Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.

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Quince días

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Capítulo 19: Viernes 29

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Ranma

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Siento un bienestar difícil de describir. Me rodea un cálido halo de completa dicha. Alguien acaricia mis cabellos, siento sus finos dedos enredarse una y otra vez en un toque de suavidad que mece mi sueño.

Me resisto un poco pero finalmente abro los ojos, la sala comienza a mostrarse con sus verdaderos y colores por los rayos del sol naciente.

—¿Dormiste aquí?— pregunta ella retirando su mano de mi frente, bostezo somnoliento y alzo la cabeza, de nuevo me duele el cuello.

No respondo, es más que obvio que así ha sido. Me estiro en la incómoda silla de hospital y la miro avergonzado. Akane también se ha incorporado, luce sana a pesar del susto que me dio ayer. Tras su desmayo entendí que había algo que no iba bien, asustado por los posibles efectos de la mentada maldición acudí a toda prisa al único lugar en el que pensé que tendría una oportunidad: un hospital. Al final resultó que le costaba respirar por el dolor de haberse roto dos costillas.

Era demasiado esperar que resultara ilesa después de un disparo a bocajarro, aún estoy dando gracias por el milagro.

Terminó ingresada toda la noche y yo por supuesto no me separé de su lado, dormí junto a ella medio recostado sobre el trozo de cama que dejaba libre su pequeño cuerpo.

Al final mi predicción se ha cumplido: no he sido capaz de regresarla de una pieza, ha terminado con varios huesos rotos. Y sin embargo no parece enfadada, todo lo contrario: su rostro solo refleja paz, me mira y sonríe tímidamente, siento como mi corazón se altera ante su gesto.

—Ya ha amanecido— dice con voz fina, me doy la vuelta y encaro la ventana para maldecir al sol. Sí, es de día y llega momento de enfrentarme a mi mayor miedo.

—¿Te encuentras mejor?— pregunto, siento la boca seca.

Asiente y posa la vista en el vendaje que asoma por mi hombro, mi mano izquierda también está completamente cubierta. Ese fue el único momento en el que me alejé de ella, cuando varias enfermeras me obligaron a sentarme a regañadientes en una sala de curas mientras suturaban mis heridas.

—¿Y tú?— dice, yo le resto importancia encogiéndome de hombros.

—Esto no es nada.

La escucho suspirar y sé lo que viene, es el momento de cumplir mi promesa.

—¿Crees que puedas viajar?— alzo los ojos hasta que encuentran los suyos, una parte de mí, egoísta y codiciosa quiere que me conteste que no, que aún está resentida y necesita al menos un par de días más de reposo en el hospital. Yo mismo la obligaría a quedarse si no fuera porque mañana ha de casarse y me siento incapaz de entrometerme en su felicidad.

Ya ha hecho demasiado por mí, no puedo pedirle que se quede a mi lado.

—Pedí el alta mientras aún dormías, solo necesito una caja de analgésicos. En cuanto firme los papeles podemos regresar a Tokyo.

Su predisposición me golpea de pleno, es una maza de acero aterrizando de golpe sobre mi corazón. Tan fácil, tan rápido que asusta. En pocas horas la perderé y siento que no estoy listo, me encuentro muy lejos de estarlo. Pero hasta entonces en esta habitación solo estamos ella y yo, como siempre, y si no puedo ser completamente sincero al menos si hay algo que necesito decir.

—Gracias— susurro sin valor para enfrentar sus ojos, trago duro y hago acopio de toda mi voluntad para continuar. —Me salvaste la vida.

Niega. Hay unos segundos de interminable silencio antes de que ella tome la palabra.

—Sabía que era una trampa y aún así decidí ir.

—¿Por qué?— pregunto al igual que ayer, aún con la horrible sensación de no tener claras sus intenciones.

—Te dije que te protegería, ¿recuerdas?

—¿Crees que no hubiese podido arreglármelas solo?— no es mi intención comenzar una pelea, pero sus palabras parecen no dejarme más opción que enfrentarla. Esa tonta no sabe lo que ha hecho, ¡no es consciente de lo cerca que ha estado de...!

—No es eso, pero si de todas formas ibas a terminar enfrentándote a tu tía yo debía estar ahí. Piensa que estamos en paz.

Toda esta palabrería me sobrepasa, no quiero discutir. Mi silencio taciturno hace el resto y espero que ella lo entienda. Basta ya de todo.

—Señora Saotome, le traigo el alta— dice una doctora joven entrando en la sala, solo entonces recuerdo que la registré como mi mujer. Akane me mira de soslayo y yo me aclaro la garganta.

Me pongo en pie, supongo que necesitará ropa para vestirse.

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—¿Por qué estás tan callado?— pregunta con el entrecejo fruncido, pero en lugar de molestarme en contestar sigo prestando atención al paisaje que pasa a toda velocidad junto a mi ventana.

Maldigo al tren bala y a quién lo inventó, en tan sólo dos horas más llegaremos a Tokyo y ni siquiera dan las diez de la mañana, es de locos.

Se me escapa, todo salta por los aires y se aleja de mi control. Siento vértigo.

Akane se encuentra frente a mí, se revuelve incómoda en su asiento. Mis ojos se deslizan por su figura, lleva un vestido de vuelo y con manga larga que compré en una tienda cercana al hospital, se ajusta perfectamente a sus curvas y me percato orgulloso de que le tengo la medida bien cogida.

Yo también me aseguré de cambiarme, si ya de por sí la impresión que le causaré a mi familia política será pésima, al menos que no piensen que acabo de salir arrastrándome de un búnker, aunque lo haya hecho.

—Debes estar contenta, al fin volverás a ver al come hierbas— digo sin ocultar la molestia en mi voz, el resentimiento es tan palpable que hasta yo me sorprendo por haberlo guardado con tanto celo.

Ella pestañea perpleja, no sé a qué tanta sorpresa, es más que obvio que nunca me ha caído bien y estoy seguro que en persona no será mejor. Detesto a ese tipo con toda mi alma.

—Estoy feliz de regresar.— repone perdiendo la vista en la ventana, yo farfullo una maldición. —Pero también tengo miedo.

—¿Miedo?— repito, ella mueve afirmativamente la cabeza.

—En estos días han pasado demasiadas cosas.— termina enigmática.

¿Quizás teme que él la rechace por haberse pasado tanto tiempo en compañía de otro hombre?¿por mí? no puedo evitar la culpabilidad acompañada de un resquicio de felicidad que no dudo en reprimir. Ahora mis sentimientos estorban, solo le traerán problemas.

—Si ese tipo no quiere casarse contigo por esto es que es idiota— concluyo, cualquier persona que me viera apoyando la boda de la mujer que amo pensaría que me falta un tornillo, y debe ser así. Soy un gilipollas.

—¿Lo crees?— sus ojos se pierden melancólicos en el horizonte.

Sí, claro que lo creo. Yo mismo me siento morir a cada kilómetro que recorremos en pos de llegar a tu casa, de cumplir mi promesa. Me he enfrentado a muchas situaciones incómodas a lo largo de mi vida, pero creo que esta se lleva el premio. En el momento en el que firme esos papeles todo se habrá terminado… en el momento en el que te vea en los brazos de otro hombre perderé la cabeza.

—Ranma— dice increíblemente seria, llama mi atención y estoy a punto de dar un brinco en el asiento. —Quiero que sepas que yo... me alegro mucho de haberte conocido. Aunque hayamos pasados malos momentos, no me arrepiento de nada.

Sus palabras saben a un "adiós", son amargas como la hiel. Yo asiento atontado, triste, tan desesperado por su marcha que no puedo más que guardar silencio ante la impotencia.

Que pase ya, por favor.

Tengo la sensación de que este sin duda será el peor día de mi vida.

Con el corazón atenazado siento como la velocidad del tren comienza a descender, he perdido la noción del tiempo, tan furioso estaba con su avance que parece haberse vengado de mí corriendo más y más.

Antes de que me de cuenta se ha detenido en la vía y tomo aire sabiendo que he de enfrentarme a lo que más temo. Solo espero salir bien parado.

Akane se pone en pie, yo me paro a su lado y veo cómo tiembla. Supongo que si yo estoy asustado ella lo está mucho más. Hace unos días me habría parecido normal tomar su mano, un gesto más de confianza, pero hoy me siento un sucio aprovechado.

