Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.
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Quince días
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Capítulo 5: Lunes 18
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Akane
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No sé si son cosas de mi imaginación, pero cada vez hace más frío.
Abro los ojos y descubro que no ha sido una pesadilla, efectivamente estoy en Hokkaido en una habitación tradicional, tumbada sobre un incómodo futón y con la misma ropa que hace tres días. Me doy asco. Necesito un baño y ropa nueva, pero sobre todo necesito volver a casa.
Desconozco que estarán pensando ahora mismo mis hermanas de mí, que me he vuelto loca quizás o que estoy bajo amenaza, cualquiera de las dos opciones no es descabellada. Quizás por eso me negué a dar más explicaciones de las justas, cuanto menos sepan del extraño lío en el que me he metido, mucho mejor.
Lo mismo vale para Shinnosuke. Si ya era bastante malo estar casada, tener que pasar unos cuantos días en compañía de mi marido, buscando al ladrón de mi suegro no mejora para nada la situación.
Termino de desperezarme y me llevo una mano a mis desordenados cabellos. Que cortos están, no recuerdo haberlos llevado así desde primaria, no me acostumbro. Me veo rara, extraña… aunque no fea, no al menos después de lo que dijo él.
"A las chicas guapas les queda mucho mejor el cabello corto".
No lo dijo en serio, quizás solo fue un torpe cumplido para animarme, pero por algún motivo me hizo sentir bien. Me gustó. Justo en ese momento era lo que necesitaba, pero no esperaba que llegase de su mano, de las mismas que habían terminado de cortar mis cabellos con tanto cuidado. Debo admitir que no se le da mal.
Ya está bien de lamentos y autocompadecerse, así no solucionaré nada. Lo mejor es ponerse en marcha, comprar ropa barata y encontrar un baño público donde poder olvidarme de todos mis problemas, aunque sea durante un rato.
Con un poco de suerte encontraremos al ladrón hoy mismo, llamaremos a Kuno y conseguiré de regreso mis papeles del divorcio. Nadie tiene porqué enterarse de lo acontecido en estos días. Lo recordaré como un extraño episodio, un trágico destino del que me he librado por los pelos, ¡qué familia política la mía!.
Doblo el futón y me abrazo intentando darme calor, me pongo rápidamente el abrigo y tomo mi bolso. Mataría por un baño, lo digo muy en serio.
Abro la puerta aún somnolienta y doy un grito y un ligero paso atrás al encontrarlo ahí plantado, apoyado contra la pared junto a mi puerta.
—Menos mal, pensaba que no ibas a despertar nunca— dice a la par que bosteza, no son ni las ocho de la mañana.
—¿Me estabas esperando?— pregunto sin poder esconder mi asombro, él me recorre con la mirada desde los pies a la cabeza. Me encojo sobre mí misma al sentirme evaluada.
—¿Sólo tienes esa ropa?— dice percatándose por primera vez de mi incomodidad, yo vuelvo a enrojecer de pura vergüenza, como ya me pasara ayer ante su pregunta… y ante su mirada cuando salí de la ducha. Maldito mirón.
—Pensaba regresar a casa en un día— contesto a modo de excusa, es una situación penosa.
—Esto… no es que tenga gran cosa pero, ¿te presto una de mis camisas?
Le miro perpleja, y no se si por el inusual ofrecimiento o por la normalidad con que lo ha dicho. Yo jamás me he puesto ropa de un chico, es decir, nunca he usado ropa de Shinnosuke, esas son las típicas cosas que solo hacen las parejas de recién casados. Me muero por ropa limpia pero… ¿no sería raro que la primera camisa masculina que vistiera no fuera la de mi futuro marido?. Mi debate interno sigue hasta que siento el picor causado por mi sensación de desaliño.
Vale, me da igual, aceptaría hasta la funda de un saco de arroz.
—Si no te importa...— digo a la par que bajo la mirada y el rebusca en su mochila hasta que da con una camisa china de color azul y me la tiende. —Gracias— respondo sincera.
—No hay de qué, pensaba tirarla, no consigo quitarle los restos de sangre de la última pelea.
Miro la prenda mientras observo las manchas parduzcas cercanas al cuello y la arrugo entre mis manos. Oh, sí, no hay nada mejor que ropa manchada de sangre ajena… ¡este tipo es un majadero!
—¡No pienso ponerme esto!
—¿Ah? ¡encima de que te la ofrezco!— repone indignado.
—¿Le ofreces a una chica una camisa llena de sangre?¿por qué demonios guardas esto?
—¿Pero qué te ocurre? ¡ni que fueras una princesa que solo se viste de seda!¡póntelo de una vez y deja de quejarte!
