Chapter 7: Confronted Emotions
La noche anterior no había sido demasiado tranquila. Elsa había tratado de evitar por encima de todos los medios no pensar en nada, pero su subconsciente le jugaba malas pasadas la mayor parte del tiempo. Se reía de ella. Y se lo imaginaba así... a ese interior suyo, a esa "diosa interior" maligna que tenía, disfrazada de colegiala un tanto sexy, (aunque sonara irónico) diciéndole que no se escaparía de pensar en Anna Green y en lo sucedido hacia el medio día, en la clase de gimnasia...
Le decía constantemente que aquello no iba a dejarla en paz, porque ya formaba parte de ella. Esos pensamientos entremezclados, la hicieron levantarse varias veces de la cama. La hizo poner su mano sobre su cabeza y notar el corazón en la misma... pues las vibraciones de éste eran desorbitadamente fuera de lo normal. Latía... con demasiada fuerza. El terror por aquellos pensamientos, por aquellas imágenes entremezcladas... jugueteando con ella, con su pobre cerebro... y con su pobre corazón. Eso había pensado... "¿Por qué Anna Green tiene que jugar conmigo?"
Había suspirado... y había caído tumbada en la cama bruscamente, refunfuñando y sintiendo el sofocante calor que sobresalía de la misma. Pensó en darle la vuelta... pero estaba tan cansada que cayó dormida al instante, de nuevo. Por fortuna el desgaste físico y mental la habían hecho mermar sus energías hasta el punto de no poder mantenerse despierta demasiado tiempo. Había agradecido aquel detalle...
Y ahora, justamente ahora, se encontraba en una situación aún peor... había pensado irremediablemente en eso. Se encontraba sentada en la penumbra de su sala de estar, a falta de veinte minutos para las seis, con su vaso de café postrado en la mesa... y ante la mirada perdida de su madre.
Ésta se encontraba arreglando un vestido, pues se lo había traído de la tintorería ese mismo día. En cuanto llegó a casa, como acostumbraba. Ni siquiera se saludaban, pues Elsa procuraba no encontrársela cuando llegara del trabajo, ni nunca... siempre procuraba evitarla, aunque la quería. Su madre era una mujer demasiado difícil para ella y para cualquiera, (había pensado en más de una ocasión) y le absorbía las energías... con sus pensamientos incorrectamente estructurados y su régimen de comportamientos morales. Eso la ponía de los nervios.
Helen White, por su parte, nunca prestaba atención a nada más cuando estaba confeccionando. Elsa no podía creerse que ciertamente estuviera ignorando el hecho de que ella estaba ahí, tomándose el té... enfrente de ella. Pero realmente a su madre eso le daba igual.
Estaba cosiendo a mano una especie de vestido rojo cereza, y cortaba los hilachos sobrantes con los dientes... ni siquiera así, levantando la cabeza, hacía por saludarla. Elsa pensó que era el momento de decírselo... pues había mirado el reloj... diez minutos para las seis. Estaba aterrada... su madre podría reaccionar de cualquier forma. Pero tenía que hacerlo, tenía que decirle aquello, porque ella tenía que saberlo, después de todo estaba en su derecho... aunque supiera que no le diría nada positivo con una sonrisa en el rostro, como haría una madre "normal".
Suspiró... vaciló unos instantes. Su madre continuaba inalterable, con su mirada perdida en la costura, (aunque a veces se preguntaba si realmente estaba pensando en eso...) moviendo de un lado a otro aquel bonito vestido cereza. Volviendo a recortar los hilachos, volviendo a pasar una y otra vez y con maestría la aguja... (Eran demasiados años en el oficio, pensó Elsa)
Tomó aire. Suspiró.
Realmente no se atrevía... y volvió a mirar el reloj inquieta. Tomó una decisión rápida de valor... pues el tiempo se acababa, y ella tenía que hacerlo sí o sí.
Hizo un ruido con el vaso y con el pie para provocar la atención de su madre, pero no logró nada. "¿Es que no piensa hacerme caso, ni aunque se incendie la casa?", pensó irónicamente y negando en su interior...
Su voz quebraba salió por fin tras un suspiró.
–M-mamá. –Dijo muy tímidamente Elsa White. Ahora su respiración era más agitada.
Helen White no levantó la vista de su labor. En lugar de eso, mordió tranquilamente otro hilacho y se volvió a acomodar el vestido en las piernas.
