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¿Qué tan difícil era ensombrecer un corazón? ¿Sembrar la duda y esperar a que germinara una pequeña raíz que iría creciendo a lo largo de todo tu cuerpo arruinándolo, contaminándolo y por supuesto, matándolo? ¿A caso no es eso lo que sucede con todo villano en las novelas?
¿No todos nacemos siendo puros y castos?
Pero de ser así, ¿Cómo es que Maléfica. Una noble mujer de alta cuna, logró entregar su magia, bondad e infinita sustancia a la mas estremecedora oscuridad al saberse traicionada por su más grande amor?
¿No era eso lo que Anthea esperaba que sucediera con Helga?
Porque sí querido lector, te diré que ella está totalmente segura de ganar si nuestra protagonista consigue recordar lo cerca que estuvo Arnold, de entregar su corazón a esa jovencita de cabellos rojos e incipientes pecas. Misma a la que por cierto, trató de secuestrar para sembrar su maldad, pero desechó la idea tan pronto como notó que no era a ella a quien su "destino" pretendía confiar su amor.
¿No me crees? Dejaré que lo leas. Esto es el comienzo del final, así que toma tus palomitas, salsa Valentina extra picante y disfruta las letras.
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SAN LORENZO.
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Las lluvias de sangre se detuvieron, así como también los asesinatos de fieles y seguidores de la autonombrada deidad. La persecución de traidores, los malos tratos hacia Aitor y Antha prosiguieron, pero en un arrebato de decisión Stella Shortman consiguió llevarles agua y aligerar sus ataduras. La tensión era notable en su delgado cuerpo y pálido rostro. Los cabellos tiesos, deslucidos y desordenados. Los líderes de la tribu sabían que estaba preocupada por su familia. Y aunque quisieron otorgar claridad, reconocían que correspondía a ella decidir "cómo la iba a enfrentar".
En las casi seis horas que habían transcurrido Stella retiró las ropas de Thea, soltó sus cabellos, calentó el agua para su baño y justo ahora, preparaba un bálsamo para su cuerpo. Mezclar hierbas nunca le resultó pesado, era como cocinar o combinar lo divertido con lo prohibido en el viejo laboratorio de química. Miró sus ingredientes sobre la larga mesa de madera, podría envenenarla, "dormirla" pues tras tantos años de estudio estaba convencida de haber sintetizado algo así como una "toxina de sueño"
La enfermedad que tiempo atrás costó la vida a más de un hombre y mujer pues no contaban con el instrumental para alimentarlos vía intravenosa e introducir los alimentos directamente en su boca no daba resultado alguno.
En aquel entonces, renegaba a la existencia de "la magia" cuando Miles sugirió que dejara de probar con "su ciencia" y admitiera que no existía cura para una enfermedad que no era química o física sino mas bien "espiritual" ella lo quiso asesinar. Pero aquí es donde estaba.
En la misma selva, con la misma gente y convencida de que la magia, los Dioses y los hilos del destino eran algo real. Tomó el frasco redondo que parecía un especiero en el interior de su mano izquierda. Ahí convergían venenos de las criaturas mas letales de San Lorenzo. Ni siquiera sabía por qué lo guardó en lugar de enviarlo a la Universidad como era su inicial pretensión.
Quería que estudiaran aquella sustancia con la esperanza de sintetizar un antídoto universal, pero al final lo conservo. Levantó el recipiente entre los dedos índice y pulgar, lo miró a contra luz. El color y la apariencia eran similares a los de un endurecedor de uñas con ajo. Una gota sería suficiente para hacerla caer y a pesar de que ardía en deseos de hacerlo Antha había dicho que no correspondía a ella detener su camino.
Como madre, le gustaría una garantía de que "esperar" aseguraría la salvación de su hijo, (que no pelearía o sufriría). Como ella misma, le encantaría saber si "intervenir" atraería una maldición únicamente sobre su persona. Los Dioses sabían que entregaría su vida por Arnold una y mil veces sin chistar. Soportaría el infierno, ¡No podría ser peor que pasar dieciocho años sin su hijo!
Pero la otra parte de esa moneda era, que independientemente de que la matara o no, había energías en las que si bien creía, no conocía y esas lo podían herir.
"La sombra" que de vez en cuando advertía en ella, como líquido negro ensombreciendo la luz de sus ojos podía dañarlo. Stella estaba convencida de que eso era lo que le hacía daño a Anthea.
¿Expulsarla? ¿Cómo podría? ¿Dormirla y exponerla a alguna sesión espiritual? ¿Debilitarla con toxinas para que no hiciera llover la sangre de Arnold sobre Helga? ¿Y si sucedía a la inversa? Si ese sueño escalofriante que tuvieron se volvía realidad y su cuerpo era atravesado por una lanza y después obligaba a Arnold a beber su sangre.
¿Cuál era la apuesta más segura?
