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SUNSET ARMS.
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"¿Lo haces…? ¿Confías…?"
Aquella pregunta seguía dando vueltas en su cabeza, al igual que los recuerdos y sentimientos. Se percibía a sí misma como una traidora. A su corazón y todo en lo que creía.
"La persona que te rompió, no puede ser la misma que te reconstruya"
Y de lo único que estaba segura era de que él, la quebró.
No lo hizo intencionalmente, no lo planeo con premeditación. De hecho, fue culpa suya morir con la curiosidad de los gatos y a decir verdad. Mentiría si dijera que algo de eso no se lo esperó.
El joven Shortman (del que se enamoró) estaba coladito de amor por la sensual y grácil pelirroja. Sus cabellos trenzados, el rostro surcado por multitud de pecas, la sonrisa gentil de toda fémina digna de novela romántica. ¿Cómo lo podría culpar por su infantil devoción? ¿Por no fijarse en ella, cuando ni siquiera ella…?
"No sigas por ahí…." —se ordenó de manera interna, pero era un poco tarde ya. Su pecho dolía como si lo atravesara un puñal y se llevó la mano sana ahí "rompiendo" el ritual, abandonando el recuerdo. Los eventos pasados que la golpeaban con la misma crueldad que un vendaval.
Abrió los ojos buscando a su enamorado eterno, lo llamó en un susurro o quizás a gritos.
De un segundo a otro se sentía aterrorizada, pequeña y totalmente perdida.
—¡Arnold! ¡Ya no quiero hacer esto!
—¡Arnold!
—¡ARNOLD!
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No lo encontró.
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En su vacilación, lo único que observaba eran sombras a su alrededor, negras y densas. Humo parecido al de una hoguera. Tenía sentido que su pequeño "experimento" les saliera mal. Que el bote de basura que incendiaron no aguantara demasiado y que las sombras que se originaron ahí (en el cuarto de lectura) volvieran a la carga.
Cerró los ojos y volvió a abrirlos, un par de veces, seis o siete, pero no había diferencia entre un estado u otro. Su corazón latía aterrorizado, sus dedos se sentían helados y tanto la frente como el pecho los tenía perlados por el sudor. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde sucedía esto? ¿Otra vez se quedó dormida y la tenía Anthea?
¡No! ¡No podía tenerla porque no estaba sola, estaba con Arnold!
¿Dónde estaba su Arnold?
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JAJAJAJAJA
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Una risa cantarina se escuchó en contestación, ella se abrazó por instinto, en este "plano" su muñeca diestra no estaba herida, pero si sentía frío, dolor, angustia, temor.
—¿No lo recuerdas? —cuestionó divertida la misma voz. —Él te abandonó, al igual que todos ellos.
—¡NO LO HICIERON!
—¿De verdad? ¿Y por qué ninguno te ayudó?
—Phoebs…
—Ah, claro. Tu pequeña amiguita, pero su dedicación a ti se termina donde empieza la fascinación por su novio. No solías pensarlo igual ¿Quién necesita amigos cuando puede tener sexo?
—¡BASTA! ¡Phoebe no es así! ¿Quién eres? ¿Por qué me molestas?
—Tú…
Las sombras a su alrededor se volvieron corpóreas, adquirieron una figura humanoide. Una persona, más específicamente, ella.
Su versión "maligna" (por referirla de alguna manera) lucía exactamente igual, sólo que sus ojos eran negros, al igual que los labios y uñas. Helga se horrorizó aún más que al conocer a la famosa "Anthea" y esto resultó así porque en los niveles finales de todo videojuego de antaño, el protagonista (que pretendía salvar a la princesa o al planeta) debía enfrentar una versión alterna de sí.
Su oscuridad, con todo lo perverso y grotesco que venía con ella.
Helga Malvada sonrió con alevosía. Un gesto torcido que le recordó sus días de la tierna infancia. Ella pasó saliva por la seca garganta, enterrándose las uñas en los antebrazos a ver si así despertaba.
—No funcionará, queridita. He venido porque tú me has traído.
—¡NO ES CIERTO!—gritó porque prefería ser atravesada por la lanza de Anthea, que por su propia lengua. Era mordaz, filosa y letal. Regularmente no concedía piedad y tratándose del "autoanálisis" de una introspección de todo lo bueno y lo mano. Créanle, siempre ganaba lo malo.
—Lo es, recordaste cómo nos arrancó el corazón, lo sostuvo en sus manos y finalmente lo desechó.
—¡NO ES ASÍ COMO SUCEDIÓ!
—No, pero lo sentiste así. Escapaste, corriste. Siempre lo hacías en casa de tus padres y lo volviste a hacer en la puñetera selva. ¿Sabes lo mucho que te arriesgaste? ¿Lo poco que te importó tu vida? Perdón, ignora la pregunta estúpida porque sin él, jamás te ha interesado tu vida.
—¡MENTIRA! —chilló.
—¡VERDAD! pero no te preocupes mas...
—¿Por qué…?—preguntó sintiendo como se desvanecían sus fuerzas. El dolor en su pecho, la herida de su corazón latiendo, pujando y creciendo. ¿Por qué….? ¿Por qué le sucedía esto si se suponía que Arnold, sanó su dolor?
—¿No lo entiendes? —cuestionó su otro yo, relamiendo sus labios negros. —¡Oh, pobre niña cursi, solitaria y rota! —acusó aproximándose a ella. Helga quiso gritar, golpear, enfrentar, pero no podía moverse mas.
El miedo la paralizaba, esta realidad la sometía o quizás era cierto que se trataba de ella misma.
La otra Helga terminó por abrazarla, tan cálido e íntimo que le hizo pensar en su madre y hermana. Luego, un dedo frío, huesudo y duro se posó a la altura de su corazón, jugueteando con la tela blanca de su camiseta y cuando sintió que su sangre se congelaba y su corazón se paraba, le dio por susurrar.
—No funcionó porque en el fondo, tú no crees en su amor.
—¡PATRAÑAS!
—No lo son y es tan divertido el descaro que voy a permitirme explicarlo. Tú crees haber conquistado tus miedos entregándote a él por amor pero lo cierto es que te consumía el temor.
—¡NO!
—¡SI! Tu ardiente y apuesto amante te convenció de hacerlo. "mírame" "tócame" "bésame" ¿No fue así como la serpiente convenció a Eva de morder la manzana?
—¡BASTA! ¡ARNOLD ME AMA!
—¿Y si lo hace por qué besó a otra, por qué buscó a otra, por qué protegió a otra?
—¡¿De qué hablas?!
