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—No van a venir…—comentó Rhonda colocándose junto a él y aunque lo sabía, se resistía a dejar de mirar con la esperanza de que en cualquier instante los vería llegar, con una sonrisa de suficiencia, diciendo algo como: "caíste, vaya que eres idiota" Pero ya todos habían abordado y únicamente lo esperaban a él.

Se mordió el labio inferior al momento de darle la razón a Lloyd y comenzar a andar por detrás de sus botas tipo cazador. Dedicó una mirada general a los ocupantes de gran parte del vehículo. Se trataba de un avión comercial cortesía del señor Lewis. Los rumores de que la unión entre ambas familias hacía enloquecer a sus padres de gozo eran totalmente ciertos.

La familia de Lorenzo, no opuso ninguna objeción al momento de ofrecer ese avión que usaban para la transportación de su personal administrativo, tenían firmas importantes en Argentina, Chile y Perú, pero no era el momento de hablar sobre esto.

Tras intercambiar gestos de conformidad con Eugene y Gerald se sentó al frente ya que contrario de hace ocho años, su hermano estaba con Phoebs y a él le tocaba acompañar a su padre. Miles estaba mucho más ansioso de lo imaginado, nervioso hasta la médula y caliente, su temperatura corporal se sentía aún si no lo estaba tocando. Asumió que eso era como una especie de preparación mental o instinto de conservación previo a la pelea.

Suspiró con resignación y es que a pesar de quererlo hacer, omitió la sesión de preguntas y respuestas porque ya sabía que no se lo diría. Lo que fuera que estuviera pensando se lo guardaría para él, porque no confiaba en su hijo.

¿Cómo culparlo, si ni siquiera él creía en si mismo?

Cerró los ojos, colocó los audífonos en sus oídos y encendió el reproductor que trajo para sí algo demasiado Helga "Evanescence: Bring me to life" (Vuélveme a la vida) cambió de pista automáticamente buscando relajarse un poco y dedicando un pensamiento a los otros.

No era la clase completa, pero de alguna manera lograrían hacerlo.

Sus "Titanes" es decir, Patty y Harold se quedaron en Hillwood, la joven Smith amaneció con terribles nauseas, dolor de cabeza, vómito, sudor y su novio decidió permanecer a su lado. Stinky y Sheena tampoco fueron, los padres, tíos y primos de la morena hicieron una cadena humana a la entrada del aeropuerto para pedirle que no lo hiciera.

Sus raíces estaban ahí, la pelea que tuviera que librar debía enfrentarla en ese lugar.

Peterson, reconoció que aunque quisiera, no tenía el valor suficiente para repetir la Odisea, lo haría por Helga (si estuviera con ella) pero era evidente que ese barco hacía mucho tiempo que había zarpado. Le preocupaba su estado y claro que quería estar a su lado, pero la conocía suficiente como para saber, que apreciaría más que no estuviera por ahí "estorbando"

Peapod, Nadine, Sid y Curly sorprendentemente lo hicieron.

El escalofriante chico de cabello negro y corto volvió a ponerse sus gafas de grueso armazón rojo, además de dibujar sobre su rostro una sonrisa siniestra que lo hacía parecer como el hijo perdido de Hannibal Lecter.

Nadine trenzo su cabellera rubia como antaño y además del arco y las flechas llevaba múltiples recipientes para atrapar insectos. Peapod, cambió las gafas oscuras por unas transparentes y al igual que Sid esperaba una revancha por lo perdido hace ocho años: las botas de diseñador y la pierna rota.

En esta ocasión, Phil y Gertrude no lo acompañaron, bendijeron o despidieron, seguían enfadados por lo mal que trató a "Geleanor" y no es como si de pronto se pudiera indignar.

En lugar de sumar un miembro a la familia, les estaba quitando su compañía.

Las lecturas románticas que compartía con su abuela y la competencia de escupitajo largo que sostenía contra su abuelo.

Abrió los ojos, detuvo el reproductor y echó una mirada por encima de su hombro. También hacia falta el que en algún momento llegó a considerar más que un padre. El viejo profesor Simmons que para estas alturas estaría mordiéndose las uñas mientras contabilizaba por millonésima vez a la clase completa.

No tenían personal de rescate o de primeros auxilios. Su padre, Curly, Nadine, Phoebs y Rhonda se ocuparían de esa parte. El chico excéntrico y aterrador se especializó en reconocer el terreno a gran velocidad y recolectar plantas medicinales. Nadine demostró tener excelente ojo y puntería para lanzar flechas a larga distancia. Phoebs seguía persiguiendo con lujo de detalle los pasos de su bien amada y respetada madre. Rhonda descubrió, que se desenvolvía mejor con una lanza, además de tener excelente pulso para suturar y desinfectar heridas menores.

Respecto al resto, baste decir que Sid era bueno luchando en cortas distancias, su arma predilecta era un cuchillo, Peapod se decantó por el arco y las flechas (para cubrir las espaldas de su enamorada) Eugene no tenía buena ofensiva, ni defensiva, sin embargo sus ojos, eran todo lo que querían. Podían usarlo para detectar las sombras y después protegerlo entre todos como hicieran Van Fanel y Allen Schezar con Hitomi Kansaki. (La visión de Escaflowne) Gerald seguía teniendo sus puños, los cuales protegió con gruesas y tensas vendas. La joven Heyerdahl, ostentaba en la cintura la espada que con toda ceremonia su padre desenvolvió de entre las pertenencias de su bisabuelo para entregársela a ella.

El difunto señor Heyerdahl, luchó en la segunda guerra mundial con esa arma, tenía la sangre de sus enemigos corriendo en la hoja además del orgullo, nobleza y carácter de su familia reflejo en la templanza de su empuñadura.

Se la entregó hace unos minutos ante la atenta mirada de todos y habría que destacar también, que a pesar de lo que creyera o dijera su pequeña e introvertida amiga, para Kyo y Reba ella era su orgullo.

Las familias de todos los demás también estuvieron ahí para ofrecer una mano segura, voto de confianza, abrazo de oso, beso en la mejilla...

¿Y qué era lo que tenía él?

Hace ocho años, lloriqueó y se lamentó por la ausencia de sus padres. Ahora que tenía a Miles acomodado a su lado, no hacían mas que pelear porque él se pasaba su autoridad por el arco del triunfo y no conseguía hacer nada mejor que cometer una estupidez detrás de otra con la mujer que amaba.

