Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.

Capítulo 20

Alice estaba sentada en el último escalón con pinta de hada desquiciada a punto de desatar el infierno. Tenía un brillo febril en los ojos verdes. Apretaba los labios con fuerza y se aferraba las rodillas con los dedos como si fueran garras afiladas listas para hundirse en su presa.

—Ya está aquí —anunció con la mirada clavada en la ventana situada junto a la puerta.

Le eché un vistazo a Edward. Una sonrisa maliciosa se le dibujó en la cara.

No parecían preocuparle lo más mínimo las ansias asesinas de su hermana.

Puede que no hubiera sido buena idea encontrarnos con Benjamín allí.

Alice se levantó del escalón de un salto y abrió la puerta de golpe antes de que Benjamín tuviera ocasión de llamar. Nadie la detuvo ni se acercó siquiera. Benjamín bajó la mano, sorprendido.

—Eh… hola.

Alice echó su delgado brazo hacia atrás y estrelló el puño contra la mandíbula de Benjamín. El impacto lo hizo retroceder como un metro.

Me quedé pasmada.

Alec soltó una carcajada.

Alice dio media vuelta y dejó escapar un largo suspiro.

—Vale. Listo —dijo.

La vi dirigirse al sillón y sentarse sacudiendo la mano.

—Le prometí que le dejaría darle un buen golpe —me explicó Edward riéndose entre dientes—. Ahora se comportará.

Me quedé mirándolo.

Benjamín atravesó la puerta tambaleándose mientras se masajeaba la mandíbula.

—De acuerdo —dijo con una mueca de dolor—. Me lo merecía.

—Te mereces algo mucho peor —repuso Alec—. No lo olvides.

Benjamín asintió con la cabeza y recorrió la habitación con la mirada. Seis Luxen y un híbrido lo miraban a su vez. Tuvo el sentido común de parecer nervioso, incluso asustado. La animosidad podía palparse en la sala.

Benjamín se situó de espaldas a la pared. Chico listo. Se metió una mano despacio en el bolsillo trasero y sacó un papel enrollado.

—Supongo que deberíamos terminar con esto lo antes posible.

—Supongo que sí —dijo Edward arrebatándole el papel de la mano—. ¿Qué es esto?

—Un mapa —contestó—. La ruta que tenemos que seguir está marcada en rojo. Es un camino de acceso contra incendios y nos llevará directamente hasta la entrada trasera de Mount Weather.

Edward desenrolló el mapa sobre la mesa de centro. Emmett se asomó por encima del hombro de su hermano y pasó un dedo por la serpenteante línea roja.

—¿Cuánto se tarda en subir por este camino?

—Unos veinte minutos en coche, pero es imposible que podamos meter un coche allí arriba sin que se den cuenta. —Dio un tímido paso al frente, mirando a Alice, que no le quitaba la vista de encima. Una marca roja le recorría la mejilla derecha. Iba a salirle un moratón—. Vamos a tener que hacerlo a pie y rápido.

—¿Cómo de rápido? —preguntó Anthony desde su puesto junto a la puerta del comedor.

—Tan rápido como sea inhumanamente posible —respondió Benjamín—. Vamos a tener que movernos a la velocidad de la luz. Seth nos proporcionará quince minutos y no podemos quedarnos dando vueltas por Mount Weather esperando a que sean las nueve. Tenemos que llegar allí con unos cinco minutos de antelación y echar a correr por el camino lo más rápido posible.

Me recosté contra el asiento. Yo solo había conseguido alcanzar una vez la velocidad necesaria para lo que estaban hablando. Fue cuando estaba dándole caza a Benjamín.

Edward levantó la mirada.

—¿Puedes hacerlo?

—Sí. —Teniendo en cuenta las razones, estaba segura de poder conseguirlo.

Con suerte.

Alice se puso en pie, negando con la cabeza.

—¿A qué velocidad pueden correr ellos?

—A toda leche cuando es necesario —contestó Benjamín—. Atácame otra vez, y te demostraré lo rápido que puedo correr.

Alice soltó una risita burlona.

—Seguro que aun así podría alcanzarte.

