Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.

Capítulo 23

Bella PDV

Leí mi nuevo nombre por tercera vez, pero seguía sin poder creérmelo. Había algo en él que me resultaba familiar.

—¿Anna Whitt?

Alice dio una especie de saltito.

—Yo he elegido los nombres.

Entonces las piezas del puzle comenzaron a encajar.

—Edward, ¿cuál es el tuyo?

Él abrió la cartera y soltó una risita.

—Kaidan Rowe. Hum. Suena muy bien.

Me quedé con la boca abierta y me volví en dirección a Alice.

—¡Has escogido los nombres de un libro!

Ella rió.

—Pensé que te gustaría. Además, Sweet Evil es uno de mis favoritos, y tú me obligaste a leerlo, así que…

No pude evitarlo, y me reí mientras miraba la foto de mi carnet. Era una copia idéntica de mi carnet de conducir real, salvo porque el Estado y la dirección eran diferentes. Debajo se encontraba mi carnet auténtico, a nombre de Isabella Swan, y unas cuantas hojas de papel doblado.

Dios, echaba de menos mis libros. Quería abrazarlos, darles amor, aferrarme a ellos.

—Lo he encontrado en tu habitación —explicó Alice, dándole unos golpecitos con el dedo—. Me colé en ella para recoger algo de ropa y el carnet antes de marcharnos.

—Gracias —dije, deslizando mi nuevo carnet sobre el antiguo. Quedarme mirádolos a los dos iba a provocarme una crisis de identidad.

—Entonces, espera… ¿Mi nuevo nombre es de uno de esos libros? —preguntó Edward, y frunció el ceño. También tenía su auténtico carnet, pero debajo había una tarjeta bancaria con el nombre de Kaidan—. Me da miedo preguntar siquiera de qué trata. Más os vale no haberme puesto el nombre de alguna clase de mago o algo así de cutre.

—No. Es sobre ángeles, demonios, nefilim y… —Hice una pausa, fuertemente consciente de que todos estaban mirándome como si me hubiera crecido un tercer ojo—. Kaidan es algo así como la encarnación de la lujuria.

Sus ojos centellearon de interés.

—Bueno, entonces nada podría haberme encajado mejor. —Me dio un codazo, y yo puse los ojos en blanco—. ¿Eh? Es perfecto, ¿verdad?

—Puaj —soltó Alice.

—Bueno —dijo Emmett, sentándose sobre el brazo del sofá—. He cambiado los nombres de vuestras cuentas bancarias por los nuevos. También encontraréis los expedientes del instituto, así que, aunque los dos lo hayáis abandonado —mostró una sonrisa—, ninguno será más listo que los demás. Todos tenemos nuevas identidades.

—¿Cómo habéis conseguido montar todo esto? —pregunté, totalmente fuera de mi terreno con el tema de falsificar carnets de identidad y expedientes de estudios.

Seth me dirigió una sonrisita de satisfacción.

—Entre mis variados y extensos talentos se encuentra el de hacer carnets de identidad y documentos falsos.

Me quedé mirándolo, preguntándome si había algo que no fuera capaz de hacer.

—Nop —dijo, y me guiñó un ojo. Yo estreché los míos.

Edward estaba ojeando sus papeles.

—Chicos, en serio, gracias. Esto es un comienzo. —Levantó la mirada, y sus ojos de color jade brillaban—. Esto es algo.

Asentí con la cabeza, tratando de no pensar en todo lo que estaba perdiendo por volver a comenzar de nuevo. Como mi madre. De algún modo, tendría que encontrar la forma de verla.

—Sí.

Nos quedamos en la habitación un rato más, principalmente para ponernos al día. Nadie habló sobre planes, y realmente no pensaba que nadie supiera exactamente qué hacer a partir de entonces. Zafrina me enseñó su hermosa casa cuando pedí permiso para utilizar el baño, que, por cierto, era del tamaño de un dormitorio y tenía paredes de espejo por dentro.