—¡Se acabó! si toda esta estúpida situación va a durar un día más necesito cosas para vivir como una persona, no como una indigente— este tipo aparte de ser un cretino es realmente terco, ¿que nunca ha estado con una mujer? ¿cómo puede ser tan poco delicado?.
—¿Qué insinúas?¿estás diciendo que vivo como los vagabundos?, ¡pues devuélveme eso ahora mismo!
Agarro la camisa con decisión y lo miro retadora, levanto la barbilla y cierro la puerta de mi cuarto en sus narices. Cinco minutos después salgo vistiendo la maldita camisa con toda la dignidad que soy capaz de reunir, él vuelve a mirarme de arriba abajo.
—¡Vaya!— exclama, y me quedo a la expectativa, ¿quizás esa bocota que tiene va a volver a sorprenderme con un halago? por algún motivo ese pensamiento me hace sentir nerviosa. —Pensaba que tu otra ropa no te favorecía nada, pero con esa camisa se te notan aún menos los pechos. Deberías pensar en usar sostenes con relleno.
Va a morir. De forma lenta y dolorosa. Le mataré con mis propias manos.
Comienzo a temblar roja de pura ira y cuando levanto la mirada él sabe que no hay fuerza en el mundo que pueda detenerme, por muy artista marcial que se crea ese tipo no me ha visto luchar, y acaba de comenzar una pelea.
—¡Imbecil!— grito a la par que tiro un puñetazo derecho a su cabeza, pero un segundo antes de golpearle ha desaparecido, ya no está ahí, se encuentra justo a mi espalda con una sonrisa burlona. Me repongo rápido y lo vuelvo a intentar con una patada alta, pero de nuevo me esquiva, ¿dónde demonios se ha metido esta vez?. Se mueve a la velocidad del rayo y le encuentro apoyado contra la pared del pasillo con gesto divertido.
—Eres lenta— dice y mi respiración agitada no hace más que confirmar sus palabras.
Es un majadero, sí, pero es bueno. Claro que yo aún no me he rendido.
Aprieto los dientes y todo mi ser ruge furioso, grito antes de lanzar mi mejor golpe derecho a su estúpida sonrisa pero solo me encuentro con la pared que se destruye ante mí dejándome completamente perpleja.
Él silva a mi espalda.
—¡Qué bruta!
—¿¡Pero qué demonios ocurre aquí!?— pregunta la voz de la propietaria por el pasillo.
Dos minutos después estamos fuera del hostal sentados en la acera. Nunca me han echado de ningún sitio, jamás he pasado tanta vergüenza. Al hecho de perder contra él se une a que acabamos de entregar lo que nos restaba de dinero en concepto de reparaciones. Le miro por el rabillo del ojo aún furiosa y él estalla en carcajadas.
—¿Qué te resulta tan gracioso? ¡todo esto es culpa tuya!— le grito incrédula, no es el mejor momento para echarse a reír.
—Me rio al pensar en tu cara cuando te han echado de ese sitio tan cutre, parecías una niña siendo reñida por el profesor en clase— continúa mientras yo enrojezco por completo.
—¡La próxima vez pelearemos en la calle, y las cosas serán diferentes!— exclamo poniéndome en pie y viendo como se seca las lágrimas a causa de las carcajadas.
—No gracias, ya he visto tu nivel.
—¿Qué quieres decir con eso?— me mira y levanta una ceja sin perder esa sonrisa fanfarrona que tengo ganas de borrar de un plumazo. Se acerca a mí caminando lento, queda a apenas unos centímetros de mi cuerpo invadiendo sin ningún respeto mi espacio personal.
Trago saliva pero no cedo un centímetro mi posición, es tan alto que me obliga a levantar el cuello para seguir mirándole fiera a los ojos. ¿Pretende intimidarme?, pues lo lleva claro.
—Quiero decir que eres buena… pero yo soy mucho mejor.
¡Já!, si este tipo está intentando humillarme ha dado con la chica equivocada.
—Luchemos en serio, lo mismo te sorprendo— respondo intentando imitar su tono cargado de superioridad.
—No peleo contra chicas.
—¿Cómo dices?
—Lo que oyes, no pienso pelear contra una mujer.
—Me estás subestimando.
Se encoge de hombros como si la conversación acabara de pasar a importarle una mierda.
—Tengo que devolverte de una pieza, o mi "suegro" y tu pescador de salmones se enfadarán.
Mis labios tiemblan, debe tener un don para conducirme a la locura, de veras que jamás he conocido persona más desesperante que él.
—Sé cuidarme sola, y si digo que quiero pelear contigo lo digo en serio, ¡no me tomes por una cría caprichosa!
Sus ojos azules me examinan interesados, como si estuviesen estudiando un nuevo ser nunca antes visto en los catálogos de biología. Son rasgados, misteriosos... me hacen estremecer, pero antes muerta que admitirlo.