—Quizá —murmuró Benjamín, y luego dijo—: Mañana tienes que practicar todo el día. Puede que incluso esta noche. No podemos permitirnos que nadie nos retrase.

Tardé un segundo en darme cuenta de que estaba hablándome a mí.

—No voy a retrasar a nadie.

—Solo quiero asegurarme.

Un millar de emociones se arremolinaban en sus ojos cuando me miró y aparté la vista enseguida. Me dolía admitir que yo era, evidentemente, el eslabón más débil. Probablemente Alice o Irina habrían sido mejor opciones, pero sabía que podía hacerlo.

—No hace falta que te preocupes por ella. No es problema tuyo —le espetó Edward.

Anthony se acercó interponiéndose entre Edward y Benjamín.

—Vale. Ya sabemos que hay que subir por este camino, pero ¿dónde quieres que nos quedemos nosotros?

Edward se cruzó de brazos, con los ojos entrecerrados.

—Al pie del camino de acceso. Eso debería daros la oportunidad de salir huyendo si algo sale mal.

—Nada va a salir mal —repuso Irina observando a Edward—. Os esperaremos allí.

—Por supuesto —contestó Edward con una sonrisa tranquilizadora—. No nos va a pasar nada, Irina.

Me pellizqué el muslo. « Él no la desea. Él no la desea. Él no la desea» . Eso ayudó.

—Confío en ti —dijo Irina mirándolo con adoración. Como si Edward fuera un santo o algo por el estilo.

Me pellizqué el muslo más fuerte. « La voy a matar. La voy a matar. La voy a matar» . Eso no ayudó.

Benjamín carraspeó.

—En fin, Seth dice que hay una vieja granja al pie del camino de acceso. Deberíamos poder aparcar los coches allí.

—Suena bien. —Emmett se apartó con las manos en las caderas. Un mechón de pelo le cayó sobre la frente—. En cuanto lleguemos allí, dispondremos de quince minutos, ¿no?

Edward asintió con un gesto de la cabeza.

—Según Seth, el mafioso adolescente, sí.

—¿Y ese crío es digno de confianza? —preguntó Anthony.

—Yo respondo por él.

—Qué alivio —contesté mirándolo.

—Podemos confiar en él. —Benjamín se puso colorado.

—¿Crees que es suficiente tiempo? —le preguntó Emmett a su hermano—. ¿Para entrar, llegar hasta Rose y Amun y salir?

—Debería serlo. —Edward dobló el mapa y se lo guardó en el bolsillo trasero—. Recuperarás a Rose y el mierda este, a Amun.

Benjamín puso los ojos en blanco.

—Alec, Bella y yo los cubriremos. No deberíamos tardar ni quince minutos.—Edward se sentó a mi lado y miró a Benjamín con cara de pocos amigos—. Y luego cogerás a Amun y te largarás de aquí. No tienes ningún motivo para volver.

—¿Y si vuelve? —preguntó Alice—. ¿Y si encuentra otra excusa para chantajearos para que lo ayudéis?

—Eso no pasará —aseguró Benjamín, y sentí su mirada sobre mí—. No tengo ninguna razón para regresar.

Edward se puso tenso.

—Si vuelves, vas a obligarme a hacer algo que no quiero hacer… Es probable que lo disfrute, pero no quiero tener que hacerlo.

Benjamín levantó bruscamente el mentón.

—Entendido.

—De acuerdo —dijo Anthony dirigiéndose a todos los presentes—.Quedamos aquí mañana a las seis y media. ¿Lo tienes todo controlado, Bella ?

Dije que sí con la cabeza.

—Mi madre cree que voy a quedarme a dormir en casa de Jessica. Aunque, de todas formas, trabaja.

—Siempre está trabajando —comentó Irina mirándose las uñas—. ¿Es que no le gusta estar en casa?

No estaba segura de si era una pulla o no, así que controlé mi genio.

—Paga la hipoteca, la comida, las facturas y todos mis gastos ella sola. Tiene que trabajar mucho.

—Tal vez deberías buscarte un trabajo —propuso lanzándome una breve mirada—. Algo después de clase a lo que puedas dedicarle unas veinte horas de tu vida.

