Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.
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Quince días
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Epílogo
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Ranma
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—¿A qué viene la mala cara?— Nabiki Tendo es una mujer diabólica, solo dos semanas en esta casa me han enseñado a no entrar jamás en su juego.
No son ni las siete de la mañana y ella ya está en pie, preparándose un té en la cocina y pretendiendo hurgar en mis pensamientos. Y ese es un lugar en el que prefiero que nadie mire.
—Yo no tengo mala cara— la contradigo mientras me llevo una galleta de arroz a la boca, Kasumi me deja siempre algo de comida en la encimera de la cocina, le bastaron dos días para conocer mi costumbre de levantarme al alba y comenzar el entrenamiento. Ella es toda bondad, no entiendo como las tres hermanas pueden ser tan diferentes entre sí.
—Ju, a mi no me engañas, cuñadito— dice alzando un dedo, yo termino de tragar mi galleta.
—No soy tu cuñado, te recuerdo que al final llevaste los papeles al juzgado. Estamos divorciados.
La mediana de las Tendo se encoge de hombros y su sonrisa se amplía, cada vez más malévola.
—Pero así podréis celebrar una nueva boda, esta vez de verdad. Deberías estar agradecido.
—¿Agradecido?¿¡agradecido!?— me siento a punto de explotar, sin duda estoy de mal humor, uno negro y amargo como el café que tanto le gusta tomar a Akane. —¡Por tu maldita culpa estoy viviendo un infierno!
—Eh, eh, vamos, no tengo la culpa de nada. Eres tu el que debería ser más discreto cuando te intentas colar en la habitación de mi hermana.
Enrojezco tanto que estoy seguro que acabo de alcanzar tonalidad morada. ¿Es que se enteró toda la casa?¿todo el maldito vecindario?.
—Y-yo no…— desvío la mirada incómodo, mi intento de incursión acabó en completo fracaso.
—Tu madre te dio una paliza con la espada, ¿eh?— dice divertida, enterrando el dedo directamente la herida. Sí, mi madre parece dispuesta a quedarse con los Tendo hasta que todo se tranquilice, y eso no me está ayudando para nada, más bien todo lo contrario. No lo entiendo, fue ella quien me sugirió tan alegremente que la dejara embarazada... ¡y ahora no me deja ni escabullirme de la habitación!. Al parecer es muy indecoroso mantener ese tipo de "relaciones" estando invitados en una casa. Que se aclare de una vez.
—Sólo quería comentarle una cosa a Akane.— digo reuniendo todo lo que me resta de dignidad.
—Claro, claro— asiente, dándome la razón como a los tontos.
—Tu hermana y yo no necesitamos ese tipo de relación.
—Ajá.
—Somos artistas marciales, lo más importante en nuestras vidas es entrenar y el arte— termino sintiéndome un poco mejor conmigo mismo, pero Nabiki Tendo sigue sonriendo de forma pérfida.
—20.000 yens.
—¿Eh?
—Es la tarifa por una noche a solas, sacar a tanta gente de la casa no es fácil.
—¿Pero tú estás mal de la cabeza?— doy un golpe en la mesa, tan avergonzado como expuesto, pero ella no se inmuta.
—¿No puedes pagarlo? si quieres te puedo hacer un préstamo, pero tendré que cobrarte un 300% de intereses— la veo tomar una calculadora de bolsillo y marcar unos cuantos dígitos—. Por ser tu te lo dejo en 50.000, y no te preocupes, puedes devolverlo a plazos.
—¡Que no lo necesitamos!
—¿Ah, no? bueno, cuando te lo pienses mejor dímelo, yo solo quiero ayudar— dice acercándose hasta mí y tomando una de las galletas que dejó Kasumi, se la mete en la boca y me guiña un ojo.— Chao.
Desaparece por la puerta, yo aprieto los puños y los dientes.
Esa bruja…
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Despejado. Me ha costado un buen rato librarme del señor Tendo, cuando me ve en el dojo no para de hablar sobre todo lo que aprendió con mi padre, y parece querer practicar cada una de las viejas técnicas conmigo, cosa que le agradezco, pero por otra parte comienza a volverse un poco pesado.
Apenas contamos con unos pocos alumnos, y eso desde luego no es suficiente. Tendré que esforzarme por resucitar esta escuela, pero lo primero es terminar de reparar el dojo.
No es que se encuentre especialmente dañado, pero los años han pasado por la vieja madera y nadie parece haberse tomado la molestia de cuidarla como se debe. Tengo que comprar maderos nuevos y más clavos. Pulirla, ponerle una buena capa de barniz, quitar el polvo de los armarios…
Sí, tengo muchas cosas que hacer y que ocupan mis pensamientos, no hay espacio para nada más. No me da tiempo a pensar en Akane, para nada.
Aaaah, debería habérmela llevado cuando tuve ocasión.
Devolverla ese mismo día fue un error, pero claro, no teníamos dinero ni lugar al que ir… y había que aclarar todo el lío que se había montado con la "no boda".
Ahora pago las consecuencias de mis actos. Me recuesto contra la pared, si sigo así voy a acabar muy mal. Intento tranquilizar mi acelerada respiración, debo entrenar, eso es, entrenaré hasta que llegue la noche y así…
—¿Ranma?— su angelical rostro se asoma por la puerta del dojo, mi corazón salta encabritado cuando deja su bolso y su chaqueta en la entrada y se quita los zapatos. —¿Qué haces ahí quieto?— pregunta.
Me doy prisa para ponerme en pie y parecer despreocupado, se ve tan hermosa, con su falda plisada de vuelo y sus mejillas rosadas por el frío.
—¿Y tú?¿qué haces en casa a estas horas?— pregunto avergonzado, intentando eludir mis pensamientos pervertidos de hace un momento.
—Suspendieron las clases de la tarde— dice sonriente.
Es verdad, nada más regresar Akane volvió a sus clases de medicina en la universidad, ya había perdido muchos días. Yo me alegré mucho por ella, pero una parte de mi se sintió como un pequeño niño abandonado, recién llegado a un lugar desconocido teniendo que valerse por sí mismo.
Todo lo que necesitaba era un poco más de atención. La miro con el ceño fruncido, estoy disgustado y no se como hacérselo saber.
—Que bien, porque quería hablar contigo— digo dando un paso en su dirección, y ella retrocede instintivamente, leyendo mis intenciones.
—¿Con-comigo?¿por qué?— se encoge y mira nerviosa al suelo. Lo sabe, sé que lo sabe.
—Porque parece que me estás evitando.
—Yo… yo no… — se han acabado los juegos, quiero una explicación y la quiero ahora.
Agarro su brazo y la retengo contra la pared, no me cuesta nada cerrarle todas las vías de escape. Meto mi pierna entre las suyas impidiéndole una posible huida, tan cerca que siento que voy a empezar a arder, estoy seguro de que mi cerebro ya está en llamas.
—¿Te doy miedo?— susurro mirando sus deliciosos labios. —¿Tienes miedo de mí?
Traga saliva, siento su respiración tan acelerada como la mía propia. ¿Qué no ve que me está volviendo loco? necesito besarla como aquel día, tan profundo que me sienta perdido. Pero en esta maldita casa hasta las paredes tienen ojos, no hay ocasión en la que mis asaltos den resultado, o en las que apenas consiga arrancarle un beso casto y furtivo antes de ser interrumpidos.
Mi paciencia tiene un límite, y hace mucho que lo he sobrepasado.
—No.— responde calmada, o al menos finge estarlo, yo sonrío malévolo sabiendo que no es verdad.
—No sabes mentir, chica virgen— la siento temblar, toda ella se ha convertido en la hoja de un árbol golpeada por el viento. Estoy cansado de esperar.
Me abalanzo contra sus labios y los retengo entre los míos, tan dulces y suaves que me embotan los sentidos, pego sus brazos contra la pared y mi cuerpo contra el suyo le hace saber que no tiene escapatoria. La necesito mía, ahora.
