Hola, al fin de regreso, sé que prometí actualizar en Febrero, pero no sé qué me pasó, no me dí ni cuenta y ya estábamos en Marzo, que rápido se pasa el tiempo, y lamentablemente se me acabaron las vacaciones.
Aquí les dejo el capítulo 2.5 que es el complemento del capítulo anterior, ya que como dije anteriormente este fic es algo así como un paralelo, y el capítulo 2 era lo que pasó con June tras el robo de la armadura dorada, ahora corresponde la parte de Shun. Dado que empleo un par de palabritas en japonés, que son muy fáciles y quizás la mayoría conozca, igual dejo un pequeño diccionario para quién no las entienda, al final del fic, una última cosa, para este capítulo me base tanto en el manga como en el animé y saque mi propia versión sobre todo de la escena en que le entregan las partes de la armadura a Saori.
Bien, ya no molesto y dejo que disfruten de la lectura.
Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya pertenecen a Masami Kurumada y Toei Animation. Este fanfiction fue creado sin fines de lucro.
Cualquier semejanza con personas reales vivas o muertas, o con otros fics es sólo coincidencia
Paralelamente.
Por Melpómene de Cáncer.
Capitulo II.V
Encontrando el camino.
Eran cerca de las dos de la mañana en Isla Andrómeda, June dormía sumida en pesadillas. Mientras tanto, muy lejos, en Japón, eran ya las ocho, el sol hace poco había salido de su temporal descanso, Shun se encontraba en una amplia sala en la mansión Kido, llevaba puesta su armadura la cual estaba dañada, y en sus manos traía la pierna izquierda de la armadura dorada que puso sobre un escritorio, también estaban junto a él, Seiya, Shiryu y Hyoga, se veían agotados y molestos, Ikki había ido demasiado lejos y los había humillado al robarse la armadura sin que pudieran hacer nada.
Pero estos pensamientos eran ajenos al Caballero de Andrómeda, quien por más que lo intentaba, no encontraba explicación alguna para la conducta de su hermano, apesadumbrado por los acontecimientos, ni siquiera se atrevía a mirar a sus compañeros.
- Ese idiota de Ikki, fue muy astuto al separar la armadura para poder llevársela – reclamaba Seiya.
- Ni siquiera sabemos en donde está su escondite, y con nuestras armaduras destrozadas es difícil que podamos hacerle frente- reflexionaba Shiryu en voz alta.
- De todas formas, regresará por las partes que logramos quitarle, dijo que nos mataría, así que estamos contra el tiempo- pensaba Hyoga, como siempre manteniendo la distancia entre ellos, aún no sabía con exactitud en quién confiar, lo habían enviado para matar a los que estaban delante de él, por usar las armaduras en beneficio propio, sin embargo, se había llevado grandes sorpresas durante el Torneo Galáctico, antes de tomar partido por alguien, debía tener claro quién estaba realmente a favor de los ideales por los que peleaban los Caballeros.
- ¡Maldito! ¿Qué rayos le pasó para que cambiara tanto? Ahora es el mismo demonio-
- Seiya ya basta- Shiryu miró en dirección a Shun, y el Pegaso comprendió que no debía seguir con su comentario.
- Lo siento Shun, yo…- trató de disculparse, pero en ese preciso momento la puerta de la sala se abrió dando paso a Saori seguida de Tatsumi.
- Veo que al fin han regresado ¿Dónde está la armadura?- preguntó agresivamente el mayordomo.
- Esto es todo lo que conseguimos- respondió Shiryu indicando el escritorio donde habían dejado las piezas rescatadas, los brazos y piernas de la armadura.
- ¡Inútiles! ¿Cómo se atreven a llegar sólo con cuatro partes? ¡Lárguense y no regresen hasta dar con la armadura completa!- ordenó el calvo con cara de pocos amigos.
- ¡Silencio Tatsumi!, tú no eres quien da las ordenes aquí- se impuso Saori.
- Pero Señorita…- el mayordomo iba a reclamar, sin embargo, no se atrevió a desobedecer a su señora.
- Haber recuperado estas piezas es mejor que tener nada, aún así estoy decepcionada de ustedes, creí que lograrían detener al Fénix y que traerían la armadura de regreso- comentó Saori con seriedad.
-¡Vaya! Ahora resulta que crees en nosotros- dijo con ironía Seiya- ¿Desde cuando que lo haces? ¡Ya sé!, desde que nos tratabas como esclavos cuando éramos niños, de seguro te pareció que era una buena manera de demostrar que creías en nosotros, o tal vez cuando nos obligaste a participar en este absurdo torneo, esa también era una forma de demostrar que nos tienes fe, aunque quizás crees en nosotros por que no tienes opción, después de todo ninguno de tus sirvientes sería capaz de recuperar el juguetito de tu abuelo-
-¡No le faltes el respeto a la Señorita!- Tatsumi intentó agredir a Seiya, pero el chico lo esquivó con facilidad, provocando que cayera.
- ¿Qué vas a hacer al respecto Tatsumi? ¿Vas a golpearme como lo hiciste con Ikki? Ven que no te tengo miedo- dijo con desprecio el joven, Tatsumi recordó la golpiza que le había dado el Caballero del Fénix en el Coliseo, ya no podía gobernar sobre esos mocosos.
- ¿Qué te pasa? ¿Te arrepentiste? Así que prefieres ajustar cuentas con niños pequeños y no con un hombre hecho y derecho ¡eres un miserable!- se burló Seiya, y luego mirando a Saori continuó- no necesito que me digan lo que tengo que hacer, recuperaré las partes que faltan, pero quiero que sepas que no lo hago por ti, por tu abuelo, o por gratitud hacia ustedes, lo hago por que Ikki nos ha amenazado de muerte a todos y no permitiré que se salga con la suya, de todas formas, merecido se lo tienen tu abuelo y tú por habernos arruinado la vida- una sonora bofetada se escuchó en la sala, mientras los ojos de Saori se nublaban, Shiryu, Hyoga y Shun observaban silenciosos la escena.
- No has cambiado ni un poco, sigues pensando que somos tus esclavos- murmuró Seiya con su mejilla adolorida, la chica al escuchar esas mordaces palabras, se sintió ofendida en lo más profundo, no tenía por que soportar las palabras de ese huérfano malagradecido, mucho menos delante de esos otros incompetentes, dando media vuelta se retiró de la habitación seguida de Tatsumi.
- No debiste ser tan cruel con ella- dijo Shun en cuanto la puerta se cerró.
- Se te pasó la mano Seiya- agregó Hyoga rompiendo su mutismo.
- Existen formas y momentos apropiados para decirlo, y este no era el indicado- Shiryu miró de forma reprobatoria al chico.
- ¿Qué les pasa? ¿Acaso no recuerdan todo lo que esa niña mimada nos hizo cuando éramos niños? Nunca olvidaré sus constantes humillaciones, y tú Hyoga, ¿Ya se te olvidó aquella vez que te hizo comer jabón por que no podías pronunciar bien el japonés creyéndose nuestra maestra?, Shiryu, a su malvado perro Akita le encantaba comerse tus zapatos y destrozar tus pantalones mientras ella se reía divertidísima, y Shun, si no es por Ikki, esa niñita te hubiera obligado a vestirte como mujer todos los días para jugar a la ceremonia del té contigo.