Aún así lo hago y ella sale de golpe de su ensimismamiento. Le sonrío de medio lado esperando que no vea el dolor en mis gestos.

—Vamos— le doy ánimos mientras salimos del tren.

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Después de un par de transbordos nos plantamos en una pequeña estación de barrio. Cuando salimos al exterior tengo la impresión de que no es un lugar diferente a cualquier otro.

La chica a mi lado se mueve inquieta, aún llevo su mano en la mía, entrelazo nuestros dedos.

—Tu guías— le recuerdo, y ella comienza a caminar.

Paseamos por una carretera que transcurre junto a la vía durante unos metros, luego comenzamos a callejear por una zona residencial, hasta que llegamos a un larguísimo canal cercado con una alambrada en color verde. Es entonces cuando ella suelta mi mano.

Querría decir que no me ha dolido.

—Más adelante está mi casa— señala, yo intento fingir indiferencia, miro la valla y lo sopeso un segundo antes de pegar un salto y subirme al borde. Es un poco inestable, pero nada que no puedan controlar mis entrenados reflejos, ella me observa desde abajo con curiosidad y yo estiro los brazos y los doblo detrás de mi cabeza.

—Entonces caminas por aquí todos los días— comento de forma casual comenzando a avanzar, Akane se queda unos pasos por detrás hasta que se pone a mi altura.

—Sí, de hecho si sigues todo el canal hasta el final te encontrarás con mi antiguo instituto.

—Parece un barrio tranquilo.

—Lo es la mayoría del tiempo. Es un buen lugar para vivir.

Siento la melancolía en su voz, la profunda pena que no la abandona. Quizás el regreso a su hogar significa mucho más de lo que he dado por supuesto. ¡Claro!, ¿no lo dijo al poco de conocernos? una vez esté casada se marchará. Debe seguir al riega setos hasta no sé que pueblo y se alejará de todo cuanto conoce, tendrá que despedirse de su hogar y de su familia.

Estoy tentando de sentir lástima, pero no puedo dejar de repetirme que eso es lo que ella quiere. Que ama tanto a ese hombre que está dispuesta a renunciar a todo. Que estúpida es, si se viera la cara…

De pronto gira en una de las calles y yo bajo apresurado del borde de la alambrada, en un pestañeo estoy a su lado caminando entre grandes casas, hasta que nos detenemos delante de un gran portón de madera. De una de las paredes cuelga un gran letrero que luce orgulloso el nombre de la familia.

"Dojô Tendô, Escuela de Artes Marciales estilo Musabetsu Kakuto".

Observo impresionado el vasto espacio que parece ocupar toda la manzana, tiemblo de pura ansiedad cuando la veo apoyar ambas manos en las puertas y estas comienzan a ceder.

Ante mí se abre un enorme jardín japonés de arena gruesa y pequeños cúmulos de hierba, recorrido por varios caminos formados por piedras grises perfectamente colocadas. A la derecha lo que parece ser un gran dojo permanece cerrado, mientras que el camino principal conduce a una casa tradicional. Hay un estanque y árboles bien podados que se retuercen gracias a las habilidades de algún buen jardinero.

Avanzamos unos metros cuando la puerta de la casa se abre de golpe y por ella sale un hombre a toda velocidad.

—¡Gracias a dios!— exclama lanzándose sobre Akane, la entrecha entre sus brazos y observo gigantescos ríos formados por lágrimas que corren por su tostada tez, tienen el pelo negro y largo, y un tupido bigote encima del labio superior. —Hija estábamos muertos de preocupación.

—Papá, me haces daño— responde atrapada.

—¿Es Akane?— exclama una mujer de pelo largo atado a una coleta y que luce un delantal. Se apresura para llegar a nuestra altura y separa a padre e hija con una calma y a la vez determinación que me dejan pasmado. —Estás bien, menos mal.

—Hola Kasumi— responde, y tengo la impresión de que se encuentra ligeramente avergonzada.

—Tu pelo…— dice la mujer impresionada, tocando la punta de sus cortos cabellos. Pero su reflexión no dura ni un segundo antes de que sus ojos se fijen en mí, trago saliva.

—¡Al fin!— dice otra chica saliendo de la casa, debe tener más o menos nuestra misma edad, tras ella hay un hombre.

Sé de quién se trata sin necesidad de presentaciones. Escucho preguntas y la algarabía de la familia al reencontrarse, pero por encima del tumulto le veo a él.

Es alto y de complexión delgada, sus cabellos cortos y castaños tapan parte de su rostro, pero lo que sin duda no pasa inadvertido es el color aguamarina de sus iris.

Nuestros ojos se encuentran en la distancia y no me cuesta nada percatarme de su ceño fruncido, del desprecio absoluto que emana su mirada dirigida directa hacia mí.

Se acerca lentamente, evaluándome, no sé en que momento he comenzado a apretar los puños con tanta fuerza que me clavo las uñas en la palma.

—Ranma— una mano se posa en mi antebrazo y solo entonces me percato de su presencia, miro a mi madre y me obligo a cerrar los ojos y volver a abrirlos, pasmado.

—¿¡Mamá!?¿qué haces aquí?

—Los Tendô me acogieron, siempre fueron buenos amigos de la familia.— comenta sin más, ¡como si tal cosa! Tengo un montón de preguntas, y debemos hablar muy en serio sobre esa pirada de su hermana, pero antes… la mano de mi madre continúa asida a mi brazo, y me doy cuenta de que lo hace con toda la intención.

Sus ojos me advierten en silencio.

—Olvidé decírtelo.— Akane se gira un instante para prestarme un poco de atención, parece feliz de estar en casa.

—¿Sabías que mi madre estaba aquí?— le contesto dándome cuenta que de pronto me he convertido en el foco de atención.

—Bueno…— comienza dubitativa, pero nuestra charla se ve interrumpida por el tercero en discordia. El adiestra pulgas se planta junto a ella y susurra su nombre haciendo que se gire.

—Shinnosuke.— dice mirándole al fin.

No puedo apartar los ojos de la escena, siento que es mucho peor de lo que había imaginado.

Veo a cámara lenta como la envuelve entre sus brazos y ella se deja hacer, siento la mano de mi madre cerrándose firme, anclándome a la realidad.

Es entonces cuando nuestros ojos vuelven a cruzarse en una batalla no verbal. Me reta, ¡ese desgraciado me está retando!, la oprime contra sí con más fuerza a la par que demuestra que le pertenece. No debería jugar conmigo.

—Shinnosuke… duele— protesta ella apoyando sus manos contra su pecho, intentando liberarse. Todo se vuelve negro, da vueltas. Creo que con tres segundos de abrazo ese imbécil ha tenido más que de sobras.

Ante la incrédula mirada de mi madre me deshago de su agarre y con solo dos pasos hago lo único que me dicta mi razón, le doy un empujón en el hombro al muy estúpido y le separo de ella, me pongo en medio desafiante y siento la tensión desatada, todos los ojos posados en mí.

—Ve con cuidado, está herida— prácticamente le escupo, hablo con todo el desprecio que emana de mí en este momento.

—¿Herida?¿¡dónde la has metido para que termine herida y con ese corte de pelo!?— ataca sin contenciones, por el rabillo del ojo veo como Akane se lleva una mano a su peinado. Estoy tan acostumbrado a verla de esa forma que ya se me había olvidado que cuando nos conocimos lo llevaba largo.

—¿Qué te importa?

—¿Cómo que qué me importa?¡es mi futura mujer!

—Oh, parece que va a empezar a llover, ¿verdad? será mejor que pasemos adentro— una voz angelical se alza por encima de las nuestras, miro de soslayo a la chica del pelo largo y delantal, quien sonríe apacible. —Nabiki, ¿por qué no acompañas a nuestro invitado?. Akane, sube a tu habitación, estarás cansada. Papá, ¿querrías mostrar a Shinnosuke los arreglos del dojô?. Tía Nodoka, ayúdame con la comida.

Y así disuelve la trifulca sin perder su sonrisa, dando órdenes tan convencida y risueña que resulta complicado llevarle la contraria.