El beso se vuelve profundo y lo tomo todo sin consideración, me hundo en su boca sintiendo que me falta el aliento, no puedo respirar. Me separo de ella y comienzo a besar su cuello blanco, mientras mis manos dejan de retenerla y comienzan a bajar poco a poco: primero hasta sus hombros, luego por su cintura. Me detengo cuando la escucho gemir ante mi acalorado beso, doy descanso a su piel a tiempo de ver la marca rosada que le acabo de dejar.
—No sigas, por favor— ruega, pero parece un eco muy lejano, una petición ajena a nosotros.
—¿Qué es lo que te asusta?
—Es… es que yo no sé si sabré…
Por un momento me siento un bruto sin un ápice de tacto. Claro, era eso.
Está tan impaciente como yo, pero para ella todo es nuevo, ¿quizás pretendo ir demasiado rápido?, ah, pero si pienso en dejarla ir el dolor es mucho peor. La sed se vuelve asfixiante.
—Me muero de ganas por quitarte uno de tus apodos.
—¿Me quitarás mi colgante?— pregunta a propósito toqueteando la cadena que lleva al cuello, siguiéndome el juego.
—No, eso es lo único que te dejaré puesto.
Y nos volvemos a besar, comenzamos un baile de caricias que nada tiene que ver con el anterior, ni con ningún otro, sus manos comienzan a moverse atrevidas, y las mías no están dispuestas a quedarse atrás: se aventuran a tocar por debajo de la falda, alzo su pierna encajándome entre sus muslos para que sienta la dureza de mi dolorosa erección pujando por abrir su carne.
Jadea y desabrocha mi camisa, la dejo hacer, me deleito viendo cómo descubre mi pecho esculpido por el arte, sus ojos se alzan en busca de los míos y veo el brillo salvaje de la determinación en ellos.
—Cierra la puerta.— dice empujándome con una mano, doy un paso hacia atrás intentando no perder el equilibrio, mi cara de idiota debe delatar lo que me gusta el rumbo que acaba de tomar la situación. No pienso discutir su orden.
Avanzo rápidamente hacia la entrada del dojo y muevo una de las hojas de la puerta, a medio camino se queda atascada y empujo con un poco de más fuerza. De pronto me encuentro luchando contra la plancha de madera tan cegado por mis deseos terrenales que no encuentro más solución que la fuerza bruta.
—¿Necesitas ayuda?— pregunta Akane asomándose divertida, yo aprieto los dientes.
—Ni se te ocurra moverte de ahí— refunfuño y ella ríe nerviosa llevándose una mano a los labios. Mierda, ¡deja ya de ser tan bonita!¡así no hay quién se concentre!
La puerta cede al fin, sonrío victorioso pero un segundo antes de echar el cierre una mano asoma entre las láminas, miro con horror los dedos deslizando la puerta sobre su raíl y hago el vano intento de luchar en su contra.
—¡Soun, hermano!— grita la oronda figura que hace su estelar aparición en medio de la sala.
—¿¡Papá!?— me encuentro diciendo incrédulo.
—¿Ranma?
—¿Suegro?
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—Que bien que tu padre haya venido de visita, ¿verdad Ranma?— dice el señor Tendô mientras golpea alegremente mi espalda, de un humor excelente, lástima que yo no pueda decir lo mismo, ni mi madre tampoco.
Sentados a la mesa del salón estamos los Tendô y los Saotome por primera vez todos reunidos, sería una postal idílica si no fuera porque toda mi frustración sexual se ha convertido en una pelota de lava que baja poco a poco por mi garganta hasta provocarme ardor de estómago.
Mi mirada debe ser capaz de matar, deseo con toda mi alma que pueda hacerlo. Tengo muchas cosas que reprocharle, y esta no es más que otra para añadir a la lista.
—Soun, ¡brindemos por la amistad!— ríe mi padre de forma grosera.
Doy un golpe con la palma de la mano en la mesa, es la gota que colma el vaso.
—¿Qué demonios piensas que haces aquí?— interrumpo la algarabía, terminando de perder la paciencia.
Mi padre pestañea, a mi lado mi madre se aclara la garganta.
—Genma, ¿no crees que les debes a todos una disculpa?
—¿Por la boda?
—¡Por poner en riesgo sus vidas!
Oh sí, somos una familia bien avenida.
Finalmente parece ceder ante las inquisitivas miradas de nuestros anfitriones, se aclara la garganta.
—Siento los problemas ocasionados, pero yo también he estado en apuros. Tras perderos la pista en Osaka me vi… privado de libertad temporalmente, y hasta ahora no he podido dar con vosotros.
—¿Te metieron en la cárcel?— pregunto sin más, las hermanas Tendô observan la escena sin pestañear, bueno, en realidad Akane parece más tranquila de lo que debería estar. Supongo que ha terminado por acostumbrarse.
—¡Vamos, vamos! no es momento de recordar el pasado, ¡lo importante es que todos estamos bien!, ¿verdad Tendô?— dice esquivando el asunto.
—¡Muy cierto Saotome!
—Brindemos por la unión de nuestras familias, ¿quién iba a imaginar que nuestros hijos terminarían por hacernos caso?
—¡Ni en mis mejores sueños!— ríe Soun, y a pesar de su reticencia mi madre también sonríe abiertamente mientras comienza a servir licor.
Akane menea la cabeza y se levanta de la mesa.
—Si me disculpáis, mañana tengo que ir a la universidad bien temprano.— camina por el pasillo retirándose y nadie parece darle la menor importancia, pero yo capto a la perfección una mirada insinuante que parece decir que aún puede prescindir de unas cuantas horas de sueño.
Alzo una ceja e intento disimular mi sonrisa. Solo tengo que esperar unos minutos antes de inventar una excusa y escabullirme a su habitación. Con toda la casa de fiesta nadie nos molestará. Al fin.
Siento un grito de victoria pujar por salir de mi garganta, pero me contengo. El señor Tendô me sirve un buen vaso de sake y me anima a beber, una copa tampoco me hará mal.
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…
—Mmnnhhh— me quejo molesto cuando algo me golpea en la espalda.
—Buenos días— dice una voz fría como el hielo.
Con un colosal esfuerzo levanto la cabeza del suelo, me doy cuenta que he dormido en mitad del salón tirado tristemente sobre el tatami. A mi lado mi padre no parece haber sufrido mejor suerte, ni tampoco el señor Tendô quién ronca apaciblemente apoyado sobre la pared.
Siento la boca pastosa y me giro con dificultad para enfrentar a mi "dulce" madrugadora.
—Esperé tres horas.— espeta cruzándose de brazos, desde el suelo solo veo su expresión ceñuda y sus dos piernas, blancas y marmóleas perdiéndose entre los pliegues de su falda, giro el cuello aún borracho.
—¿Rosas?— pregunto sonriente antes de ver su pie estrellándose contra mi cara.
—¡Olvídate de volver a verlas!— gruñe.
—Nooooo— mi lastimosa voz se arrastra hacia ella, extiendo una mano temblorosa. —Akaneee.
Su mirada dura me hace más daño que el pisotón, alza la barbilla y sale de la casa dando un portazo, yo me derrumbo sobre el suelo del pasillo.
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Dos días de malas caras y guerra fría han sido demasiado para mí, algo tan sencillo está comenzando a adquirir tintes dramáticos, y no estoy dispuesto a esperar otra semana hasta que termine de olvidar su enfado. Intenté explicárselo aquella tarde y me dio con la puerta en las narices, al día siguiente no corrí mejor suerte, pero de hoy no pasa.
Me he pasado la mañana puliendo con tanto ímpetu las astillas del dojo que apenas y me siento los hombros, es mi vía de escape, esa y los entrenamientos. Si Akane sigue esquivándome este sitio va a parecer nuevo en menos de un mes.
La espero impaciente, tengo todo calculado: Kasumi ha salido con una amiga, mi padre ha acompañado a Soun en una reunión del barrio, Nabiki está en la biblioteca y mi madre se encuentra haciendo la compra… eso me da un margen de poco más de unas horas, insuficiente, pero mucho más de lo que he tenido hasta el momento.
Son pasadas las seis de la tarde cuando finalmente hace acto de presencia, la sigo con la mirada desde el tejado con una sonrisa siniestra, las manos me tiemblan de pura ansiedad. Esta vez no podrá escapar de mí.
