Chapter 4: Invitación

Sin poderlo evitar, ella desviaba su vista hacia donde realmente consideraba una falta de respeto mirar. (Además, la intimidaba un poco. ¿Acaso tenía derecho? Era un completo despropósito...) Pero el cuerpo perfecto de Anna Green (incluso viéndose parcialmente, porque la toalla larga que llevaba extendida en sus brazos le llegaba hasta los pies) la atraía, la... la llamaba... no podía evitarlo, observarla ahí, mirando a ese tipo, (¿le había llamado "ese tipo"?) y que encima parecía estar admirándolo y... solo a él, en ese momento...

Tanto, que esa sonrisa sincera se le dibujó en sus comisuras, y en ese momento el mundo parecía iluminársele cuando él ni siquiera se había dado por aludido, de que esa mirada verde lo estaba observando con esmero, con... con... ¿pasión?

...No... no podía ser con pasión... era... era una mirada más de... de simpatía. Sí, eso... simpatía. ¿Pero acaso ella había sentido simpatía por alguien como para saber si era eso?

"Bueno, sientes simpatía por Anna Green". Pensó, y entonces... entonces... "Espera... ¿qué? ... ¿Acaso tú mirarías a tu pareja nadar sin camiseta con 'simpatía'?", "¡No! no me refiero a eso, es simplemente que... que..."

Anna comenzó a caminar en su dirección... y, sin más, dejando a Tom Snell a un lado (la verdad es que más bien fue engullido por una ola difusa que lo hizo desaparecer todo a su alrededor; tanto él, como la piscina, como el instituto, como todo) sonriendo con picardía y... con pasión, se acercaba, mientras un nivel alto de aturdimiento y parálisis la rodeaban, entonces ella, como si estuviera programada específicamente para hacer eso, la cogió de la cara con una mano, y la calidez se apoderó de su cuerpo, la parálisis, el hipnotismo... sonreía con sensualidad entremezclada de picardía y pasión al mismo tiempo, y entonces se aproximaba a sus labios, cerraba los ojos sin abandonar esa sonrisa, automáticamente sus ojos azules se también se cerraban suprimiendo todo lo demás, sintió como su alma se le escapaba, y...

¡RING! ¡RING! ¡RING!

Dio casi un brinco de la cama, que casi la hace volar de la misma. Su respiración era sumamente agitada, tanto, que incluso cayó un libro que tenía sobre su tocador. Se agarró la cabeza, cuando hubo vuelto un poco en sí...

¿Qué demonios había sido aquello? Ella... Anna Green, Elsa había soñado algo extrañísimo acerca de que Anna Green la besaba (estuvo a punto) y no sabía por qué, de hecho no entendía nada. En ese momento se sentía totalmente ida de toda conexión coherente con su cerebro, y se estaba haciendo presente algo en ella que no conocía. Pero el reloj marcaba las 7:00 y era hora de levantarse. Al hacerlo, miró el libro que se había caído, con algo de aturdimiento todavía (aunque la sacudida al despertar del sueño la había despertado bastante) se levantó y lo cogió del suelo. Lo miró por un momento y lo volvió a poner en el tocador, dejando la mano posada en la portada, y de nuevo sin querer, otra ola de aturdimiento entremezclada con otras cosas que desconocía, volvieron a apoderarse de ella. No entendía nada. No podía pensar que ciertamente su subconsciente estaba más informado que su parte consciente, aún era quizá demasiado pronto como para solucionar aquella confrontación en su interior.

Ahora, su máxima prioridad, se repetía, era olvidar todo aquello, ducharse, vestirse, desayunar... Lo que era la rutina diaria en acción. Pero esta vez, las gotas tibias de agua cayéndole por el cuerpo, la hacían de nuevo entrar en ese trance alucinógeno en donde de nuevo se dejaba llevar por la misma sensación del sueño...

Y entonces cambiaba el grifo de posición y lo dejaba un rato en agua fría para alejarlo, pero no lo conseguía por mucho tiempo. Así estuvo el desayuno, que incluso cuando pasó su madre por allí (iba a trabajar algo antes, a veces lo hacía por tener más trabajo acumulado que solventar) ni siquiera se asustó, ni se dio cuenta, ni la saludó, ni se hablaron... eran dos desconocidas: una anonada comiendo una tostada mirando a un punto fijo (no muy claro) y totalmente en otro mundo; y la otra, peor aún, aunque no demasiado alejada de la anterior, alejándose por la puerta como si realmente no hubiera visto una cabellera rubia desayunando por ahí, y que ésta casualmente además, llevaba sus genes. Eso daba igual ahora... Lo que importaba...

