Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.

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Quince días

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Capítulo 18: Jueves 28

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Ranma

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Que le den al mundo.

Supongo que tarde o temprano tenía que pasar, tenía que joderlo todo. El vaso está vacío, la cantidad de alcohol que le ha puesto el barman es tan ridícula que necesitaré al menos otros cinco hasta que consiga olvidar lo que hago en esta maldita ciudad.

Hago un pequeño gesto hacia mi bebida y me entiende sin necesidad de palabras, en apenas un minuto tengo otra nueva que espera a que me sumerja en ella hasta el fondo.

Lo vi más claro que en toda mi vida, tan apabullante que aún arde en mis entrañas: su rechazo, mi devastación.

Ojala y el mundo acabara en este mismo instante, qué más da, ¿qué importa?. No veo el mañana, todo está oscuro en mi futuro. No quiero pensar, no puedo hacerlo. Siento como si me hubiera clavado una afilada daga en el corazón.

Lloraría si no fuera porque lo único que me queda es el orgullo.

Bebo sin otra cosa mejor que hacer. El amargo trago no sacia mi sed, solo me agrieta más por dentro.

Ah, de nuevo mi copa está vacía.

...

..

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—Chico, tienes que irte, voy a cerrar— abro un ojo, me duele el cuello y siento la boca pastosa. Me quedé dormido encima de la barra de aquel bar, el dueño me mira condescendiente, no necesito una charla.

Doy traspiés intentando recuperar la verticalidad, todo se mueve. Me llevo una mano a la cabeza y otra al bolsillo. En el dichoso sobre que me dio esa… esa… mujer apenas estaba la mitad de lo que dijo. Aunque lo de su teléfono si que iba en serio. Lo tiré en la primera papelera que vi de camino al bar.

Salgo a la calle y está comenzando a amanecer, el alba me sorprende bebido. Si lo pienso creo que es la primera vez que me emborracho solo. Que patético

No conozco la ciudad, es por ello que apenas y recuerdo hacia donde caminar. Ayer corrí por los tejados, tan airado que ni siquiera sé donde fui a parar, mi mente no dejaba de gritar, de hecho no paró hasta que me encargué de acallarla.

Observo con tristeza el cielo, sabiendo que probablemente jamás la volveré a ver, con suerte recibiré una demanda de divorcio junto a una orden de detención. ¿A qué he estado jugando todo este tiempo? hace mucho que podría haber terminado con todo, era sencillo: solo tenía que acompañarla a casa, firmar los malditos papeles y darme la vuelta.

Pero no quería que terminara, mi propia avaricia me llevó a arrastrarla conmigo, corriendo peligros, peleándonos, siendo un egoísta. Quería atesorarla, ver su sonrisa mostrándose sólo para mí, tanto como para perder mis objetivos de vista, para no saber cómo demonios he llegado hasta este mismo momento.

¡Se lo dije! en más de una ocasión intenté echarla de mi lado, en los breves momentos en los que la razón se anteponía a mi codicia intenté encontrar la lógica, pero ella… cabezota, terca, obstinada seguía a mi lado.

En honor a la verdad lo intenté sin demasiado ahínco.

Y aquí estoy, solo y bebido. Justo ahora siento que he tocado fondo.

Me encuentro tan lleno de ella que me cuesta pensar en lo que tenía que hacer, era algo relacionado con mi madre, con mi padre y mi bisabuelo… una herencia familiar robada, un mal asunto. Por otra parte mejor que se encuentre fuera de esto, quiero resolverlo y olvidarme de todo una buena temporada.

Sí, retomaré mis entrenamientos, me iré un tiempo a la montaña a estar tranquilo mientras… ¡mientras ella se casa y vive feliz con el puto come-pinos!

Estrello mi puño contra el poste de luz que tengo enfrente, este se agrieta y veo los cables balancearse amenazantes, acto seguido le pego una brutal patada a un cubo de basura que sale rodando calle abajo. No es suficiente, nada lo es.

—¡Joder!— mascullo mientras muevo mi triste figura, ahora más que nunca tengo la seguridad de que si me encuentro con ese yakuza le voy a reventar su fea cabeza tatuada.

¿Como decirlo? me siento arder de ansiedad; necesito correr tras ella y traerla de vuelta aunque sea a rastras, y al mismo tiempo no quiero volver a verla.

Mis pasos me llevan de regreso a la estación, pero no es un tren lo que quiero, enseguida sé que mis ojos buscan a Akane, una estúpida parte de mí ansía que siga ahí, que nuestra pelea no haya conseguido ahuyentarla y solo se encuentre enfurruñada en una esquina, en algún rincón esperando por una disculpa.

Pero no está.

Claro que no idiota.

Vuelvo a alejarme, mi cabeza comienza a doler y siento la boca reseca, enseguida comprendo que mi borrachera ha dejado paso a la resaca de forma tan gradual que siquiera me he dado por enterado.

Camino cuesta abajo, hacia donde sé que se encuentra el océano pues que yo recuerde quería ir a una isla.

A las dos horas me ruge el estómago y en la nariz siento el olor a mar. El salitre de las aguas se mezcla con el carburante que pierden los barcos anclados a puerto en un aroma asquerosamente único. Me asomo a uno de los espigones y miro la aguas negras, si me cayera ahí dentro de cabeza me pregunto si saldría con alguna mutación genética.

—¿Cuanto más vas a estar dando vueltas?— una voz impaciente pregunta a mi espalda, me giro tan curioso como ansioso, sea quien sea no se imagina las ganas que tengo de iniciar una pelea.

Y hablando del diablo…

No se si estoy más indignado o sorprendido. El estupido yakuza ha venido por su propio pié a encontrarse con la muerte.

—Bromeas— digo con una voz áspera que no reconozco, crujo mis nudillos alistándome, no se me olvidan ninguna de todas las cosas que ha hecho: apuntar a Akane con un arma, perseguirla, hacerle un corte en la cara, acorralarnos en un callejón, ponerle una navaja en el cuello… oh sí, pienso matar a este desgraciado.

—No quiero pelea— alza las manos en señal de paz, cosa que me importa bien poco. Lanzo mi puño derecho a su cara y este me esquiva por apenas un milímetro, sé por qué he fallado, es porque aún no he recuperado por completo mis reflejos, pero a la segunda va la vencida.

Apoyo mi pierna derecha y levanto la izquierda intentando pillarle desprevenido, me ve llegar pero aún así no puede hacer nada por esquivar el golpe. Le acierto de refilón en la mejilla y cae al suelo, me apunto un tanto.

—¡Vamos, arriba!— grito con ganas de más, ni siquiera he empezado. Giro las muñecas entrando en calor, doy un par de saltitos preparándome cuando siento la furia hervir en mí, no puedo contenerla por más tiempo.