Se dio por vencido con esto de la "reflexión" y recargó la cabeza contra la ventanilla, cerrando los ojos para pensar en Helga.

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En la calidez de sus labios y el temblor de su cuerpo en el momento que se atrevió a probarlos. Creyó que lo golpearía, mordería, sangraría o asesinaría pero nada de eso fue lo que sucedió.

Le imprimió un beso tan largo y húmedo como él lo quiso, la estrechó contra su pecho como si quisiera romperla y se llenó de su aroma hasta que reconoció en ella otras esencias.

Abrió los ojos, extrañándose de encontrar la oscuridad de sus ojos. Helga lo miraba con una expresión entre divertida y retorcida, terminó el beso, quiso apartarse de su lado para charlar pero la astuta chica lo afianzó por el cuello de su camisa a cuadros y lo volvió a besar.

Agresivo, ajeno y seco, le supo ese ultimo beso.

Hubo tres movimientos que lo sacaron de balance y orillaron a forcejear contra ella.

Así no besaba Helga ¡Esta no era su novia! y cuando la rubia se percató del rechazo que sentía, lo torturó otro poco y después, de un abrupto empujón lo liberó. Limpió sus labios con el dorso de la mano izquierda, como si besarlo le diera asco y lo miró como si no fuera mejor que un gusano. Él no daba crédito a lo que estaba observando, pero no hubo mucho tiempo para la reflexión.

—¿Qué te pasa Hombre de la Selva? ¿A caso no te gustó…?

—No…—reconoció porque el primer beso le supo a ellos. Este ultimo era como besar a cualquiera de las chicas que de tanto en tanto invitaba.

No tenía emoción, sincronía, sentimiento…

—Lo que hice al principio me lo enseñó Lorenzo, soltar mi aliento al interior de tu boca es el sello personal de Brainy y lo de la lengua…

—¡BASTA! —gritó porque evidentemente, ella lo estaba haciendo a propósito y él no quería escuchar nada más.

—¿Por qué…?—refutó divertida. —Solo son besos, nada que para ti tenga importancia…

—¿ENTONCES YA ESTAMOS A MANO? —preguntó enloquecido. —¡ES ESO LO QUE ESTÁS DICIENDO! —gritó y trató de alcanzarla pero se escurrió entre sus manos.

—Digo, que por una vez en la vida dejé de pensar únicamente en ti e hice lo que quise. Y no, no se trata de estar a mano. Aún puedo hacerte mucho más daño, Arnold Shortman…

—Pruébalo... —retó a la vez y el resto era algo en lo que definitivamente no quería pensar.

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Sintió su estómago vaciarse, la sangre helarse, los dedos de ambas manos temblando y en general…

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—¡Arnold! —lo despertó su padre y hasta entonces se percató de que estaba temblando.

—¿Te duele algo, enfermaste? —la condición de Patty la atribuyeron a lo incansable de su entrenamiento. Al saberse sus Titanes tanto ella como Harold se esforzaron al ciento diez por ciento. En la fiesta de anoche (según comentó Rhonda) se les veía decididos pero un poco molidos. Casi no picaron la barra de entremeses, botana o bebida y era lógico suponer para Miles, que él también se había esforzado de más. No era el caso, podría soportar que le patearan el trasero de la noche a la mañana pero no, el que ella lo odiara.

—Estoy bien…—mintió.

—No es cierto. —aseguró su padre y él no pudo más que evadir su mirada acomodándose sobre su asiento a fin de poder explicarse mejor.

—De acuerdo, anoche yo…

—¿Te escapaste por la ventana y fuiste a buscarla? —asintió, sin sorprenderse de que lo supiera. Tal vez, eso de ser el líder de una tribu sí le daba poderes especiales como sentir cada una de sus pisadas o él era demasiado obvio.

—Peleamos…—confesó, volviendo a sentir que se agitaba todo en su interior.

—¿Pelear, cómo…?—preguntó interesado el antropólogo.

—No hablo de un ataque verbal, sino que peleamos en serio, puño contra puño…—piel contra piel. —esa ultima parte no la dijo porque le parecía horrible que se hubieran abierto heridas en la piel.

Prefería ser destrozado por su afilada labia a tener que esquivar sus patadas. El puño enyesado lo usaba como defensa, estaba claro que sus "amigos" la habían instruido en el manejo de algún escudo o instrumento.

Siempre fue buena defendiéndose y hasta cierto punto le dio gusto ver que logró recordar como pelear, pero luego de unos minutos las cosas se retorcieron. Le exigió responder, no solo esquivar y entre más se negaba, más lo dañaba…

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—¿¡Quieres llegar por tu madre en una pieza o varias, melenudo!?

—¡Espera, Helga…! ¿Cual es el sentido de todo esto?

—¡Ataca! ¿Te gusta lastimarnos, no es cierto? ¡Rompernos, separarnos! Cierra el maldito puño y dame la cara.

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No entendía nada, si esto era una tregua o una trampa. Si estaban a mano o buscando mil y una formas de hacerse daño. Obedeció a sus demandas pues si seguía por ahí, se terminaría lastimando.

Pelear contra ella, fue diferente a sus confrontaciones con Anthea, la "muerte" se esmeraba en buscar pretextos para tocarlo, seducirlo, asecharlo. Helga, en verdad quería destrozarlo y responder a eso fue para él como levantarle el puño a su abuela o madre.

Demostró su habilidad, velocidad y fuerza, ella su sagacidad, tenacidad y violencia. Los ánimos de ambos rápidamente se calentaron, sus oscuridades sincronizaron, sus ojos se reconocieron con este fuego nuevo y de un segundo a otro, él estaba en el piso con la rubia sobre sus formas comiéndolo a besos. Manos furiosas, ansiosas y vengadoras abriendo sus ropas, palpando la piel. Él hacía lo mismo, se transformaron en instinto y no tenía idea de si llegó a suceder en alguna de sus existencias previas pero esto de ser "sombras" se sentía jodidamente bien.

No pensar en consecuencias, no entregarse a nada que no fuera el placer de profanar un lugar para los dos sagrado. Donde en cualquier momento podrían encontrarlos y regodearse de no tener guardianes, testigos o verdugos más allá de ellos mismos porque los dos sabían que podrían odiarse, destruirse o asesinarse, pero jamás dejarse.

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Cuando las cosas se tranquilizaron.