Soltó su tostada de golpe. "¡Joder!" pensó mientras se terminó de beber a toda prisa su café casi entero, dio un último mordisco y salió a toda pastilla de la casa. Se había anonadado tanto que ni siquiera se percató de que veinticinco minutos en la ducha, más diez en vestirse, más otros cinco en peinarse y otros veinte en "desayunar", sumaban más de una hora, ¡y ya estaba llegando tarde!

Corrió prácticamente hasta donde podía su sprint mañanero (y el general, para qué vamos a engañarnos) pues más o menos eran diez minutos para llegar andando, así que cinco ó seis si corría muy fuerte para llegar al Preston School, y ya sabía que estaba retardándose de antemano, por mucho que corriera. Y esos ojos verdes de nuevo en su mente. "¡AG! ¡TODO HA SIDO CULPA DE ESO!". Pensaba con rabia, pero una rabia... ¿cómo decirlo? una falsa rabia...

Tras unos seis minutos aproximadamente llegó a Preston, ahogándose desproporcionadamente y jadeando. Corrió por los pasillos, ya vacíos, y, se paró en seco en la puerta de su clase. Realmente iba a pasar un ridículo espantoso ahora, y lo sabía. Vale, quizá ya estaba acostumbrada... pero a nadie le apetece.

Vaciló unos instantes. Ya que se había levantado... no podía irse ahora, si con suerte no cerraron las puertas, debía hacerlo, pero... ella estaría ahí, en esa misma clase, aunque nunca se hubiera percatado de su presencia porque Anna Green siempre se ponía en la primera fila y ella en la última (la clase era amplia) pero de todas formas iba a estar ahí... y "Venga, vamos, Elsa. Estás perdiendo incluso más tiempo aquí, vamos... ¡toca de una vez la puerta!" y la potencia con la que dobló su mente tras pensar eso, hizo que un fuerte aire momentáneo la moviera.

El profesor de historia, Robert, paró su discurso tan aburrido, se disculpó con sus alumnos con su típica cortesía y se dirigió a la misma. La abrió, extrañado. La cara avergonzada de Elsa White ni siquiera se había atrevido a mirarlo a los ojos...

Pero él sí la miró a ella, la miró de arriba abajo, contemplando su pelo largo rubio suelto y con algunas ondulaciones, su falda como siempre larga y una sudadera un tanto descuidada. Pero en lugar de echarle la bronca como ella había esperado, tan solo le dijo... "Llegas un poco tarde, ¿no?". Y ella se mordió las uñas... con delicadeza. Y todavía sin mirarlo.

–Anda. Pasa. –Extendió su brazo.

Ella lo miró por unos segundos parpadeando varias veces, y entró vacilante...

En cuanto el profesor hubo cerrado la puerta, ya sentía como las miradas de los "aplicados" alumnos se clavaban en ella, aunque ella ni siquiera sentía valor en ese momento como para buscar la mirada de Anna Green, que debía estar tan atenta como los demás (o no, ella era diferente), aunque la clase no era tan ancha, en ese momento le pareció el palacio real.

Finalmente llegó a su silla de siempre... había adoptado ese sitio como suyo, además le permitía ver toda la clase... y en cuanto se hubo sentado, en serio iba a empezar a buscar con la vista, de hecho lo estaba haciendo, pero la voz del profesor la interrumpió.

–¿Alguien puede leerme lo que ha recitado? –miró a los alumnos–. ¿No? ¿Nadie? –Siguió mirando, y entonces la divisó–. A ver, White, usted.

Ella levantó la vista, enseguida todo se le había venido abajo.

–¿Puede venir aquí al frente de la pizarra y recitarnos lo que ha escrito?

Tragó saliva. Vaciló. Ese era el momento de levantarse, claro está, pero... no se le movían las piernas. El profesor insistió, hasta que ella, con demasiado trabajo, y tras parpadear inquieta a izquierda y derecha, se levantó de la mesa poniendo las manos en ella, como si la silla la atrapase y necesitase ayuda.

Caminó con su libreta en la mano... y ya sentía las risas expandidas a poca intensidad a medida que caminaba al frente, pero trató de obviarlas... aunque fuera imposible. Deseaba con toda su alma que aquello pasase cuanto antes. Ni siquiera miró al frente... solo al profesor, cuando éste le dio permiso para que hablase con un ademán, ella tan solo se enfocó en el verso que había escrito en su libreta.

No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día,ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil,y diez mil a tu diestra; Mas a ti no llegará. Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos. Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación. No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos.

