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Cierra la puerta con un leve tirón de mano, deja las llaves de casa sobre la encimera, junto a la vieja fotografía de graduación que describe a toda la pandilla reunida a las afueras de Hillwood. Observa los bordes del marco, ennegrecido ya por el pasar de los años. Recuerda con entusiasmo que esa misma noche, con bastantes tragos de más sus amigos comenzaron a presionar a Helga para que volviera a batear la pelota.
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¿Cómo pretendía volver a ser la que era, si se alejaba de todo lo que la hacía ser ella?
A él, no le pareció demasiado buena esa idea pero estaban ebrios y eran jodidamente insistentes. No supo de donde sacaron el bate, pero la bola era un obsequio de su más grande fan: Vanessa Blake, la chica que había elegido y que recuperó su puesto como Capitán en el ultimo año transcurrido.
Salieron, luego de que el maestro de ceremonias los instara a armar su escándalo en otro lugar. Debían ser más de las dos o tres de la madrugada, Piper había pasado dormida por los brazos de todos, él también la sostuvo e imposible resultó no sentir el corazón oprimido.
Olía a lo que huelen todos los bebés. Es decir, algo dulce, encantador y prometedor. Besó su frente, además de mejillas, su chica eligió ese momento para acercarse a él. Intercambiaron miradas rotas, unieron sus mentes y desdichas. Él dejó escapar un leve suspiro, ella se recargó contra su hombro, cerró los ojos y esbozó una plegaria.
Formaban un cuadro perfecto, ellos dos con la bebé en medio.
No hubo palabras de explicación dirigidas a sus amigos, pero más de uno lo intuyó y se condolió por la pérdida.
Volviendo a lo que decía.
Se fueron al estacionamiento y Pataki se desprendió de las zapatillas que le obsequió, (Resulta que las investigaciones de su madre en el área de la medicina alternativa sí rindieron frutos y fue condecorada además de premiada con una cuantiosa suma que hoy día seguía haciendo sus vidas más cómodas) caminó descalza sobre el asfalto húmedo, Rhonda le prestó una liga para atar su cabellera suelta, Eugene se ofreció a pasarle la goma de mascar con sabor a mango "labio a labio" pero no lo hizo porque él se lo impidió.
Equilibró el peso del bate en su mano diestra, relajó los músculos y quizá, hasta soltó una maldición. Sus amigos comenzaron a ovacionarla, Gerald se burló, ya que él sería el lanzador. Comentó algo sobre no destrozarle la cara, su novia le respondió que intentaría tener la misma cortesía.
Phoebs los reprendió a ambos, apelando a un juego sano pero fue ampliamente abucheada por todos los descarados.
—¿Alguien piensa levantar las apuestas?—preguntó Curly
—¿Sobre qué podríamos apostar?—respondió Harold en lo que sería un susurro para que su mujer no lo regañara.
—¡Veinticinco dólares a que no le pega!—ofreció Sid sacando los billetes verdes.
—¡Treinta a que le da en la cara a Gerald! —apostó Stinky extrayendo su billetera.
—Cincuenta a que anota un Home Run —enunció él con seguridad y confianza. Helga igualó el gesto y como estaba fuera de práctica quedaron en que serian tres lanzamientos. Berman recibiría la bola por detrás de su cuerpo, Lorenzo sería el juez y los demás la porra.
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Hubo dos out y los ánimos rápidamente se calentaron, el dinero comenzaba a querer cambiar de mano, pero él les pidió que esperaran, ella solo estaba practicando además de que también, bebió demasiado.
Le preocupaba esa parte, que siguiera los pasos de su adorada madre y por tanto, tenía la misión auto impuesta de cuidarla y guiarla.
"Volver a la normalidad" luego de que sus abuelos y padres arreglaran las cosas en San Lorenzo, lo hacía más por ella que por él.
Estaba en la banca. Después de tanto luchar, finalmente se retiraba. Sus fuerzas menguadas, los sueños brutalmente asesinados. No quería buscar consuelo en su mejor amiga, escribir, leer o salir. De a poco él la iba invitando pero tampoco iba a insistir. Comprendía que necesitaba tiempo para sanar y por tanto le correspondía a él actuar.
Estudió como nunca en su vida, acreditó los exámenes de validación y admisión. Buscó, con ayuda de sus padres el primer departamento que comenzarían a rentar. Era un piso pequeño, lo justo para los dos, quedaba algo lejos del Campus Universitario, pero lo eligió porque estaba cerca de cines, bibliotecas, talleres de arte, teatros…Chicago por la noche era el centro del espectáculo y esperaba que algo de eso avivara su fuego.
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Para el tercer lanzamiento, ya todos estaban resignados a enriquecer a Sid, pero su mujer escupió al piso, preparó el ángulo de bateo y le dio a la pelota lo más fuerte que pudo. Hubo gritos de júbilo, abrazos de emoción y un desgarrador aullido por parte de Piper, ya que una vez más la despertaron.
La bola le dio, —¿Por qué no?— a una de las lámparas externas del gimnasio, salieron chispas, detonó una diminuta explosión y la energía eléctrica en el interior del recinto se apagó. Los gritos de los que aún estaban celebrando y bailando adentro no se hicieron esperar.
—¿¡PERO QUÉ DEMONIOS…!?
—¿¡QUIÉN FUE…!?
Curly gritó que corrieran. Y como si aquello tuviera sentido, corrieron. Tomados de las manos, en dirección de sus respectivos autos. Dejaron atrás algunos objetos personales que delatarían su identidad, pero a partir de esa noche, no pertenecían más a la Escuela Preparatoria Número 221.
Pisaron el acelerador a fondo atravesando calles, parques y comercios, no volvieron a detenerse hasta alcanzar los límites del poblado. No quedaban demasiados lugares donde pudieran congregarse y platicar en intimidad así que se quedaron ahí hasta avistar las primeras luces del alba, momento en que tomaron la foto y gracias a los mensajes de WhatsApp hasta se les unieron Peapod y Nadine.
Siguieron poniéndose al día de sus vidas, diciendo a dónde se irían. Ellos les pasaron su dirección en Chicago, pero lejos de Gerald, Eugene, Lila y Phoebs, no recibieron ninguna otra visita en los siguientes años.
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Afloja su corbata, se desprende del saco, deja los zapatos junto a todo lo demás en la habitación principal y se coloca un par de pantuflas, además de confirmar que su mujer no ha regresado en todo el día a su hogar. Hurga en el refrigerador, esperanzado a que por lo menos no olvidara hacer la compra. No lo hizo, hay lo justo para preparar una pasta con filete de pescado. Ya que está en eso, de poner música suave, levantarse las mangas y colocarse el medio mandil, se le antojan: la copa de vino, pan de ajo y cuadritos de queso para acompañar.
Desarrolló el gusto por la alta cocina durante sus años Universitarios. Helga lo intentaba pero en serio. Tenían meses viviendo juntos y seguía considerando croquetas de Mantecado con leche fría como parte esencial de su desayuno.
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El estudio de la carrera transcurrió demasiado rápido o por lo menos, eso le pareció a él.
