Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.
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Quince días
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Capítulo 16: Miércoles 27
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Ranma
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El insomnio no es tan malo, al menos te deja tiempo para pensar.
Y una noche larga te puede dar tiempo a pensar en muuuuchas cosas: piensas en lo que estás haciendo con tu vida, en lo que harás a partir de ahora, en las deudas, los problemas, discusiones… piensas en cualquier tontería con tal de alejar de tu mente lo que de verdad te está matando.
De esa forma también te da tiempo para intentar no pensar: no piensas en el calor de su espalda desnuda pegada a la tuya, ni en las estupideces que le acabas de decir con tal de que no sospeche lo que en realidad sientes… pero sobre todo no piensas en besarla, eso no, eso ni siquiera se me ha pasado por la cabeza.
No, no, no, no pienses en besarla.
Respiro profundamente, intentando rememorar los ejercicios de meditación que me enseñó mi maestra, eso ayuda un poco.
Esta estúpida chica virgen me está torturando, ¡y lo peor de todo es que ni siquiera se da cuenta!. Va a acabar conmigo, el día que se marche de mi lado y vuelva con su prometido siento que moriré, me destrozará por completo.
Esto no podía ser desde el principio, ¿que estoy haciendo aferrándome a ella?
"Se la robaré".
Ni de broma.
"Estamos casados, ese tipo ni siquiera cuenta".
¿De veras lo crees?.
"Y puede que yo no le sea tan indiferente".
Oh vamos, te propuso dormir juntitos como si fueras su mejor amiga en plena fiesta del pijama, o peor aún, del "no pijama".
En la pugna que mantienen mi cerebro y mi corazón el primero va ganando por goleada.
Menos mal que está amaneciendo, no soportaré mucho más así. Me levanto envuelto en la manta y miro hacia el exterior, ya no llueve pero el frío sigue ahí. La ropa no se ha secado, y ella se encoge intentando retener el calor de su pequeño cuerpo.
No sabe lo cerca que he estado de prestarle el mío.
Reticente me coloco la camisa y los pantalones de vuelta, no puedo hacer más al respecto, e ir desnudo por el bosque no es una opción. No sé donde estamos y no comemos nada desde ayer, no puedo dejarla dormir más.
La observo desde mi altura, me agacho a su lado y tomo su hombro desnudo, la electricidad del contacto hormiguea en mi mano pero me obligo a dejarlo a un lado.
—Akane, despierta— la muevo ligeramente, su piel está helada, abre los ojos y veo las ojeras oscuras, no parece haber pasado mejor noche que yo. Debí abrazarla para darle calor, así muriera en el maldito infierno de mi deseo.
—¿Ya es de día?— pregunta llevándose una mano al rostro, mientras que con la otra sujeta la manta a su cuerpo.
—Sí, tenemos que seguir el viaje.
Ella asiente, suspira y se despereza, mira su ropa aún mojada.
—Te espero afuera— digo mientras corro la fina puerta de madera que nos separa del bosque y vuelvo a ponerme mis empapados zapatos.
El frescor del alba me golpea, pero ni eso sirve para limpiar mis pensamientos. Entiendo que no hay nada que pueda hacer para librarme de ellos.
Miro alrededor, sé que nos encontramos en algún punto al oeste de nuestro destino, debemos volver al camino principal y llegar al pueblo más cercano, y desde allí encontrar un medio de transporte para poder alcanzar a ese yakuza, ese desgraciado que apuntó a Akane con un arma. Imperdonable.
Ella no tarda en estar lista y enguantarse sus zapatos sin una sola mueca de incomodidad. Su rostro está más blanquecino que de costumbre, parece cansada, supongo que yo no debo tener mejor aspecto.
Comenzamos a caminar en silencio, no sé si está molesta o asustada por mi comportamiento de anoche y me da demasiado miedo preguntar.
La humedad del aire hace que sienta los huesos helados, Akane se abraza a sí misma sobre su ropa mojada y a mi se me llevan los demonios. Aprieto el paso, hemos de encontrar un pueblo cuanto antes y poner fin a esta situación.
No se merece esto, debería estar en su casa, acicalándose y preocupándose de estar hermosa para el día de su boda; no llena de barro, cansada y congelada, caminando por mitad del bosque con el bueno para nada de su marido.