—No creo que seas una caprichosa… aunque sí pienso que eres una cría.
Se acabó, si no quiere pelear conmigo lo está haciendo todo al revés.
—Si yo soy una cría tu eres un engreído mal educado— chúpate esa.
—Marimacho— dice arrugando el entrecejo y estrechando la mirada sobre mí.
—Pervertido— respondo adrede, para qué se percate de que yo no he olvidado de esa larga mirada que me echó cuando iba semidesnuda.
—¿Sabes? no veo motivo para continuar esta búsqueda juntos, ¿por qué no te pierdes y me olvidas?— dice claramente enfadado.
—Fíjate, ¡es la única cosa coherente que ha salido de tu bocaza!— respondo ardiendo de pura ira, no quiero volver a saber de él. Nunca. Tomo mi bolso, le dirijo una última y furibunda mirada antes de comenzar a caminar airada calle abajo.
No se donde voy a ir, no sé lo que voy a hacer, pero no puedo quedarme ahí plantada dependiendo de un machito imbécil que se cree demasiado bueno en las artes marciales. Cuando llevo más de media hora caminando me paro y me giro disimuladamente, quizás, una pequeña y estúpida parte de mí pensaba que él me seguiría, que cuando echara a andar y me girara ese idiota con trenza se encontraría detrás mía. Pero me equivocaba.
Estoy sola en Hokkaido, la ciudad más grande al norte de Japón, el lugar donde se encuentra toda mi olvidada familia materna. Y cada vez hace más frío.
Soplo sobre mis manos desnudas dándome cuenta de que apenas acaban de abrir los comercios. Rebusco en mi bolso y veo que apenas tengo dinero para un café. ¿Qué voy a hacer? lo único que se me ocurre es encontrar un medio de transporte y regresar a Tokio con la cola entre las piernas, rogando porque ese tipo cumpla su promesa. ¿Habrá alguien que quiera llevarme?. Nunca se me ha dado bien confiar en desconocidos, eso es más que evidente.
¿Hacer auto-stop, quizás? por mi mente pasan varios titulares de periódicos, y me digo a mí misma que esa es la forma en la que algunas chicas acaban muertas.
Me paro en mitad de la acera, con la cabeza baja y mis pupilas fijas en mis zapatos. No sé qué hacer, no veo salida, realmente debo ser una cría… una completamente perdida.
—Eh chica, ¿por qué esa cara tan triste?
Levanto la mirada a tiempo de ver una amable viejecita que me sonríe desde un pequeño puestecito callejero, me hace una señal para que me acerque y de nuevo miro desconfiada, insiste y esta vez me camino hasta el pequeño puesto con apenas tres taburetes y un vapor denso y delicioso.
—¿Quieres sopa de miso?— pregunta sonriente, y yo inmediatamente niego con la cabeza.
—No podría pagarla.
—Vamos, yo invito, hazle compañía a esta vieja un rato— sonríe y yo tomo asiento avergonzada mientras me sirve una sopa y un bol de arroz con encurtidos.
—Es usted muy amable…
—Mañana cumpliré 70 años, entiendo bastante de jovencitas tristes con el corazón roto.
—¡Y-yo no…!— protesto incrédula.
—Discutiste con tu novio, ¿verdad?
Sus ojos me miran fijamente, tan interesados que me resultan incómodos. Las arrugas de su rostro no impiden que me vea reflejada en sus iris marrones, tan extrañamente familiares.
Ella contiene el aliento.
—Te pareces a…
—¿Eh?
Niega con la cabeza y centra toda su atención en el delicioso caldo caliente, removiendo un par de veces.
—Tonterías de viejas, no me hagas caso. Mejor cuéntame, ¿qué ocurrió con tu novio?
—En realidad se trata de mi marido.
—Vaya, ¡tan joven y casada!— exclama cada vez más interesada, yo me llevo a los labios los palillos llenos de arroz y siento mi estómago cantar agradecido.
—Sí, es una larga historia.
—Entonces seguro que estáis muy enamorados.
—¡Nada de eso! él no hace más que insultarme y ser grosero, además… no es como si nos casáramos por nuestra propia voluntad— digo en voz baja, mirando hacia otro lado.
—¿Qué quieres decir?
—Nos casaron nuestros padres, ¿se lo puede creer?, ¡es de locos!— exclamo mostrando toda la indignación de la que soy presa.
—Bueno, lo cierto es que antes se estilaba mucho— contesta la viejita con una sonrisa mientras corta unos cuantos ingredientes para la sopa.
—Sí, lo sé. A mis padres les ocurrió lo mismo, ellos también fueron obligados a casarse, quizás por eso lo entiendo aún menos.
—¿No se llevaban bien?
