SUNSET ARMS
Horas Después.

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—¿Te encuentras bien…? —preguntó a la rubia que había pasado las últimas horas leyendo enorme cantidad de libros a la luz de su lámpara de escritorio. Aún llevaba los cabellos peinados en ese coqueto par de coletas, el lazo rosa ya no estaba decorando la parte superior del conjunto pero él podía imaginarlo y recordar a la niña feroz que conoció hace tantos ayeres y de la que irremediablemente se enamoró.

Helga colocó un separador en el libro que estaba hojeando, deslizó su silla hacia atrás y le ofreció una inclinación de rostro para indicar que lo estaba escuchando. Él no diría que lucía molesta o melancólica. Estaba reflexiva, mirándolo con la misma intensidad con que confesó estar rota y tener miedo de que él se fuera cuando la conociera. Le dedicó una sonrisa afable, convencido de que jamás se cansaría de tenerla en su vida y luego se sentó al pie de la cama para que charlaran.

—Sólo estaba recordando…melenudo.

—¿Algo en específico? —ella afirmó con el rostro. Lo que había desparramado a lo largo de su escritorio eran los cuentos y novelas que alguna vez le prestara Gertrude. Le daban esperanza, fortaleza. Le recordaban a la niña que había sido y la mujer que ahora es.

—Siempre pensé que la fantasía nos enseñaba a madurar por la fuerza o quizás fuera que en aquella época se acostumbraba hacerlo de esa manera. ¡No pongas esa cara! Si no me crees, te lo probaré.

Caperucita Roja tenía nueve años y se escondió por debajo de la cama mientras el lobo feroz devoraba a su abuela y la sangre corría por la base hasta teñir de carmín su capa. Hansel y Grettel tenían siete y diez, conocían bien la crueldad de la naturaleza humana y no dudaron en reflejarla. Como sabes, arrojaron a la Bruja al horno y se hicieron pasteles con calabaza. Blanca Nieves tenía trece cuando su madrastra la condenó a muerte y tuvo que correr descalza sobre la nieve blanca, atravesar el bosque, pedir posada, rogar un cazador por su alma. La Bella Durmiente cayó en el hechizo al cumplir dieciséis...

No pretendo aburrirte con esto, mi punto es que leemos todas esas historias, las disfrutamos y padecemos porque a pesar de identificarnos un poco, nos resultan ajenas.

En la actualidad, los chicos de siete a diez van a la cama arropados por sus abuelas y aunque se esperan a que ellas se duerman para hacer de las suyas. nNi imaginar el ser acosados por una bruja o lobo feroz.

Entre los doce y quince anhelas la idea de la libertad, peleas con tus padres de la noche al alba porque no sabes quien eres y ellos intentan decirte quien eres. La Reina Malvada habita en tu casa, contamina tu aire, condena tu alma y entonces escapas, buscas amigos, los encuentras en los siete pecados, algún cazador u amante mal intencionado.

A los dieciséis nos enamoramos, caemos en el hechizo mágico del despertar y no importa quien sea, si es correspondido o no, siempre será amor de verdad.

¿Ahora lo entiendes? Crecimos conociendo héroes, mucho más jóvenes que nosotros. Harry Potter apenas si era un niño al comenzar con sus aventuras, los huérfanos Baudelaire también, Victoria, Jack y Kirtash viajaron a otro mundo presas del terror, describieron batallas épicas y también los hubo como Katniss que tuvieron que entregar su carne y su sangre para conceder a otros libertad.

La fantasía nos hizo creer que todo eso es posible y lo leía y recordaba porque al parecer, sí es posible.

—¿Dices que correremos descalzos sobre la selva húmeda esperando que algún cazador nos perdone o siete enanos nos rescaten?

—No los he contado pero creo que tenemos más de siete tarados y no correremos descalzos. Aunque según Phoebs y Geraldo, en nuestra primera visita así fue como lo logramos.

—¿Te sientes mal por haber dañado a Rhonda y los demás tanto tiempo atrás…?—preguntó acercándose a ella, invitándola a acomodarse a su lado en la cama y Helga accedió.

No entendía muy bien como funcionaban sus ideas.

Claro que en la fantasía un chico de tres años puede ser enseñado a caminar sobre carbón ardiente, enarbolar una espada y convertirse en un maestro de las artes marciales Pero en la realidad, ellos podían resultar heridos.

Los personajes ficticios no requerían preparación excesiva. Si se lastimaban en la siguiente página ya estaban como si nada. Si morían, regresaban. Existían poderes divinos, objetos sagrados. En San Lorenzo tenían sus templos, su propia magia y misterio pero dudaba que pudieran engañar a la muerte o sanar heridas de manera inmediata. Le preocupaba Helga, sabía que se encontraba en forma, que no dejó de entrenarse en ningún momento de su existencia pero enarbolar un arma con una mano que no era la dominante le costaría un infierno y Anthea aprovecharía eso.

Su chica era ruda, decidida, audaz. Tenía buenos reflejos y como mencionó hace un rato, creció sabiendo la verdad.

Ella conoció al lobo feroz que no devoraba a su abuela pero sí destrozó a su madre y la sangre que manchaba sus ropas era el sentirse culpable.

Escapó de su casa, perdiéndose en el bosque encantado de las calles de Hillwood. Afortunadamente, ningún cazador logró flecharla, ni manzana envenenarla. Sus abuelos la recibieron. Ignoraba si existía alguna heroína de cuento encantado que fue salvada por dos ancianos, pero si la había, esa era ella.

Después de San Lorenzo, la guerrera furiosa y letal que era se durmió. Debían recordar lo que fuera que les sucedió porque había muchos detalles que se les escapaban a los dos. Sus mejores amigos no quisieron hablar de eso, dijeron que era mejor olvidarse de aquello.

¿Por qué...?

Rhonda lo describía como una experiencia ampliamente traumática, temblaba de miedo, impotencia y dolor. Parecía convencida de que Anthea quería asesinarla y aunque ya lo sabían, debían conocer el contexto completo.

No quería sorpresas, errores, quedarse sin ella.

Se dejaron caer a lo largo de la cama, ella acomodó la cabeza contra su pecho y el aspiró el perfume de sus cabellos. Podían hacer "cosas místicas de la selva" encender una hoguera en el techo, concentrarse y meditar. Estaba seguro de que lograrían recordar, aunque la verdadera cuestión era.

¿Ella querría que lo hicieran…?

