Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.

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Quince días

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Capítulo 15: Martes 26

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Akane

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Siento su lengua trazando un camino de fuego sobre mi cuello. Me retuerzo bajo sus caricias mientras sus manos, cálidas y apresuradas se cuelan bajo mi suéter.

No hay palabras ni explicaciones, sólo hay lugar para el deseo.

—Ranma…— me escucho suplicar a mí misma mientras rodeo su fuerte cuello con mis brazos, atrayéndolo sin remedio. —...esto está mal…

Sus ojos azules atraviesan mis defensas, me tiene hipnotizada. Acerca sus labios a los míos y gruñe impaciente.

—Tu eres mi mujer— dice antes de abalanzarse sobre mí, cubriéndome con su duro cuerpo, quemando con la punta de los dedos mi piel a su paso.

No tengo fuerzas para seguir resistiendo, no quiero hacerlo. Gimo desesperada cuando le siento palpar la cumbre de uno de mis pechos, pero el me acalla con sus labios sobre los míos.

Ah, por fin un beso. Ya me estaba impacientando, no dejaba de preguntarme cómo sería y ahora, mientras me derrito ante su ímpetu no quiero que se detenga, quiero que siga tocándome con sus rudas manos, quiero que…

—¿Me estás siendo infiel?— giro la vista, justo sobre la cabecera de la cama se encuentra Shinnosuke quién ignora por completo al artista marcial y me mira directo a los ojos.

Intento decir algo pero las palabras no salen de mi garganta, me he quedado sin voz. Los ojos verdes de Shinnosuke no dejan de observarme, mientras el chico de la trenza desliza sus manos por mis muslos, perdiéndose dentro de mi falda a la par que besa mi cuello de forma posesiva.

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...

Abro los ojos y me siento acalorada, contemplo el techo de la habitación sin terminar de orientarme. ¿Qué ha sido eso?¿era real?. Con lo ojos llorosos compruebo que Ranma se encuentra a mi lado, igual que la noche anterior. De nuevo hemos vuelto a dormir juntos, y no puedo decir que me moleste. Cuando bien entrada la noche buscamos un pequeño hotel de la zona ninguno de los dos protestó con demasiado ahínco ante la escasez de habitaciones.

Al menos esta vez encontramos un lugar con cama, lo cual es una novedad.

Siempre se comporta como un caballero, no sé a que ha venido ese sueño pervertido. Ranma jamás haría algo tan impulsivo, ¿verdad?. Todo es culpa de mi calenturiento pensamiento, de toda mi frustración sexual acumulada.

No puedo seguir negándolo, está claro que le encuentro terriblemente atractivo. Mi subconsciente se está encargando de dejarlo en claro, pues si llega a echarse sobre mí de esa manera no tendría la convicción necesaria para alejarle.

Me sonrojo tanto que me siento arder, comienzo a sudar y más ante su dormido rostro, el calor que emana… Sus brazos rodeándome y tocando apenas la piel desnuda donde se ha levantado el pijama sobre el borde de mi pantalón.

Esto es demasiado.

Tengo claro lo que me están intentando decir mis sueños: "Eres una traidora", "Estás jugando con fuego", "Ten cuidado, ese estúpido te gusta demasiado".

Sí, quizás hasta el punto de hacerme dudar… Quizás hasta que una estúpida predicción pueda torturarme de esta forma.

El hombre que amo... Rozo sus labios con la punta de mis dedos, siento su respiración sobre ellos, caliente y pausada. Entreabro los labios, un hormigueo me recorre desde la punta de los pies, me acerco apenas unos centímetros antes de percatarme de lo que estoy haciendo. Retiro mi mano asustada.

¿Quién es el hombre al que amo?

¿Amo a Shinnosuke? ¿O por el contrario estoy comenzando a enloquecer por este bruto desconsiderado?.

No lo sé, y me da demasiado miedo averiguarlo. Me levanto pausada, necesito una ducha. Le doy la espalda y durante un segundo me recorre un escalofrío al sentir sus ojos clavados en mi nuca, me giro rápidamente pero le encuentro dormido, tan apacible que parece imposible de despertar.

Trago saliva inquieta, rogando porque no se haya enterado de mi atrevimiento.

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—¿Cuánto dinero nos queda?— pregunto de forma casual, Ranma camina unos pasos por delante de mí de nuevo hacia la estación de trenes.

—No mucho... Lo suficiente para llegar a Hiroshima.— recapacita sin darse la vuelta.

—Una vez fuí allí con una excursión del instituto, nos llevaron a ver el monumento a los niños— continúo en un intento de que no aflore mi nerviosismo.

—Ajá— responde seco, casi apático.

El cielo se encuentra cubierto de nubes negras y grisáceas, auguran tormenta. Huele a humedad. Me encojo en mi abrigo y guardo las manos en los bolsillos, el frío se cuela en mis huesos.