Vuelvo al interior de la casa y me cuelo por su ventana, es una pena que me tengan tan vigilado pues podría hacer esto todas las noches. Me siento en la silla de su escritorio y espero impaciente, a los cinco minutos sigo en el mismo sitio moviendo una rodilla comido de nervios, ¿pero donde se ha metido esa chica?
Me muerdo los labios y decido salir en su busca, estoy a un paso de explotar. Me asomo cauto por el pasillo y descubro que la casa se encuentra en completo silencio. Pongo un pie fuera de la habitación y cierro la puerta a mi espalda cuidando de no hacer ruido, ¿acaso se está escondiendo?.
Camino malhumorado dispuesto a darle caza en la planta de abajo cuando escucho un familiar canturreo saliendo del baño. ¿Será posible que...? Pego la oreja a la puerta y el golpear del agua en el suelo no me deja ninguna duda, se está bañando.
Mi mente calenturienta no aguanta más imágenes sugerentes, mi imaginación está demasiado estimulada. Trago saliva y la manilla cede, el vaho del ambiente se escapa por la rendija antes de que consiga colarme dentro.
Siento mi respiración volverse profunda, incluso creo que he comenzado a salivar. Las manos me tiemblan mientras abro lentamente la fina puerta corrediza que separa el lavabo de la zona de ducha y bañera.
Ella se gira y veo sus ojos agrandarse ante mi presencia, metida en la bañera con su pelo corto mojado y pegado a su rostro se me antoja aún más irresistible.
—¿R-Ranma?— dice entrecortada, sumergiéndose en el agua hasta los hombros.
¿Que puedo decir en mi defensa? Absolutamente nada, a estas alturas no tengo por qué esconder mis intenciones. Me despojo de mi camiseta y de mis pantalones, la miro un instante para comprobar su reacción y apenas veo sus ojos sobre el borde de la bañera, se ha ido hundiendo paulatinamente dentro del agua como si con eso pudiera eludirme.
Tomo una toalla y me la anudo a la cintura antes de desprenderme de mi ropa interior, cierro a mi espalda. Quizás estoy siendo demasiado atrevido.
—¿Qué tal está el agua?— me acerco hasta la bañera y me quedo un momento agachado a su altura, ella levanta la cabeza lo justo para poder hablar.
—¿¡Te has vuelto loco!?¿y si entra alguien?
—No hay nadie en casa.— respondo con voz áspera.
—P-pero aún así no puedes desnudarte y pretender…— meto un pie en la tina y eso parece terminar con su retahíla de excusas, me sumerjo hasta el pecho y suspiro satisfecho.
Ella se aleja todo lo que puede de mí y veo el sonrojo de sus mejillas extenderse por toda su piel.
—Descarado.— farfulla, yo sonrío acercándome lentamente.
—¿Sigues enfadada?— digo de la forma más sugerente que encuentro, Akane hace un esfuerzo colosal por pegarse a la esquina de la tina mientras cubre sus senos.
—Y-yo no estoy… es decir… yo…
—Quizás tenga la solución para mejorar tu humor.— susurro encontrando una de sus piernas bajo el agua y jalándola hacia mí, ella emite un pequeño grito, está tan roja que parece un pulpo recién hervido.
—R-Ranma… esto es… ¡ah!— exclama cuando mi mano comienza a subir por su cadera. Bracea dentro del agua claramente alterada por la situación. Es el momento de mostrarle que conmigo no debe temer nada, ahora mismo solo vivo por y para amarla.
Acallo sus dudas con mis labios, tomo los suyos mecido por la calidez del agua, el ligero ruido del chapoteo, la beso lentamente una y otra vez mientras poco a poco se va rindiendo, sus brazos se quedan lánguidos, sus piernas se relajan, acerco su pecho al mío y siento el contacto ardiente de sus pezones erectos punzando contra mi piel.
Eso ha tenido un efecto inmediato, estaba intentando contenerme un poco más. Mi miembro termina de hincharse y lo siento palpitar contra su entrepierna, suerte que aún llevo la pequeña toalla a la cintura.
Jadea inquieta al sentirlo y yo intento imprimirle confianza rondeándola con mis brazos, toda su espalda con mis manos, su fina y desnuda cintura, suave como la seda. Con una contención que yo mismo desconozco estrecho el agarre y enloquezco de puro deseo al sentir sus pechos aplastarse contra mi torso, acallo mi desenfrenado anhelo enterrándo mi lengua profundamente en su boca.
Su espalda se encuentra con el borde de la bañera, el calor me inunda, el vaho del agua y su perfecto cuerpo atontan mis sentidos. Siento sus manos moverse tímidas sobre mis hombros, deslizarse acariciando mi cuello, sus dedos se prenden crispados a mis cabellos.
Contengo un gruñido de pura necesidad, suelto su cintura y mi atrevimiento me lleva a palpar lentamente antes de que una de mis manos rompa todas la fronteras de la decencia y se agarre ansiosa a uno de sus pechos.
Una exclamación se ahoga en su garganta. Las puntas de mis dedos se cierran sobre su seno y en ese instante comprendo que necesito mucho más de ella. Rozo la cumbre de la sonrosada aureola, palpandola con deleite mientras mi otra mano parece querer unirse a la bacanal de sensaciones.
Sus manos se mueven inquietas, las siento perderse en mi espalda, repasando los músculos en tensión. Su boca se separa de la mía para emitir un pequeño arrullo entre el placer y la inexperiencia. Sus labios besan mi cuello salpicado de gotas de agua.
Baja, muerde la piel de mis clavículas y siento una fila de besos repartirse entre mi nuez y mis pectorales, cada vez más cerca de mi aturullado corazón. Deja un camino electrificado a su paso, las corrientes recorren mi columna y empujan en mi bajo vientre.
La observo y muerdo mi labio inferior, nuestros ojos se encuentran en la intensidad del instante sabiendo que estamos comenzando a perder el control, leo el oscuro deseo al fondo de sus iris, despertando salvaje, provocándome palpitaciones.
—Akane…— suspiro contra su piel mientras mis labios se pierden en la búsqueda de su cuello, mi lengua saborea sus jadeos, me contengo para no clavar los dientes sobre tanta tersura. Sus manos amenazan con volverme loco, jalan mis cabellos con fuerza, y otra me acerca más a ella, me atrae contra su pequeño cuerpo sin dudas ni culpabilidad.
Mi boca se cierra sobre su pezón, lo tomo con calculada delicadeza antes de hacerlo con la rabia del deseo consumiéndome por dentro. Es un tifón de fuego que arrasa mi mente, succiono fuerte mientras mis manos palpan su trasero y prácticamente la siento a horcajadas sobre mí, presionando su sexo contra mi dolorosa erección. Su espalda se curva en un espasmo de deleite, cierra los ojos y entreabre los labios mientras su respiración se torna en jadeos exigentes.
La saboreo exquisita, su piel sabe a jabón y está ligeramente rosada por el agua caliente, me separo un instante para prestarle las mismas cuidadas atenciones a su otro pecho sabiendo que eso solo acentúa mis cegados deseos de poseerla en este instante.
¿Sería muy brusco si...?
—¡Ranma!— grita en mi oído cuando siente mis dedos aventurarse en su intimidad.
—Shhh— siseo disfrutando de sus mejillas sonrojadas, del placer del que me sé completamente responsable. Con suavidad acaricio con la punta de mis dedos su punto álgido, sus uñas se clavan en mi espalda pero estoy muy lejos de sentir dolor, cuanto más fuerte la siento más me gusta, más suaves se vuelven mis movimientos, intensos y medidos.
La sorpresa inicial de nuevo deja paso a algo mucho mejor, siento sus espasmos, sus manos temblorosas descubriendo resignadas el deleite de su cuerpo. Se tapa la boca en lo que entiendo es un esfuerzo por no gemir como deseo que haga.
Me lo tomo como un reto.
Trazo círculos grandes y pequeños jugando con su clítoris, el agua hace que mis dedos resbalen furiosos, tanto calor me está matando. Lentamente introduzco mi índice y la siento tan apretada que yo mismo me escucho gemir de necesidad.
Quiero estar dentro de ella, lo quiero ahora.