—San Lorenzo, ocho años atrás. La única mujer que le importaba y a la que intentó proteger fue Lila Sawyer y nadie más.
—¡NO QUIERO ESCUCHARLO!
—Entonces, recuerda…
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—¡NO!
—¡ESTO NO PUEDE ESTAR SUCEDIENDO!
—¡NO, POR FAVOR, NO! —gritaba el rubio con desesperación y ruego.
El fuego en su improvisada hoguera se había extinguido al tiempo que Helga soltaba un aterrador grito y caía desmayada ante él, corrió a su lado. Sus abuelos y padre no tardaron en subir a ver lo que pasaba.
Miles, se puso como loco al discernirlo pero obviamente, él no respondía a nada de lo que le estaba gritando. La tenía sobre sus piernas, yaciendo entre sus brazos, tan quieta y silenciosa que estaba a nada de ponerse a llorar.
—¿¡Qué estaban pensando!? ¿¡Cómo se les ocurrió hacer algo tan arriesgado!? ¿¡A caso no has entendido que las energías entre este lugar y San Lorenzo son sumamente siniestras!?
—¡Queríamos saber si nuestros recuerdos reprimidos encerraban el secreto para derrotar a Anthea!
—¡¿Los dos o solo tú?!
—¡¿Qué…?! —¿Era en serio? ¿Su padre se ponía así de pesado cuando sucedía algo como esto? ¿Pero, y si tenía razón? ¿Si él, la forzó?
¡Nunca debió decirle lo de Lila!
No debió besar a su amiga, aunque también parecía una trampa. ¡Helga le pidió que lo hiciera para probar la fuerza de su amor…!
—¡Basta, no ganan nada gritando! —trató de mediar Phil, pero hasta él estremeció al ver el estado de Helga.
Arnold la estrechó temeroso sintiéndola un poco más fría. Se odió a sí mismo de manera interna y siguió torturándose con palabras necias.
¿Así de fuerte era su unión? ¿Esta era la consecuencia del amor que le profesó?
—Dinos exactamente, qué fue lo que sucedió…—solicitó su padre y él describió la escena.
Cuando Helga gritó y lo "despertó" le pareció ver como si el humo de la hoguera entrara en su cuerpo.
—¿Crees que se trate de Anthea?—preguntó mirando en los ojos de su progenitor.
—¿Cómo saberlo?—respondió él llevándose un cigarrillo a los labios. No lo encendió, sólo necesitaba tenerlo en la boca para disminuir el número de maldiciones expulsadas por segundo.
—¿Cómo…? Entrando en su juego…—ofreció Arnold señalando los restos de su bote de basura. Miles volvió a decir que no. ¡Era demasiado riesgoso!
—¿Se te ocurre algo mejor? Porque me niego a perderla.
—¿Ah, sí? ¡Debiste pensar en eso antes de sugerirle…!
—¿¡Qué, papá!? —gritó furioso sin alejarse de ella. —¿Meditar frente a una hoguera, concentrarse en nosotros y el único viaje que hemos hecho juntos?
—¿Sirvió de algo a caso? ¿Descubrieron el truco? ¿Se usa agua fría para derretirla o comenzamos a buscar horrocruxes?
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—¡SUFICIENTE! —gritó Gertrude, disparando al cielo con una escopeta de cañón doble (Porque sí, tan pronto escucharon sus gritos ambos ancianos se armaron hasta los dientes y subieron a la azotea).
Eleanor estaba sufriendo, su querida y tierna niña. La misma que conocía tan bien como para saber que lo último que querría sería una disputa entre los dos. Los tres hombres en el tejado la miraron asustados, pero en absoluto extrañados por su arrebato.
—¿Qué averiguaron, Kimba? —cuestionó la mujer, apuntándole a la frente con su mirilla. Arnold habría gustado de sugerir que disparara directo a su corazón. ¡No merecía uno! Es más, puede que ni siquiera poseyera alguno.
—No recordamos mucho, abuela. Apenas estábamos comenzando pero te aseguro que la culpa de esto y todo lo malo en su vida, es mía…—la apretó de nuevo, dejando que las lágrimas que estaba reprimiendo al fin salieran.
Miles y Phil se recriminaron el estar siendo demasiado rudos con su muchacho, pero a su edad. ¡Ellos ya pensaban las cosas con claridad!
—No seas tan severo contigo, Tex —concilió Gertrude y es que para ella, no existía escenario alguno en el que él, la pudiera dañar.
—Es cierto…—continuó sollozando, presionando la mano libre de su mujer en el interior de la suya. Eleanor se veía tan pálida y rígida que le daban ganas de llamar a algún médico forense.
¡¿Pero qué demonios estaba pensando?! ¡¿De dónde venían esas ideas tan destructivas?! Y más importante que eso ¿Dónde estaba su pequeño y peludo guardián?
Mantecado se había quedado al interior de la casa, todos los pelos del cuerpo erizados, los ojos fijos en su ama y en las sombras que sólo él podía contemplar. La rodeaban de arriba a abajo y no sabía cómo ayudar. Su sexto sentido le decía que no eran sombras como las otras, eran más densas y peligrosas en el sentido de que estaban en su humana y si las rasgaba la temía lastimar.
Maulló para anunciar su presencia y lanzar un grito de guerra. Necesitaba a los otros humanos, esos que de tanto en tanto dejaban impreso su aroma en ella. El viento pareció complacerse en compartir su llamado. Sopló con hambre arrancando las hojas de los árboles, moviendo sus ramas, haciendo estremecer a transeúntes y sacando de la cama a quienes tenían rato tratando de dormitar en ella.
—Miauuuuu, miau, miaaaaau…
Sus maullidos (que pronto formaron eco de jaurías felinas en los alrededores) fueron interpretados por Arnold como algo macabro. Su abuela (que hablaba con gatos) desesperó por lo patético que estaba actuando.
—¡Escúchame bien Arnold Shortman! Yo conozco la historia de cabo a rabo, tu madre me la relató cuando volvieron de la selva. ¡Tú encontraste a la mujer de tu vida y ella te protegió de todo daño! Ambos lucharon juntos, fueron secuestrados, puestos a prueba y regresado a casa juntos. Si esa es la parte que no consigues recordar, haz un esfuerzo ahora porque puede que iniciara mal, pero acabó bien.
—¿Tan bien que arrebataron nuestros recuerdos?—respondió mirando su rostro. Su pecho que subía y bajaba. Dormitaba cual doncella encantada. ¿Así que otra vez la perdía? ¿Su historia estaba condenada a ser repetida? ¿Por qué…? ¿Esto era todo lo que podían hacer, perderse mutuamente sin importar el qué?
