Chapter 3: Telequinesis
La conversación con Gregory Town, el director del instituto, todavía estaba muy reciente en la mente de la profesora de educación física, Rita Gibss, mientras le repetía una y otra vez que ciertamente aquella chica, Elsa White, parecía haber sido la primera vez en toda su vida, con diecisiete años, que había tenido una menstruación. Y, pese a la mirada incrédula del tosco director, (todo el mundo sabe que la menstruación suele llegar mucho antes en condiciones normales) ella no se retractó en ningún momento de lo que había dicho, ni de la seguridad que tenía de ello, a la vez que en su mente se le amontonaban y recapitulaban los recuerdos...
–No me mires con esa cara, jovencita, por favor. –Dijo Gibbs, al contemplar el rostro asustado, inquieto y todavía lloroso de Elsa White, recostada en sus piernas y abrazándola a medias–. Tienes que entender lo que te está pasando. Es algo normal en todas las chicas, no... no tiene nada de extraño. Ni de malo.
Elsa permaneció callada, tratando de tranquilizarse, su respiración estaba volviendo lentamente a la normalidad. Se encontraba moviendo los ojos un poco desesperados hacia los lados a causa de las múltiples imágenes que se encontraban resurgiendo en su cabeza, a medida que recordaba lo que hacía unos minutos había vivido, "¡ponte el tampón! ¡ponte el tampón! ¡ponte el tampón!" resonaba repetitivamente en su mente, como si se tratase de un disco rayado... y produciendo un efecto unísono que no se podía sacar de la cabeza, parecía como si realmente sus oídos lo estuvieran oyendo de nuevo, y era como hipnótico, ella estaba entrando en una especie de trance...
La imagen de esas chicas gritándole y burlándose se amontaban en su mente, acercando las caras y alejándolas, cambiando de forma, como si estuviera en una especie de pesadilla de un baile macabro de máscaras, mareándola, aturdiéndola, no sabiendo hacia dónde dirigirse para escapar... se sentía atrapada. La voz de la Sra. Gibbs la hizo volver de nuevo un poco a la realidad.
–Solo ponte esto. –Cogió un tampón del suelo, que los había en abundancia, lo desenvolvió y se lo dio–. ¿Sabes como hacerlo?
Y la ayudó lentamente y con delicadeza a incorporarse, sentándola en el suelo, mientras sus blancos y redondeados pechos se encontraban al descubierto porque la toalla estaba apenas posada en sus piernas, cubierta de sangre en la zona central. La miró... sin importarle demasiado ese hecho, porque no estaba en condiciones de pensar en nada en ese momento, y tras unos segundos, la profesora pudo ver... cuando la joven levantó la vista, la oscuridad que se escondía en los ojos de esa chica, oscuridad desgarrada... oscuridad profunda. Perdió la noción del tiempo por un momento al contemplar sus ojos por primera vez tan de cerca, y ante la negativa de Elsa con su cabeza, tardó unos segundos en reaccionar.
–Bien. Tienes que hacerlo así...
Después había llegado al despacho del director para comunicarle la incidencia, una vez finalizada las clases, y de nuevo Town se encontraba como siempre sentado en su sillón de cuero negro, mirando con torpeza algunos papeles, revolviéndolos inquieto. Enseguida notó el fuerte olor a café que había en el despacho, y se sintió un poco asqueada. Town que de por sí era un poco distraído, tardó unos segundos en darse cuenta de que ella se encontraba en la puerta esperando su permiso para poder entrar. Finalmente, se aclaró la garganta y el hombre levantó la vista.
–¿Puedo pasar? –le dijo con voz neutral.
El hombre dejó los documentos y la miró.
–Sí, pase. –Hizo una pausa mientras la profesora entraba tras asentir levemente y cerraba la puerta, y entonces continuó– ¿Ha ocurrido algo?
