Los personajes no son míos, son de la increíble Stephanie Meyer, yo solo se los cojo prestados para dejar volar mi imaginación.

2

Isabella Marie Cullen.

Abro los ojos, la claridad de luz del nuevo día me ha despertado. Emito un pequeño gruñido al intentar moverme, siento mi cuerpo cansado y pesado. Pero lo consigo y me doy la vuelta sin esperarme lo que mis ojos ven. Junto a mí está Edward, dormido y desnudo, increíblemente desnudo. Tiene un brazo por debajo de la almohada y otro estirado reposando en el colchón de la cama. Estoy sorprendida y feliz; hace muchísimo tiempo de la última vez que me desperté por la mañana y vi a mi marido durmiendo a mi lado, más tiempo del que si quiera puedo recordar. Con miedo a despertarlo y que este sueño termine, salgo sigilosamente de la cama intentando hacer el menor ruido posible. Cojo mi bata de seda rosa del colgador del baño y la anudo en mi cintura. Me lavo la cara con agua fría y me aplico un jabón exfoliante mientras me miro en el espejo. Sonrío al ver una pequeña mancha roja en mi cuello, una especie de chupetón nacida del increíble sexo de anoche. Vuelvo a sonreír como una estúpida, me siento absoluta y completamente saciada. Anoche, tras la primera ronda, sucedió unas dos veces más en unas pocas horas. Había sido fantástico. Edward había cambiado su distante comportamiento por otro mucho más cariñoso y pasional. No paró de darme besos, de morderme, de tocarme y acariciarme, se entretenía chupándome y succionándome, dejando pequeñas marcas del delito y, cuando introducía su polla dentro de mí no paraba de jugar, de llegar muy hondo y luego dejarme completamente vacía. Se había preocupado por haberme hecho gemir de placer y me había regalado tres maravillosos orgasmos. Y para rematar mi alegría, se había quedado en casa por la mañana. Aclaré la crema exfoliante con agua tibia y tras secarme, salí del baño. Edward aún seguía durmiendo como un bendito pero había cambiado la posición de su cuerpo; ahora se encontraba boca arriba, con un brazo detrás de su cabeza y el otro extendido sobre mi lado de la cama. Estaba destapado hasta las rodillas y su pene flácido caía sobre un lado de su pelvis. Me mordí el labio recordando lo que ese maldito palo había provocado en mí la noche anterior.

Sonriente bajé las escaleras que llevaban hasta el salón y caminé un poco más hasta la cocina. El reloj marcaba las once de la mañana, hacía bastante tiempo que no dormía hasta tan tarde y Edward mucho menos. Abrí la nevera, estaba repleta. Sue, nuestra asistenta, que se encargaba de todo lo referente a nuestra casa, llevaba alrededor de cuatro años trabajando para nosotros. La habíamos contratado cuando vivíamos en Roosevelt Island y la trajimos con nosotros hasta nuestra nueva casa. Ella había aceptado feliz y orgullosa trabajar de nuevo con nosotros en el Upper East Side y su marido lo había dejado todo para venirse con ella. Ahora Sue se encargaba de todo lo que concernía a nuestra casa y su marido Harry se encargaba del mantenimiento de la oficina de Edward, si hacía falta remodelar una oficina allí estaba Harry, si se necesitaba cambiar un bombillo de luz, ahí estaba él de nuevo.

Inspeccioné las baldas de la nevera en busca de algo calórico, necesitábamos reponer energía. Abrí un paquete de bacón y lo freí en la sartén, unté unas tostadas con mantequilla y mermelada, piqué unos trozos de fruta variada y exprimí un zumo de naranja y pomelo. Cuando todo estuvo listo en una bandeja subí con cuidado las escaleras hasta la habitación. Edward aún seguía dormido por lo que coloqué el desayuno en la mesita de noche. Con la bata aún atada a la cintura me acosté en la cama junto a Edward. Empecé acariciando su pelo, sedoso y largo, ¿Cuando había decidido cambiar su corte de pelo? Le preguntaría más tarde. Luego seguí acariciando sus brazos, su costado derecho. Besé su mejilla, luego su cuello. Le sentí gemir. Atrapé su pequeño y duro pezón entre mis dientes y halé con cuidado.

-Uhmm… - gimió.

Posó sus manos en mi cintura y él empezó a acariciarme también.