Las piedras del camino están húmedas y resbaladizas, pero ella no tropieza. Escucho sus pasos firmes tras los míos, decididos.
Pasan más de dos horas hasta que encontramos una pequeña población de montaña, casas bajas se arremolinan por todas partes abriendo un claro en el cielo, dejando atrás los árboles. Suspiro satisfecho.
—Vamos a buscar ropa seca.— digo internándome en un pequeño callejón entre las casas, ella me sigue contrariada.
—Pero no tenemos dinero.
—¿Quién ha hablado de pagar por ella?
—Piensas… ¡¿robar?!— exclama alterada, yo me giro a tiempo de poner un dedo sobre mis labios mandándole callar.
—No es robar si de verdad lo necesitas.
—¿Te enseñó eso tu padre?
Levanto una ceja ofendido, estoy a punto de replicar con insultos pero me muerdo la lengua. La muy estúpida no se da cuenta de nada.
Miro atento a un lado y a otro hasta que encuentro lo que estaba buscando, salto la valla de una casa y me cuelo en su jardín.
—¡Ranma!— la oigo reclamar a mis espaldas, la ignoro y me centro en mi objetivo.
Cuando vuelvo a saltar la valla la encuentro con expresión ceñuda, brazos cruzados y cara de pocos amigos. Le tiendo lo que he encontrado.
—No pretenderás que me ponga eso, ¿verdad?— será desagradecida.
—Umh… bien mirado es demasiado sexy para tí.— digo estirando el vestido y comprobando que la longitud de la falda es más bien escasa.
—¡Esa no es la cuestión!— grita arrebatándome la prenda, yo le sonrío sabiendo que he golpeado en el punto justo.
—Lo mismo prefieres quedarte así y morir de frío.
—¡Es mejor eso que robar!
—Si tu lo dices…— respondo dándole la espalda, me quito la chaqueta y mi camisa china y las sustituyo por la ropa que acabo de tomar "prestada", una camiseta blanca y una cazadora un tanto ajada. Cuando termino ella sigue ahí, observando indignada.
—No pienso desnudarme aquí— dice, y noto su voz tambalearse a la par que su convencimiento.
—No viene nadie y estás empapada, date prisa— es una cabezota, si no insisto bien puede pasarse así todo el día. No me caben más preocupaciones en la cabeza, necesito encontrar la forma de llegar hasta nuestro destino. Le doy la espalda esperando que siga mi ejemplo.
Refunfuña pero comienza a desvestirse, yo oteo nervioso hacia el final de la calle, esperando que estemos tan solos como he afirmado.
—Es un poco… estrecho.
—Parecía tu talla— me giro intentando disimular mi creciente interés y me encuentro con su blanca espalda desnuda, con la cremallera del vestido sin subir. Nuestras miradas se cruzan durante un instante eterno en el que ella no parece molesta, ni siquiera intenta esconder su desnudez.
Sus párpados se mueven haciendo que las pestañas negras que trazan sombras en sus mejillas me embauquen hasta el absurdo. Sus ojos se nublan durante un instante y sus labios se entreabren. Si no fuera porque es imposible juraría que lo hace apropósito, me está dejando ver su piel deliberadamente en un más que peligroso coqueteo que destruye por completo mi voluntad.
Trago saliva y noto mi garganta arder ante la sequedad. No puedo apartar la mirada, no me permito fijar mi vista en otra cosa que no sea ella.
Abro la boca como un estúpido y no llego a articular palabra cuando escuchamos una voz.
—¿Quién anda ahí?— proviene del otro lado de la tapia, ambos nos agachamos con el corazón en vilo por ser atrapados, agarro la mano de Akane y le indico que me siga, caminamos en silencio pegados al muro de la casa hasta que nos ocultamos entre unos arbustos.
—Cada vez me gusta más tu plan.— sisea sarcástica, y yo no puedo evitar fijarme en que aún lleva el vestido desabrochado. Las mangas quedan sueltas sobre sus hombros, y la abierta cremallera muestra hasta el inicio de su estrecha cintura. Es un vestido ligero de color marino, seguro que muy querido por su propietaria (o propietario, nunca se sabe).