No me duele su actitud, solo es el resultado de demasiados días juntos... y demasiadas cosas. La charla que tuvimos ayer sobre Shinnosuke fue demasiado esclarecedora. Jamás conté con decirle eso a nadie, nunca esperé que me descubrieran.

Porque al fin y al cabo, si una persona que conozco desde hace apenas diez días ha sabido verlo… ¿también lo sabrán los demás?¿se habrán dado cuenta mi padre?¿y mis hermanas?.

Siento un nudo en el estómago al percatarme de que es muy posible que así sea, a lo mejor a la única persona que he conseguido convencer de lo contrario he sido yo.

Qué patético.

Nos espera un largo viaje, no hacemos más que ir y venir de costa a costa sin un destino claro, este último trayecto estuvo agotador, y ahora de nuevo debemos regresar a la provincia de Kansai. Al menos espero que sea el último de todos.

Compramos los billetes y un par de obentos en la estación, tenemos más de cinco horas de viaje. Estoy segura que después de esta aventura no querré tomar un tren en mucho tiempo.

Tomamos asiento en un convoy prácticamente vacío, no es de extrañar pues es un día entre semana sin expectativas de vacaciones de por medio. Tan solo un par de hombres de negocios nos acompañan, siento que hay demasiado silencio por todas partes, un silencio atronador.

Sé que es inútil cerrar los ojos, he dormido más que de sobras... Y demasiado cómoda.

Sin mucho más que hacer o discutir abro mi comida. Ranma vuelve a encontrarse extrañamente taciturno, no está nada hablador desde hace días, ya apenas se molesta en meterse conmigo. Nunca pensé que lo podría echar de menos.

Me llevo los palillos a la boca distraída mientras el paisaje aparece y desaparece por la ventana. Ranma me copia la idea y de pronto ambos nos encontramos comiendo en silencio, cada uno centrado en sus pensamientos.

—¿Crees que se verá el monte Fuji?— pregunto como quien no quiere la cosa, no sé si con verdadera curiosidad o solo con ánimo de escuchar su voz.

—No creo, siempre está cubierto de nubes— da un buen bocado a una salchicha y mastica brusco, yo sin embargo sonrío apenas con la comisura, satisfecha.

—Es cierto, siempre que he ido hasta allí ha llovido.

—Hoy también va a llover…— apunta mirando el cielo gris que se observa por la ventana.

—¿Tu crees?— digo imitándole, tan concentrada estoy con las nubes oscuras que no me doy cuenta de su hábil movimiento, en un segundo sus palillos se mueven hasta mi caja de comida y me roba una empanadilla.— ¡Eh!— protesto intentado recuperar mi comida, pero sus manos hábiles alejan el bocado de mí.

—Lo hago por tu bien, si sigues comiendo no entrarás en tu ropa.

—¡Devuélvemelo!— me echo sobre él mientras mis ojos no se apartan de sus palillos, prácticamente me tumbo sobre su regazo mientras veo una risotada contenida en sus labios, aprieto la mandíbula llena de muda frustración. —¡Eres...!— corta de raíz mi protesta devolviendome la empanadilla y metiéndola a traición en mi boca, refunfuño con los mofletes hinchados.

—Glotona— murmura mientras vuelve a centrar su atención en su propio plato.

—¡Iof nho foi...!— me obligo a mi misma a masticar a toda prisa y tragar la comida que tengo en la boca. —¡No soy una glotona!

Ranma sonríe de medio lado y se lleva a los labios un montón de granos de arroz, se queda estático acariciando con su saliva esos palillos que hace unos segundos estaban en mi boca.

Me siento enrojecer hasta la punta del cabello, ¿pero en qué estoy pensando?. Siento el corazón bailar encabritado por un repentino sentimiento de pudor adolescente, ¿cuando me he convertido en alguien tan ridículo?. Aparto la mirada espantada y abro un par de botones de mi blusa, intentando que me abandone todo el calor que invade mi cuerpo.

Me abanico distraídamente mientras observo como el chico a mi lado se pone repentinamente tenso, el silencio se vuelve opresor.

—Necesito un refresco— me pongo en pie intentando romper en pedazos mis temores, alejarme de él mientras aún me sea posible. No me mira, solo asiente mecánicamente y yo me alejo a toda prisa por el estrecho pasillo del vagón.

El suelo es inestable, se mueve a cada paso, pero ni eso me impide recorrer varios compartimentos. Cuando llego a uno de ellos aparentemente vacío me recuesto sobre un asiento y apoyo la frente contra el cristal de la ventana.

Ha comenzado a llover, las gotas recorren la superficie arrastradas por la velocidad, trazando líneas horizontales y transparentes en una carrera ajena a mis turbulentos sentimientos.