Enfrascado con sus deberes, escondiéndose de su padre que regresó a la docencia y contrario de lo esperado, no lo trataba con excesivo afecto sino que le exigía tres veces más que a sus compañeros. Visitando a sus abuelos que se quedaron a disfrutar susúltimos años de vida en San Lorenzo...
Decidido a ser el hombre que merecía su mujer.
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Salvo por una excepción (dar el ultimo adiós a Phil y Gertrude) Helga no volvió a pisar San Lorenzo. Se quedaba con Phoebs o Eugene cada que él decidía partir. Le traía malos recuerdos, experiencias demasiado amargas. No que él se la pasara de maravilla estando allá, pero colocaron tumbas para sus abuelos, además del hijo no nacido y le gustaba visitarlas cada que lo embargaba la nostalgia.
Anam y Amaru, (sucesores de Aitor y Antha, tras su muerte) lo seguían recibiendo con los brazos abiertos.
Sus padres ayudaron a muchos de los ojos verdes a instalarse en diversos lugares del mundo. Como prometía la profecía: "El llegado de otras tierras, les abría las puertas del mundo" Ya no estaban obligados a permanecer en ese lugar, los más jóvenes salían a las grandes ciudades, los adultos comenzaban a relacionarse en pequeñas regiones. De modo que, cuando iba cada vez eran menos personas las que lo acogían.
Los nuevos líderes, que permanecían ahí por si en algún momento los viajeros decidían volver. Solían tener obsequios para él. Amuletos y hojas de té que según dijeron se elaboraban a base de una flor que crecía a las faldas del Templo de la vida. Las pulseras, piedras talladas o collares con símbolos de fertilidad los conservaba él, el té se lo daba a Helga todos los días con la esperanza de que algún día funcionara.
La profeta no volvió a tener visiones de ellos dos. La parte de su Destino que los conectaba a San Lorenzo había terminado. Lo que tenían por delante resultaba incierto y a pesar de saberlo, mientras estuvieron ahí, sanando sus heridas, viviendo como esposos que se han prometido en su corazón, lo intentaron de nuevo.
El ritual del fuego.
Mismo en el que sus padres participaron cuando se enamoraron y que no era otra cosa más que una ceremonia de concepción.
Hacer el amor, uniendo sus mentes, corazones, almas y cuerpos con la magia de San Lorenzo. Ni ella, ni él estaban fascinados con la idea. Tenían demasiados temores, dolores.
Reconocer sus cuerpos de nueva cuenta representó una dura prueba para los dos. Había cicatrices donde antes no existían, inseguridades en materias que creían ya dominados. A él, le aterraba lastimarla o hacer que una vez más abortara. A ella le asustaba que él, la pudiera rechazar. ¿Cómo podría hacerlo, si seguía siendo una mujer malditamente hermosa?
Maduraron.
En el tiempo que esperaron, él ganó los centímetros de estatura que lo llevaron a rebasar a su padre y ella enfatizó las curvas que lo hacían desvariar. Le demostró que nunca la rechazaría, ni jamás la dejaría, adorando cada cicatriz nueva en su piel desnuda, tomándose su tiempo con la que atravesaba su vientre plano, logrando que el acto sexual, fuera mucho más íntimo y erótico.
Le pidió perdón, una y mil veces más. Si concebían, se consagraría a su familia, pero no funcionó.
Esperaron un par de meses, lo volvieron a intentar, ebrios de nostalgia, ahogados en desesperación, luego fue preciso sacarla de ahí o la rubia perdería toda esperanza de sobrevivir.
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Termina su copa de vino tinto sentado al sofá, disfruta las ultimas notas de la pieza de Jazz, camina hacia la cocina y en su recorrido visual encuentra el botón parpadeante del contestador. Vacila, sobre si escuchar los menesteres de la vida adulta. Sus alumnas diciendo que le venderán el alma a cambio de un segundo parcial, la editora de Helga (que no era otra más que la mismísima Violette) alucinando por el ultimo capítulo que le hubiera enviado, la trabajadora social…presiona el botón rojo porque quizás, eso sí valga la pena escuchar.
Mensaje 1. "-¡Por favor! Profe Short, (ese apodo se le ocurrió a Helga mucho antes que a sus alumnos, pero aparentemente, no era tan difícil de pensar, si combinabas su segundo nombre con su profesión) sólo déjeme repetir el examen esta ultima vez, si no lo hace, mis padres me matarán…(lo consideraría si no lo hubiera llamado de esa manera. A su padre, nadie le ponía apodos ridículos y si lo hacían, tenían que ver con Tarzan, Indiana Jones, Rick O'Connell…next)-"
Mensaje 2. "-¡LA ESCENA DEL CUERPO EN EL ÁTICO ES ABSOLUTAMENTE ALUCINANTE! TIENES QUE DARME MAS DETALLES DE ESTO, ADEMÁS ¿¡CÓMO ES QUE LLEVAMOS DOCE CAPÍTULOS Y AÚN NO ME DAS INDICIOS DE QUIÉN ES EL ASESINO!? ¿Ah…? Si, Brainy está lloriqueando, quiere saber ¿Quién estará a cargo de ilustrar tu primer libro, él o Alan…? (Créanme, no son los únicos que quieren saber eso… ¿La escena del cuerpo en el ático? No leyó tan lejos, se quedó en la parte de los gemidos, crujidos, manchas de sangre que brotan de la nada…Honestamente prefería cuando su novia escribía poesía...siguiente)"-
Mensaje 3. "-Señores Shortman, les recuerdo que su cita es mañana a las nueve de la mañana. Por favor, traten de ser puntuales. Muchos chicos se sienten inseguros si llegan por ellos aunque sea un solo minuto tarde. (Llegarían. Habían estado esperando este día mucho más de lo que decían. Tanto, que hace dos meses,cuando pasaron el ultimo de los filtros, se volvieron completa y absolutamente locos...Sonríe y se sonroja al evocar el momento, ignora el resto de mensajes que son de sus padres. Esperan que vayan de visita tan pronto hayan acogido a Adam. Lo harían, llevarían vino, entremeses…, esperaba que no fuera a aburrirse el niño o romper alguna de las efigies que recolectaba su padre de las excavaciones en que participaba.
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—Meaaaaaw….—Mantecado se mete entre sus pies, le entierra las garras en la pantorrilla izquierda y sigue insistiendo hasta que él se digna a sostenerlo.
—¿Tú también estás impaciente? —el minino ronronea y se deshace en sus brazos. Señal inequívoca de que ha olido el pescado secándose en el lavabo y espera recibir un bocado. Bribón. Como si no pasara la mitad de sus días metido en la casa (y con la gata) de su vecina.
—Miau miaaaau… (Traducción: Muero de hambre)
—¿En serio, quieres convencerme de que no te dan de comer en esa casa? Si cada día estás más pesado.
—Meaaaaw…—el melenudo le soltó un zarpazo que gracias a la experiencia esquivó.
—Ok, no es asunto mío tu peso. Lo que si me atañe es, nuestra Helga. ¿Por qué la dejaste salir? Te dije esta mañana que le saltaras a la cara y no le permitieras cruzar esa puerta. —Mantecado baja el rostro, cubre sus orejas con las patas y eso quiere decir que tal vez, olvidó su parte del trato o la rubia pasó de él, en lo que salía al cumplimiento del deber.