Elsa, ya más nerviosa que antes ante aquello, suspiró e hizo un gesto rápido que lo entrecortó, pronunciando las siguientes palabras.
–¿Re-cuerdas que había un...? –hizo una pausa. Volvió a tomar aliento... su madre realmente siempre le había resultado demasiado intimidante. Carraspeó–. ¿Un baile de graduación este próximo vier-nes?
No pudo evitar pensar interiormente, efusiva: "¡Dios, lo he dicho!". Pero enseguida aquel estado de énfasis, en cierto modo, se vio mermado ante la mirada seria y cortante de su madre, que había levantado la vista, clavándola en ella.
A Elsa se le congeló el rostro. Se le congelaron los ojos. Se le congelaron las articulaciones. Incluso su cerebro se le había congelado. Estaba totalmente paralizada. Las vibraciones de la mirada de su madre le estaban transmitiendo con demasiada fuerza. Sintió que realmente no sería capaz de continuar hablando... pero hizo un esfuerzo sobrehumano por explicarle aquella cuestión que sabía tenía que decirle obligatoriamente cuanto antes.
–E-es... es que me han invitado.
Su madre continuaba mirándola, inalterable. No cambiaba ni su mirada, ni movía un solo músculo del cuerpo. Elsa no podía más con aquel suspense.
–Es un chico del colegio, un buen chico, y... y pienso ir mamá. –Dijo rápidamente y con decisión, sin pensarlo demasiado. Se sentía orgullosa de sí misma en ese preciso instante.
Pero su madre no se iba a quedar de brazos cruzados tras oír aquello. Su hija le había dicho que iba a ir a aquel desproporcionado baile de graduación... con esos chicos y chicas sedientos de sexo y demás cosas paganas, con esa música horrible de muy mal gusto y esas luces tan cegadoras... en aquel horrible pabellón de ese horrible colegio. Un calor sofocante le subió por todo su cuerpo con una fuerza realmente aterradora. Sentía sus manos más pesadas y su corazón latir más deprisa. Casi sin control.
Miró hacia debajo, tomó su vaso de café templado y se lo tiró a la cara. Elsa cerró los ojos como acto reflejo. No pudo reaccionar... Todo había sido demasiado rápido.
Al cabo de unos segundos se miró y sintió su cara y ropa toda manchada, aparte de un sabor amargo en sus labios, pues el café se había extendido por cada rincón de su rostro. Ahogó un grito de reproche por unos instantes. Se limpió la cara con el mantel y la miró con rabia.
–¡No te va a servir hacerme esto! Pienso ir de todas formas.
Su madre contrajo los músculos de sus manos, bajó su cabeza y la volvió a subir. Era la primera vez en algunos días que ella había oído la ronca voz de su madre.
–Mi pobre e inocente niña... –su tono era lánguido y de ultratumba. A Elsa se le contrajo el corazón. Cuando oía a su madre hablar así, realmente se ponía de los nervios. Empezó a respirar más agitadamente–. ¿Sabes lo que ese niño "bueno" que dices hará contigo? ... Yo te lo diré...
Se levantó de la mesa. Elsa se paralizó por el terror. El vestido cayó al suelo. Su madre miró hacia algún punto perdido de la habitación que ella no conseguía localizar. Sus ojos, aunque azul cielo, estaban más oscuros que nunca, y más sin brillo que nunca. Más sin expresión que nunca...
–Te llevará a algún descampado... y comenzará a tocarte. –La lánguida y ronca voz de su madre se había instalado en la atmósfera de aquella oscura sala de estar, adornada excesivamente de estatuas y cuadros religiosos–. Después... te besará, con su asquerosa lengua chorreando saliva a través de sus comisuras... probablemente dentro de su coche. Y te invitará a que tú también lo toques. Y caerás, caerás en sus repugnantes redes, y entonces al mirarlo verás la marca del demonio rojo en sus ojos, verás...
–¡Basta, mamá! –la interrumpió Elsa tapando sus oídos con sus manos, a medida que el tono de su madre iba aumentando y cobrando énfasis con cada palabra que pronunciaba.
–Sentirás el deseo carnal sucio y desenfrenado de ese chico bueno del que hablas, mientras que él te tocará y te manchará, te manchará de su oscuro deseo, y entonces también serás poseída por del demonio rojo, mientras que... –Su madre ahora hablaba rápidamente como acostumbraba a hacer cada vez que su hija le decía algo que consideraba incorrecto (la mayoría de las cosas) como si estuviera leyendo o recitando un pasaje de la biblia; rápido, seguro, conciso...