—Tonta— murmuro para mí mientras me doy un pequeño golpe de autocastigo contra la fría superficie. —Tonta, tonta, tonta.— tres golpes más, pero este ligero dolor no es suficiente para rescatarme, ya no. —No puedes enamorarte de él…— el propio sonido de mi voz hace aún más evidentes mis sentimientos, miro mi reflejo mientras una lágrima recorre mi mejilla, la limpio con rabia y abrazo mis rodillas derrotada.

Este tren no me llevará a casa, me llevará a la perdición. No puedo soportar una jornada más a su lado… y al mismo tiempo, no soportaría perderle.

Siento la encrucijada en la garganta. Lo sé, la mejor forma de curar las heridas es exponerlas, no puedo seguir guardándolo dentro.

Aquí, oculta de sus perturbadores ojos azules por primera vez en días puedo llorar a placer, puedo dar rienda suelta a la tristeza, a la frustración, puedo dejar de mentirme. No soy una persona a la que le guste regocijarse en sus problemas, pero me siento exhausta de cargar a cuestas tantas preocupaciones. Escondo el rostro olvidándome del mundo, dispuesta a dejar en ese lugar todas mis dudas y pesares. Cuando mis lágrimas se sequen volveré a caminar firme, cuando lo saque todo fuera podré mirarle sin sonrojo, podré volver a estrechar sincera la mano de Shinnosuke.

Siento una presencia a mi lado, miro con mis ojos empañados y mi nariz moqueante a un chico que de todos los asientos vacíos ha ido a ocupar el que se encuentra junto a mi.

Me sorbo los mocos dándome cuenta de que siquiera traje pañuelo.

—¿Que no tienes otro sitio en el que sentarte?— escupo enfadada secándome con la manga de la blusa. Se gira y enseguida comprendo que no se encuentra aquí por casualidad.

Mierda.

—¿No te trata bien tu marido?

Le miro aterrorizada, no sé cómo no le he reconocido antes. Me sonríe sin atisbo de alegría, lleva una gorra de un equipo de béisbol que oculta los feos tatuajes en la cabeza.

Estoy atrapada entre él y la ventana, atravesando una tormenta en un tren de alta velocidad que circula a más de 300 kilómetros por hora.

—¡Ran...!— grito y se abalanza sobre mí, pone la palma de su mano contra mi boca y acto seguido saca de entre los pliegues de su abrigo una pistola.

Es la primera vez que veo un arma, miro el cañón petrificada mientras siento sus dedos cerrase fuerte contra mi mandíbula y su cuerpo contra el mío, reteniéndome sin atisbo de duda.

—Esta vez no escaparás— trago saliva, las lágrimas se han secado por el miedo, levanta el arma y la pone debajo de mi cuello, siento la fría boquilla de metal en la tráquea. —Ahora te vas a poner de pie muy despacio y en silencio, no hagas ninguna tontería.

No puedo hacer otra cosa que obedecer, se retira para dejarme espacio y paso delante de él, sabiendo que me tiene en el punto de mira, no me atrevo ni a respirar.

—Camina— ordena, y no puedo evitar dar un pequeño salto en el sitio cuando pasa su brazo por delante de mis hombros, en una postura que podría pasar por un abrazo a ojos inexpertos, salvo por el detalle de la pistola contra mi espalda incitándome a mover los pies.

—No sé qué pretendes, pero es una mala idea— le digo temblorosa mientras avanzo automáticamente recorriendo el camino hasta el vagón que ocupaba junto a Ranma.

—No tengo nada contra tí preciosa, es más, admiro tu fiereza.— siento como refuerza su abrazo y me incita a caminar más deprisa.— Pero mis jefes se impacientan.

Una gota de sudor rueda por mi sien, la urgencia me invade mientras siento que tengo que hacer algo, he de proteger a Ranma como sea. No admito convertirme en la eterna princesa secuestrada, en la víctima indolente que espera a que todo se resuelva mientras asiste impotente al desenlace.

—Ya no la tenemos— digo intentando distraerle, pero su fuerza no cede ni un ápice— ¡La perdimos!

—No sabes mentir— susurra en mi oído haciendo que me recorra un escalofrío de repulsión. —Os llevo siguiendo unos días, estuve a punto de atacarte ayer, en ese parque… pero no soy idiota, no puedo contra Ranma Saotome en espacios abiertos, y tu eres demasiado escurridiza. No se me permite ni un error más.

—Cobarde— musito para que me escuche, pero no parece afectarle.

—No te lo tomes como algo personal, esto solo es un intercambio de mercancía.

—Ranma no te dará la espada— intento que mi voz no tiemble mientras pronuncio la frase.

—Yo creo que sí lo hará, como ya he dicho os he estado siguiendo.

No me atrevo a girarme y preguntar qué ha querido decir.

La puerta del vagón se abre ante nosotros, y el yakuza no duda, retira la pistola de mi espalda y alzándola hacia el techo dispara dos veces. El ruido es atronador, grito y me tapo los oídos, pero no tengo tiempo de huír cuando de nuevo me agarra con brusquedad y su voz firme resuena en la estancia.

