Chapter 2: Power
Desde que era pequeña, Elsa había sido diferente al resto, desde su más tierna infancia ella había experimentado cambios que la hicieron diferenciarse en demasía de los demás, tanto en acciones como en... pensamientos. Su madre la había tenido en circunstancias un poco raras, inusuales...
Ella era extremadamente "correcta" (al menos, eso pensaba) y muy pudorosa, muy fanática de los ideales religiosos y de los conceptos "satánicos" en los que, según ella, mayormente vivía la sociedad. Para ella, todos eran pecadores, demonios, desvergonzados, impuros... gentes perdidas que iban y venían sin rumbo fijo, entregando su cuerpo en pecado, (antes del matrimonio e inclusive, del noviazgo) en descampados, en coches... a las afueras de la ciudad. En una ocasión se había demorado más de lo previsto en su trabajo en el establecimiento de confección, así que caminaba tarde a casa, esperando que Elsa ya se encontrase profundamente dormida. Era casi media noche, y se vio horrorizada contemplando a dos jóvenes universitarios fornicando dentro de un coche justo delante de sus narices, sin tener ningún tipo de reparo, y con apenas el vapor de sus alientos empañando los cristales del Chrysler.
Escuchaba los gemidos aminorados (a causa del cristal que amortiguaba, produciendo casi el mismo efecto que cuando sales a la puerta de una discoteca que tenía la música demasiado alta) de ambos, y sentía repulsión, un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo... haciéndola estremecer, hasta el punto de ponerse histérica, frenética. Aceleró su paso para no tener que seguir contemplando aquel repugnante espectáculo.
Todos merecerían morir... se pensaba ella. Esa panda de desviados... de ovejas negras escariadas del camino del señor. Agarró su biblia fuertemente (siempre la llevaba encima, y la leía cuando presenciaba algún espectáculo desagradable, agarraba fuertemente el rosario dorado y murmuraba oraciones en voz muy baja... cerrando los ojos y de rodillas. También cuando tenía algún que otro descanso de sus labores, tal y como su hija, con la diferencia de que Elsa... Elsa no era tan religiosa como su madre) y caminó con los ojos cerrados fuertemente, desviando esa imagen y esos sonidos de su mente... sustituyéndolos por oraciones de la salvación y el perdón de los pecados.
Su marido, el único hombre con el que ella había estado, tanto íntimamente como emocionalmente, era el padre de Elsa. Lo conoció en una reunión de una hermandad, en la iglesia local. Enseguida se enamoró de sus ojos negros, de su mirada penetrante y profunda, y de la forma de su barba negra bien recortada alrededor de las facciones de sus labios, su nariz... su cara. Le había alucinado su pelo negro bien alineado, sin entradas, era el hombre más apuesto que ella había visto jamás. Se llamaba Gerard White.
No tardaron en concertar su primera cita... fascinada, en aquella época, por la fina prosa que el caballero desprendía, no paraba de mirarlo... de escucharlo. Helen tenía veintitrés años, y él, dos más. Pero era el hombre perfecto a sus ojos... ningún otro había despertado interés alguno en ella antes.
Él no era tan extremista como Mrs. White, sino más bien, un hombre que buscaba hacer el bien a los demás de algún modo, y además buscaba consuelo y liberación espiritual al cruel mundo de injusticias, violencia, asesinatos, corrupción... en el que vivía. Filántropo y unido a las buenas causas humanas, ingresó en la cofradía con el deseo de ayudar a los que lo necesitaban, y de promover lo que él también consideraba "La Palabra Del Señor", lo único purificante y correcto en este mundo corrompido, lo único que realmente salvaría a la humanidad...
La noche sombría del 5 de diciembre ellos consumaron su amor carnalmente, tras dos años de verse y "salir" juntos. (Ambos eran muy correctos como para considerarlo una relación de pareja normal...) se fundieron, se olvidaron por un momento de los prejuicios, dejándose llevar por la tentación carnal que ambos consideraban pecado, y posteriormente, se casaron ante los ojos de Dios para subsanar aquel acto de lujuria y ser perdonados. Gerard se dedicaba a la construcción. Solía llegar al atardecer. Hacía sus rutinas cada mañana a las siete en punto, salía con su biblia bajo el brazo y a paso firme y aligerado se dirigía a su lugar de trabajo...