-Había olvidado lo bien que se sentía levantarme de esta manera – dijo.

Sonreí contra su pecho.

Bajé mis manos a su pene semirrecto y me lo metí en la boca. Edward gruñó. Chupé su pene, grande y ancho. Succioné con cuidado de no hacerle daño con mis dientes y lo saqué de mi boca. Pasé la lengua por la vena palpitante de su ancho capullo, la seguí lamiendo hasta que llegó a sus bolsas masculinas. Chupé sus huevos una y otra vez mientras con mi mano derecha masturbaba su polla. Al principio lo hice con delicadeza, una extrema delicadeza que rozaba lo dolorosamente desesperante pero ahora bombeaba sin parar mi mano y chupaba con violencia.

-Joder, Bella – decía entre dientes mientras halaba de mi pelo y respiraba con dificultad.

-¿Te gusta? – pregunté dejando de masturbarle.

-Joder Bella, no pares, ahora no, ¡Por dios! – gruñó excitadísimo.

-¿Qué quieres que siga haciendo, mi amor? – pregunté con descaro.

-Sigue chupándome y cogiéndome la polla, Bella – respondió con la voz ronca.

-Pídemelo por favor – respondí.

Edward cogió aire y lo soltó todo con una sonora exhalación.

-Ahora te voy a decir yo lo que vas a pedir "por favor" –masculló entre dientes.

Me atrapó y me sentó a horcadas en su regazo. Aún seguía semivestida por lo que desanudó el lazo de mi cintura y apartó la bata de seda de mi cuerpo. Ahora estábamos ambos desnudos, en igualdad de condiciones. Apretó mi pecho derecho y lambió y mordió el izquierdo. Joder. Subió hasta mi cuello y recorrió con su lengua toda la piel que se había puesto de gallina, incluida la garganta. Posó sus labios fieros en los míos y bajo su mano hasta mi intimidad e introdujo un dedo dentro de mí, gemí contra sus labios, lo que pareció gustarle pues había levantado una ceja y sonreído. Bombeaba en mi interior; salía y entraba con sus dedos, a veces con uno, otra vez con dos dedos. Este hombre iba a matarme de placer.

-¿Te gusta lo que te estoy haciendo, mi amor? – pronunció con retintín, me estaba pagando con la misma moneda.

No dije nada, no podía decir absolutamente nada, tenía todos los sentidos nublados excepto el de mi sexo, que estaba empapado de mi propio éxtasis.

Edward me quitó de encima de él y me posó en la cama, con la cabeza en la almohada. Abrió mis piernas y comenzó a chupar mi clítoris. Oh, santa mierda. A la misma vez que chupaba toda mi intimidad un dedo suyo permanecía en mi interior. Involuntariamente mis caderas se elevaban contra su dedo, clamando más. Retiró su dedo empapado de mi interior y bajó hasta llegar a la ranura de mi culo. Fruncí el ceño un poco incomoda. Con la otra mano volvió a introducir un dedo en mi vagina mientras lubricaba con mi propio éxtasis mi ano. La hendidura cedió y cuando me di cuenta tenía a Edward taponando mis dos entradas. Joder, se sentía malditamente bien. Retiró el dedo de mi culo y se acomodó para acercar su polla a esa ranura secreta. Oh joder, iba a follar por el culo.

-Si te sientes incómoda, sólo tienes que decírmelo y pararé, ¿De acuerdo? – me preguntó.

Asentí mordiéndome el labio. – ya lo hemos hecho antes, no te preocupes – respondí.

-Sí, lo sé, pero hace tiempo que no lo hacemos y el ano no es tan flexible como la vagina.

Poco a poco se fue introduciendo en mi interior y, aunque el principio fue bastante incómodo, tanto que pensé que iba a gritar para que parase, mi hueco se hizo más grande para acoger su gruesa polla y acabamos corriéndonos con violencia.

Sentados en la cama después de una deliciosa y relajante ducha con sales minerales, asaltamos el desayuno, muertos de hambre, parecía que llevábamos sin comer una semana.

-¿Por qué te has cortado el pelo así? – pregunté con interés mientras metía un delicioso trozo de piña en mi boca.

Edward me miró frunciendo el ceño.

-No sé – dijo. – me apetecía tener algo diferente pero que no fuese tampoco tan radical.

