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Cuerdas

Las gruesas cuerdas que ataban sus manos a los postes que sostenían los cortinajes de la cama eran una irritación constante, casi dolorosa, a pesar de que no luchaba contra ellas. Ponía todo su esfuerzo en calmar su enojo y dejar al Patriarca hacer lo que quisiera.

Se concentró, por ejemplo, en el absurdo gesto de Saga, que sabiendo perfectamente que ya conocía su rostro, insistía en ocultarse tras aquella túnica pesada, el ridículo casco – porque eso le parecía, ya que no tenía nada de práctico, ni estético– y la máscara, más propia de una amazona. Sí, aquellas ropas lo hacían verse poderoso, mucho más alto y rudo, pero sabía que debajo de toda aquella fachada, el griego seguía siendo el joven delgado de siempre.

Una mordida sobre su hombro lo hizo reencontrarse con situación actual.

Ponerse a sí mismo bajo el dominio de alguien más lo irritaba profundamente; pero había decidido creer en Saga, entregarle su lealtad. Había jurado una total fidelidad, y cuando Él exigió su cuerpo como parte de su entrega no le pareció ilógico. ¿Qué tan débil es la lealtad de alguien que se niega a compartir la cama con su señor?

Así que Afrodita cerró los ojos, decidido a no interrumpirlo. Se imaginó la cara bajo la máscara, necesitaba ver a Saga, no una careta protocolaria sino al hombre que le había infundido un nuevo sentido a la justicia, que le había mostrado la verdad sobre el poder, sobre la belleza y sobre sí mismo. Tenía que relajarse, obedecería todas sus órdenes y seguiría todos sus pasos, hasta morir, caminaría por el camino que le marcara por el resto de su vida porque confiaba en él, porque creía en sus palabras, porque lo había decidido… y sin embargo no podía dejar de llorar.