—¡Saotome, se han acabado los juegos!— exclama, siento como el cañón de la pistola recién disparada quema contra mi cabeza, contengo las lágrimas.

El artista marcial se levanta despacio, veo su fuerte espalda alzarse entre los asientos y girarse muy lentamente. Su expresión me asusta; la mandíbula a tensión, el entrecejo fruncido, los ojos afilados mientras su pelo negro cubre gran parte de sus facciones. Veo el brillo azul salvaje pasar sobre mí y centrarse por completo en el arma.

No me cabe la menor duda, por primera vez desde que nos conocemos sé que las cosas acaban de ponerse serias. Ranma se ha cabreado.

—Dame lo que he venido a buscar— dice el chico de los tatuajes, y mi marido alza las manos en señal de rendición, le miro sin comprender hasta que lentamente y lleno de cautela toma la mochila y se acerca hacia nosotros.

—Suéltala— y más que pedirlo parece que lo ruega, escucho su voz alterada, como si entre toda su furia hubiera un resquicio de temor.

Siento la pistola clavarse más fuerte contra mi cabeza, me esfuerzo por no emitir ningún sonido que altere más a Ranma, pero no puedo evitar que un leve quejido escape entre mis dientes.

—¡Dame de una vez la katana!— grita fuera de sí, no soy consciente del momento en el que mis piernas han comenzado a temblar.

Se miran en silencio mientras el traqueteo del tren desplaza los vagones de forma imperceptible, Ranma tira la mochila hasta nuestro pies. La espada sobresale por encima envuelta en telas negras.

—Y ahora suéltala— reclama de nuevo plantado firme, sin atreverse a mover un músculo, siento el aliento del yakuza sobre mi cuello a la par que aprieta con fuerza su agarre.

—Claro… toda tuya— me empuja, tropiezo con la mochila y en el mismo instante que caigo de bruces contra el suelo escucho un nuevo disparo.

Las luces del tren se apagan, el eco de la detonación retumba por todas partes y yo me arrastro por el suelo mientras escucho el ruido de pasos alejándose a toda prisa.

—¡¿Estás bien?!— las manos de Ranma me zarandean impetuosas, sus ojos me miran frenéticos mientras yo apenas asiento un par de veces. —¡Ese hijo de...!¡Quédate aquí!— siento sus dedos cerrarse fuertes en mis brazos un segundo antes de soltarme y seguir los pasos de mi atacante a toda velocidad.

—¡No Ranma!¡Es peligroso!— me encuentro gritando cuando le pierdo de vista, ¡estúpido irresponsable!, ¿que no ve que ese tipo tiene un arma?¿en qué demonios está pensando?.

No puedo permitirlo, me recompongo y corro tras ellos, no me pasa inadvertida la alarma que suena ensordecedora por todos los altavoces, el tren cada vez circula más lento y parece que en cualquier momento va a detenerse.

Seguro que ese tipo lo tenía todo planeado para que así fuera, con ese último disparo ha debido de activar el sistema de emergencia.

Avanzo a toda prisa, con el corazón en un puño rogando porque el imbécil de mi marido no haya cometido ninguna tontería. Me llevan demasiada ventaja.

Los vagones no parecen acabarse nunca, antes de que me de cuenta estoy sudando y llegando al final del tren.

Sintiendo que me van a estallar los pulmones doy con la cabeza tractora y me quedo mirando la pared que tengo enfrente como una estúpida, esperando que en cualquier instante se abra una puerta secreta que me permita seguir avanzando. Me doy la vuelta percatándome de que he pasado algo por alto, regreso sobre mis pasos hasta que encuentro una de las puertas de emergencia forzada.

Observo las inclemencias meteorológicas golpeando fuerte el fuselaje del tren ya detenido, las gotas caen dolorosas y sin compasión sobre el verde campo que se extiende hasta donde me alcanza la vista. Afuera todo es gris, la tormenta no me deja escuchar nada.

Doy un paso hacia atrás, tomo impulso, una bocanada de valor y salto, el suelo estaba más lejos de lo que parecía. Ruedo sin control por una ladera hasta que me recibe un enfangado campo de arroz. Mis manos se hunden en el lodo y la humedad cala hasta mis huesos.

Alzo la vista, la lluvia me golpea, aparto mis mojados cabellos de mi cara y me cubro con las manos haciendo forma de visera, no veo nada.

—¡Ranma!— grito muerta de miedo, muevo los pies intentando salir de mi prisión de barro y rogando a todos los dioses que conozco por que se encuentre bien.

Un millón de imágenes de malos augurios pasan por mi cabeza. Ese yakuza tenía una pistola, ¡una pistola!.

Durante un momento me invade el terror de pensar al fiero artista marcial tirado a mis pies, herido de muerte entre las hierbas altas y el cielo gris que nos azota inmisericorde.

