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Demonio y Mujer

#13


—¡Es perfecto! —gritó la humana luego de entrar a la pequeña cabaña abandonada. Tomó una bocanada de aire cargada de polvo y pronto comenzó a toser pero nada de eso la desanimaba. Tiró de un trapo viejo que tapaba la luz natural de una pequeña e inusual ventana dentro de esa casa. Sesshōmaru entró tras ella, no había lugar peor que ese… pero al parecer a la humana le encantaba. Imaginaba todo lo que podría hacer a esa casucha inmunda, ciega a todas las alimañas que ya vivían dentro de ahí y que escapaban de toda la luz que ahora entraba—. Solo necesita unos retoques y quedará perfecta para el señor Jaken y su familia.

Sesshōmaru no quiso negar con la cabeza. Nunca amarían tanto como ella un lugar que apestaba a humano. Lo más probable es que todos los arreglos que le hiciera harían que Rin terminara por encariñarse y amarrarse a la casucha y no querría dejarla luego de que Jaken y su esposa la rechazaran. Rin se arrodilló frente a donde estaría su pequeño fuego para calentar su comida humana, luego se paseó por las esquinas en búsqueda de algo que el inquilino anterior hubiese abandonado y, sin encontrar algo que mereciera la pena, se volteó hacia el demonio blanco y abrazó cariñosamente el brazo que no tenía al momento de conocerlo. Era un brazo especial y por eso lo adoraba.

El demonio salió de la casucha y la humana lo siguió, mirando de reojo el hogar que dejaban atrás. Sus espadas vibraban con cada paso seguro que daba y ella dejó de mirar hacia atrás para mirar hacia arriba, donde el mentón de su señor captaba su vista. Suspiró, se resguardó en las telas blancas de su manga. No cuestionaba el hecho de que estuvieran alejándose lentamente de la casucha, nada era más importante que estar cerca de él. El demonio eligió sentarse bajo la protección de un frondoso árbol y se sentó enfrente de la humana. Rin se mantuvo de pie tan solo unos segundo antes de sentarse junto a él y cerrar los ojos y aspirar su aroma de demonio.

Luego, se durmió.

Al despertar, se vio sola en el lugar de reposo y se restregó los ojos adormilados, debía dejar de dormir tanto ya que solo retrasaba a su señor. Pero, ¿cómo evitarlo? Las largas caminatas que empezaban al amanecer la dejaban agotada a la hora del almuerzo y sin muchas fuerzas caía rendida en una siesta de una hora. Además, la búsqueda del hogar del señor y la señora Jaken estaba tardando más de lo que tenían previsto, habían encontrado unas cuantas casas abandonadas pero nada digno de un demonio diminuto y verde como Jaken, y la última parecía prometedora pero Rin no sabía si era porque ya estaba cansada de seguir buscando o realmente era distinta al resto. Simplemente era ajena a la realidad: nada humano sería digno para un demonio, todas debían apestar a humanos muertos hace ya mucho tiempo. Y un olor añejado debía ser peor a uno nuevo como el de ella, ¿no?

Se levantó y fue hacia el pequeño río para refrescarse un poco. Bebió unos cuantos sorbos cuando la asaltó una idea bastante divertida y descabellada: adentrarse en el agua. Se descalzó y con timidez sumergió un pie, luego se permitió caminar hasta que esta le llegó hasta las rodillas y tuvo que tomar su kimono con ambas manos para evitar que se le mojara. Miró a su alrededor, solo el paisaje era testigo presencial de que estaba a punto de hacer, cuando la brisa sopló la humana desató su vestimenta y la dejó en la orilla para perderse en la profundidad del agua. Debía lavarse seguido si quería disminuir su olor humano. Restregó varias veces su piel mientras la corriente arrastraba su suciedad. Salió del agua renovada y se le escapó un suspiro cuando vio que el demonio estaba de pie, cerca de la ribera del río, observándola con esos orbes dorados. Luego de unos segundos, Sesshōmaru se marchó y Rin tomó su kimono y lo ciñó a su cuerpo.

Encendió una fogata para entrar en calor y secarse, el cabello le goteaba y la tela del kimono estaba pegada a ella como si fuera una segunda piel. Sacó un paño que envolvía unas cuantas moras que había encontrado en el camino y una a una las frotaba para llevárselas a la boca. El demonio blanco estaba cerca pero no lo podía ver, agobiada por lo que había sucedido, suspiró.

Tomó la alforja que arrastraba con ella cuando Ah-Un desapareció junto con el señor Jaken y se la llevó a la casucha derruida para cambiarse allí dentro. Se sentía sonrojada desde que su señor la había visto desnuda en el río. Mirándola fijo por unos segundos antes de retirarse silenciosamente como él solo lo lograba. Abrió la alforja, sacó un kimono seco y los extendió frente a sí para sacarse el humedecido, luego lo pondría a secar frente a la pequeña fogata.

Su piel dio un respingo y llevó ambas manos hacia la caricia que sintió en su pecho desnudo. Su señor había entrado dentro de la apestosa casucha en sigilo propio de un demonio como él y con la yema de sus dedos rosó su piel mortal con extremada delicadeza y ella se aferró a sus manos para que no dejara de tocarla.

—Por favor, no se detenga —suplicó ella.

Se volteó y enfrentó sus ojos dorados con los oscuros de ella. La mujer lo besó y el demonio respondió.


Después de siglos, gracias por leer esta nueva entrega de esta difícil pareja.