El edificio contaba con más habitaciones en la planta baja de las que ninguna persona pudiera llegar a necesitar. Y parecía que Zafrina no tuviera pareja, así que ella era la única que vivía en esa enorme casa. Alice se unió a nosotros, y pasó un brazo por debajo del mío mientras Zafrina me conducía por una cocina abierta y un invernadero.

—Te va a encantar esto —dijo Alice—. Tú espera.

Zafrina le dirigió una sonrisa por encima de su hombro bronceado.

—Creo que Alice ha pasado la última semana aquí fuera, tratando de encontrar la forma de liberaros, pero… Realmente no teníamos ningún plan que Anthony y yo pudiéramos permitirles llevar a cabo que no fuera a acabar con ellos capturados.

Llena de curiosidad, dejé que me condujeran hasta el exterior, de vuelta a lo que pensaba que sería una temperatura sobrecogedora, pero acabé saliendo a un oasis.

—Oh, Dios mío… —suspiré.

Alice se balanceó sobre sus talones.

—Te dije que te iba a encantar. Es precioso, ¿verdad?

Lo único que pude hacer fue sonreír. Había numerosas palmeras de tamaño medio que bordeaban un muro de contención con incrustaciones de cuarzo, creando una zona en sombras perfecta. El espacio era rectangular, con un gran patio con barbacoa, fogón y varios divanes. Había flores de colores brillantes que flanqueaban el camino de adoquines, al igual que unos arbustos que había visto en el desierto pero cuyos nombres no conocía. Un fuerte aroma a jazmín y salvia flotaba en el aire, y hacia el fondo de la propiedad se hallaba una piscina con un bordillo de piedra natural.

Era la clase de jardines que se ven en televisión.

—Cuando Alice me dijo que te encantaba trabajar en el jardín, supe que teníamos algo en común. — Zafrina pasó los dedos por un crotón rojo y amarillo—. Creo que tu amor por la jardinería se le ha pegado a Alice; ha estado ayudándome.

—Me ayudaba —dijo ella, y se encogió de hombros—. Ya sabes, a no pensar en demasiadas cosas.

Eso es lo que me encantaba de la jardinería: era genial para vaciar la mente.

Después de investigarlo todo, desde el abono hasta las piedrecillas de colores neutros, seguí a Alice escaleras arriba, hasta el segundo piso. Edward estaba con Emmett, Anthony y los hermanos Denali: necesitaba pasar tiempo con ellos.

Además, estar con Alice me producía unos cálidos cosquilleos.

Las puertas de una de las habitaciones estaban cerradas, y supuse que allí sería donde se encontraba Rosalie.

—¿Cómo está Rose? —pregunté.

Alice fue más despacio, hasta llevar el mismo ritmo que yo. Cuando habló, lo hizo en voz baja.

—Se encuentra bien, supongo. No habla demasiado.

—¿Está…?

Vaya. ¿Cómo iba a poder hacer esa pregunta sin sonar como una insensible?

—¿Cuerda? —sugirió Alice, pero lo hizo sin desprecio—. Algunos días son mejores que otros, pero ha estado muy cansada últimamente, durmiendo mucho.

Rodeé una urna gigante llena de sansevierias.

—Bueno, no puede estar incubando nada. Nosotros no enfermamos.

—Lo sé. —Alice se detuvo ante una habitación al final del pasillo—. Creo que es solo que el viaje la ha estresado. Quería ayudar, no me malinterpretes, pero está asustada.

—Tiene derecho a estarlo. —Me aparté unos mechones de pelo de la cara y me concentré en la habitación. La cama era lo bastante grande para cinco personas, y había una montaña de almohadas y cojines apilados contra el cabecero—. Entonces, ¿esta es nuestra habitación?

—¿Eh? —Alice se quedó mirándome, y después sacudió la cabeza—. Lo siento. Sí, para ti y para mi hermano. —Se le escapó una risita—. Vaya. Bella, hace un año…

Una sonrisa tiró de mis labios.

—Me hubiera apuñalado una y otra vez en el ojo con un tenedor antes que dormir en la misma casa que Edward.

—¿Un tenedor? —Alice se rió mientras se dirigía hacia el armario—. Eso es muy serio.