-Con lo largo que tienes la parte superior puedes hacerte un tupé – dije lo primero que se me pasó por la cabeza.

Edward sonrió y colocó su ya vacío desayuno en la mesita de noche.

-Me estaba acordando que mis padres nos habían invitado a comer – me miró fijamente a los ojos. - ¿Te apetece ir o prefieres que nos quedemos descansando en casa?

-Alice me lo dijo – respondí.

-Bella, siento no habértelo dicho es que…

-Está bien – le interrumpí.

No quería ponerme a discutir después de la noche de ayer y la mañana de hoy. Hacía demasiado que no nos tomábamos un tiempo así para nosotros, que no nos pasábamos tanto tiempo mimando al otro así que, no iba a arruinar el momento enfadándome porque se hubiese olvidado de transmitirme la invitación aunque sabía que estaba en todo mi derecho de enfadarme.

-¿Qué crees que debería ponerme? – pregunté. Le di un pequeño beso en los labios y salí de la cama.

Edward pareció aliviado y se puso de pie.

-Tacones no, por favor – dijo aproximándose hacia mí. - me gusta cuando caminas con tu metro sesenta. – acaricia mi pelo mientras me mira a los ojos.

Me río – a ti lo que te gusta es presumir de tu metro ochenta y cinco, así que no me salgas con boberías románticas – me río mientras me zafo de su toque.

-Me pillaste – dice mientras levanta las dos manos al aire en señal de derrota.

No tardamos mucho en arreglarnos así que media hora después ya estábamos subidos al volvo de Edward. Después de mucho pensar qué ponerme, había optado por un blusón negro que llegaba a la mitad de mi muslo, unas botas cortas con tachuelas plateadas y un collar plateado. Había dejado mi pelo suelto liso y había completado el modelito con un bolso morado y unas gafas de sol grandes. Por otro lado, Edward se había puesto un vaquero azul ajustado y una camisa de lino blanca que llevaba remangada hasta los codos. Se había calzado unas náuticas marrones y por supuesto, no había olvidado sus características ray-ban de sol.

Durante todo el trayecto a casa de sus padres, Edward no soltó mi mano en ningún momento salvo en los momentos estrictamente necesarios como para cambiar de marchas o girar en las curvas. Edward parecía un hombre distinto al de los últimos veces, estaba cariñoso e implicado, de hecho, se abrió para mí contándome cosas que habían pasado en su vida laboral y de las que yo no tenía ni idea. Me había enterado de que uno de sus mayores hombres de confianza se había dado de baja porque su último hijo había nacido con problemas, naturalmente tuvo que dejar de trabajar para ayudar a su mujer y en su lugar, Edward había contratado a una abogada de veintisiete años temporalmente. ¿Cómo sería esa misteriosa Tanya Denali? Averiguarlo en cuanto se te presente la ocasión – apunté mentalmente.

Por mi parte, le conté noticias sobre mi firma, como habíamos conseguido abastecer a setenta tiendas esta última temporada y la manera en la que pensábamos aumentar nuestro mercado.

-Sé que estás teniendo mucho éxito en el trabajo – dijo soltando mi mano para maniobrar y entrar en el sendero que llegaba a la mansión de sus padres. – la mayoría de mis empleadas suelen llevar algo de tu firma casi a diario.

-¿En serio? – pregunté sorprendida.

-En serio – masculló y esbozó una suave sonrisa para mí. - ¿Quieres saber que suelen decir de Chameeeleon?

-¡Por supuesto que quiero saberlo!

Maniobró para aparcar el volvo tras el porche amarillo de Alice.

-Dicen que es una marca bastante económica para el material tan bueno que utilizan y los diseños tan bonitos que ofrecéis así que, no me extrañaría que dentro de unos meses fueses la diseñadora del momento.

-No seas estúpido anda – le pego un suave golpe en el hombro. – Eso solo es un bonito sueño – murmuro mientras me quito el cinturón de seguridad.

Edward hace lo mismo y dice:

-Yo creo en los sueños que se hacen realidad, Bella.

Le miro, veo en sus ojos que lo que ha dicho lo siente.

-¿Has cumplido tus sueños, Edward? – pregunto con miedo a obtener una respuesta que me hunda.

-Algunos sí, otros aún están por llegar.

