N/A: Alterno entre "presente" y "pasado" en la presente entrega, favor de leer con cuidado.
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—¿Qué les hicieron?—preguntó temeroso y furioso ante la imagen de sus amigos. Ninguno de los dos parecía presentar heridas de gravedad. La iluminación provenía ahora de múltiples antorchas. El grupo que lo rodeaba había pasado a ser de diez, quien lo entrevistara (u amenazara) de manera inicial, no concluyó con los "regalos" le hizo una indicación de silencio con el dedo índice de la mano diestra y él, se esperó lo peor.
"Helga, Helga, HELGA…"
Todas las voces en su cabeza repetían el nombre de ella y se recriminaban de manera interna el dejarla ir por su cuenta. ¿Cómo se le ocurría? Si en el fondo sabía que ella no era más que una niña dulce, temerosa, frágil y tierna.
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Un frío helado le corrió por la espina dorsal y de pronto evocó el momento en que la conoció. La escena real puede que no sucediera exactamente así. La memoria tendía a ir agregando o quitando cosas dependiendo del paso de los años o de la inventiva. Pero de momento, él no se concentraba en los detalles del fondo: si estaban sobre la acera antes de llegar a la escuela o si sucedió delante de la puerta principal. ¿Seguía lloviendo o ya había parado la tormenta? No, nada de eso importaba porque en cuanto llegó, sólo supo que "algo" le hizo voltear en su dirección.
Tenía el rostro sucio por el barro que acababa de arrojarle un auto, el ceño fruncido por la frustración y a pesar de eso reconoció, que estaba a punto de romper a llorar.
Su abuelo le había dicho que debía ser amable con las chicas y de momento, lo único que se le ocurrió fue halagar su moño.
"Es muy bonito" —comentó alegre. Aunque en realidad, lo que le pareció precioso fue ella. Una sensación cálida inundó su pecho en cuanto sus ojos hicieron contacto, le ofreció su mano pero en ese momento "algo se rompió" la furia, indignación y las ganas de llorar fueron reemplazadas por el temor. Lo vio en las dos centésimas de segundo que duró, aunque claro.
De eso no fue consciente a los cuatro años de edad.
A los diez y estando en la maldita Selva que lo vio nacer, resultaba claro que ella lo sintió también y que eso la atemorizó. Lo golpeó, rechazando su mano y derribándolo al piso.
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A partir de entonces su trato fue rudo, violento, cruel. Pero mentiría si dijera que siempre se comportaba así. Tenía sus momentos de cordialidad, de palabras duras pero veraces. Como ella misma refirió. "Su papel en la vida era recordarles las cosas feas, esas de las que a nadie le gusta hablar" y cada que necesitaba un jalón de orejas, que le reventaran la burbuja donde solía habitar y lo regresarán a la realidad.
Era ella quien lo hacía.
Estaba ahí para él, como una casualidad o quizás no lo fuera en realidad. Era consciente de cómo (en su reducido grupo de amistades) siempre había alguien que seguía a alguien: Curly a Rhonda, Lloyd a Harold, Gerald a Phoebe, Peapod a Nadine, Sheena a Eugene, él a Lila, Brainy a Helga.
Lo había visto decenas de veces, suspirando detrás de botes de basura por la colérica rubia y aunque él le había sugerido que se armara de valor y fuera por ella, el chico de gafas transparentes insistía en decir que no tenía ninguna oportunidad ahí.
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"Tan solo me gusta verla Arnold, sé que no es para mí"
"¿Cómo lo sabes si no lo intentas?" —Brainy lo miró como si le estuviera dando el insulto más fenomenal del mundo y él respondió con un sencillo…
"Oh"
"Se lo he pedido más veces que tú a Lila" —se burlo, por hacerlo sentir incómodo y él se encogió de hombros dispuesto a salir de ahí, pero el chico listo lo detuvo. "¿Estás seguro de que es la indicada?" —preguntó, jalándolo del brazo y mirándolo a los ojos.
"¿Lo estás tú?"—respondió a la defensiva, porque si. No le gustaba que le recordaran sus pobres e infructuosos intentos con Lila Sawyer.
"Cómo dije, sé qué no es para mí. Pero hasta que llegue alguien más, me contento con asegurarme de que está bien"
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Pensó que era muy egoísta por parte de Helga rechazar tan nobles sentimientos, pero jamás se preguntó, si la razón de eso no sería que ella amara a alguien más.
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En los segundos que dedicó a estas reflexiones, escuchó el grito más estremecedor que escucharía jamás. Era Helga —su Helga— gritando de horror. Él repitió su nombre cómo si con eso pudiera transportarse a su lado, los hombres que le rodeaban lo sujetaron por la fuerza y después de unos minutos que parecieron eternos, llegaron cinco más. Tres de ellos con sonrisas de superioridad, los últimos dos sosteniendo a un hombre sobre sus espaldas y a la inconsciente rubia (por la que gritaba y se debatía cómo un loco) maniatada y en volandas.
La colocaron en el suelo, tal y como hicieron con Gerald y Phoebs (contrario de sus amigos, ella tenía el rostro sucio e inflamado por el llanto) sintió como el corazón se le encogía y de manera mental, se recriminó ser el peor ser humano sobre el planeta.
"Él la había hecho llorar" dos veces en tan poco tiempo, poniéndola en peligro, haciendo que bajara la guardia. Ahora entendía por qué le grito con tanta furia la pequeña asiática.
Lo merecía, el "ataque del dragón" o como se llamara esa técnica especial para sacarte el corazón del pecho y mostrártelo antes de caer muerto. Sus captores lo liberaron, él no podía dejar de verla pero estaba claro que se los ponían ahí para ofrecer algún tipo de trato.
—¿Es la elegida? —preguntaron señalando a Helga. Él no supo qué contestar, ni creía comprender a lo que se referían. Para enfatizar este punto, le mostraron un nuevo objeto. Era el corazón dorado que había visto antes (el que valía su vida) y cuando se lo acercaron contempló su foto. Era la del anuario y que la trajera aquí, quería decir que seguía luchando por él.
Todo lo que hacía, tanto en San Lorenzo como en Hillwood era por él.
Siempre por él.
—¿Es tu elegida, niño milagro? —insistieron en la cuestión y una voz interna dijo: Si, con seguridad y aplomo. Lo instaba a levantar el pecho y henchirse de orgullo por Helga G. Pataki. Otra voz, le dijo que si la reconocía como tal, la pondría en peligro.
Sacrificios, ceremonias donde descorazonaban doncellas a los pies de algún templo o volcán (según las palabras de su pintoresco guía) nublaron su mente y decidió que la respuesta correcta era...