Elsa la volvió a interrumpir tratando de no escuchar.
–¡He dicho que basta! –dijo, y a continuación se levantó de la silla y la apuntó con la mano–. Si continúas hablando, te arrepentirás, mamá. –En sus ojos empañados por la oscuridad se observaba un claro gesto de rabia–. Voy a ir a ese baile... y voy a ir digas lo que digas.
Se dio la vuelta... y entonces su madre hizo un ademán para volver a hablar y alzó sus manos al cielo, poniéndose de rodillas. Comenzó a rezar en voz alta. Su voz era torturadora y constante. Su madre solía hacer eso para desequilibrar a Elsa, pero ésta no se achantó esta vez...
La miró con rabia, y alzó su mano en palma hacia su madre.
–¡BASTA! –Gritó.
Y entonces Mrs. White dejó de hablar. Emitió un grito ahogado y llevó instintivamente sus manos hacia su cuello. Sus ojos desorbitados en exceso se le habían vuelto más rojos a causa de que le costaba respirar y lagrimeaban un poco. Su rostro estaba desencajado. Se podía oír un débil gemido desesperado mientras se agarraba su cuello. Miró a su hija... que seguía mirándola con odio, mientras que no apartaba su mano de su dirección. La mirada de su madre ya casi era suplicante. Sentía que se ahogaba. Sentía una fuerza enorme que no podía explicar con palabras oprimiéndole el cuello. Le quemaba, le bloqueaba.
Elsa sintió una cólera incontrolable... algo que nunca le había pasado, o que nunca había llegado a hacer... simplemente apretaba, doblaba su mente de tal modo que no podía pensar con claridad en lo que estaba haciendo. Estaba cansada de los discursos de su madre, ella había perdido el control, y...
Se escuchó la puerta. La voz de Tommy Snell resonó tras de ella.
–¿Elsa? –dijo el joven.
Elsa paró de inmediato aquella ensoñación que se encontraba adueñándose de ella, y bajó los brazos al instante. Al mismo tiempo que sonó la puerta, casi. Suspiró por unos instantes, mientras que volvió a mirar a su madre, que yacía ahora en el suelo en casi posición fetal, tosiendo repetidamente y agarrándose el cuello, todavía. Se puso nerviosa, pues Tommy seguía insistiendo...
Su madre la miró tras unos segundos, y con su mirada le quiso decir todo. Era una mirada aterrada y al mismo tiempo desencajada, sorprendida e incapacitada.
Elsa dejó de mirarla... y entonces a tientas cogió una rebeca fina para tapar la mancha que le había hecho el café arrojado de su madre. Después, cuando regresase, haría frío... todavía no era verano. Se dio la vuelta... hacia la puerta.
–Enseguida salgo, Tommy, dame un segundo.
Y volvió a mirar a su madre girando la cabeza... ya un poco más incorporada, pero aún suspirando agitadamente, a uno o dos metros. Estaba aterrada de su hija en ese momento, y no sabía cómo reaccionar. Se estaba cargando de odio en su mirada y en todo su ser.
Elsa, mirándola, le dijo, con su postura segura y sus ojos azulados, cuyo brillo asustaba:
–Voy a ir mamá.
Su tono era el más inédito que había escuchado nunca... de ella misma. Se sentía diferente en ese momento... demasiado diferente...
Helen intentó gritarle en modo de réplica ante ese tono y actitud de su hija, pero ésta volvió a alzar su mano y una honda de lo que parecía ser "aire", o una fuerza magnética realmente muy fuerte la empujó hacia atrás, frustrando la salida de su voz, y dejando en lugar de eso un desgarrado gemido. Cayó al suelo con algo de fuerza.
Elsa cerró la puerta tras de sí... con cautela, y se encontró con la sonrisa de su acompañante, Tommy Snell, que enseguida la miró de arriba abajo: Elsa llevaba un vestido blanco, corto, si tenemos en cuenta los que tenía normalmente obligada por su madre, con algo de colorete en sus mejillas y sus ojos apenas un poco perfilados. O quizá era su impresión... los veía bastante más oscuros que de costumbre. Pero estaba francamente hermosa. Llevaba la rebeca con las mangas caídas sobre su pecho, haciendo un desinformal nudo con ellas, para que tapasen la mancha de café... ya que no le había dado tiempo de cambiarse. El chico parpadeó... al mismo tiempo que entreabrió su boca con asombro.