- Si lo recuerdo, y también que siempre me decía que si no le hacía caso, hablaría con su abuelo para separarme de Ikki, pero Seiya, aunque haya sido una niña muy cruel, es un ser humano con virtudes y defectos, y en este momento todo parece estar en su contra, no se si se lo merece o no, no soy quien para juzgarla, pero debemos estar todos unidos y no perder nuestro tiempo en peleas absurdas, sólo así lograremos superar todo lo que ha pasado.
- ¿Cómo puedes pensar así? Si ella y su abuelo no hubieran enviado a Ikki a la Isla de la reina Muerte, nada de esto habría pasado- insistió Seiya.
- En eso tienes razón, Ikki no tenía nada que hacer en ese lugar, desde el principio me correspondía a mi ir por la armadura del Fénix- Shun habló con tanta aflicción, que Seiya no tuvo más remedio que pedirle una disculpa, el clima estaba bastante tenso, no servía de nada ponerse a discutir.
Por consejo de Shiryu, los cuatro salieron de la mansión, el chico se despidió prometiendo conseguir que repararan las armaduras del Dragón y de Pegaso, Shun le dijo a Seiya que tenía una cosa importante que hacer y se marchó. Mientras que este último, en vista que Hyoga había desaparecido, entró nuevamente a la residencia sin ningún ánimo, pero alguien debía quedarse en caso de que Ikki regresara por las piezas de la armadura que le habían arrebatado
Cansado y aburrido, el Caballero de Pegaso se tendió sobre el césped de uno de los jardines de la mansión, desde donde observaba como pasaban las nubes, pensaba en lo odiosa que era Saori, la única razón por la que tenía trato con ella era para poder encontrar a su hermana, de otro modo, se habría largado de la Fundación Graude desde el día que había regresado de Grecia, no le agradaba recibir órdenes de nadie, y mucho menos de esa "niña malcriada".
- ¡Seiya!- una voz interrumpió su meditación, el chico levantó su cabeza para ver de quien se trataba.
- ¡Miho! ¿Qué haces aquí, no deberías estar trabajando?- preguntó algo sorprendido.
- Quería saber si estabas bien, y pedí permiso para hacer algunas compras del orfanato- contestó la chica sentándose junto a Seiya.
- ¿Y cómo entraste a la mansión?- esto último inquietaba al chico ya que Miho estaba demasiado grande para meterse dentro del contenedor de basura y pasar inadvertida por los guardias de la entrada, como solía hacer cuando era pequeña.
- No tuve que hacer demasiado, cuando llegué había mucha gente de la prensa y el mayordomo de la señorita Kido les hizo entrar a la mansión, aproveche ese momento para ingresar- sonrió Miho.
- No me menciones a esa niña mimada- dijo Seiya con molestia.
- ¿Por qué? ¿Te hizo algo?- preguntó la chica con preocupación.
- Lo que sucede es que ella y su idiota mayordomo todavía creen que somos sus esclavos y que pueden darnos órdenes como se les antoje- se quejaba el chico.
- Entiendo como te sientes Seiya, pero tal vez la señorita Kido está muy alterada por el robo de la armadura.
- Lo dudo, siempre ha creído que es nuestra dueña y nosotros sus mascotas, pero si piensa que puede mandarme está muy equivocada.
- No deberías actuar así, a Seika no le gustaría, además la señorita Kido prometió ayudarte a encontrarla- le recordó Miho.
- ¿De cuando que la tratas con tanto respeto? Veo que ya se te olvidó cuando te descubrió en la mansión y le ordenó a su perro que te mordiera- dijo Seiya molesto.
- Seiya, has estado seis años fuera de Japón, ¿No has pensado que las personas pueden cambiar?- intentó persuadir la chica al Pegaso de la opinión que este tenía sobre Saori.
- Ella no, sigue igual- el chico se tendió nuevamente sobre el césped.
- Yo creo que estás equivocado, desde que murió el señor Kido, ella ha tenido que hacerse cargo de la Fundación, varias veces la vi en el orfanato y en una ocasión, incluso me pidió disculpas por lo del perro, ya no tiene siete años y ha tenido que madurar antes de tiempo, si eso no es cambiar, entonces no se que más puede ser- comentó Miho.
- ¿De verdad hizo eso?- Seiya miraba con incredulidad a su amiga.
- Sí, así es, por eso deberías tener un poco de paciencia con ella, trata de ser aunque sea un poco más amable, después de todo también pagó los gastos del hospital, y pidió permiso al director del orfanato para que me dejara ir a cuidarte.
- Lo del hospital lo imaginaba, me hirieron en su torneo, pero lo de conseguir permiso para que me cuidaras, me tiene sin palabras- Seiya estaba sorprendido por la acción de Saori, cuando eran niños, la chica parecía odiar a Miho, y siempre que la sorprendía intentando ver al pequeño, se las arreglaba para sacarla de la mansión- eso amerita darle las gracias de alguna manera ¿pero cómo?- pensó Seiya en voz alta.
- Si la ayudas a encontrar la armadura dorada, estoy segura que quedarás a mano con ella- dijo Miho optimista.
- Sí Miho, pero no es tan fácil, no hay ninguna pista que nos pueda ayudar a dar con el paradero de Ikki.
- Seiya, tu nunca te das por vencido, sé que lograras encontrar alguna cosa- sonrió la chica.
- No quedó ningún rastro, ni de su cosmos, o huellas… Miho…- de repente el chico pareció recordar algo.
- ¿Qué pasa Seiya?- la muchacha miró con extrañeza la reacción de su amigo.
- ¿Cómo el perro de Saori podía encontrarte cada vez que venías a la mansión?
- No lo sé, tal vez por que percibía que tenía miedo, quizás por mi olor- respondió reflexiva Miho.
- ¡Eso es! ¡El olor! Ikki para robar la armadura tuvo que haber tocado la caja, si consigo un perro lo suficientemente entrenado, podría dar con Ikki por su olor- Seiya se puso inmediatamente de pie.
- Pero ¿Cómo conseguirás un perro Seiya?- a Miho le parecía una idea un tanto extraña, pero estaba acostumbrada a que de Seiya se podía esperar cualquier cosa.
- La policía debe tener muchos, pediré uno a nombre de la Fundación Graude y tal vez podamos encontrar algo- el chico iba a retirarse, pero su amiga lo detuvo.
- Espera, ¿No crees que deberías consultarlo con la señorita Kido? – aconsejó.
- No hay tiempo para eso, cuanto antes llegue ese perro, mucho mejor, gracias Miho- y dándole un fugaz abrazo, Seiya se fue corriendo a la mansión para llamar por teléfono a la policía.
- Buena suerte Seiya- dijo la chica en voz baja, mientras el muchacho se alejaba.