—¡Desgraciado!¡te asesinaría si pudiera!

—Intentalo— le reto con mis puños en alto.

—Creeme, ganas no me faltan pero mis órdenes son llevarte hasta ella.

—No quiero ver a nadie, ¡solo quiero destrozar tu fea cara!

—Hay un barco anclado a puerto esperando por tí, ¿no querías ir a esa isla?¿recuperar la katana de tu madre?

Me lo pienso una décima de segundo, en mi escala de valores resolver el misterio tras el legado de mi madre acaba de pasar a un segundo plano frente a hacer sangrar a este engendro.

—Puede esperar un poco más— el yakuza se pone en pie, su entrecejo fruncido parece indicar que él también va en serio. Sonrío de medio lado, incluso con resaca soy capaz de destrozarle.

Veo cómo se lleva una mano a la espalda y entiendo que pretende sacar un arma, no le voy a dejar. Me abalanzo sobre él y agarro su brazo derecho, intento retorcerlo pero se resiste. Grita y yo gruño, una pistola cae al suelo, alza una rodilla intentando hincarla en mi espalda, le suelto y ambos miramos el arma abandonada en tierra de nadie.

—Suficiente— miro de reojo a mi espalda y atisbo un kimono de mujer, no me atrevo a darle la espalda a mi enemigo, pero él reacciona antes que yo a la presencia. Se pone recto y abandona su pose de lucha, no me queda otra opción que girarme por completo para ver quién se atreve a inmiscuirse en mi pelea.

—¿Mamá?— mis palabras salen demasiado deprisa de mi boca, no llego a atraparlas antes de darme cuenta que no se trata de ella, no obstante el parecido es asombroso.

—No nos han presentado Ranma— dice con una voz suave, hasta en eso se parece a ella. —Me llamo Sonoe y soy tu tía.

Alzo una ceja y me quedo más callado que un muerto, lo cierto es que jamás he sabido mucho sobre mi familia, menos aún sobre la de mi madre, pero creo que si me hubiera dicho que tenía una hermana lo recordaría. Sin embargo es innegable que existe un parentesco, incluso me veo reflejado en sus ojos.

La vida me ha enseñado a desconfiar de los desconocidos, así se presenten como aliados o familiares, y en esta ocasión no haré una excepción. Sospecho y no por nada que mi nueva tía no ha venido en mi busca para invitarme a comer y ver fotos antiguas.

—¿Eres la jefa de ese infeliz?— digo apuntando con mi pulgar al yakuza, quien a pesar de mi insulto no emite sonido alguno.

—No soy tu enemiga.

—Eso lo decidiré yo— respondo envalentonado, ella finge afectación.

—Siento todo lo que ha ocurrido, hubiera sido mucho más fácil si me hubieras entregado la katana desde el principio.

—¿La tienes tú?¿la espada de mi madre?— inquiero con los ojos bien abiertos, algo me dice que todo esto va a resultar mucho más complejo de lo que parecía en un principio.

—Te la devolveré si es lo que quieres, pero antes necesito que me acompañes.

—¿Qué está pasando?¿quién eres en realidad y qué pretendes?

Me mira y entiendo que he hecho demasiadas preguntas, algunas de las cuales directamente no quiere contestar.

—Tengo un barco esperado por tí, vamos a ir a buscar el tesoro de mi abuelo. Si te interesa estás invitado a unirte a la expedición.

—No lo entiendo, ¿para qué me necesitas? ya lo tienes todo.

—Pero somos familia, ¿no es así?— responde sin más, se da la vuelta y comienza a caminar, el yakuza pasa por mi lado y golpea mi hombro con el suyo. Mis pies permanecen pegados al piso mientras les veo alejarse, aprieto los puños, no puedo dejar esto así y lo sé, ¿quién ignora tales revelaciones?. Podría llamarlo curiosidad, podría decir que es mi deber o podría aludir a mi espíritu aventurero, qué importa, el caso es que acompañarla se ha convertido en un imperativo.

Les sigo a distancia hasta que llego a la otra punta del puerto donde una embarcación de motor se encuentra anclada. Se trata de un bote bien grande, con camarotes y más de veinte metros de eslora. Hay un tipo en la entrada que no me pierde ojo.

Tengo un mal presentimiento.

Pongo un pie dentro y enseguida siento la inestabilidad del casco sobre las olas. Miro de lado a lado, me han dejado solo sobre la cubierta. En seguida veo movimiento, un par de hombres comienzan a gritar órdenes y el motor se pone en marcha. Me agarro a la baranda viendo como dejamos atrás el puerto y dándome un momento para pensar.

Mi tía debe estar adentro, acompañada del yakuza. Ella ha sido la cabecilla de este asunto desde el principio, valiéndose de métodos violentos ha intentado una y otra vez arrebatarme la espada, o incluso secuestrar a Akane si con eso conseguía dar conmigo. No se trata de la persona pacífica que se ha mostrado ante mí, esta mujer quiere el tesoro para ella sola pero por alguna razón me necesita.

Estoy seguro que si mi madre no me habló de ella es porque pretendía mantenerme a salvo… debería haberme dicho, al menos así hubiera estado advertido.

Y a todo esto, ¿dónde andará el cabeza hueca de mi padre?. Demasiadas preguntas, aunque para bien o para mal sé que en este viaje terminaré por resolver unas cuantas.

Cuando comienzo a ver la costa diminuta y las gotas de agua que salpican contra la cubierta me molestan decido que es hora de tener una charla familiar. Meto las manos en los bolsillos de mi pantalón robado y me dirijo hacia la parte de atrás del barco, pero me detengo de improvisto cuando llego hasta la popa.

Hay una mujer mirando hacia el mar, sus cabellos cortos se revuelven por la brisa y sus ropas de miko hacen otro tanto, las mangas blancas flotan como alas de pájaro queriendo emprender el vuelo, y los bajos de su hakama roja se revuelven dejando ver el principio de sus pantorrillas.

Siento que me falta el aire.

Me acerco despacio comprobando que no estoy soñando, no la he imaginado. Akane se gira antes de que yo llegue a ella, nos miramos en silencio mientras el barco se mueve por las olas y el ruido del motor parece horadar hasta mi cerebro.

—¿Qué haces aquí?— pregunto en lugar de correr hacia ella, me mantengo firme a pesar de que muero por tocarla. Más importante que mi impulso es la incógnita que se desprende de su presencia, el semblante triste de su rostro.

—Ranma…— murmura, no está sorprendida, es más, juraría que me estaba esperando.

