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SAN LORENZO.
Momento Actual.
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Se reunieron de nuevo al interior de la tienda de Aitor y Antha. La anciana de piel morena, gruesas líneas de la edad marcadas tanto en la frente como en las comisuras de sus ojos y labios, entregó a Helga un nuevo escudo y espada pertenecientes a sus guerreros más formidables. Mencionó, que en su momento solían vestirse con pieles de animal y responder a los nombres de guerrero águila o jaguar. Ella agradeció los presentes arrodillándose a sus pies y jurando que los honraría con su vida.
—Esperemos que no sea necesario llegar a eso. —comentó la mujer ayudándola a incorporarse con un tirón de sus manos ásperas.
—He venido sin dudas en mi corazón.—aseveró la dueña de su corazón, mirando a la otra con convicción.
—Y con sombras en tu interior.—declaró la siempre firme y digna líder.
—Reconozco que esa oscuridad es parte de mi y sé que puede convertirse en fuerza o debilidad, dependiendo de en lo que yo crea.
—¿Y qué es lo que crees, elegida?
—Que los salvaré. —enunció con tal seguridad que una sonrisa de esas que hacían estremecer su corazón se dibujó en sus delicadas facciones.
La líder de la tribu le devolvió otra igual.
—También quiero creerlo. Sin embargo, debes saber que mi nieta no es una guerrera honorable. Ha obligado a la madre del milagro a entregarle un veneno de lo más letal. Ignoro cómo es que pretende usarlo pero debes tener extremo cuidado. Según lo que escuché, es un compuesto tan poderoso que solo bastaría un ligero roce para tu irremediable final. —al escuchar esas palabras un estremecimiento se instaló en el corazón de ambos. No podían culpar a Stella, era prisionera de guerra y además de eso daba la impresión de haber estado resistiendo mucho.
—Pierda cuidado. No bajaré la guardia.
—Sobre eso mismo, no deberías preocuparte por sus vasallos. Respetarán las reglas del ritual, ya que se han revelado a nosotros por perseguir esos infames deseos.
—¿Perdón…?—preguntó él metiéndose en la conversación.
—Desean seguir llenándose las manos de sangre. Efectuar sacrificios y guerras santas hasta el final de los tiempos y lo persiguen con tanto afán que no intervendrán. La parte esencial de ese rito es que los dos guerreros luchen por sus propios medios. En teoría, Thea no debería usar su magia negra pero no puedo garantizar que lo haga.
—Yo sí. —aseguró la rubia levantando el rostro. —La he herido en lo más profundo de su orgullo, humillándola en su propia casa y delante de todos los que amenaza. Si quiere demostrar que es digna de gobernar estas tierras deberá respetar las reglas.
—Aún así, estás en desventaja. —mencionó la mujer señalando su puño enyesado. Los diseños de Brainy se habían borrado, el yeso que lucía ahora se pintó en su totalidad de negro y él quería saber la razón.
¿Por qué llegó tan tarde? ¿Por qué cortó sus cabellos? ¿Por qué dijo que lo odiaba con la misma serenidad con que decía ahora poder derrotarla?
—Tengo algo mejor que dos puños…—respondió girando en redondo y dándole por fin una mirada a los ojos. Él reconoció el profundo amor latiendo en sus ojos, brillando por debajo del deseo de fundirse en una buena querella. ¡Esa era su novia! La mujer por la que daría la vida, sin importar el momento o lugar. Sonrió tímidamente a ella y Helga le devolvió el gesto antes de volver a mirar a la anciana.
—Su amor… —pronunció con admiración y Helga asintió. —Pero mi nieta y todos creen que ya no sientes por él más amor.
—Así es. Tuve que romperlo un poco pero sé que lo soportará.
—Han sufrido demasiado ustedes dos. Sus almas, no son las de un par de chicos de su edad. Eso es lo que más me llamó la atención la primera vez que los conocí.
—Estamos en paz con el Destino que nos ha tocado. —mencionó él, cerrando la distancia entre sus cuerpos, rodeando con ambos brazos la cintura de Helga, recargando la barbilla en su hombro y consiguiendo que con ello se relajara y estremeciera a un mismo tiempo. —Pues así hayan sido días, meses u años los que pasamos amándonos en cualquier existencia previa. Lo hicimos con completa entrega y honestidad.
—Ella no volverá a separarnos. —juró la que por siempre, sería su novia.
—Espero que así sea. —les deseó la profeta y acto seguido, se permitió recordarles que debían prepararse.
Con el asentamiento de la noche se iniciaba el ritual.
A él lo colocarían al centro de la explanada junto a sus padres. Miles ya estaba despertando a Stella y Aitor coordinaba los preparativos con el resto de la tribu. Sus amigos estarían en un lugar seguro, sin embargo. Tan pronto como cesara la guerra y una de las dos cayera debían retirarse. No correspondía a ellos ser testigos de la crueldad de una guerra de sangre. Asintió, pues tampoco quería que estuvieran metidos en eso. Su madre también tenía que irse. Ya había sufrido bastante y si era necesario que uno de los Shortman se quedara ahí, lo haría él. Era el momento de que tomara su lugar como Hombre Milagro. Helga resopló por debajo de sus formas al escucharlo decir eso, pero sabía que era una posibilidad.
Viaje sin retorno. Por lo mismo ya no tenían dudas o deseos sin cumplir en su corazón.
Él besó a Lila y ella a los otros... (Contrario de la creencia popular, no era un ajuste de cuentas. Tan solo era lo que refirió aquella noche en su habitación) Atreverse a cumplir lo imposible para que llegado el momento de despertar solos en mitad de la selva, ni él la odiara o ella lo odiara por no haber probado jamás otros labios.
Sus amores de la tierna infancia (en el caso de Lila) sus amigos de toda la vida (en referencia a Brainy, Lorenzo y Alan) aquellos que los esperarían con lealtad a pesar de que probablemente, no volverían jamás.
La profeta se marchó advirtiendo que no "quemaran" sus fuerzas de manera innecesaria. El "ritual de fuego" podría realizarse mañana. Si es que los dos llegaban al alba.
—¿Ritual de fuego?—preguntó ella ligeramente interesada pero él tenía otras cosas bullendo en la punta de su lengua.
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—¿¡Por qué tienes que saltar siempre de cabeza a la muerte!?—atacó, separándola de su lado para echar una vista de su cuerpo completo. Esa blusa sin mangas casi parecía una segunda piel y su sostén deportivo debía ser el mejor del mercado ya que no se veían los "detalles" de sus encantos, el color de la prenda era rosa pálido y el pantalón corto que se adhería a sus caderas y a la parte alta de sus muslos negro, las botas que llegaban a media pantorrilla eran del mismo color, aunque extrañó las riñoneras que Lara Croft llevaba a ambos lados de su cuerpo para sujetar cuchillos o armas de fuego.
Helga no llevaría nada de eso. Al contrario empuñaría una endemoniada espada y un escudo que como refirió ella misma aquella vez de la Cafetería, la harían lucir como Wonder Woman.