—Para protegerlos. —reconoció su padre y entonces él sudó frío. ¿¡Miles lo sabía!? ¿Por eso insistió en que entregara la carta a la dueña de su corazón?
Ahora estaba dolido con él y con todos. Cerró los ojos, aferrándose a Helga. Rogando a los Dioses (en los que apenas si creía) que lo hicieran recordar y entrar en su sueño.
Tenía que recuperarla porque todos lo decían. Ella era suya, en su corazón, aún si no lo recordaba ninguno de los dos.
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¿Cómo se enamoró? ¿Cómo la conquistó? ¿Cómo la perdió?
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Mantecado maulló de nuevo, arañando la ventana y es que las sombras cobraban "vida" Salían de su humana y entraban en él. Arnold cayó desmayado ante la estupefacción y horror de sus seres queridos.
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SAN LORENZO.
(Ocho años atrás)
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Esa primera noche la perdieron escalando el risco. Al alcanzar la superficie con Gerald y Phoebe a la cabeza, no hicieron más que arrastrarse a tierra firme y dormir.
Despertó varias horas después inquieto, sucio y con el corazón en un hilo debido a las insistencias de Gerald, lo abofeteó con la palma extendida para decirle que las chicas se habían ido. Él quería preguntar —¿Cuales chicas?— porque claro, perder la noción del "aquí y ahora" era algo normal si gastabas tus energías haciendo mas ejercicio en una sola noche que en toda tu vida.
La sensación de persecución y adrenalina permanecía en sus venas y a pesar de ello, sus sueños le trajeron historias de tipo "novela"
Vio a una pareja de amantes condenados a separarse. Sin importar lo mucho que se quisieran, tarde o temprano tendrían que dejarse. La sociedad, sus familias, el mundo. ¡Nada! aprobaba su unión y finalmente fue ella quien cedió a la tentación.
—¿Qué tentación?—preguntó el moreno, acomodando las cosas en su mochila y apurándolo a que lo hiciera también. Helga y Phoebs no podían estar demasiado lejos, acordaron hacer "esto juntos" y eso implicaba ofrecer la bandera de la paz a su enemiga jurada.
Pataki no la traía especialmente contra él pero Gerald le tenía manía porque "ella se la tenía a él" Arnold conocía el tema y más de una vez le había dicho que era absurdo que se peleara con ella sólo porque la rubia insistía en pelearse con él.
"¡Hey! Si tú no vas a defenderte por tus códigos de moral o porque le tienes miedo de verdad, está bien, pero al menos yo, le voy a gritar"
Y ese argumento les había valido épicas batallas en el salón de clase, los pasillos y cafetería de la P.S.118
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Extrañaba esos momentos.
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Cuando todo era blanco o negro y estaba completamente seguro de quien era ella y quien era él. Es decir, cuando no había palabras de amor confesas, miradas esquivas, roces de manos sudorosas y nerviosas. Cuando no creía que su enamoramiento por Lila la hería. Cuando quería agradecerle de corazón pero un "gracias por traerme al lugar donde desaparecieron mis padres" sonaba vacío en comparación con lo que de verdad le tenía que decir.
"Agradezco tus sacrificios y tus sentimientos, pero no puedo amarte. Me agradas, de verdad me halagas, pero no creo que podamos ser nada más que amigos"
Suspiró, ajustó la mochila a su espalda, aceptó la barra de comida energética que le entregaba Gerald y comenzaron su travesía.
La vista matutina de San Lorenzo era verdaderamente hermosa, sintió el sol calentando su piel como si lo hiciera por primera vez, las flores desprendían perfumes preciosos, el pasto parecía más verde y el cielo azul. Gerald, le insistió por quinta vez que dejara de perder el tiempo mirando a la nada como bobo.
¡Había gente real, con lanzas reales, que les podrían producir heridas tan monumentales que los enviarían sin retorno al país de nunca jamás!
—¡Está bien! Sólo quería contemplar un poco.
—Toma una fotografía cuando no tengamos una horda de nativos asesinos y locos detrás de nuestros huesos. Creo que encontré su rastro, deben estar por allá.
—De acuerdo, volviendo a mi sueño. La mujer que la que te hablé, terminó por suicidarse.
—¡WOOW! ¿!Qué…!? —gritó su amigo tirando de su brazo para frenarlo. —Tú si que estás pirado. Aunque no te culpo, yo soñé que nos atrapaban y nos convertían en brocheta humana.
—Por favor.
—¡Es en serio! ¿Sabes que en todas las películas y en todos los argumentos de horror, siempre matan al negro o al asiático primero? ¡Tú y Helga saldrían ilesos!
—Exageras. —refutó rolando los ojos. Gerald insistió en que él y "su chica" caerían primero. A ellos puede que los conservaran para vender en el mercado negro o quizás los sacrificaran para algún Dios narcisista y odioso.
—¡Espera! —lo silenció colocando una mano sobre su rostro, el moreno se tensó cual gato que está siendo mojado. Escrutó los alrededores pero no vio nada especialmente sospechoso, lo que su amigo había encontrado era a las chicas, cuchicheaban al centro de unos arbustos y fuera lo que fuera, él lo quería escuchar. (Más si confirmaba sus teorías de que Helga lo quería)
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—Te lo juro, hermana. Lo voy a arrancar tan de raíz que ni siquiera creo necesario conservar este estúpido vestido…
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—¿¡QUEEEE!? —Gerald se tragó el grito porque Arnold le tapó mucho más fuerte la boca y así, ambos alcanzaron a ver como la colérica rubia colocaba las manos al bordillo de su falda y la levantaba sin más. La prenda cayó al suelo al mismo tiempo que Gerald Johanssen. El grito que brotó de sus labios pudo haberlas aterrado pero eran mucho más listas y de sangre más fría que ellos.
Conservaron la entereza y se limitaron a intercambiar un par de comentarios ácidos.
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"¿En serio te gusta ese mentecato?"
"Te diría lo mismo, pero acabas de destronarlo"
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Arnold intentó reanimar a su amigo. Helga obviamente, no estaba desnuda debajo de su vestido. Llevaba la camiseta blanca que bien sabía que tenía, además de unos pantalones cortos que no sabía que tenía. Lo miró con furia y cerró el puño de la mano diestra. Él soltó a Gerald que hizo un sonido hueco al caer y levantó las manos en son de paz.
—Así que de los dos, tú eres el más pervertido.
—¡¿E….espera, qué!?—comenzó a arrastrarse hacia atrás, a medida que ella avanzaba hacia el frente.
