Herencia de sangre
Disclaimer: Los personajes pertenecen a la película "Laberinto", dirigida por Jim Henson.
Capitulo 5
Ella volvió a tomar asiento al borde de la cama buscando sin mirar la pequeña píldora azul, la tanteo y se la llevo a la boca tragándola casi en seco. Sarah se acostó de costado sujetándose las rodillas, sabía que él no la había perdonado por el pasado, le angustiaba la situación, qué sería de su niña cuando ella no estuviera, Jareth sería capaz de aceptarla, quién sería la madrastra de la pequeña, Sarah respiro varias veces tratando de controlar sus temores – "He leído demasiados cuentos" – se dijo para calmarse, sonriendo resignada.
Sin aviso ni sensaciones previas, un fuerte dolor de cabeza la hizo incorporarse totalmente sujetándose con fuerza de un mueble, pero el inevitable mareo llegó debilitando sus piernas, haciéndola caer y golpearse la mejilla, lastimando su pálida piel.
Cuando abrió los ojos no sólo el dolor de cabeza persistía, su mejilla estaba hinchada y adolorida, se llevó la mano al pecho porque estaba incomoda por alguna desconocida razón y sus manos reconocieron al tacto un genero distinto a la de la simple camisa que llevaba puesta, miró hacia abajo y se encontró ataviada con un hermoso vestido color azul el cual marcaba por demás sus atributos femeninos.
- - ¿Qué rayos sucedió?
- - Mi lady, ya despertó…que suerte o se le hará tarde para cenar… - dijo una pequeña goblins apresurándose en terminar de colocar un delicado tocado de piedras en el cabello de Sarah.
- - No espera… - le reprochó tratando de detenerla – ¿Qué es lo que haces? ¡no deseo usar eso! ¡espera! – Sarah se puso de pie como pudo, entre su malestar y el apretado vestido le era algo casi imposible – ¿Quién me ha vestido?
- - Yo mi lady, es un bellísimo vestido, su majestad lo eligió para usted, me ha pedido que cuide cada detalle de su persona.
- - Pero no era necesario – volvió a decir alejando a la insistidora criatura que no dejaba de perseguirla con un cepillo – No te ofendas, sé que el rey puede llegar a ser…
- - ¿Una extraordinaria persona? – preguntó casi afirmando lo que decía, por lo que Sarah se detuvo en seco mirándola azorada.
- - No, te aseguro que eso no es lo que quise decir ¡podrías dejar de hacer eso! – se quejó por tercera vez quitándose la ostentosa tiara de la cabeza – ¿Dónde está mi hija?
- - La niña debe de estar en su cuarto, hay ordenes estrictas del rey de no dejar que salga de su cuarto a menos que él lo diga.
Sarah corrió hasta la habitación de la niña pero la puerta estaba cerrada, forcejeó pero nada sucedía – ¿Por qué está cerrada? – la pregunta salió con un tono afilado mirando furiosa a la pequeña goblin.
- - Su majestad dio órdenes precisas de no abrir esa puerta.
- - ¿Cómo puede decir eso, es solo una niña, no puede dejarla encerrada, acaso está loco?
- - Shhhhh! No diga esas cosas, el rey podría escucharla y se enfadaría.
- ¡- ¡La llave! – dijo estirando la mano.
- - Yo no la tango…
- - ¡No mientas! ¡Dame la llave! – volvió a repetir Sarah, pero al darse cuenta que no estaba mintiendo miró al frente decidida a ir a buscarlo.
- - Espere no debe de bajar aún, su majestad dijo que él vendría por usted… mi lady por favor él se enfadará…
Sarah bajó las escaleras a toda prisa sin darle importancia a la debilidad de su cuerpo y la incomodidad del vestido. Entró al magnífico salón que desbordaba de lujos y buen gusto, lo buscó con la mirada y como fiera embravecida apresuró el paso a su encuentro.
- - Me parece una excelente idea, algo de entretenimiento no vendría nada mal – dijo el un hombre alto y robusto con una copa en la mano.
- - ¿Pero cree que ella aceptará? – preguntó Annya al Rey de los goblins.
- - Claro que lo hará – contestó con una sonrisa zorruna.