Se quedaron todos en silencio por algunos segundos... mientras que ella se iba volviendo a la realidad y de nuevo a ponerse un poco nerviosa. Finalmente el profesor habló...

–Vaya, la verdad es que hubiera preferido un verso de "El muñeco diabólico", aunque ya que estamos, este también puede dar el apaño.

Y todos rieron.

Tommy, que había escuchado atentamente aquel versículo, y totalmente en contra de la falta de respeto que un profesor estaba mostrando con una de sus alumnas, (además sin motivo alguno) no pudo resistir las ganas de poner un poco de orden ante la insolencia del viejo.

–Qué asqueroso... –murmuró entre dientes. Y las risas lo amortiguaron.

El profesor le miró.

–¿Cómo has dicho? -lo inquirió, casi, al verle su rostro serio.

–He dicho hermoso. Lo que ha leído me parece hermoso.

El profesor lo miró haciendo una mueca, sin disimular que no entendió del todo por qué decía eso, pero decidió callarse, y entonces Elsa se dirigió a su asiento de nuevo, lo más rápido y al mismo tiempo más disimuladamente que pudo, sin poder evitar mirar muy de reojo a Tommy Snell, que sin entender todavía el motivo, la había defendido ante aquella falta de respeto infundada...

El chico realmente lo había hecho con sinceridad, aunque tampoco hay que negar que también se estaba ganando puntos con Elsa White para cumplir la casi promesa que le hizo a su pelirroja e inteligente novia...

Aunque eso supusiera tener que hacer o decir cosas que no quería posiblemente, pero en esta ocasión le había salido del alma. ¿Sería que realmente Anna tenía cordura y era una buena idea lo de invitar a Elsa al baile? Y si era así... ¿por qué demonios se había quedado ella en casa en lugar de dar, ciertamente, la cara? Lo había metido en un buen marrón... y ahora tenía que salir de él.


Eran aproximadamente las 12:00 de la mañana, y Elsa se encontraba, para variar, en la biblioteca. Vagaba de nuevo por aquellos pasillos, pero esta vez no estaba buscando simplemente "algo" para leer, esta vez estaba buscando "lo que tenía que leer".

El día anterior no había tenido tiempo finalmente de documentarse, entonces pensó que ese era un buen momento, ya que casi tenía una hora en el receso, y ero era ciertamente tiempo de sobra, teniendo en cuenta que ella para esas cosas solía ser rápida, y certera.

Pensó que sería más rápido buscar información por ese "trasto" como ella lo llamaba, y por el cual había observado a veces tantas cosas... aunque siempre había preferido los libros. Sabía cómo funcionaba de la forma más básica, pues como se pasaba todo el rato en la biblioteca, día y por poco también noche, había tenido tiempo de sobra como para observar a los chicos (y algunas veces, chicas) encenderlo y pasar las horas muertas y a escondidas mirando películas pornográficas, de las cuales a ella le daban mucho pudor, (dado que, como sabemos, su madre era demasiado estricta con esos asuntos, y NUNCA la dejaba contemplar nada relativo. Eso explica bastante bien, por qué no tenía ni idea de lo que era la regla) y en una ocasión, Stuart Porter y su grupo de amiguitos macarras, le habían dicho...

–Pst. Eh, tú, la de azul. ¿Te gustan estos pechos?

Y habían girado la pantalla con esas risas burlonas e iluminadas en sus rostros, mientras la actriz gemía desenfrenadamente, mientras brincaba encima de... bueno, creo que es mejor omitir esa detalle que se sobreentiende.

Aquello le dio tal repulsión que giró su cabeza tan rápida y certeramente que casi se hace una contractura, poniéndose roja como un tomate, haciendo que se levantase de la silla con ciertamente arcadas y tratando de sacarse esa absurda imagen de la cabeza. Ni con el mejor libro... aunque siempre había sido fuerte. Había vencido la tentación, a aquél "demonio rojo", como siempre le decía su madre, aquel demonio rojo que olfateaba las feromonas, el deseo carnal... la tentación... la excitación. Al recordarlo, un enorme escalofrío le recorrió todo su cuerpo, y una pequeña punzada le invadió su bajo vientre. Se enrojeció. Era momento de olvidarlo.