—¿¡Qué demonios haces aquí!?— me pierdo, siento que toda mi razón de nuevo me abandona, avanzo a grandes pasos hacia ella y agarro sus brazos, arrugo la tela de la camisa blanca y la sostengo firme para terminar de creer lo que pensaba imposible. —¿Por qué no has vuelto a casa?¿te hicieron daño?¿estás herida?¿cómo...?— mi boca funciona con la misma rapidez que una ametralladora, busco sus ojos marrones y me doy cuenta de que hay grandes bolsas rosadas bajo ellos, como si hubiera estado llorando.

—Estoy bien— se apresura a decir, pero no le creo, claro que no.

—¿Te obligaron a venir?

Niega con la cabeza pero evita mirarme, retuerce sus brazos librándose suavemente del agarre pero yo no reacciono, mis manos se quedan en la misma posición como si se hubieran amoldado a su forma.

—No me obligaron, estoy aquí porque así lo he querido.

Habla pero en realidad no la escucho, no me lo trago, es más, no entiendo qué hace vestida de manera ceremonial acompañando al maldito yakuza y a mi recién descubierta tía.

—¡Deja de mentir!

—¡No miento! ayer hablé con tu madre y me dijo que debía buscarte para llevarte de regreso, pero no fui capaz de dar contigo y entonces tu tía me dijo que ella te encontraría.— todo lo que ha dicho retumba en mi interior, su mirada está fija en el suelo, esquiva.

—¿Eres tonta?¿no te das cuenta de que puede ser una trampa?¿¡de que esto es lo que quería mi tía desde el principio!?— espeto más enfadado conmigo mismo que con ella, no he sido capaz de ponerla a salvo, ni siquiera al final.

—¡Claro que lo sé!— responde, alza la cara lentamente y puedo ver su dolor, sus labios temblorosos. —Pero me asustaba mucho más no volver a verte.

Escucho el eco de mi corazón, sus latidos me marean, me empujan fuerte. Niego antes de hacerme una idea equivocada, sabiendo que no lo he oído correctamente, no he entendido sus palabras.

Akane estaba asustada, lo sigue estando. No quería quedarse sola. No puede regresar sin mí a casa pues de otra forma no podrá casarse con su prometido. Eso es lo que le asusta, no otra cosa, no lo que ha entendido mi estúpida y desesperada imaginación.

Se gira y me da la espalda, fija su vista en la espuma que forman las aguas y yo no sé qué hacer con mis manos, las dejo caer a los lados de mi cuerpo como si fueran apéndices inútiles.

—¿Sabes que si dices un deseo en voz alta nunca se cumplirá?

—¿Qué?— no se de que me habla, no puedo seguir el hilo de sus pensamientos.

—Aquella noche pedí un deseo para tí.—confiesa, agarra la baranda y sus ojos parecen lejanos. —Quería ser egoísta porque había una cosa que deseaba mucho, pero entonces te miré y parecías perdido, aún más que yo. Así que pedí un deseo para tí.

—¿Porqué me lo estás contando?— siento el corazón tan atragantado que me cuesta hablar, ella se gira y sonríe, ¡sonríe!. No encuentro una imagen más bella en mi cabeza y al mismo tiempo no puedo evitar pensar que es la más triste.

—Solo quería que lo supieras— responde, ¿por qué siento esto?¿que es esta opresión que me invade, la mezcolanza de sensaciones?. De alguna forma sé que se está despidiendo de mí, y no lo entiendo. —Ranma, ¿puedo pedirte una cosa?

Asiento atontado sin apartar un instante mis ojos de ella, su sonrisa se ha borrado y ha sido sustituida por algo indescifrable.

—Abrazame.

Ya entiendo para qué sirven estos dos brazos, mis inútiles extremidades solo existen para que tí, para poder protegerte.

Tan compungida está que tiembla mientras pronuncia su osadía, tonta, ¿acaso no te he abrazado una docena de veces? siempre que puedo, siempre que encuentro una excusa no ansío más que retenerte junto a mi pecho. Y que tu me lo pidas es descorazonador, es cruel, es lo último que necesito.

Voy a sufrir por esto, no sabes como.

Me acerco y rodeo sus hombros suavemente, los tomo entre mis manos cruzadas a su espalda. Siempre se me olvida lo pequeña que es, su frágil cintura, aprieto el agarre sintiéndola temerosa, ¿por qué ha estado haciéndose la valiente?.

La aferro tanto como puedo respirando al fin después de tanta agonía, ¿me ha perdonado? yo ya siquiera lo recuerdo, solo existo en este espacio, aquí donde solo estamos los dos.

Aspiro el aroma de sus cabellos tan suaves y finos, subo mi mano derecha sabiendo que no puedo evitar tocarlos. Enredo mis dedos y los deslizo por su corta melena, estoy completamente embelesado, ¿cuando se ha vuelto tan evidente lo que siento por ti?.

Comenzó como algo diminuto y creció a pasos agigantados con cada uno de sus gestos de enfado, con sus sonrisas. Y de pronto me encontré deseando algo más, queriendo acunarla entre mis brazos… dejarme cuidar.

El viento invernal ruge, sacude mi trenza y mis ropas, su cabello corto le tapa el rostro pero yo no quiero que lo haga, estoy demasiado ocupado observándola. Mi mano retira las hebras negras de su flequillo, ella parece cuestionar mis intenciones con sus ojos exigentes.

Su piel es blanca y suave, sus labios se encuentran ligeramente agrietados. No quiero que tema, entiendo la diferencia entre besar a una persona a la que amas y una a la que no.

Estoy dispuesto a todo, seré el hombre que necesitas que sea.

Mis labios la buscan, se posan con suavidad en su frente y deposito allí todas mis promesas y anhelos. Es un beso casto, liviano; es todo lo que me está permitido.

—Te llevaré a casa— le digo estrechándola, escondiendo mi sonrojo de su visión. —Saldremos de aquí y te acompañaré de regreso, lo juro.

Sus pequeñas manos agarran mi espalda, asiente.

Me duele el corazón.

La embarcación comienza a avanzar más lento, cuando levanto la vista compruebo que al fin hemos alcanzado tierra.

—Siento interrumpir tan encantadora escena— giro la mirada de forma peligrosa para encontrarme con un gesto de burla del yakuza. —Hemos llegado.

Ella es la primera en soltarme, se separa de mí y no veo dudas ni temores, solo veo una voluntad firme que se desprende de su pequeña figura, ahora de pronto apabullante. Camina delante y entiendo que el que se encuentra asustado soy yo, tomo su mano y ella se gira sorprendida, entrelazo nuestros dedos y tomo su lugar. No lo consentiré, yo seré quien proteja a Akane.