De pronto distingo una sombra, algo se mueve rápido tras de mi. Mis sentidos se alteran, la adrenalina se dispara en mi cerebro cuando me giro y veo al yakuza firmemente plantado a pesar de la tormenta, en su mano derecha el arma, en la izquierda la hoja de la katana. No hay rastro de Ranma.

Siento como si me acabaran de apuñalar en el corazón, le miro pero a la vez no lo hago, mis pupilas se mueven frenéticas en busca de la figura del chico de la trenza. Nada, no veo nada.

Las lágrimas que corren por mis mejillas se confunden con las gotas de lluvia. Me duele, no puedo respirar.

—¿¡Dónde está!?— exijo saber, hasta que no sale de mi garganta no me percato de lo frágil que suena mi voz. —¡Dónde está Ranma!

El tipo me observa, o al menos creo que lo hace, me examina entre el espacio que le deja su gorra sin hacer un solo movimiento, ¿qué está mirando?¿qué es lo que piensa?.

Camina hacia mí, da un par de pasos y me invade el pánico, se adueña de mis sentidos hasta embotarlos.

Va a matarme, tengo la absoluta certeza de que lo hará. Niego con la cabeza intentando con ello burlar al destino, escapar mentalmente de lo que estoy segura será mi fin.

—¡Detrás de ti estúpido!— la atronadora voz de mi marido me llega clara aún a pesar de la tormenta. Suena como un poderoso trueno, un rugido que hace temblar la tierra.

Se abalanza sobre el yakuza y este alza la pistola, todo ocurre demasiado deprisa, dispara una vez y Ranma da un paso en falso, esquiva la bala por milímetros y le encaja un brutal puñetazo. Grito y ya no sé si es de miedo o excitación. Ambos se enmarañan en una trifulca sucia, llena de gruñidos y maldiciones, a mi espalda escucho el crujir de las vías del tren mientras la máquina vuelve a ponerse en marcha.

Tengo que hacer algo.

Me acerco a ellos a sabiendas que me arriesgo a llevarme un fuerte golpe, o quizás algo peor. Veo que la katana ha caído entre las hierbas, me acerco todo lo deprisa que puedo por la enlodada superficie. Agarro el extremo, el metal se muestra entre el barro, lo estrecho contra mí un segundo antes de percatarme del silencio.

No escucho la pelea, solo la lluvia golpeando la tierra. Me giro y veo algo que no me espero, en algún momento el yakuza ha recuperado su arma y desde la lejanía me apunta, veo sus ojos brillar fijos en los míos mientras Ranma alza las manos en señal de rendición.

No lo hizo cuando le apuntó a él, no lo hizo cuando le disparó, se rinde por mí.

Trago saliva, comprendo demasiado tarde lo estúpida que he sido, la carga que supongo.

—Vamos a llevarnos bien— dice sabiendo que tiene la situación controlada, avanza hacia mí y siento como me encojo ante su presencia, Ranma le sigue con la mirada de forma peligrosa. —Dame eso— hace un gesto con su mano izquierda, y yo intento negarme, intento darle a entender a Ranma que no tiene que protegerme, es el momento, debe atacarle ahora que su atención está sobre mí.

Y sin embargo no hace nada, me lanza una mirada que no entiendo, oscura y silenciosa. El yakuza sonríe mientras toma la espada de entre mis manos sin ningún esfuerzo.

—Gracias preciosa— dice mientras se aleja de regreso al tren, escucho sus pasos amortiguados, las vías crujen cuando el tren acelera la marcha, lo sé, nos deja atrás, y sin embargo yo no puedo apartar los ojos de Ranma, quien ni siquiera ha movido un músculo, que sigue quieto con sus ojos en los míos.

Basta por favor, no me hagas esto.

La lluvia no cesa, sus cabellos negros se pegan a su cara dándole un aspecto salvaje. Así desde la distancia por un momento pienso que es una bestia magnífica, un ser de fantasía salido de un antiguo libro de fábulas.

Da un paso en mi dirección, mis pensamientos se interrumpen y en su lugar me invade la incertidumbre.

Me siento pequeña, igual que aquella vez en la bañera cuando me rescató del mar, entiendo que su expresión es la misma.

—¿Te das cuenta de lo que has hecho?— dice con calma contenida, siento la tensión en su voz muy por debajo de sus palabras.

—Yo solo quería ayudar— por mi culpa, por mi maldita culpa hemos perdido la katana, la herencia de su madre, lo único que podría poner fin a este matrimonio que tanto le incomoda.

—¿Ayudar?¿¡Ayudar a que te mataran?!— grita mientras avanza hacia mí, sus pasos levantan el agua del campo de arroz, se pone a mi altura y veo sus dientes apretados, su expresión contraída.

No lo entiendo.

—¡No tienes que protegerme!¡puedo cuidarme sola!

