Chapter 6: I Deny It
Como todas las mañanas, Anna Green se solía levantar tras que sonara el despertador, rara vez lo hacía antes, pero esta era una de esas raras veces. No había conseguido dormir demasiado la noche anterior, fue todo un duermevela continuo. Tuvo varias pesadillas, (como ellas las calificó) aunque realmente fueron sueños subconscientes que le estaban anunciando algo que ella no quería considerar. Se recriminaba a sí misma cuando el sobresalto se hacía presente, suspirando y escondiendo su cabeza tras la almohada. ¿Por qué estaba soñando todo eso? ¿Por qué no podía quitarse esa mirada de la cabeza? ¿Sería realmente cierto que Elsa White tenía algo raro que engatusaba a la gente? Por un momento pensó si realmente ella la había hechizado a través de esos ojos...
Ella, que era una chica tan inteligente y de mente tan abierta, sabía que eso era perfectamente posible. Y ya la estaba imaginando ahí, a falta de un cuarto de hora para que fuera su hora habitual de despertarse (el ¡RING!, ¡RING! que tanto odiaba) y todavía influenciada por el sueño anterior y la pesadez de su mala noche en continuo despertar frecuente, enfrente de un enorme caldero de al menos 50 litros de profundidad, con sus pócimas de diferentes formas y colores, en ese ambiente tétrico, cuya luz del sol jamás entraba, con esos muebles estrafalarios y al mismo tiempo rústicos y elegantes estilo victoriano; sucios, con algunas telarañas en los rincones de las paredes, mientras una araña tejía y se refugiaba al mismo tiempo en su hogar, para después salir huyendo al escuchar la risita que Elsa White emitió, de forma seductora y tierna a la vez, al mismo tiempo que pícara. De forma... perfecta. Esa risita todavía la tenía en su mente como si la estuviera oyendo a través de un mp3, o incluso como si estuviera instalada directamente en su mente, en su ser. En lo más profundo.
Mientras que su pelo rubio ondulado se dejaba caer en sus hombros con la característica abundante de siempre, tal y como la había visto en clase aquella vez, un gato negro se le acercó mientras ella miraba el caldero y movía la mezcla verde con aquel enorme palo de madera maciza, para después ponerla morada, y a continuación roja...
Sus ojos azules brillaban como nunca, brillaban más que el propio sol, al mismo tiempo que movía aquella mezcla... y el resplandor de la misma se instalaba en ella, iluminándola, como si realmente fuese una estrella caída del cielo.
Sonrió del mismo modo que antes, y miró al gato negro de ojos amarillos, y le dijo, con aquel elegante traje negro, y curiosamente falda corta, pese a que nunca la había visto con faldas cortas, (al menos, no por arriba de la rodilla a una distancia considerable, pero sin excederse) y mucho menos sus piernas... sus piernas que eran blancas como la leche, finas de porcelana. Parecía justamente eso: una muñeca de porcelana que había recobrado vida, con su gorro también negro de pico... pero sin verrugas. Ella era... una brujita adolescente de cuento de hadas.
–¿Ves que bien? –decía Elsa White al gato negro de ojos amarillos, con prominente sonrisa–. Y con esta pócima que ves, haré que ella sea mía para siempre.
Volvió a emitir esa risita.
El gato la siguió mirando impenetrable, aunque ella sabía que la estaba entendiendo.
Cogió a continuación un cazo largo también de madera, lo hundió en el caldero con cuidado, y vertió en él un poco de la mezcla que con aquel brío preparó, de color rojo pasión, y volvió a verter el líquido del cazo en un tarrito pequeño de cristal.
Miró el tarrito con una sonrisa de medio lado. A la vez que pensaba... "En cuanto me tome esto, adquiriré un poder especial, y entonces podrás ver a través de mí como nadie más podrá, y eso hará que tus ojos, tu corazón, tu mente, tu alma, todo tu ser, me pertenezcan a mí solamente". Y volvía a sonreír... al mismo tiempo que soltaba la pócima en una estantería rústica repleta de otras pociones, que tenía dentro de la pequeña y acogedora habitación todavía iluminaba con reflejos rojizos a causa del resplandor que emitía el caldero, protegida con una cristalera...
Colocó la pócima en lo más alto sin dejar de sonreír, y cerró la cristalera. Después se acercó al gatito negro, se agachó en cuclillas y lo miró, alzando la mano, mientras su escote se le vio considerablemente bien, (aunque nunca se lo hubiera visto...) haciéndola recordar a la mala fama que tenían los "disfraces" considerados "sexys" en mujeres, y sonrió un poco. Su parte superior tenía un diseño azul bastante peculiar, realmente era un traje de brujita hermoso. Ella misma se sorprendió al encontrarse sonriendo ante aquello... y sacudió la cabeza un poco tratando de controlarse y volver a ponerse seria, mientras Elsa White, alzando el brazo y concretamente el dedo índice hacia arriba, le decía al simpático y apacible gatito negro...
–Pero, de esto, shh... será nuestro pequeño secreto.
Emitió una dulce voz, como la había oído ese día en clase, y volvió a sonreír del mismo modo, al mismo tiempo que le guiñaba un ojo al gatito con tierna picardía, lo cogía en brazos, lo acariciaba tiernamente y se movía por la habitación...
Pero, había pasado el cuarto de hora, así que el despertador hizo lo suyo, y sonó con tal estridencia que arrancó a Anna Green de su despierta ensoñación con tal brusquedad que hizo que ésta se sobresaltara, poniéndosele el corazón a mil. Lo apagó con rabia y ligereza al mismo tiempo (hacía un ruido espantoso)
–Fuck me. –Exclamó sin poderlo evitar, de forma natural, nuestra simpática pelirroja...