—Ese es mi súper poder. —comentó tranquila. —Cuando los chicos publiquen el cómic sabrás los detalles.
—¿En serio quieres que pregunte por los detalles? —inquirió con molestia en la voz, porque seguía despreciando la idea de que se hubiera metido en un barco con ellos.
—¿Sigues molesto por eso…?—preguntó con ligera burla y él enfureció otro poco.
—Lila me abofeteó en cuanto la besé pero a ti te enseñaron a hacer un maldito beso francés.
—¿Cómo sabes que se llama así?—preguntó en el mismo inocente tono, cruzando los brazos a la altura del pecho y él prácticamente se volvió loco.
—¡ESE NO ES EL PUNTO, PATAKI! ¡TÚ, LITERALMENTE HAS ESTADO TORTURANDOME DESDE EL MOMENTO EN QUE YO…!
—Sabes que me gusta jugar sucio…—interrumpió con una sonrisa tremenda y él sintió explotar alguna de sus venas, porque claro. ¡Ahora todo, resultaba ser parte de un malévolo plan para volverlo loco y hacerle creer hasta a su sombra, que él era el maldito cabrón que merecía el castigo divino y la inquisición!
Helga no borró la presunción de su rostro. Aquello lo hizo enloquecer de más porque sus abuelos lo repudiaron, su padre lo castigó sometiéndolo al mas crudo de los entrenamientos y sus amigos en general, lo veían como si fuera un maldito mujeriego, doble cara, traicionero de lo peor.
¡Y no lo era!
Si iban a iniciar una lista de las personas que habían besado en esta "nueva existencia" la rubia salía perdiendo en cuanto a número, pero él acababa muerto en cuanto a la importancia de esos besos.
Las chicas que de vez en cuando invitaba y besaba no significaban nada para él. Con excepción de Lila, él no había sentido nada, pero estaba casi seguro de que Helga sintió algo. Brainy siempre veló en silencio por su amor, Alan la adoraba al grado de no tener reservas al momento de gritárselo a su novio en la cara y Lorenzo, bueno él, era el caballero de brillante armadura de su más grande "amiga-enemiga" además de un chico sumamente responsable y correcto.
Debió mover algo en su interior, además de la lengua.
Pensando en todo esto, concluyó que tenía derecho a ponerse a pegar de gritos como un histérico y lo habría hecho de no ser porque algunos mechones rebeldes se fueron a la cara de su Amazona.
Perdonaba los besos, la tortura emocional y física pero no, el que le hiciera creer que lo odiaba cortando su cabellera dorada.
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¿Era tan necesario hacer eso?
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—El cabello crece…—comentó serena. Acomodando su cabellera por detrás de la oreja, advirtiendo como siempre, hacia donde había dirigido sus atenciones. —Y sí, tenía que hacerlo porque su ira se basa en lo mucho que nos odia. Nuestro amor le produce nauseas, como a Gerald pero el "Plumero Francés" no va a maldecirnos o asesinarnos. Ella sí y ahora que "cree" que está ganando bajará la guardia. Su percepción de mi y de ti, es que estamos rotos, pero aún nos tenemos el uno al otro. —él la admiró de nuevo, de la cabeza a los pies y debía admitir que se veía más madura, provocativa y sensual con el cabello corto. Le dieron ganas de besarla e intentó hacerlo pero obviamente, se lo impidió.
—¡Lávate la boca, zopenco! A ti, literal, te chupó el diablo… —le causaron gracia sus palabras y buscó como mínimo un vaso con agua. Lo encontró e hizo un par de enjuagues antes de acabarse el liquido.
—¿Así que, estabas observando? —cuestionó interesado. Ella resopló mirándolo con desafío y algo de perversión.
—Todo, desde que te "rendiste"
—Ustedes salvaron a Nadine y Peapod —afirmó.
—Si, y habríamos hecho lo mismo por todos, pero una parte de mi quiso observar tus habilidades de líder.
—¿Idea tuya o de Redmond? —levantó el rostro altivo y es que seguía desconfiando de ese maldito y endiosado inglés.
—De los cuatro, de hecho.
—¿Los besaste otra vez? —inquirió acercándose a su rostro.
—No fue "besar-besar" —respondió estirando un brazo para alejarlo de su lado. Él cedió pero no dejó de mirarla a los ojos. —Tengo entendido que se trató de un juego bastante popular en las fiestas de fin de año.
—¿Hablas de pasarse una carta con los labios?
—¿También lo has jugado?
—No…—reconoció mirándola con otra clase de intención. —Nunca hay igual número de chicos y chicas en las fiestas a las que me invitan y no me iba a arriesgar a besar a mi hermano.
—Apuesto a que te terminaría gustando, según Phoebs, Gerald es un Dios con los labios.
—¿Qué habrías hecho si no me rendía? —preguntó antes de que se salieran por completo del tema.
—Si veíamos una sola gota de sangre manar de sus cuerpos, ardería Troya. No obstante, decidí respetar tus decisiones. Johanssen lo dijo, tú eres su líder. Ellos estaban a tu cargo. Nosotros no podíamos hacer más que observar y el desenlace parecía agradable hasta que el tarado lo tuvo que arruinar.
—Es leal. —acentuó mirándola a los ojos.
—¿Insinúas que yo no lo soy?—relamió su boca y él sintió el impulso posesivo y audaz de reclamarla como propia. Lo reprimió.
—Dejaste que me chupara el diablo.—reclamó humedeciendo sus labios y la otra respondió dibujando una sonrisa que parecía algo tosca.
—Créeme, los chicos tuvieron que sostenerme con todas sus fuerzas para que no le saltara a "tu novia" como una loca.
—Tú eres mi novia.—le recordó con orgullo y firmeza en la voz.
—Y me encanta escuchar que lo digas…—unieron sus labios. Apenas un mínimo pues en ese momento sus padres se dieron permiso de entrar en la tienda.
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—¡ARNOLD…!—llamaron a voz en grito y se disculparon de manera inmediata al notar que se estaban besando. Ellos le restaron importancia al asunto, más que nada porque ella seguía decidida a prolongar "la puesta en escena" otro poco. Unir sus bocas, no era buena idea justo ahora. Anthea podría entrar en su mente mientras estaban luchando, encontrar ese amor que había sobrevivido eones.
—¡Oh, Helga! —exclamó Stella tirando de sus brazos, mirándose en sus ojos y recordándole lo del veneno. —¡No sé en qué estaba pensando cuando guardé esa muestra de todos los venenos mortales en San Lorenzo!
—Seguramente, en crear una cura universal. —respondió la rubia presionándola en un cariñoso y fuerte abrazo. La llenaba de voluntad saberla con vida porque estaban tan cerca de su felices para siempre, que solo tenía que escapar de cada ataque de Anthea hasta que viera una oportunidad. Recibir una estocada en algún punto escandalosamente sangrante pero no fulminante. Concluyó el abrazo encontrando en los verdes ojos de la botánica agradecimiento, preocupación y amor.