Mira otra de las fotografías, está en el pasillo y muestra a gran cantidad de personas apostadas en el medio de un frondoso jardín, vestidas con uniforme de gala, peinados estirados y lustrosos, emblemas sobre sus pechos, entre todas ellas está su esposa y se enorgullece de que encontrara la forma de seguir adelante con su vida.
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En los meses transcurridos de su llegada a Sao Paulo. No la había visto "volver a lo suyo" hasta que se impuso a sus padres y los convenció de seguir estudiando. Viajo a Chicago con alguno de los dos, pues la jovencita se negó a abandonar la Ciudad, adoraba su nostalgia, la melancolía que carcomía su vida. Stella se quedó a cuidarla una primera ocasión, luego le tocó a Miles, en lo que él encontraba el departamento perfecto.
Al tenerlo, se fueron únicamente los dos. Si le preguntabas a ella, diría que prácticamente la secuestró y arrastró por las calles amplias y bien iluminadas de la Avenida Michigan, todas llenas de romanticismo, pasión y folclore.
Le agradó, luego de que cubriera sus ojos con sus manos y la instara a apagar su cerebro y sólo entregarse a lo que estaba sintiendo. Música, poesía, arte...
Salieron a bailar, beber y disfrutar los placeres de cualquier pareja normal unas cuantas veces, antes de que surgiera la necesidad de volver a Hillwood. Requería el comprobante de estudios para poder entrar en la Universidad y ya que ella lo había ayudado a estudiar (para ocupar su mente o porque de verdad creía que era un zopenco, atarantado, que sin su ayuda jamás lo iba a lograr) la convenció de hacerlo.
Volver a su lugar natal y descubrir, que ya no tenía un hogar volvió a lastimarla. No quería que sus amigos la vieran así: rota, perdida y bastante loca. Él accedió a pasar esa noche en la Torre Médica, Michael Evans le hizo una evaluación completa, el daño interno en su cuerpo no era fatal, pero podía contribuir a que no se pudiera embarazar.
Si de verdad querían hacerlo, podrían probar con tratamientos, terapias...
—No...—respondió ella llamando la atención de los dos. —Él irá a la Universidad y yo decidiré qué hacer con mi vida. Hasta que no suceda eso, no tiene ningún sentido traer un pequeñito al mundo.
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Lo decidió cuando él estaba en su segundo año Universitario.
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Eran vacaciones decembrinas y como comenzaba a ser tradición Phoebs y Gerald fueron de visita.
Se les ocurrió llegar por la noche y así despertar frescos como lechuga a la mañana siguiente. —Craso error— Abordaron el tren nocturno llenos de cansancio, maletas y demás. De pronto, un simpático hijo de puta irrumpió en su vagón con pistola en mano y demandó que le dieran todo lo que tuvieran.
Varios usuarios comenzaron a meter celulares, relojes y carteras en la bolsa que les indicó, ellos también lo hicieron y la historia habría terminado, de no ser porque a "Juan Pistolas" se le ocurrió tratar de meterse con Phoebs. Era una chica muy bonita, preciosa y exótica con esos cabellos profundamente negros y ojos alargados. Tan pronto como tiró de su brazo, separándola de su novio, Gerald y Helga reaccionaron.
En cuestión de segundos intercambiaron miradas e hicieron uso de esa extraña conexión que tenían. Le ordenaron a él que se ocupara de Phoebs y arremetieron contra el ladrón.
Gerald se usó de distractor y escudo humano, recuperó a su chica arrojándola contra él, en lo que la rubia le asestaba los golpes que lograron desarmarlo y dejarlo en un perfecto K.O.
A todos en el vagón, casi se les sale el corazón del pecho, sobretodo después de escuchar la detonación pero no hubo heridos, la bala se fue limpiamente al piso. Dos años de entrenamiento en la Academia de Policía resultaron ser ampliamente efectivos en el caso de Gerald y en cuanto a Helga, no había vuelto a olvidar la manera correcta de cerrar el puño y golpear.
El operador detuvo la marcha en la siguiente estación, devolvieron las cosas a sus dueños y pasaron el resto de la noche en la comisaría del Estado, dando su versión de los hechos.
A su hermano, lo felicitaron por el buen ejercicio del deber sin estar de servicio. A su mujer, le sugirieron que se uniera al equipo.
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Nunca estuvo en sus planes, a decir verdad jamás se imaginó en tal situación, pero su sangre seguía siendo guerrera y su instinto el de la justicia. Rescatar a su hermana se trató de un acto involuntario, mismo que haría por cualquier persona que estuviera en la misma situación.
Presentó el examen y al año siguiente entró en la Academia, cambió de Ciudad, actitud, apariencia. Él tuvo que soportar cuatro años tortuosos de saberla en una institución donde el ochenta porciento del alumnado eran varones. Su hermano se ofreció a cuidarla el tiempo de estudio que le restaba.
Convertirse en su sombra, alejar a los que quisieran cortejarla. Sabía que lo haría, aunque de hecho, esa parte no le preocupaba.
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Su relación se estrechó a raíz de lo sucedido.
¿Quién más que ellos, podría comprender la naturaleza de las heridas que los marcaban? ¿La mirada perdida, el desvarío de sus mentes? Que pasearan por el parque y al ver a una pareja consolando a su hijo, rompieran en llanto o sintieran tal vacío que solo podían llenar con el otro.
Nadie lo haría, aunque mentiría si dijera que no hubo personas que lo intentaron.
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Él conoció a una preciosidad de ascendencia Celta llamada Ginebra, el anillo de compromiso seguía decorando su mano izquierda, además de que Helga, mandó fundir su relicario de oro y usó parte de eso para forjar la carátula de su nuevo y fabuloso reloj de bolsillo. No es que no le gustara verlo de aquí para allá con su corazón. Pero quería que fuera un historiador respetado. Lo correcto sería tener un reloj como el que ostentaban sus profesores y padre.
Como fuera, Ginebra era dulce, amable e insistente. A pesar de saberlo casado, no perdía oportunidad de invitarlo a tomar una copa, estudiar en su alcoba, salir a bailar de la noche al alba. Él solía rechazarla, aunque al final del día, siempre se sorprendía acompañándola.
Resultaba halagador, divertido y tentador, saber que seguía levantando las pasiones de alguna encantadora y hermosa mujer. Jamás rebasaron los límites de la amistad, le agradaba su compañía como historiadora para disertar sobre teorías y como mujer, para extrañar a su novia. Eran demasiado diferentes las dos y aunque no negaba que podría acostumbrarse a una vida tradicional y entre colegas, la suya estaba plagada de desventuras, pasiones, torturas y excesos con Helga.
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La rubia estaba en similar situación, colocada en la mira de todo el maldito cuerpo de policía. La invitaban, cortejaban y se le insinuaban todos los jodidos días de su preparación académica. A pesar de las amenazas de Gerald y de las suyas propias. Pues lejos de intimidarse, tanto acoso la ponía en su punto.