—Oh, no, papá y mamá se querían mucho. Sus familias les comprometieron a la fuerza con la idea de que papá llevara la empresa de la familia de mi madre. Sin embargo ellos no quisieron hacerse responsables, sólo querían una vida sencilla. Eso ocasionó malestar entre ambas familias y quisieron deshacer su matrimonio, es por eso que papá y mamá huyeron a Tokio y compraron un viejo dojô, lejos de todo cuanto conocían— termino ensimismada, sin darme cuenta de la mirada que me dirige la mujer —.Mamá murió cuando yo apenas cumplía los siete, pero el tiempo que estuvieron juntos fueron muy, muy felices.
—¿Entonces sus familias hicieron bien en casarlos?
—Supongo que sí… ¡pero nuestro caso es completamente diferente!— protesto de nuevo.
—Los hijos nunca entienden el corazón de sus padres…— dice la viejita, que por algún motivo ha perdido su sonrisa —.Tu padre cuidó de tí y tus hermanas durante mucho tiempo sintiéndose muy solo, con el recuerdo de su esposa siempre presente. Quizás ese amor fue lo que quiso para tí, quizás pensó que si él faltaba serías la más afectada. Quiso mantenerte a salvo, que hubiera una persona ahí siempre para tí, para que te cuidara si él faltaba antes de tiempo. Por eso te casó, con la esperanza de que tu también encontraras el amor que tan feliz le hizo.
La miro asombrada y ella recupera su perdida sonrisa, pone delante de mí un plato de pescado y se apura en atender a un nuevo cliente que ha ocupado la banqueta a mi derecha. Reflexiono en sus palabras, sintiéndome repentinamente culpable de mil maneras.
Y no puedo evitarlo, pienso en mi padre: en su mirada melancólica, en su desgana y sus silencios de los últimos meses cuya razón había mantenido guardada con tanto celo.
¿Sería posible que no estuviera simplemente, siendo egoísta?, ¿que de veras esperaba el día en el que Ranma y yo nos conociéramos con tanta ansiedad?.
Recuerdo su cara ilusionada cuando decidí embarcarme en esta aventura, y también recuerdo sus lágrimas, sus palabras de aquella noche.
"Sólo quería que tuvieses un buen marido, un hombre fuerte capaz de protegerte".
Qué padre más tonto. Tomo un trozo del pescado con los palillos y después me meto un gran bocado de arroz en la boca. La viejita sonríe y me mira conmovida, y yo sigo comiendo mientras limpio las vergonzosas lágrimas que corren por mis mejillas.
—¿Está bueno?
—Sabe igual que el que prepara mi hermana— respondo dando un nuevo bocado a la par que hipo.
—¿De veras?— contesta ella acercando una mano a mi mejilla y retirando otra de mis lágrimas, en un gesto tierno y maternal. —Vamos, alegra esa cara o tu marido saldrá corriendo cuando te vea.
—Como si fuera a volver— contesto terminando los platos y dejando los palillos sobre los cuencos vacíos. —Me odia. Se ha ido y ni siquiera se ha preocupado de lo que pueda pasarme.
Los ojos marrones de la mujer se deslizan con suavidad por mi perfil y se fijan en un punto no muy distante, al otro lado de la calle.
—Bueno, algo me dice que no fue muy lejos— se recompone y se aclara la garganta —.Y ahora vete, mi puesto no tiene más de tres asientos y necesito clientela— esto último lo dice con la voz cambiada, demasiado alta para mi gusto.
Yo me levanto y la miro agradecida, hago una profunda reverencia en señal de respeto y ella responde con un ademán, indicando que me vaya de una vez. Sonrio de medio lado al pensar que no se trata de una mujer especialmente cariñosa, pero así está bien.
Camino por la calle sin percatarme de la conversación que se mantiene a mis espaldas.
Un momento.
—¿Le hablé de mis hermanas?— me pregunto en voz alta, arrugo el entrecejo pensativa, tan ensimismada que no me doy cuenta ni donde pongo los pies.
Choco contra alguien y grito molesta, me sobo la nariz pensando que he dado de lleno contra un muro de hormigón. Cuando alzo la vista me encuentro con un tipo de casi dos metros. Debemos estar cerca de los cero grados y a pesar de eso solo viste una camiseta de manga corta, marcando todos y cada uno de sus monstruosos músculos.
—Lo siento— digo apurada, haciendo una inclinación de cabeza, cosa que a sus ojos debe ser cuasi ridículo.
Al no recibir respuesta alzo la mirada, la sigo alzando hasta que mi cuello queda completamente en hiperextensión y veo su rostro que bien podría estar a la altura del mismo sol. Desde aquí abajo parece que sus ojos son dos pequeñas canicas negras a kilómetros de distancia.
Trago saliva, no se trata de un tipo muy hablador.