—Tendré cuidado.—le aseguró, sin dejar de presionar sus manos en el interior de las suyas. —Los tres idiotas que Arnold odia, me prepararon bastante bien. Son unos locos, obsesivos compulsivos y la muestra de eso está en que pensaron lo del veneno.
—¿Lo dices en serio? —preguntó sin creerlo.
—Trajimos antídotos para muchas clases de veneno, así que no moriré a la primera.
—Rogaré a los Dioses para que así sea. —prometió Miles, aprovechando el interludio para disculparse, por no creer en ella.
—Tú no la conoces como yo, papá. —comentó él, suavizando la tensión del ambiente. —Es la mejor actriz del mundo, tanto que hasta a veces, te hace dudar de tu propia existencia.
—Existes porque yo quiero, melenudo.—aseguró altiva y tanto sus padres como él asintieron. —Stella regresó con su padre. Eran sutiles sus contactos, apenas insinuados, pero en esos leves momentos de intimidad podía sentir el infinito amor que se tenían entre ellos. Los admiró en secreto y aspiró a tener una relación así de fuerte.
—¿Me concederás el honor de entrenarte, esta vez?—preguntó extendiendo su mano a Helga como si la invitara a bailar. —Sé que tus "guardianes" son absolutos, pero yo he combatido contra Thea. Usaremos armas reales, así que deberías ponerte el escudo y levantar la espada.
—Ya te patee el trasero la otra noche, creí que te había convencido de que puedo hacer esto.—cruzó los brazos a la altura del pecho, rechazando su oferta, él suspiró sin perder la calma y agregó.
—Es diferente luchar con armas.
—¿Ahora eres Kwai Chang Caine? (Protagonista de la serie: "Kung Fu")
—¿Quién?—preguntó perdiendo la concentración y ella resopló.
—Olvídalo, sigamos tus reglas. "Sensei"—lo pasó de largo y tomó el escudo. De no haber estado tan ocupado buscando una lanza que se ajustara a su estatura, él habría notado que el diseño de Brainy no formaba parte de su indumentaria. No había ningún brazalete en su antebrazo diestro protegiendo la muñeca herida. En cuanto a la espada, lo único que hizo fue admirarse de lo ligera y filosa que era. Cuanto encontró lo que quería, afianzó su arma y sonrió confiado porque ya era hora de impresionarla.
Stella no quería que pelearan, en general nunca le gustaron las armas o los combates, aunque entendía que esta era una situación desesperada.
—Esta será la ultima vez, Señora Shortman. —aseguró la rubia mirándola a los ojos con ternura. —Le garantizo que volverá a su hogar, Phil y Gertie la esperan con insistencia. Han estado preparando su platillo favorito los últimos quince días.
—Panqueques…—balbuceó la Botánica con temor a ilusionarse con la idea.
—Con miel y mermelada de fresa...—concluyó Miles y Stella liberó las lágrimas que llevaba días, meses u años reprimiendo. Se dejó consolar por él, suspirando contra su pecho y es que por una vez en tanto tiempo, creía haber llegado a su límite. El antropólogo susurró una canción que en teoría, le habría encantado poder cantar a Arnold cuando era un bebé. Se trataba de una nana suave y agradable. La botánica suspiró de nuevo y recordó, que durante su embarazo comió enorme cantidad de fresas silvestres. Se daban bien en esas tierras aunque era poco común encontrarlas en esta época. Su esposo le aseguró que los dos estarían bien. Se prepararon para esto, quizás hasta nacieron para ello. Como sus padres, debían darles seguridad, confianza. No llenarlos de temor y remordimiento. Le dio la razón, después de humedecer tanto su camisa blanca con llanto que hasta el tejido parecía transparente.
Los miró a los dos. Arnold y Helga en perfecta comunión, ceremonioso silencio y las posturas rectas pues aparentemente no saldrían de ahí sin su aprobación. Los dejó ir, reconociendo ahora la desesperación de su hijo al creerla muerta. La reacción de la selva, el "despertar" de la sombra al interior de Anthea.
El detonante de todo, era su amor.
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ALGUNAS HORAS DESPUÉS.
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Curly, Eugene y Nadine, se unieron a los nativos que danzaban descalzos llamando a los Dioses alrededor de una hoguera, Rhonda comenzó a sentir que perdían el estado mental de su mejor amiga pero se guardó los comentarios cuando Peapod, Brainy y Sid, se sumaron a la Ceremonia.
No podían hacer nada por ellos en este momento, más que integrarse al espíritu de la Selva y rogar por su triunfo.
Phoebs estaba con Alan. Él le entregó el suero para el veneno y comentó que pensaron en eso tras evocar los recuerdos de Rhonda. "Si el guardián de Anthea era una serpiente, querían estar preparados para el peor de los escenarios" Gerald intercambiaba algunas palabras con los ojos verdes que estuvieron dispuestos a luchar por su viejo. Su español seguía siendo pésimo, pero muchos de ellos eran cercanos a Miles y Stella, conocían su lengua natal y se comunicaban en inglés.
Lorenzo invitó a Rhonda después de un rato de estar ahí, mirando. Ella no estaba tan loca como para quitarse los zapatos, cantar, bailar o tocar una maldita flauta como si fuera alguno de los niños perdidos de Peter Pan (cual hacía Brainy) pero también había gente golpeando tambores, afilando armas, preparando comida como para alimentar a un batallón. Podría ayudar con eso, cortar verduras, sazonar el caldo. Su novio se ofreció para limpiar la carne que arrebataban de algunos animales recién cazados.
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La noche llegó a su punto culminante cuando a nuestros chicos les dolieron las gargantas y se les hincharon los pies. Alan, Gerald y Phoebe terminaron por sumarse a los preparativos también, afilando instrumentos de hueso con piedra lisa, tocando los tambores con las palmas desnudas, emulando la danza bélica con la espada que perteneció a su abuelo y que enaltecía el nombre de su familia.
Solo pensaban en Helga, en que no muriera. Una persona como ella, un alma como la suya no pertenecía a los Dioses sino a los hombres. Ella era la musa creadora de todo lo bueno en sus vidas, necesitaban tenerla en su día a día.
El sonido del cuerno que hacía erizar sus vellos y subir su presión arterial al máximo resonó de pronto poniéndolos nerviosos. Se miraron unos a otros y es que en todo este tiempo, ni Anthea, Arnold o Helga habían sido vistos.
Sus anfitriones los instaron a acomodarse a lo largo de una escalinata, el espacio ante ellos podría describirse como una explanada o coliseo. Por la parte de atrás se levantaba el volcán, al costado izquierdo el templo de la vida, en el derecho el de la muerte. Cuando tomaron sus lugares y todo el mundo guardó silencio, aparecieron los ancianos líderes de la tribu acompañados de Arnold y los Shortman. Dijeron algunas cosas en español que ninguno de ellos entendió pero que llevaron a los ojos verdes a arrodillarse y ofrecer una alabanza con las manos en alto.
