.

.

.

SAN LORENZO
Tiempo atrás.

.

Durmieron hasta sentir los estragos de la dura piedra bajo su piel, además del frío propio de la luna entrante. Sus sueños, volvieron a traer historias de aquella pareja destinada a quererse y dejarse.

Helga no evitó lloriquear un poco contra el pecho de su mejor amiga. Phoebs asumió que seguiría sufriendo por su amor no correspondido y aunque odió a Arnold, se recordó que esta sería la última vez. Les quedaban dos días de viaje y la ruta que trazaron debía hacer que esa misma noche llegaran a la zona donde sus padres desaparecieron.

Pataki agradeció los mimos de la pequeña asiática y también, el que los otros dos tuvieran el sueño tan pesado que hasta estaban roncando. Volvieron a salir primero, en busca de algún yacimiento de agua donde poder refrescarse. No es que fueran demasiado exigentes pero su cabello comenzaba a enmarañarse y sus ropas a oler bastante mal.

Al hallar lo que querían unos diez metros por arriba de la cueva, peinaron sus cabellos, orearon su ropa y ocuparon unos quince o veinte minutos más en reconocer que la oscuridad en San Lorenzo, no era tan absoluta como esperaron.

Había zonas que resplandecían y las hacía pensar en la magia: Duendes, brujas, hadas.

Ambas seguían creyendo en la fantasía y sentían el impulso infantil y aventurero de correr por esos senderos pero debían mantener su mente fría y recordar, que en ese lugar. A lo que no se quiere, se mata.

Sus compañeros de viaje no tardaron mucho en alcanzarlas. Arnold no omitió sonrojarse en cuanto sus ojos se encontraron con los de la rubia. Había soltado sus cabellos, se veía preciosa, además de que en esos momentos (de intimidad) lograba verla como era en realidad.

Era ella misma, la que hablaba a Phoebs de las luciérnagas como si no las conociera y las describía como pequeñas criaturas caídas del cielo. Nacidas en un fuego nuevo y enviadas por los Dioses para mostrar el camino a los guerreros de corazón noble o en su defecto, enviarlos al mas desconcertante de los destinos si es que estuvieran ahí para cometer actos de barbaridad y crueldad.

Gerald silbó por lo alto y comentó, que con toda seguridad ella terminaría en el sendero "oscuro" sus intenciones no eran nobles, ni su corazón puro.

Helga enarcó una ceja, giró en redondo y volvió a levantar su cabello en dos coletas perfectas.

—¿Disfrutaron su sueño, princesas?—preguntó cruzando los brazos a la altura del pecho. Su amigo respondió chasqueando la lengua.

Era impresionante (por no decir que intimidante) lo rápido que podía ocultar su verdadera faz detrás de aquella máscara de hostilidad. Gerald refutó a voz en grito y así, ambos comenzaron a insultarse en lo que él y Phoebs suspiraban resignados y encendían una diminuta hoguera para preparar la merienda.

—Tira eso, hermana. ¡Necesitamos proteína, no más sopas instantáneas! —declaró la rubia, tras haber empujado a Gerald y decidir pasar de su total existencia. Heyerdahl dudó sobre su siguiente acción y es que aunque todos sabían que necesitaban eso, no se les ocurría una forma "no violenta" de conseguirlo.

Él era pacifista, la asiática se consideraba casi vegetariana, lo de Gerald eran las cadenas de comida rápida y en conclusión, dudaba que el curso de rescatistas le enseñara al "Terror Pataki" a cazar, desollar y preparar su deliciosa cena. Phoebs terminó por acatar la orden y derramar la sopa instantánea junto con el cazo de agua tibia.

—Ya está, he tirado nuestra última ración de comida instantánea.

—¿!QUÉ…!? CÓMO QUE ULTIMA, SI DEBÍA DURARNOS HASTA…

—Te recuerdo, que somos cuatro. —interrumpió su discurso en un tono de lo más calmo.

—¡OH, GENIAL! ESTOS ZOPENCOS SE ACABARON NUESTRA COMIDA.

—¡OYE…! —Gerald iba a iniciar un muy bonito discurso pero él lo acalló porque era cierto. No prepararon nada y sino fuera por la tenacidad de Phoebs y el coraje de Helga, ellos se habrían muerto de hambre, frío o heridas múltiples desde la primera noche porque hasta las mantas térmicas y equipo médico lo trajeron ellas.

—¡OIGO NADA! —gritó la rubia. —Estamos en una parte crucial de nuestra "expedición" sus padres desaparecieron ahí a donde vamos. Y dado los comités de Bienvenida que nos han acogido voy a asumir que a ellos les tocó uno peor. ¡Tenemos que fortalecer nuestros músculos y avispar nuestra mente!

—¿Sugieres conseguir pescado, carne roja o huevo?—comentó la morena siguiendo su línea de pensamiento y mirando el amplio espacio que se extendía a su alrededor.

Más bolas de fuego se encendían por ahí y por allá. Era obvio que aumentaba el número de personas que los perseguiría en cualquier instante. Sudó frío, su corazón se estrujó al interior de su pecho porque a penas si lograron salir con vida de aquella estrecha cueva y ni siquiera lo hicieron por sus propios medios.

Se debió a una fuerza sobrenatural. Un terremoto o quizás…

—¿Ya vieron el volcán? —preguntó Gerald señalando con el dedo índice de la mano diestra. Todos negaron con el rostro y se esforzaron en ver lo que describía.

Esas luces, diminutas y sensuales que confundieron con luciérnagas de manera inicial y avanzaban como fuego fatuo se concentraban en un mismo punto. Les costó trabajo reconocerlo dadas las sombras monumentales que aparecían por todos lados y que debían describir diminutos cerros o peñascos, pero eso de ahí, sin lugar a dudas era un volcán.

La figura central de los mapas de Miles, su punto de referencia y a su derecha debía estar el templo que vio nacer a su querido amigo. No lo identificaron antes porque todo lo que alcanzaban a ver estaba cubierto de maleza, como si ese lugar no hubiera sido habitado u explorado en los diez años que tenían de vida.

Shortman se colocó a la izquierda de Gerald y le dijo que sí lo veía. No solo eso, alcanzaba a reconocer la tribu entera.

—¿La qué…?—preguntó Johanssen afinando su vista, pero solo veía más fuego danzando.

—Las luces…. —comentó Phoebs, advirtiendo lo mismo que él.

Helga se había ido a conseguir proteínas y ni uno de ellos se había dado cuenta. Estaban demasiado absortos por el descubrimiento y angustiados en su fuero interno porque no se sentían con la fortaleza o vitalidad para correr entre escombros de nuevo.

Gerald palideció al darse cuenta de que eran personas. Todas esas luces, no venían de los Dioses (como dijera su lunática amiga) y en definitiva, no estaban ahí para guiarlos por el camino correcto.

Querrían empalarlos, adobarlos a las suaves brasas y devorarlos con salsa de manzana. Tan pronto como lo pensó dirigió su mirada a Phoebs encontrándola igual de pálida, sus ojos férreos pues era una mujer de palabra y si de acompañar a su amiga a las puertas del infiero se trataba, ella lo haría sin chistar. Arnold ni se inmutaba, miraba el espectáculo de luz y sombra igual de empeñado y pálido. La psicópata no estaba y él no sabía si se tendría que alarmar. Su corazón se paró en seco, más rápido de lo que se esfuma un suspiro, pues de un segundo a otro un sonido de lo más estremecedor se elevó por el cielo.

