Matices

Afrodita no podía creer que recién hubiera terminado de explicarle al muchacho su propia definición de justicia. El menor de los caballeros de bronce estaba sentado en la tierra del jardín y le escuchaba atentamente, mientras él seguía trabajando con las rosas.

Era extraño, se dijo, que hubiera accedido a hablar así, tan abiertamente; pero había sido aun más extraño sentir a Seiya presentarse como si nada en su templo, para interrogarle sobre un sinfín de cuestiones.

Como respuesta a su último comentario, el japonés comenzó con un largo discurso sobre la justicia y la verdad, Afrodita no estaba realmente interesado, hasta que lo escuchó decir:

–… lamento haber destruido tus rosas.

Eso sí le hizo mirarlo y presarle toda su atención.

–Era necesario claro, pero veo que te está dando trabajo, perdona.

No había sentimiento de pesar en sus palabras, en realidad no lo sentía por las flores, sino por Afrodita mismo. Porque ahora eran compañeros y Atenea había dicho que le debía una disculpa.

Afrodita sonrió, en ese justo momento había pasado a Seiya a su lista de 'personas decentes' y le invitó a quedarse a comer.

Pasaron una tarde agradable y siguieron frecuentándose. No importaba que el gesto de Seiya hubiera sido por obligación, fue el principio de una amistad que duró toda su vida.