—La Diosa quiere saber, ¿Por qué tarda tanto con el bálsamo? —quien preguntó era un hombre impresionante de casi dos metros de altura, la intimidó con su tono duro y cuerpo fornido. Miles podría con él pero ella era un ratón de biblioteca (si se lo preguntabas a sus amigos de la preparatoria) o rata de laboratorio (si lo intentabas con sus colegas de la Universidad), dejó el recipiente en su sitio y tomó el mortero donde había estado revolviendo lo otro. Tenía una pasta de color pistache con pequeños detalles en durazno. Relajaría sus músculos y la haría descansar, también le dejaría un perfume agradable porque suponía que por muy Diosa de la Muerte que fuera, no querría oler a cadáver.
—Debe reposar un poco para tener el efecto deseado. —comentó con seguridad y se levantó de su asiento para ir al lugar donde había dejado a "su majestad" La insolente muchachita de dieciocho años seguía retozando ahí, totalmente desnuda y a la perfecta vista de todos sus guerreros. La larga cabellera negra ocultaba sus íntimos recovecos pero aún así, le enfureció que lo hiciera.
Salió como la Venus debió salir de la concha en aquella pintura de Botticelli y su séquito no desvió la mirada, ni disimuló la intención.
La secaron con telas limpias, algo percudidas y tiesas porque claro, no tenían suavizante de ropa en la tribu. Anthea se dejó hacer de pies a cabeza y ella estaba a punto de ponerse a gritar porque en su "contrato" (el que se inventó cuando accedió a ser su esclava) no se incluía el "ser testigo de su actividad sexual"
Gracias al cielo, no terminaron en eso. No porque los caballeros no lo quisieran pues cuando uno intentó pasarse de listo llevando sus gruesos dedos a su entrepierna, una serpiente coral que ni ella había visto lo mordió en el tobillo.
Cayó como tabla y comenzó a retorcerse de horror por lo que le haría el veneno. Ella siseo, por no decir que ahogó un diminuto grito y se llevó ambas manos a los labios, el pobre diablo la miró suplicante, ella tenía antídotos para casi todos los venenos. Solo debía...
—Te prohibo curarlo, madre. —el apelativo instaló un frío helado por su espina dorsal. Ella "no" era su madre. Aunque asesinara a Helga, forzara a su hijo y diera a luz a sus nietos. Ella no sería su madre. La serpiente avanzó entre la hierba alta y subió por la pierna de su ama.
"Familiares" recordaba haber leído de ellos en los libros de Miles. Así se llamaba a las criaturas que pactaban con los hechiceros a fin de otorgarles sus dones siniestros.
¿Su familiar era esa serpiente? En el libro se especulaba que para "romper" el contrato habría que matarlos, pero cómo… ¿Cómo?
—¿Tienes el bálsamo que prometiste?—preguntó Anthea cortando su hilo de pensamiento. Ya estaba vestida con su diminuto conjunto de dos piezas y la cabellera suelta. Asintió mostrando el mortero de porcelana.
—Bien, úntalo en tu cuerpo…
—¿Qué…?—preguntó sin creerse la demanda. Anthea sonrió de medio lado y caminó hacia ella. Dos de sus hombres la tomaron por los antebrazos impidiendo que se moviera, uno tercero le arrebató el mortero. Ella temió por su vida, sin saber por qué, porque en realidad no había usado el veneno.
La obligaron a colocarse una mascarilla del bálsamo en la cara y al terminar, no tenía más que una sensación de frescura y olor a hierbas. Cerró los ojos, recordando con nostalgia, añoranza y dolor, los baños de solía compartir con su esposo.
No tendrían bañeras lujosas que pudieran llenar de jabón con aroma de rosas y sales, un cuarto que revestir con velas de todas las formas y tamaños pero sí tenían un lugar en la selva donde había un inocente manto acuífero y solían esconderse ahí.
Amarse ahí, prometerse que algún día saldrían de ahí.
Al comprobar que "no se moría" Anthea le ordenó aplicarle el bálsamo en todo su cuerpo. Ella accedió y minutos después, despachó a sus hombres para que continuaran con la persecución de traidores.
Tomó asiento en su versión de un trono porque eso de recostarse en un camastro la haría parecer débil y en todo momento debían temerla. Suspiró para sus adentros en lo que aquella parecía perderse en algún retorcido rincón de su mente.
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—Los recuerdos son poderosos, la mente manipulable y el corazón frágil…
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Aquellas enseñanzas se las transmitió su abuela en compañía de su padre. Lo que pretendía la buena mujer, no era que manipulara el corazón de alguna inocente chica, sino todo lo contrario. Que comprendiera que sus acciones tenían consecuencias y que por tanto debía ser dócil, gentil y servil.
Lo mismo que le enseñaron a Arnold y ella disfrutó por varios años de montar la puesta en escena hasta que finalmente se cansó. Asesinar a sus padres, engañarlos bajo promesa de tener algo importante que revelar sobre el destino de la tribu fue la mejor de sus ideas. —¡Ellos le mintieron primero!— Le prometieron un trono, un amante y un corazón que cuando llegó resultaba que simple y sencillamente, no podía poseer.