Seria y con una mueca de fastidio, se levantó con apatía, con desinterés, desganada... aquellas imaginaciones que a veces parecían ser totalmente reales, la habían dejado hecha polvo. Ya ni siquiera se acordaba de su rompimiento con Tommy, su ex novio desde hacía cinco meses y tres días, ahora solo tenía ojos, mente y... ¿corazón? para Elsa White y su maldita mirada. Eso había pensado... no podía ser que su corazón fuera suyo con tan solo una mirada, ¿o sí? ... No... eso no era posible, se repetía una y otra vez, tratando de distraerse de aquellos pensamientos, con cierta desesperación.
Se dirigió a la gran ventana que tenía a un costado de su cama (y justo encima de su escritorio en donde tenía su portátil) y la abrió con brusquedad y de un solo tirón. No sabía por qué, pero sentía que la luz, la luz prominente del día, la harían olvidarse de sus pensamientos. Es como si la penumbra en la que se encontraba su habitación con las cortinas echadas (no podía dormir de no ser así) ayudaran a Elsa White en su propósito de hacerle la vida imposible. "Venga, no seas exagerada". Había dicho su propia consciencia, y ella la calló incluso emitiendo el sonido de forma literal. Al mismo tiempo que acomodaba las cortinas en su sitio.
Las vistas que tenía a las afueras de la ventana era de lo mejorcito que había en Belmont. Adoraba aquel paisaje, de algunas casas pequeñas vistas desde arriba, y el resto mayormente horizonte, y... incluso se podía ver un poco el instituto. Hizo una mueca de fastidio. Ahora lo había considerado, justo ahora que sabía que el instituto era el principal punto de unión entre ella y Elsa White. Estuvo a punto de volver a cerrar las cortinas, pero no lo hizo. Aquel paisaje la reconfortaba... ella vivía en una gran casa de tres plantas, y la suya era la segunda, aunque eran bastante altas...
Su familia tenía una buena posición social, así que podríamos decir que Anna Green era rica y tenía una enorme mansión. Recurriendo al tópico, pero realmente era así. Nació y creció en Belmont, que tampoco era tan mal lugar para vivir. Su casa estaba casi a las afueras, y eso le proporcionaba una gran tranquilidad. Pero ella, pese a ser una chica de mundo, de una formación académica espectacular, nunca se creyó más que el resto. Siempre había sido una persona respetuosa a sus semejantes, además de que no era la única rica de la comarca.
Se vistió, sin más dilación, al mismo tiempo que recordaba la conversación con el director de colegio, el Sr. Town, hacía dos días...
Él la había llamado a su oficina, y le había sonreído con cortesía, ofreciéndole asiento, pero ella no aceptó a priori, hasta que él se lo volvió a ofrecer de nuevo, y finalmente aceptó, al mismo tiempo que la Sra. Gibbs entraba en la oficina.
–Esto es mera formalidad, Anna... –había comenzado a decirle el director con una sonrisa gentil en su rostro.
–¿Qué ocurre? –había respondido Anna Green, frunciendo apenas el ceño...
–Es sobre el incidente...
Y entonces le resumió todo lo que aconteció ese día en las duchas, los tampones volando, Elsa White gritando, llorando... y ella se volvió a sentir como un despojo humano, mientras que una aguda punzada le sobrecogió el pecho, al recordar esos episodios tan desagradables.
–La Sra. Gibbs ya me dijo que tú no tuviste nada que ver, es por eso que vamos a obviar el castigo para ti y obviamente podrás ir al baile.
Había vuelto a sonreír, y ella, al oír eso, bajó su cabeza, entreabrió su boca y frunció su ceño. Tampoco tenía derecho, porque estarse quieto es lo mismo que haber arrojado algún tampón, por tanto ella había dicho al director, y a la profesora de gimnasia también presente...
–Yo quiero cumplir mi castigo de no asistir al baile como las demás, señor director, pues al no impedir aquel desagradable suceso, por llamarlo de forma suave, soy igualmente cómplice de Christine Hamilton y sus matonas.
Su rostro era decisivo, su expresión centrada, seria, segura de lo que estaba diciendo. El director al ver aquello le sonrió con benevolencia...
–Anna, es un gesto bastante noble, pero no podemos castigarte por algo que no has hecho.
Ella iba a interrumpirlo, pero finalmente hizo mutismo.
–No obstante, eres libre de asistir o no, aquí no obligamos a nadie, yo tan solo te comunico que tienes el permiso del instituto, y que ese castigo no se aplica a ti.
La profesora de gimnasia sonrió y manifestó su acuerdo con aquella decisión, pues conocía a Anna, conocía su expediente, y no tenía ninguna incidencia ni ninguna "tarjeta verde". Ella era una alumna centrada y ejemplar, rara vez se metía en problemas. Aunque esta vez hubiera pensando que sí se había metido en algunos...
Aquel recuerdo abandonó de ese modo su mente, mientras se tocaba su perfecta trenza rojiza frente al espejo del baño, acomodada ya casi en su pecho, al igual que la otra. Hoy había decidido recogerse el pelo, y siempre solía recogérselo en dos trenzas, aunque mayormente lo llevaba suelto...
Cogió sus cosas tras desayunar, y se encaminó a Preston. Su chófer la esperaba con la misma sonrisa gentil de siempre, mientras le abría la puerta del amplio coche negro. Casi siempre solía irse en coche, pues su casa quedaba más lejos de Preston que las demás, al estar a las afueras de la ciudad... ya pocas veces se iba caminando, y menos en esta ocasión, que ya iba algo atrasada.
Estaba un poco nerviosa, no sabía cómo iba a reaccionar ante el próximo encuentro con Elsa tras sus sueños, sus imaginaciones, y aquella mirada...
Sentía que ya no la veía como antes, y eso la hacía vulnerable. Hasta hace poco ni siquiera sabía con claridad quién era Elsa White, y ahora... ahora sentía que tenía una conexión muy, pero que muy fuerte con ella, una conexión que no sabía explicar... y que no quería considerar. Pegó su cabeza al cristal del coche, y cerró levemente los ojos. Observó el paisaje en movimiento, y se abandonó (o trató) a él.