—¿Hablaste con Lila?—preguntó sacándolo de balance. Su pregunta inicial se quedó en el aire. Aunque suponía que se respondía sola. No podía sentirse mal por algo que no podía recordar. Suspiró contra sus cabellos, abrazándola por la cintura, pegándola a su cuerpo, ella agradeció el contacto. La noche era cálida, pero aun así, sus corazones se sentían inquietos.

—Lo hice, fuimos a la cafetería al término del segundo periodo. Está molesta contigo. No diría que te odia pero si le ofende que la humillaras públicamente.

—¡¿Qué?!—chilló levantando el rostro, sin apartarse de él. —¡Ella te manoseo y me abofeteo delante de todos! ¿Que quería que hiciera? ¿Que la tomara de los cabellos y la arrastrara al baño para tener privacidad? Era el sótano de la casa de Alan, estábamos ebrios y a mitad de una maldita fiesta. Además de que todo Hillwood sabe que jamás se me ha dado eso de ser discreta o servicial.

—Lo sé...—concedió, disfrutando con el fuego de sus ojos y el clamor de su voz.

—¿Y cuál públicamente, si se puede saber? Cuando lo suban a Facebook cuadro por cuadro y reciba doscientos millones de comentarios y likes, entonces hablamos de humillación real.

Estábamos nosotros, los de siempre.

—También lo sé, pero debes reconocer que fueron demasiadas cosas para un día.

—¿Lo dices por Larry y Eugene? —accedió mirando el conjunto completo. Sus coletas se estaban deshaciendo y ya que los dos estaban charlando frente a frente, como si disfrutaran de los vestigios del sexo se tomó la libertad de soltar sus cabellos. Le gustaban más así, pues le recordaban la manera erótica y sensual en que caían sobre sus pechos desnudos. Un adorable escalofrío le recorrió la espina dorsal al evocar el momento. Ahora podía tenerla desnuda siempre que quisiera. Aprender sus secretos y misterios, cada lunar, peca, cicatriz o marca de nacimiento.

La rubia notó el cambio en la intimidad del momento. Sus ojos debían observarla como la "Bestia a la Bella" y honestamente no le incomodó. Acarició su rostro y poco después, sin planearlo o pensarlo, ya se estaban besando.

Él se habría entregado por completo, de no ser porque había mencionado a Lila y ahora solo podía pensar en la charla que compartieron.

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Sawyer reconoció que había usado a Larry para esconder sus sentimientos por él.

—No lo entiendo...—estaban sentados en la última mesa de la cafetería. Ella pidió un helado triple en vaso de cristal con crema batida, cereza y chispas de chocolate. Él pidió un zumo de mango y anotó de manera mental que aún no descubría la fijación de Helga por el fruto dorado.

Lila lamió el helado de su cuchara de una manera que tiempo atrás le habría resultado de lo más alucinante. Se hacían hoyuelos en sus mejillas, sus labios se contrarían y expandían, eso sin mencionar que su colorete rojo tenía que ser el mejor del mercado ya que no se borraba con nada y en su momento…él habría vendido su alma por borrárselo a besos.

—Es...complicado…—confesó hundiendo la cucharilla en el helado de melocotón. —Pero ya que vas a pagar la cuenta intentaré explicarlo. Me gustas Arnold...—sus mejillas se colorearon y sus ojos se llenaron de una luz que lo hizo sentir confundido y arrobado. —No me gustabas en cuarto grado, cuando preguntaste y te rechacé fui completamente honesta al respecto. Me comenzaste a gustar con el paso del tiempo. Durante el viaje a San Lorenzo, pero entonces me convencí de que lo que sentías por mi, no era verdadero.

—¿¡Perdón...!?—preguntó azorado porque con la mano en el fuego que sus sentimiento por esa mujer fueron sinceros y verdaderos. El viaje a San Lorenzo, sucedió cuando tenían diez y él le había pedido ser novios una semana después. Hubo una "repetición" a los dos años de eso y otra más antes de que hiciera su ultimo viaje.

Extrañamente, cuando se "despidió" no fue ella quien besó sus labios sino Helga…
Pataki siempre encontraba la forma de imprimir una marca en él o quizás fuera el destino. Los hilos que los unían. Su historia y promesa.

—¿Todavía no lo recuerdas, cierto?—inquirió molesta por su reacción. Él negó con el rostro e igualmente se enfadó. Sus memorias de aquella primera visita era tan lejanas como las que tenía de sus padres en el momento que lo "abandonaron"

—No importa si no lo haces. Mi punto es que yo lo vi y lo sé. Cuando Jake besó a Helga y todos nos impresionamos, mi reacción no fue por ella sino por ti. Vi la tribulación de tu mente, el duelo a sangre fría que librabas en tu alma. Ella era tuya en tu corazón aún si no lo sabía ninguno de los dos.

—¿¡Espera, qué...!?—arrastró su silla y se acercó de más a ella. —Lila, lo que dices no tiene sentido. Yo te invite ese mismo día. Era el fin de semana romántico y…

—¡Por eso defendí a ese degenerado!—gritó, recargándose contra el respaldo de su asiento, apartándose lo más que pudiera de su lado. —Helga estaba deprimida porque nos hacemos grandes y nos acercamos peligrosamente a la edad en que cualquiera conoce a su "felices para siempre" ¡Yo no podía salir contigo a costa de su dolor! Y para que se lo informes. ¡No me detuvo el miedo! ¡No te besé, ni te acepte porque sé que te ama! ¡Siempre lo he sabido y tú no hacías nada! ¿¡Crees que fue fácil para mi cuidarte de las lagartonas día y noche, romperte el corazón constantemente para que la vieras a ella, pero eres tan denso que jamás te diste cuenta!?

—¡¿Ehhh…?!—su corazón, además de ofendido comenzó a sentirse sumamente dolido. ¿Que ella lo cuidó de no caer en otros brazos? ¿Lo rechazó para que viera a Helga? ¿Estaba loca? ¿No era más sencillo simple y sencillamente decirlo? Descartó esa idea. Tal conversación ya la habían tenido y se obstinó en decir, que no correspondía a ella sino a él, darse cuenta de lo que sentía por su novia.

Sus pulmones se vaciaron, la miró a los ojos encontrándola arrepentida y torturada. ¿Hizo todo eso a pesar de lo que sentía por él? Lo que justo ahora, sabía que sentía por él… ¿Amor, cariño o interés meramente sexual? Jamás lo sabría porque ya no había cabida para una historia entre los dos.