Siento mis dedos temblar de pura ansiedad, se mueven con voluntad propia. Toman la pequeña cremallera y terminan de subirla tapando por completo su piel, ella me mira sonrojada. ¿Desde cuando soy un caballero bueno para nada?.
No sé si me estoy sobrepasando de acto o palabra, ya perdí la cuenta de estos breves instantes en los que intento decir algo y no lo consigo. O al menos no lo que estoy pensando.
Cuando el camino parece de nuevo despejado me pongo en pie con cautela, Akane me imita y caminamos rápido por las lindes del poblado. Me detengo un instante delante de algo que podría sernos de gran ayuda.
—¡No vamos a robar esa moto también!— espeta tomándome del brazo, sin duda leyendo claras mis intenciones.
—La devolveremos cuando ya no la necesitemos.
—¿Y cuando será eso?
—Oye, yo al menos intento solucionar las cosas, ¡tú no haces más que quejarte!
Me mira con los labios a tensión, pensando su respuesta. No hay nada que hacer, debe entender que yo tengo razón.
—No quiero más líos, eso es todo.
—Pues entonces date prisa y ayúdame a encontrar las llaves, espero que tenga gasolina.— examino el cacharro que tengo delante sin mucho convencimiento, no es un modelo nuevo, ni siquiera es un modelo de esta década, pero me imagino que servirá.
—¿A cuantos kilómetros estamos de esa isla?— pregunta a mi espalda.
—Me imagino que a unos cientos— respondo sin girarme, observando el mecanismo que no parece atravesar sus mejores momentos.
—¿Y esta es la parte alta de la montaña?— insiste, la miro molesto preguntándome qué pretende con tantas cuestiones.
Akane agarra el manillar de una bicicleta, una muy sencilla con una cestita frontal y visiblemente en mejor estado que la motocicleta. Sonrío de medio lado, bueno, eso también puede servir.
—¿Y esto no es robar?
—Vas a subir o qué— me contesta ignorando mi pregunta.
—Claro, pero "conduzco" yo.
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—¡Vas demasiado rápido!— exclama mientras sus manos se aferran histéricas a mi cintura.
—¡Yujuuuuuuuuuuu!— río a la par que doy fuertes pedaleadas por la cuesta abajo, me siento invencible, más que eso, estoy feliz. Akane también grita pero por razones muy diferentes.
El frío me golpea en las mejillas y me encanta, con su calor tengo más que de sobra, este sentimiento es único e irrepetible. Intento atraparlo para siempre.
Aplasta sus pechos en mi espalda, sus manos me agarran tan fuerte que por momentos me cortan la respiración, pero comienzan a relajarse según va cediendo su miedo, comienza a confiar en mí.
Me dejo arrastrar por la pendiente, la bicicleta vuela sobre el asfalto y una de sus manos se desprende, escucho su risa nerviosa y cantarina.
Definitivamente esto se siente demasiado bien.
—¡En la siguiente cuesta arriba cambiamos de sitio!— digo por encima de mi hombro.
—¡Ni de broma!— contesta risueña, apartándose los cortos cabellos del rostro con su mano libre.
Sonrío pletórico rogando porque este momento no termine nunca.
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—No me lo puedo creer…— miro la rueda pinchada con un disgusto difícil de disimular, Akane también se encuentra a mi lado, los dos agachados a un lado de la carretera con nuestro vehículo de transporte.
—Supongo que era una posibilidad.
—Esto no hubiera pasado si hubiéramos robado la moto.
—¡Ajá! lo dijiste— me apunta con el dedo índice.
—Te recuerdo que tu robaste esta bicicleta.
—Pero le dejé una nota explicativa a su dueño.
—Claro, eso lo arregla todo. Con gente como tú no haría falta la policía.
Me pongo en pie, no nos queda más remedio que caminar, ella parece comprender y también se levanta. No va a ser fácil, nada en este viaje lo está siendo.
Emprendemos una marcha renqueante, no hay que ser un genio para darse cuenta que caminando no llegaremos jamás. Varios coches pasan a nuestro lado, pedir ayuda tampoco es una deshonra, ¿verdad?.