Aquellos chicos (y ciertamente algunos más) le habían dado al botón más grande de lo que ellos llamaban "torre" (aunque ella no entendiera en qué demonios se parecía eso a una torre) y después el ordenador se había encendido sin problemas. Tras mirar un poco a aquella cosa dudosa, buscando ese botón con el que encenderlo, finalmente lo encontró. Le pulsó, y se sentó en la silla. Su cara era blanca como la leche, con unas leves sombras rosadas en sus mejillas. Su expresión, tímida y al mismo tiempo como asustada, y sus ojos azules ciertamente ya casi sin notársele esa leve sombra debajo de los ojos, también llamado ojera... su pelo rubio brillaba un poco más que de costumbre, y sus ondulaciones estaban más pronunciadas y perfectas que en mucho tiempo. Elsa White, como seguramente advertiría Tommy Snell un poco más tarde, no era como le había oído decir a sus "amigos" en algunas ocasiones.

Buscó en el navegador... tras morderse un poco las uñas y mirar hacia los lados, con bastante torpeza: "mover objetos con la mente", y le habían salido múltiples vídeos, múltiples artículos, imágenes, noticias... de todo. Aquello le parecía en ese momento como las puertas del cielo, que tantas veces había oído mencionar a su madre.

Un chico moreno se había sentado a su lado. Miró un poco, con cierta curiosidad y ceño fruncido lo que Elsa estaba viendo tan entusiasmada y con esa leve sonrisa alucinada en su rostro, pero no entendió demasiado bien. Elsa seguía... viendo aquel vídeo proveniente de Youtube titulado "El poder de la Telequinesis" y en ese momento, al ver a lo que parecía ser una especie de mago pasar las páginas de un libro sin tocarlas, se dio cuenta de que no era la única que podía hacer eso, había más gente con la habilidad llamada... telequinesis. Sonrió. Realmente aquello la había iluminado...

Y siguió mirando. Otro artículo, de personajes famosos con esa habilidad, de cómo controlarlo, de cómo practicarlo sin excederse de los límites, de algunas características, de las posibles causas por los que podría originarse... y datos relativos. El chico se le acercó por la espalda mientras ella divisaba un vídeo, y prácticamente no se estaba dando cuenta, hasta que el chico alargó la mano con cierta timidez hacia su ratón.

–Se puede ver mejor en pantalla completa, mira, es aquí...

Y le había dado, retirándose después.

En pantalla completa sus ojos se le iluminaron aún más... casi parecía estar en tres dimensiones. Y así pasó casi el resto del receso...


Cuando apagó el PC tras haberse documentado lo suficiente, era la hora de almorzar. Todos los alumnos se habían dirigido hacia el lugar en donde se repartía la comida, y habían salido de allí con sus bandejas, cuyos alimentos en la misma no eran más que un puré y un zumo. Ella se preguntaba a veces si aquellas cosas estaban caducadas. No le gustaban nada... pero no tenía otro remedio. Tenía que comer... y así lo había hecho. También fue con su bandeja azul a buscar a la cocinera, la cual parecía una rusa con bastante mala ostia, y más los rumores que circulaban de ella, sentía náuseas cada vez que tenía que comerse algo suyo.

Había oído que un chico le manifestó hace unos años su descontento con la calidad de aquella "comida" (lo había dicho entre comillas con las manos) y que al día siguiente ella le había dejado algo "especial" para el joven Sanders, y aquello fue nada más y nada menos que una manzana podrida y un puré lleno de moho.

Naturalmente sus padres denunciaron al instituto, pero por fortuna el Sr. Town había sabido sobrellevar la situación, había compensado al joven Sanders con unos cuantos almuerzos y desayunos gratis, y algunas cosas más...

Ya lo habían proclamado, "la mente de hielo", por cómo sobrellevaba las situaciones límite. En realidad, era el mejor director que el Preston School podría tener jamás. Elsa había sonreído brevemente al recordar todo aquello... y ya se había acomodado en una mesa, sola, y había comenzado a comer aquél espantoso puré de verduras... tratando de no vomitar ahí mismo. La comida era algo que, sin duda alguna, tenían que mejorar. Pero ya nadie se atrevía a decirle nada a la ogro, (así le apodaban a la cocinera) y ella, pues muchísimo menos. Tan solo debía aguantar... después se comería el bocadillo que algunas mañanas metía en su bolso, por si realmente aquella comida era más infumable que de costumbre. Y pensaba que aquella vez podría ser buen momento...

Tiró su bandeja a la basura. Casi entera. Se había rendido. No podía comer aquello...

"Ya me las apañaré", pensó. Y se dirigió hacia su mesa de nuevo, esta vez con un libro gordo, de unas 500 páginas aproximadamente, de las cuales ya había leído la mitad, y se enfrascó en él... con la facilidad que solía tener, ya que como había llegado unos minutos antes que los demás, el comedor se encontraba aún medio vacío.


