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Espejo

Caminaba descalzo por las playas de Suecia mojándose los pies en el agua fría cuando lo vio por primera vez. Al momento Reconoció el cosmos como enemigo, pero no le importó, no había agresividad allí, ni ira, no le causaba alarma. Solo una genuina impresión de sorpresa, que venía de sí mismo.

Se sentía sobrecogido, la imagen era demasiado exquisita como para interrumpirla con un ataque. Era el perfil de un joven hermoso, de figura alta y estilizada, de cabello rubio que brillaba con el sol de la mañana y se elevaba en risos casi trasparentes; coronados por unos grandes ojos celestes le miraban serenos… era él mismo. Como verse en un espejo, no – se dijo– no exactamente, había cosas que él no tendría, ni la mirada tan limpia ni el porte tranquilo podían ser suyos.

Kasa de Lymnades, cuyo poder era mostrar lo más amado y Afrodita que nunca amó nada más de lo que se amó a sí mismo. Estar frente a su propia imagen, aun sabiendo de quién se trataba en realidad, fue una sensación maravillosa y dulce; trascendentalmente fuerte para su espíritu.

Se acercó sin desconfianza, porque aquel ser era él, en una versión de él refinada y pura que no le provocaba miedo. Aquellas manos que lo tocaron lo hicieron de la forma en que siempre deseó ser tocado y no pudo rechazarlas, la boca, el cuerpo completo, no se movía como se habría movía él, sino como él anhelaba, en lo más profundo de su ser; porque Lymnades podía ver en lo más recóndito en su mente, en sus más prohibidos deseos.

Lo acarició, obedeciendo su voluntad y Afrodita yació con él, por primera vez en su vida, ajeno a todo, sin dolor, ni preocupaciones, ni reservas. Se entregó a la única persona que nunca le había fallado en el mundo, la única en la que podía confiar, él mismo.