—Cuñadito— la chica de antes se coloca a mi lado, sus ojos son condenadamente parecidos a los de Akane, pero hay un brillo que la delata, puedo intuir por su sonrisa a tensión que se calla mucho más de lo que cuenta. El idiota a mi lado también la mira. —Oh, no, Shinnosuke no me refiero a tí, me refiero a…— me apunta con toda la intención. —... de momento, ya sabes que es un tema un tanto confuso— ríe sin ningún remordimiento y me hace una señal, entiendo que lo mejor que puedo hacer es obedecer. Dejo atrás al resto de la familia percatándome un momento más tarde de que siquiera me he presentado.

Genial, he hecho una entrada espléndida.

—Con que tu eres Ranma— dice comenzando a subir una escalera, yo la sigo huraño.

—Y tu debes ser Nabiki— contesto más por darle charla banal que con ninguna otra intención.

—Acertaste— se gira y me guiña un ojo, parece colmada de confianza.

Se para delante de un cuarto y me invita a pasar tras ella.

—Cierra la puerta, por favor.— pide mientras toma asiento junto a un escritorio y comienza a mover unos cuantos papeles.

—Estamos en… ¿tu dormitorio?— no estoy muy seguro de lo que hago en este lugar.

—Cuñadito, es el momento de hablar de negocios.— dice, y por alguna extraña razón tengo un mal presentimiento. —Tardaré un rato en tener ultimados los detalles del acuerdo de divorcio, ¿te va bien pasarte por aquí después de la cena?

—¿Fuiste tu quién redactó aquello?

—¿Qué ocurre?¿estaba mal?— dice falsamente afectada.

—¿Y qué pretendías pidiendo tanto dinero?. Nadie firmaría esa barbaridad.

—Yo solo me preocupo por el bienestar mi hermana.— cambia completamente su tono de negocios a uno mucho más serio, uno que da miedo. De nuevo esa impresión me asalta, creo que estoy ante una de esas personas que prefiere hablar con dobles sentidos. —Pero dejando eso de lado, dime, ¿que asuntos os traéis tú y tu madre?

Directa al grano, las hermanas Tendô son temibles aunque cada cual a su manera.

Se lo cuento todo sin entrar en demasiados detalles, sobre todo en los más escabrosos. Ella escucha en silencio sin perderme ojo, con sus brazos cruzados sobre su pecho firmemente apretados, intento quitarme de la cabeza la idea de que me está juzgando. Cuando termino se queda en silencio, sopesando toda la información.

—Bien, no le diremos al resto de la familia lo de la yakuza, ni lo de tu padre, ni desde luego lo del hospital. Aunque para lo de Kuno-chan ya es tarde, me temo.

—¿Kuno… chan?— mi perplejidad acaba de alcanzar su grado máximo.

—Es buen chico si sabes como manejarle, creeme. Me va a invitar a cenar la semana que viene.

Mi cara ahora mismo ha de ser digna de un poema. Aunque por otro lado esa chica acaba de quitarme un gran peso de encima, que haya sabido domesticar a ese cabeza de chorlito es sorprendente, digno de un faquir encantador de cobras… quizás hasta hagan buena pareja.

—No te equivoques, no te perdono que hayas tenido a mi hermana huyendo por todo el país, pero si ella no está enfadada supongo que yo tampoco.— se encoge de hombros. —Y he de admitir que contigo por aquí las cosas acaban de ponerse bastante interesantes.

—¿Qué quieres decir con eso?— me arriesgo a cuestionar, ella sonríe malévola.

—Ven, te acompañaré hasta la habitación de tu madre, supongo que no te importará compartirla con ella.

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Solo cuando me meto en la bañera me doy cuenta de lo cansado que me encuentro. El agua caliente reconforta mis músculos, pero estoy terriblemente lejos de conseguir relajarme. Me apoyo sobre el borde de la gran tina y aspiro el vaho que produce el agua con sales. Con que aquí es donde vive ella… en una gran casa tradicional, con una familia numerosa y alborotadora. Siento un ramalazo de envidia, no me importaría lo más mínimo quedarme en este lugar, ahora entiendo un poco mejor su afectación. Y sin poder evitarlo la cara de ese tipo asalta mis pensamientos, ¿que vió en él?¿en qué es mejor que yo?.

Me hierve la sangre cuando le veo una y otra vez abrazándola en una advertencia hacia mí. Podría tumbarle de un solo golpe si quisiera, pero puedo entender que esté celoso porque yo estoy poseído por el mismo mal.

Por pura educación y respeto hacia los Tendô debería moderarme y no volver a perder los estribos. Me pongo en pie dando el baño por terminado.

Seré fuerte, seré mejor persona, lo tengo decidido. Iré a hablar con mi madre y después…

La puerta se abre, lo cierto es que no recuerdo haberla cerrado. Portando solo una minúscula toalla aparece ella y me convierto en granito macizo.

Entra distraída hasta que me ve. Durante un segundo no hacemos otra cosa más que observar en silencio nuestra mutua desnudez.

Cuando siento que toda la sangre de mi cuerpo amenaza con concentrarse en un lugar muy concreto regreso de golpe a la bañera, hundiéndome hasta los ojos. Akane da un grito y regresa al cesto de la ropa donde se enfunda un pequeño batín y cierra la antepuerta.

—¿Q-qué haces aquí?— atino a preguntar más avergonzado que nunca en mi vida.

—¿Tú que crees?¡iba a bañarme!¡Nabiki me dijo que estaba libre!

—No es posible, ¡a mi me dio toallas y dijo que me tomara mi tiempo!— respondo indignado, cayendo de pronto en la jugada, ¿esa tipa está trastornada?¿qué pretende?. Trago duro encontrando el silencio demasiado incómodo. —Qué bien que te hayas reencontrado con el poda ramas— no falla, todos mis propósitos saltando por los aires gracias a mi bocaza.

Pero ella no responde, atisbo la sombra de su figura tras la puerta, veo una de sus piernas asomando desnuda por la rendija que aún continúa abierta.

—En realidad…

—Akane, comemos en treinta minutos— anuncia la angelical voz de su hermana mayor al otro lado, eso parece alterarla, yo mismo he dado un salto dentro del agua.

—E-esta bien Kasumi, ya voy.— responde con voz entrecortada, espera un minuto completo antes de volver a hablar, quizás deseando no ser escuchada. —Sal sin que te vean, no quiero que piensen cosas raras.— dice y tras eso abandona el baño.

No entiende que aún tengo que esperar un poco antes de poder hacerlo.

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—Sí que tardaste— se queja falsamente Nabiki cuando Akane aparece en el comedor con el cabello ligeramente humedecido.

La mediana de los Tendô pasa por alto mi amenazante mirada, ha escogido el mejor lugar en la mesa para ser testigo del espectáculo, justo en frente. He terminado sentado con toda la familia en una amplia mesa rectangular de patas bajas. El único apoyo que encuentro es la sosegada expresión de mi madre y la inmutable tranquilidad de Kasumi, quién sirve platos con una destreza envidiable.

El cabeza de la familia no me quita los ojos de encima, le tengo a mi lado presidiendo la mesa. A un asiento de distancia tengo al imbécil con el que no he vuelto a cruzar palabra, no así un par de miradas de advertencia. Akane ocupa el lugar que le han reservado entre los dos. Me llega el olor al jabón aún impregnado en su piel.

Y yo pensando que la situación de antes era incómoda.

Con la comida servida y una tensión ambiental digna de una partida de póker profesional agarro mis palillos intuyendo lo que me viene encima, mejor comer mientras aún pueda dar bocado.

—Ranma, dime, ¿cómo se encuentra el bueno de Genma?— pregunta Soun Tendô, yo no puedo evitar mirar a mi madre un instante antes de lanzarme de lleno al terreno de las evasivas.

—Oh, supongo que bien, ese viejo siempre consigue escapar— digo intentando llenar mi boca para tener la excusa perfecta para no hablar.

—¿Escapar?

—Quiero decir que siempre está dando tumbos de aquí para allá, ya le conoce…

—¿Eso hiciste tú estos días?¿llevar de lado en lado a mi prometida huyendo de cobradores como ese Kuno?— la voz aterciopelada y contenida del guardabosques llega a mis oídos como una velada amenaza, me estoy cansando de este mal intento de guerra fría.

—Papá, el abuelo Happosai me pidió que te diera recuerdos— interrumpe Akane nerviosa, alzando la voz en un fallido intento de desviar la atención.