–Vaya, estás... estás muy guapa, Elsa. –La miró con amabilidad y parálisis en su rostro.
La joven y extraña Elsa, más que de costumbre, le sonrió casi malignamente, sin llegar a parecerlo... y le respondió:
–Tú tampoco estás nada mal.
Su tono, su porte, su lo que parecía ser extrema confianza en sí misma, confundieron al chico, que normalmente estaba acostumbrado a ver otro comportamiento en esta chica que consideraba dulce... inocente, tierna y dulce. Parpadeó rápidamente y movió su cabeza muy leve, tratando de espantar aquellas sensaciones.
Le ofreció su brazo cual caballero de sombrero de copa, y le dijo:
–¿Nos vamos?
Y después sonrió levantando una ceja, como era su estilo. Ella sonrió también tomando su brazo, y diciéndole:
–Vamos.
Y juntos, así agarrados, caminaron lejos de aquella maldita casa.
Las luces multicolores de los recreativos ya comenzaban a marearla y a confundirla, mientras que la luz natural del día, casi al crepúsculo, había sido engullida justo al traspasar aquella puerta de cristal con sensor de movimiento.
Lo primero que vieron sus ojos; muchas personas yendo y viniendo, a cualquier dirección... sonriendo, bromeando, neutrales, y pasando por al lado de ella, dejando tras de cada una ráfaga de aire y el aroma de un fuerte perfume, que ahora se impregnaba en su ser como si hubiera nacido con ello. Había un murmullo horrible, de miles de voces que se entremezclaban entre sí... una y otra vez. Era torturador.
Se encontraba un poco mareada... no sabía a donde mirar. A cada lado, en cada sitio donde dirigía su vista, había más y más personas, más y más tiendas... pensó que nunca antes se había percatado de este sitio. ¿Realmente había algo así en la diminuta Belmont? O quizá era tan diminuta porque ese lugar lo ocupaba todo...
Sonrió levemente, negando apenas un poco. Ciertamente aquello le estaba gustando, a pesar de que tantas cosas la paralizaban y no sabía a dónde dirigirse. La hacían sentirse más vulnerable y con temor a parecer absurda, pero ciertamente era la primera vez que entraba en ese sitio.
"Seguramente de estas cosas era de lo que hablaban los huecos..." pensó distraída, y observó el techo de aquel lugar. Un mosaico de colores. De miles de caras, haciendo múltiples formas... tales como caballeros con espadas, corceles, niños con globos, niños corriendo, niños riendo, coches, personajes de Disney, escudos... todo era una vorágine de miles de personajes y miles de formas amontonadas entre sí. El color de fondo no se podía distinguir. Habría jurado que era blanco... pero no estaba segura. Mirar al techo por tanto tiempo había provocado que se casi tropezara con una pequeña elevación del suelo, y reaccionó, al instante.
"Solo me hacía falta caerme ahora..."
Continuaron caminando. Sus ojos se le fueron irremediablemente hacia un escaparate de vestidos y telas. Había uno precioso... un vestido rojo, y otro rosado, rosa palo, concretamente. Fue amor a primera vista. El vestido era largo, con un escote bien elaborado y sin excederse, enseñando solamente lo justo. La longitud era perfecta, a su medida... y el decorado era tan sencillo que eso justamente era lo que lo hacía único y extremadamente hermoso. Se retrasó un poco, queriendo mirarlo más... porque no alcanzó a ver el precio.
Tommy se paró al ver que ella se retrasó, y le hizo un ademán con su cabeza. Ella asintió y le siguió de nuevo. Durante un buen rato estuvo pensando en el vestido, pero después ese pensamiento se fue difuminando un poco a medida que veía las múltiples tiendas de ropa... con tantas cosas que la atraían: blusas, faldas, accesorios, zapatos, complementos... que se avergonzó del atuendo que llevaba (aunque no desmerecía) manchado de café y con aquella rebeca anticuada que su madre le había traído aquella tarde de la tintorería.
–¿Qué es eso? –había dicho Elsa, cuando su madre sacó la prenda de la bolsa y se la extendió.
–Te vendrá bien cuando haga frío. –Había respondido su madre, tan ronca y con esa mirada perdida y sin brillo, como de costumbre. Elsa siempre había pensado que su voz era única, pues sin llegar a ser grave, era un intermedio entre lo desgarrado y lo femenino...