—Lila, yo te pedí…—comentó porque le parecía importante decirlo. Pudieron tener algo. No como lo que tenía con Helga, pero "algo" que le quitara esta sensación de ansiedad e impotencia.

—¡SÓLO PORQUE NO LO RECUERDAS! —gritó en cuanto él, se atrevió a rozar sus manos. Se levantó de su asiento para enfatizar y lo destruyó con sus ojos furiosos. Derramaba llanto por su propia impotencia. —¡EN SAN LORENZO TÚ TAMBIÉN LA AMABAS!

—¿¡QUÉ...!?—sus pulmones se quedaron sin aire y para entonces ya eran varias las mesas que miraban a la suya. Lila limpió sus ojos y les hizo creer que ensayaban para una obra de Teatro.

—Se llama "Maldito idiota" se estrenará el próximo año así que no duden en ir a verla. —Sawyer, ya era famosa por sus actuaciones en el auditorio escolar. Los curiosos dieron por ciertas sus palabras y regresaron a lo que hacían. Él quería una pausa para golpearse contra la mesa porque no podía creer que "por ese motivo" lo rechazara. ¿Desde entonces amaba a Helga? Lo sabía ahora y no se arrepentía de hacerlo, pero hasta Gerald le dijo que estuvo a punto de hacer algo idiota como pedirle ser su novio.

No sucedió porque Anthea los separó. Les arrebató su historia. Tantos momentos que podrían haber disfrutado hasta ahora. ¿Pero, estaban listos para eso a tan corta edad? Con toda seguridad, no. Helga se habría refugiado en la negación y él en su estoicismo. Se habría apartado del camino porque no tenía la fortaleza para manejar su manera tan intensa de amar.

Lila retomó la conversa, apartándolo de sus dilemas.

—Nunca podría competir contra eso…

—¿El qué…?—preguntó sincero. ¿Qué hicieron en San Lorenzo? Por las descripciones de todos pareciera que protagonizaron una película de James Bond.

—Jamás me has visto a mi o a ninguna otra chica de la forma en que la mirabas a ella. Era tuya. Tu alma, tu vida, tu mundo. Y cuando te dejaba plantado y salía con otros era porque quería que me miraran así. Sin embargo, todos son Jake. Les permites un beso y ya creen que les pertenece tu cuerpo. Larry fue distinto, sé que me amó y yo también deseaba amarlo con todo mi corazón pero entonces…Tú aceptaste tus sentimientos por Helga y me volví "otra"

No toleré los rumores de su actividad sexual cuestionable. La defendí una primera y única vez porque llamarla zorra era rebajarte también. No te merecías eso, Arnold. Me importa un cuerno lo que pase con ella, pero al decir que se acuestan los que quieren hacerlo, lo referí con la seguridad de que tú eras un caballero.

No medí las flamas de su pasión, fui una tonta al creer que no cederían a la tentación.

—Lila…—¿Qué respondía a eso? ¿Lamento no ser la clase de hombre que respeta la virtud de su mujer hasta el matrimonio? ¡Bah..!

—Sé que actúe mal en la fiesta. Que no debí abofetearla pero esa mordida en tu...ya sabes. Me pareció demasiado. No estoy preparada para verlos en dichos términos. Sé que lo merecen. Te juro que estoy feliz por ustedes y al igual que nuestros amigos lo celebro.

¡El próximo helado triple que pida ira a su salud y a la de mis caderas! pero me salgo del tema. Sé que se aman de manera sincera, aunque creo firmemente que tu novia podría ser más femenina y discreta. ¡No había necesidad de humillarme públicamente!

—Se sintió amenazada y vulnerable. Su mecanismo de defensa es la ofensiva. Y el tuyo la seducción.

—¿Me estoy defendiendo ahora?—pregunto traviesa, humedeciendo sus labios, jugando con la cuchara.

—Creo que también te sientes vulnerable.

—¡Puso a todo nuestro círculo social en mi contra!

—¡Estaban ebrios! Además, tengo entendido que es "tradición" aprovecharse de alguien distinto en cada reunión. —le concedió ese punto, recordando que hasta a Nadine le había tocado lo suyo. (Demasiado morena, demasiado delgada, demasiado rara con sus trenzas doradas)

—Deberíamos cambiar eso...—sugirió raspando el helado sobreviviente en el fondo de su vaso y con un movimiento de brazo pidió otro exactamente igual.

—Te aseguro que no fue un acto premeditado. Escuchaste a Phoebe y Stinky, técnicamente llamaron a Helga "Maldita malvada"

—Lo es…

—Y Eugene tiene disfunción eréctil, Sheena y Peterson, están ardidos por no ser correspondidos. Era el "espíritu" de la fiesta.

—¿Incluyendo la parte en que los tres mosqueteros la llamaron Prohibida?

—Lo está para ellos o me las van a pagar…—comentó con una diferente inflexión en la voz. Aún tenía ganas de ajustar cuentas con Alan porque no le gustaba la manera en que se comportaba con su novia.

Lila enfatizó lo rápido que se disparaban sus celos, él se disculpó por el hecho aunque luego del interludio consultó su reloj pulsera y se percató de lo tarde que era. Helga le dijo que hablaría con "ellos" y no creía que lo hiciera dentro de la escuela. Tampoco se le ocurría dónde buscarlos pero no tuvo que pensarlo demasiado ya que Scarlet entró en la cafetería acompañada de su hermana y Rhonda.

—¿Ya te vas…? —preguntó la pelirroja al notar hacia donde dirigió su atención.

—Odio hacerte esto pero entonces, ¿Estamos bien?

—Tan bien como siempre. Alguien ama a alguien, pero no será correspondido.

—Pudimos…—comentó mirándola de manera intensa. Si ella se hubiera atrevido, él se habría comprometido con la relación. No podría decir si para bien o para mal pero estaba seguro de que duraría lo que tendría que durar. Lila se intimidó un poco, estaba usando esa mirada que hacía derretir a Helga y aunque no pretendía seducirla o invitarla a un cuarto privado, reconocía que le agradó producir esa incomodidad en su ser. La pelirroja activó sus defensas. Cambió su gesto por uno igualmente coqueto.

—El hubiera no existe y yo no quiero migajas de ningún amor. Quien me ame debe hacerlo con la misma intensidad con que la defiendes a ella.

—¿Perdón…?—Lila ganaba la afrenta, porque honestamente lo desconcertó.

—Te conozco Arnold, más que conocer mis motivos viniste a convencerme de que sus intenciones son buenas.

