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Recuerda el sabor de sus labios, después que la lanza la hiriera en la parte baja del vientre, el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos. Le pidió que resistiera, que no cerrara los ojos, ni se dejara vencer. Le dijo que si…A todo, ella siempre le diría que si. Luego la recostó en la tierra cuidando que detuviera el flujo de sangre con ambas manos y se apartó de su lado para poder luchar. Escuchó los sonidos de pelea, la angustia de sus amigos, el clamor de la Selva…
No sintió miedo. La verdad, es que nunca le ha tenido miedo a la muerte. Le aterran las despedidas, el abandono, pero no realizar un ultimo viaje. Miró el cielo que permanecía oscuro, las nubes bellas, casi transparentes, las estrellas con su destello. Buscó la luna y pensó en la leyenda de los que se amaron para jamás tocarse.
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"La vida y la muerte se han amado desde el origen de los tiempos, pero debido a la naturaleza tan diversa de ambos, no pueden estar juntos. En compensación, la vida le entrega obsequios a la muerte y ésta los guarda hasta el final de los tiempos"
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¿Entonces, eran obsequios? —se preguntó siguiendo esa línea de pensamiento.— Ellos, que habían vivido más de una vida de dolor y tragedia, que se buscaron incansablemente, sin importar el momento o lugar. ¿Representaban el más bello de los obsequios? Puede que fuera así, ya que no dudaba que un amor como el suyo resultara casi imposible de encontrar.
Presionó la herida, sintiendo sus dedos llenarse de sangre, comenzaba a sentirse mareada y no había forma de que eso fuera bueno. La luna se veía hermosa, cálida a pesar de ser rojiza. Le rogó al cielo que los dejara intentarlo una vez más. Sabía que ésta era la última vez que renacían y agradecía haberlo amado aunque fuera por pocos días. Estaba feliz de volver en la misma época que él, conocerlo desde la tierna infancia, hacerle el amor sin ataduras o miedo. No tenía derecho a pedir nada más, pero era humana, egoísta, caprichosa. Quería más amaneceres a su lado, envejecer con él a su lado.
—Por favor… —pronunció con escazas fuerzas y apenas un susurro por voz. Solo necesitaban un poco más de vida y después, permanecerían a su lado. Se consagrarían a la muerte, como todos los demás obsequios que le han sido entregados.
Cerró los ojos y por unos instantes le pareció que el dolor se volvía más llevadero. Anthea gritó el nombre de Arnold, lo condenó por no haberla amado, su novio repitió el suyo (Helga) juró que la única a la que había amado en cada existencia era a ella. Su corazón estremeció de gozo, la tierra bajo su cuerpo tembló. Todo el mundo gritó y así supo que él también cayó. Abrió los ojos con desesperación, lo buscó siguiendo los alaridos de sus padres y amigos. No estaba demasiado lejos de ella.
Su amigo, confidente, amado, amante y amor.
Extendió un brazo y arrastró el cuerpo para poder llegar hasta él, Shortman lo hizo por igual, atrayéndola con todas sus fuerzas, protegiéndola bajo su cuerpo. Sintió su miedo, coraje y pasión. Se aferró a él, segura de que así fue como murieron miles de años atrás. ¿La historia se repetía? ¿Después de todo, era así como morían? No…No podía terminar simplemente así. Más personas se unieron a la escena, bajaron al coliseo vestidos con prendas de animal: Guerreros jaguar, águila y serpiente, lucharon contra Anthea, quien aún al saberse vencida, encontró ocasión para maldecirlos con sumo odio.
—Les arrebataré algo que será irreemplazable. ¡Nunca estarán completos, jamás serán felices al ciento por ciento!
Esa letanía se le metió en lo más profundo del ser, atravesó sus oídos, quebró su mente y aplastó su calma a pesar de que Arnold la sujetaba y repetía que no la escuchara. Serían felices, estarían completos, Thea no le arrebató la vida a nadie que les fuera querido, pero entonces ella pensó en su vientre herido, la copiosa sangre que escapaba entre sus piernas y se imaginó lo peor.
Perdió el sentido, Arnold repitió su nombre hasta quedar sin aliento y aunque quería seguirlo, se entregó al silencio, la pasividad de la nada.
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—Bebe, elegida. Bebe...
Obedeció la orden unas tres o cuatro veces. No tenía idea de la cantidad de tiempo transcurrido, pero se sabía observada y cuidada. Esperó a que la dejaran a solas, para atreverse a abrir los ojos.
Estaba en una tienda de acampar color verde olivo, olía a flores frescas y tierra mojada. Campo Santo, el olor del Cementerio que recordaba bien de Hillwood. A su lado, había una ventana, contempló los rayos del sol pero no daban directamente sobre su rostro, sino a lo largo de sus piernas y cadera, tenía vendas por buena parte de la piel expuesta. Una intravenosa en la muñeca diestra, y el suero con el antídoto para el veneno.
Supuso que Stella había hecho una gran labor al instruir a las mujeres de San Lorenzo en la práctica de la medicina. De la manera que fuera, se arrancó la aguja y continuó su examen visual deslizando la manta que cubría el resto de sus formas. Le arrebataron sus prendas de vestir el conjunto de Lara Croft y se sintió incómoda con la intrusión al creerse juzgada en su debilidad y condición. Ignoró tales temores adolescentes, era una mujer. No, mejor dicho, era la mujer del Hombre Milagro así que debieron tratarla con elevado respeto.
Acarició las vendas sobre su vientre plano, eran blancas y estaban ligeramente impregnadas de carmín. Comenzó a sollozar, pensando en las veces que se hicieron el amor. ¿Habrán engendrado? ¿Estaría embarazada al momento de la batalla? los condones no eran completamente efectivos y ellos dieron rinda suelta a sus pasiones en el viejo edificio del jardín de infancia. No es que hubiera sido la mejor de sus ideas ser así de imprudente, pero se sentía tan mal después de besarlo, golpearlo, romperle el corazón en pedazos, que no pudo más que entregarse sin reservas a la fuerza de su amor.
Repitió su nombre, llamándolo en un tono demasiado bajo porque se encontraba temerosa de sus inquietudes y también avergonzada por haber puesto en peligro algo tan querido.
—Arnold, Arnold, Arnold…—quiso levantarse de la cama, correr a buscarlo pero la cabeza le dolió y todo su cuerpo se quejó. Hiel amarga subió por su tráquea hasta atorarse en sus labios, reprimió las ganas de vomitar y extrañó su larga cabellera dorada, pues en este tipo de situación le ayudaba a ocultar lo famélico de su estado.
—Él está bien, por favor vuelva a recostarse, elegida...—le pidió una jovencita que recién entraba en la tienda y que le recordó muchísimo a Phoebs, baja de estatura, cabellos negros, cortos y peinados en media coleta. Pensar en su hermana, hizo que las emociones explotaron al interior de su pecho, preguntó por todos ellos y como respuesta única, la chica que hablaba un perfecto inglés le dijo que se habían ido.
"Los extranjeros no podían ser testigos de la brutalidad de una guerra de sangre"
¡Lo sabía, lo sabía! Como tantas otras cosas que simple y sencillamente decidió ignorar. Se dejó caer de espaldas, anegada en llanto sobre la cama que no era más que una base de bambú cubierta con pieles de animal. La jovencita, que se presentó como "Amaru" volvió a colocarle el catéter, le hizo saber que perdió muchísima sangre durante la batalla y que por su seguridad, era mejor que no intentara volverse a levantar.
—¿Cómo supieron mi grupo sanguíneo?—inquirió sintiendo que el mundo le daba de vueltas de nuevo.
—En la maleta donde encontramos el antídoto para el veneno había una caja helada que contenía bolsas de sangre con su nombre y el del Milagro…—tras escuchar eso pensó en sus "Mosqueteros" eran minuciosos o quizá estuvieran demasiado locos. ¿Quién más que ellos podría pensar en traer bolsas para transfusión de sangre? Amaru continuó explicando y trabajando, cubriéndola con la manta, verificando que el líquido bajara por el conducto. —…Perdió menos sangre que usted, pero su herida es mucho más profunda. Por favor, no se preocupe más por su estado. Está en buenas manos, ninguna persona de nuestra tribu permitirá que pierdan la vida tras habernos salvado.
—Gracias.
—Es lo menos que puedo hacer por usted, elegida.
—Llámame Helga y ya que estás aquí ¿Podrías ayudarme a encontrar algo? Es pequeño, de color negro, debería estar entre mis pertenencias.