—Perdona a mi amigo, es tailandés y no sabe más que de lucha y elefantes— dice un segundo hombre apareciendo de alguna parte, este de una altura más normal, incluso un tanto bajito. Va vestido de forma estrambótica, con zapatos de piel de cocodrilo, gafas de sol tintadas en azul y un costoso abrigo negro. Pone un brazo alrededor de mis hombros y baja ligeramente las gafas echándome una larga mirada. —¿Estás sola?
—N-no, es decir… sí.— miro a los lados de la calle, quizás con la vaga esperanza de que alguien me saque del apuro, no me gusta este tipo. Su agarre sobre mi hombro se intensifica.
—Dime, ¿quieres ganar unos miles de yens?
"Dinero", justo lo que necesito para regresar a casa, le miro con creciente interés y me odio a mí misma por ser tan obvia, él cada vez sonríe más.
—Vamos, ven con nosotros— dice mientras siento su mano sobre mí como si fuera una araña, capturándome y arrastrándome a un lugar donde estoy segura, no deseo ir.
Pero antes de que alcance siquiera a protestar o intentar zafarme, una poderosa mano se cierra sobre la suya y la despega de mí con una fiereza sin igual. Grita como un cerdo en el matadero cuando el chico de la trenza retuerce su mano a su espalda y con su brazo libre apoyado en su cuello le empuja contra la pared del oscuro callejón en el que nos encontramos.
El golpe ha sido tan brutal que las gafas del tipo se han partido y ahora yacen en el suelo, mientras Ranma aprieta su mejilla contra la pared sin dejarle siquiera hablar. No sé que me sorprende más, que esté aquí como salido de la nada o que se haya dado tanta prisa en saltar en mi defensa. Juraría que algo dentro de mí acaba de suspirar.
—¿¡Donde te pensabas que ibas, eh!?— le pregunta de malas maneras, mientras el gigante reacciona de forma lenta y parsimoniosa. Maldita sea, se mueve tan lento como una montaña, pero de forma tan apabullante como un alud.
Toma a Ranma por el cuello de la camisa y le alza medio metro del suelo. Su mano es casi tan grande como su cabeza. El tipo de los zapatos de piel tose tirado en el suelo y yo veo que la situación acaba de desquiciarse por completo.
—¡No! ¡suéltale, béstia!— grito encaramándome a su musculoso brazo, el mismo que sostiene al artista marcial contra la pared. Doy un par de puñetazos y cuando estoy a punto de morderle en un ataque desesperado, un tercer tipo aparece por una puerta lateral. Es viejo y está tan arrugado que su estatura es diminuta. Saca una alargada pipa, la llena de tabaco y la enciende con tranquilidad.
—¿Otra vez metido en líos?— pregunta, y todos estamos tan quietos que no tengo ni idea de a quién se dirige.
—No es asunto tuyo, vejestorio pervertido— observo el enfado en los profundos ojos azules de mi supuesto marido, con sus cabellos negros cayendo sobre su rostro haciéndole parecer el más peligroso de los animales.
—Taro, suéltalo. Es el estúpido de mi alumno— dice dándole una larga calada a su pipa y volviendo a entrar en el local, a su orden el gigante libera a Ranma y yo suelto su brazo intentando recuperar la compostura.
—Gracias— dice él arrastrando la palabra, haciendo uso de todo su sarcasmo. El tipo del suelo toma los restos de sus gafas y con un gemido de protesta los estrella contra la pared, me mira ya sin su sonrisa y entra por la puerta negra del lateral, el gigante le sigue.
No me he dado cuenta de que estaba conteniendo el aliento, suelto todo el aire de mis pulmones y me llevo una mano al pecho, mi corazón late a toda prisa.
—¿¡Peró qué mierda pasa contigo!?
—¿Ah?
—¿Es que eres tonta?
—¿¡Qué!?— contesto sin creerme su repentino ataque contra mí.
—¿De verdad te ibas a meter con esos dos tipos en un callejón?— grita, su respiración es superficial, si mi corazón late a mil por hora el suyo no debe estar menos agitado. ¿Será posible?¿acaso él...?
—¿Estabas… preocupado por mí?
Resopla como si acabara de decir la mayor de todas las tonterías, pero aún así su expresión de enfado no cambia.
—¿Ves cómo eres una cría?— me espeta con el mayor de los desprecios, y yo siento como mi propio enfado acude al rescate para defenderme de sus hirientes palabras.
—Sé valerme sola.
—Oh, sí, estoy seguro de que te podrías haber librado de ese tipo que mata osos a tortazos en un cuanto hubieses querido.
—¡Iban a ofrecerme un trabajo! por tu culpa apenas me quedan un par de monedas.