Coge mi cara entre sus manos y me besa. La manera de besar de Edward siempre ha sido muy peculiar; estampa sus labios contra los míos y luego arrastra por mi labio inferior, he llegado a pensar que le tiene manía.

-¿Puedo preguntarte una cosa? – le digo mientras me bajo del coche, cierro la puerta con cuidado y espero a que el haga lo mismo.

-Dime.

-¿Estás ganando muchos millones, verdad?

Llega hasta mí y responde mirándome en todo momento: sí.

Muero mi labio y no aparto la mirada de él, pero sin embargo no digo nada.

-¿Está mal eso para ti? ¿Te sientes incómoda? – interroga mientras me pasa mis gafas de sol, al parecer las había dejado dentro del coche.

-Siempre has tenido dinero – contesto con sinceridad. – pero nunca has hecho tuyo el dinero de tus padres, sino más bien te has mantenido al margen gastando lo menos posible. Imaginar que ahora eres más rico que tus padres, es extraño, porque has estado conmigo siempre y no me había percatado de su ascenso personal en ningún momento más que el día en el que me propusiste comprar el ático. Me siento como una extraña para ti.

-No eres una extraña para mí – respondió. - eres mi mujer. Llevamos un año casados y cinco años estuvimos antes de que te pidiera que fueras mi esposa.

-Edward – protesté. – una persona no se hace multimillonaria de la noche a la mañana. Explícame en donde me encontraba yo mientras te estabas haciendo de oro, porque no recuerdo nada.

Se pasa la mano por el pelo y se tira un poco hacia atrás, es una señal de frustración.

-¿Podemos dejarlo? Hemos tenido una noche y una maravillosa mañana, no quiero estropearlo ahora – dice.

-Está bien – pronuncio apretando los labios, yo también me estoy controlando. – pero algún día aceptaras que me hiciste a un lado.

Justo cuando Edward iba a rebatir algo, Esme aparece en el porche de la lujosa mansión con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Cuánto hace que estabais aquí? No os he escuchado tocar – dice mientras me da un cálido abrazo.

-Aún no habíamos tocado, mamá. No nos diste tiempo – murmura Edward mientras estrecha a su madre entre sus brazos.

Esme Cullen era una mujer de cincuenta y cinco años con un muy buen aspecto físico. Aparentaba ser más delgada que yo puesto que no tenía curvas y era más alta. Llegar a la edad de cincuenta y cinco años y ser más delgada que tu nuera de veinticuatro era todo un lujo del que alardear. A menudo me consolaba a mí misma diciendo que mis visibles pechos y mi también visible trasero era la consecuencia de pesar más que mi suegra. Esme iba cada mañana a hacer pilates al gimnasio de su yerno Emmett y complementaba esta actividad con jugos quema grasa entre horas, se notaba que tenía tiempo para preparar batidos de frutas naturales; era ama de casa y se había dedicado en cuerpo y alma a sí misma, a su hogar y a sus hijos toda la vida.

Recorrimos un largo trayecto hasta el jardín de la mansión, la casa por dentro era enorme y tenías que atravesar más de una sala hasta llegar a la parte trasera. Alice, Jasper, Emmett, Rosalie y Carlisle se encontraban alrededor de una enorme mesa de madera protegida por una sombrilla.

-¡Bells! – gritó Alice y corrió a abrazarme. Sonreí mientras me estrechaba a más no poder. – ¡Pensé que no vendrían!

-Mierda, te debo 40 dólares – escuché decir a Emmett.

-¿Has apostado 40 dólares a que no vendríamos? – preguntó Edward indignado a Emmett.

-Eh, tío, hacemos esto todos los domingos y hace tres meses que no os rozáis por aquí, es normal que haya apostado en vuestra contra, ¿No crees? – se defendió Em.

-¿Tres meses? – pregunté asombrada. Eso era demasiado tiempo.

-Habéis estado tan ocupados haciéndoos de oro que no habéis sido conscientes del tiempo – respondió Jasper riéndose. – pero mirad el lado positivo, ahora podréis comprar todo el tiempo del mundo.

-Jas – le reprendió Alice.

Miré a Edward, tenía la mandíbula tensa, se estaba controlando para no dar una mala contestación.

-Pero ahora estáis aquí – intervino Carlisle. – Y es lo importante - Se acercó a saludarme y me dio dos besos en ambas mejillas. – estás guapísima, Bella – inquirió.

