Advertencias: Ninguna
Carrusel
Sintió su cuerpo ser arrebatado de la tierra, elevarse unos tres o cuatro metros y caer de nuevo; creyó que se estrellaría contra el suelo, pero no fue así; sino que volvió a subir, con el cabello ondeante y las rodillas dobladas. Parecía que estuviera montando a un caballo enorme e invisible. Y ciertamente que esa era la intención del niño que obligaba sus movimientos.
Cuando Afrodita aceptó que tratara de explicarle lo que era un carrusel no se esperaba aquel derroche de energía psíquica, ni aquella humillación. No podía resistirse, no podía hablar, la fuerza de aquel niño era increíble; todo ese tiempo había pensado que no era nada más que una molestia necesaria para su amistad con el guardián de la primera casa, pero Kiki parecía tener más poder y control que el mismo Mu.
– ¡Basta! – Logró articular por fin –, ¡déjame bajar!
Kiki lo hizo al momento sin rezongar; no se había percatado de la mirada de escándalo e indignación del mayor, así que se le acercó, con movimientos firmes y la mirada brillante y le dijo:
–A que ha sido maravilloso, ¿eh? Yo quiero volver a la feria y hacerlo de nuevo, es como ver todos los colores juntos, como subir y bajar en una montaña, como si pudieras hundirte en un océano de luces…
Y le dijo tantas cosas bellas que a Afrodita se le pasó el enojo.
Le sacudió el pelo con algo de de contrariedad –y con un poco de afecto– era un buen chico. Sin embargo cuando Mu finalmente regresó al primer templo soltó un suspiro de alivio.