Elsa la había tomado entre sus manos y la había mirado atentamente... alzándola ante sus ojos.
–¿Dónde la has comprado?
Y tras una pausa, su madre había respondido...
–La hice yo misma.
Después se fue... subió las escaleras y se perdió en las penumbras.
La verdad era que Elsa, después de todo, le tenía mucho cariño a aquella rebeca, pues aunque sabía que era seguramente para que tapara "sus vergüenzas", era el primer detalle o quizá el único que su extraña madre había tenido con ella. Sin regaños, sin hostilidades...
Sonrió levemente al recordar aquello, y enseguida sus ojos se volvieron más brillantes, con expresión suave. "Mamá..." pensó, y bajó su cabeza afligida.
Cuando la levantó, al instante se encontró y casi chocó con Tommy Snell, que se había parado frente a una cafetería del centro comercial. Lo miró algo tímida, con las ojeras semi oscuras características de su rostro...
–¿Te apetece que nos tomemos un café aquí? –preguntó amablemente el caballero de la edad moderna.
Ella tardó unos segundos en reaccionar. Le pareció que todo daba vueltas demasiado rápido...
Los recuerdos de su madre, aquellas sensaciones con respecto al lugar donde se encontraba, Tommy Snell, e incluso... "¡NO, NO, NO!" pensó y sacudió su cabeza interiormente y casi exteriormente. No quería pensar en Anna Green ahora. Todo estaba marchando relativamente bien, o al menos, estaba siendo bonito, sin su presencia, sin su...
Los recuerdos de aquel choque en gimnasia se le manifestaron en su mente de una forma automática. Ella los ahuyentó ante el ademán vocal de Tommy Snell, exigiendo, casi, una respuesta. Entonces ella suspiró un poco agitada y algo asustada, y le dijo con cierto nerviosismo:
–S-sí. Sí, sí, por supuesto...
Y fingió una forzada sonrisa.
El chico arqueó la ceja confuso, pero enseguida sonrió sin mostrar los dientes.
–Pues vamos. –Alzó su brazo de nuevo mientras se adentró apenas un poco, y le hizo un ademán con su cabeza.
Ella lo miró paralizada por unos segundos, y después reaccionó parpadeando un par de veces con rapidez, tomó su brazo de nuevo y esperó callada frente al camarero, que los miraba.
–Póngame un café con leche para mí, por favor... –dirigió su mirada a Elsa–. Y tú, ¿qué vas a tomar?
Le sonrió a su peculiar estilo. Le alegraba tenerla ahí, tan serena, agarrada de su brazo...
La voz de Elsa se negaba a salir ahora de su garganta. Lo intentó, pero se le quebró. Se aclaró la garganta tratando de no perder la calma.
–U-un café solo...
Tanto el camarero como Tommy fruncieron un poco el ceño, y el chico emitió una sonrisita cordial, pero extrañada.
–Eso es... creo que eso es muy fuerte, ¿estás segura?
Ella no lo había estado mirando, de hecho no estaba siendo del todo consciente del mundo, y entonces volvió en sí de repente, alzando la cabeza y los ojos, con una expresión más normal y atenta.
–Um sí, perdón, se me había olvidado decir con leche condensada.
Ahora su voz había salido normal de su garganta, y Tommy la miró sonriente, para después hacer señas al camarero... que asintió, y ambos se alejaron hacia la mesa del rincón.
Se sentaron frente a frente. Tommy sonrió, sintiéndose como un adolescente inmaduro de repente, ante la chica que le gustaba y empezaba a sentirse un poco vulnerable y ridículo. Pero sabía que no tenía motivos... tanto Elsa White como él eran adultos, en la medida de lo posible... no eran ya adolescentes.
Se hizo un leve silencio... Elsa seguía distraída. Tommy se lo notó y trató de entender qué estaba pasando, si realmente pasaba algo... tal vez la chica solo se encontraba un tanto nerviosa.
Lo cierto era que Elsa estaba aturdida. Unos focos de una gran intensidad alumbraban aquella verde estancia, justo encima de ellos, y eso la tenía muy confusa y nerviosa, pues normalmente no estaba acostumbrada a la luz. Su madre se negaba a encender demasiadas luces, y su casa estaba siempre en penumbras... era lo que ella estaba acostumbrada a percibir. Pero tampoco se atrevía a mirar a Tommy Snell a los ojos, como si nada, tras que estaba pensando aunque se resistía en su ex novia, y eso la hacía sentirse muy incómoda... más consigo misma, incluso.