En su mente ya se empezaba a formar la teoría, pues con sus largos años de experiencia en la dirección del Preston School, sabía de sobra que cuando un profesor iba directamente a su despacho, lo más seguro es que siguiera la regla habitual, que era comunicar algún problema acontecido en las instalaciones. Llevaba ya al menos quince años dirigiendo Preston, y todavía no estaba curado de espanto. Tras ver lo que ocurrió entre el joven Henry Scott y Anthony Lowell, (uno le clavó unas tijeras en el costillar al otro) ya se esperaba cualquier cosa.
Aquel incidente causó un gran escándalo entre los padres de los alumnos y los demás profesores del colegio, siendo despedido el profesor que daba la clase en ese momento, y él también estuvo a punto de ser despachado, si no fuera porque nadie más hubiera querido ese cargo aparte de él, y porque se responsabilizó de los daños de la víctima, (que afortunadamente siguió vivito y coleando) y sus padres decidieron retirar la denuncia, a cambio de que Lowell fuera expulsado inmediatamente del colegio. Él aceptó... pues la familia Scott tenía mucha mano, demasiada. No pudo negar que un leve cosquilleo le recorrió en ese momento el cuerpo, al recordar aquello.
Pero por fortuna (según se mire) la profesora de educación física no venía a ser portavoz de ese tipo de malas noticias...
–Sí, y siendo breve, que se ve que está usted ocupado... –miró los papales amontados en el escritorio– se trata de Elsa White. Sus compañeras de clase, Christine Hamilton en su mayoría, la han bombardeado a... –vaciló un poco– tampones.
Town frunció el ceño, no había captado lo que le había dicho al instante. Tardó unos segundos en procesarlo. Pero la profesora siguió.
–Al parecer, a White es... la primera vez que... –intentó encontrar la palabra adecuada para que no sonara un poco raro– le viene su primera menstruación y...
Pero Town reaccionó en ese momento.
–¿Cómo dices? ¿La primera vez? ¿No es un poco mayor para...? –vaciló y gesticuló– Ya sabes...
–¿Su primera vez? ...Sí. Pero realmente lo era. –Hizo un gesto brusco–. Sé que es extraño porque tiene diecisiete años, y que no es común en las chicas de su edad, pero le aseguro que no tenía ni idea... de lo que le estaba pasando. Tuve que... bueno, explicarle el proceso.
El director cerró sus ojos un leve instante y se puso sereno de repente.
–Teniendo en cuenta quién es su madre. No es de extrañar. De no ser por la ley estricta de educación obligatoria a los menores de edad, ella insistió hasta hace dos años en educarla por su cuenta en su casa. Lo habría hecho, pero por suerte, sus exigencias no fueron amparadas. ¿Quiénes dice que fueron las causantes?
La profesora hizo una mueca antes de hablar.
–Tina Summer, Nora Bennet, Jane Tyler, Emma Blake... y Christine Hamilton.
Town puso los codos en la mesa, apoyó la barbilla en sus manos que juntó y meditó por un instante. No era la primera vez que esa chica había tenido problemas conflictivos, de hecho para lo único que iba al instituto era para batir su marca personal de reportes y de "tarjetas verdes", que era como se organizaban las acciones de los alumnos que después eran castigadas.
–He dispuesto una semana de arresto para todas ellas y...
–Ha hecho usted bien –la interrumpió Town–. Francamente ya estoy harto de aguantar a esa niñata inmadura y conflictiva además de soberbia, por el simple hecho de que su padre sea ese prestigioso abogado. Se cree la dueña del jodido colegio y no pienso permitir que se le dé ningún trato especial, y lo que han hecho, tanto ella como sus compañeras, ha sido un acto deplorable.
La profesora mostró una leve sonrisa. No esperó que a Town le importase tanto, aunque no le extrañó que estuviera harto de Hamilton.
–Pero conoce el procedimiento... –agregó dramáticamente el director– cada vez que se producen incidentes de este tipo, de agresión física e imagino que también verbal, debo llamar a las personas implicadas a testificar acerca de lo sucedido, aunque si le digo la verdad, me interesa hablar con esa chica, con la señorita Wright.
–White. –Corrigió Gibbs.