Los vehículos circulan sin tener la menor intención de detenerse aún a pesar de mis señales, seguimos caminando y no es hasta un rato después cuando para junto a nosotros una elegante berlina de color rojo.
Sonrío a Akane satisfecho de mí mismo, ella hace lo mismo en respuesta pero cabeceando ligeramente, bien parece decir que soy un presumido.
Me asomo por la ventanilla del copiloto.
—Muchas gracias por…— es una mujer, cuando veo su rostro me quedo sin habla. No puede ser, de todas las personas del mundo, de todos los autos que circulan por esa carretera, de todos los perfectos momentos para hacerlo… ¿que hace ella aquí?. —¿Himeko?
—¿Ranma?— pregunta, parece igual de sorprendida que yo.
—¿Uh?¿ya os conocéis?
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El silencio en el habitáculo es incómodo, tanto que la propia descripción de la incomodidad se me hace corta. La sensación debe ser parecida a sentarse en una cama llena de agujas. Siento el sudor frío corriendo por mi sien, por alguna extraña razón no puedo dejar de mover una de mis piernas en un vaivén que más que tranquilizarme me enerva aún más.
¿Qué hace ella aquí?.
Himeko no ha cambiado mucho, sigue teniendo ese rostro afilado perfecto y esos ojos negros como la pizarra. Lleva recogido el cabello en una cola de caballo y mira a la carretera de forma atenta. Su vestuario no parece haberse moderado con los años, lleva una blusa ajustada y escotada que desde el asiento contiguo me deja ver más de la cuenta de sus grandes atributos.
Ah, sí, ¿cómo dijo Akane?. Justo mi tipo. O al menos lo era.
—¿Entonces hacia dónde os dirigís?— pregunta como si tal cosa, miro hacia el asiento trasero y veo a mi mujer sentada perfectamente recta, con el cinturón bien abrochado y mirando al frente, atenta.
—Vamos a Hiroshima— contesta, e Himeko sonríe.
—Que suerte, yo me dirijo a un pueblo cercano, puedo dejaros allí.
—T-te lo agradeceríamos mucho— digo yo, intentando monopolizar su atención, no me gustaría que la conversación derivara en temas que me dejaran mal parado.
—¿Qué te ocurre Ranma?¿estás nervioso?— siento su mano apoyarse confiada en en mi rodilla. Un momento, un momento, ¿esto no es acoso?.
—¿Y-y-yo?¿y por qué iba a estarlo?— no puedo ocultar el temblor de mi voz, esa maldita mujer siempre ha tenido ese poder sobre mí, me siento acorralado. Quito su mano de encima mía rogando porque Akane no se haya dado cuenta.
Miro sobre mi hombro. Era demasiado pedir.
—¿De qué os conocéis?— la voz de Akane suena dulce y contenida, lo justo para que un desconocido no perciba la tensión, pero yo me doy cuenta de sobras que la situación no le agrada lo más mínimo.
Lo que me faltaba, si ya de por sí tiene un mal concepto de mi relación con las mujeres después de esto va a ser imposible sacarla de su error.
—Fuimos… socios— dice misteriosa, y siento que acaba de prender la mecha de mis más amargos rencores, acabo de convertirme en una maldita caja de dinamita.
—¿Socios?— pregunto indignado, pero los grandes ojos de Akane sobre mí hacen que me contenga, todo lo que le tengo que decir a esa maldita mujer se lo diré a la cara… y a solas, ella no tiene porqué saber más de mi problemático pasado.
—Siempre fuiste tan buen chico— se burla adrede, y yo me muerdo la lengua, ¿cuantas horas vamos a pasar así? por un momento deseo con toda mi alma que apriete el acelerador y lleguemos a nuestro destino volando sobre la carretera.
Akane mira por la ventanilla, ausente, y a mi se me acaban de quitar las ganas de seguir hablando.
Viajamos en silencio y tomamos la salida a la autopista hasta que hacemos una primera parada en una gasolinera, Himeko me mira divertida, sabiendo que me está incomodando.
—Voy a repostar, ahora vuelvo— me guiña un ojo con ese gesto coqueto que siempre le funcionó conmigo… a decir verdad le funcionaba con todos.