—¿Co-conociste al maestro, Akane?— pestañea confuso, ella asiente enérgica y Soun no duda en seguir interrogando con un ligero deje de nerviosismo. —Y dime, ¿que está haciendo ahora?

—Tiene un club clandestino de peleas.— contesta de inmediato.

*CRACK*

—Oh vaya Shinnosuke, rompiste los palillos, deja que te traiga otros— dice amablemente Kasumi mientras se levanta de la mesa, de reojo observo que a ese tipo ha comenzado a temblarle una ceja.

—Como sea, muchas gracias por ocuparte de Akane, supongo que habéis tenido bastantes problemas...— continúa Soun en un buen intento de sonsacarme por qué nos hemos demorado tanto, aunque a decir verdad no parece afectado por ello.

—No ha sido nada— respondo mirándolo con sinceridad y haciendo una inclinación de cabeza.

—Vamos Papá, dicho así parece que haya sido una molestia.— interviene Akane severa aunque con cierto deje de protesta infantil, Soun la mira con tanto cariño que hasta yo, un desconocido, me doy cuenta de cuánto la ha extrañado.

—Y lo fuiste— contesto únicamente con la intención de hacerla enfadar, enseguida veo sus cejas fruncidas en esa expresión que adoro.

—¡No es verdad!

—Sí que lo es, Cincuenta yens— añado por puro placer morboso, disfrutando como ni yo mismo me atrevo a confesar de esa cercanía que hemos llegado a tener y que ahora se escapa entre mis dedos.

La observo llevarse una mano al pecho justo al lugar donde debe seguir mi regalo, el objeto al que debo tanto. Sus mejillas sonrojadas son mi mayor triunfo, sus labios tiemblan y durante un instante me pierdo en ellos, los miro tan impaciente que me olvido que estamos rodeados de un montón de gente.

—¿Cincuenta yens?— pregunta curiosa Nabiki, mirándonos alternativamente en busca de una respuesta que la satisfaga.

—E-es una cosa… nuestra.— murmura Akane tornando toda su atención de regreso a su tazón de arroz.

Kasumi reaparece con un nuevo par de palillos que le tiende al come setas.

Siento como mi pecho se hincha de pura satisfacción. Que mantengamos un secreto, uno pequeño e insignificante ya es mucho. Puede ser que tenga un lugar dentro de su cabeza, no así en su corazón.

*CRACK*

—Shinnosuke, los volviste a romper— comenta llevándose una mano a la mejilla.

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Después de la comida he sido raptado por mi madre y el señor Soun Tendô.

No estoy seguro de si querían explicaciones o simplemente darme una charla, no es como si me hubiese enterado bien del asunto. No me avergüenza demasiado decir que no les he prestado la más mínima atención.

Insistían en que debía quedarme, en hablar de artes marciales y del futuro de una escuela sin sucesor. Hablaban de lo que sucederá después de la boda, como si me fuera a quedar para verlo o pudiese existir un futuro para mí después de perderla.

Por un momento creo que me han insinuado que intente impedir la ceremonia.

Así que viendo que todos mis referentes como adultos no dan la talla, he hecho lo más maduro que se puede esperar en estos casos, he escapado en cuanto han bajado la guardia.

Solo tengo que aguantar hasta la noche, ¿cierto?. Debo mantener la situación a raya hasta que la bruja de mi (momentáneamente) cuñada tenga listos los papeles del divorcio.

En unas pocas horas tendré que despedirme de Akane.

Muevo la cabeza intentando no pensar, mis pasos me llevan hasta la cocina en busca de un vaso de agua.

Cuando le veo allí no puedo frenar mi mirada despectiva, aún así hago un esfuerzo colosal por no perder los estribos con el adiestrador de ardillas. Él también me mira y me doy cuenta de que es la primera vez que estamos a solas, sin ojos fisgones ni oídos curioso. Solos él y yo.

No me saluda, yo tampoco lo hago pero le veo echar café en una taza grande, añadirle leche y varios terrones de azucar.

—¿Eso es para Akane?— pregunto de improviso, él se gira peligroso con la taza humeante en la mano.

—¿Y qué te importa si es así?— dice impertinente, le mantengo la mirada y me acerco un paso.

—A ella le gusta fuerte... y amargo.— por un momento creo que no me estoy refiriendo solo a la bebida.

El guardabosques me mira con sus iris azules incendiados, no sé en que momento he comenzado apretar los dientes hasta sentir toda la mandíbula en tensión, y de pronto su expresión fatalista se diluye y se carga de prepotencia.

—¿Te piensas que la conoces?— pregunta de una vez, y tengo la respuesta perfecta.

—Mejor que tú.— eso parece terminar de cabrearle pero veo su contención, su esfuerzo por demostrar mayor superioridad moral.

—¿En apenas quince días?¡No me hagas reír!¡No sabes nada de Akane!¡Nada!— exclama intentándo dejar en claro su postura.

Pero para mí no es algo de risa, es tan cierto como el suelo que piso. Es tan apabullante, tan incontrolable que no puedo seguir reteniéndolo.

—Me he enamorado de ella.— confieso sin vergüenza ni tapujos, las palabras simplemente salen de mis labios descubriendo una verdad que no por haber permanecido oculta era menos evidente. Le miro serio, sabiendo que no debería ser él la persona que escuchara por primera vez mis sentimientos. Veo crecer su rabia, su indignación, pero yo sin embargo me encuentro sereno. Me inunda la paz nacida de la determinación.

La taza de café se estrella contra el suelo, me agarra del cuello de la camiseta y su expresión feroz no hace más que delatar su miedo.

—Si te acercas a Akane…— murmura sacudiéndome, pero no me muevo ni un centímetro, su amenaza pasa de largo y de pronto me encuentro sonriendo.

—Sabía que no eras ningún santo— le digo a la cara antes de deshacerme de su agarre y darle un empujón que le estrella contra la encimera. Sus manos se cierran y me muestra los dientes, sé perfectamente lo que viene ahora.

Alzo la guardia y bloqueo el puñetazo que iba derecho a mi mejilla, entiendo que es débil, es pan comido. No me cuesta lo más mínimo deshacer su golpe y devolvérselo. Le doy de refilón, lo suficiente para que se tambalee pero no caiga, se lleva una mano a la comisura de los labios dolorido, viendo manar su sangre fresca. Le miro amenazante, el siguiente golpe no será tan misericordioso.

Pero ni todas las señales de peligro del mundo parecen capaces de detenerle, se abalanza sobre mí y me lanza sobre la mesa que tengo detrás, mi espalda choca contra la superficie volcando frascos y sartenes que hacen un ruido difícil de ignorar, y sin embargo toda mi atención se centra en el tipo lento y asustado que me mira como si quisiera fulmirarme en este mismo instante.

Me alzo sintiéndome más cabreado que en toda mi vida, ¿y este es el pobre enfermo?, a parte de su delgadez no da más muestras de ello. Si es capaz de aguantar una pelea también lo es de que le digan las verdades a la cara. ¿Ha estado haciéndose el indefenso delante de ella?¿el buen chico?¿quién ha estado mintiendo a quién?

—Ella no se quiere marchar de aquí, no quiere abandonar sus estudios ni dejar de practicar artes marciales.— le enfrento esperando sin duda una reacción.

—¡Cállate!— grita despreciando mis palabras, cerrando la puerta a la realidad.

Ahora quién se le echa encima soy yo, le agarro de la pechera y forcejeamos. No tiene la fuerza necesaria para proteger a una torpe como Akane, una chica que no deja de meterse en líos. Le mataría de buen grado, le haría papilla en medio segundo si no fuera por…

Mi cabeza golpea contra un cazo que cuelga de uno de los muebles, me quejo frustrado antes de conseguir acorralarle gracias a mi fuerza bruta. Le miro con la respiración agitada, a punto de ponerme a gritar como un energúmeno en pleno ataque de enajenación.

—¿No lo entiendes? ¡has ganado!— espeto, sus ojos me miran sin entender, yo solo quiero que me trague la tierra. —Ella te ama a tí… has ganado.— repito terminando de enterrarme en vida. Le suelto de una vez, miro el estropicio organizado pero ni siquiera soy capaz de sentir culpabilidad, solo dolor.

Y sin embargo el guardabosques no parece reaccionar mis palabras, sigue con esa mirada de profundo odio clavada mi persona, perforando mi cerebro.