—No te hagas el desentendido querido samaritano. Gerald se cubrió los ojos tan fuerte que me sorprendería que no llegara a arañárselos. Tú, sólo te tapaste la boca.
—¡E…es que me quedé congelado…!
—Yo diría que más bien, pretendías no ser encontrado. Lástima que pelos necios grita más fuerte que la chica muerta de "psicosis"
—He…Helga…yo jamás me atrevería…
—¿Dónde quieres el golpe? Seré buena y te dejaré un lado intacto. ¿Riñón izquierdo, derecho, costilla, brazo, ojo…?
—¿N…no podemos arreglarlo con una disculpa? —metió la mano izquierda por delante y ella la atrapó sin piedad. Se la torció hacia atrás hasta que suplicó piedad y Gerald regresó de "nunca jamás" Phoebe declaró que eran un par de tarados.
Ellos reclamaron el que se hubieran marchado.
—No nos fuimos, planeábamos regresar antes de que despertaran.—anunció Phoebe y Helga prosiguió.
—Supongo que calculamos mal la duración de su sueño de belleza.
—¡Deberías tomar uno…!—respondió Gerald y Phoebs resopló molesta.
—Hay que aprovechar al máximo la luz del día. ¿Dónde está el mapa, Arnold? Si logramos ubicarnos y seguir desde la última anotación de tu padre…
—¿Cómo sabes del diario de mi padre? —preguntó impresionado y Helga no evitó golpearse en la cara por el descuido.
—Lo siento…—se disculpó la morena y la rubia la llamó tonta.
—Hice mis deberes, por si ya lo olvidaste Arnoldo. Tu abuelo suelta la lengua después de un par de tragos y unas chuletas. ¡Quita la cara de espanto! No nos cenamos a tu adorado marrano. Pero sí me dijo que vendrías preparado y yo le compartí el dato a la señorita lengua suelta.
—¡Perdón! —insistió Heyerdahl colocando las manos a manera de rezo.
—No importa. —respondió él, sobándose el brazo. Pataki no lo lastimó en serio. Sabía muy bien como contracturar o fracturar pero a él solo lo presionó en los puntos donde se producía más dolor. Era una loca (pero de las buenas) Eso se lo tendría que recordar por el resto de la aventura ya que no sabía como tomarse el apasionamiento de su amiga.
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¿Era amor u obsesión?
Mejor no preguntar y concentrarse en algo mejor.
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Extrajo el mapa ante la atenta mirada de todos. Gerald se lo arrebató de las manos, luego Phoebe se lo quitó a él. Identificaron varios lugares que destacaban por su proporción desde lo alto del risco, excepto los que referían a sus últimas anotaciones.
—Hay que empezar a buscar por el norte. —señaló Johanssen.
—Noroeste. —remarcó la asiática.
—Yo creería que está más hacia el sur. —acotó él y Helga gritó frustrada que todos eran demasiado idiotas.
—¿En serio? ¿Por qué no nos iluminas, si es que eres tan buena? —refunfuñó Gerald, arrojándole el diario de su padre a la cara. Pataki lo atrapó al vuelo y les hizo notar algo obvio.
—Esas notas finales, no las colocó tu padre sino tu madre. La caligrafía es distinta, el ángulo de las ilustraciones también. Miles (porque así decía que se llamaba en la portada) dibujó todo eso desde un lugar elevado.
Tu madre, lo hizo desde lo bajo. La aseveración del "equipo carnada" —mencionó señalando a Phoebs y Geraldo quienes se cruzaron de brazos y la miraron enfadados.
—¡¿Qué?! También he visto películas de suspenso y sé que los van a pinchar primero. —los aludidos la señalaron con el puño cerrado y el dedo de en medio respectivamente. Ella sonrió cual serpiente y continuó explicando.
—Como sea, "Zack y Trini" (Referencia a los power ranger negro y amarillo de la primera generación) están en lo cierto. Debemos comenzar al norte y después virar hacia el este. Parece ser que tus padres estaban buscando a los pobladores u adoradores de algún templo escondido.
—¡Espera! ¿Dices que es probable que encontremos nativos que adoren su enorme cabezota de balón? —se burló Gerald y él lo miró de mala forma.
—Eso explicaría la piedra que vimos anoche, pero si fuera así. No tendrían prisioneros a sus padres.
—¿En serio crees que ellos están…?—preguntó mirándola serio. El resto lo hizo por igual, Phoebe cruzando los brazos a la altura del pecho, Gerald afianzando el cuchillo que le guardó su abuela y que jamás había usado para nada mejor que abrir cajas con latas de conservas.
—Le he dado demasiadas vueltas al asunto y no se me ocurre ninguna otra razón para que no puedan recibirte ellos mismos. Quizás los veneran tanto que los creen sagrados. En algunas culturas, las criaturas "celestiales" no tienen permitido salir de sus parajes.
—¿Por qué…?
—¿Me ves cara de enciclopedia? —rezongó molesta. —Solo leí un poco de todo y sé que estás nervioso pero en serio, Arnold...—lo miró con el ceño fruncido y le devolvió el diario de un solo golpe. Él no entendía qué había hecho para hacerla enfadar tanto.
—¿Qué…?—preguntó a la defensiva.
—No hallarás una mierda si te diriges hacia el sur. —lo paso de largo golpeándolo con el hombro, ella y Phoebs sacaron las sogas y arneses, tenían que bajar de ahí para iniciar la búsqueda.
—Las ayudaré con eso aunque creo que tengo una mejor idea. —comentó Gerald.
—¿Si, cual? —cuestionó Helga.
—Somos presa fácil al estar en un sitio jamás explorado y apostaría mi sensual cabellera a que nos van a seguir buscando. Mi idea es dormir en el día y movernos de noche.
—¿¡Estás loco?!—gritó.
—Si nos cogieran desprevenidos, justo ahora sabríamos hacia donde correr. En la noche, las sombras se vuelven confusas, no veríamos si vamos a un claro o a tirarnos de cabeza desde un peñasco, además nos serviría de manto. Podríamos andar de aquí para allá, sin ser detectados.
—¡Bien! Pero siguiendo esa teoría, lo más sensato es...
—Aprender de memoria el diario. —completó él ofreciéndolo para que lo revisaran entre todos.
Helga había dado en el clavo, si observabas con detenimiento notabas la diferencia entre los trazos de uno y otro.
Mamá hacía anotaciones sobre medicina y botánica. Papá se enfocaba en señalar cuevas, resquicios, lugares donde cobijarse o el modo sencillo y práctico de preparar armas para protegerse.
