Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.

Capítulo 34

Cuando me fui de casa de Edward el domingo por la mañana temprano, él se quedó conmigo hasta que oyó el coche de mi madre aparcando en la entrada.

Entonces hizo esa cosa alienígena de la supervelocidad y salió sin ser visto. No obstante, mientras estuvo allí tumbado en la cama a mi lado (era evidente que no quería dejarme sola después de lo que había pasado con Jason), me había sentido tan segura… El sexo no tenía nada que ver con eso; pero, cuando regresó por la tarde y salimos a buscar algo de comer para nosotros y mamá, cada pequeña mirada y cada roce de nuestra piel tenían un significado infinitamente mayor: una ternura y una complicidad que siempre habían estado ahí, pero que ahora parecían acentuarse.

Nada había cambiado en mí. En cierto sentido, creía que lo llevaría estampado en la frente o algo así y me daba un poco de miedo que mi madre lo adivinara de alguna forma y tuviéramos de nuevo aquella humillante conversación de « papá puso una semillita en mamá» . Pero no pasó nada.

La vida siguió adelante. Todo era igual… tal vez un poco mejor en ciertos aspectos, pero a lo largo de la siguiente semana Edward y yo pudimos pasar poco tiempo juntos. Nadie habló de Jason salvo para preguntarme si estaba bien.

Incluso Alec me lo había preguntado y había sonado sincero. Aparte de eso, era como si nunca hubiera ocurrido. Probablemente Edward tuviera algo que ver con eso.

Nuestras prácticas con Emmett, Anthony y Benjamín se habían incrementado, y ahora también incluían al resto del grupo. Todos conocían su papel en el plan.

Todos sabían también que no tendríamos otra oportunidad después del domingo si fracasábamos.

Ya estábamos tentando nuestra suerte.

Benjamín se mantenía separado del grupo. Había sido así desde que le había reprochado su asqueroso comportamiento de acosador… Gracias a Dios.

—El marco de tiempo sigue siendo el mismo. Tenemos quince minutos para entrar y salir con ellos.

—¿Y si algo va mal? —preguntó Alice enrollándose el mechon pelo con nerviosismo alrededor de los dedos desvaídos.

Edward cogió un ónice. A esas alturas, todos nosotros podíamos sostenerlo durante un minuto y veinte segundos aproximadamente. Y, con el diminuto ópalo, Edward y yo ni siquiera lo notábamos.

—Nos irá bien con los escudos de ónice. —Volvió a lanzar la piedra al montón—. Todos podemos soportarlo el tiempo suficiente.

—Pero no os lo estáis rociando en la cara —protestó Alice con los ojos como platos—. Solo lo tocáis.

Benjamín se acercó unos centímetros.

—A mí nunca me lo rociaron en la cara. Lo único que hice fue tocarlo una y otra vez. Es la única explicación lógica.

—No. No lo es. —Soltó el mechón de pelo y se volvió hacia sus hermanos—.Poder tocar el ónice y tener tolerancia es una cosa. Que te lo rocíen en la cara es algo completamente diferente.

Alice tenía razón, pero no podíamos hacer otra cosa.

Emmett le dedicó una sonrisa. Siempre me extrañaba verlo sonreír, porque era muy poco frecuente verlo hacerlo de verdad y eso transformaba su rostro.

—No va a pasarnos nada, Alice. Te lo prometo.

—Y los láseres… Tenéis que estar atentos a los láseres —terció Alec haciendo una mueca.

—Desde luego —contestó Benjamín—. Pero no deberían ser un problema. Las puertas de emergencia solo se activan cuando se dispara la alarma y, si no hay contratiempos, nos irá bien.

—Eso es mucho suponer —masculló Alice.

Vaya que sí, era mucho suponer, pero íbamos a llegar hasta el final. Solo con mirar a Emmett me bastó para reafirmar por qué estábamos a punto de volver a jugarnos la vida. Porque sabía sin duda alguna que, si fuera Edward el que estuviera encerrado en Mount Weather, correría todos los riesgos que fueran necesarios para liberarlo.