La guío hasta el pequeño embarcadero y tengo cuidado de que coloque los pies adecuadamente, de que no pierda el equilibrio, por el rabillo del ojo veo a mi tía seguirnos a poca distancia. No nos saca la vista de encima, nos vigila como un halcón.

Antes estaba tan atontado que no me he fijado, siquiera he mirado bien hacia dónde nos dirigimos o con qué tipo de compañía. En el barco hay al menos otros diez tipos, más el yakuza de los tatuajes hacen un total de once. Deben ser sus hombres de confianza.

Por supuesto no soy idiota, sé que nos encontramos en la isla de la que me habló mi maestra. Alrededor no hay absolutamente nada, tras el embarcadero se extiende una playa de arena gruesa e inmediatamente después comienza el bosque. El ambiente es pesado, excesivamente húmedo y la niebla se agarra a lo alto de la isla testaruda, no deja ver el sol.

—Vamos, debe estar por alguna parte, ¡comenzad la búsqueda!— ordena mi tía, e inmediatamente un equipo de cuatro hombres abandonan el barco y se internan con convicción en el denso bosque.

—¿En serio estás buscando ese tesoro?— pregunto cuando sus pasos la llevan hasta nuestra altura, ella sonríe enigmática.

—Claro que no, esta isla está habitada, ¿crees que la gente del pueblo no hubiera dado ya con él?

—¿Entonces?

—Si la pista de la espada es verdadera este debió ser un emplazamiento militar… en algún lugar ha de haber un búnker.

La miro y trago saliva, no se me habría ocurrido pero bien pensado es lo más lógico. Un tesoro escondido dentro de una base militar ultra secreta, que adecuado.

Esperamos en la playa mientras mi tía mira impaciente hacia el bosque, yo estrecho la pequeña mano que tengo entre la mía, le echo un rápido vistazo, los ojos de Akane también están pendientes de los movimientos entre la espesura.

—¡Señora! hay una cueva hacia el norte.— avisa minutos después uno de los buscadores, ella recoge el bajo de su kimono.

—No podía ser de otra forma.

Comienza a caminar y la seguimos en silencio, mientras nuestros pies se hunden en la arena. Aprieto fuerte su mano, el viento nos golpea y transporta las gotas de agua de la mar embravecida.

La costa se pierde y zigzaguea hasta llegar a un acantilado donde una gruta se abre tímida entre la piedra, protegida por una gran cuerda de la que cuelga una campana de cobre, en color verde, oxidada y plagada de conchas marinas adheridas a su superficie. Esto más parece una prueba de valor de las que realizan los niños de primaria que una incursión en busca de reliquias de la guerra.

Mi tía va delante, se agacha y esquiva la cuerda ágil, yo hago otro tanto y a mi paso cuido de que Akane no se de en la cabeza. Huele a algas, el agua de las olas roza la punta de nuestros zapatos y yo miro las paredes, percatándome que el lugar debe de inundarse con la marea alta. Hemos tenido suerte.

Varios hombres inspeccionan la cueva con linternas, me cuesta creer que en un lugar como este pueda guardarse un tesoro.

Finalmente uno de ellos silva y todos acuden al lugar, ha dado con la puerta. Hay una hendidura en la pared llena de lapas y corroída por el paso del tiempo. Todos empujan entre resoplidos de esfuerzo y gritos de ánimo, los dedos de Akane se cierran sobre los míos.

Cede con un quejido, las bisagras se desprenden de su armadura de conchas y de la rigidez de decenios intactas. Hay un túnel oscuro, mi tía sonríe y los hombres lo celebran, sacan mas linternas y nos invitan a pasar entre ellos, de todas formas no tenía intención de huir.

La puerta se cierra tras nosotros, caminamos agachados y en silencio, tan sólo guiados por las luces artificiales. Estoy seguro que ese camino nos lleva hasta la profundidad de la montaña.

Cuando siento que ya comienza a dolerme la espalda por la postura forzada el túnel se acaba y da lugar a un pasadizo mucho más amplio, cuando las linternas apuntan a las paredes puedo ver números y letras a gran tamaño pintadas, imagino que a modo identificativo.

Es como asistir a una clase de historia. Pronto comienzan a abrirse nuevos caminos, salas anexas llenas de polvo, cajas y humo, abandonadas durante medio siglo.

Uno de los hombres comienza a dar órdenes, se separan en tres grupos y Akane y yo nos quedamos con el que parece el jefe de expedición, el estúpido yakuza y mi tía.

Caminamos en silencio tomando uno de los caminos principales, mi altura me da ventaja sobre esos dos tipos, pero aún así no pienso intentar ninguna estupidez, no con ella cerca al menos. Lejano escucho el murmullo de un río, hay humedades en las paredes y a unos metros comienzo a distinguir algunos bultos tirados en el suelo, oscuros y silentes.

Según nos acercamos comprendo que son cadáveres. La atraigo hacia mí, intentando que no se percate, pero mi doctora es demasiado lista como para no distinguir un esqueleto humano. Se lleva una mano al rostro espantada.

—Llevan muertos cincuenta años, no te van a hacer nada— la tranquilizo, en la oscuridad ella me mira contrariada.

—¿Te crees que nunca he visto un muerto?— susurra. —No es eso, es la distribución… estos hombres murieron de forma violenta.

—Había una guerra.— y no hay mucho más que saber al respecto, solo me apena saber que estos hombres siguen aquí, sin que sus familias sepan dónde acabaron sus huesos.

Finalmente llegamos hasta una gigantesca pared y nos detenemos. No parece un lugar especial, salvo por la gigante pintada en color rojo. Hay unos kanjis, las luces de las linternas bailan sobre ellos y no me cuesta percatarme que son los mismos que aparecieron en la hoja de la katana.

—Es aquí— susurra la mujer a nuestro lado, en su voz puedo intuir la emoción contenida con sus ojos fijos en los trazos. —Al fin lo he encontrado.

El tipo al mando llama a sus subordinados por walkie talkie mientras mi tía, impaciente se acerca a la pared y comienza a palpar en sus resquicios.

—Señora, deje que nosotros nos ocupemos de…

—¡Ni un paso idiotas!— grita mirando por encima de su hombro. —Este es un lugar sagrado, ¿no os dais cuenta? a partir de aquí no os necesito.

Saca algo de la solapa de su kimono, una caja lacada y alargada, de mediano tamaño. De ella extrae un paño y un puñal. Hace un corte en su dedo pulgar y lo apoya inmediatamente contra la pared, alzo una ceja y miro alrededor.

Mi maestra me habló de una maldición, ¿podría ser que mi tía sepa algo del asunto?. Un momento… fijo la mirada en Akane y un presentimiento me golpea duro como un mazo, ¿por qué mierda le han puesto esa ropa?¿¡qué es lo que no me ha contado!?.