En ese momento estaba construyendo un edificio de varias plantas, bastante alto. Él no le tenía miedo a las alturas, es por eso que mayormente hacía actos temerarios y se excedía de los límites, creyendo que estaba protegido por el señor en todo momento, vivía sin miedos, pero un día en el que se había montado en la ventana del tercer piso, en un andamio bastante fino, de repente la tierra empezó a temblar. Lloviznaba. El mini terremoto que fue severo (pero por suerte no devastador) le hizo precipitarse sin remedio y sin control hacia el suelo. Violentamente. La muerte fue instantánea tras un traumatismo craneoencefálico severo. Pasaron horas hasta que sus compañeros le vieron, tirado, inmóvil y con la biblia a un lado. Corrieron en su ayuda pero el charco de sangre alrededor de su cabeza y de su oreja, indicaban que no había absolutamente nada que hacer... Gerard White estaba irremediablemente muerto.
Helen White fue informada de la noticia algunas horas después, ya se estaba comenzando a preocuparse por su marido, que se demoraba más de lo habitual. Lo miró sombríamente, con ojos casi desafiantes y el rostro disimuladamente desencajado. No estaba aún preparada para entender la magnitud de la noticia que el compañero de trabajo del difunto le decía, aunque su interior lo sabía. Lo sabía muy bien... Se gastó todo su dinero en un entierro digno, al día siguiente. White no tenía familiares que ella conociera al menos, así que se encontró sola en el entierro, con apenas el sacerdote y algunas que otras vecinas que pasaban por allí y le conocían, aparte de algunos miembros de la hermandad en donde estaba. Apenas derramó una lágrima, e iba más vestida de negro de lo normal. Agarró su biblia y se fue del lugar a paso lento.
Nueve meses después, en un crepúsculo lluvioso y el cielo anaranjado cual apocalipsis, entre truenos y tormenta se entremezclaban los gritos agonizantes de Helen White. Había tenido desde hacía horas unas contracciones terribles... que la hacían sentir como si dentro de ella tuviera esa misma tormenta, esos mismos truenos desgarrándole su bajo vientre. Ella consideraba (por supuesto) que los hospitales y la medicina en general era cosa del diablo, así que no consintió en ir a ningún hospital... y ni siquiera sabía del todo bien que realmente iba a tener a su bebé, o a un bebé, en ese mismo momento... su mente desequilibrada y paranoica se inclinaba por pensar que era un castigo divino por haber faltado a algún mandamiento.
Las contracciones duraron horas... aproximadamente doce horas. Se arrastraba por las escaleras, camino a la habitación de arriba, no parando de gritar... y la lluvia no cesaba. Tampoco los truenos. A medida que se acercaba el momento del parto, tras haber roto aguas, sus gritos iban aumentando considerablemente, es por eso que Alice Drablow, su vecina al lado, se alarmó y comenzó a hablar con su marido con voz temblorosa, antes de salir afuera de la calle para comprobar si realmente se estaba produciendo algo parecido a un asesinato ahí dentro. Más vecinos salieron... los gritos de Helen alarmaron a todo el vecindario, que no intimidados por el torrencial que estaba cayendo, se acercaban a curiosear y a chismosear entre ellos.
Drablow realmente estuvo a punto de llamar a los civiles, pero en ese mismo instante, una nueva vida acompañada del llanto estridente de lo que parecía ser un bebé, acalló los gritos desorbitados de Helen White. Miró al bebé... que había caído en el colchón todo cubierto de sangre en el que se encontraba, sudorosa y exhausta. Mientras trataba de recuperar su respiración normal, lo tomó... o la tomó, totalmente desnuda y cubierta de sangre, pudo apreciar con facilidad que se trataba de una niña... una pequeña niña que no sabía siquiera el por qué de que había sido arrebatada de lo que hasta ahora había sido su "hogar".
Helen cogió un gran cuchillo de carnicero que se hallaba a su lado, y cortó con decisión el cordón umbilical. La miró a los ojos... con una expresión un poco cambiada. El llanto estridente de la bebé todavía hacía contraste con los truenos... Había nacido ahí, en ese mismo instante, en esas circunstancias poco usuales, Elsa White.