—Todo lo que dejaron los extranjeros y usted, lo colocamos en la tienda de Miles y Stella.
—Te lo ruego, necesito comunicarme con ellos.
—Aquí no hay torres que transmitan la señal de lo que ustedes llaman teléfono celular.
—No es eso lo que te estoy pidiendo. Mi maleta es de color rosa y lo que quiero que busques debe caber en la palma de tu mano, es un objeto de forma rectangular. —Helga tomó la mano de Amaru, era suave y cálida al contacto, le hizo extrañar de más a su amiga, pero no se dejó dominar por la desesperación. Dibujó en su palma la forma del localizador y fiel a su naturaleza amenazó con salir a buscarlo, si no lograba encontrarlo.
—¿Apenas puedes respirar y ya estás planeando escapar? —inquirió Antha, entrando en su tienda y permitiendo que saliera Amaru. Helga sonrió porque era agradable encontrar una cara conocida. La anciana repitió lo dicho sobre la condición de Arnold. Ella no entendía por qué era tan necesario mantenerlos separados, ahora que se necesitaban tanto.
—Hombres y mujeres duermen en la misma tienda, únicamente cuando se han casado.
—Pero él y yo…
—Entiendo que se han prometido, el Milagro me lo ha dicho.
—¿Está despierto? —la profeta asintió y comentó que intentó salir de su tienda en pos de encontrarla. Cayó de bruces y como resultado, las suturas de su espalda baja se abrieron.
—¡Oh, estúpido, desesperado y atolondrado Arnold! —espetó como haría la niña de diez años, con fascinación y encanto.
—Se infectarán sus heridas, si no dejan de ser tan obstinados. —sentenció la mujer y ella accedió a comportarse de acuerdo a las normas. Segundos después, volvió a sentir temor por la maldición, acarició su vientre por encima de la manta. La líder de la tribu no perdió detalle de su acción y aguardó a que se armara de valor.
—¿Solamente perdí sangre? —preguntó mirándola a los ojos y la mujer, le sostuvo el gesto con decisión.
—¿Por qué lo preguntas?
—Sé que sonará estúpido, pero tengo la sensación de que yo…—Amaru volvió en ese instante, encontró lo que quería y Helga, desesperada por tener contacto con su mejor amiga le arrebató el objeto y se apuró a redactar el mensaje.
Un simple "Estamos bien" dirigido al localizador que dejó en Sunset Arms.
Odiaba esas malditas porquerías que alejaron a Bob de su familia, pero las conservaba porque eran todo lo que de él tenía. El texto se fue y esperó que ambos aparatos fueran de vía doble. Es decir, que pudieran enviar y recibir mensajes. Se abstrajo en sí misma durante algunos minutos, presionando el localizador en el interior de sus manos, anhelando recibir respuesta, pero no había nada. Lo envió de nuevo, unas seis o diez veces y el resultado seguía siendo el mismo. Aceptó con dolor que aquel otro, era de una vía. ¿Cómo fue tan estúpida? este modelo era el último que produjo la compañía de su padre. Un precursor los SMS que se enviaban vía celular y no sacaron demasiados al publico.
Reprimió el llanto, la frustración, enojo y se consoló a sí misma al decirse que esto era mejor a tenerlos esperando durante diez años, con el corazón en un hilo y la incertidumbre de si sobrevivieron o no.
Antha carraspeó para llamar su atención, despidió a Amaru y le pidió a ella que durmiera, necesitaba reponer fuerzas, ya después hablarían de lo sucedido tras la guerra.
—¿Falleció…?—preguntó, pues aunque conocía las consecuencias de una traición, le parecía una horrible manera de morir.
—Recibió su castigo por burlarse de las tradiciones, desafiar a los Dioses y manchar nuestra tierra con la sangre de los traidores.
—¿Eso es lo único que hizo?—insistió mirándola a los ojos con desesperación.
—Te diré lo que quieres saber cuando estés mas fuerte, ahora duerme…—ordenó la mujer y como si de un mandato divino se tratara, ella sintió el cuerpo y los párpados pesados.
Cerró los ojos, soñó con sus padres, Sunset Arms, Phoebe, Eugene, sus amigos y los besos que se dieron.
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El juego de la carta que no era tal, sino mas bien, la más cruda y cruel de las traiciones.
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Necesitaba usarlos para romperle el corazón a Arnold, engañar a Anthea y ganar la guerra. ¿Funcionó…? ¿Valió la pena jugar así con su corazón? Porque sabía que el contacto que le obsequiaron fue íntimo y lleno de sentimientos que guardaban y negaban en su interior.
Los labios de Brainy eran mucho más delgados que los de Lorenzo y Alan, su contacto firme y seguro. Se habían besado alguna vez en la escuela primaria, siempre en la mejilla o la frente, pero no tenía idea de lo cálidos y suaves que serían sus labios sobre los propios. Él soltó el aliento dentro de su boca, como si respiraran uno a través del otro, jamás lo había hecho y la sensación fue alucinante, aterradora, nostálgica, pues la orilló a pensar en el chico desgarbado y asmático que había sido.
Alan era atrevido y romántico. Le plantó el beso francés, que subió su temperatura corporal al máximo y llevó sus manos en contra de su voluntad a aferrarse a las formas de él, abrir los labios con desesperación, juguetear con su lengua y pararse bien firme sobre sus pies o de lo contrario se llegaría a caer. Aún y con todo eso, su contacto le pareció infantil y errático. Cómo si él mismo, no se creyera que la estaba besando.
Lorenzo era un caballero en toda la norma. De los que piden permiso antes de tomar tu mano y por supuesto, reclamar tus labios. Cuando el naipe entre los dos resbaló, tuvo que ser ella quien comenzara el contacto, pensando en el objetivo único de lastimar a Arnold.
Lo soportaría…Su cabeza de balón aguantaría las heridas, como ella lo hacía. Después de todo, se suponía que llevaban siglos traicionándose y perdonándose... el heredero de la familia Lewis, contrario de lo pensado, se aferró a su cintura y cerró el espacio entre sus cuerpos reclamando más y más de su boca. Sus dientes chocaban, él la mordía y chupaba. Por vez primera creyó aquello de que era una mujer hermosa, de la que cualquier hombre se aprovecharía si tuviera la oportunidad.
Alan y Brainy tuvieron que separarlos arrojando el agua helada que sobraba en la hielera sobre su negra cabellera. Lorenzo gritó como un loco, los llamó idiotas y ella se rió como nunca hasta que el fulgor del alcohol se les pasó y dos de tres confesaron que si Shortman metía la pata, no dudarían en cortejarla.
Su respuesta cruel y directa fue, recordarles que "solo era un juego" no significaba nada. ¿A caso creían que podían competir contra el amor de su vida? vio algo de rencor, molestia y dolor en los ojos de ambos, pero también alevosía y satisfacción por haber probado sus labios.
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¿Estarían bien?
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Mientras estuvo luchando, creyó escuchar sus voces llamándola a gritos, pidiendo que no se rindiera y regresara a casa para que pudieran volver a acecharla. Sintió verdadera añoranza por su hogar. Sentarse a la mesa con Phil y Gertie, volver a leer sus libros, acariciar a Mantecado sobre las cálidas telas de su cama.
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Abrió los ojos, consiente de que habían pasado veintiún días con sus noches. Los puntos con que la suturaron fueron retirados, sus vendas una y otra vez cambiadas, al igual que sus ropas y las pieles de cama. Stella y Miles se lucieron al formar un cuerpo médico, además de un lugar para vivir de lo más digno.
Tenía hambre, ganas de estirar las piernas y sentir la luz del sol contra la palidez de su rostro. Lo hizo, colocándose junto a la ventana. Las heridas sobre sus brazos y piernas ya eran agua pasada, su cabellera le acariciaba los hombros, aunque en este momento anhelaba más, la caricia de ciertos dedos...
Suspiró para sus adentros y acarició su vientre como un recién adquirido acto reflejo.
Durante todo este tiempo lo estuvo pensando. Algo que sería irreemplazable, definitivamente tenía que ver con eso que ni siquiera se atrevía a pronunciar. Apretó los puños, ocultando el llanto que comenzaba a formarse en sus ojos al percibir la intrusión en su espacio.
Antha volvía a visitarla, como cada mañana sólo que ahora, dijo que les concedería intimidad siempre y cuando no cometieran algo fatal.