Se aleja del auto y es entonces cuando giro por completo el cuerpo para mirar a mi esposa, Akane se cruza de brazos y alza una ceja, supongo que está esperando una mejor explicación.
—Qué casualidad, ¿verdad?— sonrío nervioso mientras me rasco la nuca, pero ella no habla, me sigue mirando seria, demasiado seria. —Sí, vale, hubo algo, pero no es lo que estás pensando.
—Ah, ¿no?, ¿no es ella de la que hablaba Kuno?, la chica que le robaste…— dice, y siento sus palabras aceradas clavándose en mi pecho, wow, me sorprende que se acuerde de los desvaríos de aquel pirado.
—No fue así cómo pasó.
—Déjate de excusas, no me interesan.
—¡Pero es que eso no fue lo que pasó!— me defiendo como puedo, no quiero que siga pensando mal de mí, claro que lo que estoy a punto de contarle quizás no mejore demasiado su opinión. —Himeko es una estafadora, vive un tiempo del dinero de algún tonto rico y luego huye para encontrar una nueva víctima. La conocí por accidente cuando acababa de escapar de Kuno, y para ocultarse de él terminó pasando unos días conmigo.
—Que conveniente.— masculla sin mirarme, siento su energía comenzar a expandirse en forma de ola.
—Sí, muy conveniente para ella, porque yo pensaba que le gustaba, pero en realidad no fuí más que otro tonto. A los pocos días y cuando me quise dar cuenta se había marchado con el dinero que tenía ahorrado y todos los objetos de valor.
La veo pestañear, siento mis mejillas incendiadas de rabia, impotencia… de pura humillación. Esa mujer jugó conmigo, hizo lo que quiso y se marchó llevándose mi dinero, mi corazón y toda mi ingenuidad en su maleta.
Nunca más volví a confiar, nunca volví a creer en nadie… hasta que te conocí.
Trago saliva esperando un veredicto, unas palabras, pero sólo la veo retorcerse incómoda en su sitio.
—¿Aún sientes algo por ella?— la observo incrédulo, ¿de veras eso es todo lo que tiene que decir?, ¿y desde cuando se ha vuelto tan entrometida con mis sentimientos?.
—¿¡Estás loca!?— exclamo fuera de mí.
—Pues ella cree que sí, te lo aseguro.
—Esa bruja se puede ir al infierno— termino firme, intentando encontrar algo de apoyo en toda esta ridícula situación.
—Entonces vámonos— suelta de golpe mirando hacia ambos lados, y yo no acabo de entender a lo que se refiere.— No la necesitamos, rápido, coge el volante.
—¿Te negabas a robar una moto vieja y ahora quieres llevarte un coche?
—Ella te robó antes, ¿que problema hay?
—Himeko siempre va un paso por delante, se ha llevado las llaves y el coche está sin gasolina.
—Vaya, que bien la conoces.— vuelve a cruzarse de brazos a la defensiva.
—¡Te recuerdo que me estafó!
—¿Habláis de mí?— dice de pronto la susodicha asomándose por la ventana, ambos pegamos un brinco, pero ella más que molesta parece satisfecha.
Le devuelvo una sonrisa condescendiente y Akane baja la vista, la muy tonta no se da cuenta que no es ella la que debería avergonzarse.
Emprendemos el viaje mientras la tensión comienza a ser cada vez más evidente. A cada kilómetro siento que me cuesta más y más respirar.
—¿Y vosotros?¿de que os conocéis?— la voz de Himeko suena tan azucarada que parece prefabricada, directamente salida de un anuncio de televisión.
Pensaba que después de lo anterior no tendría ni el valor ni las ganas de seguir con este jueguito, pero hela aquí, volviendo a golpear. Diría que se está divirtiendo, pero yo he dejado de ser el blanco de su interés, mira a Akane por el espejo retrovisor fijamente y ella aguanta estoica. Estoy seguro que se acaba de desatar una tormenta.
—Estamos casados— responde con un tono tan neutro que me genera inquietud… y escalofríos.
—¿Casados?¿te dejó embarazada?
—¡Pero qué maldita manía con eso!— protesto enérgicamente, botando en mi asiento.
—Las razones no son importantes— sigue Akane, sin querer dar más explicaciones.
