Advertencias: Ninguna
Salitre
Salitre. Lo sentía en el cuerpo de Kanon.
Se decía que era sólo su imaginación, porque aquel iba siempre muy limpio y su episodio en Cabo Sunión había sido hacía años y había durado muy poco. Aun así, terminaba sintiéndose infectado de aquel aroma cada vez que lo aceptaba en su cama.
Solía pensar en qué tan extraña era la relación que habían desarrollado, no solía admitir a su lado a alguien así, con tanta facilidad, y aun menos dominando sobre él; pero algo había en Kanon, probablemente su perfidia y su dolor que hacían que no resintiera su compañía, sino que la agradeciera.
Afrodita lo había buscado primero, para exorcizarse de su pasado con Saga, pero aunque los gemelos eran idénticos en su apariencia, no se sentían iguales. Las manos del gemelo menor eran suaves, pero vacías de intención: ni disfrutar ni lastimar, sus gestos fueron mecánicos, respondió por complacerlo, por no molestarse en darle una negativa, pero no sentía debilidad por él y tampoco desprecio.
Al final aquel intercambio no fue desagradable, sino liberador y tuvieron que repetirlo. Era como si estando juntos estuviera cada uno consigo mismo. Hacían sólo lo que deseaban, sin preocuparse por lo que podría pensar el otro y precisamente por eso no se estorbaban entre sí, ni se sentían comprometidos o amenazados. Nunca hablaban, dejaban que sus cuerpos hicieran el trabajo y luego se alejaban sin ningún reclamo, sin ataduras ni lazos, con la libertad de poder reencontrarse más adelante.
Y cada con más frecuencia, Afrodita se sorprendía a sí mismo extrañando aquel aroma, aquella sensación que le dejaba el salitre.