—No, —cerró los puños a ambos lados de su cuerpo. Se ordenó "no verla" y les recordó que la razón de su reciente pelea era que él, no la quería a ella. —Rechacé sus sentimientos, si es a eso a lo que se están refiriendo. La mujer que me interesa, a la que he puesto a salvo de todo este tormento es otra.
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—¡TRAIDOR! —gritó desde algún sitio una desgarrada voz.
Era su Helga, la de diecisiete años que estaba dormida por causa suya y del humo de la hoguera. Aún no podía llegar a su lado. No podía verla porque las sombras eran demasiado densas. Sin embargo, creyó que si él podía oírla, ella lo haría también.
—¡NO TE TRAICIONÉ ESA VEZ, NUNCA MÁS LO HARÍA!
—¿¡ARNOLD…!? —podía sentirla cerca con su estupor y aunque la buscó con desesperación, no la encontró.
Esta era la verdadera prueba. Lo que orquestó Anthea para determinar su victoria o derrota. Recordarles el daño que sin saber (ni querer) le había ocasionado y de verdad, se sentía fatal por eso.
No la merecía. Pero tampoco es como si esa idea fuera nueva. Desde que inició su relación, siempre tuvo la sensación de que debía compensar algo más.
Tantos años de amor silencioso, autodestructivo y unilateral. Mientras él, tuvo roces de manos, miradas sugerentes y ocasionales besos con otras chicas. —Suspiró para sus adentros convencido de que era un grandísimo idiota que merecía todo el peso de la Santa Inquisición. Aunque también, creía que lo que había hecho con todas ellas era buscarla a ella.
Su otra mitad, alma gemela. La persona que por fin, le traería paz.
—CONFÍA. —le suplicó, porque aún no llegaban a esa parte pero desde ahora, él estaba seguro de que siguió luchando por su amor. Las palabras de su abuela y de todos eran ciertas.
Ellos trabajaron juntos para encontrar a sus padres y dar cabida a su relación. Lo sentía en su sangre, sólo tenían que verlo.
—NO PUEDO...—respondió con voz rota. Estaba derramando llanto. Lo había hecho tantas veces en los últimos días que sabía con seguridad que lo hacía.
Se odió por eso.
—¡YA NO QUIERO HACER ESTO, ARNOLD! ESTOY CANSADA DE LUCHAR Y LLORAR POR TI.
—HELGA...—no podía culparla. Eran demasiados eventos para un periodo tan reducido de tiempo. Quizás siempre sucedía así y por eso, la mujer de sus sueños (quien fue ella en sus vidas pasadas) caía en tentación y se suicidaba. ¿Sucedería de nuevo? ¿En este momento o cuando llegaran a la selva? ¡Dios! Se suponía que esta era la buena. Se amaron antes de que todo estuviera en su contra. Así que tenía que salvarla. —¿Prolongar su agonía?— sugirió en su cabeza alguna traicionera voz. Pero él no disfrutaba con su dolor. ¡NO QUERÍA HERIRLA! lo que deseaba era amarla, de la noche al alba, demostrar que era digno de merecer y corresponder su amor.
—TE JURO QUE NO VOLVÍ A TRAICIONARTE, PERO NO ME CREAS A MI, CREE EN TI. ESTOY SEGURO DE QUE TAMBIÉN LO SUPISTE.
—¿SABER QUÉ…? ¡TÚ ME ROMPISTE EL CORAZÓN!
—Y TE ENTREGUÉ EL MÍO EN COMPENSACIÓN...
—¿QUÉ…?—vacilación en su tono de voz y casi podía verla llevando las manos a su rostro. Quería abrazarla, consolarla, contemplarla y besarla. Tenía que creerle, esperaba en verdad que pudiera creerle.
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SAN LORENZO
Ocho años atrás.
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Los nativos dieron por ciertas sus palabras, después de todo los escucharon gritar y los vieron ir cada uno por su lado. Arrojaron el corazón al piso y junto a él descifró una punta de flecha.
—Vas a guiarnos.
—¿¡Qué…!?—sus pulmones se vaciaron en el acto.
—Al lugar donde tienes a tu elegida.
—¡Jamás!—gritó.
—Entonces los escucharás suplicar, mientras son asesinados. —si era posible, su rostro adquirió un tono mucho más pálido. ¡No podía entregarles a Lila! Pero tampoco iba a permitir que los mataran a ellos. ¡Gerald era su hermano! ¡Phoebe inocente y Helga la mujer de su vida!
Ninguno merecía morir en una fría, oscura y olvidada cueva.
Tan pronto como lo decidió, los hombres se acercaron a sus amigos y les colocaron al rostro alguna sustancia que al inhalar, los hizo despertar de súbito. Decir que estaban en piloto automático y a la defensiva era poco. Gerald reaccionó soltando tremenda patada, Phoebe se arrastró hacia atrás buscando algo de apoyo para levantarse sobre sus pies, Helga era la única que no estaba amordazada así que amenazó con una salvaje mordida a su agresor.
Los tres, lo sorprendieron y enorgullecieron.
No morirían, ninguno de ellos lo haría. Así que rogó al cielo, a sus padres, quien fuera. Que si "estaban ahí" los ayudaran a salir.
Un movimiento telúrico comenzó (de lo más bajo a lo más bravo) y ni siquiera así, daría por ciertos los rumores de que él, estaba ligado a la furia del volcán.
Gerald le dijo a Phoebs donde tenía oculta su navaja, la asiática la encontró y en menos de diez segundos se liberaron de sus ataduras entre los dos. Él se barrió por el piso, tomó la punta de flecha (además de su foto) y liberó a la rubia. Sus manos agradecieron el contacto del otro, sus ojos se miraron con agradecimiento y alivio.
Comenzaron a correr, escapando de sus agresores y de la cueva que se venía abajo, Phoebs y Gerald de la mano, Helga y él también. —No la soltaría, nunca jamás lo haría— la asiática venía a la cabeza, sus linternas eran las únicas que aún funcionaban y les sirvieron de mucho.
A sus espaldas, sólo se oía el estruendoso sonido de la roca crujiendo y los gritos salvajes de quienes seguían sus pasos. Gerald comenzó a repetir incansablemente "todos vamos a morir" "todos vamos a morir" Helga le gritó que si no se callaba lo asesinaría ella misma y su amigo le dijo que sí.
Una luz tenue se vio al fondo, Phoebe se los informó y todos apuraron el paso. Ninguno se soltó de las manos, eran una cadena, un equipo. Los rayos del sol matutino calentaron su carne, pero no pudo celebrarlo ya que segundos después la cueva se derrumbó en su totalidad
Gerald se dejó caer de espaldas a la tierra firme, más pálido que una parca y con Phoebe rebotando contra su pecho. Una risa histérica se apoderó de su ser y Helga lo acompañó también. (En su caso, era él quien cayó sobre su cuerpo) Al levantarse, tanto él como Phoebs temieron por el estado emocional de sus amigos, generalmente eran de sangre más fría y que estuvieran así quería decir que de verdad se asustaron.