—¿Por qué cree que haríamos...? —Arnold entró acompañado de Aitor, llevaba vendas en el torso desnudo y aún se sostenía en pie con la ayuda de un bastón. Sus ojos se encontraron al instante, y como sucedía cada que se veían, olvidaron el dolor, las pesadillas, toda la tragedia hasta ahora acaecida. Sin embargo, hay quienes dicen que la maldad, jamás ha concedido un segundo de paz a aquellos que se conducen con bondad.
La profeta fue escueta en su declaración, el líder de la tribu un monolito de acero, ninguno tenía palabras de consuelo o de disculpa, para lo que había ocasionado su nieta.
—No perdiste únicamente sangre, elegida. Dada la profundidad de tus heridas, es bastante probable que jamás logres concebir de nuevo.
—No…
—No puede ser cierto.
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HILLWOOD.
Al mismo tiempo.
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Tres semanas habían pasado de su regreso a clases y fue demasiado tortuoso no verlos entre los estudiantes. El Director Owen ya había dado de baja a ambos. De ella se decía que era un caso perdido, de él que era una auténtica desgracia que se dejara convencer por una mujer tan vulgar e irresponsable.
Ninguno de sus amigos tenía ganas de objetar o pelear. No encontraban forma de concentrarse en sus materias, realizar las tareas, practicar los deportes...
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Harold y Patty tenían una asombrosa y desconcertante noticia a la vez.
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Los encontraron en el hospital el mismo día que volvieron a casa, Stinky y Sheena se hallaban por ahí también. Los mareos y náuseas de la jovencita tenían que ver con un embarazo no esperado pero sí deseado.
La Señora Berman estaba sumamente ilusionada con la idea, Prudence Smith, profundamente indignada y decepcionada, pero no importaba porque Marilyn y Jerry (los padres de Harold) estaban dispuestos a mantenerlos en su hogar. Pagar el alumbramiento, los estudios clínicos, lo que fuera.
Aquello los dotó de un poco de ilusión y entusiasmo. No obstante, no podían simplemente quitar el dedo del renglón. Miles dejó que Phoebs conservara el localizador, consciente de que si Helga volvía a ponerse en contacto lo haría con ella y nadie más. La asiática de gafas transparentes, lo sacaba en todo momento de su día a día, lo miraba como si fuera un objeto extraordinario o maldito.
Deseaba una sola palabra. Una queja, un sarcasmo, pero no había nada.
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—Señorita Heyerdahl, le suplico que deje de estar en las nubes. Su rendimiento había sido el mejor de la clase hasta ahora. No me haga arrepentirme de recomendarla para Harvard.
—Por favor discúlpeme, Señorita Hooper.
—La he disculpado mucho los últimos días.
—¡Ya le dije que no volverá a suceder! —gritó a su profesora de cálculo avanzado y salió corriendo por el pasillo.
Gerald, que había estado aguardando para llevarla a casa la persiguió a buena velocidad por detrás. Su chica lloraba, no era extraño que lo hiciera, muchos solían llorar sin más cuando algo les recordaba a Arnold o a Helga. Ya no pasaban por la zona de las esculturas, los campos de soccer o béisbol, ni siquiera se reunían en ese otro lugar ubicado entre los edificios de los cerebritos. La profesora de Literatura estaba claramente enfurecida, lo mismo que el de Historia, retiraron sus cartas de recomendación a las Universidades que eligieron y a ninguno podía importarle menos.
Phoebe se detuvo contra el barandal de las escaleras, se dejó caer al suelo y rompió a llorar con el corazón destrozado, lo mismo que Eugene a las afueras del salón de cómputo y los más cercanos a la pareja.
No podían explicarlo.
Pero tenían la aterradora sensación de que, aunque estaban vivos, difícilmente se encontraban bien.
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—¿Qué pasó, se te dobló el tobillo?—preguntó Sid a Lila tras verla escurrirse por detrás de unos estantes de la biblioteca. La pelirroja, sólo atinó a cubrirse el rostro con una mano para ocultar su patético llanto y contestar.
—Siempre ha sido así, ¿No es cierto? antepone las necesidades de los demás a las suyas, miente para aliviar nuestra pena.
—No entiendo lo que...
—¡No necesito que lo entiendas! Y ya te dije que no tienes que seguirme a todos lados.
—Me importa un cuerno lo que digas o pienses que necesitas. ¡Estás llorando por Arnold, cuando la única verdad es que los dos se quedaron!
—¡Cállate!
—¡Sabíamos que pasaría!
—¡No quiero escucharlo!
—Pues lo vas a tener que hacer. Luego de tantos días, no nos queda más, que seguir adelante con nuestras vidas.
—¡Basta, por favor!
—Lo siento, muñeca. No dejaré de insistir hasta que lo entiendas.
—Entonces, abrázame...
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—Tranquila Phoebs, volverán, algún día sé que lo harán…—consoló el moreno, acomodándose junto a ella, tensando los músculos para no romperse de nuevo.
—¿Es que a caso, tú no lo sientes?—preguntó mirándolo a los ojos y su novio le dijo que sí. Una profunda tristeza, un indescriptible desasosiego.
Algo pasó en San Lorenzo, pero no podían reunirse con ellos.
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La misma escena se repitió en diferentes puntos de la Escuela y del Pueblo.
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Larry consoló a Eugene en uno de los jardines traseros, Violette a Brainy en la bodega del restaurante donde trabajaba, Rhonda se abrazó a Lorenzo en el estacionamiento para estudiantes y Alan, a pesar de estar en uno de sus lugares favoritos con la pequeña Scarlet, comenzaba a desarrollar un insano gusto por el cigarro.
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—¿Es por ella otra vez…?—preguntó al verlo apagar un cigarro y encender otro de inmediato.
—No…—mintió y se recostó sobre el toldo de su auto, la cámara fotográfica había dejado de ser esencial para él, lo mismo que asistir a clases.
Se sentía perdido, frustrado, acabado sin ella a su lado.
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Intentaron buscarlos, regresarlos, más sus padres se negaron. Recortaron los gastos de los más adinerados y en general, monitoreaban su actividad diaria vía celular. Entendían su pérdida, pero no era fatal. Estaban vivos y los Shortman, parecían conformes con que permanecieran en la Selva.
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SUNSET ARMS.
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Los padres del milagro, también lo sintieron.
El profundo desasosiego, la infinita tristeza. Estaban en el comedor terminando de levantar los platos y uno de ellos se le resbaló a Stella.
Phil y Gertrude salieron desde temprano, últimamente salían demasiado, como si no se sintieran cómodos con ellos a su lado. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo aceptarlos o no culparlos por dejar a sus hijos desamparados?
El enfrentamiento entre Miles y su suegro hizo que el médico saliera de sus aposentos y preguntara si era necesario llamar a la policía.
Entendía que en la actualidad eran dos extraños, pero seguían compartiendo el mismo nombre y la sangre. Eran familia.
Familia…
Y ellos los dejaron…
Se agachó para recoger los fragmentos del plato, Miles le pidió que tuviera cuidado. No era tan estúpida como para cortarse con algo tan sencillo, aunque por un momento, le pareció tentadora la idea de tomar un trozo y marcar su cuerpo como estaban marcados los de Helga y Arnold.
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Recordaba el momento en que todo acabó.
Cuando hirieron a su hijo y los guerreros saltaron a la arena, ellos también lo hicieron. Miles lo sostuvo a él y ella a Helga, la sangre que impregnaba sus ropas no provenía únicamente de la herida en su vientre, había más corriendo entre sus piernas y como mujer y madre de un único hijo, inmediatamente se imaginó lo peor.
Aitor demandó el sacrificio de Anthea, los gritos demenciales, el calor del fuego, el clamor de la Selva, la hicieron congelarse de terror pero la preocupación por los chicos la llevó a volver a la acción. Llamó a algunas de sus estudiantes más destacadas. Las jovencitas de piel morena y cabellos negros, rápidamente acudieron con camillas para trasladar los cuerpos. Miles les ordenó buscar la maleta con el antídoto para el veneno y su alivio fue mayor al descubrir que sus amigos no se habían ocupado únicamente de eso.
Instrumental quirúrgico, bolsas de sangre, guantes de látex, Dios…hasta incluyeron el historial médico de los dos.
Los trasladaron al área clínica. Una pequeña porción de tierra que habían adaptado para tal fin cuando investigaron la enfermedad del sueño. Hizo su mejor trabajo como cirujano, limpió, suturó, examinó y sanó, pero no podían permanecer a su lado para conocer su final condición. Aitor y Antha se empeñaron en que volvieran a su hogar junto con todos los demás.