—¿Que no tengo que...?, ¡Vas a conseguir que me muera de un ataque!

—Podrías haberle quitado la espada.— replico apartando mis cabellos mojados de mi cara, la lluvia continúa golpeándonos, ya no queda rastro alguno del tren.

—¡Lo habría hecho si no te estuviera apuntando a la maldita cabeza!

—¿Crees que iba a dispararme?, ¡no le servimos de nada muertos!

—¿Y tú qué demonios sabes? yo te lo diré, ¡nada!¡no sabes nada de la yakuza ni del mundo que hay allá afuera!, ¡solo eres una estúpida cabeza hueca que se cree tan fuerte como para no hacerme caso jamás!— sus manos tiemblan, no se si de ansiedad, miedo o frustración.

Me he quedado muda ante el torrente de insultos, ni siquiera me salen las palabras, no sé qué contestar.

—Yo… estaba preocupada.— siento las lágrimas pugnar por salir de mis ojos, aún así las retengo, aún a pesar de que no me costaría esconderlas entre las gotas de lluvia.

—Te dije que te quedaras— gruñe, bajo la mirada avergonzada, intentando no delatar mi estado, hasta que siento su mano agarrar la mía.

Miro hacia abajo, sus dedos están sucios de barro, acaricia el dorso de mi mano derecha con el pulgar, lo hace rápido, tanto que por un momento dudo que no haya sido una ilusión.

Y siento su fuerza atraerme contra sí, jala mi brazo rápido como el rayo, súbito como la tormenta, respiro agitada contra su pecho mientras siento sus manos enredarse en mi cintura.

Me abraza posesivo y me sonrojo hasta el extremo.

—No vuelvas a preocuparme así jamás, ¿me oyes?— susurra en mi oído, yo cierro los ojos sintiendo su aliento contra mí, si sigue hablándome de esa manera comenzarán a temblarme las rodillas.

—P-pero la katana…— digo la primera estupidez que me pasa por la cabeza, él se separa unos centímetros, sus manos dejan de ejercer fuerza, me liberan a pesar de que no deseo que lo hagan.

Me suelta pero retiene mi mano en la suya, sus ojos me miran lejanos.

—Salgamos de aquí.

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Hace mucho rato que dejé de sentir las piernas. Las muevo de forma automática, un pie detrás de otro, y otro más. Cuando conseguimos salir de los enlodados campos de arroz la cosa no mejoró demasiado, lo sustituimos por un camino encharcado, adentrándonos en un denso bosque donde las ramas frenan un poco las gruesas gotas de lluvia y nos cobijan del frío aire invernal.

Ranma no ha soltado mi mano, no parece guardarme rencor por haberme entrometido en su pelea… por hacer que finalmente nos quedáramos sin nada: ni mochilas, ni dinero, ni pistas, ni espada. Nada.

Ahora solo somos dos jóvenes perdidos a merced de los elementos, que no parecen querer darnos tregua.

Huír de la lluvia ha dejado de ser necesario, ya estamos completamente empapados, lo único que puedo hacer es pasarme la mano por la cara, intentando que las gotas me impidan ver el camino.

El artista marcial no se encuentra en mejor posición, por pura desesperación ha terminado echando hacia atrás su empapado flequillo, su frente despejada le da un aspecto diferente, me atrevería a afirmar que más rudo. Sus cejas oscuras resaltan como nunca sobre sus ojos azules, fruncidas, en tensión.

Siento como el agarre de su mano mojada se hace más fuerte, giramos bruscamente hacia un diminuto camino que para mí habría pasado inadvertido, pero no para sus ojos expertos. Retira las ramas con su mano libre, yo le imito, no pregunto, ya no me quedan fuerzas. Me fio por completo de él y de su instinto.

Me guía sin ápice de duda, y entre los árboles resurge un diminuto claro en el que se yergue un altar. Dos zorros de piedra llenos de musgo guardan la entrada a una vieja construcción de madera, ajada y descuidada, con una diminuta imagen de un buda resguardada tras un techado. Sin ceremonias, ni siquiera una tenue reverencia invadimos por completo el lugar.

Ranma se dirige a la parte de atrás donde descubre una cabaña, está tapiada con grandes hojas de madera que cubren por completo la pared, pero sus manos la fuerzan en apenas dos segundos. Corre la puerta y nos golpea el olor a madera vieja y humedad.

Es solo una habitación con apenas cuatro tatamis, diminuta y sencilla. Pero dentro se está seco y cobijado. Apenas acierto a quitarme mis empapados zapatos antes de poner un pie dentro, me dejo caer sobre la superficie con la sensación de haber corrido kilómetros. Quizás es que lo he hecho.

—Sabía que tenía que haber uno de estos por algún lado— dice el chico a mi lado, se encuentra sentado, con sus cabellos goteando abundantemente pero con una sonrisa triunfal en los labios.

