Disclaimer: Digimon ni sus personajes me pertenecen.
Colección para la actividad "escribe a partir de una palabra" del Foro Proyecto 1-8
Petricor: Olor que produce la lluvia la caer sobre suelos secos.
Yamato & Mimi
II.
Las nubes negras habían comenzado a tapizar el cielo, trayendo consigo aquel viento que anunciaba el pronto comienzo de la lluvia.
Se giró para mirarla, la brisa movía sus castaños cabellos a su son y la despeinaban, pero a ella no parecía molestarle. Se frenó cuando su brazo quiso extenderse en su dirección, intentando tomar esas finas hebras entre sus marcados dedos y deleitarse con la suavidad que mostraban.
—¿Po-podríamos entrar?
El negó con suavidad y volvió a desviar la vista, fijándola en esas enormes edificaciones que se construían al final de la vía, cada punto y cada ladrillo.
—¿Entonces?
La intentó ignorar, pero sabía que no podía. Pasó sus ojos por su figura, fijándose en cómo se abrazaba a sí misma intentando encontrar el calor que le faltaba. Volvió a alejar su visión de ella, más que nada, intentándolo.
—No sabría cómo decírtelo.
Mimi giró su rostro y buscó sus ojos, quería que le viera y se diera cuenta que ella iba a seguir ahí, plantada frente a él, esperando que le contara lo que buscaba o quizás regalándole algo que ignoraba.
—Yamato…
—No es tan fácil. ¿No ves lo que está pasando?
Cerró los ojos con fuerza, la culpa lo golpeó. De solo imaginarla, en otra situación, en otro momento. De solo pensar la poca suerte que tuvieron, ¿o la mucha que tiene?
El viento sopló con más fuerza, golpeando los árboles y las viejas ventanas de las casas circundantes.
—También es mi amiga, a mí también me duele.
Sus ojos azules se posaron en ella, tenía un punto. La observo unos segundos, como a cada instante parecía volverse más pequeña, más fácil de dañar, más pura, también.
Siempre había pensado que Mimi era una niña, caprichosa e infantil. Pero con el paso de los años, había aprendido que dentro de ella si había una mujer que quería luchar por su vida, que no dejaría que la pisotearan y que tenía un corazón que bombeaba sangre desesperado por ser feliz.
Y sabía esta instancia no solo era estar a un paso de caer del risco, era un grito desesperado. Un eco que se repetía cada que cerraba los ojos.
—No sé si puedo hacerte feliz. No sé si soy lo que buscar.
—Tenemos que averiguarlo.
Las palabras resonaban en las calles, el silencio lo inundaba todo y los faroles poco a poco comenzaban a encenderse. Las nubes lo tenían todo de gris y el verde no lucía en los árboles desnudos.
La brisa se elevó, ella volvió a abrazarse y rotó sus ojos hasta el suelo.
Una gota cayó en la nívea mejilla de él, tan fría y pura, tan simple y llena, tanto como ella. La limpio con cuidado y levanto los ojos, más gotas comenzaban a caer.
La castaña levantó la vista y lo buscó, lo encontró.
Fallando a sus propias convicciones dio esos dos pasos que los separaban y la acunó entre sus tibios brazos, la apretó con fuerza y hundió su nariz en su cabello. Sintió como el tirón en su corazón se acrecentaba, como la culpa explotaba dentro de él, pero como al mismo tiempo, una calidez se posicionaba en su estómago.
Era una sensación que solo ella le podía producir, todo y nada al mismo tiempo. Y esa era la razón porque su vida había girado hasta empujarlos juntos, hasta llevarlos por caminos que se ataban en algún momento. Los había llevado a romper reglas y sus propias creencias, los había juntado sin explicarles cómo y por qué.
Pero ahí estaban.
—El cemento recién mojado huele bien, mejor que nunca.
Mimi replicó entre sus brazos y él sonrió.
Era cierto.