Era el aullido de un cuerno.

Todos se remitieron a películas de acción donde el furioso líder llama a las armas y los dos bandos se enfrentan cara a cara luego de recorrer treinta metros libres con escudos, espadas y lanzas.

Tragaron en seco, se tomaron de las manos y difícil sería decir cual de los tres tenía el tacto más helado. Helga regresó en ese instante, pero decidió no hacer burla de su condición.

Ella era una guerrera nata. Lo sintió en sus huesos tan pronto como ella y Phoebs dejaron la seguridad de su cueva. Mientras peinaba sus cabellos con dedos desnudos, ojos cerrados y sus miembros temblaban porque quizás, esta sería la ultima vez que fantasearía con tocar las hebras doradas de Arnold.

El viento helado, lo susurró a sus oídos también, le recordó el motivo por el cual es que estaba ahí. "Para devolverle a sus padres y arrancarlo de su corazón" advirtió el fuego de las antorchas siendo encendidas a lo lejos, sus vellos se erizaron de la cabeza a los pies y su sangre se calentó presagiando el inicio de una buena querella, optó por distraer a Phoebs como haría una madre con su única hija.

Le habló de un fuego nuevo, destino incierto, pues era eso lo que estaba sintiendo. Un cambio profundo y aterrador, tanto en su mente como corazón.

Ahora debían enfrentarlo con decisión.

—Coman rápido. —les ordenó. —Subiremos por la ruta que previamente trazaron. Ellos están en el volcán, les tomará un tiempo llegar hasta acá y si nuestras deducciones son correctas, la entrada a la tribu se encuentra por arriba de la cascada. —sus amigos asintieron en sincronía perfecta. Ni siquiera Gerald se aventuró a agregar comentarios hirientes aunque eso pudiera ser porque ella se tomó la libertad de pintar sobre su rostro unas cuantas líneas de barro en la frente y mejillas.

—¿¡Qué!? —preguntó molesta, dejándose caer en posición de loto con los brazos cruzados a la altura del pecho. —¿No vieron la película de Mel Gibson?

—¿Esa no acababa con todos muertos?—respondió Gerald.

—No lo sé, sólo veo las partes sangrientas y luego le cambio al béisbol.

—¿Qué comeremos? —preguntó Phoebs acercándose a la diminuta hoguera.

—Créeme si te digo que no quieres saberlo. —la "cosa" que se retorcía en un total de seis larguiruchas varas, era delgada y de piel extremadamente blanca, ella la abrió en canal para sacarle las vísceras y cosas duras, la limpio lo mejor que pudo en el yacimiento de agua que previamente encontraron.

Phoebs tocó una de las ramitas que pendía al fuego vivo consumiendo la carne y llevándola del color blanco y rosado a uno mucho más tostado. Agradeció que Helga le tuviera pavor a las ratas, porque ni por todo el oro de China, ella se tragaría una rata. Quizás era un pez, —horroroso y deforme pez— No, la rubia no estaba mojada. —¡Oh, por Dios! era una serpiente— Su estómago se encogió y sus ojos reprimieron diminutas lágrimas. Helga debió apuñalarla con algo afilado como una rama y después desollarla con la navaja de Gerald. ¿Pero, y el veneno? No todas las especies eran venenosas pero, ¿Cómo saberlo? ¡Dios mío, cómo es que Helga podría saberlo…!

—Que asco….—comentó Gerald tocando por igual una rama. Arnold sufrió porque no es que fuera payaso, ni nada de eso, pero en serio. No quería pensar en el sufrimiento de esa pequeña y rastrera cosa que los iba a alimentar.

—¿Se quieren desmayar a media persecución? —preguntó Pataki tomando su rama y levantándola hasta enfriarla a la altura de sus labios.

—N…no sé, quizás sea mejor. Sentir como te apuñalan, desangran y demás, no ha de ser divertido. —Gerald imitó a su amiga levantando la rama, acercándola a su rostro para olisquear un poco. No identificó aroma alguno más allá de carne quemada al rojo vivo.

Helga sonrió diabólicamente ante la expectativa de todos.

—Cobardes. —acusó y devoró su parte de una mordida mientras Arnold sentía diminutas arcadas, Phoebs cerraba los ojos y Gerald juraba que en cualquier momento se llegaría a desmayar. —No sufran bebés, sabe a pollo y por cierto, nos tocan dos porciones a cada uno.

Heyerdahl se resignó y acabó rápidamente con lo suyo. Aún tenían agua en abundancia así que le dio un buen sorbo a la botella que compartía con Helga, Gerald se comió su ración maldiciendo, gimoteando y casi vomitando. Arnold agradeció de manera mental a la "criatura" que sacrificó su vida para prolongar la suya. Luego del interludio, Pataki se limpió la boca bebiendo y escupiendo a sus pies. Arnold notó sus labios enrojecidos y humedecidos, los instintos alerta y una suave pero notable sonrisa bélica.

Los instó a decorar sus rostros. Unirse al "espíritu de la Selva" pero ninguno de ellos quería participar en una pelea. Helga resopló frustrada y los mandó a hacer lo que quisieran. Como ya no tenía caso cargar tanto equipaje, dejaron las mochilas en su improvisado campamento. Cada uno se colocó una cuerda con arnés a la cintura, las linternas que sobrevivieron eran dos, así que ahora sí, estaban perdidos.

No más peleas, no más cada quien por su cuenta.

Gerald decidió que fuera Phoebs quien llevara la linterna de "su equipo" Arnold quiso tener la misma cortesía con Helga pero la rubia se negó.

—Los pequeñines van al frente, chaparro. —el calificativo le hizo pensar en su abuelo, sentir nostalgia por su hogar y es que no era justo o lógico, que quisiera comprometer todo su universo por un par de desconocidos.

"Carnada" fue a la cabeza, "Dorado" algunos metros por detrás, sin tomarse de las manos aunque era evidente que ambas parejas querían tocarse mucho más de lo que necesitaban hablarse.

Pasados unos minutos en los que creyeron haber ganado una distancia segura entre los nativos y ellos, Johanssen dijo recordar leyendas pertenecientes a "La Noche de todos los Santos"

Ceremonias antiguas donde los pueblos igualmente se vestían de fuego. Ya fuera con farolas, antorchas o fogatas, las encendían para marcar el camino que atraería a las almas de regreso a este plano. A las doce de la noche se abría la brecha. La puerta entre los mundos y entonces los seres perdidos se reunían con los vivos.

Un viento aún más helado corrió entre sus cuerpos, poniéndolos alerta y asustándolos por completo. En los segundos o minutos que duró esta vacilación cada uno dedicó un pensamiento a los que perdieron. Sus abuelos en el caso de Phoebs y Gerald, quienes estuvieron con ellos durante un breve periodo de tiempo. A los que siempre quiso conocer (en el caso de Helga) los que podrían entender los atormentados sollozos de su fragmentada alma, quienes la abrazarían sin juzgar y amarían a la persona que era en realidad. Arnold pensó en sus padres porque aunque no quisiera aceptarlo era bastante probable que estuvieran muertos y ellos a unos días de igualar su destino.

Gerald presionó la mano de Phoebs en el interior de la suya, el mismo tacto helado, pero en cuanto sus ojos se encontraron comenzó a tornarse cálido. Levantó la voz, recordándole a todos que sus seres queridos no querrían que les gobernara la tristeza o la "oscuridad"

—El fuego muestra el sendero, la alineación de los mundos abre las puertas, las animas salen, pero también todas las cosas funestas. La debilidad de su corazón. Tienen que olvidarla o de lo contrario, se unirían a los que perdieron.