Tengo que salir de aquí, voy hacia la puerta cuando me sale al paso la chica de mirada apacible, con su coleta anudada a un lateral, solo que esta vez sus ojos parecen diferentes. Los dirige alternativamente a la destrozada cocina y nosotros dos. Suspira.

—Shinnosuke, ¿no estás cansado? mañana es un día importante, deberías irte a casa.— sugiere, aunque más bien parece que lo ordena. El tipo pasa a nuestro lado huraño.

—Iré a despedirme de Akane— pronuncia su nombre posesivo, pero ella se encarga de nuevo de poner freno a sus intenciones.

—Se tomó los analgésicos y ahora duerme, será mejor que no la despiertes.— reitera, y el bueno para nada no puede hacer más que mirarla frustrado y obedecer. ¿Quién se atrevería a llevarle la contraria?

Cuando escucho cerrarse la puerta exterior vuelvo a girarme hacia ella, su rostro de nuevo es la definición misma de serenidad.

—¿Me ayudas a recoger?— asiento, no me veo con más opciones.

Me entrega un trapo y comienzo a recolectar pedazos de vidrio y porcelana que han quedado tristemente desperdigados por el suelo, de vez en cuando alzo la cabeza preguntándome cuánto de nuestra conversación ha escuchado.

Estoy comenzando a ponerme nervioso, ¿y si se lo cuenta a Akane?¿qué demonios pensará ella de mí? un momento, ¿y si se lo dice él?. Mi cara refleja el más absoluto terror.

—Con que era eso.— dice distrayendo mis desquiciados pensamientos.

—Perdón por todo esto.— contesto de inmediato, su calma me resulta tan irreal que no puedo evitar pensar que esconde mucho más de lo que muestra. No parece peligrosa como Nabiki, pero sí precavida.

Se me antoja como una leona protegiendo a su cachorro.

—Tranquilo, no diré nada— se acerca a mí y comienza a retirar pedazos de vidrio que posa en su delantal. —Pero deberías hablar con ella.

Alzo una ceja y me detengo en mi tarea, creo que no se entera de que va todo esto.

—¿Y de qué serviría?

—Akane no es muy buena a la hora de adivinar los sentimientos de los demás, siquiera los suyos propios. Si no se lo dices no se enterara.

—Es justo lo que pretendo.— respondo huraño, parece que una vez abierta la caja de los truenos no pueda volverla a cerrar.

—Ha cambiado— continúa terminando de recoger todos los vidrios y arrojándolos en el cubo de basura. —No parece la misma Akane que se fue de aquí hace apenas dos semanas. Contigo se muestra tal cual es, no se oculta.

—Eso no cambia nada.— yo también tiro los vidrios recolectados, agarra un trapo que empieza a pasar por el suelo absorbiendo los restos de café.

—Y además… le queda mejor el pelo corto— sonríe.

.


.

Parecía que el día no fuera a terminar nunca. Veo el sol ocultarse con más incertidumbre de la que jamás he sentido.

Me he saltado la cena, no tengo hambre, más bien me encuentro con el estómago revuelto. El nudo de mi garganta cada vez está más tenso, entiendo que ha llegado el momento de bajar del tejado y poner fin a todo.

He pasado la mitad de la tarde oculto tras las palabras de Kasumi, no he querido enfrentar a mi madre, no he querido verla a ella. Mi mundo se derrumba sin que pueda hacer nada por evitarlo.

Entiendo que estoy asustado, el dolor y el terror a enfrentarla por última vez se mezclan en una píldora mortal que no quiero tragar. Ella es mi veneno, es mi cianuro, es la espada que pende sobre mi cabeza.

Me duele el pecho.

Salto hasta el jardín y con un movimiento lento abro la puerta principal, subo por la escalera hasta llegar a la habitación de Nabiki, no puedo evitar fijarme en el patito de madera que cuelga en la puerta contigua con el nombre de "Akane" labrado en él.

Sonrio triste y llamo a la puerta.

—Adelante— escucho desde el interior.

Entro de inmediato y cierro tras de mí. Encuentro a la mediana de las hermanas sentada de nuevo en su escritorio, esperándome.

—¿No quieres pensártelo mejor?— me dice con esa sonrisa ladina que debe lucir todo el tiempo, parece que disfruta provocándome.

—¿Y qué es lo que debo pensar?— respondo cansado de tantas preguntas entrometidas. Las hermanas Tendô van a terminar por enloquecerme.

—Nada, supongo.— se encoge de hombros, deja el escritorio y me invita a tomar su lugar. Acepto la invitación y comienzo a leer el acuerdo de divorcio. Parece el mismo texto que me presentó Akane por primera vez, pero en esta ocasión Nabiki ha tenido el detalle de cambiar las condiciones. Ya no hay nada abusivo, de hecho es tan normal y anodino que me aburre.

Si firmo esto ya no quedará nada que nos una, cada cual seguirá su camino sin reproches ni cuentas pendientes. Los dos seremos libres. Agarro el bolígrafo que tengo al lado, siento mi mano dudar un instante, cosa que su mirada inquisitiva capta a la perfección.

—Puedes hacerlo mañana si quieres, al fin y al cabo tendré que presentar al mismo tiempo el acta de divorcio y la de matrimonio, no me supondría problemas.— no sé si intenta tranquilizarme o simplemente darme una vía de escape, ¿qué pretende?. No me atrevo a preguntar, y menos después de la encerrona en el baño, solo sé que tengo que terminar con esto por el bien de mi salud mental.

—No pretendo seguir aquí mañana.

Haciendo de tripas corazón termino de estampar mi firma en todas y cada una de las copias del impreso, cuando termino me siento vacío. Ahora solo falta que Akane haga su parte, con esto ya me puedo despedir de ella. Todo terminó.

—¿No te quedarás a la boda?— pregunta ella, la observo un instante y suspiro poniéndome en pie.

—No.

Su sonrisa se tuerce con algo que llego a identificar como desilusión.

—Qué pena.

—No quiero verlo.— le aclaro por si aún le queda duda alguna de mi desdicha.

—Yo tampoco, pero soy su hermana, he de ir.

Arrugo las cejas sin entender.

—¿Estás de mi parte?

—Estoy de parte de Akane.— me corrige molesta. Quién la entienda, yo desde luego no tengo ganas de más conversaciones. Excepto de una última.

—¿Dónde está?

—¿Vas a despedirte?

Asiento lacónico.

—La vi charlando con Kasumi en la terraza, está al final del pasillo girando a la derecha.

—Gracias.— me despido tomando la manilla de la puerta.

—Cuñadito— me giro y la miro por última vez. —Díselo— guiña un ojo en un gesto cómplice, niego con la cabeza, si fuera tan fácil…

Dejo atrás la habitación y me dirijo hacia donde me ha indicado, encaro un estrecho pasillo hasta llegar a una habitación pequeña que da paso a la mencionada terraza. La puerta está abierta y el frío aire invernal me golpea en las mejillas.

Escucho una conversación amortiguada que mantienen dos mujeres entre susurros. No soy un entrometido, no quiero espiar en un momento de intimidad entre hermanas pero ahora que la he visto no puedo dejar de mirarla.

La luz de la luna ilumina su blanca piel, trayendo a mis pupilas reflejos perlados que la hacen parecer irreal. Lleva un velo de novia anclado a su cabello, el cual me hace recordar dolorosamente el motivo de nuestra despedida.

Kasumi se despide y la deja allí, pensativa, yo me apresuro a esconderme entre las sombras. Pasa de largo y no sé si no me ha visto o ha fingido no hacerlo, no me importa. Cierra la puerta al salir y el silencio se come todos los sonidos, hasta el de mi respiración.

Me quedo observándola ensimismado, la veo llevar su mano al pecho y tomar la cadena de la que pende mi regalo. Contengo el aliento mientras la aprieta entre sus finos dedos. Su ceño se frunce.

Entiendo que no puedo seguir esperando, salgo de la oscuridad sabiendo que esta será la última vez para nosotros.

.

Akane

.

—¿No vas a dormir?

Me giro y veo a mi hermana, apenas hemos hablado desde mi regreso, y mucho me temo que esta va a ser una de esas conversaciones que quería evitar a toda costa. A Kasumi no se lo puedo negar, ya bastante esfuerzo me ha costado evitar a Shinnosuke.