—Lo sabía, no sirve…— susurra la mujer, parece decepcionada.

—Akane, ¿qué estamos haciendo aquí?— mascullo entre dientes acercándome a su oído, a nuestra espalda el resto de los hombres comienzan a llegar de sus expediciones por el búnker.

Pero ella no responde, veo el movimiento de su garganta al tragar saliva y siento mis nervios de punta, suelta mi mano. No tengo tiempo de protestar cuando entre cuatro me agarran y me arrastran hasta la puerta, busco su rostro en la oscuridad pero apenas distingo el blanco óvalo de su cara, sus ojos no me miran.

—¡Akane!

—Tu mano, Ranma— exige mi tía, como si me quedaran muchas más opciones. Los hombres que me aprisionan extienden mi brazo y ella hace un corte en mi palma, siento el escozor de la herida y la sangre manando lenta, aprieto los dientes.

—¿¡Qué pretendes!?— pero ella me ignora, apoya mi mano contra la roca y siento una vibración, algo se mueve en algún lugar, quizás incluso en mi cabeza.

—Lo sabía, es una maldición de sangre atada al legítimo heredero.— dice observando los kanjis de la pared, yo hago lo mismo y por un instante me parece que se mueven, trazan líneas en la pared, bailan reordenándose.

Retiro la mano y la vibración se incrementa, la pared se mueve, cede y se abre en dos hojas hacia dentro, ¿mi sangre ha provocado esto?. Miro mi herida perplejo, creo en las maldiciones pero esto es demasiado.

—Vosotros, seguidme— mi tía ni siquiera duda, camina decidida hacia la oscura sala, las manos que me retienen aprietan más fuerte el agarre y no lo entiendo, no me dejan moverme. Ante mis narices veo pasar al estúpido yakuza… y a Akane.

—¡Eh!— grito incrédulo. —¿¡Dónde crees que vas!?— se gira y sus ojos se encuentran llenos de lágrimas, siento como algo incorpóreo retuerce mis entrañas.

Ella lo sabía desde el principio, eso es lo que me escondía. Por eso su actitud, por eso me pidió aquel abrazo con sabor a despedida. No sé a qué tipo de acuerdo ha llegado, pero está claro que la muy tonta no sabe en lo que se está metiendo, ¿por qué hace esto?.

Mi respiración se agita a cada paso que pierdo de vista su figura, la rabia me consume en cuanto comprendo que me está protegiendo, ¡ella a mi!.

—¡Estúpida!— me retuerzo desesperado. —¡Vuelve aquí de inmediato!¡Akane!

Mis captores intensifican el agarre, siento sus manos forzando mis músculos y articulaciones, gruño poseído y otros tantos se me vienen encima, me inmovilizan contra el suelo y siento mi mejilla arrastrarse por tierra.

¡Mierda!, ¿pero que se ha creído?¿que necesito su ayuda?¿que soy un pobrecito al que tiene que defender de su malvada familia? esa tonta, tonta, ¡tonta!. ¡Debería habérmelo dicho!, ¿tan poco confía en mí?¿tanto teme mi suerte que acata los mandatos de desconocidos con la docilidad de un corderito?.

Voy a hacer que conteste a todas mis preguntas. Mi furia arde, se desprende en oleadas de mi cuerpo, si mi tía se ha pensado que con diez tipos vale para retenerme se ha equivocado por completo.

Uno de ellos saca una soga y siento como se empeñan en maniatarme de forma eficiente, me dejo hacer, nada como la confianza de un prisionero indefenso para bajar la guardia.

—¿Entonces esperamos aquí?¿no sería más seguro seguirles?— dice uno de ellos terminando al fin conmigo.

—Nos paga para que obedezcamos, no para que hagamos preguntas.— responde el que parece llevar la voz cantante.

Veo mi oportunidad.

—Os han tendido una trampa, no vais a correr mejor suerte que los hombres de ahí atrás— digo girando ligeramente la cabeza, refiriéndome a la ristra de cadáveres que guardan nuestras espaldas.

—Cállate.— me espeta otro, a saber cual.

—Allá dentro hay un tesoro más grande de lo que podáis soñar, ni diez hombres podrían gastarlo aunque vivieran cien vidas.— continúo tentando mi suerte.

—¿Te crees que somos idiotas? sé perfectamente lo que pretendes— dice el jefecillo avanzando hacia mí. —Así que cierra la boca de una vez o te la cerraré yo.

—Os ha dejado aquí para cubrir sus huellas. Esto es un búnker, al fin y al cabo a nadie le extrañaría que hubiera una explosión y acabáramos todos sepultados, ¿lo has pensado?

Eso parece hacerle dudar, me apunta con la linterna y yo entrecierro los párpados cegado por la luz.

—¿Qué clase de tesoro?— pregunta interesado, le tengo.

—El tesoro de Yamashita, el más grande botín de la segunda guerra mundial.

Oigo murmullos, al parecer he dado de lleno en su punto débil: les puede la codicia. El jefe se pone en pie y da instrucciones claras, cuatro de esos tipos se quedan guardandome y el resto se aventuran por el túnel, eso me pone las cosas mucho más fáciles.

Espero paciente a dejar de escuchar sus pasos, con la cara por la tierra siento el murmullo apagarse. Ahora tengo la seguridad de que no se darán cuenta de nada de lo que está a punto de ocurrir.

Retuerzo mis muñecas, mucho me temo que en ese sentido han hecho bien su trabajo así que me concentro en los pies. Siento la cuerda anudada fuerte a mis tobillos, con lentitud me deshago de mis zapatos y siento la holgura que eso provoca, sólo con liberar uno será suficiente. Encojo la pierna derecha y empiezo a girar el tobillo, aprieto los dientes cuando siento una herida abrirse a la altura de mi empeine, pero eso no me va a frenar. Finalmente libero uno de mis pies, con los restos de cuerda aún atados al otro.

Tomo aire, cuento hasta diez y doblo las rodillas. Me pongo en pie de un salto ante el estupor de esa panda de idiotas, sonrío pagado de mí mismo antes de que sus gritos llenen el pasillo. Desenvainan pistolas y cuchillos, esquivo una detonación y aprovecho la oscuridad para escabullirme, apuntan como locos con sus linternas de juguete y no me cuesta nada encajar una primera patada a uno de ellos que enseguida cae inconsciente al suelo. En el fondo siento un poco haberle golpeado "ahí". Muy en el fondo.

El tipo que está a su lado tiembla con lo que parece una hoja demasiado grande para él entre las manos, lanza un par de cuchilladas al aire y yo aprovecho para darle la espalda, con un movimiento tan simple me veo libre, las cuerdas resbalan por mis manos y sé que ahora sí que se han terminado los juegos.