El día prometía ser soleado en Belmont, cosa que era lógica, a principios de Junio. El calor ya comenzaba a invadir las calles como si se una burbuja se tratase, haciendo que la población ya comenzara a vestir con prendas cortas. Ella no sabía si eso le agradaba o le fastidiaba, puesto que si quería ponerse cosas cortas, tendría primero que irse de su casa vestida "como una monja" para ser lo más clara posible, y después, llevando la ropa corta en la mochila, cambiarse allí en el baño, para después volverse a cambiar antes de la vuelta a casa. Eso contando con la suerte de que, si conseguía por casualidad esas prendas, su madre no las viera y las alargara, como solía hacer. Y esa era la mejor parte, porque a veces, pese a alargarlas, la metía en el hueco maldito, como ella lo llamaba, y la obligaba a rezar durante horas, hasta que se "arrepintiera de su pecado", y después su madre, con esa expresión impenetrable y delirante, había agregado: "Sucia lasciva, con esos pensamientos nunca pisarás el Reino de Dios".
Y, pese a sus gritos y resistencias, le había cerrado la puerta de aquella alacena, porque era más parecido a eso, guardando la llave en su bolsillo, y la había dejado ahí hasta seis horas. Eso, en el peor de sus recuerdos...
Pero, por fortuna, a esas horas de la mañana el sol todavía no apretaba, y ella llevaba un pantalón azul claro de textura vaquera, con una camiseta de media manga, que obviamente se había subido lo máximo posible... de color negro. Su madre mayormente no le dejaba usar colores lascivos, tales como el rojo, el morado... y relativos. Llevaba apenas un poco de escote, que no podía considerarse eso, ya que era necesaria una leve hondura para poder respirar...
Y ahí estaba, caminando hacia Preston, otro día más, o menos, según se mirase... y justo en ese momento, pensó en Tommy Snell. Realmente había sido cruel con él el día anterior... ese chico había ido a visitarla, y ella le había cerrado la puerta en las narices, tras negarse a su invitación al baile...
Él no se veía mal tipo, así que, conmovida, decidió buscarlo y encontrarlo para pedirle sus más sinceras disculpas...
Pero no se esperó encontrarse con aquello. A falta de cinco minutos para comenzar las clases, (solía llegar sobre a esa horas casi siempre) divisó, a medida que se acercó a la entrada, a Christine Hamilton, junto con Tina Summers y sus demás "matonas". Y ciertamente esto le importaba un bledo, pero esta vez vio a alguien más conversando con ellas, a alguien más que sí que no pasó desapercibida a sus ojos: y esa chica en cuestión no era otra que Anna Green.
La miró sorprendida. Enseguida entreabrió su boca, la preocupación se hizo inminente y sintió una punzaba oprimiéndole el pecho. Aquello no le daba buena espina. ¿Qué hacía Anna Green, una chica tan distinta a esa panda, conversando como si tal cosa con esas... "señoritas"? No pudo evitar agarrar fuertemente el asa de su bolso y mira hacia el costado con cierta rabia contenida. Como estaban al lado del autobús amarillo que pasaba a recoger a los infantes, (el instituto tenía dos distritos separados, pero el autobús a veces estacionaba allí) aprovechó y se quedó en silencio, escuchando lo que estaban diciendo... como mejor podía, entre el jaleo de alumnos que iban y venían, y con el mayor disimulo posible.
Era Christine Hamilton la que estaba hablando. Reconocía esa voz demasiado bien.
–Te estoy pidiendo perdón, ¿no? –la chica morena tenía un cierto tono agresivo–. Ya te dije que... perdí la calma, porque como comprenderás, no es nada agradable que nos dejen sin baile de graduación por culpa de esa santurrona, ¿no te parece?
Elsa, al oír aquello obsceno hacia por supuesto su persona, puso una mueca de odio.. de odio extremo. Eran muchos años aguantando las pavadas de esa niñata engreída y de la misma inteligencia que un mosquito. Ella fue la culpable de aquella broma en la clase de gimnasia aquel maldito año, de los pelotazos que recibía, de los insultos, de jugar al baloncesto casi con sus cosas, mientras corría de un lado a otro desesperada, y todas las alumnas corrían y reían, pasándose la mochila, mientras ella se venía abajo, interior y exteriormente. También en las antiguas clases de baile, por aquella zancadilla que le rompió el labio superior, y un largo etcétera...
Por un momento, sus sienes comenzaron a arderle al recordar todo aquello, y su alteración fue tal que al doblar su mente mientras se agarraba fuertemente con las dos manos y los ojos cerrados, el autobús se movió considerablemente, dando una sacudida, al mismo tiempo que ella abrió los ojos y suspiró agitada, con el corazón a doscientos. Rápidamente, todas comenzando a murmurar qué había sido aquello con rostros sorprendidos y extrañados, porque con el día tan bueno que hacía, y que se haría falta un huracán para mover el autobús de ese modo. Entonces ella, suspirando agitada, salió de donde estaba y pasó por al lado de ellas rápidamente, incluso casi rozando a Anna Green, que se encontraba en la punta del grupo.
Tanto Christine como Anna, como Tina, como las demás la vieron caminar de ese modo tan agitado, con las manos agarradas a la única correa de su bolso que caía a un lado de su cadera, y con sus ondulaciones rubias ondeándole al viento, con la misma agitación y brusquedad con la que caminaba. Parecía enfadada.
Anna la miró por un instante, sus ojos se le abrieron más de la cuenta, pero enseguida trató de olvidarlo... de que sus pensamientos no se le manifestaran de nuevo, y lo consiguió gracias a que Christine, que tras mirar a Elsa también sorprendida como las demás había hecho una mueca "Tan solo es otra de las rarezas de White", y vuelto a la conversación, interrumpió a su mente que ya comenzaba a vagar.
–Anna. Volviendo al tema... –comenzó, cuando todavía Anna no le estaba mirando–. Necesito que hagas algo por mí, por nosotras.
Su gesto se endureció. Anna la miró sorprendida y de inmediato.
–¿Qué? –su tono era de clara sorpresa e ironía.