—Lo es. —Me senté en la cama y me enamoré de inmediato de su firmeza—. Los tenedores solo se utilizan en las situaciones más desesperadas.

Alice entró en el interior. Pude ver que allí se encontraban algunos de mis conjuntos.

—He cogido un poco de todo: vaqueros, camisetas, vestidos, ropa interior…

—Gracias. Lo digo en serio. Esto —dije haciendo un gesto en dirección a mí misma— es todo lo que tengo. Va a estar bien ponerme algo que sea mío después de… —Dejé de hablar, pues no tenía sentido continuar por ahí. Examiné la habitación en busca de alguna distracción, y encontré otra puerta—. ¿Tenemos nuestro propio baño?

—Sí. Todas las habitaciones lo tienen, esta casa es una pasada. —Desapareció frente al armario y volvió a aparecer en la cama, junto a mí—. Será difícil marcharnos de este lugar.

Solo había pasado allí unas pocas horas, y ya quería adoptar la casa.

—Entonces, ¿adónde vas a ir después de marcharnos de aquí? ¿Vendrás con nosotros?

Ella se encogió de hombros.

—Sinceramente, no lo sé. No voy a pensar en ello todavía, porque no sé si será posible que nos quedemos todos juntos. Volver a casa está totalmente descartado por un montón de razones. —Hizo una pausa para mirarme—. Todos en el instituto estaban… diferentes después de que Edward y tú desaparecierais. Volvieron la policía y los periodistas, y la gente empezó a ponerse paranoica. Jessica estaba fuera de sí, especialmente después de lo que le había sucedido a Angela. Menos mal que tiene a su novio. Piensa que Emmett y yo nos hemos ido de allí para ver a nuestra familia, y en parte es cierto.

Estaba llena de preocupación, pero me obligué a armarme de coraje.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro. Lo que sea.

—Mi madre… ¿Cómo está?

Alice se tomó un momento antes de responder.

—¿Quieres que te diga la verdad o quieres que te haga sentir mejor?

—Es malo, ¿verdad?

Las lágrimas se acumularon en mis ojos con tanta rapidez que tuve que apartar la mirada.

—Ya sabes la respuesta a esa pregunta. —Buscó mi mano con la suya y le dio un apretón—. Tu madre está mal. Ha estado tomándose mucho tiempo libre del trabajo… A sus jefes les ha parecido bien. Según tengo entendido, han sido bastante comprensivos. No cree que Edward y tú os hayáis fugado. Eso fue lo que la policía decidió finalmente cuando no pudieron encontrar evidencia alguna de por qué habíais desaparecido tú, Edward y Benjamín, pero también creo que algunos de los oficiales estaban metidos en el ajo. Llegaron a la conclusión de la fuga demasiado rápido.

Negué con la cabeza.

—¿Por qué no me sorprende? Dédalo tiene gente en todas partes.

—Tu madre encontró el portátil que te compró Edward, y tuve que decirle que te lo había comprado él. Sin embargo, sabía que tú jamás huirías sin llevarte el portátil.

Solté una risita corta.

—Sí, eso es bastante cierto.

Volvió a apretarme la mano.

—Sin embargo, considerando la situación, tu madre lo lleva bien. Es muy fuerte, Bella.

—Lo sé —dije, y entonces la miré—. Pero no se merece esto. No puedo soportar la idea de que no sepa lo que me ha sucedido.

Ella asintió con la cabeza.

—He estado mucho tiempo con ella, simplemente pasando el rato y ayudándola con la casa, hasta que nos marchamos. Incluso he mantenido tu jardín libre de malas hierbas. Pensaba que eso podría compensar de algún modo todo en lo que te hemos metido.

—Gracias. —Me moví de modo que quedara cara a cara con ella—. Lo digo en serio. Gracias por pasar tiempo con ella y ayudarla, pero vosotros no me habéis metido en nada, ¿de acuerdo? Nada de esto es culpa tuya ni de Edward.

Sus ojos relucieron, y después dijo en voz baja:

—¿Realmente lo piensas?