–Es una estrategia más eficaz si jugamos con dos delanteros centro y con un media punta.

Había dicho Jason Smith, uno de los jugadores del equipo de fútbol.

–Yo veo mejor lo de la formación 4-4-3 y un falso 9, porque ya sabéis que David se ha lesionado, y no tenemos a otro con sus capacidades por el momento.

Respondió otro miembro del equipo, mientras gesticulaba como si realmente aquello fuera un asunto de vida o muerte.

Todos estaban sentados uno al lado del otro en la mesa del fondo, debatiendo sobre la próxima estrategia del partido de fútbol que tenían contra el instituto del pueblo vecino, y que tenían además una buena reputación. Estaban en semis y no querían desaprovechar la oportunidad de traer un trofeo a su instituto, el primero. Antes el equipo de fútbol era una pena... pero ahora, con la incorporación de David Bennet, de Alex Norton y del propio Tommy Snell, éste había mejorado considerablemente. Incluso el portero, que antes era un coladero, ahora ya se le había apodado "Benji".

–¿Y tú, Tom, qué opinas al respecto? eres uno de los mejores que tenemos, tienes que saber... ¡eh! tío, ¿estás o no estás? –Alex Norton le tocó con el codo con cierta brusquedad, y entonces Tommy Snell volvió en sí.

Había estado pensando todo el tiempo en cómo entrarle a Elsa White sin salir vapuleado, pero no conseguía ninguna teoría coherente... había alzado la vista para mirar la cara algo enfadada de Norton, y justo en ese momento, al desviar un poco la vista, vio la silueta inconfundible de "su chica". Su pelo suelto, largo y rubio con esas ondulaciones, su falda larga y sus libros entre los brazos, no dejaban lugar a dudas. Era ella.

Se levantó sin mirarlos y se disculpó apresurado. Sabía que Elsa White era como una estrella fugaz.

–Hablaremos en otro momento. Ahora tengo que irme. Y corrió.

Elsa se había sentado en el otro salón, pues el Preston recogía a muchos alumnos, debido a que era el instituto más grande de los alrededores y algunos pueblos de por allí ni siquiera estaban provistos de uno. Por tanto, a veces de tantos y tantos, no cabían todos en un solo hueco.

Sacó su libro de lectura, de nuevo... y comenzó a leer. Aunque realmente no le daría tiempo de sumergirse en su libro.

Tom entró a los pocos segundos, parando entonces sus rápidos pies... éste es, pensó, el momento de marcar un gol por toda la escuadra. Un gol de oro. Un penalti que dé una Champions League, el 'Torneo de juveniles' que estaban dispuestos a ganar...

Eso, comparado con lo que ya estaba condenado a vivir, era una tontería con la magnitud de lo que tenía enfrente. Elsa White... la chica más extraña de todo el instituto. Era más difícil saber lo que estaba pensando que el astuto portero que casi siempre conseguía leerle sus intenciones en un penalti, o ese defensa que tanto lo sacaba de quicio... ella era... ciertamente una chica muy extraña. Pese a que no había querido escuchar los rumores de sus compañeros, aunque casi todos fueran que su madre estaba loca, y ella, por consiguiente, también. Tragó saliva, y un poco vacilante, se acercó... pensó en Anna. Se lo había casi prometido... y él era un chico de palabra.

Elsa seguía leyendo... cuando él, con mucha delicadeza y algo de timidez, le dirigió la palabra.

–¿Tú eres Elsa White? –estuvo a punto de sonreírle.

Ella se alarmó tanto al oír un sonido entre tanto silencio (cuando se sumergía en un libro lo demás pasaba a prácticamente no existir) que dio un pequeño grito ahogado y se cubrió su cabeza con sus manos, como si esperase recibir un golpe. Tommy, en ese momento, la miró.

Era la primera vez que la veía tan de cerca... la primera vez que divisaba su tez pálida pero a la vez fina, su pelo rubio y ondulado, a gran abundancia, y sus ojos... sus ojos que, pese a estar semi cubiertos por sus blancas y finas manos, mostraban un gran destello azul... y una pequeña oscuridad bajo ellos. Cuando la miró, para nada pensó que fuera ni loca, ni repugnante, ni nada que se le pareciera, tal y como ellos habían dicho en algunas ocasiones, riéndose y burlándose de aquella muchacha que él ya consideraba indefensa e inocente.

Sintió un pequeño escalofrío que lo paralizó por un momento. Algo que realmente nunca había sentido... algo que lo sacó del mundo por unos instantes. Elsa White era hermosa, le había parecido hermosa, en realidad.