Es decir, una vez se hubieran desecho de todo el dolor, resentimiento e ira y él se corriera dentro de ella sin ningún condón que bloqueara la maravillosa y alucinante sensación, volvieron a mirarse a los ojos.

La oscuridad seguía ahí, era parte de los dos.

Él estaba tan sucio como ella pero no le indignaba o molestaba, al contrario. Le enorgullecía que vertiera en él su oscura marca.

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—¿Qué es lo que más te gusta de mi cuerpo, Arnoldo…?—preguntó delineando con el dedo índice de su mano izquierda, su tetilla diestra. Él ni siquiera lo tuvo que pensar.

—Tu cabello…—Pataki sonrió como una niña, sus mejillas se llenaron y sonrojaron, él deseó besarla de nuevo, hacerle el amor sin decoro, sin embargo ella lo rechazó. Enterró las uñas en su pecho, sacándole un grito de lo más horroroso.

—No bajes la guardia. No olvides nunca que puedo hacerte mucho más daño del que tú a mi.

—Pero no entiendo, tú y yo… acabamos de…

—Destruirnos en lo más profundo de la palabra.

—¿Qué…? —la rubia se incorporó y comenzó a reunir sus ropas. Él se quedó a observar como el voyerista que era, porque jamás se cansaría de contemplar la delicadeza con que colocaba cada prenda en su lugar.

—¿Dirías que te lo hice o me lo hiciste con dulzura?—preguntó deslizando la camiseta de tipo beisbol por la parte alta de su cuerpo.

—No…

—Bien, porque ya has conocido a tu zorra. —y esto lo refería a su vida pasada, Elisa Day. La sensual y atrevida pelirroja que le recordaba Lila. (Así que seguía enfadada porque besara a Sawyer) Helga le dio la espalda, comenzando a andar y él se incorporó de inmediato poniéndose su bóxer, pantalón, zapatos deportivos y camisa de vestir mientras daba de tumbos por detrás de su cuerpo.

Se dirigía a los lavabos.

Su antiguo colegio tenía baños bastante abandonados pero aún con agua corriente. Se encontraban separados unos de otros por una enorme pared con espejo, debajo de este se ubicaban las llaves para asearse. Pataki, abrió uno de los grifos y luego de esperar a que el agua sucia se fuera humedeció sus manos y comenzó a borrar las marcas de besos y de guerra que le imprimió en la piel.

Él la observó en su mutismo como debió hacer aquel que se enamoró de la Diosa Ceres a las orillas del lago. La rubia concluyó su labor anudando sus cabellos en un peinado alto, similar al que su usó en su primera y única cita. Le quedaba bien ese estilo pero como refirió hace unos minutos, él prefería su larga y sedosa cabellera suelta.

Tuvo un impulso, irracional y estúpido. Quiso disculparse, insistir con la parte en que ella era su todo, confirmarle que conocía y reconocía a la verdadera Helga, sus verdaderos besos, caricias (ya fueran íntimas o con malicia) Nadie podía verla u amarla de la manera en que él lo hacía, pero las palabras estaban de más porque acababan de hacerse el amor y a pesar de lo que dijera ella, él sabía que lo quería.

Los besos, son solo eso, pero hacerse el amor.

Estaba seguro de que no obsequiaría a ninguno de sus "amigos" tal fascinación.

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—No iremos con ustedes. —anunció una vez terminó.

—¿Perdón…? —escuchar eso, casi hace que se atragante con su propia saliva.

—Digo, que no nos esperen.

—Pero, pensé…—balbuceó y ella sonrió. Embaucadora y taimada. Si quería podía arrancarle el corazón del pecho en este segundo y él la dejaría hacer porque era un idiota y la quería.

—Piensas demasiado, Hombre de la Selva. No me estoy retractando, le di mi palabra a tus abuelos y contrario de ti, ellos valen la pena.

—¿Entonces…? —se tragó el dolor que le ocasionaron sus palabras puesto que eso era cierto. El cariño que se tenían entre ellos, la unión que surgió al momento de abrirle las puertas de su casa, a escondidas de él.

Helga no traicionaría sus afectos, ni ellos renunciarían a la promesa de que estaría segura dentro de sus aposentos. Por eso no lo perdonaban porque a su entender, él la traicionó en su propia casa.

—El padre de Alan tiene un fabuloso barco que va a prestarnos. —comentó saboreando la noticia con sus carnosos labios y él sintió literal que un rayo lo partía en dos.

—¿¡Qué…!? —estaba seguro de que en esta ocasión sus pulmones no solo se vaciaron sino que se le escurrió todo el color de la cara. Helga amplió la sonrisa, al parecer, esa era la reacción que esperaba.

—¿No estás feliz por mi? Después de todo, sí tendré una fiesta en la playa.

—¡HELGA…!—gritó y trató de aferrarla pero ella le hizo una advertencia con el puño cerrado de su mano izquierda.

—Jamás olvides, que puedo hacerte mucho más daño del que tú a mi. Nos veremos en San Lorenzo, si logras sobrevivir algunas horas más sin mi.

Partió, sin volver a besarlo o rozarlo, sin que él pudiera despedirse o reclamar que la idea de la playa había sido suya y que en verdad quería que fuera especial. Soñó con una cena a la luz de las velas, baile de salón con su mano en la cintura, escuchar algún trovador o poeta declamado a la luz de luna, hacer el amor en un cuarto con vista al océano.

Nada de eso sucedería.

Al menos no con ellos, ni en este año.

Y si estaba dispuesta a besarlos.

¿Qué le impediría dejar que hicieran algo más con sus labios?

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Lloró…

Patético y pobre diablo que por fin, entiende las consecuencias de sus actos.

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—¿Tan malo fue…?—preguntó su padre arrancándolo del tortuoso, profundo y aterrador mar de pensamientos.

—Si…—confesó porque se había quedado sin argumentos o creencias. Entre el momento en que lo "abandonó" y el de ahora, en que "no apareció" sintió un vacío en su interior como nunca en su vida.

Le dolía respirar, concentrarse, soñar.

—¿Dijo algo sobre terminar?

—No…

—¿Entonces de qué hablaron?

—Nada en particular, medimos nuestras fuerzas. El entrenamiento que quería darle pudiera decirse que me lo aplicó a mi. ¡Siempre ha sido fabulosa peleando, recuperó su valía como guerrera, la fuerza de su espíritu! A decir verdad, papá…

—Crees que está lista y quizás, ella quería que lo supieras también.