Respondí con un sincero "gracias" y me aproximé a la mesa para saludar a los demás. Todo seguía como la última vez, hacía ya tres meses según habían dicho. ¿Cómo había podido pasar el tiempo tan deprisa y no haberme dado cuenta? Lo peor de todo era que en nuestro descuido emocional habíamos arrastrado a la familia. Edward hacía tres meses que no veía a la suya y yo el doble, sino más. Jasper nos contó que el Estado de Manhattan iba a construir un hospital público para la gente sin recursos y habían acudido a él como arquitecto para que llevase a cabo el plano así que, estaba bastante satisfecho y feliz con el proyecto. Por otro lado, Carlisle quería abrir una planta de investigación en su hospital para analizar el cáncer e intentar encontrar la cura, sin embargo, nos contó que era un tema peliagudo y que posiblemente no le diesen la licencia para llevar a cabo su proyecto pues acabaría con el mercado farmacéutico.

Edward contestó a todas las preguntas que le hacían acerca del bufet, volví a enterarme de cosas que no sabía, cosas que Edward no me había dicho en ningún momento, cosas tan importantes como que había ido contra Donald Trump en un juicio por discriminación hacia otro político de etnia mexicana y que casualmente, había ganado el caso. Claro, cosas que pasan todos los días – pensé con sarcasmo.

Harta de enterarme de cosas que no sabía acerca de mi marido, me levanté de la mesa indignada.

-¿Te encuentras bien, Bella? – preguntó Esme preocupada.

-Me encuentro un poco mal, eso es todo.

-Te acompañamos dentro – dijo Alice levantándose y cogiendo a Rose del brazo.

Edward me miraba fijamente sin ninguna expresión en el rostro. Rose me cogió un brazo y Alice hizo lo mismo con el otro, mientras caminábamos hacia la casa escuché a Emmett decir: "cosas de mujeres".

-¿Qué te pasa? – preguntó Rose en cuanto entramos al salón principal. - ¿Te encuentras mal de verdad?

-Sí, me encuentro mal de lo asqueada que estoy.

-Edward no te había contado lo de Trump – Alice no lo preguntó, lo afirmó.

-Joder – susurro Rosalie. - ¿Tan mal van las cosas?

Un carraspeo me impidió responder. No me hizo falta darme la vuelta para saber quién era. Asentí con la cabeza cuando Rose y Alice me miraron fijamente preguntándome en silencio si quería que nos dejara solos. Una vez que ellas hubieron desparecido de la sala, Edward se acercó a mí.

-Lo siento, joder – dijo sin más.

Me doy la vuelta poco a poco, tengo los brazos cruzados a la altura del pecho, es una señal de enfado.

-¿En serio lo sientes? – le interrogo.

-Sí, lo siento muchísimo – se disculpa. – sé que debería haberte dicho tantas cosas, pero es que cuando llegaba a casa estaba tan cansado del trabajo que lo último de lo que quería hablar era de ello.

-Ahórrate lo que tengas que decir, no quiero escuchar nada más – dije para zanjar el tema.

-No te enfades joder, estábamos bien, fue un error, me estoy disculpando.

-Ya estoy enfadada, no me puedes pedir que no me enfade – le reproché. – pero voy a pasar del asunto, no quiero estar de malas hoy.

Edward suspiró y acortó la pequeña distancia que había entre nosotros. Puso su frente contra la mía y me pegó a él, yo seguía aún con las manos cruzadas por lo que me quedé atrapada contra su cuerpo.

-Te quiero, y eso no va a cambiar por nada del mundo, quiero que lo tengas siempre presente cada vez que joda algo – murmuro.

Suspiré e intenté desenlazar mis brazos, me lo permitió y puse mis manos en sus hombros.

-Yo también te quiero pero hay que empezar a solucionar las cosas.

-Lo haremos – pronunció antes de besarme. El beso comenzó a tornarse más intenso, atrapó mi lengua entre sus dientes y la chupó. Yo gemí. Posó sus manos sobre mi trasero y me pegó a él para que siéntese su dura erección. Joder, ya estaba duro como una roca.

-Debemos parar – dije intentando ser sensata.

A regañadientes se separó de mí.

-Estoy tan duro que no puedo caminar, me roza contra el pantalón.

-Que digas esas cosas no ayuda a calmarnos, Edward – sonreí.