—¿¡Qué…!? —esa declaración hizo "despertar" a Arnold. Sintió el viento helado cortando su carne, desacomodando sus cabellos, vio a sus amigos en íntimo abrazo de manos, sonrisas cálidas en sus rostros y eso lo tranquilizó. Helga por el contrario, les dio la espalda a todos y avanzó montaña abajo.

—¡NO!—Phoebe gritó e intentó ir a su lado pero Gerald la frenó. Esta era una batalla interna, no le correspondía a ella o a ninguno, librarla por Helga.

Arnold lo mandó al carajo, se repitió a sí mismo que prefería estar muerto a perderla. Corrió tras ella, tiró de su brazo, giró su cuerpo, la rodeó por la cintura uniendo sus cuerpos y también frentes.

Gerald sudó frío, Phoebe vació sus pulmones y apagó su linterna porque en serio.

No quería ser testigo de esto.

Arnold buscó la luz de sus ojos, aún eran azules pero no se veían como siempre. Aparecían apagados perdidos en algún recuerdo o escenario. Intentó convencerla de "despertar" y seguir el sonido de su voz.

—¿Arnold…?

—Sí…, quédate con nosotros.

—Pero…, ¿no los escuchas? me están llamando…

—Yo no escucho nada, Helga.

—Se sienten solos, tan solos y tristes como yo…—forcejeó para librarse de su agarre y lo logró. Él volvió a tomarla por los hombros y rodearla con su cuerpo aún en contra de su voluntad. No le gustaba esto: Que lo mirara sin ver, le hablara sin reconocerlo. Que se sintiera triste y sola. La ansiedad y el temor comenzaban a consumirlo y entonces se permitió ser sincero.

—Si te vas, yo me sentiría peor…

—Mientes…

—No lo hago…—volvió a estrecharla contra su pecho, estiró el cuello, se paró sobre la punta de sus zapatos y besó sus labios. Un contactó tímido, apenas insinuado. Sus cuerpos reaccionaron por instinto, aumentando la profundidad del beso y también revelando "más sueños"

.

La mujer que se privó de la vida. Sus cabellos rojos, labios cereza, vestido blanco teñido de sangre, pero no era que se cortara las venas o hiciera algo por el estilo, sino que él la mató.

Santo Dios...

Eso no lo había visto ninguno de los dos.

Él la mató y después…se mató.

.

Terminaron el beso, ambos con los ojos y mejillas húmedas de llanto. No entendían por qué veían o recordaban eso, pero la mujer del sueño les hacía pensar en Lila. Una versión adulta, trágica, hermosa y mortal de Lila. ¿A caso, eso le sucedió a su amiga en alguna vida pasada?

Se fue de este mundo de esa manera tan cruel y entonces esta era la buena.

Debía estar con alguien que la cuidara y amara con reciprocidad.

Sus emociones impactaron en sincronía y el temblor en sus ojos delataba que habían llegado a la misma conclusión. "Él podría ser ese hombre para ella, el caballero galante en armadura de plata" La imagen mental que se armó Helga de ellos, volvió a fragmentar lo que quedaba de su corazón.

Y sin embargo, esa era la idea.

Desprenderse de ese órgano muerto, arrancarse toda esperanza de llegar a merecer su amor.

.

—Voy a golpearte si vuelves a hacer algo como eso, Arnold.

—¿Despertarte…? —respondió como si no tuviera idea de lo que hablaba, porque sí, le fastidiaba que usara tantas máscaras delante de él, que no pudiera ser honesta con sus sentimientos, pues ese beso fue profundo y sincero. Sus labios punzaban y permanecían húmedos ahí donde ella los había reclamado y si eso no significaba algo, entonces él estaba perdiendo el sentido de la realidad.

—Sabes de lo que hablo. —respondió altiva y aunque lo sabía. Prefirió decir que no. ¡No iba a permitir que lo sacara de su corazón, sin antes decidir si la quería o no!

Salvarla, en este instante fue un impulso, idéntico al que lo gobernó la noche anterior en la cueva. Su necesidad de elegirla a ella, pelear por ella, hacer lo que fuera por retenerla. A sabiendas de que también, le preocupaba Lila.

.

Los cantos bélicos, el sonido aterrador del cuerno se escuchaban cada vez más cerca. La inseguridad de su corazón igualmente iba en aumento, pues aunque estuvieran juntos y a salvo, el viento helado sólo transmitía eso y la noche parecía conformarse por un montón de sombras. Objetos inanimados o quizás fueran ciertas las palabras de Gerald y estaban rodeados de las almas venidas de otro mundo.

La rubia se abrazó a sí misma y él no dudó en acercarse a su cuerpo.

Lo rechazó.

—¿Si entiendes que tienes que dejar de usar mis sentimientos por ti a tu favor?

—¿Qué…? —Pataki acarició su rostro con dedos trémulos, él tembló de cabeza a pies por lo frío de sus manos, luego la vio hacer lo mismo con su propio rostro y se dio cuenta de que al besarla, debió mancharse de barro.

Sus símbolos tribales, el espíritu de la selva, sus ganas de pelar.

Se habían ido.

—Digo que no puedes volver a besarme.

—Hel…

—Y tu uso del lenguaje por fin ha sido el apropiado, Arnold. "Me despertaste" comprendo ahora que sigues siendo un niño cruel, egoísta y mimado. ¿Quieres a tus padres y a nosotras dos? ¡Ja! Confórmate con alguno. No puedes tenernos a todos.

—¡No…! Espera, yo…

—Conozco demasiado bien tus ojos Arnold, esa luz en tu mirada que describe a lo que llamaría el "hombre correcto" si crees que eres la segunda oportunidad de Lila, adelante. Ámala, cuídala, protégela. Mi idea del amor es un poco más retorcida que eso. No niego que me gustaría, de vez en cuando una cena a la luz de las velas en el Chez Paris, pero tu crees que el amor es deber, obligación y compromiso.

Yo creo que el amor es esto. Arriesgarlo todo, perderte en la selva, correr entre piedras, luchar contra sujetos gigantes, olvidarte de tu propia seguridad con tal de garantizar la de alguien más. Gritarle tu frustración a la luna, llorar hasta quedarte seca.

—Helga…

—No lo repetiré otra vez. Nuestro trato sigue siendo el mismo, "tus padres por mi amor" De eso ultimo ya no queda mucho. Y la parte curiosa es que de haberlo pensado antes, si en lugar de "acosarte" te hubiera conocido, me habrías agotado al instante. Y quien sabe, ahora podría estar peleando con Rhonda por el gordo trasero de Harold.

—¿¡Qué…!?

—El gordinflón tiene lo suyo, un no se qué, que qué se yo, o tal vez sean sus ojos diminutos y redondos que lo hacen lucir como un corderito al que podría aterrorizar con excesivo gozo. —lo pasó de largo y él sintió como se vaciaban sus pulmones además de unas inmensas ganas de gritarle que se quedara y volverla a besar.

¡Dios…! Si era un pesado, egoísta y malcriado.

¡No! ¡No lo era!

Sólo estaba confundido y tenía (como señalara Gerald en repetidas ocasiones) corazón de condominio.

.