—También vine a decir adiós…—esa pequeña parte se le olvidó por completo. No la creía necesaria, no pretendía que lo esperara como tantos años atrás. Las chicas que observaba por el rabillo del ojo se habían acomodado en una mesa con refrescos y malteadas. Lila no entendió de lo que hablaba y fue escueto en su explicación.

Tenía que volver a San Lorenzo.

—¿Cuánto tiempo te irás…?—preguntó sintiendo que de un momento a otro rompería a llorar. Verlo con su "novia" dolía como el infierno, pero dejar de verlo, sería como quedarse sin aliento.

—No lo sé, Helga irá conmigo. Existe la posibilidad de que esta vez, no me dejen volver…—Sawyer se llevó las manos al rostro y sus hermosos ojos se nublaron por el llanto. Él no era la clase de hombre que soportara ver a una mujer llorar aunque reconocía que se veía bastante hermosa.

Su ego masculino subió como cien puntos más, porque aquí estaba una de las chicas mas preciosas de todo Hillwood, llorando por él. Se levantó de su silla, se inclinó sobre la mesa, atrapó su rostro entre sus manos y le obsequió un beso. El beso más diminuto y triste del mundo. Rogaba porque Rhonda y compañía no llegaran a observarlo y es que los labios de Lila eran suaves y tiernos como el fruto que tenía prohibido.

Fresas...

Su labial sabía a fresas y lo disfrutó por las centésimas de segundo que duró el contacto. Lila lo abofeteó lo más fuerte que pudo y lo llamó "maldito idiota" Entonces, ya tenían la atención de todos sobre sus cuerpos. Los curiosos iniciales aplaudieron su "asombrosa actuación" Rhonda llamó a la calma cruzando los brazos a la altura del pecho y destruyéndolo con la mirada.

—¿Desde cuando tomas clases de actuación Arnoldo?—preguntó inquisidora. La "boca" de Hillwood, no dudaría en correr la verdad sobre su traición, si él cometía el más mínimo error.

Helga y ella no eran amigas del tipo que van al cine, se prestan zapatillas o labiales. Ni siquiera se hablaban si no tenían que hacerlo y ese era el punto. Se conocían, respetaban y a su manera admiraban. Cuando intercambiaban palabras, era porque algo importante tenía que ser dicho, no trivialidades. Y ver a tu novio besando a otra entraba en esa categoría, pasó saliva por la garganta comenzando a prepararse para el dolor. A pesar de lo dicho, Helga podría destruirlo, cortar su relación de tajo, terminar lo que apenas estaban creando.

—Desde nunca. —se metió Lila. —Sólo me estaba ayudando a ensayar esa parte. Tenía que abofetear a un "maldito idiota" que se atreviera a besarme y ya lo hice.

—¿Me creen estúpida?—inquirió furiosa. Helga la ayudó a terminar con Curly y formalizar con Lorenzo, la introdujo a su nuevo círculo de amistades. Estaba claro que iba a pelearla y defenderla dónde fuera.

—Piensa lo que quieras, Lloyd. Solo fue un beso, no significa nada…—Sawyer se levantó de su asiento, concluido el tercer vaso de helado y los pasó de lado. Él pronto se vio sometido al cruel escrutinio de las "tres furias" pidieron una explicación y únicamente atinó a decir que lo que decía aquella era verdad.

La ayudaba con la obra y compraba un litro de helado en compensación por la humillación de la fiesta. Le creyeron y después fueron a reunirse con el resto…

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Regresando a su habitación, Helga ya le había quitado la camisa de vestir, el cinturón y comenzaba a abrir el botón de su pantalón, él tenía media erección y toda la disposición de romper su juramento "no tener sexo" Su padre y abuelos estaban dormidos, tenían los condones que les arrojaron Phoebe y Gerald, pero él era él y no podía hacer "esto"

—E…espera, Helga…

—Aún no estamos "entrenando" Hombre de la Selva, pórtate mal una vez en la vida ¿Quien sabe? Te podría gustar…—liberó su erección y él se odiaría el resto de sus días por esto, pero se lo tuvo que decir.

—Besé a Lila…—decir "lo siento cariño, soy gay y quiero que Eugene me de por atrás" habría colocado una expresión totalmente distinta en ella porque fue evidente lo rápido que su rostro palideció y su "deseo" se esfumó. Se bajó de la cama y volvió a sentarse en la silla de su escritorio. Él se maldijo en los pocos idiomas que conocía y tras acomodar su pantalón se sentó a la orilla de la cama en posición de loto.

—Helga…

—¿Te gustó…?—preguntó sin mirarlo a los ojos. Él le había quitado su chaqueta y camisa de manga larga tipo béisbol, estaba vestida con su sujetador blanco, los rubios cabellos caían sobre sus hombros, abrazando su cuello, ocultando la marca que noches atrás le imprimió.

—Si, —confesó. —Me agradó la parte de cumplir un viejo deseo, luego pensé en ti porque sus labios saben a fresas y yo…

—Amas las fresas, Arnold. —afirmó interrumpiendo su declaración. —Recuerdo haberte visto de niño engolosinado con ellas.

—Puedo vivir sin comerlas.

—¿De verdad…?—su voz sonaba rota y desilusionada. ¿Era esto lo que buscaba al pedirle que fuera honesto con sus sentimientos respecto a Lila? ¿Saber si en algún momento, él podría dejarla? Jamás lo haría. El sentimiento, la sensación, no eran los mismos. A ella la amaba y a Lila, puede que solo la deseara para intimar en la cama.

—Si, —insistió. —Me gustó besarla pero fue un contacto demasiado ínfimo, Lila me abofeteó de inmediato y agradecí que lo hiciera. ¿Cómo podría disfrutarlo a sabiendas de que eso podría hacerte daño? Tú eres lo más valioso para mi.

—¿Te rechazó…?—preguntó sin creerlo, jugando de nueva cuenta con sus placas metálicas.

Sus nombres, su amor, su promesa.

—Lila no es tan cobarde como crees. No quería besarme porque sabe que jamás la amaría como te amo a ti.—y esto lo dijo caminando hasta colocarse a su lado, giró la silla de su escritorio y se arrodilló a sus pies. La expresión de Helga se volvió amarga, lo miró con desdén y aunque dolió, no podía refrenarse en su acción.

—¿Qué podría saber ella de lo que sientes por mi, si hasta hace unos días tú ni siquiera…?—el llanto que reprimía comenzó a brotar y él se incorporó para envolverla en sus brazos. Helga se resistió como sabía que lo haría pero finalmente cedió. Él le habló de San Lorenzo.