Si conseguían derribarla en un combate cuerpo a cuerpo, salía con ellos. (A cenar, sin manos o besos, prácticamente serían honrados con su presencia y bendecidos por pagarle la cuenta) Si le ganaban en una ronda de tragos. (lo que incluía una serie de retos físicos después de tomarlos) les aceptaba una salida a bailar, nada de lugares íntimos o manos fuera de sitio. Solo sacarle fuego a la pista de baile.
Hasta donde supo, hubo tres sujetos y una mujer que pasaron las pruebas pero sufrieron un coma etílico o se rompieron un hueso tras derrotarla.
Helga volvía a ser la furiosa y letal guerrera Amazona. Gerald tenía historias para compartir de la tienda de rosquillas al salón de "investigación criminal" los dos, estaban sumamente interesados en descubrir como funcionaban las mentes de esos degenerados.
A él le preocupaba que se salieran del rumbo, perdieran su esencia, pero en realidad. No hacían más que reafirmarla. Eran buenos leyendo a las personas, estudiando el comportamiento y analizando las escenas del crimen. Gerald lo hacía desde el sentido humano, compasivo y empático. Su novia desde la mente criminal, las partes oscuras, esas de las que a nadie le gustaba hablar.
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Charlaban sobre eso todas las noches, se compartían los detalles de su día a día. Aunque no todo, fue siempre color de rosa. Demasiadas veces quisieron encontrarse pero no pudieron verse. Planes de ultimo minuto. A él lo requerían para alguna expedición o disertación. A ella la mandaban llamar para dar seguimiento a la actividad criminal.
Les enfadaba eso.
Sus múltiples intentos y planes fallidos.
Nadine solía acompañarlo en sus misivas, (si lo hiciera Ginebra, ya estaría en la morgue o encabezando los titulares de personas desaparecidas) como entomóloga que era, su amiga de cabello rubio y piel morena estaba muy interesada en descubrir nuevas especies o estudiar a detalle lo que ya sabía de las existentes.
Pudiera decirse, que en los primeros años del ejercicio de la profesión, pasaba más tiempo con ella que con su novia. No tenían química en absoluto, la africana se perdía en sus insectos y él en sus excavaciones, comparaban notas, se admiraban del mundo antiguo, la cultura, arquitectura, pero solo eso y nada más.
Ya entrada la noche, con el calor de la hoguera y algunos tragos de por medio, charlaban sobre sus parejas, la relación a distancia que el noventa por ciento de las veces les parecía una putada, pero cuando se veían…
Cuando se reunían con el amor de su vida, parecía más preciado cada segundo que compartían a su lado.
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Durante esos lapsus de separación. Cuando el estaba excavando en algún lugar remoto del mundo y Gerald ya se había graduado. Helga intentó buscar a sus mosqueteros pero se habían retirado a otros rincones del mundo.
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Violette alcanzó a Brainy en Alemania como estudiante de lo que llamó "Letras Prohibidas" el artista plástico, efectivamente fue sacado de su familia, pero tenía talento y no iba a negarlo o arriesgarse a perderlo. La Universidad de Bellas Artes que lo acogió le concedió beca completa. Los gastos extra que pudiera tener, los cubrían sus amigos. Lorenzo y Alan, no se arriesgaban a que muriera de frío o hambre. Además de que allá también, la chica gótica encontró trabajo para poderse sostener.
Alquilaron un departamento en un edificio sumamente antiguo. A los dos les encantó la arquitectura y de restaurarlo, instalar una casa editorial, tienda de cómics, libros de culto, arte, salón de tatuajes y demás. Ya se encargarían en los venideros años.
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Redmond regresó a Londres, se instaló en la antigua casa de sus padres. El recuerdo de su madre seguía latente en las galerías fotográficas que montaba en todo el mundo con presencia de modelos sumamente estilizadas. Una de las cuales terminó por convertirse en su amante y finalmente, esposa. Envió invitaciones para los dos, además de boletos de avión y la referencia del hotel donde podrían hospedarse para que no se perdieran el gran día.
Fue una ceremonia bastante elegante e íntima, sólo ellos y el resto de "mosqueteros" con sus respectivas novias. Le pareció agradable volver a ver al viejo Sammy Redmond, espeluznante contemplar que la esposa de Alan se parecía físicamente a Helga más que su hermana, pero ninguno se atrevió a comentar.
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Lorenzo y Rhonda también los invitaron a su Boda, tan pronto concluyeron la carrera. Cerca de ochocientos invitados, ninguno de los cuales conocían, pero sirvió de pretexto para volver a juntarlos a todos. Ellos se mudaron a Nueva York, las familias de ambos tenían negocios ahí y es así, que uno administraba y la otra se encargaba de supervisar los asuntos legales. Geográficamente, era más sencillo encontrarse con él, pero sinceramente a quien la rubia vería más, sería a Rhonda, como asistente del fiscal.
Crímenes Violentos. (La unidad donde Gerald y Helga decidieron prestar sus servicios una vez se especializaron y graduaron) podían descubrirse en su estado (Illinois) pero haber pasado por Indiana, Ohio, Pensilvania y venir desde Nueva York.
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Sobre el resto.
Patty terminó por seguir el ejemplo de su padre y desaparecer de sus vidas. Ninguno entendía exactamente por qué había huido, pero les confortaba saber que Harold se dedicó a su hija. Era un padre amoroso y sobreprotector. Sheena nunca se olvidaba de pasar a verlos, aunque tal vez se debiera a que se encontraba en la misma situación.
Soda Pop, volvió a buscar a Stinky, se convirtió en la nueva cara del refresco de moda y así empezó su carrera comercial. Salió de Hillwood en una gira que comprendió varias campañas publicitarias y por supuesto, países.
Ya no se ponía en contacto con nadie, era prácticamente imposible citarlo o encontrarlo.
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Curly desarrollaba aplicaciones para celular, cosas ingeniosas y absolutamente imposibles. Lo que necesitaras para tu negocio o vida diaria él podía hacerlo y de hecho, llegó el momento en que lo requirieron.
Debido a lo alocado de sus agendas y estilos de vida. Le pidieron una aplicación con la cual, los mensajes que llegaran a cualquiera de sus teléfonos, pudieran verlos los dos.
No eran una pareja convencional, jamás llegarían a serlo. Entendían que las personas "normales" escondían sus celulares a capa y espada de la persona amada, pero ellos no eran así y querían estar al tanto de cualquier detalle en sus vidas.
Si él desaparecía en alguna expedición o ella resultaba herida en alguna misión. Su amigo los llamó par de degenerados y locos pero cumplió su pedido.
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Eugene y Lila, comenzaron a actuar y presentarse en casi todos los teatros de Broadway. La belleza infantil, virginal y erótica de ella, la llevo eventualmente a la pantalla grande.
Era la sensación actual de Hollywood, el sueño a tener de toda dama o caballero en su cama, pero curiosamente, sólo tenía ojos para "su" caballero. Sid se iba con ella allá donde fuera, como parte de su Staff y bajo pretexto de necesitar tenerlo como ayudante personal. Pocos sabían de su relación amatoria, jamás reconocida, ni admitida, pero estaban juntos. Y eso significaba mucho.