Crujo los nudillos y sonrío. Tres minutos después todos yacen en el suelo, termino de retirar las cuerdas de mi tobillo izquierdo y tomo una de las linternas que ha quedado tristemente abandonada, he de darme prisa.

Comienzo a correr, no escucho voces y no sé hasta qué punto eso es bueno o malo. No sé cuánto habrán avanzado, no sé cuán lejos me encuentro de Akane. Continúo corriendo, el sudor comienza a empapar mi camiseta, me deshago de la chaqueta que he llevado hasta el momento y la abandono en el camino, de pronto siento que mis ojos comienzan a ver mejor y entiendo que me aproximo a un punto de claridad. Apago la linterna y la dejo intentando no hacer ningún ruido. Camino silente cuando al fin escucho murmullos.

En la salida del pasillo se acumulan los otros seis tipos que han salido tras mi tía, tres y tres, distribuidos profesionalmente a los lados de la apertura que da lugar a una sala mucho más grande. La iluminación es muy tenue, en colores anaranjados y parece vibrar, lo cual me lleva a pensar que hay un fuego en algún lugar. El olor a madera quemada me lo confirma.

He de ser rápido, no tendré una segunda oportunidad.

Me acerco por detrás, aprisiono el cuello y le tapo la boca al desafortunado que he encontrado primero y le mando a dormir, el sonido de su cuerpo al caer al suelo hace que los demás se den la vuelta bruscamente. Apoyo una pierna en la pared y salto hasta el extremo contrario, aterrizo y siembro el caos. Una lluvia de golpes se me viene encima, esquivo y golpeo con precisión, estoy acostumbrado a rivales mucho más duros.

Una detonación me pilla desprevenido, giro y le propino una colosal patada, el arma cae junto con él, antes de que me de cuenta me encuentro solo, soy el único que ha quedado en pie. Mi respiración y el sudor que se desprende de mi barbilla son indicativos del nivel de cansancio que me acusa, estrechamente relacionado con una noche de bebida, seguro.

Siento un ligero escozor en el brazo derecho, cuando miro encuentro una herida abierta y no se si se trata de un corte o del roce de una bala pero duele como mil demonios.

Eso sumado a la que tengo en la palma izquierda me convierte en un sanguinolento saco de carne. Aprieto los dientes, con familia así quién quiere enemigos, ahora comienzo a comprender muchas de las "extrañas" manías de mi madre sobre seguridad: el hecho de llevar una katana a todas partes, no usar jamás su apellido de soltera, no poner su dirección en ninguna parte… separarse de mí.

De pronto tengo dos motivos para estar cabreado.

Un pie detrás de otro, me asomo por el pasillo sabiendo que he hecho demasiado ruido como para seguir pasando desapercibido, a mano izquierda se abre una sala de forma circular, en su centro veo bailar las llamas de lo que parece una pira, aún a pesar de ello el espacio no se encuentra lleno de humo. Sobre el techo veo un agujero que imagino se corresponde a una chimenea natural excavada en la roca. Al fondo hay una formación de piedras que sobresale de la pared, una especie de muro derrumbado que con el paso del tiempo se ha ido esparciendo por la sala. Atado a él un gran cordón del que cuelgan sellos de papel sagrados.

Una voz masculina masculla palabras ininteligibles de forma monocorde, lo identifico como un mantra. Sentados alrededor del fuego hay dos figuras, las llamas me desvelan el perfil de Akane quien se mantiene sentada y con la mirada perdida, a su lado veo el estúpido yakuza. Se ha quitado casi toda la ropa y viste tan solo una hakama, sus ropas escondían toda una serie de tatuajes, comprendo que no es que tuviera la cabeza tatuada si no que todo su cuerpo estaba lleno de líneas informes que garabatean por su piel. Es como si fuera un pergamino humano, ¡un jodido monje yakuza!. Él es el responsable de ese extraño cántico que me taladra el cerebro.

—Vete de aquí— mi tía me sale al paso, era quien faltaba, en su mano empuña el cuchillo con el que me hizo el corte y aunque su determinación parece real veo el ligero temblor del filo del arma. No sabe usarla en una pelea, estoy seguro.

—No sin mi mujer— aclaro por si le cabía alguna duda de lo que he venido a buscar, no quiero el tesoro, no quiero nada más que volver a estrechar a Akane entre mis brazos.

—Solo los puros pueden cruzar esta puerta, el ritual no puede ser interrumpido.

Sus ojos resplandecen, me veo reflejado en ellos, los míos no deben resultar menos aterradores.

—No sé con qué mierda le has lavado la cabeza, pero conmigo no te va a funcionar. Los líos que tuvieras con mi madre son cosa del pasado, ¡y si ese maldito tesoro está ahí dentro puede hundirse en el fondo del mar!— la empujo alejándola de mí, tarda una décima de segundo en reaccionar y saltarme encima.

—¡Me ha costado mucho encontrarlo!¡no lo arruinarás!— exclama negando con la cabeza, alguno de sus mechones se sueltan de su peinado y en ese momento me recuerda aún más a mi madre. Me amenaza con la hoja en alto.

Entiendo demasiado tarde que con esa cara no puedo golpearla. Eso es trampa.

—¡Akane!— grito intentando hacerme oír por encima de los mantras. —¡Huye!— forcejeo con ella, con el kimono que viste tiene poca movilidad, solo tengo que quitarle el arma y entonces…

Siento una mano agarrándose a mi pierna, cuando miro hacia abajo me doy cuenta que no hice tan buen trabajo como creía dejando inconscientes a los guardias, me tira al suelo y de pronto me encuentro arrastrado sobre mi estómago intentando sacarme de encima otro problema más.

Me encañona con una pistola, no soy tan estúpido como para jugarme una bala en la cabeza, no desde esta distancia. El tipo que se sienta sobre mí a horcajadas me mira con rabia, aprieta sus dientes mientras la sangre de un golpe anterior escurre por la comisura de su boca.

Escucho al monje-yakuza-lo-que-sea alzar la voz, empieza a gritar en sánscrito llegando a un punto sin retorno. Su voz es tan fuerte que siento como si me perforara los tímpanos, algo cruje en algún lugar, chirría y se arrastra.

—¡Basta!¡dijiste que no le harías daño!— giro el rostro para verla en pie, agarra con tanta fuerza su hakama que la arruga en sus puños.

—¡No te muevas niña!¡no hasta que la puerta se abra!— dice mi tía.

¿Soy el único al que le molesta ese sonido?, aprieto los dientes intentando una vez más hacerla entrar en razón.

—¡Maldita tonta, sal de aquí!