—Chicos…—intentó mediar porque sus risas sonaban histéricas, desesperadas y temía que de un momento a otro se pusieran a llorar.
—¡Cállate Shortman! ¡Si quiero pasar el resto de mi vida en un lapsus constante de delirio y demencia, tú me dejas!
—A mi también. —agregó la rubia y él le dedicó una mirada discreta. Ese sentimiento cálido volvió a embargarlo, lucía hermosa, toda sucia, con los cabellos desacomodados y respirando a marchas forzadas debido a la excitación de su persecución.
—De acuerdo, —concilió Heyerdahl. —pero tenemos que movernos. Es bastante probable que…
—Nos dé un paro cardíaco si no nos dejan en paz, diez minutos más. —insistió Pataki, Gerald apoyó la moción y su amiga accedió a darles su espacio.
Los dejaron tirados sobre la tierra fresca en lo que intentaban ubicarse con el mapa de su padre. Ya habían cubierto la ruta norte, quedaba virar hacia el este, lo harían montaña arriba. Es decir por detrás de la cascada. Tan pronto decidieron esto Heyerdahl le devolvió su diario y volvió a ajustarse los lentes sobre la cara, él notó su estoicismo, por no decir que sentía que lo odiaba.
—¿Tú sabes de los sentimientos que guarda Helga por mi, no es cierto? —preguntó directo.
—¿Perdón?—giró en redondo y entonces sí, lo miró sin disimular el enojo.
—Encontré esto, —comentó desvelando su foto. —los nativos se lo quitaron cuando la apresaron. —Phoebs tomó el corazón dorado en el interior de su mano y lo presionó con fuerza. —¿Intentas decirme que una vez más la dejaste a solas?
—Yo…—comenzó a disculparse, pero era evidente que ella lo encontró culpable. ¿Cómo diablos supo que se separaron?
—¡Si te lo hubiera confesado ella. Si este corazón hubiera sido revelado en presencia suya, no soportaría un segundo más a tu lado!
—Phoebe…
—¡Voy a ser directa, Arnold! ¡No la mereces! Toda su compasión, valor, lealtad, amor. Son demasiado para ti, que no te tientas el corazón a la hora de darle la espalda. Esta es la tercera vez que lo haces y como bien sabes. Esa es la última.
—¡E…espera!
—La primera fue cuando Lloyd nos convenció a todos de que no podría estar tan loca. Acepto mi responsabilidad al respecto. No debí dejar que Gerald, me convenciera de dejarla a su suerte. La segunda fue cuando les propuse ir a buscarla.
—¡Pero accedí!
—Aún así tengo mis reservas, ¿Lo hiciste por ella o por ti?
—¿Qué…?
—Helga es una exploradora experta, también hizo el curso de rescatistas y no tengo que recordarte lo buena es luchando cuerpo a cuerpo. Como aliada, en cualquier encomienda es una pieza importante.
—¡No lo hice por eso!
—¡Pues no te creo! La tercera me la vas a decir o mejor te la ahorras, porque no voy a cambiar de opinión.
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—AHHHHHHHHHHH!
—¡AAAAAAAAAAHH! —un grito desquiciado por parte de Helga, seguido de uno peor de Gerald, los hizo bajar los guantes de pelea y volver a los restos de la cueva.
Ahí, el escenario era totalmente distinto.
—¡MÁTALAS, MÁTALAS!
—¡NO PUEDO, SI ME ESTÁS ASFIXIANDO!
—¡PHOEBE! —gritó Pataki con desesperación.
—¡ARNOLD! —secundó el moreno y él no entendía lo que pasaba.
La rubia estaba abrazada a la humanidad de su amigo como todo un koala y Gerald no podía ni con su alma, frente a ellos había un simpático grupo de ratas que miraban entretenidas el espectáculo. Phoebe bajó su mochila y comenzó a buscar entre objetos varios a la vez que explicaba que su amiga le tenía pavor a las ratas.
—¿Es en serio?—porque él creería que había cosas mas espeluznantes como una horda de nativos asesinos.
—Una vez, Bob la encerró en el sótano de su casa para que aprendiera a mantener abajo el sonido infernal de su radio. ¿Adivina quien la acompañó?
—¿Una rata…?
—Creo que eran varias y no estaban directamente sobre su cuerpo, estaban en las tuberías o en algún lugar desde el cual podía oír como chillaban, roían y rasgaban. El punto es que desde ahí no soporta verlas ni en pintura. Hmm…estaba segura de haber empacado un repelente.
—¿Si demuestro que puedo cuidarla, me darías tu aprobación?
—¿¡Por qué, Arnold!? —respondió tirando sus cosas en seco y agregó. —Ella trajo tu fotografía del anuario en un precioso marco dorado. No significa nada. ¿Cómo sabes que es para ella? ¿Y no un regalo para tu madre? ¿O futura novia, Lila? —lo fulminó con la mirada y él sudó frío porque sí, tenía intenciones de pedirle algo serio a Sawyer, pero eso era antes de reconocer que tenía sentimientos por Helga. Le devolvió la mirada analítica, aunque la suya fue mucho mas discreta. No pretendía pelearse con ella (o ninguna) lo que quería era aclarar las cosas, tanto en su mente como corazón. Y saber si existía alguna oportunidad entre los dos.
—¿Cuando sugeriste que demostrara ser digno, no lo referías a mis padres, cierto? —Heyerdahl sonrió de lado, un gesto frívolo y letal que le recordó "al Padrino" ¿Quien diría que una chica tan dulce y tierna, tendría una mirada de esas?
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—¡HEY! ¡¿QUIEREN DEJAR DE TOMAR TÉ CON GALLETITAS Y HACER ALGO PARA QUITARME A ESTA LOCA DE ENCIMA?!
—¡NO TE ATREVAS A SOLTARME JOHANSSEN!
—¡MI CUERPO NO ESTÁ ACOSTUMBRADO A CARGAR TREMENDA VACA!
—¿¡QUÉ DIJISTE!?
—¡AHHH! ¡NO! ¡NO DIJE NADA! ¡NO ME MUERDAS!
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—Voy a probártelo. —comentó a la morena tomando algo del contenido diseminado de su bolsa.
—Y yo a defender mi postura.—anunció cruzándose de brazos porque no podía (ni quería) creer en lo que decía. ¿Cómo funcionaba su mente? ¿Solo descubrió que Helga estaba coladita de amor por él y decidió que sí? ¿Qué la quería corresponder? —¡Ja!— Que le dieran esos nativos con sus endemoniadas lanzas.