El grupito de los huecos estaban ya dentro del instituto, para su sorpresa, zorreando la mayoría, en las taquillas azules de Preston. Chicos súper macarras y súper fuertes, súper metrosexuales sin dejar de ser lo que ellos consideraban "machos", junto con las chicas típicas del club de las animadoras, con lo cual ellos aprovechaban siempre que podían esas faldas tan cortas para sobarle las nalgas. Cazadoras de cuero negras, pantalones rotos... y camisas descotadas, estaban a la orden del día, lo más común y normal en la adolescencia.
Christine Hamilton ya se aproximaba con sus peculiares aires de "tía buena popular", ondeando su pelo lacio y negro al viento, con su falda ajustada y el top aún más ajustado, con sus ojos verdes mirando al personal, y con sus labios enseguida posados vorazmente ( acompañados también de su pierna en la del otro) sobre su novio de turno, el criminal de Bobby Nolan.
Vestido a la "última", camiseta de tirantas blanca y algo sucia dejando ver sus músculos, de los cuales siempre presumía y le hacían "contentarse" cuando se los miraba frente al espejo en una sesión de duro ejercicio, pelo negro muy corto sobre el nivel dos de afeitado apenas, y sus barba de dos días. Pantalones vaqueros oscuros rotos, y zapatos negros. Correspondió al beso con efusividad y la chocó sin compasión contra las taquillas, levantándola levemente con sus manos sobre sus caderas. Los demás, tales como amigos de Chris y de Nolan se acercaron a ellos, y comenzaron a hablar sobre los partidos que se iban a jugar pronto, ya que Bobby a veces participaba en ellos. Cuando llegaron las chicas, algunas se abalanzaron sobre los otros chicos, con los cuales tenían un "rollete pasajero", y también se besaron efusivamente.
Mientras seguían hablando, Elsa, que se veía obligada a pasar por fuerza por ese lugar si quería llegar a su aula de clases, a paso decidido, escuchó parte de lo que conversaban, cosas huecas e intrascendentes en su mayoría, como ella lo calificaba, y entonces oyó algo que era casi habitual pero que sin embargo nunca le iba gustaba...
–Eh, eh, chicos, ¿os habéis confesado? –Dijo Alex Norton, un chico rubio amigo de los demás anteriormente mencionados. Estaba saliendo con Tina Summer, la amiga "íntima", por decirlo así, de Christine Hamilton.
Carcajadas conjuntas.
"Cálmate". Pensó Elsa. "Cálmate". Se repetía tranquilamente, mientras hacía como si no hubiera pasado nada, caminando con normalidad, pero la realidad fue que en ese momento ella miró con rabia al tipo en cuestión, y una ráfaga del tiempo detenido (cual película de terror subrayando un momento importante) habían inmortalizado sus ojos azules entremezclados son la parcialmente sutil sombra negra que se ocultaba bajo sus ojos. Llegó a clases... más tarde al grupo de antes se les unió Tom (cariñoramente llamado "Tommy") Snell, la estrella del equipo de fútbol del instituto.
Una clase más que había comenzado... y que Elsa, después de todo una alumna inteligente y aplicada, había entendido a la perfección, pero como siempre no se atrevía ni quería participar en las cuestiones del profesor. Sonó la campana... había sido un largo día lectivo, ahora se alegraba por liberación en que en la última clase se fuese a dar educación física. Podría quedarse leyendo si eso, fingir que estaba enferma para irse directamente a casa... pero esta vez la profesora no sería tan condescendiente.
–Lo siento, pero ya creo que te has quedado bastantes veces sentada en una clase donde es obligatorio moverse. Y además es bueno –le había dicho la Sra. Gibbs– cámbiate para el partido de Voleibol que vamos a jugar en este mismo instante, Srta. White, por favor.
Y se retiró.
Oh, oh. A ella no le gustaba el voleibol... no porque no le gustase el deporte, ni porque se le diera mal en exceso, simplemente porque sería seguramente diana blanca en los balonazos y las risas de sus crueles "compañeras", mientras se dedicaba solamente a bajar la cabeza y a tratar de hacer como si nada hubiera pasado. Pero pasaba... pasaba y se acumulaba.