Perdieron casi todo el día en eso. Cuando se sintieron listos, compartieron algunos frutos secos de los que traía Gerald y comida instantánea que empaco Phoebs.
—De acuerdo "carnada" bajaremos primero. —anunció Helga y él se mostró de acuerdo.
—¡Hey! Si nos vas a llamar así, entonces ustedes son el equipo "dorado"
—¿Celoso de nuestro color de cabello? —se burlo orgullosa. Su amigo la destruyó con la mirada y acotó.
—Para nada, también sé de historia y las tribus antiguas son sumamente racistas. Ustedes dos resaltarán cual si llevaran una diana.
—¿Que caiga el mejor?—ofreció ella cerrando el puño de su mano diestra. Gerald imitó la acción chocando su puño con el de Helga. Un saludo secreto entre dos personas que saben de "guerra" y a su manera se respetan.
—Aquí entre nos. —cuchicheo Gerald. —Si van a "caer" tú eres la mejor.
—Lo mismo digo yo, devuélveme a mi hermana de una sola pieza o lo que quedará de ti, no lo recogerán ni con una cuchara.
—Hecho.
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Partieron con Helga como la primera y él volvió a sentir que la Selva resplandecía gracias a su presencia. Contemplar el anochecer (en comunión) le pareció mágico, el asombroso degradar de amarillos, anaranjados, rojizos, violáceos y finalmente la oscuridad de la noche.
Helga relucía también, con esas ropas parecía toda una exploradora y a él, le gustaba explorar. Se descubrió mirándola más veces de las que estaba dispuesto a aceptar, trató de convencerse de que lo hacía para cuidar sus espaldas, pero puede que desde ahí, ya le agradara.
Era determinada, astuta, voraz. Toda una guerrera y esperaba que lo mismo pudiera decirse de él.
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Algunos metros después de encender sus linternas para avanzar percibieron el cambio en el viento. Esa adrenalina aderezada con paranoia y delirio de persecución, además del susurro a voces que hablaba de "ponerlo a prueba". Les dijo que apagaran sus linternas y se cubrieran, él se pegó a ella tomándola por la cintura para esconderla tras el tronco de un árbol.
Pataki se extrañó por el acto. Su cuerpo delgado, invariablemente de niña y sin embargo, él sintió su figura. Las curvas que aún no se acentuaban pero que dormían en su piel. Cuando los nativos se alejaron y el contacto pareció extenderse demasiado, Helga lo empujó con ambas manos y él se excusó diciendo que debían resguardarse porque entendía lo que decían.
—¿Quieres compartir la lección con la clase?—preguntó Gerald, una vez encendieran sus lámparas a través de un walkie-talkie. (empacó dos para él y su hermano) las chicas, al parecer no pretendían separarse. No contaban con que tendrían que idear un método para comunicarse. Resopló derrotado al percibir el enojo y la frustración de su compañera. Los músculos tensos, los puños cerrados, estaba lista para saltarle a la cara a cualquiera que intentara tocarla y de momento eso lo incluía a él.
—Ok, no quiero que se alteren, pero están hablando de mi...—Helga vacío sus pulmones y aunque lo controló, fue consciente de como tembló. Una parte de sí, la admiró. Más que a todas las personas que conocía porque se preocupaba por él a pesar de su nula capacidad para llegarla a amar.
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No habían vuelto a tocar ese tema, cada que tenía la oportunidad apagaba su radio y apretaba el listón rosado que escondió en el bolsillo izquierdo de su pantalón. ¿Cómo abordarla? ¿Rechazarla o serenarla si ella insistía en que no sentía nada? Pero, (debido al tiempo compartido) sabía bien que mentía. Cada que se tocaban, así fuera mínimo o accidentado el roce, ella desviaba el rostro y él percibía el rubor de sus mejillas, además de sus intensas ganas de llorar. ¿Cómo podía hacerlo? ¿Continuar de frente con orgullo y decisión si era tal su vacilación?
Si se tratara de él, si la situación fuera al revés, no podría soportarlo. Estar tan cerca de la persona amada y no poderla besar… —su garganta se secó y sus labios se agrietaron ante la contemplación de la idea.
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Sus amigos se agruparon al centro de un claro y el viento helado le recordó lo que estaban tratando.
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—Hablan de ponerme a prueba, aunque no sabría decirles para qué.
—¿A ti? ¿De todos nosotros, solo a ti? —cuestionó el moreno intentando encontrarle algo de sentido a sus palabras.
—S…si…
—¿De verdad? Puede que no aprendiera una mierda en la clase de español, pero hasta donde sé, tú te llamas Arnold aquí, en Hillwood o en China.
—No lo dicen tan literal, Gerald.
—Pues a menos que digan específicamente "queremos probar cabeza de balón" no sé por qué te tomas tan a pecho la persecución.
—Sus palabras exactas son "Poner a prueba al milagro" y según mis abuelos, cuando nací…
—Te llamaron niño milagro. —terminó la rubia la oración por él y ya ni siquiera le sorprendía que estuviera tan enterada sobre su vida. Asintió con un movimiento de rostro y una vez más, le dio la impresión de que se ponía pálida de temor.
La adoró en secreto, aunque internamente lo negó.
—Si es así… —continuó hablando Phoebs. —Tal vez debas demostrar que eres digno de encontrar a tus padres. —señaló ajustando los lentes sobre el puente de su nariz, Gerald asintió con el mentón para denotar que estaba de acuerdo y entonces fue su turno de vaciar los pulmones y temblar como un idiota.
—Lo eres. —aseguró Helga. —Que nos estén buscando sugiere que vamos en la dirección correcta. Según las notas de tu padre, debe haber algunos túneles y cuevas más adelante, descansaremos ahí y mañana, estarás más cerca de tenerlos entre tus brazos.
Concluido el discurso les dio la espalda y volvió a encabezar la marcha.
Gerald y Phoebs la notaron tensa, el primero no tenía ni idea (de qué era lo que sentía) la segunda lo solucionó dirigiéndole una mirada de profundo odio.
¿Sería cierto ese rumor de que su padre, además de esgrima le enseñó el arte japonés de arrancarte el corazón del pecho y mostrártelo antes de que quedes tieso?
Pensándolo detenidamente, no lo quería averiguar.
Apuraron el paso, sintiendo el viento del alba cortando la piel y desacomodando sus cabellos. Las coletas de Helga eran tan obstinadas como ella, no se habían desecho a pesar de estar sujetas ¿Con deseos de venganza y voluntad férrea? No tenía idea de con qué ataba su cabellera, pero de un momento a otro pensó que la quería acariciar, reprimió el impulso y Gerald encontró ocasión para decir "que lo estaba viendo"
—No sé a qué te refieres con eso…—contestó con los brazos cruzados a la altura del pecho y deteniéndose en seco.