Hyoga había observado a la distancia cómo Shiryu se marchaba con las armaduras del Dragón y de Pegaso, y apenas Seiya entró a la mansión, se decidió a seguir al Caballero de Andrómeda.
El Caballero del Cisne tenía fuertes razones para seguir a Shun, su naturaleza era bastante desconfiada, y no estaba tan seguro de que el Caballero del Fénix actuara por cuenta propia junto a los Caballeros Negros, sospechaba que tal vez el Santo de Andrómeda era su cómplice, y que tras la imagen de niño bueno, nadie pensaría que él tenía algo que ver con el robo de la armadura, después de todo los lazos de sangre podían llegar a ser muy fuertes, y Shun e Ikki no debían ser la excepción, de todas formas debía salir de la duda.
Siguió al chico, hasta un frondoso bosque en las cercanías de la mansión.
- ¿Qué vino a hacer a este lugar? Quizás sea su punto de encuentro con Ikki- pensó, en ese momento se percató de un enorme árbol que tenía en su corteza una multitud de marcas de puñetazos, por el tamaño de estos, Hyoga dedujo que pertenecían a los puños de un niño, pero ¿Qué tenía que ver ese árbol con Shun e Ikki?, siguió observando con sigilo, esperando que el Caballero del Fénix apareciera, pero nada de eso sucedió, el Caballero de Andrómeda miraba las marcas como si recordara alguna cosa, se vislumbraba en él una expresión bastante nostálgica.
- Creo que me equivoqué-pensó el Caballero del Cisne, iba a marcharse dejando a Shun sumido en sus recuerdos, cuando se dio cuenta de la presencia de otra persona en ese lugar, al voltear vió a un sujeto que llevaba una armadura exactamente igual a la de él, con la sola diferencia de que era de color negro, cruzó un par de palabras con Shun y luego comenzó a atacarlo sin piedad.
El Caballero de Andrómeda no estaba en condiciones de sostener ninguna pelea en ese momento, estaba completamente agotado, se había enfrentado con Jabu el día anterior, luego fue atacado por su hermano, después tuvo que ir tras la armadura, no había dormido, tampoco había comido cosa alguna, a eso se le sumaba el estado de aflicción en que se encontraba por lo sucedido con Ikki, el desgaste emocional le estaba jugando en contra, por eso para el Cisne Negro fue tan fácil congelar la cadena de Andrómeda, estaba más que claro que si el Caballero no estaba bien, la armadura no obedecería, eso podía costarle la vida.
En vista de que no era un traidor y que estaba en peligro, Hyoga decidió intervenir, así fue como terminó enfrentándose al Cisne Negro, de paso comprobando una parte de su poder, en medio de la batalla apareció Seiya con el perro que había pedido a la policía, y después el combate se vió interrumpido por la aparición de los otros tres Caballeros Negros, los cuales se retiraron tan misteriosamente como habían aparecido.
No cabía la menor duda de que Ikki era muy peligroso, al igual que esos extraños caballeros que estaban bajo sus órdenes. Hyoga finalmente se convenció de que su lugar era estar junto a Seiya, Shiryu y Shun, y hacer lo posible por reestablecer la paz.
Shunrei esperaba impaciente el regreso de Shiryu en una habitación de estilo japonés, sentada de rodillas junto a una mesa, la esposa del dueño de la hostería donde se encontraba, le había llevado un poco de té, ya que la chica se veía muy pálida y afligida, se lamentaba haber permitido que el Caballero del Dragón partiera sin su armadura tras los Caballeros Negros, pero después de su último combate había quedado severamente dañada y, como alguna vez le había dicho el anciano maestro Dohko , el deber de un Santo de Atenea iba más allá que la propia vida.
- Casi mueres hace poco más de dos días- pensaba, recordando la increíble pelea contra el Caballero de Pegaso. En ese momento la corredera que separaba la habitación de Shunrei con el pasillo principal se abrió, dando paso a un fatigado Shiryu.
- ¡Shiryu!- la chica se puso de pie para ir al encuentro del muchacho.
- Estoy bien Shunrei, no te preocupes- dijo quitándose las cajas de las armaduras del Dragón y de Pegaso.
- Estaba preocupada por ti, te ves agotado ¿Quieres un poco de té?-
En un principio, Shiryu iba a decir que no, pero al ver los ojos llenos de preocupación de Shunrei, aceptó de inmediato. El era conciente de que la chica no lo había pasado muy bien desde que había llegado a Japón, el anciano maestro estaba gravemente enfermo, luego él casi muere en el torneo galáctico y después se roban la armadura dorada, podía ver que Shunrei no había descansado como le había prometido, ya que el futon de la habitación estaba intacto, de nada había servido recomendarle que lo esperara en ese lugar, en vez de la Fundación Graude, donde podía correr peligro, por otro lado sentía que debía salir cuanto antes rumbo a China para visitar a su maestro, y luego partir tras aquella persona que podría reparar las armaduras.
- Ahora que han robado la armadura, no regresaras a Rozan ¿Verdad?- preguntó Shunrei con timidez mientras servía el té para Shiryu.
- De eso quería hablarte, debemos viajar en seguida para ver al maestro- contestó el chico.
- Pero no has descansado ni un poco desde que saliste del hospital, por lo menos duerme unos minutos- insistió Shunrei.
- No hay tiempo para eso, después de ver al maestro debo partir a Jamir a buscar a aquel sujeto que puede reparar las armaduras del Dragón y de Pegaso- Shiryu se puso rápidamente de pie tras beber de un sólo sorbo el té.
- Entonces nuevamente te marcharás- dijo la chica apesadumbrada, el joven Dragón no quería verla deprimida, pero no podía renunciar a su deber de Santo de Atenea, con Ikki y los Caballeros Negros en libertad, la paz y la justicia se veían seriamente amenazadas, y él cómo Caballero no podía permitir que eso sucediera, aunque Shunrei fuera muy importante en su vida, debía velar por todos, y no por una sola persona.
- Cuando los problemas terminen, regresaré- dijo finalmente para no preocuparla más.
- ¿Lo prometes?- preguntó ella afligida.
- Claro, lo prometo, ahora debemos partir, podemos dormir un poco durante el viaje- Shiryu tomó nuevamente las cajas que contenían las armaduras, mientras Shunrei iba por sus cosas, y juntos, una vez pagada la cuenta de la hostería, salieron rumbo a China.
Distintos pensamientos se apoderaban de la mente de cada uno, por un lado Shiryu tenía el tiempo en su contra, debía cuanto antes conseguir que repararan las armaduras, y así poder atrapar a Ikki, además deseaba con todas sus fuerzas, que su maestro no muriera, por lo menos hasta que él llegara para poder despedirse.
En cambio Shunrei, se sentía inquieta, primero por que le había mentido a Shiryu con respecto al maestro, el no se encontraba enfermo, hubiera querido decirle la verdad al chico, pero debía hacer caso a lo que el anciano le había ordenado, por otro lado tenía el presentimiento de que todo aquello era el comienzo de algo mucho más grande, y que vería muchas veces más a Shiryu correr tras su deber de Caballero. Instintivamente tomó la mano del muchacho, este no dijo cosa alguna, pero la mano de Shunrei entrelazada a la de él, producía una agradable sensación.