—Ella no irá a ninguna parte, la sangre ha de pagarse con sangre. Los espíritus reclaman venganza por el daño provocado y no puedo detenerlos, ¡pero sí burlarlos para conseguir un pedazo del tesoro!— parece completamente ida, borracha de poder.

—¡Me quieres a mí!¡Deja ir a Akane!— exclamo, el tipo que tengo encima aprieta aún más el cañón contra mi sien.

—Si ofrezco una mujer pura, un cuerpo inmaculado que se entregue por propia voluntad eso servirá para que la maldición no me persiga. Mantendrá todas sus voces calladas al menos un tiempo…al fin y al cabo por mis venas también corre la sangre del abuelo, la siento burbujear: me está reclamando, nos reclama a los dos. Es mejor que no les dejemos que la prueben, temo que si te entrego su sed se incremente y terminen por devorarnos a ambos, con ella bastará.

La miro sin entender, ¿es eso el ruido que escucho?¿es un grito?¿es el sonido de la maldición de sangre?, ¿¡y qué dice sobre entregar qué!?

—No consentiré…¡no dejaré que le hagas daño!

—¿Daño? no pienso tocarle un pelo, ella se entregará a los espíritus… lo que ocurra entonces escapa a mi control.

Siento el suelo temblar como si estuviera comenzando un terremoto, todos giran sus rostros hacia más allá del fuego, a la pared cubierta. Me invade el miedo, la terrible sensación de que algo maligno se arrastra desde la oscuridad.

Intento encontrar los ojos de Akane, pero ella parece tan asustada como yo. Da un paso inestable hacia donde se abre apenas un resquicio de pared y entiendo que solo yo puedo detener este disparate, aún sin quererlo soy el culpable de esta situación, yo soy el heredero de ese demente. Yo soy el que debe cargar con la maldición.

Mis palabras ya no funcionan con ella, mis intentos por detenerla han sido en vano. Es entonces cuando encuentro la única cosa que creo puede parar a mi tía.

—Dijiste que debía ser una mujer pura, ¡pero ella no lo es!

—¿Qué?— me mira alterada, contradicha de lo que seguramente Akane le confirmó en cuanto se atrevió a preguntar.

—¿Por qué crees que me casé con ella?¡La dejé embarazada!

El crujir de la tierra se hace más potente, y sin embargo lo oígo lejano, el monje se ha callado de una buena vez, mi tía abre la boca pasmada y Akane se ha quedado petrificada, hasta el estúpido que me apunta parece confundido.

No puedo dejar pasar la oportunidad.

Muevo mis manos rápidas a la vez que alzo los pies, tarda un segundo en recuperarse del desequilibrio pero ya es tarde para él. Con un golpe certero el arma sale volando, y sin pistola no hay motivo para seguir conteniéndome. Me lo quito de encima con un limpio movimiento de judo que lo deja gritando de dolor, le he dislocado un hombro y no me arrepiento.

Alzo la vista y corro hacia ella, paso junto a mi tía sin que pueda hacer nada por detenerme. Akane me mira entre la sorpresa y el estupor, agarro su fina muñeca ajeno al mundo, a maldiciones o herencias, estoy cansado de todo.

Tiro de ella pero sus pies se niegan a moverse, prácticamente la arrastro por la sala.

—¡P-pero la maldición del tesoro...!— grita por encima del ruido y de la propia razón, me giro lleno de rabia.

—¿¡No te das cuenta de que no quiero ningún jodido tesoro!?¡Yo sólo te...!— abre los ojos tanto como le dan de sí los párpados, siento un revoltijo en el estómago por lo que he estado apunto de decir, traicionándome tan estúpidamente.

No puedo apartar la mirada de sus preciosos iris, ya se puede estar cayendo el cielo a pedazos, soy incapaz de moverme. Durante un instante su mirada se fija en un punto lejano, algo llama su atención y agarra fuerte mi camiseta, no tarda más de un segundo en empujarme hasta el piso.

Escucho una detonación amortiguada, no comprendo lo que ha ocurrido hasta que no alzo la cabeza y la veo a cámara lenta.

Cae. Su pequeño cuerpo se estremece y se derrumba en el suelo, queda ahí, inerte y tirada hecha un ovillo, desvencijada como una marioneta a la que le han cortado los hilos.

No hay nada en mi cabeza. Miro su perfil estático, quiero acercarme pero siento que me faltan las fuerzas: las piernas no me responden, la debilidad corre por mi ser hasta llegar a la punta de mis dedos.

Escucho un grito, todo se llena de ruido y aún así siento que todo mi ser está envuelto en una gruesa capa que me aísla del exterior, materializada solo para mí.

—¿A… ka… ne?— hasta mi voz me es desconocida, la escucho pesada como si estuviera hablando bajo el mar, sale en burbujas enterrada bajo toneladas de agua.

Mis dedos se hunden en la tierra, arrastran mi peso muerto y estiro el brazo, se alarga hacia su cuerpo tendido y centímetros antes de tocarla mi mano se queda helada. Tiemblo sintiendo por primera vez el verdadero terror atenazar mi alma, agarrarla con su mano cadavérica trayendo la oscuridad.

Alzo mi empañada vista para ver al tipo con el que he peleado sosteniendo un arma con el brazo contrario al que le dislocado, la pistola aún humea por su certero disparo. Mi tía grita, el yakuza grita, todo da vueltas.

El aliento sale entrecortado de mi garganta, no escucho mi propio y desesperado grito. Me lanzo encima de ese malnacido, no tiene tiempo de volver a disparar cuando encajo el primer puñetazo en su cara. Le golpeo hasta que me duelen las manos, hasta que pierde el conocimiento, desde el principio no tenía nada que hacer.

Boqueo mirando la sangre en mis manos, no sé cuánta es suya y cuanta es mía, de pronto el mundo se queda en silencio y me siento más solo que en toda mi vida, más animal que nunca. Giro la cabeza por encima de mi hombro, al fondo mi tía forcejea con la puerta, retira rocas con las manos, el tatuado la ayuda.

El fuego vivo se está apagando, ya apenas alumbra la sala, en ese espacio solo quedo yo. Y ella. Akane continúa quieta, las sombras se hacen más profundas cuando la tocan de tal forma que las llamas solo iluminan el perfil de su pequeña figura.

Siento las lágrimas correr por mi rostro, engullido por el miedo avanzo hacia ella, las rodillas tiemblan y me fallan cuando apenas estoy a dos metros, caigo rendido al suelo, saboreo la sangre y la tierra en la boca.

La he matado, yo la he matado. He visto morir delante de mí lo que más amaba. Mis manos están manchadas de sangre, y algo en mi interior me dice que es su sangre y no la mía, no la de ese desgraciado que he golpeado hasta la agonía.