- - Dame la llave Jareth…
Jareth se tensó al escuchar su voz detrás de él, pero nunca abandonó su porte arrogante, puso su mejor cara sonriendo de lado extendiendo su mano y tomando la de Sarah – ¿Y porqué no se lo preguntamos a ella?
Todo el salón se quedó en silencio observando a la recién llegada, Sarah miró a su alrededor y no había una sola persona que no la estuviera mirando, volvió la atención a aquel que le tomaba la mano y se soltó repitiendo la misma pregunta.
- - ¿Ella es la famosa Sarah Williams? – preguntó sorprendido el soberano de Dannu.
- - Así es – dijo Jareth sacando de la duda a varios de los presentes.
- - Pero es tan pequeña… - comenzó a reír socarronamente Lupold – Es increíble que alguien tan pequeña haya sido capaz de vencerte Jareth.
Jareth sólo miraba a Sarah, estaba deslumbrante con aquel vestido.
- - Veo que los comentarios no hicieron honor a la belleza de la dama – hablo el Rey de Lurgot, Alderan III, quien tomó la mano de Sarah para besarla.
- - ¿Jareth? – dijo la joven Williams.
- - No te asustes Sarah - le contestó.
- - La llave del cuarto de Mila…¿dónde está? – preguntó clavando sus ojos en los de él.
- - No es el momento… - objetó el Rey de los goblins.
- - ¿Dónde está?
- - ¿Jareth de qué está hablando Sarah? – cuestionó Séfila con preocupación.
- - ¡Dame la maldita llave del cuarto de mi hija! – reclamó levantando la voz.
Jareth la miró apretando los puños conteniendo el enojo, cómo era capaz de exigirle algo a él, ella debería estar con la cabeza agacha, agradecida por demás de lo que él había hecho por ella. El ambiente era tan pesado que fácilmente podía ser percibido. Sin mostrar ningún tipo de respeto por los presentes la agarró con fuerza del brazo y levantando su negra capa envolviéndolos a ambos, así desaparecieron dejando a los espectadores sorprendidos.
Sarah sintió que cayó en algo suave, la habitación estaba a oscuras, cuando escuchó el chasquido de unos dedos, las luces se encendieron y reconociendo al instante el cuarto del soberano del laberinto.
- - Creo que aun no comprendes cuál es tu posición aquí - clavó su vista en ella - Tienes un don Sarah, y es el de hacerme enfurecer con facilidad.
- - Te lo pediré una vez mas, por favor abre la puerta.
- - Ella está bien ¿qué temes? no es acaso que dejaste que otros, que nunca conociste antes se la llevaran a dar un paseo ¿no confías en mí?
- - No sólo que no confió, temor es lo que me invade en este lugar, no por mí, por ella, es tan pequeña. Sé que me odias y que harías cualquier cosa con tal de hacerme daño…
Las palabras golpearon peor que cualquier bofetada, ella no confiaba en lo mas mínimo en él, lo creía un déspota sin corazón. Jareth se tragó el dolor causado por tales palabras, serio con el alma cargada de veneno formó tres cristales, cada uno con una imagen diferente. El primer cristal se colocó en frente a Sarah mostrando una imagen devastadora, la pequeña niña de cabellos dorados recostada en posición fetal en una especie de catre colocado en el piso. La joven madre reconoció enseguida que su hija estaba encerrada en la oubliette. Se levantó de la cama del rey acercándose con miedo al cristal.
- - ¿Qué hiciste? ¡Tráela conmigo!
- - Oh espera hay mas…porqué no miras en los otros cristales.
El corazón de Sarah comenzó a latir con rapidez y su respiración se aceleró, las palabras pesaban tanto que costaba pronunciar algo. La segunda imagen era mas terrible, Mila estaba llorando rodeada por criaturas extrañas que se quitaban la cabeza y la hacían rodar alrededor de ella atemorizándola.
Sarah sintió que la llamaba entre llantos los cuales venían del tercer cristal donde observó a la niña caer y caer rodeadas de manos que la atrapaban y luego la dejaban caer nuevamente.