—Ah… ah… Ran-Ranma, yo…— veo pequeñas lágrimas en sus hermosos ojos, sonrío sabiendo que está preparada para mí.
La dejo ir un instante mientras mis manos nerviosas buscan la toalla, discuto con el estúpido nudo del trapo apenas unos segundos antes de sentirme liberado. Me siento estallar cuando la piel desnuda roza su entrada, resoplo en su pecho intentando mantener el control, al fin y al cabo es su primera vez, necesito acordarme de conservar la calma.
La miro intenso y veo el miedo en sus ojos por encima de su adorable sonrojo, trago saliva.
—Si tu… si no estás lista…
Niega con su cabello corto, empapado y pegado a su cara.
—No es eso, es que… aquí…
—¿Vamos a tu habitación?— la pregunta sale sola, no soy ningún salvaje que no pueda entender la situación, además, no quiero imaginar cómo puede acabar la tina.
Asiente, me abalanzo sobre ella para tomar sus labios y me sumerjo en ellos besándola con una pasión desbordante hasta que escucho la puerta, lo siguiente es su mano en mi cabeza hundiéndome en la bañera.
El ruido me llega tenue dentro del líquido y caliente elemento, siento mi cabeza calentarse como una olla a presión y amortiguada oigo una rápida conversación.
—Akane, ¿quieres que te frote la espalda?
—¡Suegra!¿Q—qué haces en casa?
—Hoy terminé temprano, dime querida, ¿te ayudo con el baño?
—¡No! es decir… no es necesario, ya he acabado.
—Oh, excelente, y dime ¿has visto a Ranma?
—¿Ranma? no, ni idea, creo que se ha ido.
—¿Ido?¿a donde?
—Emhh… a…¡nadar!
—Qué raro… no sé que tendrá en la cabeza ese chico…
No aguanto más, el poco aire que me queda escapa de mi garganta y las manos de Akane me empujan hasta el fondo.
—Suegra, ¿te importa salir? voy a terminar el baño.
—¿Eh? oh, claro, no te molesto.— dice la voz de mi madre, siento el agarre aflojarse un grado y me doy prisa en emerger del agua dando una honda respiración.
—¿Estás loca?¡casi me muero!— exclamo mirándola indignado, ella frunce el ceño y está a punto de protestar cuando la puerta vuelve a abrise y mi madre hace de nuevo acto de presencia.
—Akane, ¿va todo… bien?— me mira, aún estoy tratando de recuperar el aliento.
—Ho-hola mamá…— alzo una mano mientras intento poner mi mejor cara de buen chico, Akane se tapa el rostro muerta de vergüenza.
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Han sido dos horas de charla. Dos horas en las que más que escuchar a mi disgustada madre, con el señor Tendô y mi padre dándole silencioso apoyo no he hecho más que cabrearme. Si la hubiera llevado a la habitación desde el principio esto no habría pasado.
Akane se mantiene callada, con la cabeza gacha y más roja que un tomate. Me imagino que no está acostumbrada a este tipo de reprimendas.
Suspiro tras la última y muy seria advertencia acerca de las "relaciones indecorosas antes del matrimonio", ¿es que no importa que ya hemos estado casados? pues al parecer no. Empiezo a creer que la única solución es secuestrarla y fugarnos a un hotel durante una semana, ¿cuánto queda para que le den vacaciones en la universidad?
Claro que la otra opción sería casarnos, pero es un tema que de momento no me encuentro con fuerzas de abordar, no al menos hasta que todo esté un poco menos cercano. Creo que hasta le he cogido alergia de tanto preocuparme por ello.
Cuando finalmente nos sueltan tengo la cabeza como un bombo, Akane no parece encontrarse en mejor estado, nos despedimos con una mirada lacónica sabiendo que tendremos que esperar un tiempo hasta un nuevo encuentro.
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Nada de tiempo, se me ha acabado la paciencia.
La gota que ha colmado el vaso ha sido despertarme en mitad de la noche con un sueño demasiado sugerente y darme cuenta de que había una fiesta en mis pantalones. Y yo que pensaba que la adolescencia había sido lo peor.
Espero al alba impaciente mientras mis ojeras se hacen más y más evidentes, cuando veo las primeras luces me preparo para llevar a cabo mi plan.
Salgo de la habitación como hago todas las mañanas, solo que en esta ocasión antes de entrenar tengo otra cosa importante de la que ocuparme, saco de los pliegues de mi camisa un sobre y miro a ambos lados del pasillo. Con un suspiro de frustración lo deslizo debajo de la puerta, ella es mi última opción.
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Atardece y muevo los pies intranquilo sobre la madera del viejo dojo. Bueno, no tan viejo después de todos los arreglos que le he hecho en estas semanas. Huele a barniz en lugar de polvo, y he tenido la precaución de poner una cerradura a la puerta por lo que pueda ocurrir.
Ya debería haber llegado, me apoyo sobre el quicio de la puerta y me cruzo de brazos. Por momentos me asaltan las ganas de comenzar a ir a buscarla a la facultad con tal de no tener que pasar por esto todos los días.
No me tenía por alguien tan impaciente, supongo que desde que la conocí hasta yo mismo he comenzado a cambiar a causa de su presencia.
Maldita sea, la necesito de forma tan urgente que se vuelve vergonzoso. Esa tonta chica virgen va a conducirme a la locura.
Cuando la puerta principal se abre siento mi corazón encabritarse, la veo llegar evidentemente cansada, con varios y gruesos libros bajo el brazo. Salgo al paso y la encuentro en mitad del camino.
—Deja que te ayude— le digo agarrando sin permiso su pesada carga.
—No es necesario.— contesta, aunque su expresión la contradice, parece un poco más pálida de lo normal.
—¿Tuviste buen día?— pregunto mientras nos encaminamos hacia la casa, ella se encoge de hombros.
—Se acercan los exámenes— repone lacónica, con la cabeza en otro sitio. Abre la puerta de la casa y durante un instante parece pensativa al no escuchar ruido alguno.
—¿Donde están todos?— pregunta girándose hacia mí y yo no puedo disimular por más tiempo mi sonrisa prepotente, esa que no estoy seguro de si le gusta o la detesta.
—Se han ido.
—¿Ido?¿a dónde?
—¿Acaso importa?— con movimientos estudiados dejo los libros en el suelo y me acerco a ella lentamente, como un felino agazapándose entre las hierbas altas esperando el momento justo para caer sobre su presa.
Me mira con cierta reticencia, se encoge y yo paso las manos por su cintura, la atraigo hacia mí y alzo una mano acariciando los ángulos de su rostro, sus altos pómulos y sus finas mejillas.
—Te quiero— confieso sin tapujos y sus ojos se abren captando mis palabras, perdiéndose en su significado. Sonríe como solo ella sabe hacer y esa es mi mejor respuesta. Acerco mi rostro lentamente disfrutando del instante antes de capturar su calor. Nuestros labios se unen en un delicioso baile lento, es una liviana caricia que solo sirve para despertar el deseo que siento por esa mujer. Su lengua lame mis labios en lo que entiendo como una provocación.
Mis manos bajan hasta sus hombros y con un rápido movimiento la desprendo de su abrigo que queda en el piso hecho un gurruño. Sus finos brazos se agarran a mi cuello y las mías se pierden en su cadera.
Tan entregado me encuentro al momento que por un instante me olvido de "el plan". Me separo de ella y la alzo en mis brazos comenzando a subir las escaleras de dos en dos.
—¡Ranma!— exclama sonrojada mientras se agarra con más fuerza a mi cuello, quizás con miedo de caer debido a mi ímpetu.
—Mejor en tu cama, ¿no?— comento de pasada mientras camino hacia la puerta y la empujo con una pierna. Cierro tras nosotros con la misma habilidad y dando solo dos pasos consigo depositarla sobre el firme colchón.
Me mira llena de ingenua expectación. No pienso dudar ni por un segundo, bastante he tenido que penar hasta conseguir tenerla así.