–Necesito... que hables con Town y que le convenzas de que nos levante ese estúpido castigo.
Anna la miró con evidente sorpresa, y ya se disponía a encararla con la rapidez del rayo, pero Christine la interrumpió.
–¡Tienes carisma con ese viejo! –recurrió al que creyó su infalible recurso–. Mi padre ya ha hablado con él, pero ese perro sarnoso le dijo que lo que habíamos cometido era una especie de delito moral o algo así, y que, de ir a juicio, tendríamos todas las de perder por culpa de mi expediente, y que tampoco se iba a meter en ese lío por un "estúpido baile de graduación". –Resaltó las comillas con los dedos.
Anna, que pareció no escuchar nada más que la parte por la que respondió, se lo manifestó.
–Es que ES un delito moral. Ni de coña esperes que haga nada para impedirlo.
Hizo un amago de irse, pero Hamilton la cogió del brazo con rabia.
–¡Eh! Somos amigas, ¿no?
Anna la miró secamente y con ironía negó con la mirada. Solemnemente y con tranquilidad, le dijo:
–Vamos, Christine Hamilton... sabes de sobra que tú y yo nunca hemos sido amigas.
En ese momento sonó la campana, y ella se apresuró a irse, mirándolas a ambas con una mirada neutral y al mismo tiempo inquisitiva e indiferente, y se alejó.
Hamilton aguantó las ganas de decirle algún otro recurrente insulto (en eso sí solía ser buena), pero se contuvo, bajó su brazo y gesticuló su rabia contenida, que finalmente volcó con una patada al autobús. Miró con fuego en sus ojos hacia un punto fijo desconocido.
–¡Maldita sea! –decía Tina Summers... pero Christine la interrumpió.
–Esto... no se va a quedar así.
Y un gesto que incluso transmitía miedo se produjo en su rostro. Había oscuridad en esos ojos, al igual que en su tono de voz. Rabia... pensamientos malos. Tina no llegó a ver esa mirada, pero si la hubiera visto... seguramente incluso ella misma se habría asustado de su "mejor amiga".
La primera clase había comenzado... y, al consultar el horario, Elsa se había dado cuenta de que a última hora tocaba gimnasia. Se lamentó para sus adentros. Cerró la agenda en donde estaba mirando el horario y miró a la clase... Tommy Snell había llegado casi a la vez de la profesora, y se sentó en la primera fila, justo en el rincón de clases, junto a las ventanas. Se sorprendió de que no la hubiera mirado apenas. De hecho sí lo hizo, una sola vez, pero después bajó su cabeza, sentado de lado en la silla, y miró hacia delante. Ella estaba al fondo, como siempre, y su visión hacia él era de lado en su mayoría. Es obvio que Tom se sentía mal por lo del dia anterior.
Anna Green también había entrado en clase poco después... parecía de nuevo algo rabiosa, pero prefirió no centrarse en ella... ahora su prioridad era pedirle disculpas a Tommy. Él sí tenía que ser un buen chico... pero..
"Anna Green".Pensó al mirarla, con cierto despecho en sus ojos. "Ella... que ha estado hablando con esa estúpida de seguramente nada bueno de mí... ella que parecía diferente, ha resultado ser la misma escoria". Bajó su cabeza, y la voz de la profesora la hizo levantarla de nuevo. Ella quería concentrarse en la clase. Después, en el receso, hablaría con Tommy...
Anna, por su parte, no pudo concentrarse demasiado, y casi toda la clase la pasó divagando, y es por eso que esa vez se sentó al borde de la tercera fila, en el lado opuesto de Tom, al que ni siquiera saludó, entre tanto alumno. Christine, Elsa, Tommy, todos ellos hacían espirales con sus pensamientos, y eso la había enrabiarse más. La voz de la profesora la ponía a raya de vez en cuando, pero enseguida volvía a divagar... era increíble lo que esa hipócrita le había pedido, cuando debía de sentir vergüenza por lo que había hecho. Pero Christine Hamilton distaba muchísimo de ser una chica con integridad moral. Eso lo sabía.
La campana había sonado finalmente, y Tom Snell no perdió tiempo alguno en salir el primero de ella, ciertamente abrumado por la presencia de Elsa, que lo incomodaba. Se sentía estúpido. Ni siquiera se percató de la presencia de Anna... y ella lo miró salir sorprendida.
"¿Qué demonios le pasará a Tommy?" pensó para sus adentros... y, sin darse cuenta casi, la clase se había quedado casi vacía. Por su vista de repente, pasó Elsa White... que obviamente no se detuvo, y la vio salir con su bolso gris claro colgado como si ya se fuera a casa, y su cabellera rubia abundante. Se fijó en su ropa. Aunque todo fue breve, (el tiempo que salía de clase) de nuevo se estaba dejando llevar... y otra vez la estaba contemplando lo más detenidamente que pudo. Se fijó en su camiseta negra, que le quedaba particularmente bien, en sus pantalones, en sus zapatos... de un vistazo la escaneó.
Elsa ni siquiera la miró... "maldita". Salió de la clase... aunque con cierto nerviosismo, y se dirigió a buscar a Tom Snell. Quizá lo encontrarse en ese momento.
Anna Green bajó la cabeza hacia la mesa. Más bien se dejó caer el cuerpo entero, y se quedó ahí, sola, explayada en la mesa con los brazos reposando sin fuerza alguna, mirando con cierto gesto cómico hacia el lateral, y esperando a que la próxima clase empezase...
Elsa no pudo hablar con Tommy hasta el receso. Se lo encontró pidiendo la comida, pues ya lo estaba observando desde que entró en el comedor, pero él no se había dado cuenta de su presencia. Se acercó, con cierta timidez todavía... y, como si tal cosa, pidió su comida, al mismo tiempo que él, a su lado, frunció el ceño y se contuvo un suspiro, al verla sonreírle tras pedirle a la cocinera la comida, que como siempre la ogro la miró con el cigarrillo en la boca (algo que ciertamente odiaba y la repugnaba, y eso que había tres más para repartir...) y decirle un simpático y tímido "hola".