—¡Pues claro! —La conmoción me sacudió por dentro—. Alice, vosotros no habéis hecho nada malo. Todo esto es culpa de Dédalo, es a ellos a quienes culpo. Ellos son los responsables, y nadie más.

—He estado muy mal. Me alegra saber que piensas así. Irina dijo que probablemente me odiarías… Que nos odiarías.

—Irina es gilipollas.

Alice soltó una carcajada.

—Sí, a veces lo es.

Suspiré.

—Tan solo desearía que pudiéramos hacer algo que no fuera correr.

—Sí, yo también. —Su rodilla dio un bote mientras me soltaba la mano y se tocaba el pelo—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

Se mordió el labio inferior.

—¿Ha sido muy malo?

Me puse tensa. Esa era precisamente la pregunta que no quería que me hicieran, pero Alice estaba esperando, con una expresión tan seria que tuve que decir algo.

—Algunos días eran mejores que otros.

—Me lo puedo imaginar —dijo con suavidad—. Rose habló sobre ello una vez. Dijo que le hacían daño.

Pensé en mi espalda y apreté los labios.

—Lo hacen. Hacían y decían muchas cosas.

Empalideció y pasaron unos momentos.

—Mientras nos dirigíamos hacia aquí, Seth dijo que tú… Que Benjamín está muerto. ¿Es eso cierto?

Tomé aliento bruscamente. Jasper debía de habérselo dicho.

—Benjamín está muerto. —Me puse en pie y me aparté el pelo hacia atrás—. No quiero hablar de este tema, ni tampoco de nada de lo que pasó allí. Lo siento. Sé que estás preocupada, pero es algo en lo que no quiero pensar. Me vuelve loca.

—Vale. Pero, si alguna vez quieres hablar, sabes que estoy aquí para ti, ¿verdad? —Asentí con la cabeza, y el rostro de Alice se iluminó con una sonrisa—. Entonces, pasemos a cosas mejores. Como ese espécimen de hombre de tan buen aspecto que ha venido contigo… El del corte del pelo militar.

—¿Jasper?

—Sí. Está muy bueno. Y con eso quiero decir que está buenísimo.

Rompí a reír, y en cuanto empecé no pude parar. Las lágrimas se derramaban por mi cara mientras ella me observaba, perpleja.

—¿Qué? —preguntó.

—Lo siento. —Me sequé la cara con los dedos y volví a sentarme junto a ella—. Es solo que estoy completamente segura de que a Edward le daría una apoplejía si lo escuchara.

Ella frunció el ceño.

—A Edward le daría una apoplejía si mostrara interés en cualquier tío.

—Bueno, pero Jasper es diferente —comencé con lentitud.

—¿Por qué? ¿Porque es mayor? No puede ser demasiado mayor, y además, es obvio que se trata de un buen tío. Ha arriesgado la vida para ayudaros a vosotros. Pero percibo algo diferente en él, supongo que será toda esa aura militar.

Supuse que era el momento de soltar la bomba.

—Jasper no es humano, Alice.

Ella frunció aún más el ceño.

—Entonces, ¿es un híbrido? Tiene sentido.

—Eh… No. Es… Bueno, él es algo diferente. Es lo que llaman un origen… El hijo de un Luxen y un híbrido.

Después de que las palabras calaran, ella se encogió de hombros.

—¿Y qué? Yo soy alienígena. No voy a juzgarlo.

Sonreí ante sus palabras, contenta de que volviera a mostrar interés en un chico después de lo de Eathan.

—Bueno, hay una cosa más. Yo tendría cuidado con lo que piensas cuando estás con él.

—¿Por qué?

—Los orígenes tienen unas cuantas habilidades extrañas —expliqué, observando cómo sus ojos se abrían como platos—. Puede leerte la mente sin que te des cuenta siquiera.

El rostro de Alice pasó de pálido a un rojo intenso.

—Oh, Dios.

—¿Qué?

Ella se golpeó la cara con las manos.

—Bueno, todo el tiempo que estuvimos ahí abajo me lo estaba imaginando desnudo.