Contrario de ella, Horowitz se quedó en las bambalinas. Era muy diferente presentarte ante personas reales que ante cámaras. No poder equivocarte porque aquí no había pausas, todo era en caliente y debías complacer a más de un cliente. Sus amoríos con "medio mundo" se contaban diariamente en la sección de espectáculos del periódico local o los sábados por la mañana en el programa de radio de Peapod.
El antiguo DJ, era una de las voces más escuchadas y conocidas en el país, ellos lo sintonizaban cada vez que podían, tenía una barra de música fresca, además de las secciones de espectáculos y arte, donde se ponían al tanto de las carreras de Stinky, Alan, Lila, Eugene y Brainy.
Seguía saliendo con Nadine, pero eso sucedía cada vez que la entomóloga volvía de visita.
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Termina de preparar la comida, llama a su esposa repetidas veces para saber si debería esperarla o comenzar a comer, pero no recibe respuesta alguna, tampoco hay mensajes nuevos en la bandeja de su celular, imagina que estará de servicio y ruega porque no se haya enfrascado en una nueva persecución.
Apaga la radio, enciende el televisor, navega entre canales y no parece haber nada alarmante en las noticias de las 17:00, deja su porción de pescado a Mantecado, el gato ronronea, se restriega entre sus piernas a manera de agradecimiento. Él se sirve una nueva copa, ha perdido el apetito, se acomoda sobre el sillón de tres piezas tamborileando en el reposabrazos con dedos nerviosos.
Debió llegar hace dos hora.
Es viernes, día de papeleo. Además de que los dos, quedaron en eso. No quiere llamar a Gerald, ni comenzar a imaginar lo peor porque esta demasiado cansado luego de lidiar con treinta y dos jovencitas que no paraban de subirse las faldas o abrirse las camisas para llamar su atención. Suspira y se muerde los labios, mirando el cenicero y la caja de cigarrillos que comienzan a ser un hábito recurrente. Su padre es una mala influencia, no que no lo supiera de antes. Pero sigue siendo el mejor antropólogo y líder de una tribu que jamás ha conocido.
Mantecado termina el pescado, se lame las patas, luego sube a su regazo y lo mira a los ojos como si tratara de tranquilizarlo.
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Fueron cuatro años de carrera, más otros dos de explorar el mundo en busca de ruinas, vestigios, insectos e historias.
Helga finalmente se graduó y pudo regresar con él a su hogar. Se casaron, la boda mas tremenda de todas ya que incluyó a gran parte del cuerpo de policía de Illinois.
Su mujer, no era la única agente activa en el Departamento de Policía, pero si era la única que ponía en su lugar a cada uno de ellos. Se ganó su respeto, admiración y eso quería decir, que el día antes de la boda fue amenazado de manera directa por todos los oficiales armados de Chicago. Gerald fue su padrino, también el que organizó su "despedida de soltero" e invitó a esa bola de gamberros.
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Sus padres estuvieron presentes el gran día en la iglesia, vestidos con sus mejores trajes, deseos y perfumes. Los Pataki, no asistieron. Bob dijo algo sobre estar demasiado ocupado con la mujer y el niño, Miriam argumentó que le sería imposible acudir (a pesar de que enviaron el boleto de avión y le reservaron una habitación en el mejor hotel de la City) Olga les aseguró que estaría ahí, pero terminó la ceremonia y no fueron bendecidos con presencia.
Miles y Stella, se ofrecieron a entregarlos a los dos, no era muy tradicional ¿Pero qué importaba? No tuvieron que hacerlo. Harold entregó a su novia. Era varios años mayor que ellos, además de que con la barba parecía un señor bastante añejo.
Piper, levantó la cola del vestido de su mujer y no estuvo sola.
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Gerald y Phoebs, fueron otros que también se casaron. Lo tenían planeado desde los dieciséis, todo agendado, fríamente calculado, pero estaban en su tercer Año de la Universidad y hubo otra de esas heladas que sólo se calman con carne humana.
Se embarazaron.
Para el horror y la angustia de sus padres. No obstante, concluyeron sus estudios y su princesita, de dos años de edad, misma que bautizaron con el nombre de Tabitha estaba ahí dando de tumbos y siendo ayudada por Piper para no caer.
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Repitió los votos anteriormente dichos, colocó el anillo que ya no le quedaba grande a su esposa y recibió el suyo, que anteriormente había pasado por las manos de su padre y abuelo.
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Construyeron una buena vida. No como la planearon o imaginaron pero estaban rodeados de todos los que los querían y a partir de mañana, se pondría mejor...
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La discusión vía telefónica entre Helga y su padre varios meses después podría resumirse en lo siguiente. Ningún Pataki creía que fueran a vivir la mejor experiencia de sus vidas. Al contrario. Casarse arruinaba las cosas y cuando él llegara a dejarla por una mujer mucho más joven y guapa no la querían ver llorando o suplicando por un lugar en su casa.
"¡Ustedes me dejaron sola, me quitaron todo!"
"Cuando el banco llamó para hacerse con lo poco que había en la casa y entregarla a la demoledora, tú ya no estabas. Tratamos de localizarte con la familia de ese muchacho pero sus abuelos o padres dijeron, que los dos se habían ido"
"¿¡Qué…!?"
"Te casas ahora, pero ya antes te habías divertido en sabrá Dios, qué lugar del mundo"
"¿¡Cómo te…!?"
Él terminó la llamada por Helga, estaba de más tratar de explicarles lo sucedido. Ella no quiso que lo supieran. Jamás entenderían o se condolerían por su pérdida. Si podían concebir o no era asunto suyo, de sus amigos y familiares más íntimos, pero no de ellos, que la dejaron a su suerte desde la más tierna edad. Acordaron no volver a ponerse en contacto con su familia. Marion lo intentaba en navidad y Año Nuevo, pero a pesar de que les daba curiosidad conocer a su hermanito. También tenían temor de encariñarse con un niño que al crecer les sería negado.
Su nombre era Hank, el orgullo de Bob y tenía actualmente nueve años de edad.
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Tras superar tales eventos, entregaron el departamento, compraron su casa. Estaban listos para tener familia y por eso él, dejó las exploraciones y ya que no quería encontrarse con su padre en el campus universitario, consiguió trabajo como maestro de historia en una Escuela de Señoritas. La idea no hacía especialmente feliz a su esposa, pero si ella trabajaba junto a un montón de hombres maduros y bien ejercitados ¿Por qué él no iba a trabajar junto a un montón de jovencitas bien desarrolladas?
Llevaba tres años impartiendo ahí, toda una generación de niñas que no dejaban de acosarlo y atormentarlo (por lo terrible de sus notas)
Para compensar, Helga apoyada por todo el peso de la demencia y la Ley, acudió en persona al inicio de cada ciclo escolar, y les dejó en claro que él era suyo.
¿Qué como lo hizo?
Pues metiéndose en su salón de clases, apuntándole con un arma, gritando que estaba arrestado, obligándolo a levantarse, colocar las manos sobre su espalda y plantándole un beso de lo más descarado delante de su alumnado.