Shortman encendió un par de petardos esperanzado a que el fuego alejara a las ratas. Funcionó y así Gerald, no tuvo ningún reparo en dejarla caer directo a la nada. Helga enfureció de golpe porque esta era la segunda vez que la trataban como costal de papas.
—¡Óyeme, tú grandísimo idiota! —bramó desde el piso.
—¿Sí? Trasero huesudo…
—¿¡Queeeé!? —el rostro de Helga llegó al tono granada y se llevó las manos a la retaguardia. ¡No lo tenía huesudo! ¿Oh, si? —¡Eres un pervertido! —acusó de rodillas y alzando los puños al cielo.
—¡Y tú una regalada! —gritó señalando en su dirección. —¡Yo no te toqué, tú saltaste directo hacia mi!
—¡Se me acercaron en grupo! ¡Estaba asustada!
—Ahora imagina las facturas y los años que pasaré en terapia.
—¡Basta los dos! —gritó Heyerdahl colocándose en medio. —Arnold y yo decidimos hacia donde hay que ir. ¡Tomen sus cosas y cierren la boca! —accedieron a regañadientes, Gerald acomodó su mochila (responsable de que la orangutana esa se le lanzara al cuello, porque no había lugar en su espalda) Helga se sacudió el polvo de la ropa (no llevaba mochila, se valía de los bolsillos múltiples de pantalón corto y un cinturón que emularía al de Batman) apretó sus coletas y cuando quiso ponerse en pie, volvió a gritar e irse hacia abajo.
Los tres se espantaron.
—¿Qué pasó? ¿Te mordió una serpiente o araña, fueron las ratas?—preguntó Phoebs a la vez que le quitaba los zapatos, calcetines y miraba su tremendo tobillo hinchado.
—¿¡PERO, CÓMO HAS PODIDO CORRER CON ESO!? —reclamó, buscando su equipo médico. La rubia se encogió de hombros.
—No lo sé, creo que el músculo seguía caliente y por fin se enfrió.
—¿Te caíste? ¿Dime si te duele esto?
—¡AUCH! —la pateó con la otra pierna y su amiga apenas si se inmutó. —¡No me caí! Me tiraron, dos veces. —enfatizó mirando a Gerald como si "estuviera marcado" y continuó hablando. —Aunque si he de ser honesta, diría que esto es producto de mi patada voladora.
—¿La que te prohibí que hicieras y aún así seguías ensayando?
—¡ME SALIÓ FENOMENAL! —gritó animada.
—¡E…espera! El sujeto enorme e inconsciente en la cueva ¿Lo derribaste tú? —se metió Gerald en la conversación y fue evidente el orgullo en la rubia.
—Cayó como roble.
—¿¡ESTÁS DEMENTE!? ¡PUDIERON HABERTE…!
—¡Sé muy bien lo que pudieron hacerme pelos de espagueti, pero que te quede claro que lo hice por Arnold!
—¿¡Qué!? —preguntó él, sonrojado hasta las orejas y Phoebs vació sus pulmones a la vez que soltaba las vendas y tapaba sus labios con ambas manos. La colérica rubia continuó explicando.
No lo refería por el lado romántico y sentimental que él y Heyerdahl se estaban imaginando. Lo hizo para evitar que rompieran sus huesos, drenaran su sangre y le sacaran el corazón. Gerald se puso tan pálido al escuchar su declaración que fue un milagro que no volviera el estómago.
Él sudó frío y sintió como perdía la capacidad para hablar.
Una cosa era que lo amenazaran directamente y otra que hicieran partícipes de ello a sus amigos. No sabía cómo lo llegarían a tomar porque al estar junto a él, también se convertían en objetivos.
Acababa de suceder, de hecho.
Pudieron morir, todos ellos y de formas tan horrorosas que no iba pensar en ninguna. Helga apretó los puños, mientras su pequeña amiga continuaba la labor de colocarle la venda al tobillo.
—También tengo razones para creer que se trata de dos grupos de personas.
—¡Dime que al menos uno de ellos, no nos quiere arrancar el pellejo! —rogó Johanssen y fue el turno de Phoebe de ponerse dramática. Terminó de atender a su amiga y se levantó para acomodarse sobre una piedra.
—Phoebs…—llamó Helga, volviendo a ponerse sus calcetas.
—Estoy bien, sigan hablando…—suspiró para sus adentros y Helga imitó la acción.
—De acuerdo, pienso que unos son los que vimos anoche. Sólo nos asustaron pero al final se marcharon.
—¿¡Que solo nos asustaron!? ¡TE IBAN A CONVERTIR EN BROCHETA HUMANA! —gritó Gerald, tirando de sus cabellos y mirándolos a todos como si estuvieran locos.
Posiblemente lo estuvieran.
Phoebe tan pálida y callada que aterraba, él como un pasmarote pues estaba tratando de sacar conjeturas de todo lo que Helga narraba y esta última con un nuevo fuego en los ojos porque era guerrera y además de eso lo amaba. (Aunque jamás lo admitiera y su juego del gato y el ratón se volviera eterno. Él sabía que lo amaba. Tanto como para condenarse al exilio y dejarlo con Lila)
—¡NO! —aclaró de inmediato. —Sí me apresaron e iban a llevarme a cualquier otro lado, pero no querían a hacerme daño. ¡No sé como explicarlo! Reaccioné por instinto, indignación, furia. Pero en el momento que me derribaron, no sentí que quisieran hacerme algo malo.
Gerald no se lo tragó, Phoebe volvió a taparse los labios con las manos, él comenzó a sentirse un poco mareado, (porque en serio ella estaba loca si creía que no querían hacerle daño)
—Los sujetos de ahora, los de ojos pequeños, espeluznantes y rojos, que quieren sacrificar a Arnold, erizaron todos los vellos de mi nuca y créanme cuando les digo, que de esos sí tenemos que cuidarnos.
Los tres asintieron, dándole la razón. Y es que también vieron esos ojos color de la sangre que hicieron estremecer hasta la última de sus células.
—Derribaré a cuantos pueda mientras me sostenga y les sugiero que hagan igual.
—¡¿ESTÁS HABLANDO EN SERIO?! ¡ESO QUE DESCRIBES ES UNA MISIÓN SUICIDA! —insistió su amigo y él por fin encontró el coraje para hablar.
—Es mi misión suicida, Gerald. Agradezco que me acompañaran hasta aquí pero es evidente que ha dejado de ser un juego de niños.
—¿Quieres seguir?—preguntó, aún sin creerlo.
—Al igual que Helga, tengo razones para creer que si no me adentro en la Selva, arremeterán contra ustedes y nuestro grupo.