Continuaron caminando en silencio, procurando guardar cada detalle de ese momento, tiempos difíciles e inciertos se venían sobre ellos, la calidez de sus manos era lo único que en ese instante podían compartir.
Las horas se habían pasado volando, y entre tantos conflictos, nadie se percató de que había que comer, cuando el estómago de Seiya comenzó a gruñir descaradamente, Hyoga y Shun se dieron cuenta de que no habían probado bocado desde el día anterior.
El Caballero de Pegaso se marchó a ver a Miho al orfanato, ya que no estaba de ánimos para toparse con Saori, mientras tanto el Cisne y Andrómeda se quedaron vigilando en la mansión.
- Sólo quedamos nosotros ¿Tienes hambre?- preguntó Hyoga a Shun.
- La verdad, no mucha- contestó el chico.
- ¿En serio? Bueno, yo si tengo, iré a la cocina a ver que hay ¿me acompañas?- Hyoga después de ver que el Caballero de Andrómeda no era un traidor, se sentía algo culpable de haber sospechado de él.
- Claro- aceptó Shun, no muy animado.
El Caballero del Cisne, siempre, desde muy pequeño, tuvo una actitud distante hacia el resto de sus compañeros en la mansión Kido, ello principalmente por el hecho de que sabía que todos eran hijos de Mitsumasa, al igual que él. El pequeño ruso en ese entonces no estaba dispuesto a aceptar que ese hombre tan frío fuera su padre, y mucho menos que todos esos otros niños fueran sus medio hermanos. Por otro lado su condición de extranjero acentuaba más las hostilidades con los otros niños, y en particular el hecho de que fuera ruso, ya que el nacionalismo surgido a raíz de la Guerra Ruso-Japonesa hacía muchísimos años, aún era evidente, sobre todo en los más pequeños, ya que como en toda guerra, permanecía en sus mentes la idea heredada de sus padres y profesores, de que los japoneses eran lo héroes y los rusos los villanos. Pero Shun era distinto, para el pequeño peliverde, Hyoga era un niño como todos los demás, sólo que no hablaba bien el japonés y se confundía al leer kanji, por eso pese a que el rubio trataba de mantenerse alejado del resto, Shun siempre intentaba ser amable con él, sin ningún resultado, pero Hyoga, jamás olvidó el gesto amable del niño, y por eso sentía que debía devolverle la mano, aunque sólo fuera tratando de subirle el ánimo.
En cuanto entraron a la amplia cocina de la mansión, Hyoga se dirigió directamente al refrigerador para ver que había.
- ¿No crees que es un poco maleducado hurgar en el refrigerador de Saori sin su permiso?- le reprochó Shun.
- No creo que lo note, además en su papel de niña buena me dijo que considerara que "estoy en mi casa"- respondió el rubio despreocupadamente.
- ¡Mira esto! ¡Onigiri! En Siberia las extrañé- Hyoga sacó varias y las puso en un plato- ahora algo de beber, a ver que tenemos aquí, jugo de piña, con esto bastará.
El chico sacó dos vasos y sirvió jugo para Shun y para él, luego tomó asiento y comenzó a devorar las onigiri.
- Están buenas, la anciana Sora sigue cocinando de maravilla ¿Seguro que no quieres?- Shun se tentó con la comida, la de Isla Andrómeda no era mala, pero extrañaba los platillos de su país, y al regresar la anciana cocinera de la mansión sólo preparaba comida europea a pedido de Saori.
- Tomaré una, pero sólo para probar- dijo con algo de timidez, se sentía como delincuente sacando comida sin la autorización de la dueña de la mansión, pero al probar la primera onigiri no pudo dejar de sacar otra y otra- tienes razón, están muy buenas.
- Te lo dije, por cierto, me sorprendió ver que defendieras a Saori delante de Seiya en la mañana, lo que él dijo no distaba mucho de la realidad- comentó el chico rubio.
- Lo sé, pero por mucha verdad que haya en sus palabras, Seiya nunca mide lo que dice y dada la delicadeza de la situación su comentario estaba de sobra- respondió Shun bebiendo un poco de jugo.
- De todas maneras me sorprende el cambio de actitud de Saori, cuando regresé de Siberia se portó muy amable, aunque me di cuenta que fingía, pero ahora se ve destrozada, y su juego de "niñita correcta" se acabó- reflexionó Hyoga.
- Es verdad, pero no creo que la Saori que hemos visto hasta ahora sea la verdadera, ¿No te ha pasado que delante de ella te sientes extraño? Como si ella fuera muy importante- Shun recordaba la extraña mirada que a veces solía aparecer en el rostro de la chica.
- Ahora que lo dices, sí, he tenido esa sensación, pero debe ser por eso de que es la nieta de…- por un instante Hyoga iba a referirse a Mitsumasa Kido como su padre, pero alcanzó a reaccionar a tiempo, no era el momento adecuado para que Shun y los demás se enteraran de eso, los ánimos no estaban para más sorpresas- el hombre que nos adoptó.
El ruso se comió la última onigiri que quedaba en el plato.
- Oye, no te has quitado esa armadura desde ayer, creo que deberías ir a descansar y curar la herida en tu hombro- aconsejó el rubio.
- Es cierto, con todo lo que ha pasado lo había olvidado- Shun se puso de pie para ir a su habitación, al llegar a la puerta de la cocina escuchó la voz de Hyoga.
- Oye Shun, no debes culparte por lo de Ikki, cada uno sigue su propio camino y esto es lo que Ikki ha elegido, lo demás sólo son excusas- el peliverde miró con tristeza al ruso, le costaba creer que su hermano hubiera tomado un mal camino por que así lo deseaba, sin responder se marchó de la cocina.
Subir cada peldaño de la enorme escalera de la mansión, se volvió un suplicio interminable para Shun, parecía que por más que avanzaba, no lograba llegar al tercer piso, donde se encontraba la habitación que Saori había destinado para él.
Estaba cansado, su hombro le dolía, pero no más que su corazón.
- ¿Qué fue lo que te pasó hermano? ¿Por qué cambiaste tanto?- se preguntaba una y mil veces, sin encontrar respuesta – De haber sabido que esto pasaría, nunca habría aceptado que partieras a la Isla de la Reina Muerte en mi lugar, todo esto es por mi culpa ¿Qué debo hacer para que vuelvas a ser el de antes?.
Por fin había logrado llegar al segundo piso, antes de continuar subiendo, se topó con una puerta de corredera, la única en toda la mansión, Shun sin pensarlo mucho la abrió, y encontró una amplia sala, cuyo piso estaba cubierto por tatami, además había distintos tipos de armas, todas propias de un samurai, pero lo que captó la atención del Santo de Andrómeda fue una armadura que estaba acomodada en una esquina y un altar en donde descansaba una vieja Katana, él recordaba ese lugar, hace muchos años, Tatsumi, entrenándolos para que aprendieran kendo, obligó a Ikki y a Shun a que limpiaran el salón al finalizar la clase…
- El señor Tatsumi es muy malo- se lamentaba un pequeño Shun fregando de punta a cabo el piso del salón.