—¡Eran sus hijos! —rogó hasta quedarse sin aliento, pero ni siquiera Miles quiso escuchar sus reclamos.
—¡Es su deseo y además, ya has sufrido demasiado!
—¿¡Qué importancia tiene mi dolor, comparado con lo que les tocará a ellos!?
—Aunque a ti no te importe, a mi sí… —la mirada de Miles se volvió oscura en ese instante. No es que en algún momento de sus vidas hubiera sido un mal esposo o amante, pero tenía su carácter y eso incluía hacer cosas de las que no se sentía orgulloso con tal de efectuar lo correcto.
La durmió, al igual que a los chicos para ponerla a salvo y cuando despertó, ya estaban en Sunset Arms…
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Tomó el trozo de porcelana blanca sintiendo su fragilidad, abstrayendo su mente en la preocupación y amor por el hijo que engendró, pero jamás consoló. ¿Cuántos momentos habrá tenido con él a su lado? ¿Llegaban a sumar un año? No, a lo mucho ocho o nueve meses, los mismos que lo tuvo en su vientre, soñando con conocerlo, educarlo, mimarlo, verlo crecer, enamorarse, casarse…
—¡DIOS MÍO! ¿¡QUÉ ESTÁS HACIENDO STELLA!? —gritó su suegra, pero ella no podía concentrarse en nada más que la sangre. Veía la sangre corriendo entre sus dedos, presionó el fragmento hasta hacerse daño.
El dolor que sentía no era únicamente suyo, pertenecía a su hijo y a la mujer que amaba porque seguramente los dos, permanecían malditos.
Nunca tendrían un hijo, jamás experimentarían el mismo vacío que la atormentaba a ella. ¿Pero a caso, eso era mejor? Aún si solo fueron nueve meses, ella atesoraba cada momento a su lado. Si cerraba los ojos, aún podía recordar el peso del bebé que bebió de su pecho, la luz de sus ojos, los movimientos de sus manos, tan diminutas y regordetas que podía abarcarlas por completo en el interior de su puño. El orgullo de Miles al cargarlo, la felicidad…así de completa.
Aunque sólo fuera por unos meses. Ella podía decir que sabía lo que era sentirse una mujer satisfecha y plena.
¿Lo sabría Helga? ¿Algún día podría sentirse así de completa?
Phil volvió a discutir con su esposo, su suegra le arrebató el fragmento de porcelana, la levantó del piso y condujo al lavabo para atender su mano.
—¡¿Es que no puedes ser más inepto?! —acusó el adulto mayor a su hijo.
—¡Fue solo un segundo! Yo estaba…
—Pensando en todo y a la vez nada. —ultimó la anciana, presionando de más su herida hasta arrancarle un bramido. —Si tienen la capacidad de mantenerse quietos unos diez minutos, yo les explico lo que este energúmeno y yo hemos estado haciendo.
Miles y ella tragaron en seco, como un par de críos que están siendo reprendidos por quebrar la vajilla fina de la familia, cuando se calmaron los animos, sentados a la mesa con un buen trago de escocés por delante, los adultos mayores explicaron.
—Terminamos de vender este chiquero al buen Doctor, el dinero está en la cuenta Universitaria de Arnold. —comentó Gertrude.
—¿¡Qué…!? —gritaron los dos.
—Ese muchacho irá a la Universidad, les guste o no. —continuó Phil —Y si ustedes permanecen aquí porque les preocupa que vayamos a volvernos locos, caer de las escaleras, rompernos el cuello o matarnos el uno al otro, les diremos que la respuesta es, no.
—No vamos a deprimirnos por quedarnos solos, pero tampoco vamos a permitir que sigan cometiendo idioteces y poniendo en ridículo el nombre de nuestra familia.
—¿E…eso quiere decir que…?—preguntó Miles, mirando a su madre. La anciana sonrió con malicia y colocó cinco boletos a San Lorenzo en la mesa.
—No sabemos lo que esté pasando en ese supuesto lugar "sagrado" pero ese chico es más nuestro que suyo y su mujer furiosa también. Lo que sea que tengan que hacer, iremos a terminarlo. —declaró su padre sirviendo una nueva ronda de tragos y dando por concluído el tema.
No sería tan sencillo. —pensó ella para sus adentros— Aún había que convencer a los ojos verdes, pero sería más llevadero si estaban juntos.
—¿Seguros que ya lo pensaron bien? —insistió su esposo. Los dos ancianos le dijeron que sí, chocando sus vasos y bebiendo una tercera y hasta cuarta ronda, los acompañó porque en serio moría de ganas por volver con ellos.
—No me parece que lo estén pensado bien. ¿Por qué hay cinco boletos sobre la mesa?
—Su majestad, requiere su propio asiento.—comentó Gertrude.
—¿Otra vez crees que eres amiga de la Reina de Inglaterra?
—Oh, no. Esa etapa de demencia senil concluyó felizmente hace mucho. Hablo de Mantecado, el gato se va con nosotros y no lo vamos a meter en una jaula y arrojar al maletero.
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SAN LORENZO.
Algunas horas después.
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Culpa, zozobra, arrepentimiento.
Él nunca debió dejar que ella volviera a pisar ese lugar. Ella nunca debió soltar el escudo que la protegería de la herida fatal.
Sollozaron abrazándose el uno al otro, pidiendo perdón por cosas que no oían, ni entendían. Eran demasiado jóvenes para pensar en hijos, pero ella sabía que él los quería. ¿Era su culpa? ¿De Arnold? ¿La dejaría por otra con la que sí pudiera tener lo que quería? Se lo preguntó con el corazón oprimido y más lágrimas de las que había derramado en su vida.
—¿Cómo puedes preguntarme algo como eso, si todo esto ha sido culpa mía?
—¿Entonces te quedarás a mi lado por obligación?
—¡No! Después de lo que hemos vivido, pensé que por fin, te había convencido de que yo…
—No tienes que convencerme de nada, sé que me amas, pero tengo miedo.
—Yo también…—confesó aferrándose a su cuerpo.
La había extrañado tanto, pues si bien los dejaban encontrarse de vez en cuando, debido a lo delicado de sus heridas, no podían estar de pie demasiado rato.
Se perdió su cumpleaños, eso lo pensaba hasta ahora.
No tenía ningún objeto material que pudiera competir con los que le habían entregado sus padres, hermana y amigos. Al contrario, le obsequiaba una maldición. Le arrebataba la oportunidad de ser la cariñosa y dadivosa madre que sabía que sería.
—¿Podrás perdonarme algún día…?—preguntó mirándola a los ojos y ella asintió anegada en llanto.
—Seremos como Caroline y Duncan—prometió.
—¿Por qué no, como mis abuelos? Prácticamente me adoptaron. ¡Adoptemos!
—¿Nos robaremos al hijo de Marion y Bob?—bromeó y eso lo tranquilizó.
¿Existían las casualidades o había una razón específica para cada encuentro en sus vidas? Presenciar la muerte del mejor amigo de Gertrude, condolerse con su pérdida y saber, que durante tantos años se tuvieron únicamente el uno al otro y nada de lo que pasara menguo su amor.
—You belong to me…—susurró a su oído y la rubia se sonrojó. Luego, limpió su rostro con ambas manos, se paró sobre la punta de sus pies desnudos, olvidándose del bastón y besó sus labios con devoción.
Lograrían superarlo, aún no se le ocurría cómo, pero estaban vivos y juntos.
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—Por favor, disculpen la interrupción…—pronunció Amaru poco tiempo después. Una vez sus ánimos se hubieran tranquilizado y disfrutaran la compañía del otro recostados sobre un camastro.
—¿Sucede algo?—preguntó Helga, sin separarse de Arnold. Si comenzaban con esa idiotez de que no podían estar juntos porque no estaban casados. En verdad, se pondría a gritar.
—Su padre le pidió a Anam que le entregara esto cuando se hubieran repuesto, quise convencerlo de que esperara más tiempo, pero él insiste en que deben tenerlo.
—¿Anam?—preguntó Helga.
—E…es algo así, como el hijo que siempre quiso y nunca pudo tener. —comentó Arnold con desazón.
—¿Celos de un nativo?—se burló la rubia y la chica de ojos verdes les mostró el objeto. Era una pequeña bolsa de piel curtida, se la entregó a Arnold, aunque no sin antes comentar que le daba mucha pena a Anam entrar con su mujer presente y salió de inmediato.