Después de cambiarme y ponerme un viejo vestido de tubo de tejido de rizo que pasó la prueba de no mostrar ninguna cicatriz, me uní a Alice y a los demás escaleras abajo. Tras eso siguió una enorme cena de niveles extravagantes que consistió en frutas jugosas que ni siquiera sabía que existían, carnes de sabor fuerte y dulce, y una ensalada que llenaba el cuenco más grande que hubiera visto jamás. Comí más de lo que pensaba que fuera humanamente posible, incluso parte de la carne asada del plato de Edward. Rosalie se había unido a nosotros, y me abrazó en el momento en que nuestros caminos se cruzaron.

Aparte de parecer muy agotada, tenía aspecto de encontrarse bien, y su apetito rivalizaba con el mío.

Edward empujó su plato hacia mí con el dedo.

—Vas a dejar a Zafrina sin casa como sigas comiendo así.

Yo me encogí de hombros, tomé otro pedazo de kebab y me lo metí en la boca.

—Llevo mucho tiempo sin comer nada que no fuera blando ni servido en una bandeja de plástico. —Él hizo una mueca de dolor, y yo me arrepentí de inmediato por haber dicho eso—. Yo…

—Come todo lo que quieras —dijo, apartando la mirada. Un músculo comenzó a vibrar en su mandíbula.

Entonces puso más brochetas en mi plato, además de un puñado de uvas y lomo de cerdo asado; tanta comida que si me la hubiera comido toda habrían tenido que sacarme de allí rodando. Aparté la mirada, y me encontré con la de Emmett. Parecía… simplemente parecía triste.

Metí la mano debajo de la mesa, la coloqué sobre la rodilla de Edward y le di un apretón. Su cabeza se giró hacia mí, y vi que tenía toda la frente arrugada.

Sonreí para él, y pareció funcionar, pues volvió a relajarse.

Y comí tanta comida como fui capaz de tragar, a sabiendas de que eso ayudaría a Edward. No sabía exactamente por qué, pero hacia el final de la cena volvía a tener su habitual actitud encantadora e imbécil.

Después, fuimos todos al exterior. Edward sentó su culo feliz sobre uno de los divanes de cojines blancos, y yo me acomodé junto a sus piernas. La charla era ligera, lo que todos necesitábamos. Seth y Carlisle se unieron a nosotros, y Jasper también. Incluso Irina y Alec no estaban demostrando su habitual actitud antisocial.

Bueno, en realidad no hablaban conmigo, pero soltaban algún comentario cada vez que Edward, Emmett o Anthony decían algo. Yo no dije gran cosa, principalmente porque estaba ocupada prestando atención a Rosalie y Emmett.

Simplemente eran demasiado adorables.

Compartían una silla, y Rose se encontraba sentada sobre el regazo de Emmett, con la mejilla bajo la barbilla de él. Emmett le pasaba la mano continuamente por la espalda, de arriba abajo. De vez en cuando le murmuraba algo al oído, y ella sonreía o reía en silencio.

Cuando no estaba mirándolos a ellos, me fijaba en Alice.

A lo largo de la noche fue acercándose lentamente, cada vez más, a donde Jasper se encontraba charlando con Zafrina. Conté los minutos que pasaron hasta que Edward se dio cuenta de ello.

Fueron veinte.

—Alice —la llamó—. ¿Por qué no me traes algo de beber?

Ella se quedó paralizada a medio camino entre la mesa del patio y el fogón.

Sus ojos luminosos se estrecharon.

—¿Qué?

—Tengo sed. Creo que deberías ser una buena hermana y traerle algo de beber a tu pobre hermano.

Me volví hacia él y le lancé una mirada envenenada, pero él alzó las cejas y cruzó las manos por detrás de la cabeza. Yo me giré de nuevo hacia Alice.

—No te atrevas a traerle nada de beber.

—No pensaba hacerlo —respondió ella—. Tiene dos piernas.

Pero eso no desalentó a Edward.

—Entonces, ¿por qué no vienes aquí a pasar el rato conmigo?

Puse los ojos en blanco.

—No creo que haya espacio para mí en ese diván. —Cruzó los brazos—. Y por mucho que os quiera a los dos, me parece que no me apetece acercarme tanto.