—¿Tengo que explicarte el tipo de trabajo que te iban a ofrecer?¿o te lo imaginas?
—¿Y tú qué sabes?
—¡Sé que eres una ingenua que en su vida ha salido de casa!
—¡Basta ya de insultos!¿y en primer lugar qué haces aquí?, ¿no dijiste que mejor ir por caminos separados?
—¡No te estaba siguiendo si es lo que insinuas!— y noto como sus mejillas se tiñen de rojo durante un segundo, a la par que aparta la mirada de mí, orgulloso.
—¿Vais a seguir con vuestra pelea de enamorados o vais a entrar de una maldita vez?— pregunta el hombre bajito, claramente fastidiado.
Esa pregunta hace más que nada por terminar la discusión. Ambos nos miramos pálidos cual fantasmas, como si la palabra "enamorados" no entrase dentro de nuestro vocabulario.
Ranma masculla algo que no llego a entender y se dirige hacia la puerta, yo miro su espalda, no me queda más remedio. Intento no perderle de vista cuando tras la puerta atravesamos un angosto pasillo, estrecho y cada vez más inclinado. Me cuesta imaginar al gigante deslizándose por ese lugar sin ayuda.
Al fondo hay una potente luz, y mucho, mucho ruido. Escucho gritos entusiastas, de ánimo y de rendición. Hay tantas voces que ninguna de ella me llega clara, apresuro el paso intentando no perder esa trenza que se bambolea sobre la tela roja de su camisa china.
—¿Pero qué...?— me quedo muda de puro asombro cuando ante mí se abre una sala gigante, un sótano excavado en las profundidades de la ciudad con un techado de veinte metros. Dejo caer la mandíbula pues no tengo conciencia de haber descendido tanto, ¿como podía haber un sitio así a tan solo dos calles de una de las arterias comerciales del país?.
El techo esta cubierto de grandes focos, todos apuntando a una especie de escenario elevado sobre el centro de la sala, circular y de gran tamaño, desprovisto de cuerdas o más adornos. Un ring de combate. Sobre él un luchador se mantiene en pie, sudoroso y satisfecho, mientras el segundo yace en el suelo sin conciencia.
Alrededor del mismo hay multitud de sillones, mesas, banquetas… todo tipo de asientos algunos ocupados y otros vacíos. Incluso una larga barra de bar con un par de camareras que charlan alegremente con los clientes.
Tan alucinada estoy que choco contra la espalda de Ranma, quién se ha detenido en el sitio con la vista puesta en un punto concreto. Cielos, él también es una maldita roca.
—¡Ay!— protesto por segunda vez en lo que va de día, él me echa un vistazo por encima de su hombro con las cejas arrugadas.
—Mira donde pisas.
—¿Este es uno de esos sitios, cierto?— él sigue mirándome como si no entendiera a lo que me refiero. —Un club ilegal. — susurro y las chispas de mis ojos dejan entrever la emoción que me consume, y es que hasta el momento pensaba que estos lugares existían solo en las películas.
—Cría…— murmura él con un deje de superioridad, volviendo a girarse y con esa sonrisa que odio en los labios.
—¡Oyeme!
Pero mi protesta no surge el efecto deseado, Ranma comienza a caminar, aunque esta vez un tanto más despacio mientras echa fugaces miradas hacia mí, ¿será esa su forma de ser amable? ¿de decirme "no te alejes"?.
En un minuto nos plantamos delante del viejo de antes, sigue fumando en su pipa, recostado en un ostentoso sofá mientras una chica muy joven y vestida de forma despampanante le hace un sutil masaje en la espalda. A su lado se encuentran el gigante y el tipo de las manos largas.
Pongo cara de asco y me percato de la mano que Ranma ha dejado colgando a un costado de su cuerpo, toca suavemente mi brazo indicándome que me quede detrás suya, en un gesto protector que de nuevo genera en mí sentimientos contradictorios.
—Happosai— dice sin disimular su rechazo—. Sigues con tus negocios por lo que veo.
—Algo tiene que hacer este pobre viejito para ganarse unas monedas, ¿que hay de tí, alumno irrespetuoso?¿qué te trae de regreso?— dice y da una nueva calada a su pipa mientras deja ir el humo suavemente.
—Estoy buscando a mi padre.
—Ah, el bueno de Genma… ¿para qué le quieres?
—¿Y qué te importa?
—Siempre con tus malos modales, ¿no te enseñé nada?
—Oh sí, me enseñaste a robar, a espiar mujeres en ropa interior, a meterme en peleas por deudas de juego, a estafar en los comercios…— dice enumerando cada una con los dedos de una mano, mientras media decena de tipos comenzaban a acercarse a la conversación, interesados, y sus ojos me observaban hasta causar incomodidad. Inconscientemente me agarro a la tela de la camisa de Ranma, buscando refugio. Siento como pega un brinco en el sitio, y aún a pesar de su sorpresa evita mirarme.