Helga fastidió a sus amigos, acusándolos de estarse manoseando y besando. Ambos negaron los cargos. Lo único que habían hecho era compartir historias de sus abuelos y tratar de mimetizarse con la piedra húmeda del camino.

—¿Húmeda…? —los tortolitos asintieron. Ella aspiró una gran bocanada de aire y sonrió.

Estaban cerca, luego de algunos metros de terreno dificultoso el susurro de la cascada se escuchaba tan fuerte como los gritos de guerra. La parte mala de esto, es que al alcanzar un claro y levantar la vista, vieron confirmadas sus teorías sobre dos grupos de personas y la querella no parecía involucrarlos de manera directa.

—¿¡Llegamos al único lugar en el mundo donde la gente aún se está matando con flechas y lanzas!?—preguntó Gerald, con los pelos de punta.

—Creo que estamos en la línea de fuego…—comentó Phoebs ampliamente alterada.

—Eso es bueno…—reconoció la rubia y los tres la miraron como si estuviera aún más loca.

—Quieren matarse entre ellos, no se fijarán en nosotros. Y sí, estamos en la línea de fuego, pero nos doy un par de horas antes de comenzar a sentir el calor del fuego.

—¡¿QUÉ A TI TE ARRANCARON LA SENSIBILIDAD, AL NACER?! —gritó desesperado el moreno. La otra ni se inmutó.

—Me extirparon quirúrgicamente del vientre abultado de Miriam, así que tal vez…

—¡NO PELEEN! —gritó Phoebs, amarrando fuertemente su soga a la cintura. —Tenemos que movernos y llegar a la cima de esta cascada porque no voy a morir así. —los tres asintieron, imitando la acción de colocarse la soga y afianzar el arnés, pero Heyerdahl aún parecía traerla contra Arnold.

—Más vale que los mapas de tu padre, no vuelvan a estar errados y que encontremos la entrada a ese famoso lugar "endiosado" porque si no hay nada más que la oscuridad de la noche y somos testigos y víctimas de una épica guerra. Mi espíritu errante encontrara la entrada a este mundo año con año y atormentará a tu familia por eones. Soy japonesa, mis ancestros creen en la reencarnación y te fascinará esto. Somos muy, pero muy pacientes, si se trata de cobrar venganza para limpiar nuestro nombre o recuperar el honor.

Gerald volvió a caer de bruces sobre la piedra húmeda, Helga le hizo una reverencia a su amiga y la siguió dando diminutos saltos. Él se preguntó si su abuelo habría hecho enfadar a algún japonés durante la guerra y por eso estaba convencido de tener una "maldición"

El terreno montaña arriba era distinto, la piedra pasó de porosa y filosa, a suave, resbaladiza y lisa. Helga, por ser la mas temeraria y también la que más se preparó para esto, les indicó que iría a la cabeza.

—Pisen y apoyen sus manos únicamente donde yo lo haga. A no ser claro, que meta la pata. Si se cae alguno, procuren proteger su cabeza con ambos brazos, retengan la mayor cantidad de aire posible en los pulmones y no luchen contra la corriente. Se hundirán más rápido si lo hacen. Y aunque sé que me llamarán desquiciada, lo mejor es que se dejen llevar. La corriente los arrastrará en menos de lo que creen a territorio estable, entonces. Si no se hicieron mierda al chocar contra alguna filosa piedra o se quedaron inconscientes por impactar contra el agua helada, sufrieron un paro cardíaco o cualquier otra situación, busquen una posición cómoda y floten cual cadáver. Esto ultimo porque en tiempos de guerra, la sugerencia de mi padre es, hacerte el muerto.

Tres cabezas la miraron como si efectivamente, estuviera alucinando. Ella sonrió aún más ampliamente. Estaban en la zona cero, es decir donde desaparecieron sus padres. Y ya fuera que quisieran o no, tenían que seguir avanzando.

La cascada caía imperiosa, furiosa y letal por delante de sus cuerpos. Estaban subiendo detrás de la cortina de agua, el camino era difícil, más de lo que imaginaron. Una trampa mortal que ya estaba lastimando sus cuerpos, cortando su piel y convirtiendo su determinación en nada mejor que un espagueti. Por esta razón tuvieron que cortar sus ropas y colocarse pedazos de tela a manera de guante para no lastimar sus manos. Damas y Caballeros disfrutaron la vista que ofrecían los contrarios con un poco menos de ropa y totalmente mojados. (que se estuvieran jugando la vida, no quería decir que dejaran de tener ojos o experimentar deseos y sensaciones)

Una vez acordaron seguir a Helga y convertirse en cadáver si es que caían, pensaron en la situación obvia.

Sus padres debieron caer.

Romperse el cuello contra la afilada piedra y eso sucedió hace tantos ayeres que imposible sería recuperar sus restos. Los animales salvajes, la naturaleza indomable debió dar rápida cuenta de ellos, pero a pesar de pensarlo ninguno lo dijo en voz alta pues en este momento. No se arriesgaban por ellos. Estaban en la línea de fuego y una cosa era verlo en televisión y otra muy distinta, sentirlo en carne propia.

.

Tras varios metros, llegaron a un punto en el que los cuatro estaban totalmente agotados. La salida se veía cerca, ya advertían débiles rayos de luna, además de que el ambiente era mucho más calmo ahora. Podían respirar con tranquilidad, dejar de sentir el pecho oprimido y es que durante todo este trecho, la humedad y los espacios tan reducidos los llevaron a creer que en cualquier instante se caería alguno de ellos. El eco de la cascada hacía que no lograran escuchar nada más que su respirar y eso en lugar de reconfortarlos, los hacía pensar en una posible emboscada.

Helga y Phoebs escudriñaban las sombras con sus lámparas, confiaban más que nunca en sus instintos y es por esto mismo que Johanssen no se separaba demasiado de su pequeña ensoñación asiática. Y aunque fuera un idiota, indeciso, egoísta, ególatra, encarnación física y espiritual de todo lo malo en el mundo. Arnold Shortman no se alejaba de Helga G. Pataki, bastaron dos centésimas de segundo, dos gritos ahogados para que supieran que lo que estaban temiendo, ya era un hecho.

.

Fuego nuevo, enviado por los Dioses para guiar a los de corazón noble o destruir a los que no tuvieran buenas intenciones.

Es decir, que los rodearon por ambos lados y Helga les recordó el tema de los ojos, no tendría por qué haberlo hecho. También pensaron lo mismo.

Hombres de ojos rojos se localizaban a su izquierda, justo frente al lugar donde creían que estaba la salida. Ojos verdes se colocaban con lanzas y antorchas en el camino incierto que recorrieron. Al verlos, sintieron un claro estremecimiento y una punzada de horror. Lo hacían parecer tan fácil y natural. Pararse ahí, completamente erguidos sobre sus pies desnudos cuando a ellos les costó sangre, sudor y casi jurar que con cada paso que daban se les iría su ultimo aliento.

.

—Entreguen al Milagro y no les haremos daño…—comentaron los de ojos verdes en su idioma natal. Solo Arnold comprendió lo que decían y aunque se colocó por delante de sus amigos para ofrecer protección, con un movimiento de rostro negó.

—Entreguen a los dos y será menor su dolor...—eso lo profirieron los de ojos rojos. En perfecto inglés y aunque no los señalaron con algún instrumento o dedo, Gerald y Phoebe supieron que se referían a ellos. Arnold era el "milagro" y Helga la lunática que derribó al mas grande de su manada. Se tomaron de las manos, ellos dos en perfecta unión. Pataki buscó el tacto de su mejor amiga y aunque lo encontró, la pequeña mano soltó la suya. Se extrañó por el hecho pero debía conceder que esto era algo extremo.