La acorralo sin posibilidades de huír, me cuelo entre sus piernas y la beso lleno de intenciones, sin darle tregua o siquiera tiempo para pensar. Mis manos recorren su figura histéricas por hacer contacto con su piel. Siento sus manos sobre mis pectorales y me lo tomo como una sugerente invitación. Me doy prisa en buscar la parte de abajo de su suéter y comenzar a palpar la suave piel de su abdomen mientras asciendo buscando el cierre de su sostén.
Mi mano se desliza bajo la prenda y siento su espalda desnuda contra la palma de mi mano, sus labios se desprenden un instante de los míos y su respiración ardiente susurra muy bajo.
—Debemos parar.— dice, pero no tengo intención de hacer ningún caso a ese tipo de sugerencias.
—Compré preservativos— respondo acalorado temiendo que ahí residan sus dudas.
No quiero que piense que aún a pesar de lo mucho que se ha estirado el chiste pretendo embarazarla, al menos no todavía.
—No es eso.— continúa haciendo que me detenga en mi empeño por arrancarle la ropa.
—¿Entonces?— sus cejas se fruncen.
—E-Es que…
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—¿No le ves un poco desmejorado?
—Nah, yo creo que está como siempre.
—Fíjate bien Nabiki, lleva en esa postura toda la mañana.
—Estará practicando meditación.
—Pero a ratos comienza a golpearse la cabeza contra la pared.
—Os estoy oyendo— murmuro molesto girando apenas unos grados el cuello.
Ambas hermanas Tendô me miran desde la entrada del dojo, Kasumi se lleva una mano a la mejilla mientras que Nabiki come una bolsa de snacks divertida.
Sí, tiene que ser terriblemente divertido para todo el mundo menos para mí. No se ni cuantas horas llevo ido, con la frente contra la pared del dojo como si fuera un niño castigado. De alguna forma creo serlo.
Pagar a mi cuñada por sus servicios me ha costado caro, y más si tenemos en cuenta lo mal que ha salido la jugada. La familia sale "inesperadamente" a cenar a un buen restaurante y yo termino con más "hambre" que nunca.
El resultado es que ahora tengo deuda enorme y una frustración sexual del mismo tamaño.
Debería haberle preguntado, pero claro… me pudieron los impulsos.
Está claro que haría mejor en olvidar el tema. Siempre puedo entrenar como un maldito animal o comenzar a cambiar las vigas de madera del techo.
—¿Ranma?¿qué haces ahí?— la voz de mi madre me saca de mis pensamientos, ella también se encuentra en la entrada del dojô. —Ven, debemos hablar.
Apenas cinco minutos después me encuentro con mis dos progenitores en la habitación que compartimos. Tanto tiempo separados y hemos comenzado a vivir como una verdadera familia bajo el techo de otra persona, no deja de ser un tanto extraño.
—Nos vamos, Ranma.— declara firme mi madre mirándome a los ojos.
—¿Os váis?— digo extrañado, aunque no es algo que termine de sorprenderme.
—Me refiero a todos.
Un escalofrío baja por un columna, debe de estar bromeando.
—¿Yo?— aclaro señalándome y cruzándome automáticamente de brazos. —No pienso ir a ningún lado.
Mi padre me observa grave y se aclara la garganta.
—Verás hijo, estamos preocupados por tí.— su voz seria me golpea como un insulto a mi inteligencia.
—¡Já!¿desde cuando te importo?
—No es eso Ranma —interrumpe mi madre frunciendo el ceño— .Es por los Tendô, nos preocupa que Soun no vea con buenos ojos tu… actitud.
Alzo una ceja, no hace falta que se ande con rodeos, sé exactamente a lo que se refiere.
—¿Tanta prisa tenéis porque nos casemos? —ante mi pregunta intercambian sendas miradas, obviamente están impacientes por cerrar este "acuerdo"— .No es que no quiera hacerlo pero esta vez debe ser una boda de verdad, y para eso necesito dinero. Ahorraré durante un tiempo y después se lo propondré. Esa es la forma correcta de hacer las cosas.— alzo la barbilla firme, con la convicción absoluta de que no me estoy equivocando, nunca lo he tenido más claro en toda mi vida.
De pronto la puerta de la habitación se abre y por ella aparece el señor Tendô con ríos de lágrimas corriendo por sus tostadas mejillas.
—¡Lo he oído todo! —exclama abalanzándose sobre mí, instintivamente intento echarme hacia atrás sin resultado pues me aplasta contra el suelo y me abraza— ¡Soy tan feliz!
Levanto la cabeza por encima del corpulento hombre con una gigantesca gota de sudor corriendo por mi sien.
—Señor Tendô… pesa — .Me quejo sin resultado.
—¿Oíste Soun?¡Podemos estar tranquilos!— dice mi padre uniéndose a la absurda algarabía, ¿es que no había quedado lo suficientemente claro?
—¿Y se lo has dicho a Akane?— pregunta mi madre haciendo que me dé un vuelco el corazón.
—¿Qué?
—Deberíamos hacerlo oficial.
—E-Espera un momento…
Pero ya es tarde, eso de la impulsividad no me viene por nada. Mi madre huye como una bala y en cuestión de segundos escucho como abre una puerta, intercambia parcas palabras y regresa hasta la habitación con la mujer que me trae de cabeza.
Me llevo una mano a la cara, entre todos van a conseguir acabar conmigo. Los adultos me miran expectantes, pero sin duda los ojos que más me perturban son los suyos, que intrigados parecen preguntarse por la situación.
Y yo que pretendía ocuparme de esto de forma estrictamente confidencial.
Pero no hay nada que hacer, y menos con unos padres como los nuestros que parecen no querer dejarnos ni a sol ni a sombra hasta obtener exactamente lo que quieren. Si este es el precio a pagar por quedarme a su lado me parece un auténtico regalo.
Me quito de encima al señor Tendô y sacudiéndome las ropas me pongo en pie intentando reunir valor para lo que estoy a punto de decir.
—Akane, tu sabes que… bueno… —me aclaro la garganta como si así pudiera coger carrerilla. — ...que… nosotros…— empiezo a jugar nerviosamente con mis pulgares y siento como su insistente mirada incendia mis mejillas. — ...que en el futuro...
—¿Nos casaremos?— concluye ella con una naturalidad que me golpea como una ola de calor, ¿cómo puede estar tan tranquila hablando de cosas tan vergonzosas?. Parece que en el tema sentimental nuestros papeles se invierten, ella muestra toda la seguridad que necesito, mientras yo intento guiarla con la misma determinación por los pecaminosos caminos de la lujuria.
Asiento nervioso y ella sonríe.
—¿Podemos decir entonces que estáis prometidos?— interviene mi ansiosa progenitora, con los ojos llenos de luminosos brillos.
Prometidos… no suena mal aún a pesar de ser una palabra vergonzosa. Lo de estar casados nunca me molestó, quizás debido a que se trataba de algo impuesto no me dediqué demasiado a pensar en ello.
Pero sí, prometidos me gusta.
Significa que ambos adquirimos un compromiso por el cual algún día volveremos a ser un matrimonio. La miro por el rabillo del ojo y no me sorprende demasiado ver que su mano derecha agarra la pequeña moneda de plata que pende de su cuello. La ternura me invade en cuanto entiendo el significado de ese gesto que para los demás pasa inadvertido.
Algo tan nimio y que para nosotros importa un mundo, ese pequeño y aparente inofensivo regalo que le hice más en broma que en serio… hasta que me mostró su radiante sonrisa de agradecimiento.
El momento en el que la muy idiota estuvo dispuesta a dar su vida a cambio de la mía. Un escalofrío me recorre cada vez que recuerdo la escena, sólo para transformarse en unas ansias locas de sentir su calor, saberla viva y a salvo a mi lado.
Me contengo por la presencia de nuestros expectantes padres y tan sólo me permito sostener una mirada llena de significado. Para nosotros eso es más que suficiente.
.
.
Cuatro días después mis padres hicieron las maletas alegando que las visitas nunca deben ser demasiado largas. Regresaron a Aomori aunque con futuras intenciones de instalarse en un vecindario cercano a la casa de los Tendô.
No apostaría porque mi padre permaneciera demasiado tiempo con su esposa, de hecho ya fue bastante sorprendente que se quedara con nosotros durante estos días. Seguro que en cuanto ella se despiste saldrá volando en busca de nuevas personas a las que estafar.