Me crucé de brazos con los labios fruncidos.

—¿Y se puede saber por qué me lo sugieres?

Se le dibujó una sonrisa felina mientras centraba su atención en un punto situado a mi lado.

—Es que me parece que, si de verdad te preocupara que tu madre llegue a fin de mes, la ayudarías.

—Seguro que es por eso.

Me relajé cuando Edward me deslizó una mano por la espalda. Irina se percató del gesto y apretó los labios en una mueca avinagrada.

Chúpate esa.

—Solo tenemos que preocuparnos por una cosa —dijo Benjamín como si de verdad solo hubiera una cosa que pudiera salir mal—. Tienen puertas de emergencia que se cierran cada tantos metros cuando suenan las alarmas. Esas puertas también cuentan con un arma defensiva. No os acerquéis a las luces azules. Son láseres. Os harían pedazos.

Todos nos quedamos mirándolo. Caramba. Sí, eso era grave.

Benjamín sonrió.

—Pero no deberían ser un problema. Deberíamos poder entrar y salir sin que nos vean.

—Vale —dijo Alec despacio—. ¿Algo más de lo que tengamos que preocuparnos, como una red de ónice?

Benjamín se rió.

—No, eso debería ser todo.

Alice quiso que Benjamín se largara en cuanto los planes estuvieron en marcha. Él se dirigió a la puerta sin protestar y luego se detuvo como si fuera a decir algo.

Sentí su mirada de nuevo sobre mí, pero entonces se marchó. El grupo se disolvió, dejando a los hermanos atrás.

Junté las manos y dije:

—Quiero practicar eso de la velocidad. A ver, sé que puedo correr tan rápido como vosotros, pero me gustaría practicar.

Alice clavó la vista en el brazo del sofá mientras respiraba hondo.

—Buena idea. —Emmett esbozó una sonrisa torcida—. A mí también me vendría bien practicar.

Edward estiró la espalda y me pasó un brazo alrededor de la cintura.

—Ahora está un poco oscuro. Seguramente acabarías partiéndote el cuello. Pero podemos hacerlo mañana.

—Gracias por el voto de confianza.

—De nada.

Le di un codazo y me volví hacia Alice, que seguía observando los muebles como si guardaran la respuesta a algún misterio. Por probar…

—¿Vas… vas a ayudarnos?

Alice abrió la boca y luego la cerró negando con la cabeza. A continuación, y sin decir una palabra, dio media vuelta y se dirigió al piso de arriba. Me desmoralicé.

—Acabará entrando en razón —dijo Edward dándome un pequeño apretón—. Estoy seguro.

Yo lo dudaba, pero asentí con la cabeza. Alice nunca iba a « entrar en razón» . No sé ni por qué me molestaba.

Emmett se sentó junto a mí con una expresión de confusión en el rostro.

—No sé qué le ha pasado mientras yo no estaba. No lo entiendo.

Apreté los labios. Yo, eso le había pasado.

—Todos hemos cambiado, hermano. —Edward tiró de mí para que me recostara contra él—. Pero todo… todo volverá a la normalidad pronto.

Emmett nos miró con el ceño fruncido. La tristeza se apoderó de sus ojos, atenuando el vibrante color. Me pregunté en qué pensaría cuando nos veía juntos.

¿Le vendrían recuerdos de Rose y él acurrucados en el sofá? Entonces parpadeó y se le dibujó una leve sonrisa.

—¿Un maratón de Ghost Investigators?

—Eso no hace falta ni preguntarlo. —Edward levantó una mano y el mando a distancia salió disparado hacia él—. Tengo como seis horas grabadas. ¿Palomitas? Necesitamos palomitas.

—Y helado —añadió Emmett poniéndose en pie—. Tengo un antojo.

El reloj de pared marcaba las siete y media. Iba a ser una noche larga; pero, cuando me acomodé al lado de Edward, me di cuenta de que no quería estar en ningún otro sitio.

Edward me rozó la mejilla con los labios mientras estiraba el brazo por detrás de nosotros y sacaba una manta del respaldo del sofá. Nos cubrió con ella dejando que la mayor parte me envolviera.