Para entonces, Edward ya había logrado atraer la atención de todo el mundo.

—Puedo hacer hueco para mi hermana —insistió él con voz cameladora.

—Ajá —soltó ella, y después se dio media vuelta y fue hacia el patio. Cogió una silla, se sentó justo al lado de Jasper y le tendió la mano—. Creo que no nos han presentado oficialmente.

Jasper bajó la mirada hasta su mano esbelta, después miró a Edward durante un mínimo segundo, y entonces le estrechó la mano.

—No, no nos han presentado.

Casi dos metros de alienígena se pusieron rígidos detrás de mí. Oh, Dios.

—Me llamo Alice Cullen. Soy hermana del gilipollas conocido como Edward. —Sonrió con calidez—. Pero probablemente eso ya lo sabías.

—¿Que es un gilipollas o que es tu hermano? —preguntó Jasper fingiendo inocencia—. La respuesta es que sí a las dos cosas.

Me atraganté con mi propia risa.

Edward emanaba calor.

—¿Soy también el hermano que va a patearte el culo como no sueltes la mano de mi hermana? La respuesta a eso también es que sí.

Emmett soltó una risita desde su silla.

Me di cuenta de que estaba sonriendo. Algunas cosas jamás cambiaban. El lado sobreprotector de Edward seguía siendo como una patada en el culo.

—Ignóralo —dijo Alice—. No tiene demasiadas habilidades sociales.

—Y yo puedo atestiguarlo —solté.

Edward me dio un golpecito en la cadera con el pie, y yo lo miré. Él guiñó el ojo y dijo en voz baja:

—Eso no va a pasar ni de broma.

Jasper todavía no había soltado la mano de Alice mientras hablaba con ella, y me pregunté si lo haría para provocar a Edward o si simplemente quería cogerle la mano. Edward abrió la boca para decir alguna idiotez, pero yo le agarré el tobillo.

—Déjalos en paz.

—Creo que no.

Deslicé los dedos bajo el dobladillo de sus vaqueros y me encontré con su mirada.

—¿Por favor?

Sus ojos se estrecharon en unas incandescentes aberturas verdes.

—¿Porfa?

—¿Me lo compensarás?

—A lo mejor.

—Pues más te vale que me lo compenses muy bien. —Se sentó fluidamente y se movió de modo que sus rodillas quedaran a ambos lados de mis caderas.

Envolvió mi cintura con los brazos y dejó descansar la barbilla sobre mi hombro.

Yo giré la mejilla hacia la suya, y un estremecimiento recorrió mi piel mientras sus labios me rozaban la barbilla—. Necesito mucha compensación —dijo—.¿Qué te parece?

—Déjalos en paz, y a lo mejor —respondí, quedándome sin aliento ante la perspectiva.

—Hum… —Me metió entre sus piernas colocadas en forma de « V» —. Negociar contigo es muy duro.

Algo realmente sucio me vino a la cabeza, y me puse roja. Edward se reclinó hacia atrás, inclinando la cabeza hacia un lado.

—¿Qué estás pensando, gatita?

—Nada —aseguré, mordiéndome el labio. Él no parecía convencido.

—¿Estás teniendo pensamientos impuros conmigo? Vaya.

—¿Pensamientos impuros? —Me reí—. Yo no iría tan lejos.

Los labios de Edward rozaron el lóbulo de mi oreja, y otro escalofrío me recorrió la espalda.

—Yo sí que lo haría, y más lejos aún.

Negué con la cabeza y me di cuenta de que Edward estaba completamente distraído de con quién hablaba Alice. Mi amiga me debía una, aunque estar entre los brazos de Edward y sentir todo su cuerpo no fuera una tarea pesada ni nada parecido. Ni siquiera cuando sus dedos comenzaron a jugar con el dobladillo de mi vestido, y el dorso de su mano rozó perezosamente mis muslos.

Emmett y Rose fueron los primeros en irse a dormir. Pasaron junto a nosotros arrastrando los pies, y Rose me dedicó una sonrisa y un suave « buenas noches» .

