Advertencias: Ninguna
Acoso
Estar muerto no le resultó tan desagradable como había pensado. Ni siquiera había sufrimiento, al menos no uno físico. Su alma no tenía cuerpo propio, sólo tenía una imagen proyectada de sí mismo, el problema era que esa imagen no era él exactamente, si no que se parecía mucho a un antepasado de su signo, y una de sus víctimas no lo había olvidado.
Eso no era una desventaja, todo lo contrario, pues el juez había impedido que fuera lanzado al círculo del infierno que le correspondía y lo mantenía a su alcance. A cambio era una molestia perpetua, que en cierta forma agradecía.
Minos no podía hacerle daño físico –no tenía cuerpo– pero su presencia constante, sus palabras a veces mordaces, a veces amorosas –y siempre amenazantes– comenzaban a perturbar su estado mental. No es que prefiriera el frio eterno del Coquitos, pero hubiera dado su brazo derecho por poder callarlo y tener algo de paz y silencio.