—¡¿Y qué?! ¡¿TE VAS A SACRIFICAR?! —Phoebe reaccionó a eso mirándolos con cautela. Él asintió con el rostro (no porque quisiera convertirse en mártir o aspirara a ser canonizado en un atrio. Sino porque le parecía la mejor opción para saber lo que pasó con sus padres y protegerlos a todos.
Tras su resolución, (que hizo caer a Gerald sobre sus rodillas y a Phoebe derramar algunas lágrimas discretas) la rubia explotó.
—¡ESO SOBRE MI CADÁVER, MELENUDO! —volvió a levantarse de súbito y trató de disimular el dolor al sostenerse firme sobre sus pies pero no lo logró. Su cuerpo se dobló, Gerald cerró los ojos, Phoebe gritó, pero antes de caer, él corrió para sostenerla entre sus brazos.
Sus miradas se cruzaron al instante, azul contra verde, además de lo que ya sabía que sentía en su interior. Esa conexión, ese calor que no era más producto de alguna promesa o su imaginación sino que hablaba de la emoción de una nueva aventura.
Adentrarse en la Selva juntos. Como tiempo atrás lo hicieron entre las calles de su vecindario para salvarlo. Sonrió, al sentirla segura entre sus formas, Pataki se afianzó un poco mejor sobre sus pies pero aún así, no se apartó. Los instintos mas relajados, su temor, ansiedad e inquietud, dispersados al estar a su lado.
Quizo prolongar el momento, resguardarla de toda amenaza aunque sabía bien cual sería su jugada.
—Agradezco el interés pero no tienes que hacerlo.—comentó con la misma cordialidad de siempre. Sus amigos los observaban en silencio. El primero de ellos, a punto de perder el sentido ante la contemplación de la idea "Shortaki" la segunda sintiendo como se secaban sus lágrimas de la impotencia porque sabía bien que así era su amiga.
No importaba cuantas veces le dijera que se olvidara de él. Solo bastaba un roce, una mirada, una palabra directa o insinuada para que volviera a perderse en el laberinto que representaba su amor por él.
—Hicimos un trato. —respondió con la misma sonrisa que ya le estaba provocando arcadas a Gerald. —Yo te ayudo a recuperar a tus padres…
—Y yo me largo de tu corazón…—lo pensó pero no lo dijo. En lugar de eso abogó por los viejos tiempos, tratando de convencerse a sí mismo de que quizás, pudiera volver a enamorarla.
—¿Y yo le digo a todos que cumpliste con tu deber ciudadano? (Referencia a lo que dijeron en Industrias Futuro)
—Es lo menos que podrías esperar o recibir de mi…—se alejó de su lado mientras Gerald vaciaba su estómago detrás de un arbusto y Phoebe buscaba una piedra que pudiera destrozar con su puño.
—E…espera, podrías lastimarte si vas tan rápido, apóyate en mi…
—¿Me estás dando luz verde para abusar de tu baja estatura? —se burló.
—Tal vez…—concedió porque no le importaban los malos tratos, ni las ofensas, siempre que pudiera ver esa sonrisa traviesa.
—Disculpen…—enfatizó Phoebs dando una buena patada a la piedra que había encontrado. (algunas ratas que seguían en los alrededores, salieron despavoridas) Los rubios voltearon como si los hubiera encontrado desnudos o sacando las tripas a un pobre canario.
—¿Si…?—inquirió avergonzada su amiga.
—Si ya terminaron de hacer vomitar a Gerald, me gustaría enfatizar la parte en que aún no decidimos "si vamos a morir contigo" —Helga le dirigió una mirada dura, la asiática la sostuvo porque si, tenía la firme convicción de seguirla hasta el fin del mundo, pero a ella. No a él y así se los dijo.
—Yo voy con Arnold
—¿Por qué, Helga? ¡¿Sabes a caso lo cerca que estuvo de…?!
—¿Dejarme a mi suerte? —interrumpió molesta y los chicos se miraron entre sí como si estuvieran por mediar alguna pelea entre gladiadores. —¡Sí, lo sé! Nos peleamos, me mandó y lo mandé al carajo. Pero no se supone que hagamos cosas buenas para recibir algo a cambio. Las hacemos porque es lo correcto y yo tengo un objetivo claro en todo esto.
—¿¡Cual es!?—preguntó metiéndose entre ella y Arnold, tomándola por el brazo para arrastrarla hacia otro lado a pesar de que su tobillo seguía lastimado.
—Código 999 (en su lenguaje de mejores amigas. Esa era la clave para olvidarse de Arnold) Phoebs vació sus pulmones, su tono de piel había pasado del saludable moreno claro al enfermizo y transparente blanco.
—¿Me das tu palabras de honor de que esta será la ultima vez?
—Ultima. Si regreso a casa podrás ayudarme a decidir entre Inglaterra, Paris o Alemania. —la asiática sonrió, terminando por abrazarla. Arnold medio entendió lo que decían. (aceptaría la beca, se iría de sus vidas) tambaleó pero Gerald lo atribuyó al horrible designio que les aguardaba.
—Volverás y claro que todo eso lo haremos juntas.
—¿Palabra de honor?—preguntó mirándola a los ojos con diversión.
—Palabra de hermanas, te acompañaré porque no confío en él.
—Oye…—comenzó a quejarse Arnold pero Gerald le colocó una mano al hombro para tranquilizarlo.
—Déjalas en paz, viejo. Estamos cansados, traumatizados e irritados. Busquemos un lugar donde ocultarnos para descansar y cuando caiga la noche lo volvemos a intentar.
—¿El qué…?—preguntó interesado.
—Tranquilizar a las fieras.
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Anduvieron algunos metros antes de encontrar una cueva que estuviera abandonada al cien por ciento. El polvo, la humedad, aunados a las telarañas y multitud de insectos rastreros que orillaron a Gerald a terminar de subirse a la espalda de la rubia, confirmaron este punto. (Él le tenía pavor abismal a las arañas y la hinchazón en su tobillo ya había bajado) Helga lo tiró en seco cuando Phoebs y Arnold fumigaron. Limpiaron un poco antes de acomodarse sobre sus mochilas a manera de asiento, encendieron un pobre fuego, lo necesario para calentar agua y sus respectivas sopas instantáneas. Por lo demás no querían que el humo delatara su posición y como estaban agotados tardaron poco en quedarse dormidos. Las chicas se fueron al fondo, acomodadas contra la pared, una abrazando a la otra (para las fantasías eróticas de Gerald) ellos quedaron repartidos a cada lado de los vestigios de su hoguera.
Ajenos al ajetreó que suscitaba en su campamento.
La persecución imparable que desde ya comenzaba. Los malos presagios, los susurros a voces, el descontrol, pues no faltó quien culpó a la rubia de la desaparición de todos.
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"Lo hizo para fastidiarnos el viaje" —gritaba Sid.