Reaccionó, aclarándose la garganta.

–Verás, yo... –Leve pausa–. Siento si te he asustado o algo similar, tan solo... quería hablar contigo.

Ella bajó sus manos lentamente y lo miró extrañada, con un prominente y claro gesto de confusión en su rostro. Tommy casi tembló cuando esos ojos ya totalmente al descubierto lo miraron de frente. Eran... hipnóticos. Demasiado hipnóticos.

–Sí, verás... Sabes que el viernes que viene es la fiesta de fin de curso, ¿no? O sea... el baile de graduación.

Su gesto fue aún más confuso. ¿Por qué Tommy Snell, el novio de Anna Green, estaba mencionándole lo del baile? era la primera vez que hablaba con ese chico... realmente siempre pensó que pesaba desapercibida para todos ellos. Pero esto... esto la había sacado completamente de toda conexión coherente con su cerebro, y realmente no entendía nada. Sin siquiera responderle, se levantó y con la rapidez de un rallo cogió sus cosas, se colgó su bolso, se dio media vuelta e hizo el amago de alejarse. Seguramente era otra de esas bromas pesadas, y ella no estaba dispuesta a tolerarla.

Tommy, al ver aquello, le gritó y la siguió. Él era rápido, pero ella no desmerecía. Seguramente sería buena suplente de David Bennet.

–¡Eh, espera!

Y tras seguirla unos cuantos metros la alcanzó, tomándola del brazo para detenerla, justo cuando ya estaba a punto de terminar el receso, en el vestíbulo del colegio. Ella se paró en seco y lo miró. Él estaba apenas un poco jadeante. La soltó del brazo en cuanto se hubo parado.

–¿Creéis que vais a estar tomándome el pelo toda la vida? Sé... sé con qué chica sales tú.

El tono de Elsa era directo, y al mismo tiempo asustado. Pero Tommy recobró la compostura al poco rato.

–Tienes razón, pero ella no quiere venir.

Hizo otro amago de irse. Pero Tommy fue más rápido.

–¡Espera! en serio, no... no te estoy tomando el pelo, te digo que sí, pero ella no quiere venir, y yo quería invitarte, quiero invitarte, de hecho. El baile será el viernes a las 20:00, así que pasaré a recogerte a las 7:30.

Elsa lo miró confusa... ¿cómo demonios iba a aceptar la invitación del novio de Anna Green? su cabeza daba vueltas... más que de costumbre. Prefería una de sus sesiones de práctica, con toda seguridad. Al menos tras ellas, caería completamente dormida, sin más. Sin mayor dificultad.

–¿Por qué querrías invitarme precisamente a mí...? –le dijo con timidez. Y lo miró tímidamente...

Tommy esbozó una sonrisa.

–No sé, no eres como las demás, yo... –hizo una pausa–. Simplemente me apetecía.

Ella también sonrió, por un leve instante...

–¿Y bien? –preguntó algo más tranquilo Tommy.

–No puedo.

Él no alteró su gesto.

–Eso no es una respuesta. Sí que puedes. Y debes. Y quieres.

Se produjo un silencio... hasta que sonó la campana que iniciaba que faltaban pocos minutos para el inicio de la próxima clase.

–Tu clase. Vas a llegar tarde.

Dijo con un tono vacilante, y con una sonrisita que no podía ocultar en su rostro.

–¿Vendrás?

Miró hacia el lado, se pisó los labios... mientras agarraba el asa de su bolso.

–Llegarás tarde.

–¿Vendrás? –repitió, como si fuera un vídeo al que se le había dado al play.

Hubo un pequeño silencio, y ni ella misma esperó decir lo que siguiente que dijo... algo que no entendió del todo se apoderó de ella, y fue eso lo que la hizo decirlo.

–Sí.

Él no pudo disimular que se sorprendió muchísimo, bastante... demasiado. ¿Elsa White finalmente había aceptado? una gran sonrisa, totalmente sincera, invadió su rostro... apoderándose de él. No lo esperaba... y no solamente que hubiera aceptado. Sino que se hubiera sentido tan complacido por ello.

–... El próximo viernes a las 7:30 paso a recogerte. El baile es a las 20:00. –Hizo una leve pausa–. Hasta luego... Elsa.

Sonrió y se retiró.

Ella se quedó totalmente confundida... pero finalmente... ¿había aceptado la invitación? Otra estridente e infernal campana le recordaba que ella también debía entrar a clases... aunque ya de antemano sabía que no podría concentrarse. Lo que había aceptado era de una magnitud totalmente desconocida, y ya empezaba a tener miedo. ¿Había hecho lo correcto? ¿Y por qué Anna Green no quiso ir con "el chico perfecto" al baile más esperado de todo el año? eran cosas que no le encajaban en absoluto... y que ciertamente quería averiguar.