Él le respondió con otro "hola", pero su tono fue más duro, más resentido, más avergonzado. Cogió su bandeja y rápidamente se evaporó casi, dirigiéndose hacia las mesas para sentarse, con su bandeja azul en las manos. Elsa, al ver que la evitaba, enseguida recogió también su bandeja, con cierto nerviosismo mientras le miraba a él y la cocinera, y se dirigió tímidamente hacia su dirección. A paso lento... se sentó enfrente de él.
Él la miró incorporarse sorprendido, que casi se le atraganta el bocado. Tosió un poco y bebió zumo. Elsa le miró, sonrió levemente, y con gesto tímido, le habló...
–Esto, Tommy... entiendo que estés molesto por lo de ayer, pero créeme que yo lo siento más, fui... demasiado grosera, y... quería pedirte disculpas.
El chico la miró con gesto sorprendido. Pero no dijo nada.
Elsa siguió hablando... al mismo tiempo que subió las manos en la mesa. Esto sorprendió al chico, que miró su movimiento, sus manos... sus finas manos, y el corazón le latió más deprisa. Ya se sentía totalmente en otro mundo. ¿Por qué aquella chica era tan fácil, tan carismática? Ni siquiera sabía si ese era el calificativo correcto... Tenía una mirada, una sonrisa, una actitud, un todo, o un algo, que le hacía olvidarse de todo enfado, con una facilidad pasmosa.
–Y es por eso que creo que te realmente te debía esta disculpa.
Había terminado de hablar Elsa, pues ni siquiera él la había estado escuchando... pues se dedicó a mirarla moverse, a mirar sus gestos, sus ojos... en un real trance. No sabía tampoco qué le estaba ocurriendo... él realmente no era de emociones fáciles. Pero finalmente reaccionó, al ver la incomodidad de Elsa ante su silencio.
–No te preocupes, Elsa. –Trató de mantener la normalidad–. Comprendo que todos tenemos un mal día, y te agradezco infinitamente el detalle de haberme pedido disculpas.
Sonrió, forzadamente... miró hacia detrás, con claro nerviosismo que Elsa no entendió, y con sus manos puestas en la mesa y temblando un poco, Elsa le dijo algo que él no se habría esperado... ni en sus mejores sueños.
–Tommy... –había comenzado a decirle, y el chico instintivamente la miró, tragó un poco de saliva por su nerviosismo que no sabía del todo de donde le venía, y la miró a ratos, tanto como pudo, y con el mayor disimulo posible. Elsa continuó–. Verás, yo...
Se hizo un silencio...
Ella había bajado la cabeza, pero la levantó, y le dijo de repente:
–¿Todavía estás dispuesto a ir al baile conmigo?
Él se quedó totalmente en shock... parpadeó rápidamente, y enseguida la miró con sorpresa y el ceño algo fruncido. ¿Era verdad lo que estaba oyendo? ¿Elsa White le había preguntado aquello? Inquieto, se apresuró a decirle, casi automáticamente.
–¿Qué?
Ella bajó la vista y la cabeza.
–Lo siento, entiendo que no... –se interrumpió–. Sé que fui grosera, y lo siento, espero que al menos puedas perdonarme.
Y tras decir eso, con el nerviosismo que la caracterizaba, se levantó y se dispuso a irse, pero él la cogió rápidamente de la muñeca, si había algo que lo caracterizaba como buen delantero centro, eran sus delicados reflejos. Y ella se detuvo.
–Espera. ¿Bromeas? –volvió el Tommy de siempre–. Pues claro que sigue en pie.
Sonrió... a su peculiar estilo, y Elsa también le sonrió tímidamente. Él se levantó de su silla, y ella al verlo de pie, se sintió más pequeña y más intimidada, sentada como estaba, mientras que joven atleta, con un olor a perfume del caro, se le acercaba, ella tragó saliva. Su abdomen sin planearlo demasiado, se le contrajo. El chico le sonrió e hizo el amago de cogerla de una mano para levantarla, pero Elsa, mirándolo, la reclinó levemente, ante el rápido gesto extrañado del chico, y se levantó por su propio pie. Él recuperó la sonrisa. Parpadeó.
–Aún quedan unos días, así que me gustaría invitarte a tomar un helado, o... un refresco, o lo que quieras, esta tarde. Creo que debemos conocernos un poco mejor antes de asistir al evento, ¿estás de acuerdo?
Le volvió a sonreír. A Elsa todo aquello la había pillado totalmente desprevenida... tanto, que no supo qué responderle a priori. El novio, (¿o acaso ya no lo eran?) de Anna Green la estaba... ¿invitando a salir? no podía creérselo... era la primera vez que un chico, y que alguien en general la invitaban a salir, y se sintió nerviosa, confusa. Bajó su cabeza para meditar.
Tommy la observaba, y la interrumpió con su voz. Las mejillas de Elsa White estaban rojas, por tanto, y como buen conocedor del lenguaje corporal, él advirtió que ella estaba complacida con su proposición.
–Interpretaré eso como un sí. –Dijo, con otra sonrisa, señalando sin tocarlas, sus mejillas.
Ella levantó la cabeza algo sobresaltada... y le sonrió levemente, con encantadora timidez. Al igual que del mismo modo asintió.
–Y... –su voz era tímida, y no apartaba esa sonrisita del rostro–. ¿Y qué pasa con... Anna, no le moles...?
–Anna y yo ya no estamos saliendo. –El chico no apartaba su sonrisa del rostro. Ni aún interrumpiéndola.
Elsa se quedó en silencio. Eso la dejó sorprendida, y así lo manifestó su rostro.
Él continuó hablando.
–Pasaré a recogerte esta tarde a las seis, ¿te parece bien?
A ella no le dio tiempo de reaccionar a lo otro, y no dijo ni hizo nada. Justo en ese momento llegaron sus amigos del equipo de fútbol, y él se despidió de ella cortesmente... como era su estilo. Miró hacia detrás antes de irse, con otra sonrisa... realmente Tommy Snell estaba emocionado.