No estaban en alguna plaza comercial enfrentando a un sujeto obsceno que las quisiera incomodar.

Estaban sobre piedra mojada, detrás de una cascada a sabrá Dios cuantos kilómetros de las personas que los conocían y amaban. Luchando, no por conservar la vida, sino por reducir la agonía de su despedida. Buscó de nuevo con la fabulosa lámpara que robó de la caja de herramientas de Bob, lo imaginó maldiciendo y rumiando al interior de su casa por ese condenado aparato, en lugar de preocuparse por que ella comiera o no se lastimara en la Selva. Ese trauma lo dejaría para después y a decir verdad, ni siquiera debía contar como tal. Sus tratos rudos, su indiferencia, la hicieron ser como era.

Y estaba orgullosa, de irse gritando, peleando y arañando de este mundo.

Encontró lo que ya antes había observado, una gruesa liana verde que pendía a unos cuarenta o sesenta centímetros de sus rostros y que en teoría, debía ser tan larga como para sacarlos de ahí. Si se columpiaban y tomaban suficiente impulso, si ninguno de los nativos los alcanzaba por los tobillos, si no se soltaba ninguno. Saldrían de ahí y protegerían a los suyos.

Arnold ocupaba su tiempo en mirar a los de ojos verdes, como si los conociera, entendiera o en su defecto, quisiera escuchar los términos de su convenio.

—¿Cómo sé que no van a herirlos?—preguntó en español, para la sorpresa de sus amigos y el orgullo de los guerreros.

—Hemos esperado un largo tiempo por tu regreso. Sin embargo, lo que debía ser tu fiesta de bienvenida y ritual de preparación. Se vio transformado en la revelación de una traición.

—¿Está diciendo que no pretenden lo mismo?

—En efecto.

—Ellos ya han intentado asesinarme a mi y a mis amigos.

—Y sin embargo, creíste en quien eres y sigues aquí.

—Yo no…

—¡BASTA DE CHARLA! ¡VINIMOS A ROMPER SUS HUESOS, DRENAR SU SANGRE Y EXTRAER EL CORAZÓN! —Phoebs y Gerald, cerraron los ojos y se abrazaron el uno al otro con desesperación. Helga se conmovió por la escena y de verdad esperó que sus presentimientos fueran certeros.

Quienes querían su sangre los perseguirían allá donde fueran. Así funcionaban las sectas, ella y Arnold eran "sacrificio" tal vez por su color de ojos o cabello. No lo sabía y no tenía caso buscarle algún sentido. Lo importante es, que quería creer que los de ojos verdes, no tocarían a sus amigos y a manera de petición u ofrenda, enunció el único poema que conocía en su idioma.

.

.

.

"…Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida…"

.

Un silencio sepulcral acompañó su inventiva. Buscó la mano de Arnold y él la presionó fuertemente en el interior de la suya. No sabía que pretendía al entonar poesía, pero los de ojos verdes se impresionaron por su elocuencia y dicción. Phoebs comenzó a sollozar, Gerald la intentó tranquilizar, ella siguió hablando en voz alta porque le encantaban las palabras escritas y de manera real, nunca fue buena con las despedidas.

.

"…porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino…"

.

El moreno levantó el rostro y miró a sus amigos con convicción. "Se quedaban, hasta ahí los acompañaban" y aunque lo sabían, no había condena, rechazo o reproche en la mirada que le dirigieron en contestación.

Helga miró a Arnold, sus mentes y corazones una vez más conectaron, con un movimiento de rostro le mostró la liana sobre sus cuerpos. Él pensó en Industrias Futuro, en el cable metálico, el momento en que saltaron sin vacilar de aquel techo elevado.

.

Amar era esto.
Helga tenía razón.

.

Olvidarte de la seguridad personal, en pos de proteger a alguien más. Le dijo que estaba de acuerdo con su alocado plan y volvió a dirigirse a los de ojos verdes.

—Si demuestran que están a salvo. No solo ellos, sino todos los que vinieron conmigo, me entregaré.

—Te damos nuestra palabra y como un acto de confianza requiere de otro igual, te rogamos que nos sigas ahora.

—Me gustaría hacerlo, pero algo me dice que ustedes tienen honor y ellos, no. —dirigió su mirada a los ojos rojos. Seguían manteniendo su distancia pero no porque respetaran a alguno de los involucrados, sino porque "la sombra" les prohibió asesinar al milagro.

Tenían que arrastrarlo por todo San Lorenzo, hasta postrarlo a sus pies. Tanto a él, como a la mujer. Otros de sus hombres buscaban a la pelirroja. Estaba claro que "el niño" aún no decidía a quien querer, pero la prueba de las sombras servía para eso.

Cuando el ritual se efectuara y la oscuridad reclamara su parte, llenando de angustia e inseguridad los corazones de sus amadas, él sólo podría rescatar a una. Quien fuera su alma gemela, la otra se convertiría en alimento para su Diosa. Sonrieron ante la contemplación de la idea porque les prohibieron matarlo a él, pero podían "divertirse" con ellas. Los ojos verde levantaron sus armas en notoria amenaza.

—¡Ja!— Como si ahora, los fueran a escuchar.

El sacrificio se llevaría a cabo, "la muerte" renacería, "la sombra" regresaría y con ella sus antiguas costumbres. La adoración a los Dioses, preparación de guerreros, los combates a muerte. Todo lo que practicaban y que generación tras generación habían conocido.

.

.

.

Su voz llegó a la parte final del poema, Phoebs se aferró con mas fuerza a las formas de Gerald, conocía el escrito tanto en inglés como en español. Helga se lo enseñó así pues aunque la traducción era buena, estuvo decidida a respetar al autor y evocarlo en su idioma.

.

"…Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida estamos en paz!..."

.

Los ojos rojos levantaron las armas y corrieron hacia ellos. Les enviaron a apresarlos, no adorarlos, ni mucho menos escucharlos. Ojos verdes arremetieron por igual. Phoebs y Gerald, ya no supieron nada más, abrazados el uno al otro se tiraron al piso como si de ello dependieran sus vidas. La tierra temblaba, las voces reverberaban, los gritos guerreros sofocados por la corriente de la cascada y es que llegados a este punto no sabían cual sería la salida más indolora. ¿Dejarse caer? ¿Internarse defender? ¿Una puñalada en el esternón y ya estaba. No más dolor, no más sufrimiento, no más dormir con el corazón en un hilo?

No lo supieron.

De verdad que no. Escucharon a Arnold y Helga gritar que volvieran al campamento. Quisieron mirar, pero ninguno de los dos se atrevió a hacerlo. Los traicionaban, años de hermandad, amistad y era aquí. En el momento decisivo, ante el umbral de la cuna y la tumba que les daban la espalda.

.

.

.


HILLWOOD.
Tiempo actual.

.

Confesar los detalles de su traición, se sintió peor que revivir todo aquello en conjunto. Phoebs terminó por sollozar contra el pecho de su padre, tanto Kyo como Reba Heyerdahl estaban impresionados por la actividad de su hija.