—Vaya… pero no parecéis, ya sabes, una pareja.— se sonríe, y a mi me entran ganas de estrangularla así caigamos de la pista.
—No recuerdo haber pedido tu opinión.— continúa la doctora, no sé en qué momento me he convertido en el espectador de un intercambio verbal de golpes.
—Disculpa, es solo algo que noté. Como si ya no hubiera pasión, ya sabes, hay muchas parejas de ese estilo.
—¿Lo notaste?¿de veras?— pregunta escéptica, y yo miro alucinado de lado a lado, con la mayor cara de bobo que soy capaz de poner. Debería interceder y pedir un momento de calma, pero el caso es que me siento expectante... Y abrumado.
—Ranma no es esa clase de chico, él es apasionado con las mujeres que le gustan. Me preguntaba si tendríais problemas.
—Los problemas que tengamos no son asunto tuyo.
Himeko sonríe como hace siempre, parece contenta con la respuesta y eso no me gusta. Pone música, es lo mejor que ha hecho desde que aceptó llevarnos. Menos mal.
Nos alejamos de la carretera principal y el coche comienza a adentrarse en la gran ciudad. Doy gracias a todos los dioses del cielo cuando aparca finalmente en un diminuto parking a pie de calle, con apenas espacio para tres vehículos más. El peor trayecto de mi vida.
Bajamos de una buena vez, Akane da un portazo y estoy seguro de que todo esto me va a pasar factura.
—Bueno, muchas gracias por…
—¿Ranma?— dice Himeko, con esa absurda voz que intenta aparentar coquetería e inocencia a partes iguales. —¿Podemos hablar un momento?, a solas— subraya, y veo a la doctora poner los ojos en blanco y bufar a mi espalda, está claro que tiene aún más ganas que yo de salir volando.
—Verás, tenemos prisa y…— intento excusarme, ella pone ojos de corderito y pestañea varias veces, apenada.
—Es que tengo una cosa que es tuya.
—¿Me vas a devolver algo de lo que me robaste?
—Vamos, no lo digas así, suena feo.
—¡Pero si es la verdad!
—Yo voy a por un refresco, me están entrando náuseas— interrumpe Akane, caminando muy recta y con pasos que resuenan en toda la calle, la vemos alejarse y la estafadora se ríe sin disimulo. Se tapa la boca con sus dedos terminados en largas y rojas uñas.
—¿Seguro que no está embarazada?— dice, y eso termina de cabrearme, crujo los dientes sabiendo que no debo golpear a una mujer.
—¿Qué demonios quieres?
—¿Desde cuando te gustan las niñas?
—¿Desde cuando te importa lo que me guste?
Alza una ceja sin perder su sonrisa, niega con la cabeza y saca un pequeño sobre de uno de los bolsillos de su pantalón.
—Ten.— dice mientras me lo ofrece con ambas manos.
—¿Qué es?
—Son mis disculpas, quizás fui un poco mala contigo.
—¿Un poco...? ¡fuiste una…!
—Que rencoroso, ¿significa eso que no me has olvidado?
—No, significa que no he olvidado lo que me hiciste. Pero tengo que darte las gracias, porque después de aquello aprendí a no confiar en las personas, y no me ha ido del todo mal.
—Harás que me sienta culpable.
—¡Deberías sentirte culpable!
—Entonces tómalo y hagamos las paces.
—Ya no quiero nada de tí— doy por terminada la conversación, me giro intentando averiguar por dónde ha ido Akane.
—Son 50.000 yens— eso consigue llamar mi atención, mi orgullo me suplica por que continúe andando, pero mi cerebro parece saber que necesitamos comida, ropa y un lugar en el que dormir. Siempre el maldito dinero.
Me giro sin poder disimular mi interés, ella se acerca contoneando sus caderas, sabiendo que me tiene donde quiere, justo como le gusta. Cómo la odio.
—Quizás no cubra todas las molestias causadas, pero con esto y el viaje creo que podemos olvidarlo todo, ¿no te parece?
—¿A quién se lo has robado esta vez?
—Ranma, ya estoy retirada, ahora tengo un marido rico que me consiente… y unos cuantos amantes a los que no les importa hacerme regalos. Aunque creo que me divorciare dentro de poco, ¿te habrás librado de tu mujer para entonces?