Imitaron la acción, Eugene dijo que el aire se encontraba limpio. No había sombras, la oscuridad que reinaba provenía de la madre naturaleza: La noche eterna ofreciendo su manto protector a los guerreros que se enfrentarían en duelo.
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Al segundo aullido del cuerno, la que se presentó fue Anthea vestida con las mismas prendas, además de una capa roja por detrás de los hombros. Sus amigos la abuchearon, los ojos verdes se sentaron, los de ojos rojos mostraron sus respetos alabando de igual manera con las rodillas al suelo y las manos al cielo.
Tercer aullido y emergió su amiga. Los cabellos cortos que la hacían lucir mucho más madura y etérea, el escudo en la mano diestra, la espada en la izquierda. Todos la ovacionaron de la misma manera en que hacían en el campo de Béisbol de su escuela, gritaron su nombre como si fuera la regente de los Espartanos.
¡HELGA! ¡HELGA! ¡HELGA!
Los fieles al "milagro" la elogiaron por igual y suponían que de estar permitido, tanto Miles como Stella, Aitor, Antha y Arnold, la habrían llamado a gritos. Anthea enfureció por la reacción de su pueblo golpeando la tierra con su lanza a manera de cetro, la Selva tembló, el suelo se abrió y entonces la anciana anunció que las reglas del rito eran estrictas.
"Guerra a muerte utilizando únicamente sus habilidades físicas y mentales. La magia oscura o los golpes a traición no estaban permitidos, de utilizarlos sería repudiada, aniquilada y depositados sus restos en el exilio"
Su nieta la miró con odio, la anciana reaccionó por igual y es que toda ella era oscuridad. Sus ojos negros en totalidad sin el blanco del globo ocular y la piel morena, ennegrecida en un tono que no correspondía a su pueblo. Vendió su alma a cabalidad, de eso estaba segura pues el número de pulseras y collares decorando su cuerpo aumentaron de nuevo.
—¡Tu cabeza será la primera que corte, una vez me haya desecho de ella, abuela!
—¡Tú y yo no compartimos ninguna clase de vínculo, espectro! —gritó encolerizada. —Ahora, lucha cómo está escrito si es que pretendes conservar a tu séquito. —los ojos rojos levantaron los rostros y tensaron los músculos porque eso era cierto.
Ellos respetaban sus tradiciones pues hacer el ritual a la perfección quería decir que dignificaban a sus Dioses.
—¡Lo haré! —aseguró la hechicera replegando su lanza y la rubia lo aseveró por igual. Aitor levantó la voz declarando que la batalla duraría hasta que llegara el alba o una de las dos muriera.
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Anthea sonrió, dispuesta a acabar con la otra en un parpadeo. Después de todo, sucedió en sus "sueños" le atravesó el vientre con su afilada lanza y no importaba que ahora estuviera armada. Envenenó la hoja de su alabarda con la sustancia que le robó a la madre de su Destino. Aún si no la mataba ella, el veneno lo haría.
¡La historia se repetiría, siempre lo haría!
Disfrutó prematuramente de su victoria, el cuerno sonó una cuarta vez y cada una tomó su distancia además de preparar sus armas. A la quinta, la batalla inició y junto con ella los sonidos de San Lorenzo.
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Cantos, rezos y ruegos se elevaron junto con el viento. Sus amigos permanecían mudos, algunos cubrieron sus ojos, otros presionaron los puños. Gerald confiaba en ella, creía en ella. ¡Tenía que salir victoriosa! Aunque en teoría, su plan era "morir" sin resultar gravemente herida.
Lorenzo sostuvo a su novia contra su pecho, Rhonda no quería observar. Nadine y Peapod también se abrazaron el uno al otro mientras oraban por ella.
Phoebs estaba concentrada en la batalla, de manera interna susurraba los movimientos que debía efectuar para no resultar lesionada. (Helga entrenó con ella algunas veces en la tierna infancia, cuando su padre la llevaba a practicar esgrima en el Dojo de la Ciudad vecina) Conocía sus movimientos, pensamientos. Era ágil, audaz pero también sumamente arriesgada. La disciplina no se llevaba bien con su mejor amiga y era por eso que aún siendo tan inteligente se conformaba con alcanzar un promedio regular en la escuela.
Brainy, Eugene y Alan se levantaron de sus lugares y se acercaron a la explanada lo más que les permitieron. El sonido del metal chocando, es decir: la punta de la lanza contra el escudo hacía que con cada movimiento de las guerreras, ellos sintieran que se les escapaba el aliento.
En sus "simulaciones" le sugirieron a Helga romper esa lanza con la endemoniada espada, pero como solía suceder. La teoría se quedaba corta en la práctica.
Arnold estaba tenso, a la par de Phoebs y es que su elegida tenía excelente defensa y velocidad pero aún no se decidía a atacar de manera frontal. La estaba estudiando, tomando sus precauciones y es que la energía que emanaba de Anthea debía estar perturbándola.
Toda ella era maldad.
A pesar de no estar usando sus perversos dones, se sentía en el aire y se veía en el suelo que ennegrecía ahí donde ella pisara. Para animarla, Eugene comenzó a gritarle palabras de admiración, Brainy reconoció que aún la amaba con todo su corazón. ¡Tenía que sobrevivir para que volviera a acecharla! Alan secundó la moción, Gerald dijo que se comería a su gato, lo encontraría, desollaría y asaría a las suaves brazas, si no ganaba. Sid dijo que entre él, Stinky y Harold, invertirían mil quinientos dólares en su noche de bodas y él dudó que su voces lograran escucharse por encima de los cantos que buscaban enaltecer a los Dioses.
Un nuevo movimiento de la auto nombrada Diosa derribó a su chica en un parpadeo, todos guardaron silencio al momento. Los que habían dicho no querer ver abrieron los ojos encontrándola en el suelo. La lanza no logró atravesar su carne, sólo fue un roce en el antebrazo diestro pero aún así le arrancó un estremecedor siseo de dolor.
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—¿Qué sucede, elegida? —se burló la Deidad. —Creí que me enseñarías un nuevo significado para la palabra "Terror" —saboreó las palabras en su idioma natal y la rubia chasqueó la lengua pues ese idioma lo había aprendido a la par del francés.
—Suplicarás…—prometió en español y la hechicera repudió el que conociera su lengua. Pataki se levantó furiosa. Las rodillas y los codos rojos por el esfuerzo ejercido en batalla, la frente perlada por el sudor y los cabellos ligeramente ondulados por la humedad y fricción.
Dejó la espada enterrada en la tierra, ella no era de instrumentos bélicos, lo estuvo intentando cuando "entrenó" con los chicos y también con Arnold, pero no le gustó.
Si se suponía que el ritual se ganaba con su habilidad física y mental, entonces volvería a la vieja escuela: sus puños contra la maldita perra esa. Así estaba escrito en su corazón. Su sangre y sus huesos deseaban sentir el impacto de piel contra piel.
