esposos, hijos o nietos. ¿Quién la odiaba?

Debía ser alguien que estudiara con ellos.

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Sid gritó desde algún lugar que si ya estaban listos, prendieran esa mierda.

—¡Que corra el alcohol y cante el tenor! —ese fue Eugene. Ella se emocionó con la idea. Repasó en su cabeza los rostros de los asistentes pero debía admitir que no conocía a todos en Hillwood, iba a necesitar un Anuario, pensó en pedírselo a Alan pero ya no estaba en la cantina. Ni él, ni su novio, giró sobre la punta de sus tenis para buscar a alguien más y de pronto chocó contra un cuerpo.

—¡Cuidado Amazona!

Chico demasiado alto, atlético y apuesto. Cabellos castaños, mandíbula cuadrada, sonrisa de ensueño y una maldita camisa verde olivo. Venía con una espectacular pelirroja de vestido violeta que cruzaba los brazos a la altura del pecho y sacaba humo por las orejas, pues al impactar de sus cuerpos a su "novio" no se le ocurrió nada mejor que sostenerla por la cintura y acercarla a su pecho.

—¿Nos conocemos…?—preguntó una vez volviera a estar parada sobre sus pies.

—Creo que no hemos tenido el placer. Soy Larry Lawless, novio de Lila, hermano de Laurel. Ella estaba contigo en el equipo de béisbol, ¿La recuerdas?

—Si, es la chica que me odia...

—Yo no lo pondría así, sólo le enfadaba que no pelaras a un tal ¿Jake? y cuando te diste de baja le enfureció que no la eligieras como Capitán, pero da lo mismo porque ya lo es.

—¿Que le pasó a Vanessa Blake?

—¿No supiste? Se rompió una pierna…

—E…espera. ¿Tu hermana era una rubia teñida, de abrigo negro y zapatillas rojas que estaba anoche en el cementerio?

—¡Si! Tiene poco que cambió de imagen, le queda estupendo. ¿No crees? —Helga resopló, Lila como que se impacientó. Buscó al rubio con la mirada y afortunadamente lo halló.

Cuando todos saltaron de alegría por el "happy hackey" corrieron a abrazarse en el centro, pero ellos no fueron porque no se sentía cómoda entre tanto arrumaco. Larry continuó con su charla, ella tenía que admitir que su novio pocas veces lograba llamar la atención, parecía que en lugar de un chico de carne y hueso traía un llavero o un muñeco demasiado bello. Todos pasaban de él así que tener una conversación real, debía ser fabuloso para él.

—La abuela no podía ir sola y los demás estábamos ocupados, así que Laurel se ofreció a llevarla en el auto…

—¿Tu abuela y Caroline son amigas?

—Juegan Bingo todos los jueves en la noche... —Lila volvió a carraspear, esa conversación se estaba alargando demasiado pero afortunadamente Arnold, recordó que venía con su novia.

—Hola Arnold…—saludó en un tono tan meloso que a Helga se le calentó la sangre y a Larry se le oscurecieron las pupilas. (le gustó)

—Hola Lila, Barry…—saludó él con un movimiento de rostro, sin dedicarles mucha más atención. Se concentraba en Helga. Debió recordarse que a partir de ahora, sólo la vería a ella, pero resultaban molestos sus excesivos intentos por llamar la atención. ¿Necesitaba un novio para vestirse como cualquiera? ¿O era así como siempre lo hacía? Esto del "estado de poesía permanente" sonaba en todo a ella. ¿Entonces, así controlaba a los chicos? Un poco de carne al aire, sin maquillaje, sólo pantalones ajustados y un sostén deportivo. Iba a señalar algo sobre este punto. Burlarse, sin "ofender" Un comentario soso pero picante. Humedeció sus labios, abrió la boca pero la intensión se le quedó en la garganta pues Alan Redmond la llamó al escenario.

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—¡Oye, Hell! ¿Vas a cantar con nosotros o no? —la rubia asintió de inmediato.

—¡ESPERA, UN SEGUNDO! ¿QUÉ PASA CON NUESTRO TRATO?—gritó Gerald, tratando de acercarse a ella, pero ésta se limitó a arrojarle su celular de vuelta.

—Tendrás el nombre cuando termine.

—¿Que nombre?—preguntó Phoebs.

—Ninguno. —aseguraron los tres a voz en coro y ella sintió que había algo que se le perdía.

—Phoebs…—llamó Helga, a punto de aceptar la mano de Alan para subirse al improvisado escenario. —¿Tú y yo estamos bien? —la morena de vestido azul, medias a la mitad del muslo color humo y botines negros, sonrió encantadora como ella sola y asintió.

—Como siempre…—Helga se subió y todo el mundo parecía no poder contener la emoción. Admitía que se unía a la comitiva. El concurso de karaoke parecía divertido y ambicioso. Podría presumirles su voz y traer al escenario un nuevo show. Larry la atrapó entre sus brazos, miraba con desconfianza a Arnold, pero el rubio no se enteraba de nada.

Miraba a su musa y ésta los miraba a ellos: Brainy en la batería, Alan en la guitarra eléctrica, Lorenzo en el bajo. Se pusieron de acuerdo en el cómo iniciar la presentación y pronto se levantó su voz.

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—¡Muy bien perdedores! Nosotros somos: "Poesía Permanente" y esto se llama. "Broken Doll"

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Continuará...


N/A: Me disculpo por el pequeño hiatus pero ya regresamos. Las actualizaciones volverán a ser semanales. Aunque me reservo la elección del día para actualizar. (Quiere decir que puede ser cualquiera de Lunes a Viernes) Besos a los que comentan, ya saben que los amo y espero que valiera la pena la espera. XOXO.