—¿Ah, no? —chasqueó con la lengua y después resopló. —No tiene caso, tú nunca te enteras a tiempo, pero te advierto "que los estoy viendo"
—¿Sólo llevamos un día y ya estás celoso? —se burló.
—¿Celoso de quién, Pataki? ¡Jal! —respondió a la defensiva y seguramente iba a seguir por ahí alegando del lazo irrompible que representaba su amistad pero, escucharon un sonoro grito de Phoebe acompañado de uno furioso de Helga. Corrieron en su busca recriminándose el "medio tiempo para cotillear" como un par de señoritas.
Las encontraron a mitad de lo que parecía ser una emboscada.
Phoebs, no traía consigo su espada de madera japonesa pero sí se armó con una rama larga y gruesa que debió recoger en el camino, Helga tenía a la furiosa Betsy y ese instinto de lucha asesino. Espalda contra espalda, se defendían la una a la otra y tan pronto como las vio Gerald comentó algo de haber muerto y estar en el paraíso. Él lo golpeó en las costillas para hacerlo salir de su estado de "coma fantasioso"
Tenían que hacer algo pero no se les ocurría el qué.
Su amigo, improvisado y loco como él solo, lo tomó de la camisa y lo levantó unos siete centímetros del piso para comentar.
—¡HEY! ¡TENGO AQUÍ A SU MILAGRO! —Helga lo llamó ¡TRAIDOR! Phoebe le gritó a ella pues contrario de sus deseos, los nativos no se enfocaron en ellos, sino que se dividieron. Un sujeto enorme tomó a Helga de los brazos, Phoebe intentó socorrerla pero pronto tuvo complicaciones para asegurar su propia supervivencia. Gerald lo liberó angustiado por "su chica" y se concentró en recordar todo lo que su abuelo le había enseñado de boxeo en los primeros siete años de vida.
Decir lo que pasó a continuación resultaría confuso porque cuando se trata de defender tu vida y la de los que amas todo se traduce en instinto y de pronto no sabes lo que haces, sólo lo haces.
Él terminó en el piso, sin numero de veces pero de todas esas se levantó y continuó en la refriega. De un segundo a otro Gerald gritó que entraran en la cueva. Las notas de Miles sugerían que esa "a la que iban" estaba sin explorar por los nativos de San Lorenzo (hace unos seis o siete años) esperaba que siguiera así, porque era su única vía de escape.
Visualizó al moreno corriendo como alma que lleva el diablo detrás de Phoebe y directo a la entrada, él estaba a nada de seguirlos pero volteó y no encontró a Helga. Su pulso se detuvo, la sangre se congeló, iba a comenzar a hiperventilar de terror cuando la escuchó luchando contra un nuevo sujeto: piel morena, cabellos negros, pecho al descubierto y un pantalón caqui con zapatillas curtidas en piel de animal.
—¡LIBÉRALA AHORA! —demandó en perfecto español. Y el coraje, además del instinto protector o voz de mando, sabrá su abuela de dónde se los sacó.
Helga lo miró como si le hubiera salido otra cabeza, el nativo igual, pero curiosamente "obedeció" abrió sus dos manos enviando a la rubia en caída libre a la nada. Al hacerlo notó un objeto dorado con forma de corazón que se quedó en el puño izquierdo del gran pelmazo. Helga lo quería, lo que fuera eso (a consideración suya) valía su vida y él enfureció porque ya había tenido suficiente de sus "rabietas" corrió hasta ella, la levantó del brazo y no se estuvo en paz hasta que la "arrastró" al interior de la cueva.
Sus amigos no estaban a la vista, pero si memorizaron bien había varios caminos para salir. Izquierda o derecha, no importaba, ambos daban a la parte central y desde ahí era recto. Pataki exigió que la soltara, él apenas si se percató de que la seguía teniendo del brazo.
—No... —respondió escueto. El corazón acelerado (por la persecución) y los instintos a flor de piel porque al perderla de vista en verdad se espantó.
—¿¡Cómo que, no!? ¡Suéltame ya, me estás lastimando y asustando!
—¿Asustarte, yo? ¿Qué hay de ti y tus manías auto destructivas?
—¿¡Perdón!? —intentó escurrirse entre sus dedos y él afianzó un poco más el agarre.
—Teníamos un trato en el que no te hacías daño y como no lo estás respetando, me vas a escuchar.—comentó haciendo las canalladas que repetiría hasta el ultimo de sus días. Es decir, acorralándola contra la pared y mirándola de manera intensa. Helga trago saliva, desvió el rostro pero aún así insistió.
—¿Esto es por Lila? —preguntó directo y recibió un puntapié, además de un codazo al pecho en contestación.
—¿¡QUÉ TENDRÍA QUE SER POR ELLA!?—gritó con voz que le pareció un poco rota, pero no pudo confirmarlo ya que estaba de rodillas, con una de sus dos linternas rota y tratando de volver a respirar.
—La manera en que te comportas, como me evades, te sonrojas y reprimes tus emociones. —continuó su alegato incorporándose a duras penas, colocando la linterna sobreviviente en el bolsillo superior de su camiseta.
—¡YO NO ESTOY REPRIMIENDO NADA, EXCEPTO LAS GANAS DE PARTIRTE LA CARA! —Helga levantó el rostro y entonces la vio. Las mejillas rojas de ira y húmedas de llanto que no sabía que estaba derramando. Detrás de ella destellaban decenas de diminutas gemas. (eso pensó en su primera valoración pues con la iluminación pobre de sus linternas, difícil resultaba discernir que se trataban de ojos de los hombres que los tenían rodeados) le dio la espalda e inició la partida, él la siguió de inmediato porque era peligroso que anduviera sola y primero muerto que volver a perderla.
—¡BIEN! —gritó para retenerla. —Puede que tú no quieras hablar del tema pero yo sí. —funcionó, ella se congeló en el acto pero no por su mandato sino porque le pareció que se movían las sombras. Escrutó con la lamparilla de su casco minero de izquierda a derecha, omitió su "pelea" porque su mente era setenta por ciento analítica y podía estar declamando poesía en un segundo y al siguiente gritándole a Bob el terrible padre que era.
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Ninguno de los dos notó nada extraño y una vez calmadas sus aguas continuaron la charla.
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—No es por Lila, ni por lo que dije en Industrias Futuro.
—¿Así que vas a jugar "al no pasó nada" por el resto de nuestras vidas?