–White. –Repitió asintiendo el director–. ¿Puede decirle que venga a mi despacho en el receso mañana? no llamaré a las demás, con su palabra y con el historial que carga Hamilton y su panda de matonas, tengo más que suficiente para saber quién tuvo la culpa.
La directora asintió con un "por supuesto" levantándose de su silla...
–Espero que incidentes como estos, no se vuelvan a repetir jamás.
Salió y cerró la puerta, dejando al director con toda una montaña de papeles que todavía tenía que organizar.
Esa noche tuvo pesadillas. Oía las voces de todas ellas en su mente, con demasiada claridad, actuando como si se tratase de un susurro adherido a sus oídos, a su cabeza...
El recuerdo ya traumático de aquel abucheo cruel e inhumano (pero tan propio de todas ellas) se le materializó en su subconsciente de una forma que la hizo despertarse con un estridente grito, la respiración agitada y sudando un poco, a causa del calor que hacía en su habitación ese momento, pero ella rara vez abría la ventana o la cortina. Solo lo había hecho una vez... y fue porque tenía un poco de ansiedad a causa de una de sus sesiones de experimentos de su habilidad, aunque ella solía llamarlos "prácticas". Se había alterado tanto a causa del esfuerzo, que acabó sudando la gota gorda, le faltaba el aire literalmente y la única forma de volver a la normalidad era notar un poco de aire fresco para poder tranquilizarse.
Y ahora, de nuevo, se había repetido... otra pesadilla más que la arrancaba del mundo de los sueños, aunque por suerte esta vez no demasiado alejado de su hora habitual de levantarse. Así que lo hizo... y no le iba a venir mal, de hecho, en ningún caso, puesto que ahora menos que nunca quería encontrarse a su madre. No pudo aguantar las ganas que tenía de preguntarle por qué le había hecho hacer el ridículo de ese modo, delante de sus compañeras, al no informarla de algo que era aparentemente normal en todas las mujeres...
Pero tras abrir la puerta y entrar en casa, ante la mirada de su hija y su llamada de atención, Helen White no hizo más que ignorarla, en el preciso instante en que le preguntó.
–Mamá. ¿Por qué no me habías dicho que las mujeres tenemos la menstruación? No sabes la vergüenza que he pasado a causa de eso, comencé a sangrar en ese mismo instante y...
Su madre, con su gesto desafiante y desencajado de siempre, con su mirada ciertamente intimidante y que reflejaba a la perfección un desequilibrio mental importante, se iba acercando a ella...
–... realmente no sabía lo que me estaba pasando, no podía reaccionar, y tú debiste habérmelo dicho, yo...
Su madre, que terminó de acercarse, le propició un golpe en la mejilla y se quedó con la mano levantada. Elsa se agarró la cara y se tambaleó un poco. La miró con furia, mientras su madre, permanecía con el gesto inalterable.
–¡¿Por qué no me lo dijiste?! todas se rieron de mí y me arrojaron cosas.
En sus ojos ya comenzaban a acumularse las lágrimas de frustración... y en ese momento, su madre, con su voz un poco ronca, habló...
–Si no hubieras tenido pensamientos impuros... no habrías contraído la maldición de la sangre.
Elsa se quedó perpleja, aún agarrándose la cara a ratos. No podía creerlo...
–¿La maldición? ¡Mamá! es algo perfectamente norma, todas las mujeres lo tienen, tú lo tienes.
La mujer permaneció callada, y pasados unos segundos, comenzó a rezar. Se hincó de rodillas y alzó la voz al cielo, pronunciando un murmullo tras otro, que casi no se le entendía, pero sin duda alguna se trataban de oraciones... oraciones que no cesaban, ahora...
Elsa la miró contrayendo el rostro con un poco de repugnancia ante tal actitud, y entonces frustrada y haciendo una mueca de incredulidad, se marchó a su habitación a paso ligero. ¿Realmente su madre consideraba aquello una maldición?