—Me advirtió que no vendría.

—Y Gerald cree que eso es parte de su plan, darle a Anthea lo que quiere. Venderle la idea de que ustedes dos ya no están juntos. —él entendía esa parte pero honestamente, no creía que funcionara. Hicieron el amor sin ninguna clase de atadura, no les importó lastimarse, engendrar o perderse el respeto mutuo.

Si engendraron, la historia que contarían a su hijo sería fabulosa. "Sabes, pequeño Armand. Tú en realidad eres el producto de una pelea legendaria entre tu madre y tu padre"

Claro, que también podría cortar de raíz su relación y criar a su hijo sin él.

¿A eso se refería con que podía hacerle mucho más daño?

Nada le lo dolería más que perder a su hijo, pero Helga no se atrevería a hacer algo como eso. No era tan cruel, le importaba la familia y sin embargo la idea, lo destruía.

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Miles le sugirió que tomara media pastilla para dormir. El vuelo duraría cuatro horas más y en esas condiciones no podría enfrentar ni a una mosca. Accedió, tragándose la pastilla y volviendo a colocar los audífonos en su sitio.

La pista de reproducción actual era: "What I've done" (Qué he hecho) de Linkin Park y le quedaba como anillo al dedo.

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En esta despedida,

no hay sangre,

no hay excusa.

Porque he dibujado el arrepentimiento,

por la verdad de un millar de mentiras,

así que deja que la misericordia venga

y arrastre y se lleve lo que he hecho.

Me enfrentaré a mí mismo

para tachar aquello en lo que me he convertido.

Borrarme a mí mismo

y dejar pasar lo que he hecho.

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Llegaron a San Lorenzo a la hora estimada. Phoebs y Gerald localizaron en el mapa de su padre la zona donde anteriormente acamparon. Se dirigieron ahí para agruparse y prepararse. Algunos tenían la esperanza de que su Amazona los estuviera esperando pero él sabía que no lo haría.

Le dijo que tendría que sobrevivir algunas horas sin su presencia. Y eso quería decir que llegaría hasta que las cosas se pusieran feas.

No quería esperar hasta ese punto, pero el autoengaño es solo eso y Anthea, tendría que estar acechando.

Miles se llevó a Curly, Nadine y Rhonda para hacer un primer escaneo de la zona, le ordenó proteger al resto y no bajar la guardia. Sabía a lo que se refería, contrario de cada una de sus visitas, en esta ocasión no le pareció que la Selva se alegrara o reaccionara con su llegada. El aire se sentía seco, pesado, el cielo permanecía azul pero no era limpio o transparente. Eso le dio mala espina, además de instalar sobre su corazón una sensación de estar siendo observado.

Sus amigos, como es natural tenían otras cosas en que pensar.

Delante de ellos, estaba la zona donde la "abandonaron" los cincuenta metros planos que recorrió en soledad hasta localizar ese altar con la forma de su cabeza de balón. Se sintió mal porque no sabía qué tanto le podría afectar regresar a este lugar.

Ella era sentimental, pasional, entregada a sus emociones ya fueran buenas o malas. Quizás, volvería a recordar todo el daño que le hizo pero no se trató únicamente de eso.

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—Helga…—pronunció su nombre en un susurro que esperaba le llevara el viento. —En este lugar te besé, te protegí y te elegí, de la misma manera en que tú hiciste por mi.

Somos el uno del otro.

Esa es la promesa que me hiciste en la Casa de Huéspedes, delante de mis abuelos y Helga Geraldine Pataki, es una mujer de palabra. ¿No es cierto?

Tu jamás rompes un juramento. Y dijiste que yo era tuyo.

Sin importar lo mucho que puedas dañarme, esa promesa no se acaba. —recorrió con ambas manos el cuello de su camisa de vestir para encontrar la cadena con el relicario en forma de corazón. No era el original, eso lo sabía ahora. La delicada y hermosa pieza trabajada por las manos de algún artesano fue comprada en una casa de antigüedades días después de su ingreso a la preparatoria.

Helga decidió darle otra oportunidad a su amor unilateral. No guardaba esperanzas de que en algún momento la llegara a amar, pero como hiciera Brainy en la P.S 118, se contentaba con verlo, escucharlo, soñarlo.

Ese escenario ya no era un sueño. Estaban juntos, lo quisiera Anthea, el diablo, la muerte o no.

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Gerald le colocó una mano sobre el hombro para serenarlo, él agradeció el gesto y al aclarar sus pensamientos, le pareció que la Selva o el volcán despertaban de un profundo letargo.

Algunas flores de amapola florearon a sus pies, el aire dejó de sentirse denso. Phoebs se unió en sus pensamientos a Helga, se disculpó con ella y juró que jamás volvería a soltar su mano.

Era su hermana, su mejor amiga y la seguía queriendo en su vida.

Eugene carraspeó por detrás de sus cuerpos. No quería interrumpir el momento pero comenzaba a sentirse algo tenso, veía neblina saliendo de la cima del volcán pero no era blanca sino negra.

—Quizás sea fumarola.—comentó Phoebs, pero el pelirrojo negó. Volvía a tener esa estremecedora sensación de que las sombras se cernirían sobre todo. Sus amigos lo escucharon en silencio, estaban preparados para "invocar su Patronus" En esencia se remitirían a sus familias o momentos que vivieron juntos. Él evocaría cada salida al teatro con Helga, cada baile, insinuación coqueta y promesa. Ella tenía que llegar y cumplir su palabra, arrebatar las sombrar, hacer que se fueran. Y si no lo conseguía Helga, por lo menos lo tenían a él.

Dedicaron una mirada general a Arnold, en teoría era "el milagro" y ellos esperaban que hiciera algo extraordinario. Que hablara con animales salvajes, controlara a la madre naturaleza o tuviera fuerza sobre humana, pero nada de eso es lo que haría.

Los ojos verdes lo eligieron para que "decidiera" el rumbo de toda su tribu. Y esa decisión había sido tomada ya. Rechazó los afectos de la "muerte" y aceptó los de su "destino"

Salvarlos o guiarlos no correspondía directamente a él. Sino a Helga y Miles.

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El aludido volvió en ese instante con el ceño fruncido y la preocupación refleja en el rostro cansino, les dijo que había que moverse. No tenían tiempo de esperar a los otros.

—Pero Helga…—protestó Phoebs buscando el apoyo de Rhonda pero la heredera de la familia Wellington ya había tomado una decisión.