En fin, la vida continúa, y la mía no puede estar más interesante.
He comenzado a dar clases. Tengo mis primeros alumnos de artes marciales.
De alguna forma me incomoda un poco el hecho de que me llamen "sensei", pero a decir verdad con el paso de los días comienza a gustarme, como lo de estar prometido con Akane.
No es que tenga ninguna ventaja extra frente a nuestra situación anterior, pero por algún motivo siento que nuestra relación ha ascendido un peldaño, ¿como decirlo? Ella me mira diferente.
En la cotidianeidad de la rutina los días transcurren apacibles y con ellos comienzo a sentirme cómodo en la casa. Creo que por fin puedo decir que he encontrado un hogar. Akane es mi hogar.
Salgo afuera y el aire invernal revuelve mis cabellos, respiro hondo: Nunca me he sentido mejor.
.
..
...
Tomo un relajante baño que me destensa los músculos, después de un día de entrenamiento no hay nada mejor. Cuando camino por el pasillo me percato que aún a pesar de las altas horas en la habitación de Akane hay una rendija de luz que se vislumbra bajo la puerta.
Pronto llegarán sus exámenes y debe de empeñarse a fondo para recuperar el tiempo perdido. Estoy tentado de entrar un segundo a desearle buenas noches, pero cuando poso la mano en el pomo de la puerta entiendo que no debo, está concentrada y lo que menos necesita en estos instantes es a su prometido interrumpiendo.
Con un hondo suspiro me retiro en silencio sin poder evitar que un nuevo plan se forme en mi cabeza. Visto que la intimidad es algo imposible en una casa tan alborotada no me queda más remedio que llevármela unos días afuera con la excusa de comenzar un nuevo entrenamiento, ¿quizás de acampada?
Sonrío como un idiota al pensar en las posibilidades, si continúo así sufriré una hemorragia nasal.
Entro en mi habitación y cierro tras de mí. Bostezo soñoliento y me rasco los cabellos dispuesto a meterme en el futón y poner fin a otro día más, pero cuando abro el cobertor me quedo congelado ante la visión que tengo ante mí.
—Tardaste— susurra ella levantándose ligeramente y dejándome ver una perfecta perspectiva de su expuesta piel, cubierta tan solo por un provocativo conjunto de ropa interior de encaje en color rosado.
Trago duro, este debe ser otro de mis sueños, ¿verdad? Por un segundo me asaltan las ganas de golpearme la cabeza contra la pared para confirmar si efectivamente estoy dormido.
—¿A… kane?— la última sílaba de su nombre escapa de mi garganta una octava más aguda de lo normal, ella se sonríe juguetona y se aproxima a mí lenta pero inexorablemente. —¿Qué haces aquí?— pregunto mientras intento comprender la situación.
—Echaba de menos dormir contigo.— responde sensual posando sus finas manos contra mi pecho, haciendo que mis ojos amenacen con salirse de sus órbitas.
—P-pero tus estudios…
—Por hoy ya terminé.— sus manos se enredan tras mi cuello y siento su apabullante calor, sus senos se aplastan al pegarse a mi pecho y contengo una exclamación de sorpresa. —Era difícil colarse en tu habitación con tus padres aquí.— continúa con voz hipnótica mientras yo siento que me abandonan las fuerzas.
—¿Y tu familia?
—Te he visto entrenando esta tarde— interrumpe sin venir al caso, sus labios se aproximan a los míos haciendo que se me nuble el pensamiento. —Estabas tan concentrado que ni siquiera te has dado cuenta de mi presencia.
—¿Estabas ahí?— mi voz sale atragantada, trago saliva mientras sus ojos nublados me miran provocadores.
—¿Sueles entrenar sin camiseta?
—Sólo cuando lo hago duro…— contesto intentando atrapar el hilo de sus pensamientos, poso mi mano sobre la curva de su espalda y siento la electricidad.
—Tendré que ir más veces a verte.
Alzo una ceja y una pequeña sonrisa de satisfacción asoma en mis labios. Con que era eso, tomo aire sintiendo como mi ego ronronea halagado. Lo cierto es que no me he parado demasiado a pensar en ello, ¿será que Akane se siente igual de atraída físicamente por mí que yo por ella? Porque para mí es una locura en la que estoy deseando caer.
Y el hecho de que haya venido a seducirme así lo demuestra. Mi inocente chica virgen al parecer se ha colado en mi cama con intenciones obscenas. Ni en mis mejores sueños podría haber imaginado algo así.
Maldita sea, si no me besa ya lo haré yo.
Deslizo mi mano libre detrás de su cuello mientras la otra la estrecha aún más si cabe. Muerdo sus labios consumido por la ansiedad y no tardo más de un segundo en tumbarla sobre el futón y atraparla bajo mi cuerpo. No protesta, lo acepta dichosa mientras se retuerce ansiando más contacto, sus manos se enredan en mis cabellos y prenden mi trenza, un gruñido de morboso placer se atora en mi garganta mientras acaricio su cuerpo y me ahogo en el beso.
En todas las noches que pasamos juntos no hubo una sola en la que no deseara rendirla de esta manera, verla retorcerse impaciente bajo la presión de mis manos.
El tacto de sus piernas es terso, paseo la punta de mis dedos sobre sus muslos torneados por el ejercicio hasta sentirme saciado. Su lengua pequeña se cuela en mi boca mientras me jala y sus tobillos se enredan a mi cintura, empujando su cadera contra la mía en un roce enloquecedor.
—Si sigues así…— murmuro comenzando a dejar un reguero de pequeños besos en su cuello, muerdo el marco de su mandíbula y ella ronronea satisfecha.
—No tengo miedo— responde retadora.
No tardo en sentir cómo mi miembro se vuelve rígido, ansioso de tanta espera. Necesito ahogarme en ella, atravesar su carne, escucharla gemir. Aprieto los dientes un instante antes de succionar su cuello con fuerza intentando relajarme, encontrar algo de tranquilidad para mi acuciante tortura.
Sus manos sueltan mi trenza y se cuelan sin problemas bajo mi camiseta de tirantes, palpa mis músculos sin sonrojo, explorándome a placer. Yo la dejo hacer mientras mis esfuerzos siguen concentrándose en su níveo cuello, dispuesto a dejar una marca para que no olvide este encuentro.
Abandono un momento mi tarea sólo para deshacerme de la prenda, que lanzo molesto fuera del futón antes de volver a abalanzarme sobre ella y besarla empedernido. La estrecho con fuerza y sus piernas me hacen rodar sobre mí mismo, de pronto la veo sentada a horcajadas sobre mi estómago, la mano que está a su espalda se cuela bajo la cinta del sostén y con la otra comienzo a bajar desde sus hombros, deslizándola poco a poco.
En mi camino encuentro la cadena que le regalé, al parecer nunca se la quita. Me detengo sobre uno de sus pechos, lo tomo con delicadeza antes de que el fuego me consuma, el incendio del deseo me insta a tomar su piel, bajo el sostén y me alzo tomando su excitado pezón con mi boca, succionando fuerte, estrechando su cintura contra la mía, sentándola sobre mi miembro erecto.
Su espalda se curva en un ramalazo de deleite, yo agarro su otro pecho repitiendo el proceso y ella muerde sus labios, escucho un sonido lastimero escapando de su boca, traidor a lo que parece un pacto de silencio.
Sonrío y mi mano derecha se pierde en su espalda tomando el broche del endemoniado sostén, solo un movimiento me basta para desabrocharlo y ver encantado como cae y libera al fin sus hermosos senos. Observo embelesado la desnudez de su piel, palpo cada centímetro síntiéndome más y más impaciente.
Sus dedos inexpertos se prenden a mis brazos, a mi espalda… un pensamiento pervertido cruza por mi cabeza. Tomo una de sus pequeñas manos y la guío, al principio no opone resistencia, hasta que comprende hacia donde la conduzco.
—¡R-Ranma!— exclama deteniéndome, aún a pesar de la oscuridad puedo ver el sonrojo de sus encantadoras mejillas.
—Creía que no tenías miedo— contraataco intentando aligerar la situación.