De veras que la golpearía con ganas.
—Como ya te ha dicho ella, eso no es asunto tuyo.
—Yo creo que sí— alza sus manos lentamente y acaricia mis antebrazos mientras fija sus ojos en los míos, es un movimiento estudiado fruto de la práctica, completamente infalible.
Alza una ceja delatando sus intenciones, no sé porqué demonios se comporta así, no sé qué pretende intentando seducirme.
Quizás ella siempre fué así, y era yo el que no lo vio, el que se dejó embaucar y no atendió a las señales que me mandaron mis sentidos. Ciego de pasión siquiera me paré a pensar en sus verdaderas intenciones, pero una vez que escapó con mi dinero tuve tiempo de replanteármelo seriamente.
Himeko no solo es una estafadora, también es una jugadora nata.
Apuesta a un juego en el que siempre gana. Le gustan los hombres ricos, pero por algún motivo también le gustan los tipos como yo. ¿Le pareci interesante?¿un reto quizás?¿o un pobrecito con el que divertirse mientras fijaba su próximo objetivo? no lo sabría decir, apuesto a que ella tampoco, pero me juego el cuello a que ahora busca una cosa bien distinta.
Quiere saber si aún siento algo por ella, si sigo enganchado en sus redes como un pobre pez, agónico y boqueante por un poco de su atención.
Sí, es ese tipo de mujer, le gusta saber que las cosas siguen tal cual las dejó.
—Basta— la aparto de mí, pero ella me mira con aún más decisión brillando en sus seductoras facciones.
Cuanto ego, cómo odia perder. Himeko tiene un grave problema respecto a su percepción de la propiedad en más de un sentido. Por un momento siento lástima de ella, creo que nunca llegará a estar conforme, se terminará destruyendo inmersa en una espiral de robos, traiciones y amores perdidos.
—¿Te crees que el dinero es gratis?— murmura intentando no perder esa aplastante seguridad en sí misma.
—Nadie te lo ha pedido.
—Pero lo necesitas, si no ¿por qué hacías autostop en una carretera secundaria?.
Maldita sea.
—Técnicamente es mi dinero.
—Siento aquello, de veras, estoy dispuesta a ofrecerte mis disculpas.— hace un mohín diminuto, por supuesto también estudiado a conciencia, me pregunto cuántas horas pasa ensayando delante del espejo.
—¿Por qué lo hiciste?— ah, mierda, justo el lugar al que no quería llegar: los reproches, pero al parecer una parte de mí sigue un poco resentida al respecto.
—Es mi forma de huír… ya sabes, de no comprometerme. Cuando alguien me gusta mucho tiendo a auto sabotearme, siento que no merezco ser feliz.
—¿Y quién se cree eso? eres una pirada.
Vuelve a acercarse a mí, veo el sobre con el dinero bailar entre sus hábiles dedos y llegar hasta uno de los bolsillos delanteros de mi pantalón. Mete su mano hasta el fondo, demasiado profunda. Mi cerebro comienza a mandarme señales inequívocas de alerta cuando me libera y sonríe pícara.
—Por los viejos tiempos.
Antes de que me de cuenta se ha colgado de mi cuello y empuja su cuerpo contra el mío, tira de mí y se hace con mis labios. Siempre fue impetuosa, y siempre se apropió de lo que veía sin importarle nada más.
Su boca sabe a cenizas y a carmín barato, sin embargo no soy capaz de apartarla. Quizás Himeko es justo lo que necesito, tal vez el destino está lanzándome un salvavidas, una salida fácil a mi agonía.
Sólo tengo que cerrar los ojos y dejarme llevar. Olvidaré a Akane, por fin recuperaré las riendas de mi vida… pero un solo segundo basta para darme cuenta de mi error.
Ya no me besa Himeko, de repente la pequeña doctora es la que se abalanza posesiva sobre mí y me siento flotar ingrávido en un mar de felicidad. Las sensaciones burbujean en la boca de mi estómago, me mareo.
La amo, por dios, como la amo.
La estrecho entre mis brazos y de un golpe salgo de mi ensoñación. La empujo lejos de mí y la miro: ella no es Akane, ella no es nadie. Mi respiración atragantada se mezcla con una mirada enfebrecida, Himeko parece gravemente contrariada.