Ella cerró la puerta de su habitación haciendo contacto físico... era de noche, y tras cenar y terminar otro de sus múltiples vestidos (también sabía confeccionar como su madre) uno de color cereza y de la largura que su madre le permitía (aunque lo odiaba) se dispuso a quitarse la ropa y a ponerse su largo camisón blanco, el que usaba para dormir. Estaba todavía meditando los sucesos de las duchas, y de lo que esa tarde tras ducharse había hecho, hasta que el dolor de cabeza se hizo presente. Quizá era el momento de volverlo a intentar.
Se acomodó en su mecedora... cuyo ruido al moverse la tranquilizaba, y cerró los ojos... solo tenía que doblar su mente para conseguirlo... trató de concentrarse. Miró el cepillo que estaba encima de su tocador... y lo miró fijamente. Luego más fijamente. Alzó su mano para ayudarse, y trató de sentir esa sensación...
A medida que aumentaban los latidos de su corazón y su respiración se agitaba, consiguió apenas alterarlo un poco, agitarlo, como si se tratase del movimiento ocasionado por un terremoto... y todo paró de golpe. Suspiró. Realmente no podía concentrarse con todo lo que había vivido... y el recuerdo de Anna Green entre esa muchedumbre la desconcentró aún más. Ella... ella había participado... había participado en eso. Bajó la vista, cerró los ojos... se meció.
"Y qué esperabas..." pensó, mientras poco a poco, se iba quedando dormida.
Town la estaba esperando en su despacho, apenas a unos minutos del comienzo del receso. Tímidamente, la joven rubia golpeó la puerta. Desde el interior resonó la voz del director, que enseguida le dio el permiso de que pasara adelante. Ella abrió la puerta lentamente...
–Oh. Wright, eres tú. –Sonrió levemente, y con torpeza. No se le daban demasiado bien esas cosas.
La chica se quedó de pie... parada frente a él, inquieta y mirándolo a ratos, hasta que le sostuvo por un tiempo decente la mirada. La desviaba y lo miraba... y al mismo tiempo se tocaba un poco el brazo, el director al ver aquello, decidió preguntar...
–¿Te pasa algo?
Ella hizo el amago de negar, pero finalmente no lo hizo.
–Es White. Me llamo Elsa White. –Dijo con decisión y se sentó, mirando al despacho un poco inquieta y moviendo su pierna.
El director se sintió un poco conmovido... ¿sería que esta chica se había visto influenciada por su madre?
–La señorita Gibbs debe estar a punto de llegar... ella me ha contado lo que ocurrió ayer en el vestuario...
En ese instante sonó la puerta. Town dio el permiso y la cabellera cobriza de Gibbs asomó por la puerta.
–Lamento llegar un poco tarde. Hola... Elsa.
La chica la miró y levemente le sonrió... era la primera vez que había visto a esa chica sonreír en toda su vida. Hizo un gesto confuso y se sentó a su lado, en la otra silla.
–En realidad Wright acaba de llegar hace un momento, no se preocupe. –Dijo con tranquilidad– le estaba comentando lo del incidente, seguramente ella tenga que decirme algo más acerca de como se originó, ¿no es así, Srta. Wright?
Elsa permaneció en silencio por unos instantes...
–Me arrojaron cosas. Todas lo hicieron.
Town no pudo disimular que se vio impresionado acerca de los "cambios" de tonalidad y de comportamiento que tenía la chica, empezando a preocuparse seriamente de si ella... estaba o no influenciada por su madre, si eso la había trastocado. Pero no, Elsa era un poco tímida y acostumbrada a lo antisocial, a causa de todo el aislamiento que había vivido, y que vivía, pero tenía sus facultades mentales intactas...
El director murmuró algo ininteligible y después continuó...
–¿Chris Hamilton y sus matonas?
La chica dudo un poco antes de responder, pero finalmente asintió, parcialmente... y, Gibbs de nuevo se aventuró a decirlo por ella, explicándole bien lo que vio y de lo que gritaban, muy por encima.
–Entiendo. Le aseguro que nos encargaremos... puede ir tranquila a su receso, Srta. Wright.
Elsa, que llevaba un tiempo ya mirando fijamente al cenicero que se encontraba encima del escritorio de madera del director, mientras Gibbs le explicaba lo sucedido, levantó la vista, y miró al susodicho.