Lila los vio cuando niños y desde entonces se convenció de que no podría competir por su amor.

—¿Y tú le crees…?—preguntó sollozando contra su pecho, enviando descargas eléctricas a todo su cuerpo, pues continuaban semidesnudos y él podría haber encerrado su erección, pero no por eso dejaba de estar ahí.

—Creo que todos hablan de lo que hicimos o no hicimos y necesitamos recordar lo vivido. Anthea borró nuestros recuerdos por alguna razón. Puede que la clave para derrotarla se encuentre ahí.

—Phoebs y Geraldo creen que es mejor no saber.

—Ellos no son nosotros y yo confío en ti. ¿Tú confías en mi?—preguntó mirándola a los ojos. Odiándose por ser él, quien siempre hacía que lloraran sus ojos.

—Sabes que sí…—quiso besarla en ese momento pero el beso acabó en su mejilla, Helga desvió el rostro y no es como si de pronto, él se pudiera indignar. Suspiró, esperando que su "castigo" no durara demasiado.

Amaba sus labios, sus caricias, su cabello…todo su cuerpo.

Volvieron a vestirse y subieron al techo con su nuevo bote de basura, el cual llenaron de periódicos y revistas. Sus viejos cómics acabaron ahí, tenía años que no los leía y esto era más importante que eso. Le enseñaría a meditar, concentrarse. Aunque tenerla ahí, frente suyo, sentada con las piernas cruzadas y mirándolo a los ojos, le hizo recordar el momento en que decidió que era a ella a quien quería en su corazón.

En aquella ocasión quien lo acompañó fue Anthea. La diferencia entre ambas era bastante notable: piel morena, cabellos negros, ojos verdes como los suyos pero llenos de una frialdad que aún sin saber (lo temeraria, ambiciosa y cruel que era) le hacían suponer lo peor. Helga por el contrario tenía piel pálida y blanca cual alabastro, cabellos dorados y ojos azules como el cielo. Había determinación en su mirar y esa era una de las cosas que mas admiraba de ella. Que podía enterrar sus sentimientos en pro de hacer lo correcto.

Un héroe hacía eso, olvidarse de sí mismo y entregarse por los demás. ¿A caso la merecía? Él con toda esa increíble habilidad que parecía poseer para lastimarla. ¿Estaba a la altura de todo ese amor?

No lo sabía, pero como el fuego ardía y se hacía de día, le pidió que cerrara los ojos y evocara lo mucho o poco que recordaba de San Lorenzo.

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Él también lo hizo, coincidían en recordar el momento en que llegaron. Prepararon las tiendas de acampar, compartieron la cena y el guía quiso impresionarlos con algunas "Crónicas de la Selva" les habló de los enfrentamientos propios de la "Conquista" ríos de oro, mujeres preciosas, guerreros furiosos. Sacrificios en templos donde se acostumbraba ofrecer a doncellas vírgenes y frondosas, extraerles el corazón, bañarse con su sangre y comer de su carne. Eso los impactó pero justo ahora, sabían que no sucedió así. No eran las mujeres, sino los hombres quienes se ofrecían en sacrificio. Los mejores guerreros pues se tenía la creencia de que eran aptos para proteger y acompañar a sus Dioses.

Luego cayó la noche, admiraron juntos el atardecer y se repartieron para dormir. El vuelo fue corto pero con la excitación del viaje y demás, Simmons dijo debían descansar.

Helga compartía tienda con Phoebe y Patty. En otra estaban Rhonda, Nadine y Sheena. Los chicos se dividieron de la siguiente manera: Arnold, Gerald y Harold en una tienda. Stinky, Sid y Curly en otra. Lila, Peapod y Eugene estaban con el profesor Simmons. El pelirrojo por su propensión a los accidentes, los otros dos porque así lo quisieron sus padres (supervisión adulta al cien por ciento) aunque eso no fue del todo cierto.

Más de uno se negó a dormir. La luna brillaba en lo alto iluminando los prados y ellos querían explorar, descubrir, "sentirse libres" esperaron a escuchar los ronquidos de los mayores (el guía y las dos personas encargadas de servicios médicos dormían en otra tienda) y una vez se sintieron seguros salieron de nuevo.

Las parejas que se pretendían rápidamente se escondieron. En ese entonces Rhonda tenía un crush bastante raro por Harold Berman, Peapod seguía a Nadine, pero ésta sólo tenía ojos para capturar insectos. Los chicos, (idiotas como ellos solos) se retaron para nadar desnudos en el río. Eugene fue el primero en decir que sí, pero entonces Helga lo tomó por la fuerza, arrastró hasta su tienda y lo encerró en su bolsa para dormir.

—No es nada personal, pero no tengo tiempo para sacarte del río y darte los primeros auxilios. Mejor sé un buen chico y quédate ahí.

—Pero…yo quiero.

—Lo que quieres es vivir otro día zopenco. Si te veo afuera y tengo que perseguirte para amarrarte a una piedra y conseguir que vuelvas a casa ileso, créeme te golpearé primero.

—Hel…

—¡¿Te duermes tu solo o te duermo yo?!—amenazó con el puño en alto y aunque no podía verla Horowitz se imaginó muy bien a lo que se refería.

—O.K

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Volvió a la intemperie y el resto de sus amigos debió pensar que se lo había llevado para repartirle alguna tanda de golpes pendiente. (impensable la posibilidad de que quisiera besarlo detrás de un árbol como intentaba Geraldo con su hermana) los ignoró porque ¿Quien era ella para detener su patético amor? y procedió a perseguir al objeto de su adoración. En el camino se encontró con Curly, él lideraba a su manada de ineptos (Sid y Stinky) y les ordenaba que buscaran a su adorada Reina.

—Está al otro lado del bosque apretujándose con el gordinflón en un diminuto arbusto.

—¡¿QUÉ?!" —gritaron los tres e iniciaron la persecución. Le gustó darles el soplo, tampoco es como si "su majestad" estuviera siendo demasiado discreta. El chico rosa intentaba respirar debajo de sus formas y en la parte trasera del cuadro, a la sombra de un árbol estaba ella. Bueno, mas bien una representación de sí misma. Patty Smith veía a la pareja. —¡Oh, masoquista alma en pena!— ¿Es que a caso no merecían un poco de piedad por amar sin ser amadas en reciprocidad?. Eso pensaba para sus adentros, mientras se abría paso entre la maleza y buscaba a Arnoldo.