Anthony y Zafrina fueron los siguientes, aunque parecía que fueran en direcciones diferentes, así que no pude entretenerme pensando que habría algo más ahí. Eso hubiera sido asqueroso, pues Anthony había sido mi profesor.

La noche llegó y todos los demás se metieron en el interior de la casa, incluidos Jasper y Alice. Mientras entraban en el invernadero, Edward estiró tanto el cuello que pensé que se le iba a caer la cabeza, lo cual no tenía sentido porque los dos estaban subiendo las escaleras.

Decidí guardarme esa observación para mí misma, no fuera que se le ocurriera seguirlos.

Solo Edward y yo permanecimos en el patio, mirando hacia el cielo tachonado de estrellas. En cuanto nos quedamos solos, me subí a su regazo y coloqué la cabeza bajo su barbilla. De vez en cuando depositaba un beso sobre mi frente, mi mejilla, mi nariz… Y, cada vez que lo hacía, borraba otro minuto del tiempo que había pasado en Dédalo. Sus besos realmente tenían el poder de cambiar vidas, aunque yo no iba a admitirlo. Su ego ya era enorme de por sí.

No estábamos hablando, pues pensaba que había demasiadas cosas que decir y, al mismo tiempo, nada que decir en absoluto. Habíamos logrado salir del Área 51, y en ese preciso segundo estábamos a salvo, pero nuestro futuro era incierto.

Dédalo estaba buscándonos, y no podríamos quedarnos allí para siempre. Nos encontrábamos demasiado cerca del Área 51, y con una población tan cuantiosa había demasiados ojos fisgones de gente que comenzaría a hacer preguntas. Seth tenía el LH-11, e ignorábamos lo que podía hacer realmente, ni por qué querría él algo tan volátil. Estaban los híbridos y los Luxen del complejo, y esos niños…

Esos niños espeluznantes.

No tenía ni idea de lo que iba a pasar en el futuro, y el simple hecho de pensar en ello me aterrorizaba totalmente. No teníamos garantizado un mañana, ni tampoco las próximas horas. Contuve el aliento al darme cuenta de ello y me puse rígida. El próximo minuto nos resultaba desconocido, y tal vez jamás llegaría.

Los brazos de Edward me rodearon con más fuerza.

—¿En qué estás pensando, gatita?

Me planteé la posibilidad de mentirle, pero en ese momento no quería ser fuerte. No quería fingir que lo teníamos todo bajo control, porque no era cierto.

—Tengo miedo.

Él me apretó contra su pecho y presionó la mejilla contra la mía. Su barba incipiente me hizo cosquillas, y sonreí a pesar de todo.

—Estarías loca si no lo tuvieras.

Cerré los ojos y deslicé la mejilla contra la suya. Probablemente se me quedaría irritada por la fricción, pero valdría la pena.

—¿Tú tienes miedo?

Él se rió entre dientes con suavidad.

—¿Yo? ¿En serio? No.

—¿Eres demasiado increíble para tener miedo?

Él besó la zona sensible bajo mi oreja, provocándome una oleada de escalofríos.

—Vas aprendiendo. Me siento orgulloso de ti.

Me reí.

Edward se puso rígido, como parecía hacer cada vez que me reía, y después me abrazó tan fuerte que solté un chillido.

—Lo siento —murmuró, frotando la nariz contra mi cuello mientras aflojaba el abrazo—. Estaba mintiendo.

—¿Sobre qué? ¿Lo de sentirte orgulloso de mí? —le provoqué.

—No. Siempre me impresionas, gatita.

Mi corazón hizo una especie de bailoteo mientras abría los ojos.

Él soltó un aliento tembloroso.

—Estaba aterrorizado durante todo el tiempo que te tuvieron cautiva sin saber dónde estabas. Me sentía fuera de mí por el miedo de pensar que jamás volvería a verte o abrazarte. ¿Y cuando por fin te vi? Tenía miedo de no volver a escucharte reír o ver tu preciosa sonrisa. Así que sí, he mentido. Estaba aterrorizado. Y sigo mintiendo.