—De todos vosotros Genma fue mi mejor alumno— sus ojos pequeños y sabios se fijan un segundo en los míos antes de que alcance a refugiarme de nuevo en la espalda de Ranma —. ¿No nos vas a presentar?
Él frunce el ceño sopesando la situación. Guarda unos segundos de silencio durante los cuales no mueve su mano que aún me mantiene tras él.
—No veo porqué debería hacerlo.
—Oh vamos Ranma, a este pobre viejo solo el queda el consuelo de abrazar a una guapa jovencita de vez en cuando. Estoy a las puertas de la muerte, ¿no me vas a conceder ese último deseo?.
—El día que te mueras quizás— refunfuña hastiado.
—No eres nada divertido— dice haciendo un mohín—. Quizás tu padre sí que pasó por aquí… pero ya no lo recuerdo, la edad me juega malas pasadas.
Ranma resopla y finalmente aparta su mano, invitándome a pasar a un primer plano. Asomo la cabeza tímidamente y doy un par de pasos mientras los ojos del viejo me recorren de forma libidinosa. Qué asco.
—¡Vaya si tienes buen gusto!, ¿como has engañado a esta preciosidad para que se quede contigo?
—No te pases abuelo— le advierte señalándole con un dedo, pero el viejo no le hace el menor caso y para mi espanto centra toda su atención en mí.
—Dime guapa, ¿como te llamas?
—Akane Tendô— respondo cohibida, el viejo alza las cejas, abre los ojos y desencaja la mandíbula al tiempo que una gigantesca sonrisa se forma en su arrugada cara.
—¡Esto sí que es una sorpresa!¡Tendô, una Tendô!, ¡ese pilluelo de Soun debió casarse con una mujer realmente bella!.
—¿Conoce usted a mi padre?— pregunto sorprendida, lo último que me esperaba es que un hombre tan recto como mi progenitor tuviera algo que ver con un tipo como él.
—Oh querida, tu padre fue alumno mío, ¡que tiempos aquellos!. Genma, Soun y yo no parábamos de dejar corazones rotos por cualquier lugar donde pasábamos, las mujeres nos adoraban, pero lo primero en nuestra vida eran las artes marciales. Siempre lo dije, primero el arte y después el amor.
—Ya, ¿y en que ha quedado eso?— pregunta Ranma a mi lado, cruzándose de brazos.
—¿Qué haces en compañía de este idiota?— dice ignorando por completo el comentario. —Déjale y quédate conmigo pequeña Akane, te daré trabajo, hoy faltó una de nuestras camareras.
Giro la cabeza lentamente y miro al chico de la trenza con un gesto de superioridad, en clara referencia a sus acusaciones anteriores, él me devuelve un resoplido que solo logra enfadarme más.
—Déjate de cháchara y dime de una vez si viste a mi padre.
Happosai se examina con desinterés las uñas de una mano, se rasca una oreja y bosteza.
—¿Y que me darás a cambio?
Ranma no responde, pero noto como la tensión aumenta en todos sus músculos mientras cierra sus puños convirtiéndolos en rocas.
—Estoy tan aburrido, necesito un poco de entretenimiento. Prestame a Akane-chan un par de días, la trataré bien, lo prometo.
Y en ese mismo momento tengo la completa certeza de que las preguntas se han acabado, el artista marcial acaba de perder los escasos resquicios de paciencia que le quedaban. Se gira y me mira con determinación.
—Nos vamos— dice adelantándose y comenzando a caminar hacia la salida, yo abro la boca atónita.
—¿Eh?¿y qué pasa con lo de encontrar a tu padre?
—Ese vejestorio no sabe nada, y yo no tengo tiempo que perder con sus jueguecitos.
—¡P-pero…!— me giro desesperada buscando en la antigua mirada del anciano algo, un gesto, un simple atisbo que me devuelva la esperanza de encontrarme con mi suegro—. Por favor abuelo, ¡es muy importante!— exclamo, y él golpea su pipa contra un cenicero y fija sus ojos como canicas en los míos.
Atraviesa mi alma con su mirada sabia y yo trago saliva cuando se levanta de su cómodo sillón y queda a escasos pasos de mí.
—¿Qué hace la hija de Soun Tendô con el hijo de Genma Saotome?— pregunta de nuevo, se nota que en su fuero interno arde de pura curiosidad, y así me lo dice su gesto impaciente.
—Estamos casados— respondo con completa y auténtica franqueza.
A mi espalda escucho a mi marido resoplar y murmurar un nuevo insulto, le miro y me encuentro con su mirada azul. Se lleva una mano a la cabeza mientras hace un gesto de negación. Me da igual lo cabezota que sea o las cuentas pendientes que tenga con este tal Happosai, su orgullo no va a impedir que encuentre lo que hemos venido a buscar.