"¿Cómo puedes pensar algo tan estúpido?"—respondió Eugene. —ella lo había puesto a salvo, a su ruda y poco femenina forma, pero le preocupó que le pasara algo y por tanto. No andaría por ahí dando tumbos y poniendo en alerta roja a su grupo.
"Debió haberse ido, como prometió que lo haría y Phoebe salió a buscarla" —comentó Sheena pues para ella, esa parte resultaba bastante lógica.
"Gerald fue detrás de su chica y Arnold, con su amigo" —concluyó Peapod, señalando al vacío.
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Tenían más de día y medio buscado a sus amigos y de verdad comenzaba a reinar la paranoia y el "peligro"
Su primera noche, en ausencia de ellos pareció mucho más fría y larga. Intentaban hacer caso de las recomendaciones de Simmons (mantenerse juntos y no salir del campamento) pero el pobre hombre parecía perdido en el espacio. Incompetente como ninguno para encontrarlos y más porque el guía se negó a adentrarse en la profundidad de la selva.
Eso no estaba en su contrato, para tal labor no le pagaron. Los de servicios médicos intentaron ser mas serviciales pero no llegaron a más de unos cincuenta o sesenta metros.
Era peligroso.
Ese lugar al que habían arribado y solo se incluyó en su viaje como un favor personal para Arnold. En teoría, debían pasar una noche en la Selva y después dirigirse al centro de la ciudad. Contemplar la arquitectura, disfrutar de su gastronomía y hasta deleitarse con el folclore característico de la zona. Ahora estaban perdidos, pues si bien contaban con los recursos para seguir su travesía, ni uno solo de ellos quiso irse sin Arnold, Gerald, Phoebe o Helga.
Esta era la segunda noche, comenzaba a bajar la temperatura y a meterse el sol. Mas de uno se miró con vacilación, lo sentían en el viento. Nadine ya lo había referido con anterioridad, ella que nació en una zona pantanosa y húmeda, creía reconocer las señales de la naturaleza y todas aquí, gritaban peligro.
Simmons los mandó a dormir temprano, se aseguró de que estuvieran en sus tiendas y segundos después cada uno de ellos lo decidió.
Se dividirían en cuatro grupos e irían a buscarlos. Helga se fue hacia el norte, comenzarían por ahí y los demás hacia el sur, este y oeste. Aguardarían a que sus "guardianes" estuvieran dormidos, tenían el sueño pesado aunque habría que aclarar que de eso se encargarían algunas plantas del sueño que Curly conocía, encontró, arrancó y preparó.
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Salieron, en contra de toda lógica y sentido común. Rhonda les aclaró que estaban locos y que no los ayudaría. La suya era una misión perdida, obviamente estaban muertos. Por eso, ni el guía se atrevió a ir por sus huesos.
"¡La única loca y perdida y eres tú!"—señaló Stinky, antes de ajustarse una improvisada mochila de viaje e intercambiar una mirada con Sid. (este último no era muy dado a la aventura o búsqueda pero Arnold y Gerald eran de sus mas grandes amigos) además de que aquí, el tema a discutir era su hombría. ¿Quién se atrevería¿ ¿Y quien quedaría como una nenita llorona?
Eugene una vez más intentó ir, pero Sheena se lo impidió. Ella junto a Nadine, Harold y Rhonda se quedarían en una tienda. El grandulón, motivado por la cuantiosa suma de dinero que la morena ofreció a cambio de su protección.
La mandaron al carajo, todos en conjunto pues suya fue la culpa de que Pataki se perdiera en primer lugar. ¡Sí, era una pesada que a todo el mundo le caía mal! pero lo que hizo no era algo que se saliera de lo normal. Su rutina diaria era perseguir y fastidiar a Arnold hasta la rendición.
"¡No es mi culpa!"
"¡Lo es y por eso te asusta!" —declaró Patty Smith.
Ella no pertenecía a su clase de manera inicial pero fue transferida luego de que golpeara y amenazara a todos en su grupo. Ningún otro profesor en la P.S.118 la quería, sólo el bueno de Simmons y esa ya era otra historia. Regresando a lo que hacían, ella se juntó con Lila y las dos se adentraron en la profundidad del bosque.
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HILLWOOD
Tiempo Actual.
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El viento seguía soplando con hambre, lo había estado haciendo por el transcurso de las ultimas horas. Un frío helado que corroe el alma, te cala los huesos y te hace saber que se avecina algo siniestro.
Los fundadores del pueblo, no tuvieron que pensar demasiado para saberlo. Desde que volvieron sus chicos de la preparatoria esta misma tarde los encontraron distintos.
Sabían que planeaban algo, pero difícil resultaba discernir el qué.
Fue el viento, la oscuridad de la noche y el rugido del cielo quienes se los dijeron.
Años atrás vivieron una situación similar.
Cuando volvieron de ese "maldito" viaje a San Lorenzo, ni uno de ellos siguió siendo el mismo. Maduraron a marchas forzadas pues lo vivido no era algo de lo que quisieran hablar, pero la luz de sus ojos se había transformado. De la infantil curiosidad había ahora un destello de comprensión, precaución e inteligencia.
Se esforzaron por destacar en deportes, hasta Eugene, Sheena y Curly quisieron intentar pero al verse disminuidos en sus capacidades optaron por otras áreas. Estudios de ciencia, medicina y tecnología. A su manera, cada uno sacó el brillo al diamante en bruto que llevaba dormido y eso los asustó en demasía.
Parecían otros, arrebatados de sí mismos, de su inocencia y rutina pues ya no jugaban, ni se hablaban entre sí.
Los campos de béisbol, baloncesto y demás sitios dónde solían verlos reunidos aparecían vacíos. El profesor Simmons, tampoco quiso dar razón de esto ultimo. Se limitó a decir que tuvieron "complicaciones" y que gracias a los Dioses, regresaron con bien. Se disculpó inmensamente con los padres de los lesionados.
Ninguna herida de gravedad, con excepción de Peter Potts (Peapod) que se rompió una pierna, Arnold Shortman y Helga Pataki que se encontraban "dormidos" y no despertaron hasta dos días después. La Doctora Heyerdahl efectuó todos los exámenes pertinentes, los padres de ambos chicos pagaron los estudios necesarios.
Amnesia fue lo que se dijo, enfermedad del sueño o alguna patraña de ese estilo. Cuando reaccionaron, los curiosos (que rápidamente corrieron la voz) advirtieron que contrario de los otros, seguían siendo ellos mismos.
Miradas esquivas, propias de dos niños que comienzan a entrar en la adolescencia y se sienten incómodos al notar que los han dejado a solas en la misma habitación. Les entregaron sus pertenencias antes de que llegaran sus padres. Él no sabía por qué tenía su listón rosado en el bolsillo. Ella no entendía por qué tenía una fotografía de sus padres y él entre sus cosas.