—Estamos recuperándolo, ¿verdad?

Me volví hacia él, sonriendo.

—Sí, creo que sí.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Asegurémonos de que mañana no haga que todo haya sido en vano.

A la una de la tarde del día siguiente, estaba cubierta de barro y sudando como un pollo. Lo había hecho mejor de lo que creía: había sido capaz de seguir el ritmo de Emmett con facilidad y solo me había caído unas… cuatro veces. El terreno era implacable.

Pasé caminando junto a Edward, que intentó darme un golpecito. Lo fulminé con la mirada y él me respondió con una sonrisa pícara.

—Tienes la mejilla sucia —me dijo—. Qué mona.

Como siempre, él estaba perfecto. Ni siquiera había empezado a sudar, por el amor de Dios.

—¿Siempre se le da todo tan irritantemente bien?

Emmett, que tenía tan mala pinta como yo, asintió con la cabeza.

—Sí, es el mejor en este tipo de cosas: pelear, correr, cualquier actividad física.

Edward sonrió de oreja a oreja mientras yo me limpiaba el barro de las zapatillas y nos soltó:

—Sois unos mantas. —Luego se rió.

Le saqué la lengua y regresé al lado de los hermanos. Estábamos en el límite del bosque que llegaba hasta el jardín de mi casa. Respiré hondo un par de veces y acepté encantada que la Fuente me invadiera. Volví a notar aquel subidón de adrenalina, como si montara en una montaña rusa, y se me tensaron los músculos.

—Preparados —dijo Edward apretando los puños a los costados—. ¡Ya!

Clavé los pies en el suelo, empujé y les eché una carrera. Noté el azote del aire a mi alrededor a medida que cogía velocidad. Ahora que sabía que debía estar atenta por si había ramas podridas y piedras en mi camino, mantuve los ojos clavados en el suelo y lo que me rodeaba. El viento me cortaba las mejillas, pero era un ardor agradable. Significaba que iba rápido.

Los árboles no eran más que manchas borrosas mientras los sorteaba a toda velocidad y pasaba por debajo de las ramas bajas. Salté sobre arbustos y rocas y adelanté a Emmett. La velocidad me tiró del pelo, liberándolo de la coleta. Una carcajada escapó de mi garganta. Mientras corría, me olvidé de los celos estúpidos, del persistente problema de Jason e incluso de lo que teníamos que hacer más tarde aquella noche.

Correr así, tan rápido como el viento, era liberador.

Edward nos adelantó como una exhalación y llegó al arrollo unos diez segundos antes que nosotros. Frenar era un problema. No podías detenerte sin más: a esa velocidad te darías de bruces contra el suelo en cuestión de segundos.

Así que hundí los pies en el suelo, levantando sedimentos y piedras sueltas, y me deslicé el último metro.

Edward estiró el brazo y me rodeó la cintura para que no acabara en el lago.

Me volví, riéndome, y le di un beso en la mejilla.

Me sonrió, encantado.

—Te brillan los ojos.

—¿En serio? ¿Como los tuyos? ¿Con ese resplandor como de diamantes?

Emmett se detuvo y se apartó el pelo de la frente.

—No, simplemente se te iluminan. Es bonito —dijo.

—Es precioso —lo corrigió Edward—. Pero será mejor que tengas cuidado de no hacer eso delante de la gente. —Cuando asentí con la cabeza, se acercó a su hermano y le dio una palmada en la espalda—. ¿Por qué no lo consideramos un empate? Los dos estáis preparados, y me muero de hambre.

Un estremecimiento de orgullo brotó en mi interior hasta que recordé la importancia de lo que íbamos a hacer esa noche. No podía ser el eslabón más débil.

—Oíd, chicos, ¿por qué no os adelantáis vosotros y regresáis? Yo voy a practicar un poco más.

—¿Estás segura?

—Sí. Quiero hacerte morder el polvo.

—Ni en sueños, gatita. —Se acercó con aire arrogante y me besó en la mejilla—. Así que más vale que te rindas.

Le di un empujón en el pecho con actitud juguetona.

—Un día de estos vas a tener que tragarte el orgullo.