Tras decidirlo y evidenciarlo con alguna expresión de su rostro. Arnold le gritó lo más fuerte que pudo:
—¡No lo hagas!
Gerald bramó desesperado: —¡No puedes estar tan loca!"
Phoebe se dejó caer sobre la escalinata. El ultimo sonido que escuchó de sus labios fue tan diminuto que ni siquiera logró interpretarlo.
Rhonda debió desmayarse en el instante que se deshizo del escudo y lo dejó caer sonoramente a pocos centímetros de sus pies. Nadine rompió a renegar y chillar junto con Peapod y Eugene. A Brainy lo estaba tratando de retener Alan, tarea difícil pues el antaño asmático era un hueso escurridizo y duro de roer si no se quería someter. Curly estalló en una histérica y escandalosa risa, los ojos verdes lo golpearon en la cabeza para hacer que detuviera esos sonidos grotescos.
Ínfimos, patéticos…—pensó ella para sus adentros— Todos eran una manada de bebitos llorones y desmemoriados porque ella siempre había estado loca. Ese mal le llegó al momento de cruzar sus ojos con los de aquel. Lo recordaba perfectamente bien: Cuatro años de edad, a las afueras de su lugar más especial. Evocó su cordialidad, la sonrisa afable, los ojos transparentes y brillantes, la mano ofreciéndose a tomar la suya para cobijarla bajo su sombrilla.
Sonrió.
—¡Helga por el amor de Dios! —volvió a gritar el rubio y como habrán de imaginar, ella lo ignoró. Adquirió la posición defensiva, anhelado su infinita paz. La luz que desde siempre, le había mostrado el camino correcto.
Anthea sonrió de igual manera, confiada al creerla "vencida" dos hileras de dientes perfectos que en su estado actual (de posesión) parecían amarillos. Ella cerró ambos puños. Según el médico que le pagaron entre Lorenzo y Alan, su muñeca diestra se encontraba perfecta. Una recuperación asombrosa ya que las radiografías que le facilitaron de manera previa hablaban de una fisura.
Relajó los músculos, controló su respiración y planeó la estrategia correcta.
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Hace mucho que no se metía en peleas. No lo creía necesario porque ella, ya no se encontraba gritando. Hizo las pases con sus demonios internos, amagó la oscuridad de su corazón guardándola en una caja y tirando la llave en el mismo lugar donde reprimía sus sentimientos por Arnold. No es que ya no lo amara o que ella no fuera autodestructiva y loca.
Sino que aceptó que algunas cosas no sucedían como quería.
Ser una Amazona o la poseedora de su corazón, sólo podía suceder aquí. En el lugar donde le prometió lo prohibido e hizo lo imposible por devolverle a sus padres. Donde se besaron más de una vez y él advirtió la oscuridad de su corazón y no le importó.
Conoció a la Helga que estaba rota, sola y que también, seguía luchando por él.
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Inhaló profundo, plantó bien firmes los pies. Su oponente presionó la alabarda en el interior de su mano diestra, más oscuridad manó de su cuerpo, pero esta ya no la atravesaba o lastimaba. No tenía más miedo de ella así que lo siguiente en su lista de pendientes era agradecer a los Dioses. Tal vez, hacer el amor con el Hombre Milagro le confirió una pronta recuperación, pero quien sabe. No era el momento de pensar en esto, sino en romperle la cara a una Deidad y llevar al límite su humanidad.
—¿Te asusta ensuciarte las manos, Majestad? —preguntó con burla y Anthea reaccionó.
—¿Cómo dices…?—gruñó presionando más fuerte su lanza.
—Creí que a los de tu especie les gustaba llenarse las manos de sangre. ¿No es así? Porque la otra noche soñé que me arrancabas el corazón del pecho y lo mordías como un vampiro.
—No sé lo que sea eso, pero he de admitir que también tuve el mismo sueño.
—¿Será que presagiaste todo esto? —provocó, con tan obvia intensión que Arnold tuvo que ser detenido por Aitor y Miles para no salir de su sitio.
—¡Lo hice! —afirmó señalando su pecho con la alabarda en su mano. —Una estocada. —pensó para sus adentros. —Solo un movimiento rápido y la tendría agonizando bajo sus pies. El corazón húmedo, palpitante…lo consumiría de una mordida porque a su entender. Las dos eran lo mismo. Ella replicó la oscuridad de su interior, hizo reales sus mas funestos deseos y por tanto él, tendría que ser suyo.
Su Destino, no entendía lo que hacía porque aún estaba cegado de amor por ella, pero cuando muriera, vería que era tan determinada y audaz como esta patética humana.
—Entonces ven, ensucia tus manos… —ofreció levantando el pecho sobre el cual relucían un par de placas plateadas. Anteriormente no las había visto pero qué importaba. Le agradó la oferta. Si creía que era menos peligrosa con las manos desnudas le mostraría la grandeza de su error.
Soltó la lanza, levantando el rostro con decisión y crispando los dedos en contestación. Sus esbirros se emocionaron, la habían visto derribar bestias con las manos desnudas y no había forma de que fuera diferente ahora. Los amigos de ambos soltaron maldiciones e improperios. Ese intercambio de palabras lo ofrecieron en inglés así que estaban al tanto de lo que pretendían hacer. Arnold siguió tratando de llegar a su lado, pero al igual que sucediera con esos tres sujetos frenéticos e histéricos (Eugene, Brainy y Alan) los ojos verdes se lo impidieron.
—Debes respetar las reglas del rito. —le recordó, Aitor.
—¡Pero si no hago algo, la asesinará…!
Claro que lo haría, juró para sus adentros extrayendo un puñal del interior de su ropa. Era pequeño, no más de quince centímetros de largo, pero estaba sumamente afilado.
¿La razón…?
Era bastante complicado arrebatar un corazón del cuerpo humano.
El órgano vital está protegido dentro de la caja torácica: una hilera de gruesos y firmes huesos que en la actualidad, requería de instrumentos especializados para poderse separar. Lo que hacían ellos durante el ritual, era perforar por debajo e introducir la mano desde ahí. La mayoría de las veces extraían el hígado u algún otro órgano que se encontraran al paso. El corazón era su objetivo pero como explicó, no era tan sencillo obtenerlo, músculo, hueso, grasa, sangre. Además de la presión de estar siendo observado por todos.
Ella lo lograría, introduciría todo el brazo de ser necesario y no pararía hasta tenerlo en su mano.
Un escalofrío de ansiedad la recorrió ante la contemplación de la idea. Sus uñas eran largas y sus huesos delgados, no creía que la elegida tuviera la piel demasiado gruesa. Al contrario, debía ser suave y fresca como una fruta. La miró a los ojos y se percató de que la veía por igual, parecía serena, firme, concentrada o tal vez resignada.
¿Le entregaría por voluntad propia su corazón? Si no era así, no se explicaba el por qué, hubiera soltado las armas. ¿A caso creía poder derrotarla? A ella, que se había entrenado para este día los últimos ocho años de su vida.