- - Jareth…¿qué es lo que has hecho? – dijo Sarah aproximándose con cautela queriendo tocar aquellos espejos que mostraban solo desesperación y miedo, quitó la mano como si de ellos emanara un calor que le quemaba.
Él se acercó por detrás y con una voz oscura dijo – ¿Quieres jugar Sarah? Será mas que interesante verte rogar una vez mas por esa criatura…
- - ¿Porqué?¿Tanto me odias Jareth? – contestó sin darse vuelta.
- - Qué puede llegar a importarte eso, si ya das por hecho que lo hago.
Sarah se dio la vuelta y con los ojos cargados de dolor lo miró directamente para luego arrodillarse implorando que se detuviera y la llevara con su hija.
El rey orgulloso de su acción al verla doblegada, se colocó en cuclillas y con su enguantada mano, levantó el rostro de la joven madre apretándolo. Sarah se quejo por el dolor que le causaba al tener aun la mejilla lastimada – Llora Sarah…suplícame…
- - Te…te lo suplico…por favor Jareth llévame con ella.
- - Claro que lo haré mi querida Sarah pero tendremos que jugar antes…
Ella bajo la cabeza negando ante tales palabras que le causaban desesperación.
- - No te aflijas pronto la verás de nuevo siempre y cuando la encuentres.
- - ¿Qué?
- - No es tan difícil de entender, además ya has estado antes.
Sarah se levantó de su humillante posición y lo miró con horror, temiendo de lo que le pediría.
- - Las reuniones se vuelven tan aburridas que no vendría mal un poco de entretenimiento, mis huéspedes están muy entusiasmados con la idea que la legendaria Sarah Williams recorra nuevamente el Laberinto…Además si no recuerdo mal aquella vez dijiste que era más que regalado…bien veremos que tan buena memoria tienes – se sonrió de costado dándose la vuelta para darle la espalda y comenzar a caminar hacia la puerta.
Sarah miró sus manos que temblaban sin poder controlarlas y un frío húmedo recorrió su espalda, todo alrededor de ella comenzó a dar vueltas y lo inevitable pasó, ella cayó dándose de lleno nuevamente en la cara. Jareth se acercó con rapidez tratando de socorrerla pero ella lo alejó como pudo apoyando su temblorosa mano en el pecho del rey para apartarlo – No te me acerques… - le dijo tratándose de ponerse de pie tambaleándose en que cada intento. Él haciendo caso omiso del pedido la sujetó del brazo para ayudarla y fue cuando vio a Sarah limpiarse la mano en el bello vestido azul dejando una mancha carmín como prueba, dándose cuenta que su inmaculada camisa de seda blanca también estaba manchada por el rojo líquido que otorgaba vida. Jareth levantó el rostro de la joven para verla de frente y comprobó que la sangre no venia únicamente de la mejilla herida, su nariz extrañamente sangraba y su cuerpo parecía no responder porque no dejaba de temblar. La imagen lo paralizó y un dolor en su pecho se hacía cada vez mas fuerte como así el sentimiento de culpa.
- - ¡Déjame! – le exigió ella empujándolo de su lado al tratar el Rey de ayudarla – Eres un maldito egoísta sin corazón, siempre fuiste cruel pero hoy excediste tus propios límites – Sarah comenzó a llorar desesperadamente.
- - Tranquilízate Sarah… - su tono en ningún momento dejó de ser duro y frío. Su agarre fue más fuerte cuando ella se desvaneció en sus brazos.
La puerta de la habitación se abrió precipitadamente y dejó ver a los soberanos del Reino Azul que observaban a Jareth de una manera acusadora.
- - Se desmalló – fue lo único que dijo el Rey goblins mientras la recostaba en su cama.
- - ¿Jareth qué sucedió? – preguntó preocupada Séfila al ver a la muchacha inconsciente.
- - Creo que se tomó muy en serio mi broma – dijo sin importancia recostándola en la cama y tapándola con una manta.
- - Pero…esto… - comenzó a decir la mujer al ver sus ropas manchadas – ¿Es sangre?
- - Si abuela al parecer se lastimó y … - no pudo seguir porque ni él estaba seguro de lo sucedido.