—Ellos son cuatro y hace ocho años, ustedes también eran cuatro. Estarán bien. Lorenzo es el sabelotodo, Alan el de los puños locos, Brainy representará al soñador empedernido y Helga sigue siendo ella misma. Aún si nos odia a todos, llegará a ayudarnos porque eso es lo que hace ella.

—De acuerdo. —zanjó Gerald antes de que las dos iniciaran una pelea y a pesar de no quererlo hacer, Phoebs dejó el diario de Miles en el piso. Había nuevas rutas y anotaciones en él. Eugene escribió apresuradamente que tuviera cuidado con la neblina, era negra y probablemente estuviera cargada de sombras.

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Anduvieron de largo por el viejo y traicionero camino, recuerdos de más, temores de menos pero siempre con la mirada al frente y los instintos bullendo a flor de piel.

Curly y Nadine, sintiéndose libres en contacto con la naturaleza, se desprendieron de sus ropas civiles dejándose otras mas salvajes: un taparrabos en el caso de él (que hizo que Rhonda y Eugene sintieran ganas de querer arrancarse los ojos con un clavo oxidado) y una falda corta además de un top blanco en el caso de ella. Los celos del DJ se dispararon de inmediato, pero ningún caballero estaba especialmente interesado en la morena de sangre africana y cabellos dorados.

Continuaron avanzando, sorprendiéndose de que no llegara nadie a recibirlos. Su padre advirtió que tuvieran cuidado. En esta zona, solía haber personas practicando combate, curtiendo piel o como mínimo, chicos jugando soccer. Asintieron, tomando sus posiciones y eso quería decir que Nadine y Peapod escalarían una de las montañas a fin de tener un mejor ángulo de tiro.

Phoebs, Sid y Gerald, cubrían el flanco izquierdo, Rhonda, Eugene y Curly el derecho. Su padre y él andarían a plena vista por la parte central. Al alcanzar los linderos de la tribu, dejando un poco atrás el rumor de la cascada, el aire volvió a hacerse denso, el olor a madre selva se transformó en uno óxido y podrido.

Descubrieron, luego de atravesar una serie de helechos gran cantidad de sangre seca acumulada en la tierra.

El escenario ante sus ojos heló la temple de sus amigos, se miraron de hito en hito como esperando que alguno tomara la decisión. Heyerdahl, (fiel a la que sería su futura profesión) se arrodilló para tomar una muestra de sangre con los dedos índice y medio, la observó a contraluz y determinó que tendría un par de horas a la exposición natural del sol, Gerald les informó a la vez que no había vestigios de cuerpos, no se advertía evidencia que señalara físicamente la presencia de algún cuerpo.

—¿Y qué es lo que sugieres, genio? —reclamó Wellington. —¿Que simple y sencillamente llovió sangre?

—Yo diría que sí… —Eugene alzó la voz y les dijo que la sangre que él veía no era roja sino negra. Algunos habrían calificado su observación de daltonismo, pero se guardaron el comentario debido a que sus ojos volvían a brillar como si fueran los de un gato.

—¿Magia negra? —preguntó Miles, pero el pelirrojo no supo que responder a eso. Contrario a su amigo, él si veía pisadas, múltiples y se dirigían a una zona más apartada.

Afianzaron sus armas, ataron sus cabellos y reforzaron el cinto de su pantalón (para que no se les fuera a caer de la impresión) antes de seguir avanzando.

Los cuerpos que no veían en primera instancia se encontraban ahí.

Eran cuatro adultos mas o menos de la edad y complexión de Miles, solo que contrario de su padre, sus pieles no eran claras sino morenas, al tono de Gerald.

Los ojos abiertos, desprovistos de toda luz, las posiciones torcidas y tiesas, sus pechos y espaldas abiertas, oscurecidas y sangrantes. Fueron atravesados por la punta de una lanza y ambos Shortman sabían bien, quien ostentaba esa arma.

El olor a descomposición que manaba de ellos no era tan fuerte, así que Phoebs confirmó lo de las dos horas. Miles, les ordenó cubrir sus rostros con tela. Asesinato o no, no debían dejar de lado la posibilidad de alguna infección que se propagara por aire.

—De acuerdo, —comentó Wellington luego de cubrir su rostro con un trozo de tela que arrancó de su camisa roja. —¿Qué procede ahora?— todos sabían que esto era "en serio" que no se trataba de ningún juego, pero seguía siendo la primera vez que veían un homicidio múltiple y hasta el bocazas de Sid terminó por vomitar detrás de un arbusto.

—Continuamos. —declaró el antropólogo. —En este punto ya no es seguro regresar al avión. —y esto lo dijo por si mas de uno pensaba correr como alma que lleva el diablo todo el camino de regreso al vehículo. Rhonda asintió y tras de ella sus amigos lo hicieron también. Arnold no dejaba de contemplar los cuerpos atónito.

—No podemos dejarlos simplemente ahí. —comentó el rubio y aunque su padre estaba de acuerdo, le hizo notar otro hecho.

—Esas marcas en sus antebrazos me dicen que no pertenecen a la tribu de los ojos verdes. Eran seguidores de la sombra, adoradores de Anthea.

—¿¡Y por eso merecen quedarse ahí!?—respondió altivo para la sorpresa de sus amigos.

—¡Por supuesto que no! Les daremos sepultura. Sin embargo debes entender que Anthea los dejó ahí para enviar un mensaje a cualquiera. "Ninguna persona está a salvo de su poder"

Lo entendieron e iniciaron las labores de sepultura. No tenían palas o herramientas de agricultura así que tuvieron que improvisar con lo que fuera. Estaban por terminar con eso (los de estómago fuerte y que resistían contemplar además de tocar los cuerpos) cuando una voz los alertó a través del walkie-talkie.

—Vemos movimiento a las faldas del volcán. —anunció Peapod. —La tribu avanza. —intercambiaron miradas nerviosas, limpiaron sus ropas y se agruparon por parejas ya que así les resultaba mas sencillo defenderse y pelear. Phoebs con Gerald, Curly con Rhonda, Sid y Eugene, aunque esa ultima podría ser una mala idea.

—¿Ves algo con tus ojos raros? —preguntó el chico de nariz prominente al pecoso. Horowitz les dijo que seguía viendo lo mismo: la neblina negra, además de los charcos de sangre espesa.