Recordaban todas esas salidas al centro comercial donde tenían ese simulador de alpinismo, también el equipo deportivo que le llegaron a comprar y que incluía esas sofisticadas gafas con aumento. Creyeron, que en esa excursión practicarían deportes extremos como remar en los rápidos, descender a grutas profundas, bucear con delfines, pero todo eso lo referían con la supervisión de un adulto ampliamente calificado. Jamás imaginaron que lo haría en compañía de otros tres chicos. Sin ninguna preparación más allá de su instinto y lo poco o mucho que Kyo le llegó a enseñar de esgrima. El momento fulminante, lo sucedido tras la cascada y que evidentemente no la dejaría de torturar jamás, los tenía consternados.

Vida o muerte.

A consideración suya no se trataba de ninguna traición sino del instinto más básico del ser humano. Supervivencia. Había personas que se comían unas a otras cuando no tenían más alimento. A quienes no les temblaba la mano a la hora de disparar a otro ser humano porque eran ellos o aquellos. Y por la descripción que les dio, eso era una guerra.

Una que no tendría por qué haber presenciado a tan corta edad y que sin embargo, una vez más debía librar. La confortaron lo mejor que pudieron, asegurándole que seguía siendo una buena persona. Su mejor amiga y el joven Shortman se encontraba bien. Ambos regresaron a casa con bien.

.

.

.

—Sí, pero es que se trata precisamente de eso, abuela.

.

Esta escena ya sucedía en la alcoba de Odette Johanssen, la buena mujer había escuchado exactamente la misma historia y aunque se sorprendió por los detalles bélicos, sólo tenía que ver a su nieto para recordar que todo eso ya era agua pasada.

Regresaron a casa, todos lo hicieron.

—No tenemos idea de cómo volvimos al campamento. Estábamos rodeados por todos lados, yo me abracé a Phoebs y de pronto todo se puso negro. Como si nos hubiéramos desmayado, un K.O perfecto y al abrir los ojos ya estábamos a unos cincuenta metros del resto.

El lugar donde comenzamos y había suficiente evidencia de que los nativos aún estaban acechando. Corrimos, encontramos las tiendas de acampar y nuestros amigos nos recibieron con alivio. Ninguno quiso hablar de eso, como si no decirlo significara que no era real y que no estaba sucediendo pero vi el temor en sus ojos, lo rasgado y sucio de sus ropas, algunos estaban vendados otros con heridas mayores y menores. Cuando Stinky y Lila preguntaron por Helga y Arnold, Phoebs rompió en llanto y dijo que los perdimos.

¡Los perdimos!

Cuando sabíamos bien que era una mentira. Los dejamos a su suerte, tras escuchar que querían romper sus huesos, drenar su sangre y arrebatarles el corazón. Jamás he sentido tanta culpa en mi vida pero lo acordamos así porque si decíamos algo…

.

.

.

—¡Podrían matarnos a todos! —gritó Phoebs con desesperación. Su mente analítica y su corazón tan sensible que dolía. Sus padres la abrazaron de nuevo. Estaba en lo cierto, de confesar lo horroroso de su situación podrían haber puesto en peligro a todos.

—Simmons dijo que llegarían "refuerzos" a la mañana siguiente. Todo un equipo profesional de búsqueda y rescate. Los padres de Rhonda, Peapod y hasta el Señor Pataki, no escatimaron en recursos para enviarlos.

No teníamos idea de cuanto tiempo había pasado. Era de noche entonces y cuando despertamos volvía a serlo. Nos ofrecieron mantas y chocolate caliente, tratamos de conciliar el sueño pero no podíamos hacerlo. Harold y Patty nos dijeron lo cerca que estuvieron de secuestrar a Lila hacía pocas horas. Entre todos la protegieron y se defendieron, luego, tras asegurarse de que estaban completos, volvieron.

Regresaron a la seguridad de sus tiendas y se atrincheraron adentro. ¡Querían encontrarlos, claro que querían hacerlo! pero esto era peor que el infierno. Vieron los mismos fuegos fatuos. Las antorchas, flechas y lanzas, los hombres de ojos verdes y rojos. Ellos no tenían idea de quien era bueno o malo, tan solo sabían de lo cerca que estuvieron de quedarse "tiesos"

Pasaron las siguientes horas con el corazón en un hilo. Imaginando lo peor, reprochándose su falta de coraje, lealtad y valor. Curly quizás tuvo que ver con que finalmente se durmieran. Sus plantas "medicinales" disueltas en el té que les ofreció más tarde.

Descansaron sin soñar, advirtiendo la oscuridad de la nada y nada es con lo que temieron que se llegarían a quedar.

¡Abandonaron a sus hermanos!

¿Como sobrevivirían con el peso de sus actos? Pero gracias al cielo y a los Dioses que habitaban en esas tierras, no tuvieron que averiguarlo.

.

Al despertar los encontraron en el campamento.

.

Cada uno dentro de su bolsa de dormir, completamente idos, las heridas de las que ya antes habían sido testigos, los cabellos sucios, enmarañados pero vivos. ¡Malditamente vivos!

Sus manos se unían en celosa demanda. Todos fueron testigos de aquello y es que si bien, no estaban juntos-juntos aún así se buscaban.

Les dieron su espacio, pues imposible resultaría adivinar lo tortuoso de su escape. Helga llevaba los cabellos sueltos, se veía tan frágil y femenina que hasta un patán como Sid, se condolió de su estado. Lila perdió toda esperanza a que se retomara aquella charla en el río.

En lo que duró su "persecución" varias parejas se declararon.

Curly rescató a Rhonda, la mujer de alta cuna no admitiría nada (en voz alta o ante un tribunal) pero le dijo que en algún momento de sus vidas podría darle una oportunidad. Sheena hizo lo mismo por Eugene, Nadine por Peapod y Harold por Patty, los últimos dos, eran los más acaramelados. Eso claro, a parte de ellos. Gerald y Phoebs se soltaron de las manos, porque ni siquiera se habían percatado de que llevaban un buen rato tomándose de las manos.

Sus amigos les hicieron burla, pero en este momento la atención no caería sobre ellos, sino en los rubios.


.

.

.

SUNSET ARMS.

.

Los cuerpos de los chicos comenzaban a ponerse fríos, las sombras que solo "Mantecado" podía ver, entraban y salían de sus rostros, ya fuera por los ojos, la nariz, oídos o boca. A veces parecía que cambiaban su estado, como si en lugar de gaseosas fueran líquidas y negras. Petróleo, aceite o algo así de funesto.

El peludo guardián admiraba sus cambios en solemnidad, desde la seguridad de su ventana y es que los gatos son demasiado listos y saben perfectamente bien cuando hay algo que no deben tocar.

Los otros muchachos, ya estaban saliendo de sus casas, subían a sus autos y en puntos específicos se congregaban. La prueba de las sombras, que debería haberse obrado en otro momento y lugar, es aquí que se iniciaba.

.

.

.


SAN LORENZO
Ocho años atrás.

.

Sus recuerdos convergieron en el mismo punto.

.

En cuanto los nativos intentaron capturarlos, los dos saltaron. Helga atrapó la liana y él se aferró a su cintura. Un par de patadas a cabezas morenas y de cabellos negros para tomar impulso y se columpiaron como lo planearon.

Entraron y salieron de la cascada en un parpadeo, después se encontraron con un nuevo camino incierto.