Gritos histéricos de decenas de niñas, solían proseguir a eso. Sonidos de persecusión también, porque sí. Gerald era su compañero de armas, iban juntos a todos lados y eso incluía los "espectáculos de dominación y posesión" que hasta al Director, le parecían divertidos.
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Retomando el tema de los niños, el nuevo objeto de su adoración se llamaba Adam, tenía cinco años de edad, los cabellos castaños y ojos de color miel. Parecía un poco tímido el día que lo conocieron pero Helga suavizó las cosas diciendo que no se dejara engañar. Ellos no eran ni un policía o un profesor demasiado tradicionales. Si quería comparar, ella era como Batman o mejor aún Sherlock Holmes. Él estaba a la altura de Indiana Jones, George de la Selva...
—No me ayudes tanto, Helga...
—Lo digo en serio, hasta tiene a su chango que lo acompaña a todos lados.
—¿¡Cual...hablas de Gerald!?" —la risa de Adam era genial, muy agradable y contagiosa. Morían por tenerlo con ellos, conocerlo, educarlo y también malcriarlo.
En el tiempo transcurrido lo siguieron intentando pero al parecer, concebir, no se les iba a dar. Se registraron en una agencia de adopción, el proceso de selección era interminablemente tortuoso y largo, demasiado papeleo, investigación, recomendación y demás. Pidieron la ayuda de sus amigos. Todos estaban al tanto de lo que querían hacer y enviaron sus bendiciones además de recomendaciones.
"Eran los mejores amigos que jamás habían conocido"
"Serían los mejores padres que pudiera tener cualquier niño"
"Ninguna otra pareja lo merecía más"
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Y de verdad quería creer que podía ser así.
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En su ultima visita Adam les regaló un dibujo, lo pegaron en la nevera y en él estaban los tres a las afueras de una casa tradicional de dos aguas con chimenea y hasta plasmó al gato gordo durmiendo en la ventana. Estaba esperanzado e ilusionado al igual que ellos. Helga le dijo que a partir de mañana podía decirle mamá y a él "papanatas" Adam se volvió a reír, hasta le dolió el estómago de escuchar la enorme cantidad de apodos que le inventó en la primaria. Al final, fue el mismo niño quien se acercó a él y lo llamó papá, con timidez y tal vez, algo de desconfianza pues según el personal de la agencia, en alguna ocasión estuvieron por adoptarlo pero se arrepintieron.
¡Ellos no le harían eso, jamás podrían…!
Así que, ¿Dónde estaba?
¿Por qué no llegaba? No pudo suceder de nuevo, ella no pudo cometer esa locura de nuevo.
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—o.O.o—
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En su segundo año de servicio, Helga tuvo la genial idea de plantarse delante de un arma y recibir una bala con tal de lanzar otra al líder de una organización criminal.
La persecución pasó en vivo en todos los canales de la televisión. El coordinador de la escuela interrumpió su clase y lo llamó de inmediato a la sala de maestros.
Ahí estaban viendo la función.
Siete patrullas, dos autos particulares volcados y decenas de civiles atemorizados. Lo acorralaron a mitad de una autopista, el susodicho estaba escapando en un auto clásico de color negro y ya no tenía a donde más ir.
De un lado le cerraron el paso cinco de las siete patrullas, del otro estaban dos compañeros suyos al interior de su vehículo, ella y Gerald a las afueras del suyo. Más respaldo venía en camino pero debido al caos vial todavía no llegaban.
El líder de la organización, al que descubrieron entre los dos pero al que personalmente ella amenazó, giró en redondo su auto, rechinó las llantas y pisó el acelerador a fondo dispuesto a aplastarlos, pero al final cambió de opinión.
Helga lo supo, pues contrario de lo ordenado por sus colegas y amigo, no se salió del paso sino que sacó su arma y avanzó. Era algo personal, con ella siempre se trataba de algo personal. Le gustaba presionar a los bribones, llevarlos al punto de quiebre, lo habían hecho con Jake, Anthea, este tipo se llamaba "Mario" y solamente quería aniquilarla.
Gerald intentó socorrerla, los otros dos oficiales hicieron que se detuviera, Mario frenó el auto prácticamente por encima de su cuerpo, asomó la cabeza por la ventana y le disparó al pecho, llevaba su chaleco antibalas, pero ese cretino tenía un arma ilegal denominada "mata ratas" Helga también disparó, dándole limpiamente en el hombro y después, cayó.
Johanssen gritó su nombre, corrió a su lado. Él sintió que se moría ahí mismo, en una sala de maestros todos los cuales cuchicheaban sobre ¿cómo hizo alguien como él para atrapar a un bombón asesino como ese? Tuvieron que llevarlo en un auto privado al hospital donde la resguardaron.
¿Era audacia o instinto de autodestrucción? ¿Aún seguía sufriendo por el hijo perdido? ¿Oh, a caso creía, que una vida se pagaba con otra?
No lo sabía, pero se lo preguntó cuando salió de peligro.
La bala atravesó gran parte del chaleco antibalas. Él se desquitó con Gerald, pegó de gritos a todos los uniformados que encontró a su paso. Ninguno tenía palabras de disculpa o creía que se atreviera a hacer algo como eso.
Sus exámenes psicológicos no hablaban de aquello, era inteligente, calculadora, controladora. Gerald los convenció a todos de que Helga estaba confiada de tener el chaleco antibalas. No era una suicida, era una loca que gustaba de danzar con el diablo.
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Le dijo lo mismo. No estaba tratando de quitarse la vida, quería atrapar al jodido bastardo.
Ya había recibido balas antes, en los entrenamientos y el maldito chaleco había resistido. No tenía idea de que Mario usara armas ilegales, de saberlo habría obedecido el mandato de hacerse a un lado y se habría escapado. La parte importante no era esa, sino que estaba viva y que aquel. Fue condenado a más de ochenta años de prisión. Sus confesiones ayudaron a la captura de varios criminales y a la desmantelación de su organización.
Luego de lo ocurrido, su esposa obtuvo múltiples agradecimientos, reconocimientos y medallas, la conocían en todo el estado de Illinois y gracias a la internet, el mundo. Sus amigos pegaron el grito en el cielo cuando la vieron, no faltaron los adinerados o exagerados que se subieron en un avión y volvieron a llenar de flores, obsequios y globos su habitación de recuperación.
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—o.O.o—
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¿Qué le sucedería ahora? ¿Qué maldición? ¿Qué…?
El celular comienza a vibrar sobre la mesita de centro metiéndoles un susto de muerte a él y Mantecado. Lo toma con manos nerviosas, el felino pone cara de querer (y poder) prepararle otro trago para tomar coraje antes de contestar. Quien llama es Gerald, y eso desde ya, hace que desciendan sus pulsaciones.
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—No vayas a asustarte, viejo.
—¡¿Asustarme?! ¡Gerald, juraste que jamás…!