Tal vez no es la primera vez que recurre a invadir un templo con tal de librarse de la lluvia.

—¡Atchis!— estornudo de repente, él me mira un instante antes de ponerse en pie y rebuscar por la pequeña sala, hay un armario a su derecha que no duda en abrir de par en par.

—Estos sitios suelen estar abandonados, solo el monje principal de la montaña baja de vez en cuando a presentar sus respetos. Tienen estas sala para descansar, y a veces…— se gira hacia mí con una expresión de auto satisfacción que no disimula en lo más mínimo —... tienen mantas.

Mis ojos brillan cuando lanza hacia mí el grueso cobertor, huele a moho y no parece especialmente limpio, pero en estos instantes eso me importa más bien poco, me deshago de mi abrigo, comienzo a desabrochar los botones de mi blusa cuando me detengo en seco.

Le echo una rápida mirada al chico de la trenza y le doy rápidamente la espalda.

—No mires— le advierto, él me observa de reojo y chasca la lengua.

—¡Ja!¿quién querría? para lo que hay que ver…

—¿Qué insinúas?— le espeto molesta, él se deshace de su chaqueta y veo su camiseta interior pegada por completo a tu tórax, el agua marca sus músculos contra la tela de forma apabullante. Me sonrojo hasta el punto de creer que tengo fiebre.

—No voy a mirar— dice entre aburrido y conciliador, yo solo asiento en silencio no sin antes comprobar que efectivamente me da la espalda y se concentra en quitarse su propia ropa.

Me deshago de mis pantalones y de mi blusa, un poco más de convicción me cuesta quitarme el sostén. Me cuelo rápida bajo mi manta y me encojo de frío.

Vuelvo a echar un vistazo de reojo, no porque quiera mirarle, solo para asegurarme que ha cumplido su promesa, le veo refunfuñar envuelto en su propia manta hasta la cintura, dejando al aire su pecho sin ningún pudor y destrenzando su peinado. Le observo absorta, y aún más si cabe cuando deja su melena mojada caer sobre su espalda y sacude la cabeza como un animal molesto.

Sus ojos azules encuentran los míos y me apresuro a desviar la vista hacia la pared más cercana, encontrado sumamente interesantes las manchas de humedad.

—Qué, ¿yo no puedo mirar pero tú sí?— pregunta divertido, me siento arder de pura humillación.

—No estaba mirando, es que eres un desvergonzado.

—¿Desvergonzado?— levanta una ceja contrariado, y yo me siento acorralada por mis propias palabras.

—Tápate— suelto lo único que me viene a la cabeza… a esta cabeza pervertida que me va a llevar al borde del abismo.

—Vamos, eres médico, no soy el primer tipo al que ves así— comienza a secar sus cabellos con parte de la manta, mostrando una indiferencia que me es complicada de asimilar.

No cuando me has abrazado de esa forma, no cuando me has dicho eso.

Me siento tan confundida que no sé qué esperar. Me molesta su naturalidad, me confirma lo que llevo sospechando desde el primer día: que no soy nadie, no soy nada.

Para él no soy "especial" de forma alguna.

Me encojo todo lo posible, tirito y no se si es de frío.

—Presumido— digo entre dientes, dando por zanjada la estúpida conversación.

El silencio se apodera de la pequeña habitación, solo interrumpido por el sonido de la lluvia golpeando la hojarasca.

—Deberíamos dormir y esperar a que amanezca— propone él mirando hacia la pequeña franja abierta que ha dejado en la puerta, por la que se ve el exterior.

—Y a que se seque la ropa— concluyo.

—Mañana tendremos que buscar una forma de llegar a esa isla.

—¿Aún… quieres continuar?

—¿Tienes algún otro plan?

Niego con la cabeza, lo cierto es que estoy completamente en blanco, me siento atrapada.

Ranma suspira y con la manta anclada a su cintura saca del armario un colchón de futón individual. Lo extiende en el minúsculo espacio y me dirige una fugaz mirada.

—Tu duerme ahí, a mi me vale el suelo.

—¿Eh?— mi sorpresa no puede ser mayor, le miro sin entender mientras se estira en el polvoriento tatami y me da la espalda.

Llevamos tantos días compartiendo cama que de alguna forma me ha empezado a parecer que eso es lo normal, su cambio de actitud me desconcierta.

Me muerdo el labio inferior, daría un mundo por llegar a alcanzar sus pensamientos.

—¿No quieres dormir conmigo?— hasta que no sale de mi boca no me doy cuenta de lo terrible que suena, casi como una… proposición.

Trago duro pero él no se mueve, no se si me está ignorando o se ha quedado tan en shock como yo. Todo es culpa de ese sueño, de sus gestos hoscos, de su actitud que no entiendo.

Quizás una parte de mí sí que se estaba insinuando. Una parte que hasta hoy desconocía.