Se metió en los vestuarios... afortunadamente el partido le había salido sin incidencias, puesto que no se involucró demasiado y en cuanto podía se iba al banquillo fingiendo una lesión, aprovechando que el profesor estaba escoltando a los del equipo de baloncesto. La ducha de agua fría le haría un bien inimaginable, de eso estaba segura, pero justamente cuando estaba desnuda y tratando de disfrutar de las gotas cayéndole con dulzura por todo su cuerpo, escuchó unas voces amontadas femeninas que iban aumentando a medida que se acercaban los pasos contrastantes.
–Y yo pienso ir con Alex –dijo Tina–. ¿Y tú, Chris? Con Bobby, supongo, ¿no?
Todas comenzaron a retocarse el maquillaje, y eso que se tendrían que disponer a ducharse... Hamilton la miró.
–¿Te refieres a la fiesta del baile de graduación? La verdad es que no lo sé. Supongo que sí, pero a veces es un capullo –hizo una pausa–. Bueno, pero después de todo adoro a los capullos. Sí, iré con Nolan.
Su amiga que también se retocaba la miraba y le seguía diciendo otras cosas, mientras las demás comentaban con quienes irían, y comenzaban a desnudarse.
–¿Y tú, Anna? –Hamilton la miró, a la casi recién llegada, una chica pelirroja con ondulaciones en su cabello, a veces trenzado en dos partes.
Tardó un poco en responder a la pregunta de Hamilton.
–Con Tommy, por supuesto. –Dijo al fin la bella pelirroja.
Elsa, que reconocía esa voz a kilómetros, cerró el agua de las duchas. Suspiró... y descendió. Anna Green, que después de que a veces frecuentaba con esa panda de cabezas huecas, era una chica brillante en casi todos los aspectos, sabía que no podía ser como ellas. Al menos... quería creerlo. Además había dicho... Tommy. Seguramente se refería a Snell y... todos conocían esa "relación perfecta" entre la chica inteligente y el exitoso atleta... Tommy era bien parecido, castaño oscuro, de ojos miel en tonos oscuros también, porte atlético pero no en exceso, alto, y mayormente solía vestir con la sudadera y el logotipo "P" de Preston, que todos utilizaban para entrenar, perteneciente al equipo de fútbol.
Intentando salir de su anonamiento, se secó con la toalla, se vistió con su pelo mojado y enredado, lo más rápido que pudo, pero se chocó con las indeseables huecas y sus recriminaciones que no entendió del todo bien a bocajarro y sin previo aviso, inquiriéndola y empujándola un poco, casi, con la voz. Hamilton, por supuesto, había sido la artífice.
–¡Oh, por Dios, Elsa! ¡Estás sangrando, cámbiate! –gritó con efusividad y un visible gesto de desdén repulsivo en su rostro.
–¿Eh? –respondió confusa la chica rubia, que tardó unos segundos en mirar hacia debajo.
Realmente no se lo esperaba... ¿en serio? Se había formado una gran prominencia de sangre alrededor de la toalla por la zona de la entrepierna, y encima que ésta era blanca, se notaba aún más.
–¿Q-q-qué es esto? –dijo asustada la chica.
Hamilton saltó como liebre a su presa.
–¡Es sangre, estúpida! ¿No lo ves? tienes la regla.
Se dirigió a un expendedor que estaba colgado al lado de las taquillas, que tenía la función de sacar paños para limpiarse, y le arrojó uno, que Elsa no llegó a coger.
–Toma, ¡límpiate! –dijo con histeria.
Realmente Elsa no sabía lo que estaba ocurriendo... no del todo. Alguna que otra vez había estado notando contracciones muy fuerte cerca del bajo vientre, pero pensó que se trataba de algo que le había sentado mal... no esperó, de repente, aquel baño de sangre que ahora recorría su pierna toda manchada, y se asustó... se asustó porque hasta hace un momento estaba perfectamente limpia bien.
–¡No me jodas que no sabes lo que es! –siguió ladrando Hamilton, arrojándole otro.
Las demás la imitaron como si fueran robots programados, y la abuchearon gritándole que se lo colocara, que se limpiara, y una lluvia de tampones comenzaron a caer por encima de la chica, que enseguida comenzó a sollozar y a cubrirse como pudo.