- - Jareth… – su abuela negó con la cabeza – ¿Porqué la engañaste? ¿Porqué no sólo le dijiste que la niña estaba en su cuarto?
- - Tengo otros asuntos que atender ahora, hay invitados esperándome.
- - ¡Jareth! – lo llamó Arthur haciendo que éste detuviera su paso – Tenemos que hablar…
- - Soy el anfitrión y mis invitados esperan, si ustedes quieren quedarse con Sarah, que al parecer le han tomado cariño a ella y a su hija los excusaré…
- - ¿La has visto? – preguntó la bella mujer acercándose a su nieto.
- - ¿A quién? – respondió confundido con la pregunta.
- - A la niña… ¿has prestado atención a la niña?
- - ¿Y por qué debería? – le contestó levantando su perfecta ceja.
- - Porque todo sería mas sencillo si no fueras tan testarudo y el orgullo no nublara tu juicio.
Jareth suspiró pesadamente, mirando el cuerpo tendido de Sarah aun dormido – Avísenme si necesita algo, cuando despierte díganle que…que su hija está bien – y así con esas palabras el Rey desapareció.
La soberana del reino Azul se acercó a la joven extendiendo su mano y tocando la frente de la joven madre, comenzó a fluir de ella una luz azulina, tan brillante como el destellos de las estrellas, una sensación de calidez recorrió el cuerpo de Sarah haciéndola despertar, se incorporó de golpe, pero Séfila la detuvo – Tranquilízate Sarah, todo está bien. Mila está bien.
- - ¿Dónde está?- se apresuró a decir.
- - Ella está en su habitación…todo fue una broma de mal gusto…
Sarah se levantó y salió corriendo de la habitación. Abrió la puerta y la bella imagen de su hija jugando rodeada de muñecas y pequeños caballos de madera, la dejó realmente tranquila sonriendo con lágrimas a punto de escaparse.
- - ¡Mami! – gritó la pequeña abrazándose de las piernas de su madre.
Sarah la tomó en brazos y la abrazó con tal fuerza que la niña se quejó – Lo siento cariño, es que mami te extraño mucho.
- - Mira mami – la pequeña se removió en los brazos de su madre indicándole que quería bajarse, Mila corrió hacia una pequeña mesa llena de lápices de colores y hojas desparramadas, tomando una de las imágenes de distintos colores – ¿Es lindo? – preguntó la niña extendiendo el papel con un dibujo.
- - Es hermoso…mi querida niña – dijo Sarah volviéndola a abrazar.
- - Lo sentimos Sarah… - dijo la reina apoyando su mano en el hombro de la joven.
- - Usted no debería porque sentirlo – le dijo mientras se ponía de pie y se dirigía hacia la cama para sentarse.
- - Sarah… - se escuchó la voz severa del Rey de Azul – Tu enfermedad empeora con los días, dinos que debemos hacer.
Ella negó con la cabeza acomodándose el cabello – No lo sé… - respondió en un tono triste y cansado – Simplemente no lo sé…
- - Es difícil usar nuestra magia, si no fueras humana seguramente podríamos curarte pero, al no ser de nuestra sangre es imposible, tan sólo podemos ofrecerte un alivio momentáneo.
- - Cada vez veo mas cercano el momento en el que tendré que enfrentar a Jareth y decirle toda la verdad, entonces él me odiará mas…
- - Cuentas con nuestro apoyo – Arthur colocó una mano en el hombro de Sarah.
- - Gracias – los miró con los ojos cargados de temor e incertidumbre.
Había perdido la cuenta de cuantas veces se había levantado y vuelto a acostar, estaba inquieto el recuerdo de su llanto lo estaba atormentado, a él, al gran Rey de los Goblins.
La imagen de Sarah herida y doblegada estaba muy lejos de hacerlo sentir bien, al contrario la culpabilidad le picaba el corazón, aquel que volvió a latir al tenerla cerca.
Tomó su chaqueta y se la colocó para salir de su habitación, algo no estaba bien, lo presentía. Desde que Sarah llegó con su hija una extraña sensación lo perseguía día y noche, un anhelo, un deseo, no sabía como explicarlo…tal vez la necesidad de estar con ella, aun no lo sabía pero cada vez ese sentimiento se hacía más fuerte.