—¡JAJAJAJA! —rompió a reír sorprendiendo a todos, asustando a algunos, pero no a ella. La despreció y condenó. —¡Desaparecerás tan rápido que tu cuerpo, no tendrá tiempo de ponerse tieso! —Sus amigos chillaron aterrorizados. La tribu en general repudió su mandato pero era absoluto. Sólo piénsenlo, la luz de la luna permanecía en lo alto, el viento helando pero aún así, se sentía el calor de la hoguera que levantaron para mostrar el camino a los Dioses.
Ambos debían despertar.
Tanto la Diosa de la muerte, como el Dios de la vida.
Supuso que su madre (Muerte) estaría complacida. Todo esto era para ella, vertería la sangre de su enemiga jurada a lo largo de la escalinata que ascendía hasta su templo, luego la postraría en el altar y dejaría que la naturaleza diera rápida cuenta de ella. Los animales salvajes, insectos, las altas y bajas temperaturas de San Lorenzo.
Sonrió con impaciencia, tomando impulso para asestar el golpe fatal.
La música cesó, los susurros, rezos.
Todo frenó, excepto la voz del chico con cabellos de fuego advirtiendo que tenía un cuchillo.
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Helga esquivó la puñalada gracias a la exhortación de Eugene, golpeó con el dorso de la mano que ya no estaba enyesada su antebrazo diestro para que soltara el arma y remató con un codazo directo en su pecho. Lo hizo tan rápido y fuerte que la derribó al suelo. Los ojos verdes se impresionaron, la música de los tambores y los cantos al cielo encumbraron de nuevo.
Anthea rechinó los dientes, retomó el puñal además de un puñado de tierra, levantándose con violencia y anotando de manera mental asesinar a ese entrometido de ojos felinos. Eugene sintió la amenaza pero no se asustó, Curly le colocó a todos previamente (durante su lapsus de locura Selvatica) un collar de hojas rojas y verdes, asegurando que los muertos le dijeron que eso era un amuleto, contra las maldiciones de los vivos.
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—¡Cómo te atreves!—acusó la asesina, regresando a lo que hacía.
—¿Cómo me atrevo yo? ¿¡Cómo te atreves tú a besarlo!? —declaró Helga desprendiéndose de lo que creían todos era su yeso pero sólo se trataba de una muñequera para que no se hiriera. Brainy, Alan y Lorenzo (que había dejado a Rhonda al cuidado de Sid) vaciaron el contenido de sus pulmones.
Los demás no entendían lo que pasaba.
—¿Ella está…?—preguntó Eugene y sus "guardianes" le dijeron que se encontraba bien. Le hicieron estudios para descartar cualquier consecuencia de la pelea y descubrieron que su recuperación era completa. Ni fisuras o fracturas, aunque en teoría. Lo único que no debería de hacer, era estrellar su puño contra otra maldita quijada.
La rubia tronó sus nudillos, al estilo que solía usar en el campo de béisbol. Sonrió de lado y escupió al piso como si lo enunciado fuera exactamente lo que planeaba hacer. Sus amigos suspiraron, tomándose de las manos porque ya sabían que era más sencillo sacar agua de una roca que sentido común de Helga G. Pataki.
—¿Me golpeas por besarlo? —preguntó la Deidad sin creer lo que había escuchado.
—Si, también lo haré por aterrorizar a nuestros amigos. Lastimarlos, humillarlos, y si fuera tú, comenzaría a rezar por que te devolveré cada herida en el cuerpo de Stella. —la Botánica que permanecía con el alma en un hilo junto a su marido se sintió conmovida y preocupada a la vez. Sin la lanza, Anthea no era tan intimidante pero seguía siendo sumamente peligrosa.
—¡Dijiste que no lo amabas!—bramó encolerizada.
—Dije que lo odiaba, lo que "en mi idioma" no significa lo mismo. —sus amigos carraspearon, vaciaron el contenido de sus pulmones. Phoebs se levantó del lugar donde se había desplomado y recordó algo de eso.
Un poema que escribió en la tierna infancia. Si recordaba correctamente, decía mas o menos así:
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Te odio, porque no puedo tenerte.
Te odio, porque te necesito y eso crea una dependencia que no busqué.
Te odio, porque cada vez que te hiero, me duele en el alma, pero no puedo retroceder.
Te odio, porque lucho por creer en ti, confiar en ti, entregarte mi voluntad, pero el miedo es tan fuerte, el recuerdo del dolor a la traición es tan potente, que no me puedo contener.
Te odio, porque tienes razón en tantas cosas que no quiero reconocer.
Te odio, porque el temor a que te acerques y me toques, no poder negar mis labios a tu boca, me hace sentir vulnerable.
Te odio, porque ya no soy capaz de decidir que hacer sola. Necesito tu voz, tus ojos acariciantes, tus suaves manos, tu calor que me hace sentir completa, aunque sea por un par de segundos.
Te odio, porque te quiero solo para mí. No tu vida, no tu tiempo, sino tu amor.
Te odio, porque te amo tanto, que odiarte es la mejor forma de escapar de ti.
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La asiática enunció los versos con parsimonia y encanto, haciéndolos reverberar por todo el espacio. Los chicos se sintieron tranquilos, confiados en la fortaleza de su amor. Miles y Stella presionaron el agarre de sus manos. Arnold sintió que su corazón se henchía de orgullo, respeto e infinito amor por ella. Anthea volvió a apretar el puñal entre sus dedos.
—¡Lo traicionaste! —acusó refiriendo lo que había encontrado en la mente de su adorado.
—Lo rompí, de la misma manera en que él me ha roto infinidad de veces y aún así estoy aquí.
—Su amor… —pronunció con tanto odio que su cuerpo comenzó a temblar. Afianzó el dominio del arma sin ninguna otra intención más allá de perforarle el pecho y terminar con el juego. Sus labios se abrieron, sus músculos se tensaron, sus cabellos se soltaron y atacó de lleno.
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Las alabanzas que celebraban el nombre de la rubia se repitieron en su cabeza, aunadas al apoyo de sus amigos, el respaldo de sus abuelos, la lealtad de todo su pueblo. Sintió ira, frustración, coraje. Emociones que no tendría por qué experimentar. ¡Ella era la hija de una Divinidad! Estaba por encima de esos despreciables sentimientos y sin embargo, estaba perdiendo.
Sus golpes evadidos y respondidos, el beso de la daga apenas si rozaba la piel de esa patética humana, abriéndole heridas que la hacían jadear de dolor pero que en absoluto le producirían la muerte. ¿¡Por qué!? ¿A caso así es, como fue escrito? ¿Y qué sucedía con su visión? ¿Con la imagen de ella sobre un inmenso charco de sangre? ¿Se trató de un error? ¿Una concepción de su trastornada alma? Pero, las Deidades no tienen alma. Se alimentan de ellas y por tanto necesitan sacrificios. Vidas que de buen agrado acepten entregar lo que les es más preciado.