—Aún no.— murmuro inquieta, mirando una y otra vez hacia el jardín con el corazón en un puño.

—Quizás… ¿esperas a alguien?

Ni siquiera me molesto en negarlo, frunzo el ceño y me muerdo el labio inferior, a ella no le puedo mentir.

—No vino a cenar.— le aclaro, intentando buscar una excusa al presentimiento que cada vez se hace más grande en mi interior, que lo devora todo a su paso.

—¿Hablas de Shinnosuke o de Ranma?

—Ya lo sabes— respondo frustrada. —Yo… necesito…

Mi hermana mayor suspira y posa una mano sobre mis cabellos, solo entonces me doy cuenta de lo que estaba cargando.

—El velo llegó hace unos días— dice alzando el suave tul blanco a la altura de mis ojos. Su hermosa sonrisa me golpea, tengo ganas de llorar, necesito salir corriendo.

Sin que pueda hacer nada por evitarlo pasa la peineta por mis cabellos y la encaja con suavidad en mi coronilla, deja caer la tela sobre mis hombros y la acaricia con dulzura.

—¿Ves? te dije que quedaría bien.— parece satisfecha, observa la tela colocando poco a poco todos y cada uno de los pliegues mientras yo me siento empequeñecer más y más en su presencia.

—Kasumi…— empiezo, no muy segura de poder hallar las palabras adecuadas.

—Eres terca, cuando se te mete algo en la cabeza sigues con ello hasta el final, sin importar las consecuencias. También eres valiente, nunca temes enfrentarte a nuevos retos. Eres dulce si te tratan adecuadamente, y también puedes ser desagradable cuando no lo hacen… tienes muchas cualidades y también muchos defectos Akane, sería hermoso que alguien te amara por todo ello.

Mis ojos se nublan por las lágrimas, entre nosotras no hacen falta más palabras, nos lo decimos todo con la mirada. Me ha visto hablar con Ranma, lo sabe, estoy convencida de que se ha dado cuenta de todo. Si pudiera excavaría un agujero en el suelo del que nunca salir.

—¿Qué hago?— reclamo saber sintiéndome cada vez menos dueña de mí misma. —Él se irá, se olvidará de mí y seguirá con su vida. No puedo dejar a Shinnosuke por una persona así, no puedo destrozarle por alguien que ni siquiera me quiere a su lado.

—No sé lo que ocurrió en todos estos días pero… decidas lo que decidas estará bien. Yo te apoyaré.— sonríe y sus ojos se mueven un momento hacia su izquierda, como si estuviera escuchando algo. —Sé que serás una buena esposa, sea quien sea el afortunado.

Kasumi siempre me ha hecho lo mismo, por eso no puedo decir que no me lo espere. Me mira con esos ojos, envuelta en una aura maternal tan cálida que dan ganas de echarse a llorar de añoranza. Es mi hermana, y la quiero, pero sé que ella me quiere más a mí.

Quizás por eso siempre me ha sido difícil llevarle la contraria. Me abandona con esa última frase, dejándolo todo en mis manos. Sé lo que me ha dicho, sé lo que espera de mí… pero no sé si puedo ser tan fuerte como ella. Yo ya no sé nada.

El velo se queda prendido a mi pelo, ni siquiera se mueve, lo acaricio con mi mano derecha con miedo, encontrándolo tan absurdo como la misma situación. Y lo es, todo es absurdo, todo mi mundo ha perdido su sentido. Ahora, cuando me miro al espejo no veo a la novia temerosa, ahora es otra persona: Los ojos de una mujer iracunda me gritan para que encuentre valor.

Inconscientemente, mi mano resbala por mi torso y se detiene en la pequeña moneda de cincuenta yens que aún llevo al cuello. Está abollada, pero sigue manteniendo su forma, sigue siendo la misma moneda que él me regaló.

Sonrío mientras mis dedos se cierran con fuerza sobre ella.

Las palabras de esa china vuelven a mi recordándome lo que me he dicho a mí misma un millón de veces, lo que ha dejado de ser una sospecha para convertirse en la más luminosa de las verdades.

"Cartas no mentir. Destino de Akane ser. Sacrificar vida por aquel que amar."

Le amo, oh dios, soy tan despreciable. Me he enamorado de él. Contengo las lágrimas que intentan escapar de mis ojos, ¿cómo pasó?¿cuando se convirtió en alguien tan importante?. Día a día con sus pequeños gestos, con sus miradas tímidas y su gigantesca e hiriente bocaza. ¿Qué va a ser de mí?¿qué puedo hacer para detener esto?.

Él sólo quiere librarse de este absurdo matrimonio. Aunque no puedo decir que me deteste, incluso me atrevería a decir que nos une cierto de grado de amistad… pero desde luego no es amor, no por su parte. Me lo dejó muy claro desde el principio, soy yo la que ha roto las normas, la que ha caído como la niña tonta que soy.

Soy yo la que ahora tiene el problema.

Ranma, ¿por qué fuiste tan amable conmigo?¿por qué me hiciste sentir así? como una mujer. Libre, feliz, dichosa a momentos…deseada en otros.

Me estremezco al darme cuenta de mi propia infelicidad. Tu no lo sabes, pero me has condenado al infierno, me estás lanzando a unos brazos que ya no necesito, a unos besos vacíos que no deseo.

Una parte de mí brama enfurecida, creo que es mi conciencia, mi sentido del deber y la responsabilidad; me dice que con Shinnosuke aún puedo ser feliz, que sólo fueron quince días, que lo olvidaré pronto y volveré a entrar en razón.

Y sin embargo mi mano sigue tozudamente anclada al único regalo que me hiciste, el que salvó mi vida, o quizás mucho más que eso. Quiero seguir atesorando ese momento tan feliz, mientras el sol se ponía y solo existíamos tu y yo. Quiero volver a sentir aquello, toda tu dulce calidez.

—Tu hermana me ha dicho que estabas aquí— su voz interrumpe abruptamente mis pensamientos. Me giro asustada mientras escondo a toda prisa la moneda de vuelta al interior de mi jersey, solo deseo que no me haya visto, que no se haya dado cuenta del rumbo de mis pensamientos. Siempre tan silencioso, ¿cuánto tiempo lleva ahí? a juzgar por su expresión calmada acaba de llegar.

Esta vez he tenido suerte.

—Ranma me has asustado— tartamudeo mientras mi cuerpo traidor enrojece mis mejillas por su cercanía. Está tan guapo, con la luna alumbrando su piel de bronce y resaltando la nuez de su cuello. Miro sus ojos un segundo antes de bajar la mirada avergonzada de mí misma. Es en ese momento cuando me percato de su extraña expresión.

¡Oh, no!, ¡aún llevo esa cosa en la cabeza!. Intento quitarme el velo y forcejeo con el prendedor, hasta que finalmente abandona mis cabellos en el que tan tercamente estaba enterrado. No quiero que me veas así, como una novia a punto de casarse, lo que detesto ser en estos momentos.

—¿Porqué te lo quitas?, te queda bien— dice con infinita paciencia, toma el velo entre mis manos y lo devuelve a su lugar con tanta delicadeza y dulzura que parece otro. Posa su mano sobre mi cabeza y la deja caer, acariciando mi pelo y mi rostro con el movimiento, me mira en silencio mientras yo intento acallar los acelerados latidos que ahora siento en la garganta. Trago saliva.

—Escucha, yo…— debo decir algo, hacer algo, ¡lo que sea!. No quiero que llegue mañana, no quiero volver a pasar un día como este, tan distantes el uno del otro.

—He venido a despedirme— susurra, pero yo solo escucho un pitido seguido de algo estrepitoso golpear contra el suelo, eso que se ha roto ahora mismo ha sido mi corazón.

—¿Qué?— balbuceo como una estúpida, ¿despedirse?¿va a despedirse de mi?. ¡No!¡eso no!, ¿pero cómo decírselo?¿cómo le digo que si se va creo que moriré?.

—Ya he firmado los papeles, no tendrás ningún problema— afirma, y siento como si estuviera martillando el último clavo de mi ataúd. Lo ha hecho, al final todo ha terminado tal y como empezó. Como yo quería antes de conocerle y que moviera el mundo bajo mis pies.