¡Y ella los quería!
Su trono, el amante y el corazón.
Lo primero ya lo tenía, era la líder y como tal. Tan pronto como pusiera un pie en sus tierras, devolvería los recuerdos robados a esa insolente e insignificante niña, contaminaría su corazón, consumiría su alma pues puede que desterrara la oscuridad de su interior pero la semilla que sembró hace tantos ayeres debía permanecer ahí. Lista para germinar de nuevo, alimentarse de su inseguridad...
Aniquilar para siempre su maldito amor.
Río para sus adentros, desconcertando a su madre y disfrutando la espera. Era cuestión de días tenerla inerte y despojada de todo asomo de vida a sus pies.
—¡Deja de observarme y tráeme unas uvas! —ordenó a la aterrada mujer que asintió de inmediato y corrió a acercarle el cesto con frutos recién lavados. Ella tomó el racimo aún húmedo en el interior de su palma, lo levantó a su altura, imaginando que el peso y la forma eran el corazón de su enemiga jurada.
Lo devoraría, delante de su amor.
Así aprendería de una vez por todas que él era suyo. Y que de esta vida, ya no habría ninguna otra.
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HILLWOOD.
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¿Confías en mi…?
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La pregunta inicial daba vueltas en un pequeño rincón de su mente. El resto estaba temeroso y confuso ante el pasado recién revelado.
Su corazón dolía al igual que entonces, ese vacío, esa sensación estremecedora de soledad y angustioso rechazo porque ella era sombra y Lila Sawyer era luz, porque una cosa era escucharlo de labios ajenos, pensarlo de manera interna pero otra muy diferente era verlo.
Esa emoción desbordante brillando en sus ojos, ese rubor adorable presagiando lo inevitable: Una confesión, quizás hasta un beso. Luego estaban sus manos unidas en comunión, permitiendo una cercanía que de manera formal. Ellos no tendrían jamás.
Ella era la que siempre irrumpía en su vida, la que se incluía y lo sometía, quien lo perseguía, atormentaba, manoseaba y sí…
Besaba.
Siempre supo que su amor era unilateral. A pesar de los poemas que le dedicaba, las faenas que por él realizaba, tales como devolverle su estúpida gorra cuando la había tratado de robar con el mismo fervor con que un hambriento se aferra a una hogaza de pan. ¿¡Y todo para qué!? Si él jamás la notó.
Intentaba conformarse, convencerse de que estaría bien, si él estaba bien.
Que la felicidad de Arnold alcanzaría para los dos, así como su amor por él llegaba a niveles insospechados, pero eso era teoría: invenciones de su mente desde siempre hiperactiva. Esto era realidad, verlos en el río fue aplastante en más de un sentido.
Y por eso, cuando se fue, corriendo lo más rápido que le daban sus pies, aprovechando la débil iluminación de la luna comenzó a preguntarse ¿Quien era ella?
¿Quién era, ahora que él salía de su vida? ¿Una matona? ¿La maldita y odiosa niña con uniceja? ¿Su lado bondadoso, honesto y leal, jamás tuvo oportunidad?
No…
En Industrias Futuro, ella le dio su única oportunidad a esa parte de su ser y fue hábilmente rechazada. Se escurrió entre sus dedos al igual que el mismísimo Arnold, pues podría apostar su puño diestro a que si la escena hubiera sido al revés. (Siendo Lila quien se confesaba en lugar de ella) el beso que le robó habría sido correspondido con dulzura y pasión, pero en su defecto. No obtuvo más que el mismo gesto horrorizado de siempre.
Tenía que aceptarlo, él no la amaba, no la quería, es más. ¡Ni siquiera la veía!
Habiendo llegado hasta donde dolieron sus pies y se agotó su aliento, se desprendió del maldito moño rosado, deshaciendo el listón y tirándolo al pasto.
¿Cómo pudo otorgarle tanto valor sentimental a un objeto inanimado?
¡Aquello del jardín de infancia sólo fue un halago que bien sabía, ese estúpido y adorable Samaritano que quería más que a la vida misma, dedicaba a cualquiera porque así era él! ¡Ella sabía que así era él y lo amaba por eso! Su generosidad, cordialidad, sentido del deber, pues ¿Por qué otra razón se habría metido al río para salvar a esa estúpida mosca muerta de morirse ahogada?
¿¡Y qué derecho tenía ella de imponerse sobre su amor!? ¿Si amaba a alguien, no decían los poetas que debía dejarlo ir? Arrancarse el corazón de infante y colocarlo en un recipiente sobre su mesa como Stephen King.
Sí, eso es lo que haría…
Dejarlo ir y esperar que su amor por él, eventualmente se desvaneciera...
Cayó de espaldas sobre el pasto verde y la tierra fértil. No tenía idea de qué tan lejos estaba del campamento pero por ella, ¡Podían irse todos a la mierda!