Con la luz de la luna como lámpara, la vio dormida, con los brazos hacia arriba, sujetando por encima de su pequeña cabeza un oso de peluche, se acercó lentamente estudiando su rostro.
- - ¿Qué es lo que tendría que ver en ti? - dijo despacio sin querer despertarla – Eres bastante linda pequeña, aunque no te pareces nada a tus padres – decir eso le retorció las entrañas, pero aun así levantó su mano en un intento de despejar la cara de la niña que estaba adornada por algunos mechones rebeldes. Pero algo lo detuvo, una tos ahogada se sentía del otro lado de la habitación – Sarah… - susurró y se alejó de la cama para quedar al lado de puerta que daba a la habitación de la joven madre.
El llanto silencioso y aun así desesperado interrumpió en la noche , una nueva arcada se precipitaba y claramente se oyó como se vaciaba el estomago de la mujer, una y otra vez.
Una potente punzada agitó al implacable Rey que deseaba con impaciencia abrazar el cuerpo exhausto de la vencedora, pero una vez mas el orgullo ganó.
Las sabanas se movieron, el típico sonido rompía la calma de ese cuarto vestido de princesa, Jareth observó como el pequeño cuerpo de la niña se incorporaba, escondido entre las sombras para no ser notado, prestó suma atención, la pequeña se refregó los ojos y sus diminutas manos apartaron el cabello de su rostro, una tarea por demás difícil ya que los mechones volvían al mismo sitio, sin percatarse de su acción una mueca se dibujo en su cara, trazando una sonrisa de lado, el Rey Gobling no podía negar que le era divertida la situación. Resignada, Mila bajó de la cama pegando un saltito y se dirigió a la puerta que daba con el cuarto de su madre, atento a sus movimientos, el monarca notó que ésta no podía abrir la puerta y como si la magia fuera un suspiro para él, con apenas mover los dedos, la puerta de madera maciza se abrió – ¿Mami? – su voz suave y aun adormilada, se abrió paso como un arcoíris de esperanza para la atormentada madre.
- - Mila… - Sarah se levantó con dolor del piso, siendo este el testigo para tan desagradable malestar – Sube a la cama cariño, mami tiene que limpiar…
La niña obedeció sin chistar - ¿Mami te duele la panza? – preguntó con tanta inocencia y preocupación que a Sarah se le encogió el corazón.
- - Si pequeña, pero ahora estoy bien – se acercó y acaricio la mejilla de su hija. Sonrió y la niña le devolvió el gesto – Espera aquí… - Sarah volvió con algunos paños del baño y limpió el reguero, envolvió todo en una toalla y regresó al baño para dejándolo ahí, mañana lavaría todo para que no se dieran cuenta. Higienizó sus manos y cara para poder volver a la cama. Entre tantas mantas la niña parecía perderse, apoyando su espalda contra el respaldo de la gran cama, Sarah hizo un gesto por demás conocido para Mila, ésta se acomodó en el regazo de su madre cerrando sus ojos para volver a dormirse.
Acarició su cabeza, pasando sus finos dedos por la cabellera dorada de la niña – Te pareces tanto a tu padre… - soltó tranquilamente, provocando una ligera sonrisa en el rostro de su hija, pero del otro lado de la puerta un entrecejo fruncido adornaba la bella cara del monarca de Labyrinth, quien trataba de recordar aquella figura masculina en el porta retrato que posaba en una mesa de noche.
- - Mami, quiero canción – la dulce voz semidormida de Mila volvió a escucharse.
- - Seguro… – aclaró suavemente su garganta y comenzó a entonar una canción de cuna –
- My precious one, my tiny one
lay down your pretty head
my dearest one, my sleepy one
it's time to go to bed
my precious one, my darling one
don't let your lashes weep
my cherished one, my weary one
it's time to go to sleep...
Y siendo testigo del inmenso amor de Sarah por su hija, caminó hasta la ventana y dejando que las inmaculadas plumas lo cubrieran, voló para despejar su mente, su corazón y tratar que en algún momento su corazón dejara de clamar por ambas dos, madre e hija.