Elsa tiró de nuevo su bandeja, no tenía hambre. Y encima había aceptado lo que parecía ser una especie de cita con Tommy Snell. Pero al menos ya sabía que no estaba saliendo con Anna... ¿sería por su culpa? Pues... al parecer la cosa iba estupenda con ellos dos, hasta esa invitación... pero no lo tenía claro... y era algo que necesitaba saber con cierta urgencia. Salió del comedor. Encima había llamado a ella por su nombre. En ese momento estaba tan centrada con eso, que ni siquiera recordó que por nada del mundo su madre permitía visitas de chicos, y Tommy dijo "pasaré a recogerte"...
El momento que más odiaba había llegado: la clase de gimnasia. Y ya se encontraba ahí, en el vestuario, cambiándose para un partido de voleibol... dando gracias a ratos porque siempre fuese entre chicas y chicos por separado, dado que ellos eran muchísimo más rudos. Más que las crueles chicas, pero al menos su rudeza era mucho menor, físicamente hablando...
Se consolaba pensando que después de eso se iría a casa, y después se daría una ducha para despejarse y hacer como si nada hubiera pasado. Y eso que aún no había pasado nada. Pero ya sabía cómo eran las clases de gimnasia...
Se terminó de vestir. La ropa reglamentaria de deporte era una camiseta blanca de manga corta y unos pantalones cortos naranjas. Era fresco. Eso era lo único que le gustaba... se miró al espejo del baño. Sus ojos se veían bastante azules, como de costumbre, pero algo había cambiado en ellos. Ya no mostraban esas ojeras negras bajo los párpados, ahora estaban más llenos de vida, más... brillantes. Sonrió levemente. Su pelo no estaba nada mal, ella nunca había considerado que fuera... bella. Se miró sus piernas, ahora descubiertas... y realmente tenía unas piernas preciosas, blancas y delicadas.
Sintió jaleo fuera, en el vestuario, y levantó la misma. Contuvo su alarma interior, se retocó un poco su pelo y salió del baño, dirigiéndose a la salida. Por suerte, el vestuario tenía dos baños, separados en la típica pared media con asientos de madera bajos, propios de un vestuario, y al salir y mirar a las que habían entrado, se dio cuenta de que eran las huecas.
"Suerte que el vestuario está dividido en dos..." pensó Elsa son cierta sorna, y se encaminó a la puerta mirando hacia debajo un poco, porque se encontraba negando con la cabeza al pensar eso, levemente, mientras caminaba. Y justo en ese momento se encontró en la entrada, a pocos centímetros, ni más ni menos que a Anna Green, que también entraba en ese momento, dispuesta a cambiarse.
Se había producido el típico "tú sales y yo entro", y ambas habían estado a pocos centímetros de colisionar. Se miraron fijamente, por inercia.
Ambas se sorprendieron, pero al mismo tiempo sus gestos eran suavizados y serenos. Anna estaba hermosa, había pensado Elsa "sin querer", con sus dos trenzas perfectas acomodadas a cada lado de sus hombros y esa tonalidad rojiza de su cabello. Y a su vez, Anna se había quedado totalmente en blanco. Realmente ninguna de las dos podían pensar en nada por mucho tiempo en ese momento. El tiempo pareció detenerse... en esos segundos que se aguantaron a mirada, mientras ambas parecían haberse detenido también, ya que ninguna alteraba su gesto, ni apartaba su mirada de la otra. Ahí, enfrente cada cual, a poca distancia, pero considerable, no obstante, de la otra.
Finalmente tuvo que ser el pito de la profesora lo que interrumpiera aquel trance. Comenzaron los gritos de las demás chicas, el jaleo, la voz de la Sra. Gibbs. Fue entonces, en ese momento, cuando Anna reaccionó y bajó su mirada, al mismo tiempo que echó a andar, y a medida que lo hacía, de hecho desde antes de dar el paso, su corazón ya se le podía ver latir desde afuera, pasando por su lado inevitablemente sin rozarla, al mismo tiempo que Elsa, al sentir su aroma en el aire cuando pasó, cerró los ojos por un momento, y permaneció inmóvil.
Pasaron unos segundos hasta que los volvió a abrir, y recuperó la consciencia en ese momento, echando a anda. Fuera de los vestuarios... para dirigirse a la pista...
Rita Gibbs ya daba las primeras órdenes. Todas estaban de pie, cada chica allí de pie, en una fila algo desordenada, que más bien parecía un coro, y Elsa White y Anna Green sin quererse mirar, pero no pudiendo evitarlo todo el tiempo. Unas miradas leves y nerviosas, que denotaban que ambas tenían algo que "estaban escondiendo", y temían o sentían en cierto modo que estaban dando el cante demasiado a las demás... pero no era así.
–Bien. –Había dicho Gibbs, tras accionar su silbato para acallar el jaleo–. Los equipos se organizarán en grupos de cuatro. Cuatro a un lado, y cuatro a otro.
Una alumna levantó la mano. Gibbs la miró.
–¿Qué pasa? –su tono era algo cómico.
La alumna la miró con cierto gesto altivo.
–¿Los equipos podemos elegirlos nosotras?
Rita contrajo un poco el rostro, e irónicamente y con comicidad, dijo:
–Claro, y si quieres esta tarde paso a hacerte los deberes.
La alumna bajó la cabeza. Y las demás rieron.
Ella las miró y enseguida se callaron, poniendo las manos en la boca para contenerse. Aquello había tenido su gracia.
–Bien. –Continuó la profesora cuando todas se habían callado, finalmente–. Los equipos serán de las siguientes: para la primera pista, Hamilton, Summers, Blake...
Y continuó diciendo el nombre del resto de chicas. Elsa miraba de vez en cuando a Anna de reojos, observando tímida, y al mismo tiempo descaradamente, que aquel uniforme no le quedaba nada mal...