–¡Es White! –dijo, y al instante, como si el cenicero se escondiera de su estridente grito, se precipitó al suelo con rapidez y precisión, machando la alfombra verde y negra que se encontraba debajo, perfectamente extendida, de cenizas y de restos de cigarrillos. El director la miró e hizo una mueca de sorpresa.
–¡Oye!, comprendo que lo has pasado mal, pero eso no...
La profesora de gimnasia le hizo un gesto...
–Mmmpft... puede retirase por favor.
Elsa, sin decir nada, se levantó y antes de que la profesora le pudiera acompañar hasta la puerta, (realmente se sentía con deseos de amparar a aquella chica) se dio media vuelta y al mismo que salía y pasaba por al lado del expendedor de agua, éste explotó limpiamente.
Caminaba por los pasillos tras salir del despacho del director... y de nuevo iba de camino hacia la biblioteca, seguramente no habría otras opciones posibles, aparte de pasar otro receso más allí. Podría documentarse... acerca de lo que estaba haciendo, acerca de su habilidad. Sí. Eso haría...
En ese momento Tommy Snell, que se estaba preparando para la clase de gimnasia que había a continuación (dos días seguidos había coincidido en el horario) en los vestuarios, sin camiseta y a punto de ponerse el bañador, (pues practicaría durante el receso para entrar en calor y en dinámica) pensaba en si debería proponerle a Anna salir un poco más formalmente, presentársela a sus padres... llevaba poco tiempo saliendo con ella, al menos poco para eso, unos cinco meses, pero realmente la chica pelirroja había causado estragos en él, y de todas formas la invitaría al cine o al teatro...
Había pasado poco tiempo con ella últimamente, y deseaba acercar posiciones un poco más seguido. No sabía lo que le iba a responder la pelirroja si finalmente se atrevía a proponérselo, (por todo el tema de que ahora eso está pasado de moda, y tal...)
Sabía que Anna no era como las demás. Una mente brillante entre tantas en bruto. Pero aún así... sabía que esa inteligencia le haría reconsiderarse si realmente estaba preparada para aquello, y las ventajas e inconvenientes, al mismo tiempo, que causaría y...
"Espera, espera, Tom... conoces a Anna, estás saliendo con ella desde hace tiempo... no sabes lo que te responderá, pero desde luego, ella no es tan frívola". Se dijo para sí mismo, saltó a la piscina y comenzó a nadar para despejarse las ideas.
Elsa odiaba esa clase con toda su alma... no le gustaba demasiado el voleibol acuático, pero en ese momento ya se encontraba ahí, cambiada, con el bañador enterizo... y aún su pelo suelto. No se había puesto aquel odioso gorro reglamentario. Observaba con disimulo a todos los chicos y chicas que se iban acercando, a falta de unos minutos para la clase, y entonces vio a Tom. El chico perfecto... y cerró los ojos. Cómo Anna Green no iba a estar saliendo con él. Era un buen atleta, inteligente, su familia tenía buena posición social y atractivo físicamente... pero sin embargo y sin causa justificada todavía del todo por ella, había algo que no le cuadraba de él, y que la intimidaba en cierta medida. Al sonar la campana de que en unos instantes se iniciaría la clase, él se aproximaba a grandes y maestrales brazadas hacia el borde de la piscina, mientras Elsa lo miraba disimulamente, y entonces volvió a tirarse a la piscina.
En ese momento, mientras ella hubo caminado un poco para alejarse, al darse la vuelta y al levantar la vista, se encontró un poco a lo lejos con Anna Green. Observaba a Tommy, que todavía no se había percatado de su presencia... y el corazón comenzó a latirle más deprisa. Sus sienes comenzaron a latirle fuertemente como si sacudieran su cabeza, como si su corazón se hubiera instalado ahí. Todo se había vuelto un poco más negro alrededor, sus ojos y su campo de visión enfocaban exclusivamente a Anna, atenuando lo demás. Y, sin esperárselo, o como si esas vibraciones le llegasen también a ella, distraidamente fue moviendo su cabeza... hasta que posó sus ojos en ella. Se miraron. Elsa no alteró su gesto, como si estuviera "conjurando", y Anna pasó de estar sonriendo levemente (por estar mirando las tonterías de Tommy) a entreabrir la boca. Era la primera vez que se miraban. De forma casual y en general... aquello duró unos segundos, y entonces otra estridente campana hizo romper el "trance" que se formó en ese instante, más otras voces, y la voz de lo que parecía ser el profesor...