—¿C-casados?— pregunta el viejo mirándome incrédulo, luego dirige sus ojos hacia Ranma y este hace un gesto de hartazgo.
—Sí, es verdad, ¿vale?. Es mi… mujer— termina en voz baja, como si le costara un auténtico triunfo pronunciar esa palabra.
—Vaaaaaya, vaya, vaya. Con que al final lo hicieron, ¡cumplieron su sueño sobre la unión de las escuelas!
—Fue un matrimonio arreglado. Nos vamos a divorciar— aclaro por si quedaran dudas, me da igual partirle el corazón al abuelo, quiero que la situación quede clara.
Pero en lugar de desilusión me sorprende una cara llena de alegría.
—¡Eso significa que vuelves a ser soltera! ¡Akane-chan!— grita lanzándose derecho a mis senos, con las manos abiertas y los labios ansiosos.
—¡Vejestorio libidinoso!— exclama Ranma, quién ha vuelto a situarse delante de mí y recibe al atacante con una patada directa en la cara. El anciano cae al suelo, yo miro la escena estupefacta. El chico de la trenza agarra mi muñeca, harto de todo.
—¡Nos vamos!— repite dejándolo claro y arrastrándome hacia la salida.
Happosai vuelve a ponerse en pie, se sacude las ropas y toma su pipa.
—Es una pena que os vayáis ya… estoy seguro que esta noche recordaré cuando vi a Genma por última vez.
Yo le miro pasmada pero el artista marcial no se detiene.
—¿Qué me dices Ranma?¿no quieres recordar los viejos tiempos?
—Muérete de una vez, Happosai— responde él.
—¿Y si le añadimos un poco más de emoción al asunto? digamos que hablamos de un combate a K.O. total...
—No me interesa.
—...con 500.000 yens de premio.
Siento como el agarre sobre mi muñeca se suelta ligeramente, ambos nos giramos al mismo tiempo, el viejo sonríe sabiendo que nos tiene justo donde quiere. Necesitamos el dinero.
—Qué contestas, ¿te apetece luchar?
.
.
¡Hola lectores!
Poco a poco comenzamos a calentar motores, creo que se va poniendo más interesante, o al menos eso espero.
No sé como estaréis por vuestros países, pero en España estamos congelados del frío, que ganas de que llegue la primavera.
Me repito mucho pero gracias a todos por leer y dejarme vuestras impresiones en las reviews. Siempre las recibo feliz y me llenan de fuerzas para continuar.
Especiales agradecimientos a Nodokita.
Y ahora las respuestas a las reviews: minato bombon kou (los lectores me dais miedo con vuestra imaginación desmedida, jajaja. Gracias por leer), susyakane (a mi también me encanta Nodoka, parece que siempre va un paso por delante. Y el pobre Ranma es tan OBVIO ;)), jannika1990 (pensé desde el principio que Akane era demasiado torpe para arreglar su cabello ella sola, así que desde mi punto de vista solo quedaba una opción: confiar en Ranma, es tan lindo nervioso...), bry (espero que te haya gustado este capítulo, aquí quizás también Akane empieza a percatarse de alguna de las cosas buenas de Ranma), xandryx (¡Hola! siempre he pensado que la constancia es importante, y el tesón, y la ilusión... por eso siempre me esfuerzo por actualizar, aunque a veces os haga esperar en exceso. A mi también me dio mucha pena cortar el cabello a Akane, me encanta con su pelo largo, aunque creo que Ranma consiguió animarla un poco), Dulcecito311 (Ya sabes, poco a poco... ¡aunque no demasiado que apenas les quedan 10 días! jajaja), nancyricoleon (la pobre creo que comienza a ver el tipo de suegro que le ha tocado...), vanessamc (la verdad es que la situación no pinta nada bien para ninguno de los dos, veremos cómo consiguen sobreponerse a los obstáculos que se encuentren, que malvada me siento ahora mismo...), Rokumon (muchas gracias por tus palabras, me alegra saber que te gusta mi estilo. Quiero pensar que poco a poco sigo mejorando), Sav21 (gracias por tu primera review, como ya he dicho yo también sufrí cortándole el pelo a Akane, pero creo que psicológicamente es importante para el personaje. Los capítulos comenzarán a alargarse pronto ;) ) y Chiqui09 (las peleas entre Ranma y Akane son lo mejor, me encantan cuando discuten y sacan sus propias conclusiones. Y yo creo que con un papá como Genma acabaría desquiciada).
Muchiiiisimas gracias a todos y nos leemos en diez días, espero que hayáis disfrutado el capítulo.
Saludos
LUM