La oscuridad de la noche, la luz de la luna, todas esas luces que no eran otra cosa mas que antorchas amigas y enemigas. Él volvió a presionar su mano en el interior de la suya a mirarla como estaba seguro que haría por el resto de sus días. Diciendo sin palabras que era la mujer más asombrosa que conocía y que si bien, era consciente de que no la merecía, sí la quería tener en su vida. Ella respondió con la misma mirada sincera, sus corazones hicieron eco de aquello y el momento habría sido excelso, de no ser porque los alcanzaron de súbito.

Al fondo de ese camino recién descubierto se veían las enormes puertas que sin lugar a dudas los introducirían a la tribu. Sólo debían llegar hasta ahí, correr hasta que se les agotara el aliento o les dolieran los pies. Llamar a la puerta, rogar a los Dioses, dejarse perder.

Emprendieron la huída, tomados de las manos y pronto la tierra comenzó a temblar.

Las enormes puertas se abrían y el piso bajo sus pies caía. ¿¡Qué era esto una ultima prueba!? Se separaron, pues a pesar de sus intentos por mantenerse unidos, las grietas se abrían por todos lados y la superficie sobreviviente parecía inestable para sostenerlos a ambos.

A Helga la atraparon y él estaba a casi nada de atravesar las puertas. Más ojos verdes salieron a recibirlo, dentro se veía lo que parecía ser una enorme fiesta o ceremonia. Danzantes, vestidos como en los libros de historia antigua, penachos de plumas, telas bordadas, faldas largas, pechos desnudos, voces alegres, comida, bebida y delante de todo eso dos personas con los rostros gélidos.

¿Eran sus padres?

Helga los vio mucho antes que él, ya que todo lo que podía ver aquel, era que la tenían presa y que estaba perdida. Le rogó que se fuera, el encierro no la ponía nerviosa ni tampoco el que la hirieran. Cuando encontrara a sus padres ya irían los tres a buscarla pero se negó.

—¡Cobarde! —gritó con desesperación y dolo. ¡Tanto sacrificio! ¡¿Tantas peleas entre los dos para que no lo hiciera?!

—Si…—admitió y por instante lo odió. Sus captores sonrieron, volvieron a usar el idioma natal a sabiendas de que ella no lo entendía.

Le pidieron que hiciera su elección. ¿Era esta su elegida? ¿O la que tenía oculta? Él no ofreció respuesta alguna, levantó el rostro y comenzó a caminar erguido hacia ellos. La Selva reaccionó con cada uno de sus pasos, el piso bajo sus pies se dejaba de abrir, la tierra de temblar, el cielo se clareaba, las flores se abrían. Los que la tenían "presa" lentamente se comenzaron a replegar. Temblaban como hojas de la cabeza a los pies pero por extraño que pareciera, ella dejó de temer.

Permaneció en silencio, dejo de intentar escapar. Sólo tenía ojos para él, y Arnold para ella. Sus mentes y corazones una vez más en sincronía perfecta. Demandó que la liberaran y además de eso exigió que los llevaran ante sus padres. Todo esto lo hizo en inglés para que ella entendiera que no volvería a dejarla caer. Sostenía su promesa y eso la hizo sentir especial.

Dichosa, satisfecha, elegida, plena. Una sonrisa se dibujó sobre su rostro, misma que él no compartió pues sus agresores presionaron el agarre que sostenían contra sus brazos arrebatándole un grito estruendoso de dolor.

Eso derramó el vaso.

Arnold enloqueció.

Dijo que no le importaba más nada. Ni sus padres o sus amigos. La maldita tribu escondida en la selva. Sólo la quería a ella, en la seguridad de su hogar. Sin ningún atisbo de dolor escapando a sus labios y quizás lo deseó con excesiva fuerza, ya que el volcán.

Despertó.

Hombres y mujeres gritaron con desconcierto. A ella la arrojaron una vez más al piso y desde su posición. Sólo lo veía a él, en su desesperación de protegerla a ella.


.

.

.

—Arnold... —la voz de Helga pertenecía al sueño. (el que le inducían las sombras como parte de su prueba) él se emocionó de que lo nombrara y contrario de la vez pasada, ahora sí sintió su presencia. La buscó con los ojos cerrados pues no servían de nada sus sentidos en la oscuridad. Quería creer que podía encontrarla allá donde fuera, después de todo, era así como funcionaban. Siempre colisionando, el uno contra el otro. Irrumpiendo en el mundo del otro. No tuvo que andar demasiado para volver a sentir su presencia y anhelar su contacto.

Abrió los ojos y lo que encontró le preocupó.

Era y no era ella.

Sus ojos oscurecidos, casi ennegrecidos al igual que sus labios, las puntas de sus cabellos y las uñas de sus dedos. No entendió lo que pasaba en un inicio pero después dedujo que eran las sombras. Su propia oscuridad, encontrando puerto seguro en ella.

¿Por qué...? —se remitió a los recuerdos, se aferró a los hechos.

—Te dije que no te engañé, ni te traicioné otra vez.

—Lo sé, y a pesar de eso. Sólo puedo pensar en que la protegiste...—respondió con la misma entonación rota.

—Como haría por cualquier persona, pero lo que escuchaste en la cueva. Lo que le dije a esos hombres al referir que oculté a "mi elegida" fue para protegerte a ti y no a ella. Admito que entonces aún me encontraba indeciso, confundido por esos sueños que no entendíamos a los diez años, pero que ahora, a los diecisiete, nos han sido explicados.

Éramos tú y yo.

Ambos preferimos la muerte a vivir sin el otro.

—Lo sé...

—Y esa segunda oportunidad, es la nuestra y no suya.

—Acabo de verlo, no pudiste con la idea de que me hicieran alguna cosa horrenda.

—Jamás lo permitiría.

—¿Entonces, debí confiar más?

—Y yo serte leal, pero...

—Eres un hombre y eso es lo que hacen los hombres. Besar, tocar, amar de manera pasional y carnal...

—Sólo la besé y como confesé, me arrepentí.

—¿No lo harías de nuevo?

—Jamás.

—¿Y si quisiera encamarse contigo?

—¿Y si le pides a mi abuela que me castre y acabamos con todo esto? —sonrió. Su Helga sonrió y sin embargo la oscuridad, no desapareció.

¿Por qué...? Cómo lograba liberarla de la prueba de las sombras. ¿Cuál era el secreto o misterio? Que ambos aceptaran que no todo en su mundo era perfecto. Que no existe el felices para siempre, ni el amor ciento por ciento incondicional. Eso lo sabía ella, que renuncio desde temprana edad a las historias tradicionales de princesas.

Las que leyó y en las que creía. Eran aquellas donde el Príncipe deja a Cenicienta por una mujer de alta cuna mucho mas agraciada. E insistía en que él, no la quería dejar. Ni engañar. De ser así, no le habría dicho la verdad.

Tenía deseos e impulsos como todas las personas. Ella misma los tenía por Alan, pero si no lo besaba, si no lo tocaba con la misma familiaridad con que bailaba con Eugene, era porque no quería. Su novia, era como la "chica bonita" que no besaba a sus amantes porque creía que un beso, debía entregarse únicamente a la persona amada.

Y él creía que eso correspondía, al hacer el amor. No lo haría con Lila, ni con ninguna otra, porque ella era la única mujer de su vida. Y como no podía convencerla ahora, debía conseguir, que recordara lo último.

.

.

.


Aquello debió suceder demasiado cerca del alba, ya que el cielo comenzaba a clarear, pasaba de un negro absoluto a ligeros matices de violáceo y anaranjado. Al temblor "natural" de la tierra por la apertura de aquellas prohibidas y secretas puertas, se unió un nuevo movimiento telúrico proveniente del volcán.