—Lárgate— digo con una voz que no reconozco como mía, es tan grave que parece salir de una profunda caverna.
—En el sobre también va mi número— se repone en un momento, satisfecha de verme alterado sin tener idea de lo que pasa por mi cabeza. Como respuesta solo gruño sintiéndome utilizado, hambriento…desquiciado.
Akane… ¿dónde demonios se ha metido?. Giro la cabeza y no la veo, eso me tranquiliza pues lo último que querría es que hubiese presenciado esta mierda.
—Se ha ido— dice Himeko recuperando su sonrisa, y esta vez cargada de una acidez sin precedentes.— En cuanto nos ha visto ha…
No quiero oírlo, ya no puedo, la dejo atrás sin ceremonias ni despedidas, corro hasta el final de la calle sintiendo mi corazón golpear en mis sienes hasta que el ruido de los latidos me embota el cerebro.
—¡Akane!— grito sintiéndome al borde del colapso, todos mis temores se concentran hasta volverse densos como una bola de metal, los encuentro empujando con fuerza mi pecho, intentando abrir un agujero en mi tórax. —¡Akane!
La veo en cuanto giro, corre hacia el final de una callejuela. Ese vestido ridículamente estrecho no la deja moverse con libertad y doy gracias por ello.
Mis piernas son rápidas, le doy caza y agarro su muñeca con brusquedad, la giro hacia mí sintiéndome libre de todas las ataduras que yo mismo me he impuesto. Se acabó, en este mismo instante tengo la seguridad de que todo ha terminado y sus ojos parecen confirmármelo.
Me miran como nunca antes, gritan el peor insulto conocido en pleno silencio, y sus pequeñas lágrimas contenidas atestiguan algo que me molesta, un sentimiento que me incomoda hasta el infinito. No debería estar ahí y sin embargo está, siempre lo ha estado.
Usa su mano libre, sabe como hacerlo: me golpea en la mejilla y recibo el bofetón más humillante de la historia.
—¡Cerdo!— grita aún más descontrolada que yo mismo, su voz rota solo es otra de las señales de que no está bien, ella también ha alcanzado su límite.
Aprieto su muñeca y se queja, no quiero hacerle daño pero he perdido el control. Los miedos se alejan, dejan de pertenecer a esta realidad, con un par de pasos me basta para acorralarla. Apreso su mano contra la pared cercana, con la otra le corto el paso. Las sombras nos ocultan, me hacen sentir un valor que no estoy seguro de donde emerge, pero no me importa.
Las preocupaciones, su prometido, las amenazas, los yakuzas… todo se diluye, y comprendo que desde el principio solo éramos ella y yo. Eso era todo. Hasta aquí hemos llegado.
No tengo escapatoria, no puedo seguir ocultándolo.
Mis impulsos toman el mando, el sentido común ha sido relegado a un rincón muy remoto.
Sé lo que necesito y voy a tomarlo.
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¡Hola de nuevo!
Siento el retraso con la actualización, en realidad os confieso que en este tiempo escribí dos capítulos y empecé otro más, lo cual creo que explica mi tardanza. No es que no quisiera publicar antes, si no que cuando terminé este capítulo me asaltaron muchas dudas y tuve que re-ordenar algunas cosas. A los que escriban me imagino que también les pasará, guardar una actu hasta estar seguro de que no hay que meterle más o menos información con tal de "no cargarla" en los capítulos de resolución de la trama, jajaja. En resumen, he estado esforzándome por terminar bien este fic, creo que el siguiente capítulo no se retrasará tanto.
Muchas gracias a todos por las bienvenidas y las reviews, de veras que en algunos momentos me sentí abrumada por tantas atenciones y cariños, espero estar a la altura de las expectativas. Muchos besos a todos y disculparme por no contestaros, pero temo que si lo hago no terminaré nunca el capítulo.
Muchas gracias a mi beta reader Nodokita por ser tan paciente conmigo.
¡Ah! y felicidades a los mexicanos por ganar el WCS, ¡que emoción! seguí la final con mucha atención y me alegré mucho por ellos.
Gracias de nuevo y nos leemos pronto.
LUM