- Hermano, somos huérfanos, ninguna persona será amable ni nos tratará bien, debemos valernos por nosotros mismos- respondió Ikki mientras ordenaba las armas que habían ocupado en el entrenamiento.
- ¿Por qué?- preguntó el pequeño.
- Por que no tenemos padres ni un hogar donde vivir, es como si nos hubieran rechazado por algo que hicimos, nadie nos ayuda de verdad, sólo nos dan caridad, pero Shun no es bueno vivir de esta manera- explicó el hermano mayor.
- Entonces ¿Es malo que el señor Kido nos haya adoptado?- Shun se preguntaba cómo eso podía ser malo, al menos tenía un techo, comida y a su hermano.
- No es totalmente malo, pero no podemos depender de ese señor toda la vida, los hombres debemos vivir con honor- dijo con seriedad Ikki.
- ¿Honor?- esa palabra a pesar de ser tan corta, sonaba importante y cargada de una gran responsabilidad, así lo sintió Shun en aquel momento, aunque ignoraba lo que significaba- Y ¿eso qué es?
- Honor, bueno, honor es…- Ikki trataba de encontrar la forma correcta de explicarle a su hermanito lo que esa palabra quería decir, pero su cerebro parecía estar completamente en blanco, mientras Shun lo miraba impaciente esperando una respuesta, fue en ese momento cuando el peliazul fijó sus ojos en la armadura de samurai que se encontraba en una esquina del salón- ¿Ves esa armadura de samurai?
- Todos los días, pero ¿Qué tiene que ver la armadura con esa palabra?- el pequeño no podía encontrar la relación entre ambas cosas.
- Para los samurai, el vivir con honor y pelear por él era algo muy importante, cuando perdían un combate, cuando eran ofendidos por otros o cuando no eran capaces de valerse por sí mismos perdían su honor- Shun se había acercado a Ikki quién estaba frente a la armadura, este último miró fijamente al pequeño- Hermano, cuando dejas que los otros niños se burlen de ti, o cuando dependes en exceso de otras personas, al igual que un samurai, pierdes tu honor. Honor es vivir sin que nadie te pase a llevar, pero tú tampoco debes ofender a los demás, debes tener una vida recta de la cual no te avergüences, eso es lo único que nos queda a los huérfanos, somos como un samurai, peleando cada día por sobrevivir en este mundo que nos ha dado la espalda, cada día debemos pelear por nuestro honor.
Las palabras de su hermano mayor sonaban tan bonitas, llenas de fuerza y ánimo, cómo si tuvieran un enorme poder escondido, Shun hubiera deseado ser en ese momento un samurai, y luchar codo a codo junto con Ikki para poder sobrevivir con eso llamado honor.
- Ikki, y ¿Qué pasaba cuando un samurai perdía su honor?- preguntó con curiosidad el pequeño.
- Debía recuperarlo- contestó Ikki observando intrigado el kabuto de la armadura.
- Y eso ¿Cómo se hacía?- el pequeño necesitaba saberlo, en caso que llegara a perder su honor, debía saber como recuperarlo, así su hermano no se avergonzaría de él.
- Seppuku- respondió el peliazul sombriamente…
- Seppuku, es decir, suicidio- Shun se acercó cuidadosamente al altar, tomó la Katana por su saya y la desenvainó, observó el arma por unos segundos con nerviosismo, había un completo ritual para cometer seppuku, pero él no recordaba cómo hacerlo en esos momentos, el filo reflejaba su pálido y cansado rostro, ¿Acaso ese era su destino? ¿Morir para expiar las culpas de él y de Ikki? Sin embargo, eso no era garantía alguna de que su hermano regresara al buen camino, envainó la Katana y la puso de vuelta sobre el altar- ¿Cambiaste por que perdiste tu honor hermano? O quizás, el que lo perdió fui yo, por permitir que tú cumplieras con mi destino, tal vez si tú pudieras tomar mi vida, el honor de los dos quedaría reestablecido, y serías nuevamente el buen hermano que yo conocí.
En ese momento, las melancólicas notas de un piano comenzaron a resonar por toda la mansión, Shun abandonó el salón de la armadura, y atraído por la melodía, caminó por el extenso pasillo del segundo piso, hasta llegar a una sala cuya puerta estaba entreabierta.
La sonata Claro de Luna de Beethoven sonaba con profunda tristeza, Saori confusa por el robo de la armadura, enfadada por el grosero comportamiento de Seiya, y dolida por las horribles cosas que escribía la prensa sobre la Fundación Graude, se había retirado a su habitación a descansar por unos minutos, pidiéndole a Tatsumi que no la molestara, cuando al fin se encontró sola, se dio cuenta que era imposible para ella en ese momento tomar un respiro, y finalmente se dirigió al salón donde se encontraba el piano, en donde muchas veces había compartido momentos agradables con su abuelo.
Para despejar su mente, decidió tocar la primera pieza que viniera a su cabeza, fue así que la famosa melodía emergió de sus delicados dedos, la música siempre tuvo un efecto tranquilizador en ella cuando estaba triste, y su abuelo trataba siempre de dedicar algo de su tiempo para escuchar a la chica interpretando diversas piezas musicales.
Tan absorta se encontraba, dejándose llevar por Beethoven, permitiendo que aquellos pensamientos que la atormentaban, se marcharan junto con el sonido de las notas, que no se dio cuenta cuando el Santo de Andrómeda entró en la habitación.
Shun observó a Saori, mientras esta continuaba tocando el piano. La visión de la chica inclinada sobre aquel instrumento, con expresión serena y solemne, le pareció bella, totalmente distinta a la egocéntrica, despótica y desdeñosa Saori de siempre.
- ¿Será esta la verdadera Saori?- se preguntó mientras la miraba, y nuevamente volvió a sentir que la chica frente a él era muy importante, y que por alguna extraña razón debía protegerla de algo o de alguien. La música había terminado, y Saori, con sorpresa, se dio cuenta que no estaba sola en el salón, e inmediatamente se puso a la defensiva.
- ¿Qué haces aquí?- dijo con hostilidad, el drástico cambio de actitud desconcertó a Shun por completo, razón por la cual no pudo responder a la pregunta que le hizo Saori.
- ¿Vienes a insultarme al igual que Seiya? ¿O vienes a reírte por que tú hermano robó la armadura dorada?- preguntó la chica disimulando la amargura dentro de ella.
- No, yo, sólo, escuché que tocaban el piano y vine a ver quien era- el chico no hallaba qué contestar, Saori se veía demasiado alterada.
- Entonces ya no tienes nada más que hacer aquí, puedes retirarte- inmediatamente se puso de pie, en señal de que saldría de la habitación.