—Edward…

—Me acojona pensar que jamás lograré compensarte por esto. Que jamás lograré devolverte tu vida, y…

—Para —susurré, pestañeando para contener las lágrimas.

—Te lo he arrebatado todo… tu madre, tu blog, tu vida. Hasta tal punto que has disfrutado simplemente por comer algo que no estuviera sobre una bandeja de plástico. Y tu espalda… —Apretó con fuerza la mandíbula y sacudió un poco la cabeza—. Y no tengo ni idea de cómo voy a arreglarlo todo, pero lo haré. Voy a mantenerte a salvo. Voy a asegurarme de que tendremos un futuro al que aferrarnos y que esperar. —Tomó aliento al mismo tiempo que yo—. Te lo prometo.

—Edward, esto no es…

—Lo siento —dijo, y se le rompió la voz—. Esto… todo esto… es culpa mía. Si yo…

—No digas eso. —Me giré sobre su regazo, y el vestido se me levantó mientras colocaba las manos a ambos lados de su cara. Me quedé mirando sus ojos brillantes—. Esto no es culpa tuya, Edward. Nada de esto lo es.

—¿De verdad? —dijo en voz baja—. Pues yo creo que todo eso de haberte mutado fue culpa mía.

—Era eso o dejarme morir, y me salvaste la vida. No me la has arruinado.

Él nego con la cabeza, y los mechones cortos de su pelo cayeron sobre su frente.

—Debería haberte mantenido alejada desde el principio. Debería haberte mantenido a salvo, para que nunca hubieras acabado herida para empezar.

Me dolió el corazón ante sus palabras.

—Escúchame, Edward. Esto no es culpa tuya. Yo no cambiaría nada en absoluto, ¿vale? Sí, algunas cosas han sido una mierda, pero volvería a pasar por ellas de nuevo si tuviera que hacerlo. Hay cosas que querría cambiar, pero no tú… Nunca tú. Te quiero. Y eso jamás va a cambiar.

Sus labios se separaron cuando tomó aire con brusquedad.

—Dilo otra vez.

Pasé la yema del dedo por su labio inferior.

—Te quiero.

Él me dio un mordisquito en el dedo.

—Lo otro también.

Me incliné hacia abajo y deposité un beso sobre la punta de su nariz.

—Te quiero. Y eso jamás va a cambiar.

Él deslizó las manos por mi espalda, hacia arriba. Una se detuvo justo debajo de mi omóplato y la otra en mi nuca mientras sus ojos buscaban los míos.

—Quiero que seas feliz, gatita.

—Soy feliz —dije, recorriendo la curva de su mejilla con los dedos—. Tú me haces feliz.

Bajó la barbilla y me besó la punta de todos los dedos. Por debajo y alrededor de mí, sus músculos se tensaron, y entonces puso la boca junto a mi oreja y susurró con voz profunda:

—Quiero hacerte muy feliz.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Muy feliz?

Él dejó caer las manos hasta la parte exterior de mis muslos, y sus largos dedos se deslizaron bajo el tejido.

—Extremada y locamente feliz.

Me quedé sin aliento.

—Ya estás volviendo a hacer lo de los adverbios.

Sus manos subieron unos centímetros, y una oleada de calor recorrió mi cuerpo.

—Te encanta cuando lanzo adverbios.

—Tal vez.

Movió los labios en una línea ardiente, bajando por mi garganta.

—Déjame hacerte extremada y locamente feliz, Bella.

—¿Ahora? —Mi voz salió en forma de un graznido vergonzoso.

—Ahora —gruñó él.

Pensé en toda la gente que había en el interior de la casa, pero entonces puso los labios sobre los míos, y parecía que hubiera pasado una eternidad desde la última vez que me había besado. Su mano recorrió mi pelo mientras profundizaba el beso, y nuestros alientos se entremezclaron. Me pasó un brazo alrededor de la cintura, y después se puso en pie, y yo rodeé sus caderas con las piernas.

—Te quiero, gatita. —Otro beso profundo y abrasador me incendió por dentro—. Y voy a demostrarte lo mucho que te quiero.