Miles, cuidando las espaldas de su único hijo les indicó por donde ir, aquella era una explanada publica y se ubicaba entre los templos de la vida y la muerte.

—Vamos al de la vida por lo que más quiera. —rogó Curly y el antropólogo les dijo que sí aunque su principal preocupación era dar con Stella, sus tiendas y las de los líderes de la Tribu se hallaban, no muy lejos de ahí.

Nadine y Peapod, llegaron a un punto desde el cual ya no podían continuar. Dijeron que descenderían para unirse a ellos pero en ese instante se levantó el llamado bélico.

El sonido del imperioso cuerno que años atrás protagonizara sus noches de desvelo, se elevó por lo alto erizando su piel y tensando sus músculos. Phoebs desenfundó la espada, Rhonda tomó distancia para preparar su lanza, Nadine tensó las cuerdas de su arco con una flamante flecha en la mano, pero lo siguiente que salió de sus labios y que se escuchó a través del radio de onda corta fue un grito de auxilio.

Ecos de una pelea prosiguieron a ello, pero ninguno de los oyentes podía subir a ayudarlos. Cerraron distancias, preguntaron por las sombras, Eugene les dijo que cada vez se hacían más numerosas, descendían a gran velocidad como si estuvieran deseosas de llegar a alcanzarlos y no se trataba únicamente de eso.

El sol se ocultaba, la oscuridad de la noche parecía llegar como producto de un maleficio y todos fueron testigos mudos de aquello.

Sus anfitriones los sorprendieron.

Nuestro chicos ofrecieron batalla, se sobrepusieron al temor de su corazón evocando buenos recuerdos, dispersándose y luchando cuerpo a cuerpo durante largo tiempo. No por nada sudaron y se esforzaron al máximo durante seis días y cinco noches.

La lanza, el cuchillo, la espada y los puños se mancharon de sangre y sin embargo, perdieron.

Uno a uno, vencidos, maniatados y amordazados, siendo arrastrados por la tierra húmeda hasta que los arrojaron al interior de una celda. Barrotes de caña les privaron de su libertad, pero al menos lograban ver a la que debía ser la gente de San Lorenzo.

Hombres, mujeres y niños repartidos en multitud de celdas similares a la suya, de piel morena, cabello negro y ojos verdes. No dijeron nada al verlos llegar en calidad de presos, parecían llevar varias semanas siendo testigos de tan penoso escenario.

Miles y Arnold, no fueron depositados junto al resto, ellos eran los Gladiadores que lucharían contra el León hambriento para la diversión del gran César.

Los arrojaron al centro de una explanada. Desde ahí podían observar a la población general encarcelada, sus amigos tratando de liberarse y también, en otras y más diminutas celdas a Aitor, Antha y Stella.

Su madre, tan delgada, sucia y golpeada que ambos Shortman sintieron la sangre hervir al interior de sus venas, estaba inconsciente, depositada cual si solo estuviera durmiendo y pronto el temor de la "enfermedad del sueño" se instaló en el corazón del antropólogo.

—¿¡Qué hicieron con ella!? —preguntó Miles gritando a la "nada" pues Anthea no se veía en ninguna parte de esa cámara.

—No está muerta, ni "dormida" tan sólo está inconsciente porque se negó a cumplir mi ultima demanda.

—¿Y cual era esa? —preguntó en el mismo tono elevado. La voz de la insolente muchacha reverberaba como si efectivamente se tratara de una Diosa, pero tenía de "Deidad" lo que él de "buen padre"

Apretó los puños de ambas manos pensando en romperse los pulgares con tal de soltarse de sus amarres. Jamás en su vida había permitido que golpearan a una mujer por delante de su persona y no iba a comenzar con su esposa. Aitor y Antha permanecían estoicos, se veían de una sola pieza, pero estaban sumamente delgados y deshidratados.

—Le ordené envenenar las aguas del río. Ya he contaminado la tierra, no crecerá nada nuevo en estas tierras. —anunció Anthea a medida que hacía su triunfal entrada. Las mismas ropas de piel curtida en color castaño, la larga cabellera peinada en una trenza que caía por delante del hombro izquierdo, la lanza en el brazo diestro, los pies desnudos pero contrario de antes, las pulseras y collares de hueso y piedra se habían multiplicado.

Era hermosa.

Sus amigos tuvieron que reconocerlo y aplaudirlo, imponente y rodeada de un halo de tal oscuridad que resultaba difícil mantener la vista fija en ella. Caminaba como la Reina Akasha, al presentarse delante del Vampiro Lestat, contoneando las caderas al andar y mirando únicamente al objeto de su adoración. Arnold palideció al verla, intentó mantenerse firme en su sitio pero tal actividad resultaba difícil ya que él y su padre estaban desparramados en el piso.

Gerald confirmó sus teorías sobre la hechicería negra y el pacto con algún ser demoníaco.

Toda ella apestaba a carne putrefacta. Los pobres diablos que acababan de enterrar debieron morir por hacer algo tan insignificante como mandarla a "bañar"

—Veo que has cumplido la parte inicial de nuestro trato, mi amor —comentó soplándole un beso que por supuesto rechazó.

—¡No soy tu amor! ¡Y no estoy cumpliendo ningún trato!

—Claro que sí, te tendiste a mis pies. —sonrió con coquetería y Arnold apretó los músculos de todo el cuerpo. Anthea parecía buscar algo por detrás de su cuerpo y al no encontrarlo preguntó.

—¿Dónde está Helena?—demandó saber tanto a él como a sus vasallos pero inmediatamente negaron. Esos eran todos los que encontraron. No había ninguna Amazona o mujer que encajara en la descripción que les dio su Diosa.

—¡Su nombre es Helga! —le recordó Arnold. —Y contrario de mi, ella ha cumplido su parte del trato. Me dejó para que liberaras a mi madre. ¡Así que suéltala ya!

—¡JAJAJAJAJAJA!

Risa cantarina y estruendosa que hizo doler los oídos de sus amigos. Eugene derramó llanto al saber que "sus padres" habían terminado. Los demás no daban crédito a lo que estaban escuchando. Tenía que ser una trampa, "estrategia" pero estuvieron muy cerca de morir hace unos minutos y de no ser por las palabras de Arnold, al levantar la voz y decir que se "rendía" a cambio de que no fueran a asesinarlos. Estarían reducidos a carroña.

