Vanidad - Albafica + Afrodita
El fantasma era muy parecido a él, tanto que le hizo perder la respiración, pero no tardó en recuperarla. Había tenido ya una experiencia con su propia imagen y no tuvo el mismo efecto. No reconocía el cosmos como enemigo, pero eso lo hizo sentir aun más incómodo. Fijó su atención en los ojos, de color distinto; en la boca, que lucía un tono más obscuro y los cabellos más lacios que los suyos: eso le hizo darse cuenta que estaba ante un extraño.
–Vine a advertirte…
Comenzó aquella aparición, pero Afrodita no estaba de humor para escuchar
– ¿Quién eres tú? – exigió, interrumpiendo a su visitante, poco interesado en su mensaje.
–Albafica – dijo con ensayada profundidad, pero no hubo reacción y al ver que su nombre no significaba nada, continuó – fui el caballero de Piscis en la anterior guerra Santa.
– ¡Ah! – Dijo el joven con desprecio – y ¿por qué no estás descansando en el inframundo como debes? – no le gustaba conocerle, con su maestro había tenido más que suficiente de caballeros de su constelación.
–Ha llegado al inframundo alguien que aun no debía estar allí y que es muy importante…
Afrodita frunció los labios, de seguro se trataba del alma del Patriarca, una pérdida que él no lamentaba en absoluto.
– ¡Éste mundo no necesita de la interferencia de un cadáver! ¡Será mejor que te vayas y dejes de importunarme!
La figura del fantasma vaciló un momento, temblorosa; pero debía intentar…
–Vengo a advertirte, descendiente mío…
–Oh cállate, no quiero escuchar nada más.
Pero el espectro continúo, inamovible, se acababa el tiempo.
–La Guerra Santa está próxima, terriblemente cercana. No se pueden permitir perder tiempo, ni perder a un solo caballero más, se debilitan entre ustedes. Tú que tienes influencia sobre el nuevo Patriarca, háblale, no desperdicien la vida y la ayuda de…
Pero Albafica se interrumpió, pues en ese momento Shura descargaba su más fuerte ataque sobre Aioros. La cara del espíritu palideció aun más y tembló su imagen completa
–Es tarde ya… fue todo inútil – comenzó a lamentarse.
– ¡Vete!– ordenó Afrodita–nada hay que puedas enseñarme, el único que puede guiarnos está ahora en la sala del trono.
Albafica asintió, había fallado; todo su esfuerzo por salir del inframundo había sido inútil. Le dirigió una mirada lánguida al muchacho, no tenía caso, nada lo tenía. No podían quedar esperanzas. Se fue.