Todos menos Phoebs y él, pues aunque no la viera (en el sentido romántico que quisiera) si tenía sus detalles como ofrecerle una mano para levantarla del piso cada vez que chocaban como pinos de bolos, insistir en decir que en el fondo ella tenía un lado amable y que cuando estuviera lista se lo mostraría a todos. Hacerla palidecer con una sola mirada o tocar el cielo con una palabra, porque honesta y sinceramente. ¡Ella era una estúpida e irremediable idiota!
Lo amaba…
¡Maldita sea! ¡Lo amaba!
Y por ese amor es que tenía que dejarlo ir… —se desprendió de su imagen en forma de corazón. El relicario que tan celosamente guardaba en su pecho y pensó en dejarlo caer, destrozarlo contra una piedra en cientos de pedazos. Llorar hasta quedarse seca, dormida o desmayarse de hambre (porque sería una niña pero Bob la enseñó a comer como salvaje) y mientras compartían "Crónicas de la Selva" asaban carne y balbuceaban sus opiniones de la más estúpida a la más alucinante, ella estaba ocupada babeando con Arnold a la luz de la hoguera en lugar de meter comida en su boca, así que, en conclusión.
¿¡Dónde conseguías comida en la miserable, aislada y prohibida selva!? ¿Hurtabas bayas, recogías nueces, arrancabas zetas?
¿¡El universo la detestaba tanto que tendría que curarse su depresión por desamor masticando una maldita piedra!?
¡Era en serio!
Sostuvo el relicario en su puño, levantándolo al cielo como si retara al Dios primigenio. Llámenla loca, traigan la camisa de fuerza y preparen la habitación blanca con paredes acolchadas porque el cielo "respondió"
Las nubes se abrieron. La noche no se aclaró pero si comenzó a soplar el viento con una fuerza tan sobrenatural que hasta parecía aullar. Ella miró a la nada, incluso la luna parecía haberse escondido en lo que duró su cruel arrebato y entonces imágenes de sacrificios aparecieron de pronto en su mente.
Las historias sangrientas que les compartió el guía eran pintorescas y grotescas, su garganta se secó al igual que el llanto recién derramado por su amado Arnold. Las hojas de los árboles se desprendieron, su moño desecho emprendió el vuelo y aunque no le importó, si sintió la necesidad de dirigirse hacia otro lugar.
Como si le fuera revelado algún destino sagrado se metió entre los arbustos y las ramas de árboles que lastimaron su carne y rasgaron sus prendas. La próxima vez que escapara sería más prudente, pero eso era solo un decir pues en cada desesperada huída, sólo pensaba en desaparecer. Nunca le preocupó lo que sucediera con ella, si se lastimaba o enfermaba, si se detenía su linea de vida…
No, eso era lo que menos le importaba.
El viento la siguió empujando hasta que alcanzó un claro, la oscuridad de pronto se volvió absoluta, como si la cubriera con su manto helado pero conseguía ver ya que ahí, había algunas antorchas encendidas, rodeaban una figura de piedra tallada a mano, era uno de esos impresionantes Dioses de los que leyó en sus libros de historia antigua y al ganar espacio para observarlo en su totalidad reconoció una cabeza.
No era una que correspondiera a los Olmecas, Onas o Incas, se trataba de una cabeza gigante con forma de balón. Similar a la que ella misma esculpió con gomas de mascar desechadas por el objeto de su adoración y entonces, el tornillo único que quedaba en su inestable cabeza, salió.
Se tiró de rodillas para rendirle culto de la manera exacta en que alguna vez llego a hacer sobre la alfombra de su alcoba. Como si la escuchara, como si se apiadara, como si así, ese amor que la desgarraba hallara sosiego. Cuando terminó, de sentirse desahogada y confirmar que necesitaba reclusión en alguna institución mental, pensó en dejar el relicario de oro justo ahí.
¿Qué le decía la selva? ¿Qué querían que entendiera? ¿Que viajo todos esos kilómetros para dejarlo ir?
¿Ese era su felices para siempre?
Él con Lila y ella con las paredes blancas acolchadas.
Bueno, a Mathew Lewis ni la reclusión le impidió escribir. Así que continuaría con su oficio de poeta o quizás escribiría letras muertas. Limpió sus lágrimas y se colocó delante de aquella impresionante roca, quiso tocarla, asegurarse de que era real y no producto de haberse golpeado la cara con alguna rama en su frenética persecución de un lugar donde llorar. Piedra helada, dura y porosa, la recorrió con dedos trémulos, suspirando para sus adentros, acariciando un pómulo y después la comisura izquierda de su boca.
La besó...
Lo prometía, esta era la última vez.
Dejó caer el relicario que no emitió ningún sonido en particular al chocar con el pasto, no es que le extrañara pero aún así miró. Ahí abajo, además de maleza había una fotografía que la dejó sin aliento: Un hombre y una mujer cargando a un pequeñito que sin lugar a dudas era su Arnold.