A Emmett le faltaba una parte de su alma y la otra mitad era Rose. Ninguno de nosotros podía pretender que se olvidara de eso. Y todos nosotros iríamos hasta el fin del mundo por aquellos a los que amábamos.

Después de otra extenuante sesión con el ónice, decidimos dejarlo por ese día y regresamos renqueando a casa. Anthony y los Denali se marcharon, al igual que Benjamín. Alice entró, mientras nosotros tres nos quedábamos un rato fuera y, al final, Emmett desapareció por un lado de la casa.

Edward me cogió la mano, se sentó en el tercer escalón y me hizo sentar entre sus piernas de modo que apoyara la espalda contra su pecho.

—¿Te sientes bien?

—Sí —contesté. Me hacía la misma pregunta después de cada sesión de práctica, sin excepción. Y, sí, me encantaba que lo hiciera—. ¿Y tú?

—No hace falta que te preocupes por mí.

Puse los ojos en blanco, pero me recosté contra él, disfrutando de la sensación de su pecho bajo mi espalda y el modo en que me rodeaba con los brazos. Edward inclinó la cabeza y apretó los labios contra el punto donde latía mi pulso. Noté el rumbo que estaban tomando sus pensamientos y me subí al tren.

Emmett reapareció. El sol poniente proyectaba un halo a su alrededor. El tren descarriló. Emmett se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y se balanceó sobre los talones sin decir ni una palabra.

Edward suspiró y se enderezó.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondió su hermano contemplando con los ojos entrecerrados el cielo que se iba oscureciendo con rapidez—. Solo estaba pensando.

Esperamos pacientemente, porque ambos sabíamos que no se le podía meter prisa a Emmett. Nos diría lo que fuera que quería decir cuando estuviera listo.

Una vez más, me encontré preguntándome cómo sería antes de que le ocurrieran esas cosas tan espantosas.

Por fin, dijo:

—No tenéis que hacer esto el domingo.

Edward dejó caer los brazos.

—¿Qué?

—No deberíais tener que hacerlo. Alice tiene razón. Es demasiado peligroso. No sabemos si vamos a poder atravesar esos escudos de ónice. ¿Quién sabe de qué va Benjamín de verdad? Esto no es problema vuestro.

Emmett nos miró entonces y su expresión estaba cargada de sinceridad:

—No deberíais hacer esto. Dejadnos entrar a Benjamín y a mí. El riesgo es nuestro.

Edward se mantuvo en silencio un momento.

—Eres mi hermano, Emmett; así que todo riesgo tuyo también es mío.

Sonreí, echando la cabeza hacia atrás.

—Y todo riesgo de Edward también es mío.

—Yo no estoy de acuerdo con eso, pero ¿entiendes lo que te decimos? —Edward me colocó las manos sobre los hombros—. Estamos juntos en esto, para lo bueno y para lo jodido.

Emmett bajó las pestañas.

—No quiero que ninguno de los dos salga herido. No creo que pudiera vivir con ello.

—No vamos a salir heridos —dijo Edward con tanta seguridad que no me cupo la menor duda de que estaba convencido de que era cierto. Mantuvo las manos en mis hombros y empezó a masajearme los músculos tensos—. Vamos a salir todos de allí, junto con Rose y Amun.

Emmett sacó las manos de los bolsillos y se las pasó por el pelo.

—Gracias. —Le temblaron los labios mientras bajaba las manos—. Voy a tener que… voy a tener que irme después. Tal vez… pueda terminar el semestre, pero Rose y yo tendremos que irnos.

Las manos de Edward se quedaron inmóviles y pude sentir que el corazón le daba un vuelco, pero entonces sus manos se pusieron de nuevo en movimiento.

—Sí, lo sé, hermano. Nos aseguraremos de esconder a Rose hasta que estéis listos para iros. Va a ser un asco, pero… pero entiendo lo que tienes que hacer.

Su hermano asintió.

—Nos mantendremos en contacto.

—Por supuesto —contestó Edward.