Todos lo anunciaron a voz en grito y él mismo lo sintió arder en su pecho. Tenía la magia, el poder, la fuerza. No sabía como describirlo pero por fin, las palabras con que lo educaron sus abuelos y que decían que él estaba conectado con ese lugar, cobraron sentido.

Pensó que si lo deseaba con excesiva fuerza podría hacerlo "desaparecer" todo. Nunca fue especialmente voluble o violento pero tampoco solía tener esta sensación desesperante de perder a los que quería por una razón que no comprendía.

Los ojos verdes que estaban al interior de las puertas salieron armados, su número superaba con creces a los no más de diez o quince sujetos que los rodeaban a ellos. Demandaron que se rindieran a él le suplicaron que aplacara la furia del volcán.

No sabía como hacerlo porque contrario de la creencia popular, no era bueno controlando sus sentimientos. Solía reprimirlos, anularlos, negarlos. Pero cuando salían a flote, simplemente explotaban.

La gente se asustaba, los de ojos rojos salieron huyendo, diciendo cosas sobre volver "con la sombra" entregar sus sacrificios a él para que no erupcionara el volcán. Los ojos verdes se acercaron a su persona como sabía que lo harían, encontrándolo como un personaje sumamente extraño. Pensó en rechazo, negación, cosas horribles y dolorosas porque claro. Perseguir a tus padres era una cosa pero conocerlos y descubrir que te abandonaron porque no te querían, anhelaban, deseaban o necesitaban en sus vidas era otra.

Los movimientos telúricos y las cenizas del volcán no hicieron más que aumentar. Helga tampoco entendía lo que pasaba. Todos decían que era él quien lo hacía. —¡¿Pero cómo podría?!— Era un maldito gusano temeroso, acorralado y acomplejado porque jamás creyó que conseguiría escalar tan alto. Lo maldijo en su fuero interno, lo que en realidad era una mentira porque no podía quererlo más.

Lo amaba y lo odiaba.

Era el cuento de nunca acabar, maldecía cada instante a su lado durante este viaje y a la vez agradecía cada segundo otorgado. Cada despertar, cada amanecer y anochecer, cada roce de sus manos y ni hablar del momento en que le entregó sus labios.

Un par de ancianos, se colocó a cada lado suyo, se presentaron como Aitor y Antha, le dijeron que correspondía a ella, calmar su rabia.

—¿Cómo...?—fue su única pregunta. Pero era de lo más estúpida porque conocía bien la respuesta. Él era el único que apaciguaba sus desde siempre agitadas aguas. Y hasta ahora, ella era la única que agitaba la pasividad de su alma. Invertir los papeles sería divertido. Una misión imposible, pero durante tres noches y dos días, ellos habían demostrado que podían volver posible lo imposible.

Se acercó con cautela, hasta alcanzar sus manos y él tembló al contacto. El viento y la Selva parecieron reaccionar también. Sintió su "magia" la conexión tan especial que los unía. Su historia inconclusa, el irremediable final.

Se acercó a su cuerpo, cerró los ojos y unió sus labios en un ultimo beso.

El volcán se tranquilizó, él le correspondió. Sus corazones latían al unísono y aunque lo adoraba con toda su alma, sabía que era una farsa.

.

Una lágrima abandonó sus ojos. Arnold la limpió pero no hubo oportunidad de que preguntara sobre su condición. Los nativos se interpusieron. Aseguraron que sus amigos ya estaban a salvo, cumplieron su parte del trato y ahora esperaban que él, hiciera lo mismo.

—No voy a apartarme de ella. —lo ignoraron y alargaron su discurso.

—Ya que has demostrado ser poseedor de todas las virtudes que se te otorgaron el día de tu alumbramiento, dejaremos que te reúnas con ellos.

—¿Qué hay de ella? —insistió, tomando su mano con desesperación. Su calidez, su bondad, su virtud, todas las razones por las cuales lo amó latían entre los dos. Los nativos la miraron de reojo, no tenía idea del aspecto que podría tener, sucia, apenas vestida y despeinada.

—Tienes mi palabra de que nada le ocurrirá. —les creyó. Pero el cabezón era más necio que eso.

—Disculpe si no me atrevo a…—Antha, lo mandó a callar con una mirada severa.

—Pese a nuestro atuendo y apariencia. No somos una tribu salvaje. De ser así, ni tú o tus amigos seguirían con vida. Eso, por lo que atravesaron, se trató de una prueba. Sus heridas son superficiales pues de haberlo querido, la primera lanza, punta de flecha o piedra les habría asestado en algún punto vital.

Cierto es que existió una época en que ofrecíamos sangre, carne y hueso como sacrificio sagrado pero hace eones de aquello. En la actualidad, veneramos a nuestros Dioses con representaciones bélicas, danza, música y comida. Ella te esperará donde quiera hacerlo de pie o sentada. Y tú verás a tus padres, quienes te advierto. No tienen permitido salir de estos parajes.

—¿Por qué?—preguntó ansioso.

—Porque así fue decidido…—Arnold bufó con molestia pues no entendía lo que sucedía. ¿Eran prisioneros? ¿Qué clase de delito cometieron? Quiso arremeter pero ella lo hizo refrenar en su acción.

—Sólo ve con ellos, Arnold. Yo te esperaré aquí.

—¿Lo harás?

—Siempre…

Algo reaccionó en su pecho tras recordar aquella afirmación. "Lo esperaría por siempre" no importaba lo que hiciera eso a su corazón. Si era feliz con Lila y ella se quedaba a vestir Santos, redactar novela tras novela, referentes a su amor jamás culminado.

—¿En verdad lo crees…?—preguntó la misma mujer llamada Antha. Ella, se tragó algunas lágrimas que quemaban. Le dijo que no entendía lo que le decía. Repitió la pregunta en inglés y ella sólo dijo que sí.

Creía en esperarlo...en convertirse en su padre o su madre, en terminar atrapada en un matrimonio que detestaba con una persona a la que no amaba. Porque era él era el único a quien quería tener.

—Entonces ten fe…

.

.

.

La reunión entre Arnold y sus padres fue breve, Antha la llevó a reunirse con ellos. Todos gritaban cosas que no comprendía. Y su corazón sufría, su cara ardía. Quería gritar al viento, salir corriendo. ¡Dejar de verlo! porque dolía tanto, saber que llegando a casa se iría con Lila…Arnold, tomó una de sus manos. ¿¡Qué le pasaba a ese pelmazo!? Se soltó y antes de que pudiera ofenderse por su reacción otra persona los interrumpió.

—Tomen esto, calmará sus nervios. —ofreció la mujer morena que en primer instancia confundió con su madre. —era un té verde. Ambos lo tomaron y sintieron de inmediato los párpados pesados. —¡¿Era una trampa?!— se miraron con desesperación. Intentaron enlazar una vez más sus manos pero no lo lograron. Se dejó caer contra la que sí era su madre.

Su pecho era cálido.

Tan cálido que no tuvo más miedo, ni pesadillas.

.

.

.


Continuará...
No me odien, no me odien...vamos a paso leeeento pero seguro.
(Les debo la respuesta a los reviews porque mi jefe me trae látigo en mano)

"Si les gustó la historia, dejen un comentario, tomen una galleta y pasen a la sala de espera.
Si no les gustó por favor no hagan nada e igualmente se los agradeceré"

Hasta la próxima.