Ella tenía unas piernas algo más bronceadas (pero apenas, lo de Elsa era un blanco puro) que las suyas, pero igualmente eran blancas. La camiseta le quedaba tan bien, aquel blanco contrastado con el naranja del pantalón y un poco de su cabellera pelirroja trenzada en dos...
Sonrió sin poderlo evitar, pero enseguida se contuvo, y carraspeó, al notar que Anna Green también la había mirado levemente... pero ambas giraron sus miradas hacia otra dirección, abandonándose un poco a ese jueguecito que sin planteárselo habían montado entre ellas... aunque ninguna lo considerase de ese modo.
–Y para la segunda pista: por un lado, Watson, Smith, White, Green...
Ambas miraron sobresaltadas y como si fuesen perchas a la profesora justo cuando oyeron sus nombres juntos, uno detrás del otro. ¿Las había puesto en el mismo equipo?
"Joder, de tantas chicas... justamente... maldita sea". Pensó Anna falsamente, porque interiormente estaba convencida de que no había podido pasarle mejor cosa, pero... obviamente eso era algo que negaba. (Deny It...) Algo que no quería considerar. Algo que pertenecía a su subconsciente...
Elsa, por su parte, no pensó nada. No quería creer, que tras esa mirada que había visto en ese momento, Anna Green se hubiera prestado a hacerle la vida imposible junto con Christine Hamilton, realmente no quería, no podía creerlo...
Porque su mirada le decía tantas cosas, menos que fuera una chica de esas, pero ella estaba tan acostumbrada a llevarse chascos... que no se podía confiar de buenas a primeras. Pero no pudo evitar pensar que ciertamente Anna Green tenía una conexión ella inexplicable, le hacía sentir algo que... no podía explicar con certeza. Pero... era algo fuerte. "Vamos, Elsa... deja de estar en las nubes y de estar imaginando cuentos de hadas... la profesora está aquí". Trató de volver en sí.
–¿Os ha quedado claro? –terminó de decir la profesora, ante el asentimiento unánime de sus alumnas, excepto de las más rebeldes que simplemente ignoraron con un gesto de indiferencia en sus rostros y los brazos en jarras, casi queriendo decir "¿empezamos o no?", tales como Hamilton, Summers...
–Pues bien. Podéis comenzar el partido.
Accionó su silbato, mientras que las chicas pusieron la pelota en juego.
Elsa estaba al lado de Anna, de hecho ellas eran las de detrás, ya que iba de dos a dos, dos delante y dos detrás, porque al ser pocas chicas en clase no podían hacer equipos más grandes, ya que si las juntaban a todas en una sola pista, iban a ser demasiadas. Entonces Gibbs lo organizó así...
Evitaron mirarse, una vez más, haciéndolo solo de reojos. La pelota estaba en juego, y Anna Green golpeó con maestría el balón que le llegó con veneno. Elsa la miró sorprendida... realmente sabía que ella destacaba en todo, pero no había tenido la oportunidad de verla nunca en acción tan de cerca. Ciertamente nunca había jugado al voleibol demasiadas veces, siempre se hacía como la que se lesionaba, y nunca había caído en el mismo equipo que ella. Pero ahora todo parecía haber cambiado, de repente...
Y así, mientras había estado concentrada en sus pensamientos, totalmente ajena al juego, como la mayoría de las veces, una pelota envenenada se le dirigió, mientras ella no se había percatado todavía de ello. Hubiera impactado terriblemente en su cabeza y su cara, de no ser porque Anna Green, al igual que algunas de las otras dos chicas, se encaminaron a rematarla, con la "mala pata" de que entre tantas piernas y cuerpos en la misma dirección, tropezaron.
Elsa se precipitó al suelo con el impulso que le ocasionó Anna Green, hacia el costado y después de frente, y a su vez a Anna Green la habían hecho tropezar las otras dos chicas, que colisionaron con ella, pero no cayeron.
Siendo así, y aunque suene a tópico, aquel impacto desencadenó en Anna Green justo encima de Elsa White, a pocos centímetros de sus caras. Anna tenía más de medio cuerpo encima del de Elsa, porque aquella caída había sido un auténtico lío, y ella no había podido hacer nada por evitar caer, ante el twister de pies que se ocasionó en apenas unos segundos.
La pelota no cayó, no obstante, pues las dos chicas que no cayeron, tan solo se tambalearon, recuperaron la compostura y enviaron el balón al otro campo, tan bajo y tan impreciso que resultó ser punto a favor.
Obviamente eso ocasionó disputas entre las jugadoras: unas decían que no era justo, las otras que sí, que no había tocado el suelo, pero es que ha sido muy bajo, mientras la otra decía: pero igualmente válido y etc, etc...
Y, mientras discutían, ajenas a todo lo demás, las miradas de Elsa White y de Anna Green se habían clavado cada una en la otra, al mismo tiempo que sus cuerpos sin dejar respiro alguno y acalorados se encendieron aún más, mientras el tiempo se detuvo ya por segunda vez en el mismo día. Ambas quedaron de nuevo en trance, mirándose, sin poderlo evitar, con las bocas algo entreabiertas, y los ojos más brillantes y al mismo tiempo extraños que nunca.
Tanto el corazón de Anna como el de Elsa latían muy, pero que muy deprisa (el de Elsa aún más) y eso hacía que entre medio de las dos se transmitieran, al estar totalmente pegadas cuerpo a cuerpo por la parte superior, los latidos de cada una, las vibraciones, incluso la electricidad, que sintieron. Casi saltaron chispas.
Elsa contuvo un suspiro, y empezó a agitarse de manera exaltada, al tener a Anna Green tan cerca, sintió como todo su ser se le iba, todo su control, incluso su identidad, pues ella era la única, sentía, se había dicho, capaz de provocar todo aquello, y alzó su mirada y su cabeza algo hacia arriba, suspirando agitadamente, tanto que su pecho palpitaba en demasía. Sentía en cierto modo que se ahogaba, pues no sabía lo que le estaba sucediendo, qué era aquello que estaba sintiendo.