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Volvieron a salir.
Con Arnold y Helga de vuelta, sus hijos lentamente se animaron a salir.
Gerald Johanssen siguió relatando historias del viejo Hillwood, Nadine atrapando insectos, Harold trabajando en la carnicería, Lila participando en obras de teatro comunitario.
Rhonda recuperó su pasión y don de "mando" le bajó un poco a sus aires clasistas, se preocupaba por sus "súbditos" y hasta aceptó de buen agrado los halagos nada disimulados de Thaddeus.
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Desde el interior de cada hogar, padres y abuelos suspiraron para sus adentros. El viento, a que hacían referencia de manera inicial, volvió a soplar con recelo, metiéndose hasta los huesos a través de la piel, lastimando sus huesos, trastornando su mente, levantando sus alarmas y también sospechas.
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El suyo, era un pueblo de constante cambio.
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Lo levantaron de cenizas, afianzaron sus cimientos con promesas de protección y deseos de mejores tiempos. No sabían cual de todos los dioses (porque cada familia profesaba su propia religión) fue el que los escuchó y se tomó a pecho, su declaración de luchar cada que volvieran "momentos violentos"
Las lluvias de hace unos días anunciaban que debían cumplir tal promesa. El deceso de los adultos mayores que lamentablemente no tuvieron descendencia se cobraba esta apuesta. Y a pesar de saberlo, el peso en su pecho decía, que no correspondía a ellos participar en la reyerta.
Eran sus hijos.
Los mismos que se fueron de niños y volvieron siendo el amago de jóvenes adultos. Debían partir de nuevo o la oscuridad, el silencio y el caos se ceñiría sobre ellos.
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CASA DE LOS HEYERDAHL
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Kyo y Reba, salieron de su alcoba y se tomaron de las manos. Hacía varios minutos que su hija única trajinaba sin parar dentro de su recámara. Abrieron la puerta sin hacer ruido, apenas una rendija y la observaron practicar con decisión y maestría lo que de pequeña aprendió de esgrima.
Su espada de madera japonesa como una extensión de su mano, los movimientos libres pero tensos. Kyo volvió a mirar a su esposa, Reba le dio un silencioso si.
El adulto entró sin recelo y sin interrumpir, comenzó a corregir a su hija con la antigua voz de mando, recordándole la posición correcta del cuerpo, la soltura de los brazos y la libertad del arte. Porque su espada jamás debía usarse para asesinar, era para defensa y protección de las personas amadas.
—Lo sé padre…—respondió la morena describiendo una ultima floritura y colocándose de pie frente a él.
—Veo seguridad en tus movimientos, pero en tus ojos temor. ¿Qué es lo que no nos estás diciendo? —su pequeña, soltó un prolongado suspiro, liberó la espada y se sentó en la cama.
—Gerald y yo…
—Sabemos que se irán, —interrumpió su madre. —ya lo dijeron antes. Son adultos, responsables y sus amigos quieren ir a ayudar a la madre de Arnold, eso lo entendemos y apoyamos, pero por alguna razón tú tienes miedo.
—No es eso...—confesó vaciando sus pulmones.
—¿Entonces qué…?
—Arrepentimiento. —Phoebe se mordió los labios y apretó los puños dispuesta a confesar. —Hay algo de nuestro primer viaje que nunca me atreví a decirles porque sé que hice mal.
—Sea lo que sea debiste tener tus motivos.
—¡Cobardes y estúpidos!
—Tenías diez años cariño.
—¿¡Y eso qué!? pude enmendarlo antes, pero hasta ahora me atrevo…
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CASA DE LA FAMILIA JOHANSSEN
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En el interior de sus paredes una situación similar se suscitaba. Fue la vieja Odette quien tranquilizó a su hija y se ofreció a hablar con su "bombón de chocolate" Timberly, no entendía lo que pasaba, sus padres se limitaron a estrecharla y decir que su hermano saldría de viaje.
—¿¡Qué clase de viaje!? ¿Por qué siempre le dan las mejores cosas a ellos y a mi no? —se quejó en tremendo puchero, pero lo que decía no era cierto.
También sentía temor e incertidumbre por su hermano mayor. El viento imparable movía las ramas de los árboles que arañaban su ventana y la arrebataron de su cama. Anduvo descalza hasta la habitación principal, en la de Gerald no se animó a entrar y la de Jamie´O era un caso perdido debido a que estaba desocupada.
Su madre la abrazó con fuerza y le aseguró que estarían bien. Sus hermanos no se irían para siempre. Volverían cuando los extrañara tanto que quisiera gritar y la menor quería creerle pero el problema con eso era, que desde ya quería gritar.
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Odette, encontró a Gerald practicando los movimientos de boxeo que le enseñó su difunto esposo, golpeaba un saco de arena que en su ultima visita Jamie'O le dejó instalado para "su entrenamiento" ella recordó bien a su marido. Pies ligeros, rápidos, decisión en la mirada y buen gancho diestro. Se anunció golpeando firme con el bastón.
Su bombón de chocolate, le dio un golpe final al pobre saco de arena y la miró como si estuviera esperando su resolución.
—¿Cuál es el arma secreta, abuela? ¿Cómo me aseguro de que esos dos idiotas…?—ella interrumpió su alegato porque estaba vieja y sorda pero no era tonta. Sabía que su nieto y todos sus amigos pretendían acompañarlos y esa era el arma en sí.
Su fuerza, (la del pueblo) expulsando la oscuridad y trayendo la luz. El viento que soplaba a estas horas, ya no hablaba sólo de una invitación. Era una advertencia, la oscuridad estaba suelta.
—El arma ya la tienes, eres tú. Todo lo que eres y todo lo que tienes. Lo que estas dispuesto a dar por los que decidas amar.
—¿Y si se acaba…? —preguntó temeroso. Pues su más grande terror, no era volver a la persecución de nativos con lanzas afiladas y antorchas incendiadas. Caer en redes de liana o jaulas de madera. Sino que Arnold y Helga, por fin recordaran.
—¿De qué hablas? ¿A caso hay dudas en tu corazón? —preguntó la anciana acercándose a su hijo para acariciarle la cara.
—No dudo de mis sentimientos por Phoebs o cada persona en este pueblo. Me preocupa lo que "olvidaron ellos" verás, en ese primer viaje a San Lorenzo, tanto Phoebs como yo hicimos algo horrible…
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CASA DE EUGENE HOROWITZ.
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—Dejamos que se fuera…—confesó el pelirrojo mientras veía un punto muerto en la pared detrás de sus padres. —No creímos que lo hiciera, es decir. Rhonda nos convenció de que no podía estar tan loca y no lo estaba. Si se fue, es porque tenía que hacerlo…—los ojos de su hijo se humedecieron y no evitó romper en llanto.