¿Esto querían que viera? ¿¡Por qué ella y no él…!? El viento sopló de nuevo, desacomodando sus cabellos, atravesándola como si no fuera corpórea y en ese instante debió recordarse que él estaba ahí por sus padres y no por alguna novia.
Le ayudaría.
Eso se lo prometió a sí misma cuando sus párpados comenzaron a pesarle. Dormir a la intemperie no le molestaba, el viento aullaba con hambre pero sólo intimidaba, no helaba. Se acomodó de frente a la roca, junto a las fotografías que desechó y por un rato durmió.
Su sueño le trajo historias tan vívidas que parecían reales. En todas ellas, había una pareja de amantes destinados a quererse pero condenados a separarse. Cuando él la recordaba, ella lo olvidaba. Y cuando ella lo recordaba, él ni siquiera la miraba. Así se repetía incontables veces. Nunca llegaban a término, nunca lograban consumar lo verdadero. Siempre había terceros, ya fuera padres, hermanos, hijos o esposos. Sus lealtades se veían comprometidas a causa de esto último y aunque se amaban, también se odiaban por estar malditos y no confesarse o recordarse.
Su corazón se estrujó agónicamente, sus ojos lloraron, sus mejillas se humedecieron y aunque le hubiera gustado tomar su libreta y verter en ella alguna de las historias que había soñado, pronto otra cosa fue la que la motivó.
Tres hombres salidos de las sombras la rodearon, hablaban en español y aunque tenía conocimientos básicos del francés (una de las lenguas romances) no tenía ni la más remota idea de lo que querían con ella. Trataron de someterla a la fuerza, se escapó como la "furia" que era. La oscuridad era absoluta, la luna se encontraba en su punto más alto, el frío le caló en los huesos y el terreno incierto la hacia temer lo peor. Vagamente recordaba por donde había llegado pero no guardaba esperanzas de encontrar puerto seguro o tan siquiera acercarse al campamento. Se cansó de correr, eso de luchar con el corazón destrozado dolía como el infierno. No conseguía llevar suficiente oxígeno a sus pulmones o cargar de la suficiente fuerza sus golpes. La derribaron después de correr un tramo y ataron sus manos, si inmovilizaban sus piernas estaría perdida. —¡No solo ella, sino todos ellos!— Seguro que los querrían con salsa BBQ para la merienda y no podía permitirlo. —Sí, la dejaron a su suerte pero siendo honestos, ninguno de ellos creía que daría más de diez pasos sin regresar corriendo— ¡No podía estar tan loca! Pero lo estaba, así que se defendió.
Más tardó en hacerlo que en lo que Gerald —¡Si, él Cabeza de Cepillo!— salía de la nada, encendiendo un petardo y armando tremendo escándalo. Ella no daba crédito a lo que escuchaba y miraba. Los nativos la dejaban a su suerte y perseguían al tarado, ella lo llamó idiota y le sugirió que imitara a Lila, luego Arnold —¡Si, su Arnold!— salía de la nada y liberaba sus manos. Su tacto frío, sus dedos delgados, su mirada determinada, su pulso estable.
Si aún fuera "la de antes" se habría lanzado encima de él y llorado en sus brazos, pero era la de "ahora" la que se dejó el relicario de oro junto a la fotografía de sus padres para honrar su promesa.
Lo dejaría ir, ser feliz junto a la estúpida Lila.
Luego de rescatar a Geraldo, ambos se obstinaron en encontrar a sus padres. Johanssen quería un cambio de ropa además de una manta eléctrica. Phoebs argumentó que la seguirá hasta el fin del mundo y por tanto el moreno pidió una prueba de que su búsqueda no era una causa perdida.
—No me lo tomes mal viejo. Sé que lo he prometido dos veces ya, pero en ambas, mi intención ha sido la de evitar que te rompas el alma. Ya viste lo que le pasó a Pataki "El terror Pataki" la chica más ruda de todo Hillwood y aunque tuvimos suerte, no sabemos cuántos de "esos" hay ocultos en los senderos o que es lo que pretenden.
—Gerald...—comenzó a intervenir el rubio.
—Solo te pido una prueba. —insistió tomándolo por los hombros y cargando de dramatismo su gesto. Ella y Phoebs intercambiaron miradas nerviosas, estaba claro que el pelos de espagueti iba a decir algo imprudente. —Necesitamos saber que vale la pena el riesgo, tus padres...ellos, bueno…Odio decirte esto pero es bastante probable que ya…estén muertos. —el color desapareció tan rápido de la piel medio morena de Arnold, que ella sintió una furia indómita calentarle la sangre. ¡Nadie, que no fuera ella podía ponerlo pálido de un susto! Pensó en golpear al moreno pero su hermana la tomó por el brazo para detenerla y no le quedó más que rolar los ojos, maldecir su enamoramiento de "toda la vida" soltar la sopa.