Pensar en todo esto la orilló a perder su cuchillo y caer de bruces a la tierra seca. La elegida pateó la daga lo más lejos que pudo y luego colocó su pesada bota sobre su espalda.
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—Suplica…—le ordenó en su lengua natal y entonces ella perdió el control. La tierra comenzó a estremecerse y sangrar. El chico de cabellos rojos le informó al resto lo que veía. No conocía su idioma, pero Antha se los dijo por igual. ¡La desacreditaba, la condenaba al exilio, a una muerte sin honor! pero nada de eso le importaba más.
Sólo matarla, ella pidió un cuerpo terreno para poder asesinarla.
Se incorporó, haciendo a un lado a la otra y empleando su energía sobrenatural para atraer su lanza. El instrumento mortal viajo desde su posición hasta colocarse en su mano. La elegida se impresionó por sus actos, y ella sonrió porque ya era momento de ver algo de horror en su precioso y pálido rostro.
Quería oírla gritar, verla sollozar, sangrar.
Sus sirvientes la repudiaron por el desacato pero su odio ya estaba por encima de todo.
—¡HELGA, QUÉ ESTÁS HACIENDO QUITATE DE AHÍ! —le ordenó Arnold tratando de llegar a su lado, pero el caos estaba a nada de ser propagado.
—¡Las sombras están manando del suelo y entrando en sus cuerpos! —anunció Eugene y en efecto, los seguidores de Anthea, los traidores, los de ojos rojos uno a uno cayeron.
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El silencio, la incredulidad y el horror se apoderaron de San Lorenzo.
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—¡¿Están muertos?! —preguntó Helga totalmente aterrorizada, tapando sus labios con ambas manos. La falsa Deidad asintió, los dientes ya no se veían amarillos, sino rojos, los ojos hundidos, los cabellos sueltos como una Banshee.
—Pero eran tu gente...—enunció sin dar crédito, pues nada le afectaba más que el total desprecio por la vida humana. Ellos creían en ella, la adoraban y veneraban. ¿Era así como se los pagaba? Su pecho sintió diminutos espasmos de dolor.
—Eran débiles...—declaró la Deidad, haciendo hincapié en el hecho de que había otros que no murieron. Hillwoodenses y Ojos verdes se escudaron detrás del "Milagro" Arnold, se congeló en su sitio pues, aunque la quería proteger era responsable de todos ellos. Sid (que sostenía entre sus brazos a la inconsciente heredera de la familia Lloyd) ya estaba llorando a moco tendido a un lado de Peapod y Nadine, Phoebs se veía tan pálida que a pesar de estar siendo sostenida por Gerald y Curly daba la impresión de que en cualquier instante se llegaría a desmayar. Los "tres mosqueteros" además de Eugene le sostuvieron la mirada. Una promesa no expresa que quería decir "que fuera con ella" ellos se harían cargo, se responsabilizaban de lo que pasara. Su padre, por el contrario lo miró como el Comandante de los nueve infiernos.
Las palabras de Antha se repitieron en su cabeza. "Al terminar la batalla. En el momento que una de las dos cayera, sus amigos debían volver" y Miles quería saber quién de los dos lo iba a hacer.
—Aceptaré mi Destino...—enunció convencido. Su padre asintió con los músculos tensos, su madre cayó de rodillas sin poder reprimir por mas tiempo, el llanto que la estaba asfixiando.
—¿Qué significa eso?—preguntó Gerald, pálido al tono de los nativos, pero no se atrevió a contestar, le obsequió una sonrisa, la más diminuta y triste del mundo, del tipo que le dedicaba cuando se ponía melancólico por el tema de sus padres y no encontraba consuelo en ninguna cara amigable. Acto seguido, giró en redondo, fijando sus ojos en la batalla.
Al parecer Anthea, intentaba hacer lo correcto esta ultima vez.
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—Toma tu espada.—ordenó a la mortal.
—No…—Helga negó con el rostro porque ella no era, ni sería jamás una asesina. Las heridas que le abrió en la piel ardían y fluían pero por el calor de la pelea y el fuego de la hoguera apenas es que lo notaba. Su respiración también se sentía extraña. El cuerpo tieso, como si no obedeciera únicamente a su mandato. Se extrañó por el hecho pues a todas esas sensaciones se sumó el mareo y ligera pérdida de visión. No fue hasta que la Deidad cortó el viento con su lanza que se hizo una buena idea de qué era lo que le pasaba.
—Envenenaste el filo de tu arma…¡Insultaste a tu pueblo desde el principio! —declaró en un tono tan alto que todos la escucharon firme y claro. Phoebe se derrumbó de nuevo, Curly la acompañó pues no estaba preparado para perder a alguien tan cercano. Nadine sollozó, sintió su corazón encogerse como jamás en su vida porque le creía. ¡Creía a la madre naturaleza, al clamor de la Selva, al fuego que irradiaba su amiga y que decía, que viviría! Alan, Lorenzo y Brainy, se empeñaron en el suero, trajeron antídotos para toda clase de veneno y ella era fuerte. ¡Era una Amazona, no moriría, jamás lo haría! Eugene se unió al coraje y la indignación colectiva. La rubia extendió el brazo diestro, la herida inicial se veía horrible, hinchada con pus y sangre coagulada.
—¿Qué si lo hice?—respondió a la defensiva. Ojos verdes se olvidaron del protocolo, Anthea escribió su final, burlándose del ritual mas sagrado de todos. Antha miró a Aitor y su esposo dio ordenes a sus sirvientes más silenciosos. Los Hillwoodenses tenían que irse, la guerra acababa ahora, sin importar que las dos murieran. Arnold saltó al coliseo, Anthea asestó otra serie de estocadas fatales, el filo de la hoja atravesó su vientre después de esquivar los primeros seis ataques. Helga estaba bastante paralizada por el veneno e impresionada de que tuviera tan poco respeto por su pueblo. Cayó, a tiempo justo de ser rodeada por los fuertes y cálidos brazos de Arnold. Se besaron, ínfimo, íntimo, tímido.
Anthea siguió atacando y en esta ocasión, era él quien la estaba enfrentando. Ofreció pelea, mientras sus amigos sentían punzadas en algún lugar de sus cuerpos. Cerbatanas con poción del sueño para hacer que no observaran el desenlace funesto. Los débiles de corazón o que ya no podían más con todo este clamor (Peapod, Sid, Curly, Lorenzo y Phoebs) se desmayaron de inmediato, el resto no. Gerald se empeñaba en perseguir los movimientos de su amigo, Eugene estaba enfrascado en la sangre que manaba del cuerpo de su amiga, intentaba descifrar que tanto podía llegar a afectarla el veneno pero recibieron una segunda punzada, en el momento exacto que la preocupación de Arnold por Helga lo hacía perder el piso y resultar igualmente herido. La lanza cortó su espalda baja y cayó no muy lejos de su amor.