Lo encontró en el río.

Se había metido al agua con la estúpida Lila y unían sus manos en íntimo abrazo, parecía que una declaración estaba por hacerse o recién había sido hecha. Había luz en sus ojos, torpeza en sus movimientos y un adorable rubor en las mejillas de ambos. Ella se quedó sin aliento, sintió un vació doloroso apoderarse de su corazón pero no pudo consternarse, ni siquiera llorar pues lo idiotas de Stinky, Curly y Sid, dieron a conocer a todo el mundo su ubicación y Rhonda se enfadó tanto de que expusieran (o detuvieran) sus "cinco minutos en el paraíso" que los obligó a decir ¿¡Quién los mandó a espiar!? Le echaron la culpa a ella y pronto toda su clase quería freírla en la hoguera.

De haber existido una pelea como tal habría perdido miserablemente pero afortunadamente tenía basta experiencia escondiendo sus emociones y disfrazando sus sentimientos. Solo Phoebe se abrumó y llevó ambas manos a sus labios cuando miró a Arnold y Lila salir del agua como si nada pasara. Sid, Stinky y Gerald querían la exclusiva, el rubio les dijo que no había ninguna. Ellos estaban paseando a la orilla del río cuando a Lila se le dobló un pie y cayó en el agua. Como no sabían qué tan profundo era y la corriente corría con fuerza se asustó y él entró a auxiliarla. La profundidad del río era mínima, una vez estuvieron de pie notaron que les llegaba a media pierna y que no había nada a lo que temer.

Todos aplaudieron la caballerosidad y valentía de Arnold, ella se sintió diminuta, torpe y colérica. Encima de todo eso, él la estaba "cargando" porque se lastimó el tobillo y no podía sostenerse a sí misma.

—De acuerdo, ellos estaban ahí haciendo eso. Tú ¿Por qué estabas aquí? —preguntó Geraldo apuntándola con un dedo y pronto todos sus instintos se pusieron alerta. Peapod y Nadine tenía una excusa del "por qué estaban juntos" Perseguían a una mariposa nocturna para su colección de insectos, Sheena estaba desgranando flores a la vez que preguntaba "me quiere, no me quiere" Patty dijo estar golpeando troncos con los puños cerrados y aunque mil excusas desfilaron sobre su cabeza de pronto decidió que no quería decir ninguna.

Se hartó, se agotó. Se liberaba de sus ataduras pues podría jurar que el enamoramiento de Arnold por Lila por estaba en su fase más culminante y ahora que la había "rescatado" ella lo correspondería por igual. —"¡Oh, fiel caballero de brillante armadura. Tú que me arrancaste de las garras de la muerte, ven y hazme tuya" —podía imaginar la escena con ramos de flores y toda la ceremonia. Su pecho se vació por completo, sus puños se cerraron y un sabor amargo se instaló en la punta de su lengua.

—¿Qué no es obvio plumero Francés? Quería fastidiar a los tortolitos, de la misma manera en que arruiné el arrumaco de los golositos pero me aguaron la fiesta así que regreso a mi tienda.

—¡Nada de eso Pataki! —gritó Rhonda sumamente furiosa. —Que estés sola, seas miserable y por ende amargada. No te da derecho a molestarnos a los demás. —sus amigos se mostraron de acuerdo y ella optó mandarlos al infierno.

—¡Bien!, justo decidí que me dan un profundo asco sus demostraciones públicas de afecto. Me comportaré como la indiferente y ausente bruja que desde siempre debí haber sido.

—¿Qué…?"—preguntó Stinky. Y ella sintió algo de pena para sus adentros. En la maravillosa "escena" que estaban montando. Él la perseguía a ella y obvio resultaba que le preocuparan sus palabras.

—Dije que me borro del cuadro, me voy de su fiesta. Digan a Simmons que nos vemos en el punto de encuentro en cuatro días. —comenzó a caminar hacia la Selva y entonces Phoebe la llamó a gritos.

—¡Helga, no puedes hacer eso! ¡Es peligroso!

—¿Alguien más se opone? —preguntó a su impresionada audiencia. —¿No, ninguno…? Lo siento hermana, sabes que puedo cuidarme sola.

—Pero Helga…—Gerald la detuvo entonces, le dijo que seguramente estaba jugando. Le gustaban las bromas pesadas. ¿Ya olvidó cuando les hizo creer que estaba ciega?

—No, pero es que ella…

—Regresemos al campamento —ordenó Rhonda. —Cuando sea aún mas noche y escuche el movimiento de la fauna salvaje volverá por su cuenta.

—Y si le pasa algo…?—insistió la asiática.

—No le pasará nada, ella nos aplasta a todos en clase de educación física. Es la mejor corredora, bateadora y lanzadora. Lo que sea que atente contra su penosa existencia acabará desmayado a sus pies. —aseguró Wellington y ninguno de ellos pudo ofrecer objeción.

Volvieron en silencio.

Él dejó a Lila donde Simmons, aunque no sin antes decirle lo que pretendía hacer: Buscar a sus padres, traía mapas y anotaciones del diario que encontró en el sótano, estaría bien y si tenía éxito. Había algo más que le quería proponer. Sawyer se comprometió a esperarlo y explicar a los demás que no debían preocuparse por su ausencia.

Regresó a su tienda, Harold roncaba como oso y Gerald aguardaba detalles de su chapuzón con Lila. No tenía ninguno, solo pasó eso, estaban demasiado cerca de la orilla porque unas flores "lilas" crecían a la orilla y la hermosa, inocente e ingenua chica quiso tomar una cuando su zapato se resbaló y calló.

—Como quieras viejo, pero sé bien lo que vi...—reclamó tomando su bolsa de dormir. Arnold se ofendió por el tono que usó y replicó.

—¿Por qué no me iluminas Gerald?

—Estabas por pedirle algo serio.

—No era el momento.

—Claro, con la lunática de Pataki suelta, ¿Cuando sería un buen momento?

Jamás. —pensó para sus adentros y una parte de sí mismo se preguntó, si realmente se habría atrevido a adentrarse sola en la selva. Quería convencerse de que no, ella no podía estar tan loca, ni ser tan temeraria. ¿O si…?

La noche continuó cayendo pesada, fría y estruendosa sobre San Lorenzo, ninguno de los dos conseguía dormir. Desde su tienda, entre los ronquidos de Berman escucharon a Curly decir que si no se "callaban" los iba a sacar.

