Agridulce
Trabajaba en el jardín, dando los últimos detalles a un macizo de flores cuando una presencia a su espalda lo distrajo. Alzó la vista y se encontró a alguien que había visto muchas veces, pero con el que nunca había hablado.
Se levantó limpiándose la frente, llenándose la cara de tierra sin darse cuenta, con los botones de rosal en el otro brazo, sudoroso y arrebolado; su visitante sonrió por esa imagen.
–Hola, Afrodita, ¿Cómo estás?
El cuestionado se sorprendió por aquel saludo tan casual y afable, cuando en su vida había cruzado una palabra con el guardián de tauro. Le hubiera gustado ser amable pero su desconcierto lo llevó a ser parco y un tanto frío.
–Bien.
Sin un '¿y tú?' o siquiera un 'gracias'.
Aldebarán suspiró, no iba a inventar escusas para estar allí o a dar vueltas al asunto que le preocupaba; al contrario, iba a ser descaradamente franco:
– ¿Te trata bien?
Le soltó a bocajarro
– ¿Cómo? – dijo Afrodita y retrocedió un paso, porque aunque había entendido perfectamente la pegunta no quería contestarla. Se cambió las flores de brazo, nervioso.
–Kanon –Aldebarán dio un paso hacia él. – Sé que llevas una relación con él desde hace un par de semanas. ¿Te trata bien?
El sueco abrió y cerró la boca un par de veces, inseguro… ¿lo hacía? ¡Dioses! Después de Saga era duro pensar en qué estaba bien y qué no. ¿Qué era normal? Como si lo supiera...
–Sí… eh, supongo.
– ¿Supones? – Exigió tauro aunque su voz era suave, – ¿no estás seguro?
–Kanon y yo estamos bien.
Dijo ahora con más fuerza, negándose a la intimidación, comprendiendo de pronto que no tenía por qué dar explicaciones ante aquel hombre. Tauro asintió un par de veces, aplacándolo y se le acercó otro paso.
–Me alegra, porque si no fuera así…
Y dejó sus palabras en el aire, mientras le regalaba una caricia en la mejilla. Apenas un roce, tibio y delicado. Afrodita se sorprendió sobre manera, había sido como ser tocado por un pétalo; estaba impresionado por aquel gesto, por los sentimientos que finalmente pudo descifrar en aquella mirada… había amor allí, uno que ardía pero no quemaba, que se entregaba sin pedir nada a cambio, ni siquiera correspondencia.
Kanon le vino a la mente, atormentándolo… aunque eso no fuera amor, era lo más que podía tener, porque no se sentía preparado para recibir ninguna otra cosa.
–Lo siento…
Aldebarán asintió, dando un paso atrás, lamentando haber causado aquella turbación en el caballero de piscis, cuando lo menos que quería era molestarlo. Le sonrió.
–No te preocupes. Hay tiempo, todo el tiempo del mundo.
Con un gesto de despedida, se fue. Afrodita jamás se había sentido como en aquel momento, tan atesorado; pero también, tan miserable. Lloró aferrando las rosas entre sus brazos, inhalando su dulce perfume y clavándose las espinas.
Estamos a un sólo drabble del final.