—¿De veras pretendes que durmamos juntos y desnudos en ese colchón?— lo dice sin girarse, su voz se ha tornado ronca, de alguna forma la percibo alterada.

—¿Qué?¡no!¡claro que no!— enrojezco furiosamente, tanto que siento humo saliendo por mi cabeza —¡L-lo decía por si tenías frío!¡solo intentaba ser amable!— me arrebujo en la manta y le imito, me tiendo sobre el tatami dándole la espalda, sintiendo mi orgullo herido hasta lo más profundo de mi ser.

Ya sé que no le gusto, ya sé que no tengo "nada que quiera ver", pero lo que me restaba de dignidad femenina acaba de ser pisoteada salvajemente hasta morir.

—¿Que haces? acuéstate en el futon— me dice, pero yo le ignoro, intento conciliar el sueño sobre la dura superficie. —Eres una cabezota— gruñe, le escucho alzarse, sé que me observa en silencio. —¡Eres tú la que se va a resfriar, y te recuerdo que te casas el sábado!

—¿Y a ti que te importa?— me doy la vuelta, coloco la manta por encima de mis brazos y saco las manos, envolviéndome como si se tratara de una toalla de baño.

—¿A mi? pfff— hace un gesto feo con los labios.

—Entonces déjame en paz.

—¡Eso haré!

—¡Perfecto!

—¡Bien!

Nos miramos indignados un segundo antes de volver a recostarnos cada uno en una sección del tatami.

Cierro los ojos intentando que por obra de magia me asalte el sueño.

—¿De veras vas a dormir ahí?— escucho a mis espaldas, es la gota que colma el vaso.

—¿¡Pero qué te pasa!? ¡si tu duermes en el suelo yo también!— le grito malhumorada, le veo llevarse una mano a la cara.

—¿¡Qué no ves que no puedo!?

—¿De qué demonios hablas?

—¡No soy de piedra, maldita sea!

Arrugo las cejas antes de darme por enterada, miro hacia abajo, con mi desnudez resguardada solo por el cobertor.

Ah.

Mis mejillas explotan.

—P-pero si hace un momento has dicho que…— tartamudeo mientras aprieto la manta contra mí, asegurándome de que no se mueva de su sitio.

—Da igual lo que dijera, eres una mujer… no soy inmune a eso.— parece mortificado, se encuentra tan apurado que ni me mira.

Siento mi ego recomponerse en un segundo, tomo aire intentando asimilarlo.

—Y-yo no tengo intención de…

—¡Ja!,¿te crees que yo quiero algo con una marimacho sin pechos como tú?

Mi auto confianza destruida nuevamente, me estoy perdiendo por completo en esta conversación tan vergonzosa.

—No se trata de ti— se apresura a aclarar. —No conoces a los hombres, da igual quien sea la chica, simplemente no puedes pretender que estemos desnudos en la misma cama.

Ahora lo entiendo demasiado bien. Siento un nudo en la garganta, yo tampoco le miro, no puedo. Arrastro mi maleado orgullo hasta el colchón del futon y me dejo caer, le doy la espalda, así por lo menos se callará.

Le escucho suspirar, supongo que rindiéndose a la evidencia.

Si ni siquiera le gusto para "eso" no puedo esperar que guarde otro tipo de sentimientos por mí.

Ni siquiera le agrado. Que tonta que soy.

En mi vida me he sentido más rechazada que en este momento; más estúpida, más necesitada de sus brazos. No puedo dejar escapar las lágrimas, no puedo consentir que descubra mi vergonzoso secreto.

Siento su presencia a mi lado, rueda sobre su costado y deja parte de su cuerpo sobre el mismo colchón que ocupo yo.

—Hagamos un trato, tu no te muevas y yo tampoco lo haré.

No digo nada, no puedo sin que note lo roto de mi voz. Me encojo sobre mí misma intentando conservar el calor.

Cierro los ojos, rezando porque la noche pase rápido y de una maldita vez salga el sol y despunte el alba. Rezo para poder salir cuanto antes de aquí y dejar muy atrás este amargo sentimiento.

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¡Hola de nuevo!

Han pasado un par de meses desde mi última actualización, ojala y la espera no haya sido muy larga.

Muchas gracias a todos por vuestros comentarios, como veis ya estoy de regreso y no pienso dejar la historia colgada, ¡y menos en la recta final!.

Es curioso, pensé que una vez regresara de conocer Japón podría escribir sobre el país con mucha más facilidad, ¡y resulta que es justo al revés!, supongo que en ciertos sentidos el atrevimiento de la ignorancia es toda una bendición, pero como escribo ficción bien puedo tomarme todas las licencias que guste, ¿no?, jejeje.

Como sea mil gracias a todos los que aún seguís pendientes de este fic, y gracias por todas las felicitaciones, ¡voy a esforzarme en escribir el final!.

Y como siempre especiales agradecimientos a Nodokita por su paciencia y correcciones.

Saludos.

Lum