- Saori, espera- Shun la detuvo, desde que la vio tocando el piano, sentía que debía pedir una disculpa, sin darle tiempo de decir alguna cosa, se arrodilló delante de ella, apoyando su frente sobre el frío piso del salón.
- Perdón Saori, mi hermano al robar la armadura del señor Kido, ha deshonrado a tu familia y a la mía, mi honor ha sido manchado, sólo tú puedes decirme qué debo hacer para recuperarlo- esto último salió sin siquiera haberlo pensado, Shun se preguntaba por qué lo había dicho, pero ya era tarde, no podía retractarse. Saori por otro lado estaba sorprendida por la actitud del joven, no esperaba que uno de los huérfanos que había adoptado su abuelo supiera en lo más mínimo lo que significaba el honor, mucho menos el hermano del delincuente que se había llevado la armadura, ¿Qué debía hacer en esa situación? Un líder yakuza le habría pedido que se cortara un dedo de la mano, pero ella no era un yakuza, pedirle el suicidio le parecía una estupidez, además el chico le servía más vivo que muerto, mientras buscaba una respuesta, sintió que algo se apoderaba de su ser, su mirada cambió totalmente y las palabras comenzaron a fluir por sí solas.
- Levántate Caballero de Andrómeda, sólo existe una forma de limpiar tu honor, y esa es que traigas la armadura dorada de regreso, pero también debes saber que no eres tú quien debe pagar por los errores del Caballero del Fénix, él ha elegido su propio camino y sólo él puede enmendarlo-
Por extraño que pareciera, las palabras de Saori resultaron ser reconfortantes para Shun, y como si de una orden se tratase, el chico se puso de pie.
- Gracias Saori- respondió, y luego se retiró del salón.
La chica lo vio marcharse, una vez que lo hubo perdido de vista, caminó por el pasillo y entró en el salón de la armadura, sacó la Katana del altar y se la llevó a su habitación.
Una vez en ella, la chica se sentó sobre su cama, observó con detalle el decorado de la saya de la Katana, dorados crisantemos se vislumbraban en la madera de magnolio lacado, las palabras de su abuelo acudieron a su mente en aquel momento.
"Esta armadura del período Edo, fue un regalo del Emperador Tokugawa a la familia Kido, por ello la saya de la Katana lleva tallado los crisantemos, símbolo del Emperador. El Crisantemo, Saori, representa la sabiduría, es esta virtud la que debe acompañarte durante toda tu vida, con sabiduría no hay problema que no puedas resolver, por terrible que este sea, recuérdalo siempre, por que llegará un día en que necesitarás de ella, más que de cualquier otra cualidad, sin embargo, si te sientes perdida, déjate guiar por las estrellas, ellas siempre te indicarán el camino y las respuestas que debes seguir".
- ¿Crisantemos?, ¿Sabiduría?, ¿Estrellas? Nada de eso tiene que ver conmigo, Shun ha dicho que ha perdido su honor, pero no más que yo, prometí en tu lecho de muerte, que cumpliría con tu voluntad abuelo, y seguí tus instrucciones al pie de la letra, para que desde donde estuvieras, te sintieses orgulloso de mi, pero todo ha fracasado, se han robado tu armadura, y no pude cumplir con tu último deseo ¿Qué debo hacer ahora?, ¿Cómo la sabiduría y las estrellas pueden ayudarme? Si tan sólo pudiera volver a escuchar por una vez más tus consejos, tal vez encontraría la forma de recuperar mi honor ante ti- Saori lloró amargamente, se recostó sobre su cama abrazada a la Katana, deseaba con todas sus fuerzas ver a Mitsumasa, él siempre tenía las palabras adecuadas para guiarla, como también una cálida sonrisa que le hacía sentir que no estaba sola.
- Abuelo, te necesito- dijo entre lágrimas, fue entonces que recordó el planetario en la azotea de la mansión, cuando empezó a organizar el Torneo Galáctico, había dejado de visitarlo ya que no le alcanzaba el tiempo, ese era uno de los lugares que más disfrutaba junto a su abuelo, oyéndolo hablar de las constelaciones y de mitología, si había un lugar donde el espíritu de su abuelo podía acudir en su ayuda, de seguro sería ese. Inmediatamente se puso de pie, y se dirigió raudamente a aquel lugar.
Había escuchado alguna vez, que "la ducha era el lavadero del alma", pero en ese momento, después de tomar un baño, su mente había salido más confundida aún.
- Hyoga y Saori dicen que Ikki es el responsable de sus propias acciones, pero en ese caso, yo también soy responsable de las mías, y una persona, mi propio hermano ha tomado el camino del mal, cuando en el fondo, ese debió ser mi destino, eso me convierte en culpable ¿Qué debo hacer?- reflexionaba Shun mientras se ponía ropa interior, siguiendo el consejo del Cisne, procedió a curar las heridas que le habían hecho Ikki y el Cisne Negro.
- Era menos difícil hacer esto cuando estaba con June- pensaba mientras vendaba su hombro, luego terminó de vestirse, pronto llegaría la hora de la cena, aunque no tenía ánimos de bajar a la cocina.
Se acomodó frente a un pequeño escritorio junto a su cama, y tomando una hoja en blanco comenzó a escribir lo que parecía ser una carta, pero pasados algunos minutos arrugó el papel y lo arrojó a un papelero. Cogió otra hoja e intentó escribir nuevamente, sin embargo, volvió a tirar a la basura lo que había avanzado, trató tres veces más, pero el destino de aquellas palabras siempre fue el basurero.
- No puedo contarle esto, de seguro se preocupará y quizás intente venir hasta Japón, no puedo interrumpir el entrenamiento de June- en un principio, Shun creía que si le escribía a la amazona, mientras le explicaba lo sucedido, podría él mismo desahogarse de todo lo que estaba ocurriendo, pero a medida que avanzaba en su carta, se daba cuenta que no podía molestarla para contar solamente tragedias, ya bastantes problemas tenía la chica con su entrenamiento para convertirse en Caballero, lo de Ikki tenía que resolverlo él mismo sin involucrar a nadie, menos a su querida amiga.
- ¿Qué me dirías si estuvieras aquí June?- se preguntó el Santo de Andrómeda, y, casi por arte de magia, un recuerdo reciente llegó a su mente…
La tenía frente a él, con la eterna pálida máscara que le impedía ver su rostro, tenía tanto que decirle en aquel momento, agradecerle su amistad y preocupación durante aquellos seis años. Las despedidas no eran fáciles, pero formaban parte de la vida, y él lo tenía más que asumido, sin embargo, le costaba articular las palabras que quería expresar.
- El capitán Mizuno dijo que te llevaría si trabajas como uno más de sus hombres- escuchó decir a la chica.
- Sí- contestó él- June, ojala puedas convertirte en Caballero pronto.
- Gracias- fue la única palabra que salió de ella, Shun se sentía como un tonto, quería despedirse de otra manera, no decir esas palabras tan formales. Pero el Otohime-maru zarparía pronto a Japón, sólo estaban esperando a que él subiera.