—Y no lo tengo…— dice aunque el temblor de su voz indica lo contrario.
—Entonces confía en mí.— aprieto su mano con firmeza, hay demasiadas cosas que le quiero enseñar a mi chica virgen, pero entiendo que he de ir poco a poco.
De nuevo mi mano posada sobre la suya la invita a tocarme, primero sobre mi pecho, y comienzo a deslizarla disfrutando de sus expresiones faciales a camino entre la sorpresa y la fascinación. Mis marcados abdominales, el ombligo, hasta llegar al bajo vientre en la línea de mi cintura donde aún permanecen prendidos mis pantalones.
No puedo resistirme más, la beso mientras termino de llevar su mano bajo mi ropa y la invito a conocer lo que provoca en mí, lo increíblemente duro que me pone.
Rompe el beso y sus ojos se abren al rozar con la punta de sus suaves dedos mi miembro, me siento en el cielo mientras poco a poco su curiosidad se impone a la timidez y comienza a bajar explorándolo. Mi mano ya no controla la suya, suspiro, la cabeza me da vueltas, ardo en la desesperación del deseo.
De pronto siento como su mano se cierra agarrándolo y jadeo falto de aire, apoyo la frente sobre su hombro mientras las gotas de sudor de pura contención comienzan a condensarse.
—Con cuidado— reclamo a su oído.
Y en contestación sus dedos se relajan un poco y masajean la zona, ascienden hasta la punta y vuelven a bajar recorriéndome en toda mi longitud.
No puedo más, la fuerzo a soltarme y agarro su trasero en un movimientio brusco, montándola sobre mí y comenzando un roce endemoniado de caderas solo separadas por nuestras ropas.
Sus pechos suben y bajan brincando al compás de sus exclamaciones de placer, yo también resoplo expuesto a su tímida mirada, a sus pasiones mostradas por primera vez.
Mis manos bajan por sus piernas, me basta un hábil movimiento para hacerla regresar a nuestra posición anterior, con su espalda pegada al futón de forma que pueda controlar perfectamente la situación. Ya habrá tiempo de que ella tome las riendas, pero no en su primera vez. Ahora quiero que sea mía, que se rinda por completo.
La beso duro y después abandono sus labios comenzando a bajar por su perfil, mordisqueo el lóbulo de su oreja mientras mis manos la recorren emprendiendo el camino de sus caderas. Me asfixio en mi propia excitación cuando rozo el borde de su ropa interior y mi mano al fin se atreve a buscar su intimidad.
Acalla un gemido culposo, creo que necesita ayuda, no me gustaría que alguien volviera a interrumpirnos. Retengo su boca con la mía, siento sus pechos contra mi torso y me acomodo entre sus piernas mientras mis dedos la exploran avivando la llama.
Me adentro entre sus pliegues solo un poco, la punta de mi dedo resbala en la humedad ardiente y comprimida, de nuevo tan apretada que me siento derretir de puro gusto al pensar en penetrarla. Mis dedos se mueven solos, ajenos a mi voluntad se ocultan por completo en su interior y ella protesta débil, entre el placer y mi brusquedad. Los saco suave y vuelvo a repetir el movimiento pero esta vez lentamente, la veo retorcerse y comienza a jadear alejándose de mis labios.
—Me vas a matar— susurra acalorada mientras yo la miro extasiado y vuelvo a enterrar mis dedos que resbalan en su interior de forma limpia, mojada, lista para mí.
—No te muevas— mi voz sale tan ronca que apenas la reconozco. Con los últimos resquicios que me restan de cordura la dejo sobre el futón y rebusco en mi mochila hasta que encuentro lo que necesito.
Regreso a ella jugando con el pequeño sobrecito plástico entre mis dedos y sonrío para aligerar tensión.
—Que obediente— digo ufano mientras su pecho sube y baja acelerado, rendida sobre el mullido y blanco futón.
Nunca una visión fue más placentera, sus ojos ignoran mi chanza invadidos por el ardiente deseo. Me inclino dispuesto a seguir por donde lo dejamos.
Beso su cintura, la distraigo metiendo la lengua en su ombligo mientras mis manos se prenden sobre sus caderas y le arrebatan las pequeñas braguitas. Me deshago de la prenda y siento un delicioso escalofrío golpearme al verla completamente desnuda.
No aguanto más, mi pursátir erección comienza a ser dolorosa, necesitando encontrar el alivio de sumergirme en ella. Bajo mis pantalones junto a mi ropa interior, me lo quito todo quedando igual de desnudo que ella ante mis ojos. Encoge las piernas y me observa entre expectante y cohibida, juraría que más de lo segundo.
Muerdo el borde del sobre y extraigo el preservativo, lo deslizo sin problemas antes de volver a centrar en ella toda mi atención. Sus ojos no me pierden de vista, sus rodillas tiemblan cuando poso las manos sobre ellas y parece que todo el valor anteriormente demostrado ha quedado en nada.
—Tranquila— susurro quedo mientras con infinita ternura me hago hueco entre sus piernas, toda ella tirita ansiosa haciéndome enloquecer ante tanta ingenuidad.
Sus brazos se agarran febriles a mi cuello y entiendo que está asustada. Beso dulcemente sus labios mientras intento que vuelva a relajarse, suave pero cada vez más brusco, mientras nuestras caderas se juntan en un roce exquisito que necesito profundizar.
Tan lento como puedo resistirlo, así busco su entrada conteniéndome hasta el infinito. Lanza un grito de estupor cuando me siente introducirme apenas unos centímetros, yo también farfullo palabras ininteligibles a medias entre maldiciones y exclamaciones de rotundo placer.
Salgo y vuelvo a entrar, esta vez un poco más profundo, tengo la previsión de besarla fuerte ahogando el nuevo grito en mí.
—Ranma, Ranma…— repite lastimera, bajo mi mano y masajeo el clítoris antes de embestirla en busca del contacto absoluto, lo hago tan despacio que me siento morir, jadeo mientras el calor hace que las gotas de sudor perlen mi piel.
Unidos al fin en la hoguera de la pasión, termino de ahogarme hasta el fondo y ella abre los ojos al sentirme completo. Me retuerzo de éxtasis mientras comienzo a balancear nuestros cuerpos al unísono invitándola a seguir el ritmo.
Es un baile lento, apoyo un brazo en el futón para no aplastarla bajo mi peso y continúo la penetración mientras me deleito viéndola experimentarlo por primera vez. Me encantaría oírla gritar y no solo susurrar intentando no despertar a nadie, descubro sin demasiada sorpresa que quiero escucharla decir que es mía más allá de toda duda.
¿Será que en el fondo de mi corazón aún reside la inseguridad? aunque quiera negarlo así es, llevo tanto tiempo celoso que me está costando entender que soy el objeto de sus pasiones.
Y ahora entre sus muslos ese sentimiento carente de razón renace en sus jadeos y en los míos propios. Muerdo sus pechos, incremento la brusquedad de mis dedos en su intimidad mientras sus apretadas paredes me vuelven loco.
Es una descarga de energía, la potencia de un rayo, una dosis de la más fuerte de las drogas. Sus uñas se clavan en mi espalda y siento el dolor mezclado con placer, el mismo que está sintiendo ella bajo mi yugo.
Salgo y entro a empujones lentos y profundos, deteniendome en su interior unos segundos antes de volver a hacerlo. Quiero sentir su orgasmo, tener la certeza de que lo obtengo todo.
—Eres deliciosa— siseo intentando no perder la cabeza y con ella el control, ya podré hacerlo en otras ocasiones, pero no esta vez. A mis oídos su quejidos comienzan a sonar diferentes, cada vez hay más provocación en ellos que sorda impresión.
Se acerca, viene con la misma ineludibilidad de un temblor. Tomo una de sus piernas y doblando su rodilla sobre mi brazo aumento un grado la profundidad del contacto, sus dedos se enganchan salvajes a mis cabellos, el sudor de mi frente rueda sobre mis sienes mientras la infinita bendición de nuestro pecaminoso balanceo arrasa con todo.