—Dudo mucho que ninguno de nosotros llegue a ver ese día —apuntó Emmett sonriéndole a su hermano.

El corazón me dio un vuelco al verlos bromeando juntos y me obligué a no alterar la expresión de mi cara, aunque vi que Edward vacilaba un poco.

Emmett, que no se había percatado de la importancia del momento, volvió a apartarse el pelo y emprendió el camino de regreso a la casa.

—¡Te echo una carrera, hermano! —exclamó Emmett.

« Vete» , articulé para que Edward me leyera los labios.

Me dedicó una sonrisa rápida y luego se acercó a su hermano a paso ligero.

—Sabes que vas a perder.

—Probablemente. Pero, oye, es bueno para tu ego, ¿no?

Como si necesitara ayuda con eso. Pero sonreí y noté una calidez en mi interior mientras ellos bromeaban y después salían disparados. Esperé unos minutos, despejé la mente y luego regresé trotando en dirección a casa. A velocidad normal, tardé unos cinco minutos, si estaba contando bien. En cuanto llegué al límite del bosque, di media vuelta y me preparé. Noté cómo la Fuente se desataba y me lancé hacia delante.

Dos minutos.

Lo repetí y me cronometré. Un minuto y medio en el segundo intento.

Lo hice una y otra vez, hasta que me ardieron los músculos y los pulmones y rebajé los cinco minutos a cincuenta segundos. No creía que pudiera mejorarlo.

Y lo curioso era que, aunque me temblaban los músculos, no me dolían. Como si llevara años corriendo así; yo, que prácticamente solo corría de la puerta de la librería hasta la sección de novedades.

Mientras me estiraba, observé cómo el sol se filtraba a través de los árboles y se reflejaba en el arroyo semicongelado. Quedaba poco para que llegara la primavera. Me sujeté el pelo y me lo coloqué sobre un hombro. Si salíamos vivos de Mount Weather esa noche, claro.

—Me equivocaba. No necesitas practicar.

Me volví al oír la voz de Benjamín. Estaba como a un metro de distancia, apoyado contra un grueso árbol, con las manos en los bolsillos. La inquietud y la discordia me provocaron un nudo en el estómago.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté sin alterar la voz.

Benjamín se encogió de hombros.

—Mirar.

—Ya…

La sonrisa le salió forzada.

—Seguramente debería haberme expresado mejor. Os estaba mirando correr. Tus chicos son buenos… pero tú eres genial. A Dédalo le encantaría tenerte entre sus filas.

El nudo de mi estómago se hizo más grande.

—¿Es una amenaza?

—No. —Parpadeó y se puso colorado—. Dios, no, solo me refería a que eres muy buena. Eres lo que quieren en un híbrido.

—¿Igual que tú?

Bajó la mirada al suelo.

—Sí, igual que yo.

Esa situación era incómoda y me molestaba tener que respirar el mismo aire que Benjamín. Por lo general, yo no era de esas personas que guardan rencor, pero hice una excepción con él.

Me dispuse a regresar a la casa.

—¿Te preocupa lo de esta noche?

—No quiero hablar contigo.

Lo tuve a mi lado en un instante.

—¿Por qué no?

« ¿Por qué no? ¿En serio? ¿Por qué no?» Aquella pregunta me enfureció. Sin pararme a pensarlo, me volví de repente y le di un puñetazo en el plexo solar. Se le escapó bruscamente el aire de los pulmones y una vertiginosa sensación de satisfacción me pintó una sonrisa en la cara.

—¡Dios mío! —gruñó, doblándose en dos—. ¿Por qué os ha dado a todas las tías por pegarme?

—Te mereces algo mucho peor que eso. —Di media vuelta para no volver a pegarle y retomé el camino de regreso—. ¿Que por qué no quiero hablar contigo? ¿Por qué no se lo preguntamos a Eathan?

—Vale. —Me alcanzó mientras se masajeaba el estómago—. Tienes razón. Pero ya me he disculpado.

—Una disculpa no arregla algo como eso.

Respiré hondo y entrecerré los ojos para protegerme del fuerte resplandor del sol que se abría paso entre las ramas. No podía creerme que estuviera teniendo aquella conversación.