—¡Y lo sostengo! —interrumpió. —No estábamos de servicio, dedicamos este día al molesto papeleo. Nos encadenamos a nuestros escritorios y llenamos formatos de manera aleatoria porque ya sabes que este país está poblado de chismosos y ya todos saben que mañana adoptarán al chico. El Capitán quiso felicitarla por eso, la llamó a su despacho, pero más tardó tu mujer en levantarse de su asiento que en lo que soltaba un agudo gemido y perdía el piso. Alcancé a sostenerla antes de que se golpeara en la cabeza, pero perdió algo de sangre y la llevamos al hospital.
—¿Sangre, como que…?
—Phoebs la está revisando, ¿De acuerdo? Lleva el ultimo par de horas…
—¿¡HORAS!? —gritó, interrumpiendo su alegato. Asustando al pobre gato que salió disparado.
—Escuchaste bien, ¿cierto? Está con Phoebs, no en el hospital donde trabaja ella, sino en su mesa.
—Si, lo escuché…
—Entonces ven rápido, pero por favor, ten cuidado. —cortó la llamada y él reprimió la parte en que le decía a su hermano que era un maldito cabrón, infiel y despiadado.
¿Qué podía ser tan complicado como para tardar tanto? Phoebs se especializó en ginecología y obstetricia. Buscaba, como él. Alguna forma de que pudieran concebir. No la encontró porque su querida esposa se negaba a ser un sujeto de investigación, conejillo de indias o lo que putas pensaran para tratarla como animal. Suspira para sus adentros, sube en el auto, enciende el motor, piensa en la sangre y se imagina lo peor.
¿Otro aborto…? Pero si ellos no habían hecho nada demasiado imprudente desde…
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¡Oh, maldita sea, maldita sea, maldita sea…!
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Conduce a toda velocidad, respetando mínimamente los señalamientos de tránsito y llega en menos de veinte minutos al Hospital General. Gerald lo recibe con la mirada gacha, le dice que quería avisarle antes, pero Helga…
—No quería preocuparme...—concluye la oración por él y ahora se arrepiente de no haber tomado los cigarros junto a la bendita licencia.
—Así es…—pronuncia el moreno como si fuera nada y la calma se acaba, los modales se van al carajo.
—¡¿Si entiendes que aquí tenemos un problema?! Porque claramente, tú pasas más tiempo con ella ahora, pero antes eras mi mejor amigo y eso implica que si pasa algo, lo que sea, me avisas, sin importar lo que quiera ella.
—¡Perdón!
—¡Eso no arregla nada!
—¡Que te pongas necio y loco, tampoco! —responde Gerald y se arrepiente al ver la lividez en su rostro.
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Pobre Arnold, seguramente estaría pensando lo mismo que él y todos en la comisaría. Un aborto, bueno, otro. ¿Por qué eran tan tercos? ¿Por qué les fascinaba desafiar las leyes de la naturaleza? ¿Jugar con fuego? Quemarse, pero solo un poco. ¿Qué tenían en contra de los métodos anticonceptivos por todo el jodido y bendito amor de Dios?
Carraspea y se sienta junto a su hermano, Arnold sólo atina a cubrir su rostro con ambas manos, él se dispone a hacer algo más productivo que eso, como recapitular sus últimos días de servicio.
Pataki, parecía haber perdido un poco de peso, energía y estaba mucho más sensible e irritable de lo normal. Le hablabas aunque fuera un poquito feo y ya estaba apuntándote con una Glock en la parte media de los ojos. Sus gustos culinarios pasaron del café con rosquillas glaseadas a hacer extrañas combinaciones con lo que tuviera a la mano. El miércoles, podría jurar que estaba poniéndole mayonesa a un pobrecito mango. Se parecía a Phoebs, cuando…
¡No…!
¡No, no, no, no…!
¿El Terror Pataki, no podía estar embarazada o sí…? —quiso comenzar a tirar de sus cabellos, correr como desquiciado por todo el pasillo pero en ese momento salió una bonita enfermera a decirles que ya podían pasar a verla. Arnold se levantó como muerto viviente y comenzó a andar cual zombi detrás de la asistente médica.
—Esperen adentro, por favor. La Doctora Heyerdahl se reunirá con ustedes en un momento.
—Gerald, tal vez quieras…—solicitó el rubio antes de abrir la puerta.
—Por supuesto, no es mi asunto…—giró en redondo pero entonces se encontró con los filosos ojos del negrito en su arroz.
—¡Claro que es tu asunto! Ahora entren ahí y esperen a que vuelva. —Como Doctora, Phoebs daba mucho pero mucho miedo. Del tono dulce, rostro infantil y encantador de antes, no quedaba gran cosa. Se había convertido en una mujer bella, autoritaria y sumamente mandona. Ninguno de los dos quiso ofrecer objeción. El primero que entró fue Arnold, él lo hizo con la mirada gacha porque…—¡Qué recuerdos!— Parecía que fue ayer cuando un bastardo la besó a la fuerza y la mandó por una semana al hospital.
—¿Qué sucedió…?—preguntó Shortman cortando su línea de pensamiento. Tuvo que mirar, su compañera de armas estaba mucho más pálida y desaliñada de lo que esperaba. Se encogió de hombros, dijo que Phoebs no había querido decirle nada, pero le sacó sangre como una maldita y le pasó esa cosa del ultrasonido como mil veces.
—¿Te duele algo…? —insistió su esposo y ella le dijo que no. Aunque podría ser la falta de sangre. Esa perra, no le ofreció ni un maldito vaso con agua.
—Iré a conseguirlo…
—¡No! lo que quiero es un jugo de…
—Mango, ya sé.—sonrió y se inclinó lo justo para besarla en la frente. Pataki se sonrojó hasta las orejas. Como si no llevaran viviendo juntos los últimos diez años de su existencia. ¡Jesus! Eran tan cursis y seguían dando tanto asco como la primera vez que los vio besarse. Arnold trató de irse, la rubia atrapó su mano y le preguntó, si creía que se trataba de otro aborto. Él sintió ganas de tirarse al piso, saltar por la ventana o mimetizarse con la pared. Esta era una conversación privada. ¿Por qué Phoebs quería que la presenciara?
—Es probable Hel, pensaba en eso y recordé que hace dos meses…
—Sé muy bien lo que pasó hace dos meses….—comentó la rubia demasiado coqueta. Su esposo acarició su mano de una manera que a consideración suya debería estar prohibida dentro del horario familiar. Siguen con miradas, mejillas sonrosadas, labios humectados y obviamente necesitados. Su estómago se revuelve, siente ganas de correr y gritar, pero sólo para pedir que abran paso y lo dejen vomitar.
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No hay tiempo para eso. Su mujer ya está en la puerta pegando de gritos a alguien idiota.
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—¿¡Tengo que repetirlo todo!?
—¡Claro que no, Doctora!
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Tres hijos…—piensa Johanssen para sus adentros— Dos niñas y un varón que siendo honestos era casi una copia de él. Apenas cumpliría el año de edad pero lo adoraba como a ninguno. Sus hermanas de cinco y tres, estaban sumamente celosas y desde que nació habían montado una complot para tratar de anularlo de la familia. Él y Phoebs hacían turnos dobles para cuidarlos, pero suponía que eso, aunado a la tensión de dirigir un hospital, estaba acabando lento pero seguro con lo que quedaba de su muy amada y apacible calma.