- Debo irme, adiós- sonrió gentilmente, y luego comenzó a subir por la estrecha escalera del barco, fue entonces cuando escuchó la voz de June llamándolo.
- ¡Shun! ¡Si algo sale mal en Japón, si tu hermano no ha sobrevivido, debes seguir luchando por ti mismo! ¡Debes seguir tu propio camino! ¡Y recuerda que siempre habrá un lugar para ti en esta isla! ¡Sayonara!.
Sayonara, había dicho sayonara, esa palabra significaba adiós, un adiós definitivo, él mismo se la había enseñado, pero, ¿de verdad era un adiós para siempre?
- ¡No digas eso June! volveremos a vernos, no vuelvas a decirme Sayonara- gritó.
- ¿Entonces qué debo decir?- preguntó la chica desde el muelle.
-¡Iterashai!, ¡significa ve con cuidado o regresa pronto! Pero debes esperar a que te diga Itekimasu que significa ya me voy!- ambos guardaron silencio por unos segundos, esa era la última lección de japonés para June, mientras el Otohime-maru se movía lentamente, desacoplándose del muelle.
- ¡June-san! ¡Itekimasu!- se despidió finalmente Shun, dedicándole una gran sonrisa, la chica se inclinó como tantas veces la había explicado el Caballero de Andrómeda que eran los formalismos en su país.
- ¡Iterashai!- fue lo último que escuchó de ella, y quedó grabado en sus oídos mientras la isla desaparecía de su vista…
- Debo luchar por mi mismo, encontrar mi propio camino- Shun se puso de pie, y caminó en dirección a la ventana de la habitación- Tienes razón June, pero ¿Cómo puedo encontrar ese camino si me siento perdido?
El atardecer que le ofrecía gentilmente la vista desde su ventana, le recordaba Isla Andrómeda, las tonalidades eran similares, pero en ese preciso momento, debía ser cerca de las dos de la tarde en aquel lugar, el maestro Albiore debía estar reposando el almuerzo junto con sus compañeros, mientras que las amazonas debían estar haciendo lo mismo en su cabaña, refugiándose del inclemente sol que se erguía sobre la isla, con toda seguridad, el Santo de Cefeo debía estar contando alguna anécdota que pudiera servirles como consejo en el futuro, cuando todos se hayan convertido en Caballeros.
Shun recordó cuanto le gustaba esa hora del día, el momento en que los golpes se detenían, dando paso a un momento de paz, las rivalidades mágicamente se olvidaban, y todos los chicos, en silencio, disfrutaban de la comida y de las enseñanzas de su maestro, todos callados con la boca llena, y los ojos muy abiertos, pendientes de Albiore, incluso Mateo quien rara vez se quedaba callado, incluso durante los entrenamientos, ponía total atención…
"Cuando era niño, y vivía en La Rioja, en Argentina, me enfadé con mi madre por que preparó una comida que no me gustaba, como no quería comer, ella me castigó, y aprovechando la hora de la siesta decidí huir de casa. Sin que lo notaran, saqué un poco de pan y llene una cantimplora con agua, y salí lejos de mi hogar por primera vez, camine mucho, y así se me hizo de noche, luego, al tratar de regresar, me di cuenta que me había perdido, donde quiera que miraba estaba completamente oscuro, y sólo tropezaba con los viñedos que tenía alrededor".
"Estaba sólo en mitad del campo y no sabía como volver a mi casa, para colmo el frío de la pampa por la noche, se estaba haciendo notar, me dio mucho miedo, no había luna que me iluminara, y escuchaba aullidos de los perros de otros campesinos de los alrededores, podía haber alguna fiera cerca, o dar con alguna quebrada y caer, no sabía que hacer, y distintos pensamientos trágicos se apoderaron de mi mente".
"Finalmente me senté en el mismo lugar donde estaba, respiré profundamente para calmarme y traté de recordar cómo había llegado hasta ahí, los ruidos de los animales me asustaban así que intenté concentrarme, y aunque no recordé el camino de regreso, en medio de mi calma logré escuchar los gritos de mi padre llamándome, en un principio creí que podía ser un fantasma, pero poco a poco reconocí su voz, rápidamente me puse de pie y grité con todas mis fuerzas que viniera a buscarme, hasta que apareció montado a caballo, iluminado con una lámpara a nafta, me tomó en sus brazos y me llevó a casa, al día siguiente me regañaron y tuve que ayudar a limpiar el potrero por una semana, pero de eso aprendí dos cosas, la primera fue que debía siempre obedecer a mi madre y así no tendría problemas, la segunda, y creo que es la que puede serles de utilidad algún día, es que si llegan a sentir que están perdidos y no saben como seguir adelante, y encontrar el camino, respiren, cálmense y concéntrense, así la mente se abrirá para poder escuchar las respuestas que les ayudarán a salir del problema"…
Shun cerró sus ojos y respiró el aire del atardecer, recordando las palabras de su maestro.
- Sólo puedo recuperar el honor de mi familia encontrando la armadura dorada y devolvérsela a Saori, sólo puedo recuperar mi honor trayendo de vuelta a mi hermano, y sólo puedo recuperar a mi hermano si logro hacer que su odio desaparezca, dado que soy en parte la razón de ese odio, mi muerte es la única manera de salvarlo, Andrómeda es mi constelación y representa el sacrificio, haré eso por ti Ikki, lo siento June, si era un adiós para siempre- En ese momento, Shun tomó la decisión de seguir junto a Seiya, Shiryu y Hyoga, para encontrar al Caballero del Fénix, pero en cuanto descubrieran donde se escondía, seguiría sólo en su camino para entregar su vida a cambio de que Ikki volviera a ser el mismo de antes.
La puerta de la habitación se abrió de pronto, y el chico logró vislumbrar a Saori.
- Lo siento ¿Puedo pasar?- preguntó.
- Claro- respondió el peliverde extrañado de que ella estuviera en su habitación.
- Quería saber cómo te sientes ¿Quieres que te vea algún médico?- preguntó con algo de timidez la chica.
- Estoy bien, gracias ¿Jabu y Nachi cómo se encuentran?- a Shun le preocupaba la salud de los otros Caballeros atacados por su hermano.
- Ellos están bien, afortunadamente el entrenamiento de caballero les ha permitido resistir el ataque del Fénix, incluso Nachi a quien ya le dieron el alta en Psiquiatría- Saori se acercó a Shun y lo miró por unos segundos, no se parecía en nada a Ikki, eso pensaba, pero no era a lo que venía- La cena estará en unos minutos, me gustaría que me acompañaras en el salón principal.
Eso si era extraño para Shun, desde que había regresado, su lugar en la mansión siempre había sido la cocina, junto con los otros chicos, como un sirviente más, pero ahora, la misma Saori lo estaba invitando a comer con ella.
- Si no quieres, te entiendo, puedo pedir que te traigan la cena a tu habitación- La chica iba a retirarse, en vista de que Shun no respondía ninguna cosa.
- Estaré en unos minutos en el salón- escuchó decir finalmente al Caballero de Andrómeda, alegre por ello, se despidió con una sonrisa del chico, y salió de la habitación.