—Estoy intentando compensarlo.

Me reí de la ridícula idea de que podría compensar todo lo que había hecho.

Desde la noche en que Eathan murió, una parte de mí entendía la pena de muerte y por qué se había creado. Vale, puede que el ojo por ojo no estuviera bien, pero apoyaba la cadena perpetua.

Me detuve.

—¿Qué haces aquí de verdad? Sabes que es probable que Edward pierda los nervios si te ve, y él pega más fuerte que Alice y que yo.

—Quería hablar contigo. —Levantó la mirada—. Y hubo un tiempo en el que solía gustarte hablar conmigo.

Ya, antes de que resultara ser la encarnación del demonio, era un tío bastante guay.

—Te odio —le solté, y lo decía en serio. El nivel de animosidad que sentía por ese chico se salía de los gráficos.

Benjamín dio un respingo, pero no apartó la mirada. El viento bramaba entre los árboles, sacudiéndome el pelo alrededor de la cara y poniéndole el suyo de punta.

—Nunca quise que me odiaras.

Solté una breve carcajada y empecé a caminar de nuevo.

—Pues, para no querer que te odiara, te luciste.

—Ya lo sé. —Se puso a caminar a mi lado—. Y sé que no puedo cambiarlo. Ni siquiera estoy seguro de si lo haría, si tuviera la oportunidad de revivirlo todo de nuevo.

Le lancé una mirada cargada de odio.

—Por lo menos eres sincero, ¿no? Da igual.

Benjamín se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.

—Tú harías lo mismo si estuvieras en mi lugar… si tuvieras que proteger a Edward.

Un escalofrío me bajó lentamente por la espalda mientras apretaba la mandíbula.

—Lo harías —insistió en voz baja—. Harías lo mismo que hice yo. Y eso es lo que más te molesta. Nos parecemos más de lo que quieres admitir.

—¡No nos parecemos en nada!

Pero se me revolvió el estómago, porque en el fondo, como le había dicho una vez a Edward, me parecía mucho a Benjamín. No obstante, eso no significaba que fuera a darle el placer de admitirlo, sobre todo teniendo en cuenta que lo que él había hecho me había cambiado.

Apreté con fuerza los puños mientras pisoteaba ramas y arbustos.

—Eres un monstruo, Benjamín. Un monstruo de carne y hueso… y yo no quiero ser así.

No dijo nada durante un rato.

—Tú no eres un monstruo.

Me dolía la mandíbula de lo fuerte que estaba rechinando los dientes.

—Eres como yo, Bella, en serio; pero eres mejor. —Se quedó callado un momento y luego añadió—: Me gustaste desde el momento en que nos conocimos. Aunque sabía que era una estupidez que me gustaras, así fue.

Me detuve, estupefacta, y lo miré.

—¿Qué?

La parte superior de las mejillas se le tiñó de rojo.

—Me gustas, Bella. Me gustas mucho. Y ya sé que me odias y que estás enamorada de Edward. Lo entiendo, pero quería decirlo por si las cosas se ponen feas esta noche. No es que vay a a pasar nada, pero ya sabes… Pues eso.

Ni siquiera podía procesar lo que estaba diciéndome. Era imposible. Me volví y seguí caminando hacia casa, que y a estaba a la vista, mientras negaba con la cabeza. Le gustaba. Le gustaba mucho. Por eso nos había traicionado a mis amigos y a mí. Por eso mató a Eathan y luego regresó para chantajearnos. Una risa histérica me brotó en la garganta y, en cuanto empecé a reírme, ya no pude parar.

—Gracias —murmuró—. Me sincero, y tú te ríes de mí.

—Deberías alegrarte de que esté riéndome. Porque la otra opción es volver a pegarte, lo que todavía es posible…

Benjamín se me abalanzó por la espalda, tirándome al suelo. Me quedé sin aire en los pulmones, y notar su peso encima hizo que mi cuerpo se preparara de inmediato para pelear.

—Quieta —me susurró al oído mientras me sujetaba los brazos—. Tenemos compañía… y no es de la buena.