Bajé la mirada, mordiéndome el labio. Dios, tenía ganas de echarme a llorar como una Magdalena. Su familia no debería tener que separarse de nuevo. Todo eso era por ser lo que eran y ninguno había hecho nada para merecérselo. No era justo.

Y lo peor de todo era que no parecía que hubiese nada que pudiéramos hacer al respecto.

El jueves por la tarde, después de otra entumecedora sesión de entrenamiento, Edward y yo sucumbimos a nuestro antojo de azúcar y nos pasamos por el local de comida rápida del pueblo a por un té helado. En lugar de entrar, bajó el portón de la parte posterior de su todoterreno y nos relajamos.

El cielo estaba despejado y se empezaba a llenar de titilantes estrellas. Cada vez que observaba las estrellas, pensaba en Edward y su raza.

Me dio un golpecito con el codo con aire juguetón.

—¿En qué estás pensando?

Sonreí con la pajita en los labios.

—A veces me olvido de lo que eres, pero entonces veo las estrellas y lo recuerdo.

—¿Te olvidas de lo que eres?

Bajé el vaso, riéndome.

—Sí, supongo que sí.

—Eso está bien.

Balanceé los pies.

—Pero, hablando en serio, de verdad se me olvida. Creo que si la gente supiera lo vuestro, se acostumbraría a los Luxen.

—¿En serio? —Parecía asombrado.

Me encogí de hombros.

—Sois prácticamente iguales a nosotros.

—Aparte de lo de brillar como luciérnagas —bromeó.

—Sí, aparte de eso.

Edward se rió entre dientes, se inclinó hacia mí y frotó el mentón contra mi hombro como si fuera un felino grande. Sonreí al pensar que le gustaría la idea de que lo comparase con un león o algo por el estilo.

—Quiero que lleves el ópalo el domingo —me dijo.

—¿Qué? —Me aparté y me volví hacia él—. ¿Por qué? Tú eres el más fuerte de todos nosotros.

Se le dibujó una sonrisa arrogante.

—Y por eso no necesito el ópalo.

—Edward… —Suspiré mientras le pasaba el resto del té. Él cogió el vaso—.En eso te equivocas. Como eres el más fuerte, el ópalo te servirá más a ti que a cualquiera de nosotros.

Los ojos prácticamente le centelleaban mientras bebía el té.

—Quiero que lleves el ópalo por si algo va mal. No pienso discutir contigo.

—Tú mismo. —Me crucé de brazos.

—Y si no aceptas, te ataré (y no de una manera divertida) y te encerraré en tu cuarto.

Me quedé boquiabierta.

—Vale, puede que de una manera divertida. Y después, cuando todo haya terminado, volveré y…

—Me gustaría verte intentar atarme —lo interrumpí.

Enarcó una ceja.

—Apuesto a que sí.

—Cierra el pico —gruñí—. Estoy hablando en serio.

—Y y o también. Vas a llevar el ópalo.

Lo miré con cara de pocos amigos.

—Esa idea no tiene ni pies ni cabeza.

—Es una idea perfecta. —Me besó en la mejilla—. Porque y o soy perfecto.

—Oh, por el amor de Dios. —Le di un codazo y se rió. Volví a contemplar el cielo estrellado y entonces tuve una revelación. ¿Cómo es que no se nos había ocurrido antes?—. ¡Tengo una idea!

—¿Tiene que ver con desnudarse?

Le di otro codazo.

—Madre mía. No. Eres un pervertido. Tiene que ver con el ópalo. ¿Y si lo partimos en trozos y lo repartimos entre todos?

Edward frunció el ceño en un gesto de concentración.

—Podría funcionar, pero es un riesgo enorme. ¿Y si lo hacemos añicos? Dudo mucho que funcione en polvo. Y, aunque consiguiéramos partirlo en trozos, ¿seguiría surtiendo efecto?

Todas ellas eran buenas preguntas.

—No lo sé, pero ¿no podemos probar? Así todos estarían protegidos, al menos en parte.

No dijo nada durante un buen rato.