—Muy bien, mis condiciones para Helena fueron que te dejara y yo la liberaba…Padre. —enunció dirigiéndose a Miles. El historiador repudió el calificativo cual si lo hubiera insultado en lo más hondo de la palabra. Aún así la miró a los ojos sin creer en la maldad que advertía en sus ojos. Los irises apenas si parecían visibles, del color original y verde ya no había nada, solo un par de pozos profundos y negros. —Puedes socorrer a mi madre…—quienes los tenían presos se acercaron de nuevo.

Unos abrieron la celda de Stella, otros le arrebataron las ataduras únicamente a él. Miles miró a su hijo pero no había duda o temor en su mirar. Sin pronunciar palabra le pidió que lo hiciera y así fue que se dejó guiar a la celda de su esposa. Una vez adentro, con ella en brazos, los esbirros de "la sombra" cerraron la puerta.

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—¡¿QUÉ SIGNIFICA ESTO ANTHEA?!—gritó Arnold, levantándose del piso sin temer ante ella.

—Que serás puesto a prueba, mi amor. Si me convences de que realmente, te ha dejado, los liberaré y volverán a su hogar. Sólo ellos, tú permanecerás a mi lado. Gobernarás junto a mi esta tierra muerta que resurgirá de entre sombras y sangre.

—¡JAMÁS! —gritaron varios de sus amigos pues no se irían de ahí sin Arnold. La Deidad sonrió ampliamente con coquetería y erotismo, se aproximó a él, tirando de su cabellera rubia con una mano y acariciando su rostro con la otra.

—Oferta única, mi amor. Tómala ahora o ve como mueren.

—Juras en el nombre de los Dioses que nos vieron nacer que los dejarás ir. Ilesos, ninguno de ellos puede ser herido. Y eso incluye también a cada persona de la tribu.

—¿A cambio de ti? Si, lo juro…—besó sus labios para cerrar el trato y hubo varios gritos de desagrado. Sus amigos estaban como locos, querían destrozar los barrotes de su celda, retomar las armas, luchar hasta desmayar pero esa oportunidad la habían tenido ya.

No eran belicosos y mucho menos asesinos.

Aunque derribaran a sus oponentes no podían asestar el golpe de gracia, así que éstos se levantaban una y otra vez para continuar la batalla.

Arnold sintió además del beso, la obvia intrusión en su mente. Se concentró en lo malo, en todo el daño que en los últimos días Helga y él se habían causado.

La manera en que lo rechazó cuando "despertó" cubierta de oscuridad, la forma en que lo besó antes de admitir que había besado a Lorenzo, Brainy y...Alan. Al referir al fotógrafo, músico, multimillonario y besador de lengua larga, se inventó imágenes que no lo habían dejado dormir, comer o estar en paz en las ultimas horas. De ella y Redmond devorándose a besos y haciendo el amor sobre la cubierta del barco en alta mar.

Por eso Helga no estaba ahí.

No le interesaba más yacer junto a él.

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—¡JAJAJAJAJAJA! —su risa, sería la protagonista de sus pesadillas por lo que les restara de vida. Anthea se separó de un muy trastornado y atormentado Arnold y ordenó a sus vasallos que comenzaran a liberarlos.

—¡NO NOS IREMOS A NINGUN SITIO SIN ÉL! —gritó Gerald, golpeando en la cara a uno de los pobres diablos que tuvo la mala fortuna de soltar sus amarres. Otros ojos verdes que creían en su "milagro" también encontraron la fortaleza para ofrecer resistencia.

La revuelta parecía alzarse por segunda ronda pero Anthea golpeó al piso con su lanza y la tierra pareció ennegrecerse y abrirse. De las grietas manó sangre, los nativos y sus amigos inmediatamente se horrorizaron y congelaron sus actos.

—Concedí libertad a tus aliados, mi muy amado. Y sin embargo mis deseos fueron repudiados. ¡SI NO QUIEREN LIBERTAD, ENTONCES LA MUERTE SERÁ!

—¡NO! ¡HICIMOS UN TRATO! —refutó Arnold, levantándose con los brazos aún atados por la parte de atrás.

—Y ellos lo rechazaron. Morirán, su sangre despertará a mi madre.

—¡TÚ ASESINASTE A TU MADRE! —le recordó Miles. Stella permanecía inconsciente pero los golpes que aparecían en buena parte de su piel no eran profundos ni representaban mayor peligro. Le horrorizaba lo que esa pequeña Deidad pudiera hacerle a su hijo. ¿Lo forzaría a tener relaciones? ¡Claro que lo haría! ¡Estaba malditamente loca y él absolutamente destruido! ¿Dónde estaba Helga?

Todo este tiempo la creyó una mujer de valía.

Sus padres igualmente creían en su persona a un nivel tal, que castigaron a su hijo como jamás habían hecho con él (asestando golpes furiosos con el látigo de su indiferencia y desprecio a diestra y siniestra)

No tuvo demasiado tiempo para atormentarse con esto. Los nativos que intentaron arremeter contra los "rebeldes" pronto se vieron interrumpidos por flechas en llamas que caían de la "nada"

—¡Detén tu fiesta privada, maldita mujer desalmada! —gritó Helga apareciendo pocos metros por arriba de ellos. En sus manos no había más que un escudo y una espada, las flechas debían lanzarlas Nadine y Peapod, ya que no estaban entre los reclusos y tanto Alan como Lorenzo y Brainy se hallaban en la explanada con los ceños fruncidos, demandando que los liberaran.

Su Amazona lucía totalmente distinta y no lo referían a la piel que parecía morena debido a la poca iluminación en la cámara, sino al hecho de que cortó sus cabellos a la altura de la barbilla.

Arnold sintió que el corazón se le fragmentaba hasta la ultima partícula. Anthea lo percibió a su vez, la conexión entre ellos era más fuerte ahora que lo tenía tan cerca y había probado su boca.

Se regodeó del gusto, rompió a reír a mandíbula suelta porque su maldición lo hizo de nuevo. ¡ELLA LO ODIABA! ¡Lo detestaba tanto, que no dejaba de lastimarlo! Él amaba su largo cabello dorado y lo cortó hasta casi borrarlo.

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—¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

—¿¡Qué es tan divertido, Deidad!? —preguntó la Amazona descendiendo hasta alcanzar su posición. Arnold se había desvanecido, estaba de rodillas sin poder soportar más todo este espectáculo. Sus amigos, enemigos y todo el mundo en general observaban la escena sin entender muy bien.