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—¡Stevens, ya te dije que canceles todas mis citas y procedimientos por el resto del día!
—¿Y qué voy a hacer con sus pacientes?
—Canalízalos con la Doctora Meyer.
—Está de vacaciones.
—Si quiere seguir trabajando aquí, más le vale llegar en quince minutos.
—¡Pero Doctora…!
—¡Diez minutos! Y si escucho otro sonido de tu boca, también estás despedido. —Phoebs cerró la puerta detrás de su cuerpo con un golpazo que los hizo sentir a todos amenazados. Arnold y Helga sintieron pavor por sus sobrinitos. ¿Así los trataba en su casa? ¿O le gritaba a estos sujetos para no desquitarse con ellos? Quien sabe, pero era mejor no preguntar.
En la próxima navidad, le regalarían velas aromáticas y algunas citas para el SPA, baño de burbujas, sales, cremas, mascarillas con barro…o mejor la metían en una armadura y la llevaban a jugar Gotcha, seguro que disparar a algo en movimiento la hacía recuperar la cabeza.
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—De acuerdo, denme un minuto. —Gerald iba a susurrar "mejor toma una hora" pero se lo calló porque no quería pasar otra noche en el baño. Era muy frío, pequeño e incómodo de explicar a sus hijos por la mañana siguiente.
Arnold volvió a presionar la mano de su esposa en el interior de la suya. Ambos se hacían las peores ideas, sobretodo ella, que desde el ejercicio de su profesión, se había decantado por escribir novelas de suspenso, misterio y asesinos seriales muy al estilo de Stephen King o Richard Castle, como decían sus compañeros en la Comisaría.
Idiotas.
Aunque en realidad, puede que tuviera sentido esa ultima comparación.
Sus relatos eran tan buenos que Violette insistió en que tenía que publicarlos, con su ayuda y de la editorial para la que trabajaba. El primer volumen, si todo resultaba bien podría salir a la venta a finales de este año. Se titulaba "Cuerpo" y dejaba bastantes cosas a la interpretación.
Cuando Phoebs se recompuso, lo que era un decir, porque ahora sus lentes parecían empañarse y ninguno sabía si era de ira o drama. Les explicó que había repetido las pruebas tres veces en las ultimas horas.
No había dudas sobre el resultado y se disculpaba por perder los estribos con todos esos tarados pero sólo estorbaban y ella se moría de ganas de decirles que…
—¡Estás embarazada!
—¡¿QUÉ?! —chilló la rubia y de no ser porque su hermana era la mejor gíneco-obstetra de todo el estado de Illinois habría comenzado a demandar una segunda opinión. Se mareó, sangró y perdió el sentido en lo que viajaba en la parte trasera de una patrulla (ya que ninguno de sus compañeros quiso esperar a que llegara la jodida ambulancia).
¡Eso no era normal! ¡No era correcto! ¡Ella definitivamente estaba mal!
—Es de alto riesgo, por eso el sangrado, pero es real, tienes dos meses aproximadamente. Si te estás quieta y me dejas hacerlo una vez más, tal vez puedas…
—¡Tú me dijiste que cerrara los ojos y no viera, ni preguntara nada de lo que estabas haciendo!
—¡Quería descartar todas las malas probabilidades primero, pero son mínimas! Su latido es fuerte y tú estás bien, solo fue un leve desprendimiento que debió ocurrir por tu entrenamiento. Ya no puedes hacer nada de eso, salir a correr, levantar pesas, golpear el saco de boxeo, hasta respirar fuera de ritmo, está prohibido desde ahora, señorita.
—¿¡QUÉ!? ¡Espera…! ¿¡Desprendimiento de qué!? ¿¡Se me va a caer la matriz!?
—¡NO! No dije nada, olvídalo, olvídalo. Sólo obedece la siguiente regla. "Mantente quieta"
—¡JAMÁS!
—¡ARNOLD! —gritó Heyerdahl y el rubio no supo a cual de las dos apoyar. El instinto de preservación lo orilló a mirar a la mas amenazante, es decir, Phoebe. —Amárrala a la cama en cuanto lleguen a casa, conéctale una sonda en la pierna si es necesario, te enseñaré a hacerlo, no es complicado, sólo necesitas una manguera y una simpática bolsa de plástico.
—¡PHOEBE!—volvió a rumiar su mejor amiga.
—¡Te encerraré aquí yo misma, si no me haces caso!
—¡Lo haré! Pero lo que pides es demasiado. Arnold y yo tenemos…mañana tenemos…
—Que recoger a Adam.—pronunció el rubio y Phoebs vació sus pulmones. Se había olvidado de ese pequeño pero significativo detalle.
—No voy a perderlo, —prometió su amiga colocando las manos sobre vientre. —Te juro que voy a amarlo y protegerlo. Pero tampoco vamos a romperle el corazón a un pequeñito que nos está esperando.
—¿Y como crees que vaya a tomarlo?—preguntó Heyerdahl, sin malicia. Los niños eran caprichosos. Pregúntenselo a ellos y los celos asesinos de Tabitha y Denisse por la llegada Victor.
—De lo mejor, si le explicamos que a parte de padres, tendrá un nuevo hermanito u hermanita. Su misión será enseñarle como es el mundo ya que es el mayor y puede empezar cuidándome a mi, porque según tú debo pasar los siguientes meses postrada en la cama. Arnold lo llevará a la escuela por la mañana, lo inscribimos en la misma donde van Denisse y Tabitha para que no esté ni se sienta solo. ¿Les molesta…?
—En absoluto…—respondió su amiga, comenzando a sentir los ojos húmedos de llanto. La rubia siguió hablando, como si estuviera narrando los eventos de una novela que recién escribía.
—Volverán para comer, los recibirá Mantecado porque yo estaré demasiado obesa para caminar y los tres estaremos bien, hasta que seamos cuatro.
—O cinco…—afirma Gerald y todos se emocionan al oírlo. Lo merecían, después de todo este tiempo. Claro que merecían tener su final feliz.
—¿Quieres escuchar sus latidos? ¿Verlo por el monitor?
—Sabes que sí...—Phoebs se limpia las lágrimas del rostro, luego enciende la maquina de ultrasonido, toma el gel y le pide que se recueste y levante su camisa. Todo ese procedimiento, lo recuerda Gerald de cada uno de sus hijos y sin embargo en cada ocasión, la experiencia fue diferente. Movimientos fetales, un montón de manchas que no sabía interpretar, pero que significan vida y eso lo hacía alucinar.
En lo que los tórtolos y su mujer están entretenidos con eso, él toma su celular y envía un mensaje al viejo grupo de Whats que a veces se abre, otras se cierra, algunos se van, después regresan, pero en general seguían siendo los mismos de siempre. Escribe para anunciar la noticia y los mensajes de respuesta no se hacen esperar.
Sus celulares vibran, dejan las llamadas en espera, ya habrá ocasión de reunirse para charlar. Conservan la tradición de hacerlo una vez al año. No siempre acuden todos, pero están seguros de que esta ocasión lo harán. Le toca poner su casa a Harold, en el mes de marzo durante las vacaciones de primavera de sus hijos.
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—/KoriNuri\\—