—Genial, ahora te tengo que cuidar de otro tarado.
—¿Te has percatado de que tengo pacto con la letra "A"? —preguntó juguetona y él roló los ojos en contestación.
—Graciosa. —vació el contenido en su mano, lo que encontraron los dejó anonadados. Eran sus sortijas de matrimonio.
—WOOW —escupió Pataki, tomado la más pequeña y que debía pertenecer a su madre. —¿Por qué Miles creería…?
—Los ojos verdes comprenden que en nuestra cultura, el lazo matrimonial se representa con estas alianzas de oro.
—¿¡Acaban de darnos la peor noticia de nuestras vidas y tú decides que es el mejor momento para pedir matrimonio!?
—No te lo estoy pidiendo "ahora" solo quiero un pretexto para que me dejen estar a tu lado.
—¿¡PRETEXTO!?
—Helga, sólo acepta la sortija de mi madre como regalo de cumpleaños.
—¿Seguro que no significa nada más?
—Dadas las circunstancias, creería que debemos guardar un poco de luto. —ella asintió, pues creía lo mismo y permitió que le colocara la sortija en la mano izquierda. Le quedaba un poco grande pero no se caería. Se tragó los nervios e hizo lo mismo con la mano de él, sintiendo sus ojos humedecerse de llanto y el cuerpo temblarle de nada más que tristeza.
¿Cuántas veces soñó con que él pidiera su mano? En un palacio como el de Cenicienta, vestidos de gala, mirándose con amor y prometiéndose lo eterno.
Bueno, esa ultima parte sí era cierta.
Sí se veían con amor y sí se prometían lo eterno. Sólo que no estaban, ni sabían, si alguna vez, llegarían a estar completos.
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"Con esta mano, yo sostendré tus anhelos.
Tu copa nunca estará vacía, pues yo seré tu vino.
Con esta vela, alumbraré tu camino en la oscuridad.
Con este anillo, te pido que seas mi esposa"
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Año y medio después.
NUEVA YORK.
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—¡Felicidades Señor Horowitz! Fue una presentación asombrosa, será un honor tenerlo entre nuestras filas.
—Gracias, Directora Lenfent —el pelirrojo le obsequió una elaborada reverencia y procedió a salir del escenario para cambiarse de ropas.
Acababa de realizar su examen de admisión en la Universidad de Artes escénicas. Lila pasó varios estudiantes por delante de él y también lo logró. Tenían planeado reunirse con Sid y Larry, tan pronto regresaran a Hillwood, esa noche era su ceremonia de graduación, misma que cerraría con un pomposo baile al que ninguno más que Rhonda quería ir, pero sus padres se obstinaron con que estuvieran ahí.
Aún no compraba la corbata color verde olivo que le sugirió su novio para que sus trajes estuvieran a juego y sacaran fuego en la pista de baile. Sería divertido, especial, único… ¡Auch! —chocó con la Directora al salir de los camerinos, se disculpó de inmediato y la elegante mujer de cabello plateado peinado en un complicadísimo moño, se extrañó por su estado de ánimo.
—¿Pero qué sucede con usted? Pensé que estaba lleno de ánimo, reflejó más que eso en el escenario.
—Oh, claro que estoy feliz de haber aprobado. Es sólo que me falta alguien a mi lado.
—¿Un corazón roto?—inquirió enarcando una delineada ceja. Artistas, siempre con sus dramas internos.
—Ojalá fuera algo tan sencillo como eso. Si me permite.
—Por supuesto, espero que lo solucione antes de comenzar las clases. —Oh, mejor no. Algunos artistas necesitaban su tragedia para poder brillar. Y este muchacho era un diamante en bruto.
—Pierda cuidado, soy todo un profesional. —le guiñó un ojo y chasqueó los dedos con bastante ritmo. —la Directora sonrió y lo dejó partir acompañado de esa sensual y despampanante pelirroja que bailaba y cantaba como toda una Diosa.
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—De acuerdo, tenemos diez minutos para encontrar tu corbata. —comentó Lila consultando su reloj de pulsera.
—¿Es normal que la vea como una soga al cuello?
—¿Larry te ha tratado de pedir matrimonio?
—¿Sid te lo ha tratado de pedir a ti?
—¡Dios, No! Y muérdete la lengua por sugerir algo como eso. Aunque ya que tocamos el tema, me lo han pedido dos extraños mientras te estaba esperando.
—Tú tienes la culpa por interpretar tan bien a Satine. (Referencia a Mouling Rouge)
—Lo dice el que interpretó a Travolta, literal, vi a un par de Dioses Griegos desmayarse de la emoción.
—¿Emoción o susto?
—Supongo que tendremos que averiguarlo cuando estemos adentro.
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HILLWOOD
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—¿Cómo que no vas a pasar por mi, Geraldo?
—El Capitán quiere que me quede a revisar unos informes, amor.
—¿Jamie'O quiere que te quedes horas extra, la noche de nuestra graduación?
—Tal vez…, él no sabe que es esa noche.
—¿¡Qué!? —chilló la asiática por teléfono y él tuvo que separar la bocina de su oído.
—Ya sabes como son mis viejos, Phoebs. Nos harían decenas de fotos, presionarían mis mejillas, me tratarían como un bebé…
—¡Yo te voy a tratar como un trapeador de piso, como no vengas por mi a las nueve! —sentenció la morena y concluyó la llamada. —él reprimió la parte en que se decía "qué bonito es estar casado" aunque en teoría, aún no lo estaban.
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Fue difícil, costó lágrimas, pleitos y casi rompimientos, pero Phoebs consiguió ser admitida en Harvard con una beca del setenta por ciento y sin la recomendación de ningún profesor.
Él comenzó el entrenamiento básico en la Academia de Policía gracias a la recomendación y el historial perfecto de su padre y hermano.
Sobre los demás.
Rhonda y Lorenzo, ya tenían un pie adentro de Princeton para estudiar Derecho y Administración de Empresas respectivamente. Brainy obtuvo una beca (sin solicitarla) para estudiar en Alemania, su padre aún quería que se uniera a las fuerzas armadas, pero lo suyo era el arte y más allá de novelas gráficas lo que quería hacer era poner un estudio de tatuajes.
Alan dejó definitivamente la escuela y el país. Regresó a Francia donde montó una exposición fotográfica en la que reveló todas las imágenes que en su momento capturó de Helga. La tituló "Melancolía" y las piezas más destacadas podían descargarse en su web site.
Harold y Patty, eran un par de orgullosos padres. Se decía entre rumores que el viejo Señor Green le heredaría su carnicería al gordinflón y así ella podría ir asistir a la Universidad Local. Su pequeñita de cabello castaño y prominente uniceja sería bautizada por Sid y Lila con el nombre de Piper al cumplir el año de edad, aunque de momento tenía nueve meses y contando.
Sheena y Stinky iban por el décimo rompimiento, pero ya todos se habían hecho a la idea de que acabarían juntos. La morena amante de la ropa con estampado floral, tenía un pase Universitario para la carrera de Enfermería en Daytona. Peterson no se preocupaba demasiado por eso y desde ya, estaba ayudando a su padre en el taller para autos.
Sid, se encargaba de lo mismo sólo que en la sastrería de su abuela (había confeccionado decenas de vestidos para su adorada, incluyendo el que llevó esta mañana para la prueba de admisión)
Curly, quien había sido admitido en la M.I.T, ya estaba en negociaciones para redecorar la lavandería de sus padres y cambiarle hasta el nombre.
Peapod y Nadine no asistirían a la ceremonia. Como él estudiaba en otro condado, acordaron escaparse juntos y tener una fiesta privada en la playa. El DJ, se contaba entre los estudiantes seleccionados de Dakota del Norte, pero tenía mas ganas de seguir mezclando su música en privado. La rubia con sangre Africana, fue admitida en la Universidad de Arkansas donde estudiaría entomología.
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Regresando a la fiesta de graduación, se llevaría a cabo en el gimnasio de la Preparatoria, cosa que tampoco les agradó ya que varios de ellos terminaron por tirar la toalla con los deportes. La algarabía, la euforia y pasión, les hacía revivir lo sucedido en San Lorenzo, además de atraer la memoria de Helga y esa manera tan asombrosa que tenía de destrozar la pelota con su bate de béisbol.
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Gerald se alistó en menos tiempo de lo esperado y pasó por Phoebs a las ocho en punto para que sus padres tuvieran una hora completa de sesión fotográfica. En el interior de su bolso la asiática seguía llevando el localizador, aunque no había recibido ningún mensaje nuevo.
