Capítulo cuatro


Dos, tres, cuatro, cinco... —Contaba con sus dedos— ¿Después que seguía? — Volteó a ver a Sakuraba.

— Seis, siete, ocho... — Respondió sin despegar su vista del libro que estaba leyendo.

— ¡¿Cómo es que sabes tanto?! — Se sentó en el sofá al lado del mayor esperando una respuesta.

Sakuraba no respondió, él era todavía un niño. Él sabía que casi cualquier cosa a su edad les sorprendía. Dejó el libro que tenía a un lado y empezó a ayudar a Teru en su tarea de aprender a contar más allá del número cinco.

Era ya de noche, solo la luz de la sala de estar estaba prendida. La madre de Teru estaba trabajando en la oficina que había en la casa. Ella le había pedido a Sakuraba que aún no se fuera, que tenía que hablar algo con él. ¿Qué le habrá dicho el niño ahora?

— Listo. Teru, a la cama —Cargó a su hijo— Estás pesado ¿En que momento creciste? —Pasó su mano por encima de la cabeza del niño— Ya vuelvo.

— ¡Pero es temprano! — Se quejó el pelirrojo.

Su madre solo movió su cabeza en señal de negación y empezó a caminar hacia la habitación del niño. Al parecer ella no era fácil de convencer ni por su propio hijo. Por su parte, el niñero se quedó pensando en que pudo haberle dicho Teru a su madre para que tuviesen que reunirse. Dios...

— Estoy segura de que no se durmió —Se sentó en el sofá que estaba frente a Sakuraba— Pero él debe estar seguro de que si llega a bajar, su amigo cinturón lo va a estar esperando con gusto —Sonrió— Ahora, de lo que te quería hablar.

— ¿Sí?

— Teru va a empezar a ir a preescolar, así que necesito que te acomodes a este nuevo horario — Le pasó un pequeño papel.

¿Para eso le había llamado?

¿Para eso lo había preocupado por casi una hora?

Calmó sus pensamientos y abrió el papel que le habían pasado. Al parecer tendría que ir a dejar y traer a Teru además de cuidarlo.

Que alegría...

— Desde hace un tiempo quería que él fuese a la escuela, pero nunca antes tuve la oportunidad por mi limitado horario —Habló— El próximo lunes empiezan sus clases, pero el primer día voy a dejarlo yo. Tú solo irías a recogerlo al final de la clase.

Una de la tarde.

Estaba bien, no tendría que soportarlo durante cinco horas por semana.

— Creo que eso era todo —Se levantó— Siento que olvido algo... ¡Tu paga! —Recordó— Ya regreso — Se disculpó apenada ¿Cómo se le pudo olvidar algo así?

Tal vez sí se parecía a su hijo en algo...