Lo sabía ahora, que Helga estaba profundamente enamorada de él y verlo con Lila debió destrozarle el corazón.
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—Hijo…—trató de conciliar su padre, pero Eugene lloró con más brío. —él la conocía, salieron juntos, compartieron demasiadas cosas sentimentales y estúpidas.
Él sabía exactamente por qué lo ayudó.
Para expulsarlo de su corazón y eso dolía. Dolía porque honestamente, jamás le pidieron perdón o dieron las gracias por ayudarlos a salir de ese maldito infierno. Se conformaron con que ninguno de los dos recordara.
Agradecieron de hecho, que no lo hicieran.
Ellos mismos querían olvidar. Volver a ser niños y dejar de temer que en cualquier instante algún "hombre de la selva" llegaría al pueblo para enterrarles una daga en el corazón.
Que crueles y cobardes eran. ¡No tenían derecho de decirse sus amigos! ¡De reclamar un lugar en esa pelea! ¿O a caso lo que querían era expiar la culpa?
—¡Por el amor de Dios, Eugene! ¿Qué está sucediendo? —su madre se levantó de su asiento y a punto estuvo de abofetearlo.
Su "cambio" fue el que más sorprendió, pues pasó de ser el chico temeroso, asqueroso y asustadizo (que no sabe ni ponerse bien los pantalones) a un jovencito bien vestido, aún reservado y esquivo, pero que analizaba y meditaba sobre todo. Sus notas generales aumentaron, su interés por la cultura y el arte también. Sabía que eso era lo que apasionaba a la rubia y siendo tan sensible, empático y "positivo" pensó que si hacía méritos por entrar en su mundo, todo lo demás estaría bien.
Se equivocó, pues no correspondía a él (ni a Stinky) sanar la herida en su corazón.
¿Se podría ahora?
Porque en el fondo de su alma sentía que ella estaba "recordando" se lo decían sus terminaciones nerviosas, piel, huesos, los vellos de su nuca erizados. Este viento, era como el del cementerio en el momento que esa cosa negra como una nube la atacó.
No, más bien era el de su segunda noche en la selva. Cuando intentaron buscarlos y todo se fue al carajo.
—¡EUGENE! —lo zarandeó su madre porque no respondía a sus llamados y él agradeció el agravio.
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La maleta de viaje la había preparado apresuradamente y con un montón de cosas que entrarían en lo básico: linterna, walkie-talkies, baterías, cuerdas, guantes y accesorios de primeros auxilios. Antes de "despedirse" la dejó en la alfombra junto a la puerta. Y al confesar lo sucedido en su primera visita a San Lorenzo, inició el alegato diciendo que se iría.
Era su único hijo, por tanto entendía que sería cruel dejarlos completamente solos en este mundo. Irónico pensamiento ya que al ser "gay" eran ellos quienes lo dejaban absolutamente solo en el mundo.
No se iría al "infierno" en el que ellos creían, se iba al infierno que conoció. Uno donde sus amigos y él se jugaron la vida, pero curiosamente, eso les devolvió la vida.
No esperaba que lo entendieran, de la misma manera en que no esperaba que aceptaran sus preferencias sexuales.
Y una vez dicho lo anterior. Más para sí mismo que para ellos (pues necesitaba entender el temor que estaba sintiendo en lo más profundo de su corazón) tomó la maleta y les dijo que aunque no lo aceptaran, él los quería.
—¡NO DES UN PASO MÁS AL FRENTE, EUGENE HOROWITZ! —eso lo gritó su padre y por algunos segundos él se quedó congelado en el rellano. Tenía que irse porque todo su cuerpo se lo decía y además. La abuela de Gerald insistió en que pocas personas tenían la habilidad que poseía él.
Ver como hacían los gatos. (Esa sombra que perseguía a Helga, tenía que encontrarla y advertirles de su presencia)
Dio un paso al frente y su padre lo jaló por el brazo pegándolo a su regazo, pensó que le haría daño o que lo arrastraría hasta encerrarlo en el armario. En su defecto lo abrazó y le aseguró que tanto él como su madre, lo querían.
Les tomaría un tiempo acceder a que trajera algún chico a las cenas de navidad, pero no querían que se sintiera absolutamente solo en el mundo.
Estaban orgullosos de él, de todo lo que era y lo que haría. (Porque hasta ellos, con sus costumbres tan arraigadas y creencias arcaicas. Sabían que algo pasaba).
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CASA DE LA FAMILIA WHELLINGTON.
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Rhonda recibió una auténtica bofetada de manos de su madre, pues su padre había perdido todo el color del rostro y dejado caer su cuerpo sobre un sillón.
—¿¡Era eso lo que le habían enseñado!? —reclamaron a voz en grito y en un primer momento ella pensó en decir, si.
Ustedes me enseñaron que el mundo debía ser mío. Que todos estaban a mi servicio y que en situaciones "extremas" se deben tomar decisiones con la cabeza fría y el corazón duro.
Cuando motivó a su clase a que la dejaran sola, no consideró que Helga G. Pataki se iría.
Tampoco contó con que el personal "adulto" encargado de su cuidado sería más inútil que ella haciendo una dieta. ¡Tenía diez años! y su concepción del miedo se limitaba a que la tarjeta de crédito de papá se sobregirara.
Lo compensó. Se arrepintió de sus actos e intentó proteger a los otros tarados pero a ella, ya no la encontró. ¡No sabía nada de lo que le pasó hasta que apareció!
—¡Pues deberías averiguarlo! —dictaminó su padre. Mirándola con algo de recelo. Ella también lo sabía, lo sentía. El rugido del viento la llamaba a gritos, la instaba a salir de su casa e ir una vez más en busca de ella. Algo le pasaba, la atormentaba, transformaba. ¿Qué sucedió esa noche en que para ellos parecieron abrirse las puertas mismas del infierno?
Su persecución fue caótica y aterradora, pero no tenía ni idea del peligro que enfrentaron ellos. Phoebs y Gerald nunca quisieron decirlo. Tan solo se limitaron a decir que los perdieron detrás de la cascada. Iban en la dirección correcta, tenían pistas para suponer que sus padres se encontraban presos en esas tierras.
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Continuará...
N/A: Como siempre he hecho de las mías y es bastante probable que no me entendieran. Si se confundieron o quedaron dudas pueden hacerlas, yo les respondo a la brevedad. Shiroi Kimiko, en el siguiente ya es la ultima parte de San Lorenzo. Lo prometo. Besos y cositos dulces a todos.
"Si les gustó la historia, dejen un comentario, tomen una galleta y pasen a la sala de espera.
Si no les gustó por favor no hagan nada e igualmente se los agradeceré"
Hasta la próxima.