Era costumbre, tradición. Un amuleto, pues una parte de sí, sabía que su mejor amiga no la torturaría eternamente con falsas esperanzas. Tener noticias suyas la orillaría a esperarla. A no concentrarse en más nada. Y aunque había querido hacerlo en sus comicios, otra parte de su ser le dijo, que el Terror Pataki enloquecería de furia si tiraba todo por la borda.
Sería una cirujana prominente, la mejor de su clase y cuando la viera, se lo restregaría en la cara.
—¿Nos vamos?—preguntó el moreno ofreciendo el brazo a su amor. Ella le dijo que sí. Estaba preciosa con los cabellos peinados por lo alto, pendientes de perlas, vestido azul marino de corte imperio y unos lentes de contacto fabulosos que le obsequió Rhonda y que hacían que no se vieran tan pequeños sus ojos.
—No vuelvan demasiado tarde. —sugirió su madre estrechándolos a ambos en un fuerte abrazo.
—Mejor no vuelvan y ya.—sentenció Timberly pues seguía resentida desde que Gerald se quedaba a vivir en la Academia de Policía.
—Llorarías si eso pasara. —respondió su hermano y la menor le sacó la lengua en claro berrinche.
Subieron al Mustang Coupe de color rojo y recorrieron el pueblo entero antes de llegar a la escuela.
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Phoebs no imaginó que llegaría a sentir nostalgia por este lugar y es que tan pronto como se fuera, sus padres regresarían a Japón y venderían la casa.
Muchos de ellos se irían, pocos se quedarían, aceptando las reformas que ya había firmado el nuevo Alcalde y que no era otro más que el señor Wellington.
La urbe cosmopolita que conservaría sitios tradicionales como la ya mencionada carnicería, el taller para autos, las escuelas, cafetería, sastrería, Teatro Circular y el Chez París.
¿Perderían sus raíces si les permitían hacer todo eso? Desaparecer la fuente sodas y la tienda de abarrotes para remplazarlos por un centro comercial de proporciones bíblicas. ¿Sus recuerdos se verían alterados o se olvidarían de lo que eran? —miró a Gerald por el retrovisor y se dijo a sí misma que no.
No estaban perdiendo nada, al contrario, ganaban. Le parecía muy excitante adentrarse en la carrera de medicina, conocer nuevas personas, lugares, discursos. Redactaría todo lo vivido y se lo contaría a sus hijos o a Helga.
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—¿Aún piensas en él? —preguntó a su novio una vez hubiera aparcado el auto en el estacionamiento de la escuela.
—En todo momento, Phoebs. Sigo creyendo que volverán, aunque ya no sabría decirte a qué lugar.
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Fue una hecatombe de sentimientos descubrir que los Shortman se habían ido, sin una palabra de despedida o una oportunidad de comunicarse con ellos. El edificio que bien amaban y conocían, no fue demolido pero sí transformado en su totalidad. Sheena aspiraba a trabajar como enfermera algún día ahí, casi toda su familia laboraba en el poblado y quizás eso llevó a Stinky a resignarse y consagrarse al trabajo mecánico.
Ella no sabía si tendría el coraje de permanecer aquí, sin su historia.
El plan a futuro de los dos, era instalarse en Chicago, Gerald decía que era por el alto índice de delincuencia (que le daría trabajo como Detective de homicidios) pero ella sabía que no. Ahí estaba la Universidad en la que enseñó Miles y a la que quería asistir Arnold. Aferrarse a ese lugar, era una manera de decirle a su hermano, dónde lo podía encontrar.
Deseó con todas sus fuerzas que así fuera.
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Bajaron del auto, se tomaron de las manos y entraron. No les resultó difícil encontrar a sus amigos. Todos estaban rodeando la misma mesa, gritándole a Sid que bebiera hasta el fondo.
—¡FONDO! ¡FONDO! ¡FONDO!
—Vomitas mis zapatos de Diseñador una vez más y te juro por Dios…—comenzó a amenazar Lila y su (jamás reconocido o presentado en público) novio, roló los ojos y se terminó el trago que todos estaban aclamando.
Las chicas se pasaban a Piper como si fuera una muñequita de porcelana. La condición de los padres de Harold para apoyarlos económicamente con sus estudios y demás, fue que se hicieran cargo de su hija en todo momento libre que tuvieran. Es decir, que si iban a alguna fiesta, la llevaban a cuestas.
—¡Awww…es adorable!—repetía Rhonda, secundada por Sheena y la recién agregada Phoebs, mientras la meneaba de arriba abajo y la regordeta niña se retorcía de la risa en sus brazos.
Gerald se reunió con Harold, Sid y Stinky, Lorenzo no miraba con muy buenos ojos el entusiasmo de su novia. Eran muy jóvenes para pensar en niños, apenas si estaban planeando sus vidas, es más, ¡Apenas sí comenzarían a vivir lejos del yugo opresor paternal!
—Ya tomate uno tu también…—le sugirió Brainy colocándole un vaso de lo que fuera en las manos. Violette huyó en dirección de la niña. Aunque su idea iba más en el sentido de jugar "desnuca al bebé" los chicos chocaron los cinco poniéndose al día con las nuevas buenas.
—¿Ya aceptó tu nacionalista padre que te irás al país de los nazis?
—Creo que va a sacar mi nombre del registro familiar pero gracias a Dios que te tengo a ti y a tu billetera.
—Y la mía. —comentó una nueva voz por detrás.
—¡ALAN! —gritaron los dos y rápidamente estrecharon las manos.
—¿Creyeron que me perdería su gran evento?
—Te lo perdiste. —acusó Lorenzo. —Si querías causar algún efecto, debiste llegar a la ceremonia de entrega de diplomas.
—Wellington dio el discurso por toda nuestra sagrada y bendita generación, no.
—Sip —afirmaron los dos. Fue un discurso elocuente, lleno de pasión y algarabía, que enfatizó la lucha y persecución de los sueños, pero que también se enfocó en los lazos familiares y amistosos.
—Pues, por eso me lo perdí. —declaró para la burla de Brainy y la molestia del otro.
—Eres un cretino.
—¿Me gritas, después de que vine a discutir los gastos del niño? —comentó señalando a Brainy, pues si su padre cumplía su amenaza, terminaría durmiendo en la calle. (Puede que ya no viviera en los Estados Unidos, pero bendita tecnología que les permitía andar de cotillas como señoritas, todos los días)
—De acuerdo. —Lorenzo sacó su tableta electrónica y abrió un archivo de cálculo —¿Cuánto crees que podrías ganar prostituyéndote en las calles?—la palabra con "P" llamó de vuelta a su novia que emocionada aportó su comentario.
—Depende de la zona y del clima. Alemania es frío y eso no ayuda mucho a su "amiguito"
—¡VI! —gritó el albino rojo hasta las orejas y todos rompieron a reír a mandíbula suelta.
—¡Hey! ¿Por qué hablan de eso sin consultar al experto? —cuestionó Eugene, algo pasado de copas.
Al igual que Alan, aún no superaba del todo la pérdida de la rubia. Se adivinaba en el velo de tristeza que asomaba bajo la sonrisa resplandeciente y totalmente falsa. Saludó a los recién llegados con una inclinación de rostro y pronto comenzó un tema musical que según Larry, tenían que bailar.
"Lose yourself to dance"
—Ese chico se ve fatal.—destacó Alan viéndolo ser arrastrado a la pista.
—No más que tú…—señaló una muy vieja y conocida voz.
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Como en el exorcista, singular número de cabezas giraron el rostro hacia la misma dirección y se encontraron con una pareja que más bien parecía, una ensoñación.
Cabellos dorados, piel morena por la larga estadía en la Selva, trajes de noche, zapatos lustrados, sonrisas afables…En toda la norma, lucían radiantes. Phoebe fue la primera en sentir su rostro humedecerse de llanto y reprimir un desgarrador grito de emoción. Rhonda comenzó a suplicar a Patty que sujetara a su hija o en cualquier instante la llegaría a tirar.
—¡LA SUELTAS Y ESTÁS MUERTA!
—¡Cárgala!
—¡NO PUEDO! —y eso era cierto. La antigua Gladiadora estaba atorada entre una silla, la pared y la enorme humanidad de su novio. Harold se quedó pasmado al igual que todos y por tanto, no había nadie que pudiera ofrecer auxilio. Piper comenzó a llorar y patalear al sentirse insegura entre las temblorosas manos de su cuidadora.