- Saori está tratando de cambiar, esa es buena señal, aún en estos tiempos difíciles- pensó Shun por unos momentos, y dándose prisa, bajó en dirección al salón, donde ya se encontraban Saori y Hyoga, no podía ser descortés con su anfitriona, y a pesar de las onigiri, y de la pena, todavía tenía mucha hambre.
La oscuridad de la noche se había apoderado de Tokyo, Seiya se encontraba en el orfanato cenando con Miho y los niños, mientras que Hyoga, Shun y Saori, comían silenciosamente en la mansión sin Kido sin saber de qué conversar, Shiryu y Shunrei habían llegado a Hong Kong, y se disponían a continuar su viaje esa misma noche, hacia la región de Rozan, por otro lado, June en Isla Andrómeda, entrenaba arduamente a pleno sol, bajo el intenso calor, para no defraudar a su maestro.
Todos sin excepción, tenían algo que hacer, aunque la situación era difícil, la vida para todos ellos debía seguir su curso, una vida paralela a la de los demás, que en algún momento se cruzaría fugazmente, para luego volver a separarse de aquellas personas importantes.
Ikki por su lado, estaba sentado en el mismo acantilado en el que un par de horas antes había distribuido las partes de la armadura dorada entre los Caballeros Negros, parecía estar meditando algo importante, pero ninguno de sus hombres tuvo el valor suficiente para interrumpirle. Dragón Negro, después de mucho pensarlo se acercó a su líder y le preguntó.
- Señor Ikki, disculpe mi atrevimiento, pero quisiéramos saber en qué está pensando- El Caballero del Fénix se puso de pie y miró seriamente al Caballero Negro.
- Pensaba en cómo nos apoderaremos del resto de la armadura- contestó.
- Ya veo, ¿tiene algún plan?- preguntó nuevamente el Dragón Negro con algo de temor.
- ¿Tú que crees?- se notaba hostilidad en la voz de Ikki.
- Que ya tiene la respuesta señor- respondió sin titubear, el caballero aludido.
- Así es, ya lo tengo- se cruzó de brazos el Fénix.
- Y ¿Se puede saber cuál es señor Ikki?- habló el Cisne Negro.
- ¿Han escuchado ese refrán que dice "si la montaña no viene a mi, yo iré a la montaña?
- ¿Piensa hacer otro ataque a la Fundación Graude señor?- preguntó Andrómeda Negra esta vez.
- Claro que no, ellos nos están esperando, pero también desean recuperar la armadura, en ese sentido, si la armadura no va a ellos, haremos que ellos vengan por la armadura- dijo astutamente el peliazul.
- Pero sabrán que es una trampa- Pegaso Negro no estaba muy convencido.
- Pegaso Negro, ¿Viste la cara que puso Saori Kido cuando robamos la armadura? Esa niñita tonta debe estar desesperada como un pobre conejo asustado, y hará lo que sea por recuperarla, y créeme, no le importará enviar a esos idiotas aunque se trate de una trampa, por otro lado, están tan deseosos de encontrarme para ajustar cuentas, que una batalla será la excusa perfecta para atraerlos y eliminarlos uno por uno- Ikki esbozó una leve sonrisa.
- ¿Incluso a su hermano?- preguntó el Dragón Negro.
- Yo no tengo hermano, ese debilucho es tan patético como los otros, sólo merece la muerte- Ikki nuevamente se puso serio- Prepárense, partiremos enseguida al Monte Fuji, arreglaremos todo para que cuando nuestros invitados lleguen, no quede de ellos ni sus cenizas.
- ¡Sí señor!- respondieron los cuatro Caballeros Negros desapareciendo en medio de la noche, mientras Ikki contemplaba la oscuridad del océano.
- No quedará nada de tu asqueroso legado Mitsumasa Kido, me encargaré de que toda tú obra, tus bastardos hijos y tú caprichosa nieta se conviertan en lo que son, un montón de basura inmunda la cual quemaré hasta que desaparezca por completo.
Continuara…
Espero les haya gustado este capítulo, como siempre, agradecimientos a Tayiro-kun, y esta vez a Lord Fabianus Morrison por su eterna paciencia.
También a quienes me dejan sus reviews, Saint Lunase, Alyshaluz, Carito357 y darkacuario, y por supuesto a los lectores silenciosos ^^.
Y aquí va el pequeño diccionario:
Akita: Raza de perro japonés originaria de la prefectura de Akita.
Guerra Ruso-Japonesa: Guerra que transcurrió entre el 8 de Febrero de 1904 y 5 de Septiembre de 1905, en donde ambos países se disputan Manchuria y lo que entonces era Corea, finaliza con la victoria de los japoneses.
Kanji: Una de las tres principales formas de escritura japonesa, junto con los silabarios Hiragana y Katakana, pero a diferencia de estos, los kanji sirven para expresar conceptos.
Onigiri: la clásica bola de arroz ^^.
Katana: Aunque en occidente tiende a utilizarse esa palabra para todas las espadas japonesas, la Katana es un tipo de sable curvo, que mide alrededor de un metro y pesa aproximadamente un kilo, en Japón sule llamársele también Nihonto.
Kendo: O el sendero del sable, es un arte de lucha japonesa utilizando un sable, el cual puede ser de bambú (Shinai) o de madera (Bokken).
Seppuku: Aunque es comúnmente conocido como harakiri en occidente, en Japón este último término se considera vulgar, por ello se refieren a él como seppuku, es un ritual de suicidio por desentrañamiento, muy utilizado por los samurai.
Saya: Vaina de madera, generalmente de magnolia lacada en la cual se guardaba la katana.
Yakuza: Crimen organizado japonés, en otras palabras, mafia japonesa.
Período Edo o Tokugawa: Período de la historia de Japón que comprende desde 1603 hasta 1868, caracterizado principalmente por que el poder era ostentando por el Shogun y los Daimyo.
Emperador Tokugawa: Mitsumasa hace referencia a Tokugawa Ieyasu, fundador y primer Shogun del período Edo.
Otohime-maru: es una palabra compuesta, Otohime, quien era la diosa y princesa dragón de los mares en la mitología japonesa, cuyo nombre significa Princesa del sonido o joya luminosa. La partícula maru, si bien es cierto es muy usada en el japonés para diversas cosas, en este caso, va en el sentido de que todos los barcos japoneses terminan con el término maru, por tanto en este caso, el barco que lleva a Shun de regreso a Japón se llama Otohime-maru.
Sayonara: Esta palabra es muy conocida y significa adiós, pero suele dársele la connotación de ser un adiós para siempre.
Itekimasu: Significa ya me voy, se utiliza cuando alguien se marcha de su hogar, pero no de forma definitiva, se entiende que regresará, y que la ausencia es sólo temporal.
Iterashai: Significa ve con cuidado o regresa pronto, se utiliza cuando alguien se va de su hogar.
Ojala, les haya sido de utilidad esto, como ahora regresé a la universidad, no sé cuando tendré el capítulo tres, espero sea pronto, hasta entonces me despido.