El grito que escapó a los labios de sus padres fue secundado por un aullido furioso de todos en la Selva. Nuestros chicos intentaron resistir, observar, pero estaban demasiado cansados ya. Tan solo conservaron imágenes de ojos verdes vistiendo pieles de animal: jaguares, águilas, serpientes. Todos bajaron al coliseo y se cernieron sobre la asesina, la rodearon con instrumentos mortales que no eran otros más que los que ellos mismos habían estado afilando durante la preparación del Ritual.
Cerraron los ojos, muy a su pesar. Recordaron las palabras del guía en su primera visita y los ecos de la selva hablando sobre romper sus huesos, drenar su sangre, extraer el corazón. Si aquello fue lo que sucedió con Anthea, no lo supieron con certeza ya que despertaron muchas horas después, en una cama blanca de hospital.
Los corazones en un hilo, el grito furioso e indignado ahogándose en sus gargantas. Los más osados se levantaron, arrancando monitores, intravenosas o lo que tuvieran conectado al cuerpo, salieron en busca de respuestas, encontrando a sus padres, a más de ellos. Pero no, a Arnold ni a Helga.
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—¡Gerald...!
—¡Nada de Gerald! No voy a calmarme, papá. ¿¡Dónde están ellos!? ¿Están muertos? —preguntó como habían hecho, Phoebe, Alan, Brainy, Rhonda y Eugene, sus padres no tenían respuestas, sólo sabían que volvieron ese mismo día en la noche. Alguien les avisó para que fueran a recogerlos en la zona VIP del aeropuerto, encontraron el avión comercial de la familia Lewis con la escalera puesta, la puerta abierta pero ninguna persona descendiendo. Subieron a inspeccionar y los hallaron durmiendo. La impresión inicial fue que estaban muertos y casi se mueren del susto, pero tenían pulso. Nada de que preocuparse a excepción del hecho, de que no podían hacerlos despertar. Llamaron a las autoridades y al personal médico.
En realidad, tenían unas tres o cuatro horas en Hillwood.
—Es su cumpleaños...—pronunció Phoebs con apenas un hilo de voz. Llevaban todos las mismas ropas de hospital, esas preciosas batas en color pastel que no dejan una mierda a la imaginación pero no el momento de anotar a quien se le veían de más los encantos. La asiática con el cabello suelto y enmarañado se veía divina, su novio lo tuvo que aplaudir y agradecer porque no sabía que sería de su vida sin ella. La melancolía por el contrario, no le sentaba bien. Entendía lo que decía, era Domingo y Pataki cumplía sus dieciocho años de edad.
Ellos le tenían un regalo que llevaron a la puñetera Selva, se trataba de un álbum fotográfico con imágenes de ella y Arnold desde el momento en que se hicieron novios. Los besos que lo hacían vomitar, sus momentos íntimos ya fuera en privado o con todos estorbando. Sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo desde la sien a la punta de los pies. ¡Ella no pudo morir el día de su cumpleaños! era demasiado cruel, su viejito tampoco. ¡Ellos siguieron las reglas, honraron el ritual, veneraron a los Dioses, pidieron por ellos. Así que en teoría...en teoría...!
Su padre lo abrazó y hasta entonces se percató de que estaba llorando. Reba estaba con Phoebs y lo mismo sucedía con los padres de todos sus amigos. Sin excepción, los que partieron a la Selva estaban ahí, lloriqueando a medio pasillo, balbuceando lo que recordaban y estremeciendo ante la perspectiva de que estuvieran muertos. No había palabras de consuelo que sus progenitores pudieran ofrecer, aunque también estaba la duda de ¿Quién los llevo de regreso a su hogar? los pilotos no recordaban nada, a ellos los sacaron de combate a los pocos minutos de que descendieran. Llevaban casi dos días durmiendo el sueño de Aurora, así que sólo quedaba pensar en Miles o Stella.
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Como si fuera invocada, la Botánica que apenas si reconocían atravesó las puertas corredizas seguida de sus suegros y esposo. Ellos estaban a punto de regresar con la sesión de preguntas y respuestas, de lanzarse en su contra a punta de patadas y golpes. ¿Qué derecho tenían a regresarlos sin más? ¿A dejarlos con el corazón destrozado? ¿A no saber qué sucedió con sus amigos? El antropólogo, fiel a su condición de hombre maduro y de pocas palabras tomó un pequeño aparato de la parte interna de su chaqueta y se lo arrojó a Gerald en las manos. Era un localizador, esas malditas porquerías que llevaron a Robert Pataki directo a la quiebra, no servían para nada en la actualidad ya que sólo recibían mensajes y ese era el punto.
Un único mensaje repitiéndose incesante.
"Estamos bien"
Leyó en voz alta y la calma regresó a sus cuerpos, pero él aún no podía creerlo.
—¿Cómo sé que no es un truco?
—¿Te parece que bromearía con eso?—respondió el antropólogo cuya expresión denotaba muchísimo cansancio y coraje contra sí mismo.
—Fuimos dormidos y regresados a nuestro hogar sin consentimiento alguno así que sí. Te creo capaz de jugar con esto.
—Llevo más de diez años viviendo en la Selva, es la primera vez que me presentan un maldito "localizador" y hasta donde entiendo y sé, la única que podría recordar como usarlos es Helga.
—¡Ah, sí...!—comenzó a gritar, sólo porque necesitaba a alguien con quien descargar su ira y el Antropólogo lucía perfecto para el puesto. ¡Todo era su culpa! Suya y de su esposa. ¿Enamorarse, casarse y concebir en la Selva? ¿¡Qué estaban locos!?
—Déjalo en paz, Gerald. —comentó Phoebs arrebatándole el localizador. —Está diciendo la verdad, Bob cerró la tienda hace mucho tiempo, sin embargo esto seguía entre las pertenencias de Helga. La anciana Gertrude asintió y comentó que Mantecado lo encontró haciendo ruido y se los entregó.
—¿Entonces, si están bien, por qué no llamarnos a un celular? ¿Por qué no...? —Phoebe lo abrazó ahora. Tenían que aceptar que estaban haciendo lo más que podían. Quizás no podían hablar en este momento, sus heridas debían ser atendidas. Y además, estaban solos. Más que nunca debían someterse a la voluntad de los Ojos verdes.
—¿Y cual es esa?—preguntó Redmond quien había sido silencioso testigo de todo el alboroto.
—No lo sé...—pronunció el antropólogo pero estaba mintiendo. Todos lo supieron, más decidieron no hacer escándalo por ello. Estaban vivos, debía ser suficiente por ahora.
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Continuará...
N/A: Que conste, que se los quería entregar hasta mañana como regalo de navidad, pero en vista de que se mueren de ganas. Aquí está para su deleite personal. No sufran, habrá detalles de lo que pasó con ellos tras la caída de Athea, happy ending...happy ending, concentrense en eso. Nos leemos en la siguiente. Besos, abrazos y cositos dulces a todas las bellas personas que comentan. Especialmente a: Selene, EleonorSaotome, Dari Dee, SarahDaniel0, 92tiris, Serenitymoon20, Lollyfan33, Camiliny08, Luce Pataki y Eli Ventura.