Ninguno de los presentes sabía si estaba vivo o muerto, si era real o un sueño, pero como la bebé se caía y Helga nunca había sido una mujer de excesiva calma, se abrió paso entre sus amigos y la atrapó, prácticamente al vuelo.
—Te tengo…
—¡Guuu! ¡Ghu!
—Sí, esa bruja es una idiota.
—¡OYE! —se quejó Rhonda y Pataki la ignoró. Todos salieron de su trance, Arnold llamó la atención de sus amigos permitiéndole a su novia ese momento materno.
—¿De verdad son ustedes?—preguntó el moreno, limpiando las lágrimas de su rostro.
—Eso creo, dudo que nos cambiaran por otros mientras estuvimos en San Lorenzo.
—Dios, si eres tú. Aún eres pésimo haciendo bromas. —Gerald lo apretó en un fuerte abrazo y pronto todos hacían lo mismo.
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—Cincuenta dólares. —pidió Violette a Lorenzo, Alan y su novio.
—¿Perdón?—preguntaron a una sola voz. Dejando de ver a Helga por una centésima de segundo.
—Me vas a ignorar por ella lo que reste de la noche y el taxi a casa cobra cincuenta dólares.
—¿N…no estás?—inquirió mirándola a través de sus anteojos.
—¿Molesta? Para nada, consígueme una obra firmada por Victoria Francés, tan pronto como estés en Alemania y asunto olvidado. —le dieron cien dólares entre los tres.
—Vaya, soy una puta bastante cara.—enfatizó contando cada billete.
—¡VIOLETTE! —la gótica le plantó un beso bien dado en los labios a su novio y tras despedirse del resto, salió por la puerta grande. Redmond la acompañó.
—¿Scarlet, está…?
—En casa y bien, le daré tus saludos si es lo que quieres.
—Si quiero.
—Pero te gustarían más otras cosas. ¿No es cierto?—acusó en referencia al cómo se le movió el piso y enrojeció el rostro tan pronto la rubia entró en el salón. —Es bueno que decidieran ser únicamente amigos.
—¿Cómo lo haces? —preguntó aludiendo a su ausencia de celos por la aparición de Helga.
—Charlando. Sé que aún la ama pero no puede tenerla, en cambio yo lo amo y lo tengo.
—¿Hablas de la parte de amor que no le profesa a Helga?
—Es más de lo que piensas y justo lo que necesito. —le guiñó un ojo y subió al vehículo. Alan se aseguró de que diera la dirección correcta y regresó a la fiesta.
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En el interior del Gimnasio, Arnold se esmeraba en decirle a todos que estaban absolutamente incomunicados, sus heridas sanaron lento, eran profundas y el daño interno fue horrendo. Helga se había acercado un poco a la pista de baile y daba vueltas con la bebé en brazos. Patty y Harold la observaban por detrás, algo incómodos pues resultaba evidente, la aprensión con que la sujetaba.
Cambiaron…
Eran los mismos de siempre, pero sus cuerpos reflejaban una experiencia que no correspondía a su edad. La rubia de cabellos tan largos que llegaban a la cadera, describió una ultima vuelta, besó la frente de la bebé y la regresó a los amorosos brazos de sus padres. En ese momento él lo supo, recordó la herida que recibió en el vientre al momento de ser derrotada y como si la Amazona leyera sus pensamientos, posó sus ojos en él.
Extrañó su cámara fotográfica porque lucía hermosa con ese vestido madre perla de corte europeo, zapatillas de tacón medio sujetas a sus tobillos por una cintilla, la melancolía refleja, esa profunda tristeza que relacionaba con la chica romántica y apasionada, pero que ahora era otra. No lloraba por el amor no correspondido, sino por lo perdido. Quiso indignarse, maldecir, pelear, gritar, pero no lo hizo, porque ella no lo hacía.
Era un secreto, una confesión silenciosa. Algo que se callaría y que seguramente, le había tomado todo este tiempo aceptar y afrontar. La admiró, dedicándole una reverencia de lo más pronunciada y la rubia sonrió como diciendo que estaba bien.
—¡HELGA! —gritó Phoebe, corriendo a apretarla entre sus brazos.
—¡Oye, eso no es justo! —se quejó Brainy pues era él quien pretendía hacer eso.
—¡Saca un número y vuelve a la fila, gusano! —le gritó su amiga y el masoquista cuatro ojos, ataviado con un traje color azul pálido, recibió la orden como si fuera un halago. Cayó fulminado a los pies de todos. Extrañó el tono altivo de su voz, su esencia, su fuerza, su todo.
Gerald silbó por lo alto al ver a ambas mujeres correr a la pista de baile, la alegría de tenerse de vuelta no les alcanzaba para un par de abrazos y nada más. Necesitaban verse, sentirse, disfrutarse.
Los números impresos de HELL-GA llegaron a una serie de trece y claro que no omitieron la parte en que ellas dos, eran pareja.
Arnold aprovechó el "coma fantasioso" de su mejor amigo para agradecerle por el obsequio de cumpleaños que entregó a su novia. El álbum fotográfico les ayudó a no extrañarlos tanto.
—No tienes nada que agradecer, viejo.
—Yo creería que sí.
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—¡HAY MAMÁ! —gritó Eugene, al chocar contra ellas. La rubia lo llamó tarado, pero no dudó en estrecharlo.
—¡ESO SIGUE SIN SER JUSTO! —volvió a chillar Brainy. Lorenzo tomó un marcador indeleble y le escribió en el pecho un enorme y regordete número tres.
—¡Ya está! Ve tras ella, tigre. —el albino corrió como Forrest Gump y los demás se tomaron en serio el juego.
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—¡TOME SU TURNO PARA BAILAR CON LA GUERRERA AMAZONA! ANTIGUA LEYENDA DE BÉISBOL DE NUESTRA ESCUELA. —gritó Curly a todo pulmón y más de uno se apuntó.
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—¿Cómo supieron que hoy era la fiesta?—preguntó Gerald, viendo como se golpeaban Stinky, Lorenzo y Alan por el número cuatro. (el marcador lo tenía Rhonda, y más que ponerles un dígito, ella les iba a pintar un ojo morado a cada uno)
—N…no te vayas a enojar pero llevamos un tiempo viviendo en la Ciudad.
—¿¡Ciudad, qué ciudad!?
—Chicago, hice el examen de admisión hace quince días y lo aprobé.
—¡¿QUÉ TÚ QUÉ?!—gritó deteniendo la pelea entre varios.
—Si, bueno…e…en realidad, antes tuvimos que venir a presentar un examen general que validara nuestro ultimo año de Preparatoria.
—¡¿USTEDES VINIERON A HILLWOOD Y NO NOS DIJERON NADA?!—gritar, ya no sería la palabra adecuada para describir el tono con el que hablaba. Parejas detuvieron sus bailes, el DJ cambió la pista por algo mas apropiado como "Eye Tiger" los profesores rolaban los ojos y se empinaban los vasos de ponche adulterado porque gracias a los Dioses, ya ninguno de ellos era su problema.
—Esta es la clase de reacción que me hizo convencer a Helga, de que era mejor no decirles nada.
—¡¿FUE TU IDEA?! —el moreno tomó al otro por las solapas de su elegantísimo saco y fue un milagro que no le estrellara el puño contra la cara.
—¡Un segundo! —interrumpió Harold. —¿Cómo presentaron un examen si el Director los expulsó a los cinco días de que faltaron?
—Pues…, como saben el Director Owen fue destituido de su puesto (a pesar de sus conexiones con la mafia y junta administrativa) su reemplazo es mucho más accesible, además de que recientemente se aprobó una ley que está en contra de la deserción estudiantil por el aumento de la delincuencia y en conclusión…nos dejaron hacerlo.
—¿Es eso cierto, Helga? —Phoebs, Eugene y prácticamente todo el gimnasio estaban al pendiente de los gritos de Gerald.
—Si, pero no es totalmente su culpa. Sus abuelos en serio querían que entrara a la Universidad y hubieran escuchado la amenaza, si no lo lograba. Estamos aquí, porque los diplomas de los que "aprobamos" por ese medio, se entregaron sin ceremonia, ni nada de nada hace unos quince o veinte minutos en el despacho del Director.
—¿¡Qué!?—chilló Eugene.
—Tras firmar la condenada hoja, el buen hombre nos miró y dijo:
"Hey, ya que vienen tan arreglados ¿Por qué no pasan al baile?" y pasamos.