—No lo están...—aseguró a sus amigos porque la fotografía si se veía vieja pero no estaba descuidada o maltratada. Alguien la dejo ahí hace poco, muy posiblemente sus padres. Quizás, los mismos Dioses que la guiaron a ella, le hicieron saber a ellos que vendría por su cuenta.
No dio explicaciones a ninguno, sólo les dijo que la siguieran. Juraba que ahí encontraría su prueba aunque era probable que también hubiera más "problemas"
—De acuerdo. —comentó Phoebs, ajustando las correas de su mochila sobre sus hombros.
—¿¡Es en serio!? ¿Le vamos a creer a la chica que nos hizo la vida imposible desde los cuatro años?—gritó Gerald, mirando como Arnold dibujaba una media sonrisa y se ajustaba su mochila por igual.
—Lo haremos, Gerald. Puedes regresar al campamento o venir con nosotros. Lo que tu quieras estará bien. —el rubio le dio la espalda y ella sintió sus mejillas colorearse porque al parecer, "él creía en ella"
—¡BIEN!—gritó dándose por vencido. —Pero si terminamos sobre una piedra, siendo sacrificados a las faldas de un volcán, sepan que mi espíritu errante jamás los perdonará. —Phoebe soltó una risilla ante eso, ella un bufido en descontento, Arnold ni se inmutó aunque encontró ocasión para acercarse a su cuerpo, tirar de su brazo y llevarla a un costado. Se aterrorizó por el contacto, porque obviamente "ellos no eran nada" y él no tenía ningún derecho o interés en acorralarla.
—¿¡Qué quieres Arnoldo!? —gritó empujándolo con las palmas de ambas manos, él parecía en conflicto consigo mismo, sus mejillas estaban rojas y sus movimientos torpes como cuando estaba por invitar a una de esas mosquitas muertas que sólo a él fascinaban.
—Yo…ehm…—metió la mano izquierda en el bolsillo de su pantalón y sacó algo. —Encontré esto y quería devolverlo. —era su listón rosado, el símbolo de su amor, la representación física y espiritual de todo lo que estaba decidida a olvidar.
—Tíralo Arnold, ya no me importa…—lo pasó de largo y se unió a sus "hermanos" Gerald insistía en que debían desarrollar un plan. Lo mismo de hace un rato solo que mejorado "dos distraen, el resto ataca"
—¡Yo con…—iba a reclamar posesión sobre Heyerdahl, pero pelos necios la interrumpió.
—Tú con Arnold.
—¿¡QUÉ!? ¡NI AUNQUE VINIERA EN RIFA!
—¡Pues te aguantas porque tenemos dos debiluchos y nos toca de a uno!
—¿Por debiluchos te estás refiriendo a ti mismo y a Arnold, no?—cuestionó la asiática cruzando los brazos a la altura del pecho. Gerald dijo que sí, aunque en realidad se notaba su preocupación por ella.
—¡Prefiero ir sola!—gritó histérica. Haciendo que algunas aves nocturnas emprendieran la huida.
—¿Tanto te molesta mi presencia?—inquirió el rubio sumamente ofendido.
—¿Qué no te ha quedado claro en los últimos seis años?—respondió empujándolo de nuevo y apurando el paso. Phoebs se llevó las manos al rostro, indudablemente presentía algo. La razón principal de que saliera a buscarla es que se preocupaba por el estado anímico de su amiga. Ver a Arnold de la mano con Lila Sawyer debió ser devastador para ella y ya tenía conocimiento de sus rituales "escapistas" necesitaban un momento a solas, desahogarse, gritar, golpear cosas y llorar pero aparentemente. Arnold se cansó de callar. —volvió a cerrarle el paso y acorralarla contra un árbol. Gerald gritó algo de que no fuera a matarla, ella lo golpeó en las costillas y se enfocó en callarlo.
—¡¿Qué crees que haces?! —gritó con escazas fuerzas. Eran demasiadas emociones para una sola noche. Sólo quería que se terminara que saliera el sol y así pudiera pretender que nunca lo vio en su infantil confesión.
—¿Qué crees que haces tú?—le preguntó directo. Ese era el Arnold que se enfadaba con facilidad, al que le traspasaba los límites, el que seguramente estaba ofendido porque ella trató de interrumpir su "momento con Lila" Bajó el rostro, mirando sus pies y dándose cuenta de que perdió el zapato izquierdo, se quitó el otro y Arnold se sacó de onda. —¿¡Por qué haces eso!? —insistió, buscando sus ojos pero ella estaba decidida a no verlo a los ojos. No lo soportaría, se tiraría a llorar si miraba el odio en sus ojos y si empezaba con eso...
—¡NO ESTOY HACIENDO NADA! ¡ERES TÚ EL QUE HACE TODO!
—Helga…—apeló a la calma en tono bajo, ella se mordió los labios y podría jurar que el dolor en su pecho no era normal. —Phoebe me dijo que pretendías ayudarme a encontrar a mis padres. Sé que era cierto pues traes todo un arsenal en tu bolsa de viaje.