—Es demasiado arriesgado. Prefiero saber que estás protegida en lugar de esperar que lo estés. Sé que eso me hace parecer egoísta, pero es que lo soy. Soy increíblemente egoísta cuando se trata de ti.

—Pero Emmett…

Me miró.

—Como he dicho, soy increíblemente egoísta cuando se trata de ti.

Con toda sinceridad, no sabía qué decir.

Edward suspiró mientras se pasaba la palma de la mano por la mandíbula.

—Si terminamos destruyendo el ópalo, tendrías que entrar ahí sin ningún respaldo. Anthony, Emmett y yo somos Luxen. Somos más fuertes que tú. No nos cansaremos tan rápido. No necesitamos el ópalo. No como tú.

—Pero…

—No estoy dispuesto a correr el riesgo. Si partir el ópalo lo debilita, ¿de qué te sirve? —Negó con la cabeza—. Nosotros no necesitamos el empujón extra. Tú sí.

Encorvé los hombros ante el tono tajante de sus palabras. Me invadió la frustración. No era que no entendiera su punto de vista; sencillamente, no estábamos de acuerdo.

Más tarde, Edward recuperó el ópalo del escondrijo donde lo tuviera, me lo colocó en la palma y me rodeó la mano con la suya mientras permanecíamos de pie en el porche de mi casa. Las aves nocturnas creaban a nuestro alrededor un manto de gorjeos y cantos. Las rosas que había plantado después de clase hacía una semana llenaban el aire con un aroma limpio y fresco.

Sería romántico si no tuviera ganas de asestarle un buen puñetazo.

—Ya sé que estás cabreada. —Me miró a los ojos—. Pero esto me hace sentir mejor, ¿vale?

—Hace un par de días, le dijiste a Emmett que todo iba a salir bien.

—Así es, pero por si acaso… quiero que puedas salir, pase lo que pase.

Se me aceleró el corazón.

—¿Qué… qué quieres decir?

Sonrió, pero fue un gesto forzado y lo odié.

—Si algo sale mal, quiero que salgas de allí. Si tienes que largarte de este puñetero pueblo o del estado, hazlo. Y, si por la razón que sea yo no puedo salir, no te detengas. ¿Entendido?

El aire se me escapó de los pulmones de manera dolorosa.

—¿Quieres que te abandone?

Los ojos le brillaron cuando asintió.

—Sí.

—¡No! —grité, soltándome—. Nunca te abandonaré, Edward.

Me colocó las manos en las mejillas, sujetándome.

—Ya lo sé…

—¡No, no tienes ni idea! —Le agarré las muñecas, hundiendo los dedos en su piel—. ¿Tú me abandonarías si me pasara algo?

—No. —Su rostro se contrajo en una mueca feroz—. Nunca lo haría.

—En ese caso, ¿cómo puedes pedirme a mí que lo haga? —Estaba a punto de ponerme a llorar, fundamentalmente porque no podía soportar la idea de que capturasen a Edward y tuviera que sufrir lo mismo que su hermano—. No está bien.

—Lo siento. —Las líneas de su rostro se suavizaron y agachó la cabeza para darme un beso rápido—. Tienes razón. No debería habértelo pedido.

Parpadeé frenéticamente.

—¿Cómo has podido plantearte siquiera pedirme algo así?

Ahora sí que quería arrearle un guantazo, porque el corazón me latía a mil por hora y tenía la mente llena de imágenes horribles y aterradoras. Pero entonces… entonces me di cuenta de algo.

—Te has dado por vencido bastante rápido —susurré, recelosa.

Edward se rió mientras me rodeaba los hombros con los brazos y me apretaba contra él.

—Simplemente es que comprendo a qué te refieres.

Eh, ya, qué raro. Eché la cabeza hacia atrás y escruté su rostro en busca de alguna pista. Pero lo único que vi fue ternura y un poco de la arrogante confianza que siempre estaba presente. No me molesté en preguntarle si me ocultaba algo, porque dudaba que confesara, y además quería creer que se había dado cuenta de que había actuado mal.

Pero no era idiota.