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—¡¿QUEEEEEEEE?! —Gerald mató a Arnold. Bueno, casi lo hizo. Harold, Sid y Stinky tuvieron que detenerlo para que no le deformara la cara a su hermano.
La fiesta continuó su cauce normal, ellos se apearon de varias mesas poniéndolas juntas para charlar con intimidad. Piper dormía en los brazos de Patty, la cereza del pastel no fue esa, sino saber que en realidad. Tenían todo un mes, rentando departamento y disfrutando la Ciudad de los Vientos.
—¡Pudiste estar en mi audición de esta mañana!—reclamó Eugene dejándose caer de cara a la mesa.
—Lo siento, cariño. En mi defensa diré, que todo esto "de volver a la normalidad" lo organizaron los Shortman y él. Yo sigo en la banca.
—¿Qué significa eso? —preguntaron varios al mismo tiempo.
Arnold se había levantado para bailar con Lila, la joven de cabellos escarlata lo había esperado durante todo este tiempo. Ya no aspiraba a tener algo serio con él, pero por lo menos quería escuchar de sus labios que se encontraba bien.
Helga quería permitirse lo mismo, un poco de intimidad con sus amigos.
—Lo que oyeron. Ni siquiera tenía interés en "confirmar" que terminé la Preparatoria, pero el Cabezón me convenció de hacerlo. Solicitamos la guía de estudio y todo lo demás por correspondencia.
—¿Ehhh...? —Lorenzo, Alan y Brainy estaban al borde del paroxismo. ¿Cuánto tiempo llevaban escondiéndose de ellos?
—Un resumen rápido sería decir, que dejamos "El país de las maravillas" seis meses atrás. Estuvimos estudiando y viviendo, cinco de ellos en Brasil. Los padres de Arnold tienen una preciosa casa allá. Luego, las cosas se intensificaron y vinimos a hacer el examen de acreditación aquí.
Todo el pueblo está tan distinto, la casa de mis padres fue demolida hasta los cimientos. Bob ya la había perdido, negoció con el banco que me dejaran tenerla hasta cumplir la mayoría de edad, pero en teoría. Nunca tuve a donde regresar. Confirmar ese hecho me dejó algo molida y como habrán de imaginar, mi reacción natural fue tirarme al drama y pensar, que ya no los podríamos recuperar.
No fue culpa de Arnold, Geraldo. En realidad, él solo consintió que no fuéramos a buscarlos.
Sucedió tan rápido todo…
—Está bien, Helga. —Phoebs presionó su mano, ella agradeció el contacto y continuó narrando.
—Nos hospedamos en la Torre Médica esa noche, el Doctor Evans se sorprendió de vernos porque al parecer, es demasiado evidente que ya no somos los mismos…—presionó su vientre por debajo de la mesa y se bebió el vaso de alguno de ellos.
Soda con ron, el elixir de los bandidos.
—N…no necesitamos saber la razón.—declaró Alan, intentando protegerla o protegerse a sí mismo. No quería escucharlo de sus labios cereza y sus amigos tampoco. Les bastaba con verlos, saberlos bien y estando juntos.
La rubia accedió a no pronunciar lo que la seguía destrozando, pero comentó que a causa de eso, necesitaba tiempo. Revaluar sus opciones, decidir lo que quería hacer con su vida.
—Siempre quisiste ir a Oxford, ser escritora, despertar mentes, dominar el mundo. —comentó Phoebs sintiendo sus mejillas llenarse de llanto. Claro que la notaba distinta, era y no era la misma. La sonrisa afable, verdadera, pero la mirada perdida y melancólica.
¿Qué sucedió en la Selva? ¿Qué fue ese horrible presentimiento que sintió, tanto tiempo atrás al abandonar la clase de cálculo avanzado?
—La Universidad de Londres puede sobrevivir sin mi y yo sin ella. Ese zoquete que esta ahí, prometió que me mantendría por siempre y voy a tomarle la palabra un tiempo. —levantó su mano izquierda y hasta entonces, se percataron de la alianza de oro en su dedo.
Eugene gritó como un loco, todas las féminas también. Sus "Mosqueteros" palidecieron al tono blanco del mantel ella sonrió y les hizo saber que sólo era simbólico.
Arnold y Lila terminaron de bailar su pieza, volvieron a la mesa y el rubio agregó que eso era cierto.
—Si mal no recuerdo, Sid prometió que junto con Harold y Stinky invertirían mil quinientos dólares en nuestra boda. —el chico de nariz prominente comenzó a ahogarse con su bebida, los otros dos negaron los cargos, pero entonces Gerald, les recordó la apuesta.
—¡Quinientos dólares si se terminaban casando! Y todos ustedes estrecharon mi mano.
—¡HAROLD BERMAN! —gritó Patty despertando a su hija que soltó tremendo alarido. Ese dinero, se iba a invertir en el bautizo de la pequeñita.
—No coman ansias, sé que nos aman pero mi querido Cabeza de Balón, primero va a titularse y trabajar o sino su familia lo asesinará.
Los chicos dijeron estar de acuerdo, todos estaban emocionados por los futuros eventos, el destino incierto que aguardaba a la vuelta de la esquina.
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Minutos después, un nuevo tema comenzó a encumbrar, las luces descendieron y los enamorados se levantaron para bailar. Arnold y Helga se miraron a los ojos, sonrieron con coquetería y es que esta canción la referían como suya.
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Puede que él se perdiera su cumpleaños número dieciocho, pero celebraron en grande el siguiente.
En la Ciudad de San Lorenzo, ubicada a varios kilómetros de la Selva.
Encontraron un lugar sencillo y tradicional. Un salón de baile que debió estar de moda en los tiempos de Phil y Gertrude.
Mesas de madera iluminadas con veladoras, trovadores que tocaban la guitarra acústica, parejas con zapatos de piso que se deslizaba suavemente sobre la duela.
Ellos iban vestidos con sus mejores prendas, puede que en realidad parecieran un par de forajidos, pero no importaba. Sólo la música, sólo sus corazones latiendo al unísono.
La canción a que hacían referencia era esta.
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"…Bésame, bésame mucho,
como si fuera esta noche, la ultima vez
Bésame, bésame mucho,
Que tengo miedo a tenerte y perderte después…"
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—¿Me concederías el honor?—solicitó el caballero con notable emoción.
—¿A ti? Siempre…—partieron, tomados de las manos y acompañados de las miradas de sus amigos. El amor que se tenían era evidente, pero también la pena. Algo pasó, algo los cambió, pero no podían ayudarlos a remediarlo y por tanto, no tenía caso escucharlo.
Se unieron a la pista también, olvidando los tragos amargos y concentrándose en los venideros.
De un momento a otro, Brainy hizo efectivo su "número" para bailar, Lorenzo, Stinky, Alan y Eugene también. Él compartió una pieza con Rhonda, Patty, Sheena y Phoebs.
—Se los diremos cuando estemos a solas. ¿De acuerdo? —comentó a la asiática que enfatizó, lo alto y apuesto que se había puesto. Le sacaba una cabeza a Helga, lo que obviamente la volvía loca.
—Sé que lo harán. ¿Tienen donde pasar la noche?
—El Doctor Evans, debería de estar esperándonos.
—Nada de eso, Gerald rentó una preciosa habitación en el Hotel Real Margarita.
—Esa es "su" habitación.
—También podrían dormir en su auto y revivir viejos tiempos.
—¡EN MI AUTO NO! —gritó el moreno que bailaba con la rubia no muy lejos de ellos.
—¡NO LO HICIMOS EN TU ESTÚPIDO AUTO!
—¿AH, SI? PUES NO LES CREO.
—¡ESE ES TÚ PROBLEMA Y NO EL NUESTRO! —Arnold y Phoebs resoplaron de buen agrado. Aparentemente, las cosas nunca cambiarían entre ellos y eso les gustó.
—¿Me darás tu aprobación ahora?
—Cuando la merezcas, te lo diré.
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Continuará...
N/A: Bajen las antorchas, que no cunda el pánico. Todavía me falta un capítulo más para cerrar con broche de oro. Sí, soy una perra maldita, desalmada y demás. Pero era el único camino a recorrer, le di muchas vueltas y largas, eso es cierto. Pero varios de ustedes, ya habían adivinado que era así como iba a terminar. "El felices para siempre" está en la siguiente entrega. Tardará un poquito en llegar, porque ya saben...trabajo. ¡Feliz Año Nuevo! Los amo. :)