—Si, bueno…¿Cuál es tu problema con eso?
—Ninguno, porque hiciste algo maravilloso por mi al traernos a San Lorenzo y pensabas hacer algo aún más asombroso que eso.
—¡Claro que no…!—objetó buscando un poco más de espacio entre sus cuerpos.
Cuando se "alistaron" tomó una gorra de minero de la bolsa de Phoebs y se la colocó en la cabeza. Sólo ella usaría algo tan poco femenino pero sumamente práctico. Necesitaba ver por donde andaba y tener sus manos libres para trabajar, intimidar, golpear…cubrir su rostro de tanto llorar.
—¡Esto ya lo vivimos! —interrumpió su línea de pensamiento obligándola a verlo a los ojos. Phoebs y Gerald se habían apretujado en un propio árbol y por eso él se atrevió a comentar. —En Industrias Futuro…
—Acordamos que jamás…—protestó con un hilo de voz que le salió tembloroso. Arnold fue consciente de eso, de lo mucho que estaba sufriendo, lo más que se estaba esforzando y por supuesto, arriesgando. No le importaba perder su calzado en un territorio tan accidentado y entre más la miraba más era testigo de que tenía heridas leves en el largo de los brazos, su rostro hinchado, los ojos rojos indudablemente de tanto llorar. Se conmovió (porque esa no era ella) y como solía hacer buscó una "explicación"
—Sí, y respeto nuestro convenio pero tu actitud sólo tendría sentido si lo que dijiste entonces fuera cierto.
—¡NO LO ES! —gritó perdiendo al instante lo que le quedaba de fortaleza y de voz.
—¿Entonces por qué estás a la defensiva? ¿Por qué nos espiabas, por qué hiciste que todos te odiaran si en el fondo tienes un alma amable?
—¡YO NO TENGO NADA! ¡NI SENTIMIENTOS POR TI, AMABILIDAD O BONDAD! Y te advierto, que si no me dejas en paz, NADA es con lo que te vas a quedar. Encontré una pista sobre el paradero tus padres. ¿Te importan más ellos o yo?
—Los tres.
—¡Mientes!
—¡Y tú también! Pero perdemos el tiempo porque lo creas o no, te conozco Helga G. Pataki y sé que no darás tu brazo a torcer. —esas palabras volvieron a encender su mecha. ¡Él no la conocía, no sabía nada, era un estúpido, lento, lerdo, denso! —pensó todos esos calificativos a medida que iba llegando al lugar donde se encontraba el monolito de piedra. Al revelarlo a sus amigos Gerald se quedó con la mandíbula perfectamente abierta, Phoebe lamentó no tener a mano su cámara fotográfica. Como no querían ser encontrados dejaron los celulares en las tiendas de acampar. Sí, era una decisión por demás estúpida en situaciones de peligro, pero para eso estaban las luces de bengala. Arnold por su parte compartió la estupefacción de su hermano, Helga estaba como si nada, se dirigió a los pies de la cabeza y levantó un objeto de la hierba.
—A menos que tengas un gemelo perdido, diría que ese eres tú. Y si todos pusimos atención en las clases de historia, la fotografía será vieja pero está en perfecto estado, ni siquiera se ha mojado y apostaría a que estas tierras son propensas a la lluvia. Debe tener días u horas…
—Helga, ¿A caso tratas de decirme…?
—Que ellos esperan por ti, pero los sujetos de las lanzas no deben querer que te acerques.
—¿Los tendrán prisioneros?—inquirió Heyerdahl, pero más tardó en hacerlo que en lo que eran descubiertos.
—¡Apaguen las antorchas! —gritó Gerald y rápidamente obedecieron. Phoebs vació una botella de agua en la primera y el moreno hizo lo propio con la otra, Helga apagó la linterna de su casco, tomó a Arnold por el brazo en un movimiento espejo al que él había efectuado. Lo escondió en su regazo, el chico aguzó todos sus sentidos y se permitió escuchar los latidos de su corazón desbocado. ¿Latía al mil por la adrenalina, la persecución o por tenerlo tan cerca de su cuerpo? No lo sabía, pero de lo que sí estaba seguro es de que ella era una mentirosa.
No procurabas con tanto detalle a alguien que no te era importante. Lo amaba, desde el jardín de infancia como ella misma refirió pero tenía miedo. Porque él, no podía corresponder a sus sentimientos. Se sentía fatal por no poder hacerlo pero es que Lila era…era…
Los hombres que los buscaban traían sus propias antorchas pero la oscuridad era abismal, Phoebs y Gerald se apretujaban en un arbusto detrás de un árbol, ellos lo hacían en otro y a pesar de estarlo "cuidando" Helga era capaz de hablarse en alguna especie de código con Johanssen. ¿Olga también estudió en la academia para policías? ¿O como entendían esas señas?