El móvil de Anna Green había sonado con tal esmero que la hizo incluso derramar la pintura que estaba debajo del lienzo. Iba a blasfemar, pero en lugar de eso se controló, y procurando no machar el móvil, agarrándoselo con la barbilla y con poco con los dedos limpios, lo abrió. Era Tommy. Lo descolgó.

–¿Sí, Tommy? ¿ha pasado algo? ¿por qué me llamas tan repentinamente?

La voz del joven atleta pasaba por sus oídos a través del altavoz.

–Tengo que decirte algo. Ya he... invitado a Elsa White al baile.

Anna sonrió un poco, y al mismo tiempo una punzada le rozó el pecho.

–¿Y bien? ¿Ha...?

–Aceptado. Sí. Tras insistirle un par de veces. Realmente es una chica peculiar y...

–¡Eso es maravilloso! –lo interrumpió sin piedad.

–Anna, yo...

–Gracias, Tommy. No sé cómo agradecerte que hayas hecho esto por mí, de verdad... –su tono era profundo–. Sé que ella lo pasó mal aquella vez y ese baile es ciertamente el sueño de cualquier chica de nuestra edad, y más si va con un chico como tú, ya sabes, es... seguramente le encantará. Por favor, haz que sea inolvidable para ella, es... creo que es... buena chica.

Tommy guardó silencio por unos segundos.

–¿Realmente no estás preocupada?

Anna frunció el ceño, al otro lado de la línea.

–¿Por qué lo dices?

Se produjo un silencio.

–Nada. No me hagas caso. ¿Qué estás haciendo?

Anna guardó silencio de nuevo. A Tom Snell le pasaba algo... ella lo conocía muy bien.

–Tommy. –Le inquirió. Y eso fue suficiente. Casi podía verla, sin verla, con el ceño fruncido... esperando una respuesta, y no un cambio de tema.

Se escuchó un suspiro proveniente del otro lado de la línea.

–No sé, Anna. Tal vez tengas razón. Tal vez sea una estupenda chica.

Ella se quedó bastante confusa... de hecho, nunca lo había estado tanto. ¿Qué trata de decirle Tommy, de repente?

Una agregación suya trastocó sus pensamientos antes de que tomasen forma.

–Anna, seré sincero. –Se puso serio–. Necesito más de todo esto. No sé... a veces tan solo me saludas como si nada, me hablas... como si fuéramos los mejores amigos. Pero siento que nada más. No hay formalidad, no hay... nada más. ¿Entiendes? yo... no sé, Anna, por no hablar de que todavía no me has dejado...

Anna lo interrumpió con severidad.

–Espera. ¿Qué estás queriendo decirme con eso?

Realmente ya se esperaba lo que iba a decirle... pero prefirió sonsacárselo de una buena vez.

–No son conversaciones para hablarlas por teléfono.

–Tommy.

Se produjo otro silencio leve.

–Intimidad, Anna. Llevamos... cinco meses, casi seis saliendo, y... ¿cuándo hemos tenido... ya sabes? nunca... y los besos, solo cuando yo te los doy. Es... ya estoy un poco cansado de ser yo y yo el que tome siempre la iniciativa. –Escuchó a Anna respirar, señal de que iba a hablar, pero agregó–. Te amo, lo sabes, te amo, pero... –largo silencio. Anna comenzaba a sentirse muy mal–. Creo que necesito más.

Ninguno de los dos fue capaz de volver a hablar. Tommy jamás pensó que pudiera decirle todo eso que se estaba guardando a Anna Green, justo después de haber invitado a Elsa White al baile. A esa chica que incluso su propia novia con toda la normalidad del mundo había dicho que se sentía atraída por él, y ciertamente a él le pareció haberlo notado también. Esa chica era hermosa, era... era algo... era otra opción, tal vez. Él necesitaba una chica entregada, alguien que realmente se lo diera todo... y sentía que Anna Green le estaba privando de todo, más que lo contrario.

Colgó el teléfono. Lo tiró con rabia. Lloró de frustración. Tiró el lienzo, se quitó su pañuelo para no mancharse el pelo, desbaratando por ciertas partes sus dos largas y pelirrojas trenzas. Tommy tenía razón. En seis meses que casi llevaban saliendo, las veces que habían tratado de tener intimidad, habían sido un absoluto fracaso. Una parodia. Cada vez que él trataba de tocarla, o acariciarla, o cuando la besaba y se iba mucho más allá de la cintura... ella se estremecía tanto, que siempre terminaba apartándolo, rechazándolo, sin entender todavía por qué. Él le sonreía gentilmente, tratando de disimular que no pasaba nada, pero realmente sí pasaba...