Mis músculos se convierten en fuego, es lava líquida del mismísimo infierno burbujeando en mis entrañas. Los dedos de mis pies se doblan intentando no perder su ancla en el suelo mientras ella se prende de mi cuello, se alza y esconde su rostro. Escucho un lamento quedo y siento el cosquilleo, sus contracciones de placer mientras alcanza el cielo presionando contra mi miembro que vuelve a hundirse rápido y certero ya sin ningún temor.
Gruño satisfecho, me despojo de mi disfraz humano para dejar paso a la bestia famélica. La beso retirando el sudor de su frente, captando todo el calor de su exhausto cuerpo terminando de hundirse en el caos del placer.
Y ahora es mi turno. Me estremezco mientras abandono el cuidado y me entrego al sinsentido de mi deseo, intentando apagar el fuego que ella provoca. No encuentro consuelo en el devenir de mil pulsantes embates, apenas razono mientras me pierdo en sus pliegues con una ruda suavidad.
El aire sale a bocanadas de mis pulmones, me prendo a su figura atrapándola impetuoso y el ritmo de mis propios jadeos me marea. Me perdería en sus curvas para jamás regresar, la amaría día y noche sin descanso ni tregua hasta caer muerto.
Aprieto el nudo que forman nuestras piernas, la atravieso y como respuesta obtengo su grito acallado, alzo sus caderas y vuelvo a hincarme profundo pero esta vez el grito es mío, apenas lo contengo entre dientes impresionado por el fortísimo calambre que recorre mi cuerpo. Es divina, es aún mejor que en mis vívidas fantasías.
No puedo detenerme, empapado de calor mis impulsos marcan un ritmo cada vez más rápido, hipnótico, febril. Mis manos resbalan por su piel igual de mojada, la miro a los ojos y muerdo mi labio disfrutando de toda ella, de su interior que se amolda a mí con perfección milimétrica, de sus mejillas sonrojadas y sus ojos ennegrecidos como carbones.
Me siento enloquecer agarrado a su carne, disuelto de angustia al hacerla mía, fundiéndonos en mares de anhelo y desenfreno. La empujo y sus piernas se alzan a causa de mi fuerza, apoya los hombros y la cabeza sobre el futón mientras su pelvis queda en el aire y yo apreso su trasero con mis dedos largos que la atrapan en la postura.
¿Cuándo acabará mi hambre?¿cuando dejaré de desearla?
Nunca. Nunca.
Continúo muriendo en su interior una y otra vez sintiéndome pegajoso e impaciente, ya no controlo la fuerza ni el tiempo, solo me desahogo con todo lo que me he estado guardando. Le permito respirar, accedo a tumbarla y estoy tentado de comprobar su elasticidad gimnástica antes de recordarme de nuevo que hasta hace un instante era virgen. Me estoy excediendo, y de qué forma.
Aún así ya es tarde para mí, tan cegado estoy que vuelvo a penetrarla hasta el fondo sintiendo mi miembro hincharse, sensibilizarse al roce hasta que en una última y feroz estocada todo estalla. Experimento mi propio orgasmo como un placer ficticio, tan apabullante que por fuerza ha de ser irreal. Me derrito en su calor con un jadeo atragantado, el reverso de toda la frustración y el desespero.
Me derrumbo sobre su pequeño cuerpo sin aliento, un estremecimiento corre por todo mi cerebro cuando razono sobre lo ocurrido, la sonrisa regresa a mí y entre latidos me incorporo y la miro satisfecho.
—¿Qué… tal?— pregunto intentando respirar, y como respuesta su mano acaricia mi frente. Su sonrisa es mucho más amplia que la mía, aparta mis cabellos mojados a causa del ejercicio.
Es tan dulce que tengo ganas de llorar de felicidad.
—Te quiero, Ranma.— responde y sus palabras golpean en mi pecho como fuegos artificiales, como la primera vez que las pronunció.
—Yo te quiero más.— aclaro mirándola a los ojos para que sepa que es verdad, que no hay duda alguna sobre mis sentimientos.
—No es una competición— se sonríe tímida. Salgo de su interior, dejando el preservativo anudado a un lado. Coloco el cobertor arropando su delicioso y desnudo cuerpo antes de abrazarla, sintiendo el calor, la embriaguez tras el sexo.
—Pero si lo fuera ganaría— digo travieso, sin poder reprimir un irresistible bostezo. —Deberíamos hacer esto todas las noches.
—¿Todas las noches?
Yo asiento mientras cierro el agarre sobre su espalda y siento su pechos contra mi torso.
—Y en la mañana… y en la tarde…
—Entonces no saldríamos de la cama.— la voz de Akane es suave, hipnótica, me induce al sueño.
—Eso suena bien. Cuando acabes tus exámenes lo haremos.— me acurruco aspirando su perfume, más completo de lo que me he sentido en toda mi vida, con el corazón y en alma en calma.
Suspira dejándose a su vez arrastrar por el bienestar de nuestro mutuo calor.
—Estoy agotada.— cierra los ojos y no puedo evitar acariciar su perfecto rostro, con sus cabellos negros revueltos y sus mejillas aún incendiadas.
—Pues esto acaba de empezar, chica virgen.— abre un ojo y me encuentra sonriendo, sus cejas se arrugan contrariadas.
—Ya no puedes llamarme así.
—Puedo, si quiero.— mi sonrisa fanfarrona se amplía más de la cuenta, disfruto mucho de nuestros debates sobre las cosas más nimias.
—Juraría que acabas de poner mucho empeño en convertirlo en una mentira.
—¿Sí? no sé, no estoy seguro… creo que necesito un recordatorio.— sin poder evitarlo y a pesar del cansancio mis ansias por ella vuelven a renacer mucho antes de lo esperado.
La beso acallando su sorpresa al sentir de nuevo mi dura erección contra su estómago. No sé cómo he podido contenerme durante tanto tiempo.
Volvemos a deshacer el futón y tengo la seguridad de que en esta noche ninguno de los dos vamos a pegar ojo. Lo siento por sus clases, pero no tengo intención de renunciar a ella hasta que amanezca.
Y mientras llega el día en el que finalmente podamos casarnos de momento disfrutaremos del sexo prematrimonial. O postmatrimonial. Lo que sea.
Para mí hace ya mucho tiempo que Akane es mi mujer.
FIN.
.
.
¡Hola a todos!
Regresé para traeros este epílogo... ¿que os pareció?¿demasiado "picante"? seh, parece que fui a hacer una tortilla y en vez de echarle jalapeños se me derramaron tres botes de guindilla fantasma XD.
¿Será que tantos días juntos y aguantándose les pasaron factura? debe tratarse de eso, espero haber compensado la ausencia de lemon en el resto del fic ;).
A decir verdad Quince día surgió de una manera muy tonta, quería escribir un fic romántico, con pinceladas de aventura pero sobre todo con mucho Angs, así que este ha sido mi bautismo en el género, y he de decir que me ha gustado la experiencia. Recuerdo que en cuanto lo comencé me impuse a mi misma una norma: ¡nada de lemon! No podía romper la tensión que había entre ellos tirándola a la basura en mitad de la trama, eso lo habría arruinado por completo, así que llevo conteniéndome meses, me he mordido tanto las uñas que me llegan a los nudillos XDD.
Hasta cambié la clasificación U_U. Si no os ha gustado quedaos con los otros 20 capítulos de historia, pero que conste que no me arrepiento de nada, jajaja.
Aprovecho ya que me estáis leyendo (espero que alguien lea las notas de autor, jajaja) para volver a incidir sobre algo que considero primordial a la hora de escribir, ya no un fic, si no cualquier cosa, ¡la constancia!. Queridos escritores, hay que esforzarse todos los días, no esperar a que esa pequeña chispa de inspiración a la que gustamos de llamar "musa" venga en nuestra búsqueda. ¡Solo así transmitiremos lo apasionante que es leer y escribir! Todo es fruto del esfuerzo, así que a los que se esfuerzan, gracias.
Y con esto pongo punto y final a esta historia, deseando que la hayáis disfrutado y que también os guste lo siguiente que estoy preparando.
Gracias a Nodokita por todo su trabajo.
Y cientos, miles, millones de gracias a vosotros lectores por darme aliento para continuar, esto es para vosotros.
¡Nos leemos!
LUM