—¿Es que tú no escuchas eso…?

—Parecen aullidos o gemidos. Lobos hambrientos, almas en pena. ¿Que tal si fue aquí donde sacaban corazones y se bañaban en sangre fresca? —preguntaron Stinky y Sid con temor en la voz.

—No sean ridículos, sólo es el susurro del viento.—respondió el chico escalofriante de gruesas gafas rojas, que entonces gustaba de pasear por cementerios y tallar figuras curiosas en madera vieja.

.

—No creo que sea solo eso…—comentó Gerald pues su abuela sabía de presagios buenos y malos y una noche de estas seguramente advertía de los malos.

—Lo que sea voy a tener que encararlo, ya esperé demasiado.—respondió él tomando la bolsa de viaje que había preparado para buscar a sus padres.

—¡WOOW! ¿De verdad vas a hacerlo, viejo?"—preguntó impresionado.

—Te lo conté hace semanas y según tú estabas de acuerdo.—respondió indignado.

—¡Porque no pensé que lo dijeras en serio! ¿De qué piensas alimentarte? ¿A dónde planeas dirigirte? ¿Si los encuentras, como esperas que te reconozcan o mejor aún cómo planeas reconocerlos?—preguntó su amigo y como música de fondo tuvieron los ronquidos aletargados de Harold.

—Comeré lo que coman otros animales y me guiaré con el mapa que encontré en el diario de mi padre. Si los encuentro planeo reconocerlos con esto. —le mostró una fotografía de sus viejos. Él apenas era un niño de brazos, pero se veía claramente que la forma de su cabeza la heredó de su madre y los cabellos rubios de su padre. Gerald suspiró resignado y le dijo que estaba bien.

—Sólo dame un minuto.—se desperezó y buscó sus zapatos.

—¡¿Espera, qué crees que haces…!?—preguntó él.

—Alucinas si crees que te dejaré andar solo en la maldita selva"—se levantó y tomó su propia bolsa de viaje, tenía algunas barras energéticas, frutos rojos, carne seca, botellas de agua, un par de linternas, chaleco, bufanda, guantes, navaja rusa de doce centímetros. ¿Qué se fumaba su abuela cuando le guardó todo eso? lo que fuera, serviría. Luego de despedirse de Harold, quien solo giró como ballena encallada ofreciendo la cubierta perfecta, salieron a la negrura total de la selva.

Según su reloj pulsera era el filo de la media noche. La hora de las brujas y eso no les gustó.

Buscaron las estrellas, su abuelo les enseñó a ubicarse siguiendo las estrellas. Era útil en tiempos de guerra, así que encontraron a la osa mayor y guiaron sus pasos desde ahí. No avanzaron más de cincuenta metros cuando escucharon un furioso grito de labios de la pequeña y gentil Heyerdahl.

—¡ON GUARD!

Estaba armada con una rama larga y le hacía afrenta a un montón de hojas que le impedían el paso. Su mochila azul estaba firmemente asida a su espalda, llevaba pantalones cortos, calcetas largas y zapatos deportivos blancos. El cabello peinado en una coleta alta, sus gafas fueron reemplazadas por las que actualmente usaba para jugar voleibol, parecían unos goggles de natación pero en realidad le servían para andar de arriba a abajo sin riesgo a perderlos. En los hombros, sobre las correas de su mochila la astuta chica se había colgado un par de linternas. Tan pronto como la vieron, Gerald sintió que el alma se le escapaba del cuerpo.

—¿¡Phoebe, qué demonios crees que…!?—gritó aferrándose a ella.

—¡Helga no ha vuelto!—alegó apartándose de su amigo y dejándolos medio ciegos con la luz de sus lámparas. —Independientemente de lo que todos piensan, yo sé que está en riesgo. ¡No es una bruja cruel y desalmada! Tiene corazón y después de lo sucedido estará temerosa y angustiada.

—¡Lo sucedido fue su culpa y de nadie más!—acentuó Gerald y Phoebe resopló.

—No espero que lo entiendas, Gerald. Ella es mi mejor amiga y voy a buscarla. —les dio la espalda y volvió a pelearse con las hojas. Johanssen intentó hacer que se calmara.

—Ok, supongamos que lo entiendo. ¿Como pretendes...?

—Su mejor marca como corredora es hasta aquí. Cincuenta y seis metros, asumo que vino en esta dirección porque describe el camino más recto y libre de obstáculos. ¿Ustedes también lo hicieron, no es cierto? Ahora, como no sabe donde está buscaría lugares altos para tener una vista general y es ahí dónde pretendía llegar. —señaló las hojas con que se peleaba y que no ocultaban nada.

Estaban a la base de un inmenso peñasco. ¿¡En serio pretendía escalar eso!? ¡¿Qué, estaba demente?!

—¡Phoebs, tú no puedes…!—comenzó a reprender Gerald, pero la morena se empecinó.

—¡Claro que puedo y lo haré! A no ser que quieran acompañarme y bordear. Según sé, es más probable que nos encontremos con alguna criatura salvaje si andamos entre la maleza que escalando una piedra. —los miró a ambos esperando su respuesta y aunque les pareció cruel, dijeron que no.

Él quería encontrar a sus padres y Rhonda ya lo había dicho. Helga estaba entrenada, sabía defenderse y además ese berrinche se lo inventó ella sola. ¿Fastidiar su momento con Lila? ¿Qué derecho tenía? Si estaba sola (por decisión propia pues Stinky había sido su novio y ella simplemente lo cortó) no tenía por qué ensañarse con ellos. Phoebe lo miró con odio, lucía intimidante con esas espeluznantes gafas. Cruzó los brazos a la altura del pecho y espetó.

—Se lo debes Arnold, ella pudo escoger cualquier lugar en el mundo pero eligió este por hacerte un favor.

—Yo, no…—intentó decir que no se lo pidió pero sí lo hizo. Le rogó que eligiera San Lorenzo para que él pudiera encontrar a sus padres.

—Vaya, que decepción…—pronunció la asiática y ahora sí se afianzó a algunas lianas que había aflojado con su rama y se trepó en la roca. Gerald fue de inmediato a pedirle que descendiera. ¿Qué no lo sentía? El viento soplaba con furia, azotaba las ramas de los árboles, aullaba con locura para advertir que no fuera.

—¡Déjame en paz Gerald, yo no soy ninguna de esas mosquitas muertas que engalanas con tus palabras!