Él me devolvió la sonrisa y empujó de mi mano para caer juntos al sofá. Me recosté contra su costado mientras me acariciaba el pelo. Cuando se hubo calmado y su erección bajó, volvimos al jardín. Emmett aún seguía engullendo comida como un animal, así estaba, que parecía un armario empotrado.

-¿Te encuentras mejor, Bella? ¿Necesitas que te examine? – me preguntó Carlisle.

-No, estoy bien, gracias – le sonreí en respuesta.

Este asintió y siguió jugando al ajedrez con Jasper.

-Por cierto, chicos – dijo Rosalie atrayendo la atención de todos. - ¿Vamos a ir a esa gala benéfica de la que hablábamos antes?

¿Una gala benéfica un sábado por la tarde? ¡Justo lo que quería! - nótese el sarcasmo me dije a mi misma mientras me miraba al espejo.

Edward se había adueñado de nuestra habitación y por tanto de nuestro baño, así que no me había quedado más remedio que asentarme en la habitación de invitados para arreglarme. Después de la pregunta de Rose todos se pusieron de acuerdo para asistir al acto, excepto Emmett, Jasper y yo que luchamos en vano para no asistir. Aunque para ser sincera, tampoco había luchado todo lo que me había sido posible. En cuanto Carlisle afirmó que todo el equipo de confianza de Edward asistiría a la gala, mi yo curiosa ideó un plan; quizás este era el momento para acercarme al mundo de Edward y dejar de sentirme tan desplazada.

Tras aplicarme el corrector de ojeras, la base de cara y los polvos compactos; maquillé mis ojos con un ahumado en tono negro y plateado y repasé la raya del ojo con el eyeliner para agudizar la fiereza de la mirada. Un poco de colorete en los pómulos y me sentí lista.

Después de que se apoyase la moción de censura a favor de ir al evento benéfico, Alice raptó a todas las integrantes femeninas de la familia para empezar a prepararnos. Acabé con la manicura y pedicura hecha y unas bonitas y elegantes hondas hechas en el pelo. Como había dejado crecer mi pelo más de lo que solía hacer, las hondas caían en cascada alrededor de mí, quedaban bien, pero me sentía sofocada.

Con respecto a la vestimenta, después de horas revolviendo en el vestidor había encontrado un vestido de gala precioso que no había usado ni una sola vez, recuerdo que lo compré porque estaba de oferta y fue amor a primera vista. Este amor a primera vista, me había salvado la noche de hoy.

No reconocía a la persona que estaba devolviendo la mirada en el espejo aunque esa persona fuese yo misma. Vaya – pensé para mí misma. – todo lo que puede ganar una mujer si se esmera un poco en su aspecto. Acostumbrada a salir a trabajar cada día con nada más que la base de cara y un poco de rímel en la pestañas, la Bella de gala me parecía increíble.

El vestido que llevaba puesto era largo, con una abertura en el lado derecho que llegaba hasta el muslo. Era un vestido ceñido de color negro que acentuaba mis curvas y estilizaba la figura femenina, había acertado el día que lo compré. Como era un vestido sencillo, le añadí un collar de zafiros azules eléctricos. Este modelo de bisutería que llegaba en el cuello, era de mi marca y había sido una elección limitada que habíamos sacado al mercado por pedido de una joyería de lujo, habíamos fabricado tan sólo veinte ejemplares que se habían vendido en una semana.

Cogí una cartera de mano negra y metí en ella todo lo necesario: documentación y pintalabios rojo para retocarme cuando hiciese falta. Me subí a los altísimos tacones negros y volví a mirarme al espejo, pero esta vez de perfil. Los tacones estilizaban mi figura pero yo solo me fijaba en mi culo respigón, parecía hasta sexy. Madre mía, creo que es la primera vez que me siento bien conmigo misma – exclamé en mi cabeza.

-Estás preciosa – murmuró Edward desde la puerta.

Me giré hacia él. Tenía puesto un esmoquin negro ceñido a su cuerpo, probablemente estaría hecho a medida, era imposible que un traje tan incómodo le sentara tan bien a una persona pero tras pensarlo me di cuenta de que cabía la posibilidad de que se lo hubiese comprado en una tienda, era Edward Cullen, tenía un cuerpo de medidas perfectas hecho especialmente para el pecado.