Anna, que se asustó un poco al ver aquello, reaccionó saliendo del trance, pues también estaba mirándola fijamente, pero al ver su pecho latirle de ese modo, estuvo a punto de preguntarle si le pasaba algo, pero su voz murió sin siquiera salir, se congeló en su garganta. Justo en ese momento, las sienes de Elsa, alterada como estaba, le latían más deprisa, y su respiración ya iba a niveles insospechados. No pudo controlarse, en ese momento, tenía tanto miedo, tanta adrenalina, tantos pensamientos desordenados, que se apartó de una forma tan brusca levantando medio cuerpo, que hizo a Anna caer con cierta violencia, golpeándose levemente el costado.
Se dolió, pero no dijo nada. Tan solo emitió un pequeño quejido... pero enseguida volvió a mirar a Elsa White, que también la miraba con el gesto preocupado, pero no pudiendo articular, (ella menos que nadie) palabra alguna. A ambas parecía habérseles ido la voz a otra parte que todavía desconocían, y no pudieron hacer por más que mirarse. Anna, con la boca entreabierta y entre confusa y sorprendida, y Elsa con un claro gesto de preocupación y... terror.
Anna trató de interpretar esa mirada, pero en ese momento las compañeras le preguntaron qué demonios hacían ahí, y aunque Elsa había mirado (como acostumbraba) al mismo tiempo a la chica como la voz le había llegado a sus oídos, Anna Green la siguió mirando por unos instantes más, y permaneció en el suelo. Finalmente una compañera la ayudó ofreciéndole la mano, y ésta la tomó, sin aparatar su mirada de Elsa White, como si realmente estuviera programada a hacerlo, haciendo que sus ojos no quisiera tomar otra dirección que no era aquella.
Pero Elsa ya no la miró más... ella miraba hacia el suelo, y a veces hacia delante, con gesto confuso, como si no estuviera en ese mundo, y al poco tiempo la sirena había sonado... pues necesitaban al menos veinte minutos más para cambiarse, ducharse algunas, y etc, así que la clase terminaba un poco antes siempre.
Elsa White salió de allí al mismo tiempo que al sonar la campana, con una rapidez pasmosa, ciertamente nerviosa en su caminar y con su pelo ondeando con agitación, tan agitada como ella. Se encerró en el baño del vestuario, como quién dice... sabia que las demás irían a las duchas. Y si harían otra cosa, a ella en ese momento le daba exactamente igual. No podía pensar con claridad.
Anna, que la miró irse, hizo una caída de ojos rápida, y ya levantada, se sacudió un polvo inexistente de la ropa. Se percató de que tenía una leve herida en el codo y en las rodillas, causadas por la caída. Le escocieron e hizo un gesto de dolor. Cojeando un poco, se encaminó hacia la profesora. Las demás ya se habían ido al vestuario...
Ésta la atendió amablemente.
–Profesora, ¿puedo hablarle un momento? –había dicho cortésmente la joven pelirroja, con un gesto extraño en su rostro, entre contraído y preocupado, pero realmente estaba dolorido.
La profesora la miró con algo de seriedad. No era común verla así, ahí parada, algo sucia y con sus trenzas un poco desordenadas. Anna Green era impecable, incluso en la clase de gimnasia.
–Sí, claro, Anna, ¿qué te ocurre? –miró levemente y se dio cuenta de su herida en la rodilla. No era muy grande, pero igual sangraba–. ¿Qué es esa mancha de sangre? ¿Te has hecho daño?
La profesora realmente se había preocupado por Anna.
–Sí, bueno... no, no, realmente no es nada –dijo todo rápido y desordenadamente–. Lo que realmente quería decirle es que mi chófer debe estar esperándome afuera, normalmente conoce mis horarios, y dado que nunca me ducho aquí, me preguntaba su podría...
–Por supuesto, ve, de todas formas la clase ya ha terminado –la interrumpió a sabiendas Gibbs.
Ella sonrió débilmente, y enseguida volvió a su gesto de dolor. Se sentía que le dolía todo el cuerpo. Aquel choque con Elsa White a semejante velocidad había sido un importante impacto, se preguntaba si ella...
Sacudió su cabeza sutilmente. Aunque no era nada malo preocuparse por una compañera. "Sí, claro, compañera...".
Dio las gracias a la profesora, y cojeando, realmente maltrecha y con la camisa aún más sucia de espaldas, se encaminó a la salida del gimnasio, que también daba a la salida del instituto. Quería llegar a su coche, sentarse, y perder la consciencia de paso, porque ninguna de las dos, ni ella ni tampoco Elsa White, se encontraba en condiciones de pensar nada en ese preciso instante. Todo había sido tan rápido... todo había sido tan... contundente, que ninguna de las dos obtenía conexión alguna con su cerebro en ese momento.
Y todo pasó a formar una vorágine confusa de pensamientos en sus mentes.
Anna Green se montó en el coche adolorida, sentía como si se hubiera contracturado todo el cuerpo, cojeaba y no paraba de gesticular. Su chófer, Michael, ni siquiera se atrevió a preguntar, y ella lo agradeció. Se sentó en el asiento de detrás. Michael cerró la puerta del coche... se montó en el asiento del piloto, y arrancó el motor.
Green posó su cabeza en su mano, y su mano al mismo tiempo estaba posada en el brazal del coche. Pegó de nuevo un poco su gesto maltrecho en el cristal. El coche continuaba su marcha... Y ella se dejaba llevar por la melodía de Coldplay que sonaba lánguidamente a través de la radio local.
A flock of birds
Hovering above
Just a flock of birds
That's how you think of love
And I always
Look up to the sky
Pray before the dawn
'Cause they fly always
Sometimes they arrive
Sometimes they are gone
They fly on
A flock of birds
Hovering above
Into smoke I'm turned
And rise following them up
Los compases lentos de 'O' se le iban adentrando en lo más profundo de su ser, mientras cerraba a veces los ojos... dejándose consumir por aquel melódico piano y esa letra rota... rota, confusa, como ella mejor se definía en ese momento.