Anna tras parpadear un poco y ladear su cabeza, sonrió levemente de nuevo ante el saludo de Tommy, Elsa los seguía mirando fijamente, y entonces el chico, aún mojado, agarró a Anna de la cintura con delicadeza y la besó en los labios. Como un beso de película, ella posó sus manos en su cara, y le correspondió. Elsa estaba medio de lado observándolos, y entonces cuando Tommy hubo terminado de besarla, la miró, y ella, instantáneamente, dio un giro brusco hacia todo su cuerpo, (cual bailarina profesional) dándoles la espalda secamente, y provocando que su pelo se revolviera un poco a causa de la brusquedad. La había pillado por sorpresa y en trance que la "descubriera" mirándolos. Pero realmente no lo planeó...
Tras eso y con su toalla en la mano, caminó y se retiró a los vestuarios. Su equipo estaba separado del de Anna.
Finalmente después de clases Tommy se decidió por invitarla a salir, y ella aceptó. Se habían encontrado hacía unos minutos, y se habían saludado tiernamente, casi repetitivamente... pues llevaban una relación un tanto "simple", parecía que todo era hablar y unos cuantos besos casuales y nada más. Tommy la había invitado al cine y después a tomar algo en algún restaurante de moda de la ciudad, y después ahí se plantearía si decírselo o no... pero, lo que Anna le dijo mientras cenaban en un Mc Donnalds, lo sacó completamente de todo pensamiento distinto.
–Quiero que invites a Elsa White al baile de graduación.
Él paró de comer su hamburguesa... y se quedó con la boca abierta, literalmente, con ella todavía cerca de su boca.
–¿Qué? –dijo con una risita. Pero Anna lo miró con seriedad– Estás de coña, ¿no?
Más silencio...
–¿A qué viene eso de que invite a Elsa White al baile? ¿No se supone que íbamos a ir juntos?
–Hice o dejé hacer algo, que es casi lo mismo, que no estuvo bien. Y ahora...
–¿Qué dem...? –iba a decir "demonios", pero rectificó– ¿Qué hiciste?
–Es algo incómodo, Tommy. Pero a rasgos resumidos, ella fue abucheada en las duchas ayer, yo estuve allí y no hice nada para impedirlo. De alguna forma... creo que le debo algo, que debo compensarla.
–Ya. Pues compénsala tú. –Dio el primer mordisco a su hamburguesa.
–Oh, vamos –respondió, gesticulando con ironía– No querrás que la invite yo al baile, ¿no? Hasta donde sé no dejan ir a dos chicas. –Hizo una pausa– Tommy. Sé que esto no te incumbe, lo sé, pero te pido que lo hagas por mí, ese baile... es el deseo de cualquier chica, es... como algo mágico, y yo deseo... compensarla, es lo mínimo que puedo hacer y...
–En primer lugar: es disparado. En segundo lugar: Tenía pensando ir contigo, y en tercer lugar... ¿Quién demonios garantiza que Elsa White quiera venir conmigo?
Ella soltó una risita.
–Oh. Creo que le gustas. Me he fijado... en cómo te mira. Además... le gustarías a cualquier chica, eres un chico popular, guapo, gentil...
Ella comenzaba a sonreír, siempre le manipulaba de ese modo.
–Espera, espera, espera... no pienso ceder de nuevo a eso. Sabes que es cierto lo que digo, y no me considero tan atractivo como dices.
Succionó su nariz y puso gesto cómico.
–Tommy, si me amas... hazlo. Como favor personal...
Él la miró con seriedad.
–¿Y tú? –parpadeó.