Ella temblaba, se ponía roja en exceso y bajaba la cabeza, suspiraba. "Lo siento, Tommy, no puedo, no entiendo qué me pasa. Soy una idiota..." había repetido tantas veces, que ya se las sabía de memoria. Él se ponía su camisa de nuevo, y en los peores momentos se había largado sin decirle nada, dejándola casi semi desnuda (hasta donde más había llegado) y yéndose del lugar sin dirigirle la palabra, con el cinturón desabrochado y los zapatos en la mano. Todo eso había mejorado dado que Anna había logrado tener ciertos acercamientos esporádicos de vez en cuando, que se producían cuando ella había bebido casi un poco de más, no pasando de unas caricias en el pecho y unos besos intensos, y después había llegado el momento en que ella se dormía y nada más. Después se habían visto menos por el tema de los exámenes finales, y eso era todo...

Sentada con el rostro serio, meditaba, con toda la habitación destrozada... ¿por qué no podía entregarse a Tom? Él realmente la amaba, y ella realmente lo amaba... pero justo en ese momento se planteó esa palabra. "No, Anna Green... una persona que ama a otra, no se reprime de acostarse con ella". Pero realmente lo apreciaba... lo admiraba, realmente no quería perderlo. Realmente no quería hacerle daño... realmente... y muy a su modo bastante peculiar, lo amaba. Quería entregarse, pero no podía. Su cuerpo, su maldito cuerpo y su maldita mente... formaban una barrera que no era capaz de traspasar. Una lágrima fácil le cayó de su cara, y se la limpió sin alterar el gesto. Se sentía miserable en ese momento. Una vez más... se sentía un despojo humano.

Se levantó... pensó que una buena ducha podría aclararle las ideas. Salió de su estudio de pintura, y pateó el atril al mismo tiempo que cerró la puerta. Presentía que iba a ser una noche muy larga...


Elsa cepillaba su cabello frente al espejo. Estaba de nuevo seria. Miraba el cepillo como si fuera una especie de auto hipnotismo, moviéndose de arriba abajo por sus ondulaciones... una y otra vez.

La voz de Tommy Snell volvía a hacer eco en su mente, y al mismo tiempo, el sueño que había tenido con Anna Green. ¿Cómo es que había podido aceptar la invitación al baile con su novio? eso era... eso iba a, seguramente, enfadarla y haría que la odiara, pero... ¿por qué tendría que...? Sí, le importaba. Le importaba porque no estaba bien lo que estaba haciendo... porque él era un chico que ya sabía con otra chica, y porque ese baile de graduación era mayormente de parejas. Y, si ella no era pareja de Tommy Snell, no tendría por qué ir con él, y menos entrometerse en medio precisamente del novio de Anna Green, la chica perfecta. La chica más destacada de todo el instituto... no era nada en comparación con ella. Bajó la cabeza... "Pero ella realmente no es así" pensó con criterio, recordando el incidente de las duchas... y volviendo a cepillar su cabello. Estaba cansada... cansada de pensar. Pero tenía que hacer lo correcto... sabía en cierto modo por qué había aceptado... ¿eso supondría un desafío contra Anna Green? y si era así... ¿por qué tendía que desafiarla? Ella... ella que se consideraba insignificante. Ella que ahora estaba en medio de una pareja supuestamente feliz... ella que quería sin duda alguna alejarse de todo eso. Ella que iba a solucionar todo aquello, mañana mismo, diciéndole a Tommy Snell o incluso a la propia Anna Green que no tenía intención alguna de ir al baile con su chico. Ella que sentía que no era más que una copia mala al lado de ellos... Ella que, no podría estar más equivocada... quién cayó rendida en su cama, olvidando incluso la ausencia de la almohada en la misma (su madre lo consideraba pecado) con la dulce inocencia que solo puede tener el que ignora unos hechos por falta de datos en sus pensamientos... Ella que no podía imaginarse lo que realmente estaba provocando... Quien no podía imaginarse...

Se sumergió en sus sueños... se meció en ellos. Se refugió en ellos... mañana sería otro día, seguramente un día en donde iba a dejar muy claro que realmente no tenía intención alguna de desafiar a Anna Green, porque ella... ella... justamente ella... era quién menos se atrevía.