—¡Phoebe por el amor de Dios, si Pataki se hubiera subido a esa endemoniada roca encontraríamos algo que…!

—Lo encontré…—pronunció él para detener la trifulca entre los dos. Era su lazo rosado…

Tan pronto como ellos comenzaron a discutir, él desvió el rostro pensando que tal vez, su mejor jugada si era acompañar a Phoebe. Desde ahí podría corroborar que tan certero era el mapa que trazó su padre. Claro que mientras lo hacía no contó con encontrar un listón maltrecho. Lo iluminó con su lámpara corroborando el color y la identidad de su dueña. Sólo ella usaba ese "precioso moño rosado" y estaba ahí, atrapado entre las ramas de un arbusto.

Phoebe volvió al nivel del piso y corrió a tomarlo entre sus manos...su rostro palideció aún más pues detrás de eso encontró su zapato.

—¡Es tu culpa…tú miserable! —comenzó a gritarle entre diminutos sollozos que apenas si se escuchaban y entonces Gerald les dijo que se callaran.

—¡Apaguen sus linternas, vi algo!

—¿Qué clase de algo? —preguntó él una vez obedecieron y se replegaron.

—Una bola de fuego…—respondió de lo más sincero. Su abuela solía contar historias de Brujas que vivían en la naturaleza. Siempre que perdían su forma humana, adquirían la de una bola de fuego, así viajan de un lugar a otro, pero no era eso lo que veían. Eran tres antorchas, una por cada hombre, aunque solo era uno quien las llevaba. Los otros dos, estaban arrastrando a una muy colérica y furiosa rubia.

—¡Suéltenme! ¿¡Qué van a hacerme!? ¡Se van a arrepentir! —Phoebe quiso gritar pero Gerald le cubrió la boca y les ordenó esperar.

—Somos tres contra tres, pero debemos ser listos. Son grandes, nosotros pequeños y la parte más importante es que no sabemos si están armados.

—¿Qué importa si lo están? ¡Si planean sacrificar a Helga, más vale que me maten también!—argumentó su amiga y él se mostró de acuerdo.

—Si tienen armas, uno distrae y los otros dos la rescatan. —Gerald los señaló a ellos y ambos lo miraron impresionados. —¡¿Qué?! —se defendió. —El imbécil de Jamie'O empezó sus entrenamientos en la academia de policías. ¿Quién diría que de vez en cuando diría algo interesante? —Helga continuaba gritando y debatiéndose entre sus agresores, intentaban atar sus manos con una soga y sus piernas también. Esa fue la señal que necesitaron para crear la distracción. Phoebs traía petardos en su mochila, no eran suyos sino de ella, además de luces de bengala y un montón de cuerdas, arneses e instrumentos de primeros auxilios.

—¿Vino a acampar o a Conquistar estas tierras?—preguntó Johanssen.

—En realidad, tras conocer las intenciones de Arnold, lo que pretendía era ayudarlo.

—¿Qué…?—sus pulmones se vaciaron ante la confesión de la morena. —Gerald tomó los petardos además de un encendedor, intentaría llevarlos lo más lejos que pudiera. Cuando tuvieran a Helga, esperaba que fueran por él.

—Lo haremos. —prometió Heyerdahl y ellos se aproximaron sigilosos a la posición de su amiga. Sus brazos ya estaban doblados y atados hacia atrás, cuando tocaron sus piernas recibieron tremenda patada y fueron testigos de su increíble instinto de supervivencia y flexibilidad. Escapó de ellos colocándose firme sobre sus pies y mostrando la dentadura completa. En esta afrenta se acabaron las "formalidades" si querían "comérsela" se llevarían una sorpresa pero no fue necesario llegar a lo Mike Tyson, Gerald hizo explotar los petardos, les gritó mil necedades y los tres hombres se olvidaron de ella, corrieron tras él.

Helga lo llamó idiota, además de ordenar que siguiera de frente por la derecha "e imitara a Lila" el río corría por todos lados, eso es lo que venía persiguiendo, la cima de la cascada cuando ellos la capturaron.

Arnold cortó sus ataduras con el cuchillo de Gerald, ella agradeció secretamente el contacto de sus manos, también el rescate pero en lugar de abrazarse a él, se aferró a su hermana. Suspiraron una contra la otra y después Helga se puso seria.

—Código 852 "Si me secuestran, tú te largas"

—Apelación 193 "Si una de las dos se pierde, la otra la busca por cielo, mar y tierra"

—Te prohibo morirte, Heyerdahl.

—Y yo te prohibo volver a irte.

—Eso no pasará en los próximos días, tengo asuntos que terminar...—escucharon un grito espantoso además de un claro chapuzón. Helga buscó en la mochila de su amiga y tomó una soga además del arnés. Cabeza de cepillo podría ahogarse en esas traicioneras aguas, aunque no fuera profundo, la velocidad de la corriente impediría que nadara o se levantara. Le entregó el otro extremo de la cuerda a Phoebs para que lo atara a lo más firme que pudiera encontrar, entre ella y Arnoldo pescarían al tarado.

—¿Qué estaban haciendo?—se quejó Johanssen cuando lo recuperaron, mojado hasta la coronilla y temblando de frío. —¿Intercambiaban teléfonos?

—Lo siento pelos de espagueti, me arreglaba el vestido.—le ofreció una mano para levantarlo del piso y éste la aceptó de inmediato.

—¿Estamos a mano?—inquirió con sonrisa taimada.

—Lo que digas Helga. —Phoebe le acercó una manta y él se aferró a ella como a la vida misma. —¿Podemos volver ya al campamento?

—¡NO!—se obstinaron ambos. Arnold por sus padres, Helga por su corazón destrozado. Estaba decidida a cerrar el ciclo. Devolverle a sus padres terminar con esto, por eso fue que se arrebató el listón y arrojó el relicario de oro al vacío…

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Continuará...

Si ya sé, se me van las cabras al monte y no regresan. En mi defensa diré que estoy como cuando leo un libro que de verdad me gusta y entre más me acerco al final, más vueltas le doy para no terminar. Se nos acaba la obra señores, así que estoy estirándola lo más que puedo. Sé que es probable que se lleguen a aburrir, cansar, fastidiar. Pero...no lo puedo evitar. Juro que intenté ahorrarme lo de Lila y la regresión a San Lorenzo, irme directo al "entrenamiento" pero me sigue pareciendo que estos detalles son necesarios para darle un cierre apropiado.

En fin, nos leemos en la próxima. Besos, abrazos y cositos dulces.