De un momento a otro sus perseguidores comenzaron a hablar. Por ordenes de su abuelo y curiosidad propia estudió español. Entendía lo que decían. "Poner a prueba al Milagro" ese era él. Lo que siempre decían Phil y Gertie es que nació siendo un milagro e ingenuamente creyó que tenía que ver con haber nacido "milagrosamente" sin intervención médica en medio de la selva.
Ahora, siendo "protegido" por su bully personal, sintiendo el viento helado cortarle la piel y escuchando además de sus voces el aullido tétrico del viento, tenía la impresión, no, mas bien la seguridad de que significaba algo más.
Gerald siseó un "ahora" Helga lo empujó de nuevo y él se estaba comenzando a cabrear porque no era su maldito juguete para que lo hiciera como quisiera, pero no era momento de ponerse a pelear. Ambos sirvieron como distracción y ofensiva, Phoebe le hizo señas desde el otro lado para que se moviera. Suponía que ella conocía algún punto de encuentro así que la siguió sin recelo.
Gerald y Helga se les unieron en minutos que parecieron eternos, jamás pensó que se preocuparía tanto por ella y cuando la miró de nuevo, innegable fue el regocijo de su corazón.
—¡Debemos ocultarnos! —insistió su hermano.
—¡No sabemos hacia donde vamos! Podríamos ser devorados por criaturas salvajes o peor, tocar hiedra venenosa, pisar arenas movedizas —le recordó Heyerdahl.
—El gusano traía un mapa ¿No es cierto? —comentó Helga mirándolo con desespero. Claro que tenía un mapa pero no había ubicado una sola cosa en la que se pudiera orientar.
Sus perseguidores se acercaban a lo lejos. Sumamente coléricos y Gerald atinó a decir que usaron gas pimienta esta vez.
—¡Hay que hacer algo!—insistió nerviosa la asiática.
—¡No tenemos tiempo!—continuó su futuro novio.
—¡Debemos escalar el peñasco! —señaló Helga volviendo a encender la linterna de su casco. Phoebe la miró con decisión y extrajo las cuerdas y arneses.
—¡Es una misión suicida! —declaró Johanssen tirando de sus cabellos, imposibilitado por la obstinación impresa en los ojos de ambas féminas.
—Por eso, es la opción más segura. —continuó la rubia. —Si quieren nuestros cuerpos, se quedarán al pie del peñasco esperando a ver quien es el primero que termina desmembrado.
—¡Tienes que ser tan gráfica! —protestó Gerald aceptando una de las cuerdas con arnés que le entregaba Phoebe.
—Si, tengo. Mi misión en la vida es mostrarles las cosas feas, esas de las que nadie se atreve a hablar.
—¿Cómo enfermedades venéreas? —comentó intentando hacer una broma. Phoebe ya se había afianzado a la roca y subía. Semanas atrás ellas habían ido al centro recreativo de moda en el pueblo vecino y practicado "alpinismo" en un modelo a escala. Aquel tenía una altura máxima de cuatro metros. Este peñasco parecía ser de seis o diez. Como sea, lo escalarían porque de eso dependían sus vidas.
—Como que si sueltas esa soga. En lugar de decirte "pelos de espagueti" serás cerebro desparramado.
—Dejen de jugar, vámonos ya…—Arnold se había quitado el suéter azul y lo ató a su cintura. Ella tenía que reconocer que ver por vez primera la camisa de cuadros que constituía "su falda escocesa" descargó diminutas punzadas de emoción en todas sus terminaciones nerviosas. Se abofeteó de manera mental y admiró la buena condición de su hermana. Ya les llevaba más de medio metro de ventaja y Gerald no dudó en alcanzarla, ella afianzó su cuerda y preparó el arnés para lanzarlo al aire y esperar que se agarrara a una superficie estable.
Shortman refrenó sus intentos.
—¡AHORA QUÉ QUIERES! —bramó porque los nativos estaban prácticamente detrás de sus pies.
—Devolverte otra cosa, "Cenicienta" —una sonrisa coqueta adornó su cara y al igual que en Chez Paris, se arrodillo delante de ella y sacó sus zapatos blancos.
—¿Cómo…?
—El primero lo encontró Phoebe poco antes de comenzar a gritarme. Lo recogí cuando vimos que estabas "prisionera" e ideábamos la manera de rescatarse. Sé que no quieres el moño rosado pero por favor. Si vas a ayudarme, mi condición es que no vayas a lastimarte.
—Arnold…
—El otro lo tomé antes de perseguir a Phoebe. Si te los pones, aceptas el trato. —se los puso y una confrontación de emociones se hizo presente. Por un lado estaba la niña que lo amaba y lo amó, con todo su corazón. Por el otro estaba la chica que recogió los pedazos destrozados de ese mismo órgano y que se juró, no seguir cometiendo el mismo error.
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Continuará...
Les mando besos y abrazos a todos los que se preocuparon y preguntaron por mi estado. De corazón. Son un amor.
Nos leemos en la siguiente, aunque no sé cuanto tiempo me tarde en actualizar.