—No, sólo hasta que uno de los dos muera…—eso sonó tan frío y real, que recordó a la mujer de su sueño. El corazón dejó de latir al interior de su pecho, pero descartó la idea porque "ella era Helga" la mujer mas temeraria que conocía y jamás se atrevería a hacer algo como eso.
¿O, si?
—Helga...
—No pienso morirme de amor, Arnold. ¡Que te quede claro que Helga G. Pataki, jamás morirá por amor! Quiero ayudarte a recuperar a tus padres y expulsarte así de mi corazón. Será la última vez. ¿Quieres?
—¿Ultima…?—preguntó porque una vez más el tono que usó le asustó.
—Phoebs es la única que sabe esto pero obtuve la mejor nota en la prueba de conocimiento general a nivel estatal. Me ofrecen estudiar en la parte del mundo que quiera y hasta ayer pretendía quedarme en Hillwood. Ahora pienso en Grecia, Alemania, Inglaterra.
—¿Te vas…? —la ansiedad inconscientemente perturbó su corazón.
—Tan pronto volvamos a casa, así que ya déjame en paz. ¡Quédate con Lila! tengan bebes pecosos que con tus genes parecerán balón de fútbol americano incendiado.
—Helga, tenemos diez años…
—Pero igual lo estás pensando. —afirmó y él no pudo más que darle la razón.
Tomó el camino de la izquierda y le sugirió que no la siguiera. Recordaba las indicaciones de su padre, se encontrarían afuera de la cueva y si había problemas, con su estado de ánimo actual, sería mejor que se preocupara por los nativos.
Asintió, sonriendo amargamente porque le creía y también le dolía.
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Él, era un chico cursi. Aspiraba a una familia pequeña con su dulce esposa esperando a que volviera de la oficina. Lila era el tipo de chica que encajaba con el perfil de vestidos largos y amplios, galletas que se enfrían en el marco de la ventana, cuentos a los niños antes de ir a dormir, besos tiernos hasta la mañana y atenciones para sus abuelos.
Helga era mucho más impetuosa, arriesgada y libre. Si hubiera que compararlos con algún elemento diría que ella era fuego y él viento.
Uno de los dos tarde o temprano consumiría al otro y eso no era bueno. Lila era calma y suave como el agua, se entendería bien con el estilo de vida que quería tener.
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Reanudó la marcha y contempló las mismas "gemas" que había advertido antes. Hasta ese momento reconoció ojos, cuerpos, rostros. Su corazón bombeó al mil y pensó en Phoebs, Gerald, Helga, presionó el botón de encendido en su radio (lo había colocado en una de las correas de su mochila para un acceso rápido) la estática fue lo único que le respondió y se pegó a la pared de piedra pensando en alguna estrategia para no convertirse en brocheta.
Ojos rojos como los de los conejos o Demonios. —¿Por qué lucían así?— Se supone que la tribu que sus padres buscaban era únicamente de ojos verdes, padecían una extraña enfermedad asociada al sueño y según sus abuelos, permanecieron en la Selva buscando una cura para aquellos que los socorrieron durante su alumbramiento.
Estas personas no parecían nobles o con buenas intenciones.
—Así que eres tú, el milagro…—comentó el mas imponente de todos en fluido inglés y eso lo impresionó. ¿Escucharían su pelea con Helga? ¿Estaría en peligro, ella o Lila? ¡Santo Dios, que no intentaran acercarse a Lila! —apretó los puños a ambos lados de su cuerpo y quien lo entrevistaba sonrió.
—¿Quién quiere saber si lo soy?—respondió en español porque quería demostrarles que era más que un pobre niño de pueblo.
—La Sombra.
—¿Quién...?—insistió altivo. La perspectiva de perder a alguien o perderse a sí mismo sin encontrar a sus padres le daba voluntad de pelear.
—El que ha esperado años para un nuevo comienzo. Tu sacrificio lo devolverá a la vida. No solo a él si no a nuestra adorada muerte.
—¿Qué...?
—No es necesario que lo entiendas, sólo debes venir con nosotros. Acatar tu destino.
—Me niego. —los hombres ante él, eran cinco. Dos de ellos sonrieron al escuchar su negativa y se perdieron en las sombras para regresar con los cuerpos al hombro de Phoebe y Gerald, amordazados, maniatados e inconscientes. El grito de horror se ahogó en su garganta porque si ellos estaban así, significaba que lo mismo le sucedía a Helga.
—¡NO!
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Estaba rodeada en ambos flancos pero sus ojos estaban tan húmedos de llanto y su corazón tan agobiado que no tenía oportunidad de contemplar nada más. Se detuvo en su loca carrera para vaciar los pulmones y llorar como una patética y pobre niña. ¿Por qué era tan estúpido? ¿Tan insensible y directo? ¿Porque se trataba de ella? "El Terror Pataki" La uniceja odiosa que ninguna persona trataba con dulzura porque no encajaban con ella los mimos o palabras tiernas.
¡Maldita la hora que en la estigmatizaron como la furiosa hija de Robert Pataki!
Se abrazó a sí misma, ordenándose de manera interna no comenzar a caer. Cuando se largara de Hillwood lo haría, se rompería en tantos y diminutos pedazos que al reconstruirse ninguna persona recordaría lo que fue.
Ni siquiera ella.
Limpió sus ojos con manos desnudas, para la nariz necesitó buscar en los bolsillos de su pantalón corto. No llevaba demasiado en eso cuando se sintió observada y se supo rodeada. Sus agresores eran varones todos, mucho más jóvenes que Bob, pero no tanto como los bravucones de sexto grado.
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Se había peleado con uno de esos en la cafetería de la escuela el otro día. Se creía demasiado porque ya se iba a la secundaria y gustaba de aterrorizar a los de tercero, segundo y primero. Lo puso en su lugar, porque al muy imbécil le pareció divertido tirarle su tapioca en la cara.
—¿Por qué te ensucias, niño? ¿No sabes que está mal que uses vestido? podrías confundir a los de primero. —ella dejó caer su charola haciendo un sonido tan estruendoso que por algunas centésimas de segundo reinó el silencio. Quienes la conocían tragaron en seco, Gerald silbó por lo alto porque era un grandísimo idiota que adoraba enfatizar los momentos en que ella "perdía el control" fiel a su naturaleza, a lo que todos esperaban que hiciera, obvió el saltarle a la cara cual haría una lunática.
Fue una pelea rápida que culminó con ella encima de ese cabrón, estrellando su cabeza contra el suelo a la vez que gritaba que ella era una niña.
Harold Berman tardaría varios años en volver a confundirla con un chico. El que se convirtió en un montón de carne deforme bajo sus pies, tardaría varios meses en terminar el tratamiento dental.