"Cálmate, olvídalo, cálmate. Solo cálmate". Se repetía mientras la lluvia continuaba y ella se tapaba con la toalla y los brazos, hasta que iba descendiendo al suelo, perdiendo los nervios y el control de sus lágrimas que caían irremediablemente por sus mejillas de forma descontrolada. Pasaron unos segundos, hasta que incluso a Anna se le fue ofrecido un tampón para que se lo arrojara, como si fuera divertido, pero ella se negó y justamente cuando iba a decir "basta", otra voz se le adelantó irrumpiendo en el lugar y abriendo las puertas con violencia. Rita Gibbs.
–¡Qué demonios está pasando aquí! –gritó. Y el abucheo paró de inmediato.
–Es... es Elsa, ha comenzado a sangrar a causa de la menstruación y nosotras simplemente le estábamos ofreciendo algo con lo que limpiarse.
La profesora de pelo cobrizo miró alrededor, incrédula y con gesto duro, dijo:
–¿Crees que me chupo el dedo? ¡Estáis todas en una semana de arresto!
Enseguida se arrojó a Elsa, pero al mirarla, la chica a la que ya ni siquiera le importaba estar desnuda, flexionada en e suelo, dando gemidos descontrolados y con los ojos llorosos, dio un alarido desgarrado e histérico que provocó que las luces tintinearan. Todas se quedaron mirando confundidas, Anna Green alzaba la cabeza entre tantas cabezas de chicas, pero no podía verla del todo, aunque sí se fijo en las luces...
Hubo un pequeño silencio. Gibbs se acercó al fin a Elsa... y la arropó con sus brazos.
–Tranquila, niña, ya pasó. –La apretó un poco y miró a las demás– y vosotras salid de aquí antes de que aumente el castigo a todo un mes.
–Pero profesora, el baile es...
–Pero nada –interrumpió con dureza la profesora– ¡Largo! ¡Ya!
Todas se fueron alejando lentamente, pero Anna se quedó un poco más... esperó a que las demás fueran saliendo, y mientras ella también se disponía a salir, miró como la profesora calmaba a la chica, pero no logró verle del todo bien la cara porque estaba cubierta del pelo desordenado y de los brazos de la profesora. Salió... confusa, y pensando que realmente debió de haber evitado aquello antes. Al salir, se encontró con la típica altenería de Hamilton, que criticaba la dureza de la profesora, que no tenía derecho a hablarles así, que su padre era abogado... y bla, bla, bla. Anna pasó de largo sin siquiera dirigirles la palabra, ni la mirada. Se sentía despreciable en ese momento.
Elsa llegó a casa hacía unos minutos... dando gracias al cielo de que su madre no llegaba hasta las cuatro, subió a la habitación... pasando por las escaleras, primero más rápido y luego aminorando de golpe hasta el punto de retorcerse y caer apoyada a la barandilla a causa del dolor que todavía experimentaba. Las explicaciones de la Sra. Gibss le habían servido, ella se había estado documentando de tantas cosas... pero no de eso. Ni siquiera iba a recriminarle a su madre por qué demonios no le había dicho nada... o, al menos, en ese momento no lo consideraba. Llegó al fin a la habitación y se encontró cerrando la puerta tras de sí, sin tocarla, con apenas deslizar un poco la mano, y de un portazo seco. Meditó. Ella había tenido esa habilidad desde siempre, pero nunca había tomado notas de ello. Nunca se había preocupado por darle una explicación lógica, había podido hacer eso toda su vida. Pensaba que era algo normal, hasta el momento en que pasó lo de las duchas...
Reflexionó que tan solo con alterarse en demasía podía ejercer influencias sobre la electricidad y... ¿podría con algo más que con el cepillo del tocador? se preguntó... pero al saberse de nuevo mojada y con el flujo cálido fluyendo de nuevo, entendió que en ese momento lo único que le urgía era cambiarse. Limpiarse de toda esa horrible vivencia, de toda esa nueva humillación... limpiarse de pensamientos.
Se desnudó lentamente y se fue a la ducha. Tendría una larga noche, y todavía unas dos horas para poder comprobar... hasta donde llegaban sus límites. Si es que realmente los había.