Repto hacia ella y vuelvo a quedarme congelado antes de tocarla, empuño la mano dándome cuenta del temblor que se extiende por todos mis músculos. Cuando lo vea por mis propios ojos todo se volverá real, no habrá vuelta atrás.

Mi mundo se derrumba.

Me duele la garganta, me va a estallar el pecho de pura agonía. Me recompongo de rodillas junto a mi preciosa doctora, mi cincuenta yens, mi tonta chica virgen.

La abrazo histérico mientras ella continúa inerte, sus brazos a los costados, su níveo cuello en hiperextensión hace que su rostro caiga hacia atrás y sus cabellos floten en el aire. Su cuerpo junto al mío, su piel fría. Me siento morir, no puedo parar el llanto, no hay consuelo para mí en esta vida.

—Auch…— su voz susurra a mi oído y siento como se me para el corazón, la alejo de mí pensándome enajenado. Veo su bello rostro arrugarse de dolor y abrir los ojos de a poco, no se si me estoy volviendo loco o soy el tipo más afortunado del universo.

Mis pupilas buscan histéricas las suyas, bajo la vista y veo el agujero que hay en su abdomen, atraviesa sus ropas pero no las mancha, ¡no hay sangre!. Sin pedir permiso o sentir el más mínimo sonrojo abro su camisa rompiendo las correas que la sujetan, ella se queja y sus pechos quedan expuestos ante mí, palpo con histerismo la piel intacta sin saber bien si me encuentro ante un milagro, es entonces cuando veo la bala.

Cuelga de su cuello perfectamente encajada en el agujero de la moneda de cincuenta yens, fundiéndose con ella. La alzo tan sorprendido como agradecido, doy las gracias internamente a todos los dioses que conozco, la toco con mi dedo pulgar y la siento caliente, se desprende de la moneda y cae al suelo con un tintineo. ¿Qué otra cosa es esto si no una segunda oportunidad? acabo de regresar de la tumba.

Ella parece igual de impresionada que yo, alza una temblorosa mano y sus ojos parecen colmados de preocupación.

—Ranma, ¿estás… llorando?— pregunta, ni me acordaba de mis vergonzosas lágrimas. Agarro su mano que posa sobre mi mejilla, nunca he sido bueno con las palabras.

La abrazo tan fuerte como pueden mis temblorosas manos, vuelve a quejarse pero esta vez muy débilmente, ha esquivado a la muerte y sé que debe tener un buen impacto, pero está aquí, está conmigo y ahora es lo único que importa.

Respiro en su cuello, me balanceo en un movimiento repetitivo que solo busca darme paz después del miedo que he pasado. Pero ni siquiera tengo tiempo para el consuelo, no cuando veo a mi tía y al yakuza pasar junto a nosotros, corriendo por el pasillo entre gritos histéricos. Me doy la vuelta para descubrir que entre las ruinas de la pared han desenterrado lo que parece una enorme bomba.

No me lo pienso, la tomo en brazos y corro con toda mi alma, recuerdo el camino de vuelta y me veo a mi mismo avanzando a pasos de gigante. Escucho una explosión como ninguna otra y siento el calor de la ola expansiva aproximándose.

Está demasiado cerca, ¡imposible llegar a tiempo!

—Ranma, ¡arriba!— exclama Akane entre mis brazos, apuntando directamentente encima de nuestras cabezas. Alzo el cuello y veo un agujero en la roca con unos cuantos y salteados peldaños metálicos a modo de escaleta.

—¡Agárrate!— la suelto y ella enseguida entiende mis intenciones, se engancha de mi cuello y escucho un ligero quejido que aplaca en su garganta, cuando siento sus manos firmes doy un salto y me agarro a uno de los precarios escalones, continúo el ascenso hasta que llego al techo, parece una escotilla.

La giro apretando los dientes, sintiendo el chirriar de un engranaje oxidado ceder ante mi fuerza bruta, la empujo con un hombro y se abre lo suficiente para dejarnos vislumbrar el exterior.

Nos arrastramos hacia afuera mientras dejamos atrás el búnker infernal, el suelo del bosque tiembla a causa de la bomba. Es como un tsunami, la tierra se curva y regresa a su lugar, se alza y hunde hasta que todo cesa. Miro a Akane preocupado por la quietud, preguntándome si realmente todo ha terminado.

La humedad es asfixiante, se mezcla con el frío invernal. Un pájaro comienza a silbar afinando unas notas, una mariposa amarilla revolotea encima de mi nariz.

Que raro, no debería haber mariposas en esta época.

Escucho una pequeña risotada a mi lado, sobre la mano de Akane hay dos mariposas.

—Que bonitas— sonríe cansada, por un momento tengo la impresión de que le cuesta respirar.

—¿Te encuentras bien?

Pero ella asiente, se lleva una mano al costado, su camisa permanece abierta pero es algo que a ninguno de los dos parece importarnos.

—Todo ha terminado… si ese tesoro de verdad existía ahora está enterrado para siempre. Tu bisabuelo fue un psicópata egoísta hasta su muerte.

—Sí… al final parece que no quería que nadie lo encontrara, aunque creo que así está bien.— la miro, soy incapaz de pensar en nada más que en el hecho de que se encuentre a salvo, excepto un cosa. —Akane, ¿por qué lo hiciste?— interrogo, pero en respuesta encuentro sus ojos perdidos.

Cae en tierra y pierde el conocimiento.

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¡Hola queridos lectores!

No voy a mentir, este capítulo se me atragantó muchísimo, me costaba horrores avanzar y cuando lo conseguía nunca quedaba contenta con el resultado. Pero ya pasó, escrito queda y finalmente puedo decir que estoy satisfecha con el fin de la trama, aunque queden algunos huecos.

¿Ya visteis para que servía la moneda? jajaja, era mi baza secreta desde el primer capítulo. Ya sé lo que me vais a decir: que una moneda no puede detener una bala, ¡que es demasiada casualidad!. Oh, pero eso ya lo sé, ¡es la magia de escribir tu propia historia!jijiji.

Por suerte ya tengo escrito el siguiente capítulo, así que al igual que con este no os haré esperar demasiado. Sí, ya se que los impacientes desesperáis, pero creedme, dos semanas para una actualización de 20 páginas no es mucho esperar.

Gracias por vuestras preciosas reviews, las leo atentamente todas y cada una de ellas. Gracias por las bonitas palabras, y también gracias por las críticas que me ayudan a mejorar. Y mis agradecimientos como siempre a mi beta reader Nodokita, que tanto se esfuerza porque os llegue un texto bien pulido.

Saludos y nos vemos en el capítulo 19... el del principio del fic, para más señas, ¡esto se está terminando!

LUM