¿Qué es lo que haría ella?

—Presagié que le arrancarías el corazón del pecho con las manos desnudas y hete aquí, haciendo algo peor que eso.

—¿Qué te puedo decir? Tu "prueba de las sombras" me hizo ver mas claras las cosas.

—Helga…—llamó Arnold con apenas un hilo de voz. Ella lo miró a los ojos, pero no advirtió sentimiento alguno en sus ojos. O era la mejor actriz del mundo o de verdad, se había terminado lo suyo.

—Te odio... —espetó lanzando un objeto hacia él que le atinó en el hombro. Siseó de dolor porque se trataba de un dardo bastante afilado. —¡Te odio tanto que acabaré contigo en otro momento! Eso que te arrojé, se trató de una advertencia. No quiero que te metas entre esta perra y yo.

—¿Qué…?—preguntó la Deidad y ni sus amigos, los nativos o Miles sabían, cómo reaccionar.

—Tu comercial era: "Si sobrevives, ella también. Déjalo y la soltaré, quédate con él y les arrebataré algo que será irremplazable"

Bueno, ambas estamos vivas. Te dejaré dar el primer golpe por eso, pero ya lo dejé y te negaste a soltarla.

A todos de hecho y la única promesa que yo te hice a ti fue, que si te atrevías a lastimar a Arnold o a cualquier otra persona que nosotros amáramos, te enseñaría un nuevo significado para la palabra "terror"

—¿Te atreves a amenazarme delante de mi propia gente, en mi propia Tribu?

—No, Deidad. Me atrevo a retarte, pido autorización para una guerra de sangre. —tan pronto como lo pronunció, Arnold y Miles gritaron lo más fuerte que les dieron sus cuerdas vocales que ¡NO! Aitor y Antha (quienes seguían siendo reconocidos por los ojos verdes como los auténticos líderes) dijeron que sí.

—¡TE ARREPENTIRÁS! —gritó furiosa la falsa Deidad, golpeando de nuevo con su lanza el suelo y haciendo que una energía sobrenatural soltara los amarres de los cautivos y abriera las celdas al mismo tiempo.

Acto seguido, desalojó el recinto siendo seguida de cerca por todo su séquito.

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La guerra de sangre demandaba la labor de la tribu completa. Se preparaba música, comida y baile para "llamar, despertar y honrar" a los Dioses.

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—¿Qué has hecho…?—preguntó Arnold, contemplando a la que se seguía negando a mirarlo a los ojos. Cabellos cortos que permitían una vista perfecta de su cuello largo, hombros breves, espalda recta, cintura marcada y esos glúteos firmes y redondos donde le gustaba poner las manos a la hora de levantarla. Llevaba un conjunto de ropa tan corto y entallado (al estilo de Angelina Jolie en Tomb Raider) que en serio él, se iba a infartar.

Antha, se aproximó a su mujer mucho antes de que él pudiera acecharla. Necesitaba hablarle, tocarla, estrecharla, saber, si era cierto que lo odiaba.

—Tú debes venir con nosotros, Hombre Milagro. —quien lo buscaba era Aitor, junto a su padre y su madre que yacía entre los brazos de aquel. Dadas las circunstancias, no tuvo más remedio que acceder.

Atrás se quedaron sus amigos sumamente confundidos pero por lo menos ya estaban juntos. Nadine y Peapod se habían unido a los Tres Mosqueteros o el amante, amado y amor de su corazón.

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—¿¡Qué demonios significa todo esto!? —preguntaron a Lorenzo, Alan y Brainy tan pronto se fueron todos y los dejaron solos.

—Encontramos algunos códices pintados en las cuevas mientras veníamos hacia acá. —respondió Lorenzo. —Lamentamos la demora, por cierto, pero se hacen muchas mas horas navegando que volando.

—¡VE AL GRANO! —gritó Rhonda a su novio y éste se disculpó de nuevo. Brainy tomó la palabra.

—La guerra de sangre parece referir un duelo a muerte.

—¡¿QUÉ?! —gritaron todos y Phoebe sintió que en cualquier instante se llegaría a desmayar. ¡Su amiga no podía! ¡Su alma se consumiría! ¡Ella que era tan gentil y noble…! —el albino de gafas transparentes las ajustó sobre el puente de su nariz y fue escueto en su resolución.

—Gente muere en las guerras y esto es guerra. Cuando hice mi servicio militar, también tuve que asesinar.

—¡NO…!—gritó la asiática derrumbándose al piso.

—Tus padres te entregaron esa espada conscientes de que situaciones desesperadas requieren medidas despiadadas.

—Pero su corazón…—insistió con el rostro bañado en llanto. Gerald, estaba en igualdad de sentimiento con los "Mosqueteros" además de apoyar al ciento por ciento a Helga, ella era una guerrera nata, tenía madera para tomar las decisiones férreas.

Matar no la trastornaría porque no lo haría con saña o por perseguir venganza. Lo haría porque era la única manera de devolverlos a su hogar.

Tras su actuación, la "muerte" sólo pensaría en atravesarla con esa lanza. Ya no le importaría si se amaban ella y el cabeza de balón.

—Su corazón estará bien, porque no va a ganar la batalla. —anunció Alan y todos se quedaron pasmados. —La interpretación exacta de esos códices es: Quien resulte vencedor, demostrará ser el mejor guerrero y por tanto digno de acompañar a los Dioses.

—No pueden estar hablando en serio…—comentó Eugene, derrumbándose junto a la asiática. Los tres guardianes de Helga G. Pataki, les dijeron que sí.

—A quien gane, le romperán sus huesos, drenarán la sangre y sacarán el corazón, con la esperanza de que su espíritu ascienda y acompañe a los Dioses.

—¡Pero si pierde, significa que la matará! —objetó Rhonda.

—Ahora entiendes por qué se llama guerra de sangre. —comentó Redmond con gesto sombrío, saliendo para tomar un poco de aire fresco.

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Continuará...

No me odien, no me odien...bueno sí. Odienme un poquito. Trataré de no tardar demasiado con el siguiente capítulo aunque ya habrán notado que las actualizaciones se cambiaron a una semana sí y una semana no. Besos a los que comentan y agradecimientos especiales a esas bellas personitas que disfrutaron la Película de la Jungla y encontraron algunas similitudes con esta lunática historia! YAY también me hizo muy feliz notar eso. En fin, cuídense mucho. Los amo.