—Quédate— le ruego desesperada, en un intento fútil y egoísta de retenerle a mi lado, intentando contener el dolor que siento en el pecho. —Quédate hasta mañana al menos— sé que mis palabras no atienden a razones ni a justicia, sé que estoy siendo tozuda, anteponiendo ese sentimiento a toda razón o creencia.

Veo como cambia su cara, veo su rostro mudar al enfado. Sus pupilas me miran iracundas y entiendo que he ido demasiado lejos. Aprieta los puños y los dientes, me fulmina haciéndome sentir miserable.

—¿Quieres que me quede a ver como te casas con ese imbécil? ¿¡un tipo que ni siquiera sabe cómo tomas el café!?— me quedo pálida de la impresión, él me da la espalda y se apoya contra la baranda y yo no me atrevo a pronunciar sonido alguno.

¿Qué ha querido decir?¿qué significan esas palabras?, ¿por qué no eres sincero conmigo, Ranma?. Será que se ha dado cuenta aún a pesar de todos mis esfuerzos, será que ha visto a través de mí y no le ha gustado. Ha mirado en mi interior y ha visto mi miseria, mis contradicciones. Mi absurdo anhelo.

Es verdad, Shinnosuke no conoce esa parte de mí que te he mostrado a ti. No conoce mis pensamientos, mi mal humor, mi egoísmo… ni siquiera conoce mis lágrimas. Quizás tenía demasiado miedo de mostrárselo, de no ser para él la mujer que esperaba.

Una chica perfecta.

Y no lo soy, disto muchísimo de serlo. Me gusta pelear, me enfado y lloro con facilidad. Toda esa parte "fea" de mí misma se la he ocultado conscientemente, haciéndole creer que no existía, y con ello yo misma me he negado a mirarle de verdad.

¿Quién es Shinnosuke?. Shinnosuke es el chico que todos los días me invitaba a café. Shinnosuke es quién me acompañaba a casa después de mis clases. Shinnosuke es quién cuida de su abuelo con tanto esmero. Shinnosuke es quién me ha besado tiernamente apenas un par de veces. Shinnosuke es el que me pidió que me casara con él.

Es verdad, es tristemente cierto. A mis ojos él es igual que yo, aparentemente perfecto, un hombre sin tristezas ni frustraciones, sin malos días ni malas caras.

Los dos nos hemos hecho lo mismo.

Y sin embargo con Ranma nunca temí mostrarme, porque a él no debía ocultarle nada, no me importaba, no sabía quién era: nunca fui peor, nunca fui más yo.

Le miro llena de miedo y dudas, sabiendo que es imposible que le guste siquiera un poco, que está enfadado conmigo por ser como soy: despreciable, inmadura, falsa y mentirosa.

Estoy tan avergonzada de que lo haya visto, de que me conozca tan bien.

Contengo las lágrimas, sabiendo que sin duda va a alejarse para jamás volver. Solo deseo agarrarme a su cuello como una desquiciada, confesarle que a pesar de todos mis defectos le necesito a mi lado, mirándome como sólo él lo hace, abrazándome por las noches, salvándome del mundo.

Estoy a punto de confesar mis bochornosos pensamientos cuando él me interrumpe. Observa las estrellas cuando susurra en voz alta.

—Supongo que hay deseos que nunca se hacen realidad— dice, y sus ojos llenos de los brillos de astros lejanos me confunden, su voz se vuelve ronca y por un instante parece perdido.

—¿Qué quieres decir?— contesto tragando saliva, acercándome apenas un minúsculo paso a él. Su boca se abre y vuelve a cerrarse, parece estar midiendo sus palabras, algo que no ha hecho jamás en todos estos días juntos.

—Aquella noche mientras mirábamos las estrellas fugaces… yo también pedí un deseo.— susurra, y eso trae a mi memoria aquella breve charla hace apenas un día, cuando yo le confesé mi deseo.

—¿Un deseo?— repito sintiendo que todas mis esperanzas yacen en sus palabras.

—Ya no importa.

—¿Qué deseaste?— insisto deseando encontrar en él la chispa que me reviva, el fuego que me dé el calor que me falta en esta fría noche de invierno.

Se gira por completo y le siento más alto que nunca, tan serio que parece haber madurado de golpe y estar dispuesto a dejar de molestarme con sus palabras. Es un hombre y en estos momentos tengo la estúpida sensación de que me mira como si yo fuera una mujer, la única que existiera en el mundo.

—No empezamos bien nuestro matrimonio.— suena distante, como si estuviera evocando en su memoria aquel día no tan lejano en el que me puse a dar patadas a su puerta exigiendo que me abriera. Sonrío al recordarlo.

—No mucho.— asiento mientras mi memoria se llena de imágenes de aquella jornada.

—Deberíamos hacer al menos una cosa apropiadamente— se planta frente a mí y eso me pilla por sorpresa, sus ojos azules están oscuros por las sombras de sus negros cabellos. Alzo la mirada llena de muda aprehensión, algo punza en mi estómago y se atora en mi garganta cuando sus labios se mueven desvelando sus intenciones. —Así que dime... ¿puedo besar a la novia?— mi corazón salta en mi pecho, tan alto, tan rápido que creo que me ha dado un infarto.

Me duelen las mejillas, me tiemblan las piernas.

Solo oigo mis latidos resonando con la fuerza de tambores. No puede ser, no es verdad.

Veo la determinación en sus gestos, la súbita seriedad de sus iris.

¿Vas a besarme?¿de verdad Ranma?. Tiemblo y no de miedo, sino llena de absurdo y vergonzoso deseo.

Qué cobarde, todo este tiempo he estado esperando esto, queriéndolo con cada vez más ahínco sin atreverme a reclamarlo, tan solo plantada retorciéndome impaciente a que él me tendiera la mano y así no ser responsable de este momento.

No sentir que traiciono nadie, poder decir que sólo ocurrió.

Su mano acaricia mi rostro, con una delicadeza infinita desprende el velo de mi cabello y lo deja caer al suelo. Yo tampoco lo quiero, no quiero que me mire como a una mujer a punto de casarse, ahora solo quiero ser Akane, la de verdad.

Sus dedos se posan sobre mi nuca y siento su otra mano deslizarse por mi hombro. Me va a volver loca, me va a desquiciar si no termina con esto, necesito que me estreche entre sus brazos, necesito perder el control en su boca y terminar con el doloroso espacio que nos separa.

Cierro los ojos sellando nuestro mudo acuerdo, esperando impaciente su calor.

Al fin sus manos se llenan de fuerza y me arrastra junto a su cuerpo, suspiro dichosa y siento sus labios posarse con una dulzura infinita sobre mi frente. Me retiene así en un gesto largo y contenido, yo no me atrevo a mover un músculo, sólo me dejo arrastrar a la infinita bondad de sus manos, a ese lugar donde siendo yo misma puedo ser feliz.

Y de repente me golpea el frío. Abro los ojos confusa sintiendo que me han expulsado del paraíso y ahora deambulo abandonada en un valle cubierto por la nieve.

No está. Ranma no está. Doy una vuelta completa sobre mí misma mirando histérica el reducido balcón, como si pudiera ocultarse en alguna de sus esquinas.

Otra vuelta más, no me doy cuenta de que he empezado a ahogarme, respiro sin aire, me mareo. Se ha ido, me ha dejado y se ha ido. Me echo sobre la cornisa mirando hacia el jardín, con la esperanza de encontrarle bajo mi balcón, las lágrimas ruedan por mis mejillas incontrolables, me agarro con fuerza para no caer desolada sobre el suelo.

—¡RANMA!— grito a la noche, sin importarme el sueño de mis familiares o vecinos, no puede haberse ido, no lo soportaría, no quiero que esto sea nuestra despedida.—¡RANMAAAAAA!— repito histérica.

Respiro tan rápido que el aire no llega a mis pulmones, me derrumbo de rodillas con mis manos prendidas a los barrotes y siento el silencio de la noche. Mi terrible soledad.

—Mentiroso…— sollozo y mis lágrimas forman manchas oscuras y dispares sobre el suelo de madera, arqueo tristemente la espalda y apoyo la cabeza sobre los barrotes mientras un lamento insoportable escapa de mi garganta— ...siempre igual, siempre riéndote de mí— me encantaría poder enfadarme, ponerme furiosa, golpear algo, pero estoy demasiado triste para eso. Me siento abandonada, engullida por el miedo a descubrir mi mundo sin él.