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Y volviendo a lo que hacía.
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La ausencia de "corazón" puede que le diera puntos extra a la hora de "exterminar" Levantó el rostro retándolos en silencio. Su español no era nada bueno, enfocó sus estudios de idioma extranjero en el francés y aunque eran lenguas romances y hermanas, tenían sus diferencias.
El mismo sujeto de antes, extendió un brazo y le mostró su relicario de oro. La fotografía de Arnold aparecía en el y estaba claro que quería saber por qué.
Ella no daría explicaciones de ningún tipo, pero sí lo quería de vuelta. Como un recordatorio o advertencia de que nunca jamás debía entregar su corazón. Amar con pasión y descontrol, escribir poemas de la noche al alba, cantar, esculpir, bailar.
Ser un espíritu libre por los segundos, minutos u horas en que se permitía la fascinación.
Nunca más volvería a hacerlo y por ello necesitaba tenerlo.
Negó internamente la parte de su mente, que le recordó a su madre estrechando su vestido de novia con ternura. Miriam seguía enamorada de Bob, era por eso que se hundía en el alcohol. Amar, sin ser amado en contestación era una putada y aunque dolía como el decidida a no dejarse vencer.
No repetiría la historia de sus padres.
No lo haría.
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El sujeto que la intimidaba arrancó la cadena de su relicario, ella cerró los puños y rechinó los dientes. Sabía dar patadas voladoras aunque lo suyo eran más los movimientos de lucha libre que veía cada domingo en la arena de Hillwood.
Derribarlo, puede que le fuera posible ¿Pero después, qué? los otros se le echarían encima. ¿Morir, pataleando, gimiendo y luchando? Sonaba heroico, prometedor, digno de una Pataki y entonces saltó.
Un pie detrás del otro tomando impulso, los ojos fijos en su objetivo quien obviamente no se esperó que hiciera algo como eso. Adoraba ver la sorpresa en los ojos ajenos, era lindo producir esa clase de reacción en alguien que te subestimaba y te quería someter. Cuando su pie izquierdo chocó contra la cabeza del mastodonte y lo noqueó, recordó el beso que le robó a Arnold en la cima de aquel edificio.
Tenía la misma expresión de sorpresa, los ojos a punto de salírsele de sus órbitas.
Y lo odió.
Por subestimarla, por no tomarla en cuenta, por dejar que se fuera.
La ira motivaba ahora sus movimientos y entonces, con los restos de su relicario en la mano diestra giró en redondo y levantó el rostro dispuesta a enfrentarlos a todos. Algunos se impresionaron, otros adquirieron la posición de ataque. Escuchó palabras que no entendía (en cuanto al contexto) y que la describían como "elegida"
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¿Para qué...? ¿Patear sus traseros o ser sacrificada a las faldas de un volcán?
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Armados con lanzas y flechas le apuntaron como si fuera alguna especie de animal. Eso no era honorable (aún si lo era) calculó sus posibilidades encontrándolas nulas. Eran cuatro a una y su casco minero se le había caído a media patada por lo que la iluminación descendió y daba un aspecto aún mas tétrico a la escena. ¡Debía correr o llamar a gritos a los demás!
¿Y si los ponía en riesgo? Uno muerto valía tres vivos, pero cuatro a cuatro arrojaba mejores resultados en su cabeza.
Los ojos de los tipos coléricos y morenos eran color de la sangre, dudaba que usaran lentes de contacto o que estuvieran drogados. —¿Qué mierda estaba pasando?— los de la noche anterior eran distintos: pieles morenas, cabellos castaño oscuro, ojos verdes y ropas curtidas a mano. Los que tenía en frente apenas si se vestían, lucían mucho mas peligrosos y salvajes. —¿Por qué? ¿Eran dos grupos distintos? ¿Y qué pretendía cada uno?— Sintió temor verdadero al erizarse los vellos de su nuca. Como luchadora que era, se consideraba una mujer que obedecía a sus instintos y contrario de la noche anterior, todo aquí irradiaba muerte y delirio.
—¿Lo quieres, no es cierto? —preguntó el que suponía sería el segundo al mando en perfecto inglés y entonces ella soltó el aire que ni sabía que estaba reteniendo. Señaló el relicario que se guardó en el interior de su pantalón. Negó con el rostro, sintiéndolo rígido, pálido y bañado en sudor. ¿Querían a Arnold? —¡Su Arnold!— ¿Para qué...? las palabras del guía sobre sacrificios, canibalismo y demás desfilaron como en cámara lenta delante de sus ojos.
Desesperó y a punto estuvo de tirarse al suelo, romper a llorar o gritar de desconcierto. —¡El camarón con pelos sólo quería encontrar a sus padres! ¿Era tan horrendo ese deseo?— No lo sabía, pero quizás pudiera preguntar.
—¿Qué si lo quiero? ¿Ustedes desean ponerlo a prueba, no es cierto? —el hombre con el que hablaba sonrió como gato, provocándole repulsión y acotó.
—Te equivocas. Nosotros queremos romper sus huesos, drenar su sangre, extraer el corazón. —Su declaración la dejó poco más que paralizada y muerta. La sonrisa de satisfacción y gloria que le dedicó quería decir que lo tenían.
Y la tenían.
Como en la escena del teatro de los vampiros (para los amantes de "Entrevista con el Vampiro") cuatro sombras se cernieron sobre ella, que gritó y se debatió con todas sus fuerzas hasta que ya no pudo ofrecer mayor objeción. El aire en el interior de la cueva era mucho más escaso, la temperatura entre cálida y húmeda, era asfixiante estar ahí adentro y si le aumentas las pocas horas de sueño y la mediocre alimentación lógico resultaba perder el sentido.
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Continuará...
N/A: No me odien, no me odien. Habrá happy ending Shortaki. Lo prometo, es solo que me gusta hacerlos sufrir primero. Shiroi Kimiko: Te juro que intenté terminar la parte de San Lorenzo en esta entrega pero da para mucho. Así que tendrás que sufrir y aguantar un poco más.
Entre otros asuntos: Gracias a todos los que se siguen pasando a leer y dejar sus comentarios (pese a mis lunáticos y cambiantes estados de ánimo) de verdad. Procuro siempre responderles a todos, saben que son muy importantes y valiosos para mi. Los amo.
Y para el resto, citaré a una ficker y amiga mía.
"Si les gustó la historia, dejen un comentario, tomen una galleta y pasen a la sala de espera.
Si no les gustó por favor no hagan nada e igualmente se los agradeceré"
Hasta la próxima.