Ella suspiró y se agarró la cabeza, luego se frotó la cara.
–No sé... supongo que me quedaré en casa.
–Sabes que es absurdo. –Su tono era directo.
Ella hizo un leve silencio...
–Puede, pero... siento que debo hacerlo, no sé... no soy capaz de pensar con claridad. Aquellas imágenes de esas chicas diciéndole todas esas cosas y de ella tirada en el suelo llorando y gimiendo... me nublan la mente. Fue realmente horrible.
Tommy suspiró.
–... Está bien... lo intentaré. Pero no me digas nada si después ella NO acepta venir conmigo... ¿estamos?
Ella sonrió, se levantó y lo besó levemente.
–Insístele un poco. Como comprenderás no será fácil para ella. Aceptará, ya lo verás.
Tommy negó inseguro, pero finalmente Anna bromeó, y siguieron cenando... la velada terminó bien y en paz, pero ahora se le venía algo relativamente complicado entre manos... invitar a Elsa White al baile de graduación porque se lo había pedido su adorada novia, no era algo que él hubiera considerado como conversación estrella aquella noche. Pero se lo había prometido... ella iba a rechazarlo, con lo cual... él había cumplido, habría quedado en paz y podría continuar... Aunque eso no fue del todo así.
Se miró al espejo... sus ojos azules brillaban más que nunca. Habían desaparecido considerablemente las ojeras y la oscuridad que comúnmente tenía bajo sus ojos, y mientras se cepillaba el cabello, contemplaba por primera vez seriamente su rostro. No podía quitarse de la cabeza aquella mirada, la mirada de Anna Green. Se encontró sonriendo levemente... e incluso el propio reflejo de su espejo sonriendo la asustó, y sonrió de nuevo al darse cuenta de que era su propio reflejo...
"Hoy tienes una gran tontería encima, Elsa" pensó para sus adentros, y se sentó en la mecedora, de nuevo... todas las noches, o al menos la gran mayoría, ella practicaba con su poder, y esa noche que estaba particularmente... ¿cómo se dice? ¿a gusto? iba a ser una oportunidad especial.
Alzó sus manos... cerró los ojos y miró fijamente al cepillo... subió. Bajó. Subió. Bajó... lentamente y como si tuviera una "varita" invisible en sus manos para dirigirlo. No le costó demasiado esfuerzo. Después decidió probar... con algo más pesado. El tocador. Nunca había probado con el tocador...
"Quizá..." pensó, y poco después volvió a cerrar los ojos, a tratar de sentir esa sensación, a sentir las vibraciones de sus sienes, el corazón por todo su cuerpo y las pulsaciones a mil por hora... comenzaba a sentirlo, a sudar, a latir más deprisa... sus ojos continuaban cerrados, y una vorágine toda junta a medida que pasaban los segundos, la invadieron, sus pulsaciones, sus sienes, su calor corporal... todo se hacía más fuerte e intenso como si se tratase de un ruido que primero comienza bajo y después va subiendo cada vez más, hasta que cuando sintió que llegaba a los límites, apareció por un momento, de nuevo, la mirada de Anna, atenuada en negro, dejando solo un círculo hecho a medida de su ángulo visual, como si estuviera mirando a través de sus propios ojos fuera de ellos. Eso la descentró tanto que abrió los ojos de golpe, al mismo tiempo que bajó sus manos, comenzó a suspirar agitada, muy agitadamente, sudaba a mares y la cómoda cayó en seco provocando un gran y estrepitoso estruendo.
Pasaron unos segundos hasta que se dio cuenta... había conseguido levantar la cómoda, ella... lo había conseguido en nada de tiempo. Sin tener que concertarse demasiado... sacudió su cabeza. No puede ser, se repetía...
"Tienes que calmarte... ha sido... un golpe... ¿de suerte?" pensó, y enseguida se sintió cansada, muy cansada, pues el esfuerzo había causado estragos. Se fue a la cama... y cayó dormida de inmediato, sin meditar conscientemente que ese golpe de suerte... como ella lo había llamado, tenía ciertamente nombre y apellidos.