—¡Eres un idiota!— estallo, esperando inútilmente que me escuche, que se ofenda lo suficiente como para regresar a mí, pero nada sucede. No puedo parar las lágrimas. —¡Ranma!¡Ranma!...Ranma…

Me siento débil, las gotas ruedan hasta la punta de mi nariz y yo finalmente dejo caer los brazos, rendida. Me quedo sentada sobre el piso y entierro la cara entre mis manos. Ha pasado, finalmente mi cobardía se ha llevado lo que más quería.

El silencio ahueca mis oídos mientras mis hombros tiemblan violentamente.

—Si lloras así… si me llamas de esa manera pensaré que no quieres que me vaya— ¿lo estoy imaginando? su voz me llega desde algún lugar detrás de mí, me doy la vuelta y no le veo, pero cuando alzo el cuello entiendo que me habla desde el tejado.

Lo ha visto, ¿verdad? se ha dado cuenta de todo el dolor que me provocaría perderle, me pongo en pie renqueante e intento sin éxito parar las lágrimas secándolas con la manga del jersey.

—Ranma…— suspiro agradecida, él da un salto y regresa junto a mí, de nuevo al frío balcón de madera. No puedo perder esta oportunidad, entiendo que ya no me importa mi boda, ni siquiera Shinnosuke. Me he convertido en alguien a quién no reconozco.

Se acerca hasta que siento que nuestra cercanía me quema, agacho la cabeza intentando recuperar el aire, me duelen las costillas pero eso ya siquiera importa, ha quedado relegado a un lugar muy lejano en mi cerebro.

El mayor dolor que siento no es físico. Debo decírselo de una vez por todas, pero antes de que pueda hacerlo él me interrumpe con su suave voz, sus comedidas palabras que se clavan en mi pecho afiladas como estacas.

—Quiero que sepas… que mañana ya te habré olvidado— dice, aunque más bien siento que me golpea. Sus palabras me dan de lleno en la boca del estómago haciendo que mis piernas tiemblen, que el aire se escape de mí sin remisión.—Me olvidaré de tí, no recordaré tu nombre, ni tu cara, ni siquiera el color de tus ojos.— continúa grave, más intenso de lo que le he visto jamás, ¿por qué me hace esto?¿por qué me tortura así?.

Demasiado tarde entiendo que hubiera sido mucho mejor acabar con nuestra anterior despedida, con mi corazón herido pero aún con posibilidades de sanar. Ahora él lo tiene en sus manos y lo aprieta, lo aprieta fuerte desmigándolo en pedazos.

Aguanto un sollozo, me siento como un niño siendo rechazado por su madre. Un ser sucio y despreciable, nunca amado. Un despojo a su merced. Sus pasos avanzan y de pronto me veo acorralada contra la baranda, choco con la madera y apoyo mis manos en ella, esperando por su estocada final, por el fin de esta tortura mientras intento mantener de una pieza lo poco que me queda de dignidad.

—Mañana… olvidaré tu voz, el olor de tus cabellos, olvidaré cómo te acurrucabas a mi espalda por las noches— continúa y yo siento que estoy enloqueciendo, no quiero escucharle, no puedo soportar tanta crueldad. Mis piernas se han convertido en gelatina, quiero llevarme las manos a los oídos para dejar de ser víctima de este castigo, pero no puedo, de pronto encuentro que posa sus manos sobre las mías y sus largos dedos se ciernen contra la baranda.

De nuevo atrapada, asistiendo como un espectador morboso a mi propia muerte. Alzo el rostro y me encuentro con el suyo, seco, sin llanto ni pena. Estoy más asustada de lo que lo he estado en toda mi vida, mucho más que en aquella cueva cuando completamente consciente de mis actos me entregué para morir. Quizás debí hacerlo, morir por él hubiera sido menos doloroso que escuchar todo su rechazo.

Si no fuera porque me sujeta con tanta fuerza me derrumbaría, su cuerpo se acerca un poco más, tanto que no puedo evitar sonrojarme absurdamente. Me quema, su piel contra la mía arde tanto como mi rostro salpicado por lágrimas.

—No recordaré nada de tí, ni siquiera tu sonrisa.— sus piernas chocan con las mías, siento sus rodillas acomodarse entre los pliegues de mi falda y me invade la incertidumbre que me dejan sus palabras frente a la calidez de sus actos. No sé qué está pasando.—Mañana habré olvidado todo lo que tiene que ver contigo, por eso no creas que esto tiene alguna importancia… porque mañana también lo habré olvidado.— mi juicio, todo lo que creía saber desaparece. Entiendo, ahora entiendo. Pega su frente a la mía y siento su aliento caer sobre mí.

Lo sé en cuanto sus labios rozan los míos. Me estaba preparando, no quería que me hiciera falsas ideas sobre lo que significa este acto desesperado. Esta entrega que sólo puedo contestar con vergonzoso placer.

Me besa, sus labios toman los míos tan suaves, tan dulces como nunca pensé de un fiero guerrero. Parece que bailan sobre mi boca ligeros como alas de mariposa. Ahora sí siento que me voy a desmayar, aprieto las manos contra la madera sabiendo que necesito mucho más, quiero asirme a su cuello hasta el fin de los tiempos, quiero besarle hasta el amanecer.

Siento sus manos agarrar las mías hasta hacerme daño, el beso se convierte en otra cosa, muta en un segundo para trascender en algo distinto, su boca suave se vuelve hosca y siento su lengua abriéndose paso en un contacto que me recorre como una corriente eléctrica.

Vuelo, siento que me elevo por encima del cielo, por entre las estrellas. Ya no siento frío, ardo en la hoguera de la pasión. De pronto sus manos se desprenden de las mías y más rápidas que mi propio pensamiento se sitúan donde siempre deberían estar.

Suspiro complacida cuando siento su brazo en mi cintura y su mano tras mi cuello, arrastrándome al calor de su pecho mientras el beso se ahonda hasta el infinito. No puedo pensar, mi cabeza está llena de él. Olvido sus palabras crueles dentro de su boca que me reclama exigente.

Comprendo que es aquí donde siempre quiero estar, quiero permanecer en este beso por la eternidad. Mis brazos por fin responden y se alzan en pos de capturar su cuello y atraerle contra mí, pero cuando aún se encuentran a medio camino todo se rompe.

Abro los ojos lentamente y encuentro sus manos clavadas en mis brazos, separándose de mí. Su respiración agitada, su mirada nublada… me pregunto si yo me veo igual.

Aprieta los dientes, su mandíbula se tensa y su ceño se frunce, pero yo aún me encuentro demasiado atontada por los acontecimientos para percatarme de lo que significan.

—Adiós, Akane.

Y entonces siento el frío. Mi perfecto lugar, mi sitio en el que permanecer desaparece. Su calor me protegía, su cuerpo era lo que me libraba de la desesperación.

La noche se vuelve más oscura y el invierno más cruel. Parpadeo y ya no está. Siempre ha sido rápido, pero tanto es un sinsentido.

Sola de nuevo, no sé si tengo ganas de llorar o de gritar. No me quedan fuerzas. ¿Lo he imaginado?¿despertaré y resultará ser otro sueño?

Mis piernas trastabillan, no le busco porque de alguna forma sé que es inútil. Me ha dejado.

Camino ida por la casa, arrastro los pies hasta mi habitación y como si me hubieran arrancado la voluntad me dejo caer en la cama. Mis ojos están secos, mis manos tiemblan, lo único que siento es el sabor que ha dejado en mi boca.

Me encojo y me abrazo. Tengo frío.

.


.

¡Hola mis muy queridos lectores!

Ah, que pena me da terminar este fic, ¡pero peor sería no hacerlo!. Soy la primera que sufre con las historias inacabadas.

Ya no queda casi nada para el final, ¿qué digo?¡el siguiente es el capítulo final!. Esta última escena le pertenece por completo a Akane, porque como ya habréis visto es la misma que la del principio del fic narrada por Ranma, aunque un poco ampliada jijiji.

Espero que os guste el desenlace, no os haré esperar demasiado, ¡prometido!.

Vuelvo al trabajo motivada al 200% deseándoos una feliz semana y agradeciendo de corazón todos vuestros reviews.

Y especiales agradecimientos como siempre a mi beta reader Nodokita, cuyo gran trabajo no quiero que pase desapercibido.

¡Saludos!

Lum