Pero el chico decidió romper el silencio. Estaba agarrando el servilletero, ya que él también se encontraba un tanto nervioso. No sabía si estaba haciéndolo bien o mal...
–Uhm... –comenzó a decir, ladeando su boca–. ¿Qué te parece la estancia? ¿Te gusta?
Le volvió a sonreír... y antes de que Elsa pudiera responder, apenas movió la cabeza en su dirección, el camarero se metió entre medio y puso los vasos de café encima de la mesa. Elsa lo miró... como aferrándose a su salvación, por unos instantes...
–Y su leche condensada. –Dijo tras ponerla al lado suyo y mirarla.
Elsa sonrió levemente y asintió. El camarero se retiró.
Tommy se encontraba mirándola y sonriéndole de nuevo, y entonces ella le correspondió.
–Vaya. Parece que te han atendido bien. –Bromeó...
Elsa sonrió de nuevo.
–No está mal...
Notó como su seguridad volvía a hacerse manifiesta, con ese tonito casi desafiante y algo cómico a la vez que sensual. Se acercó el café caliente a su boca con picardía y mirada profunda y desafiante... miró el contenido del vaso, ante la profunda mirada de Tom Snell. Se percató de que no le había vertido la leche condensada al café, tras probarlo apenas un poco... y entonces lo bajó.
Abrió la lata de leche condensada retirando la chapa, y vertía lentamente la leche que iba cayendo hipnóticamente hacia el vaso... con delicadeza, con dulzura, como había pensado él al mirar aquello... y sus manos blancas, pero un blanco neutro y único, al mismo tiempo que ella movía la cuchara para mezclar la leche con el café color marrón oscuro, que se iba haciendo más blanco, más claro...
Sacudió su cabeza. Se estaba hipnotizando. Rápidamente tomó su café tras verter los dos sobres de azúcar que yacían al lado de la taza, y le dio un buche moviéndolo con la mano, agitando el vaso hacia los lados. Fue muy rápido, se encontró bebiendo del café, como queriendo aferrarse a algo, para no saltar a decir una locura, o hacer una locura. Se sintió en cierto modo provocado. Pero no podía ser... ¿Elsa White, provocando a alguien? Tenía que olvidar aquella idea.
–El baile cada vez se acerca más, ¿eh? –Dijo de repente con rapidez y sin pensarlo. Necesitaba concentrarse en otra cosa de inmediato.
Elsa lo miró un tanto confusa y perpleja. Después de tanto silencio... o al menos a ella le había parecido largo, de repente se vio roto así, mientras que ella estaba saboreando su café con leche condensada...
–Eso creo...
–Lo pasaremos bien. –Su tono había sido el mismo, y con su taza de café en la mano, alzada, movió la vista y la cabeza hacia el lado.
Elsa lo miraba un poco tímida. Sentía que su seguridad iba y venía conforme con lo que se repetía interiormente en su cabeza...
Pero al verlo así, a él, a ese chico que realmente apenas conocía... mirando con gesto serio hacia el lado, hacia la amplia ventana en donde ya se había manifestado gran parte la noche, la hizo sentirse un poco más pequeña.
Se habían levantado al cabo de un rato, y se habían ido del local. Prácticamente la conversación fue más de lo mismo, eso cuando podían hablar... porque realmente no hablaron demasiado. Ambos se sentían un poco bloqueados, y ninguno sabía del todo por qué.
Tommy se estaba comportando como no solía comportarse, pero de repente se sintió un poco intimidado, desorientado, confuso... y caminaba más rápidamente que ella, dejándola incluso un poco atrás. Elsa se sentía algo mal y confusa, y pensó varias veces en darse la vuelta y marcharse de allí. Tommy corrió hacia la taquilla del cine, cuyo luminoso de luces de colores resaltaba justo debajo en una hermosa cristalera en donde se veía el cielo de afuera, ya estrellado...
BELMONT CINEMA
A Elsa le pareció lo más hermoso que había visto en mucho tiempo, o quizá lo más hermoso que había visto, después de...
Bajó su cabeza y juntó los labios. Se encontraba hipnotizada y aturdida por aquella vista, y sin fuerzas para nada...
Tommy corrió con una sonrisa en su rostro a su dirección, y se paró justo delante de ella, suspirando un poco. Le extendió dos entradas para la película que comenzaría en unos minutos.
–He pensado que un buen cine no nos vendría nada mal.
Y sonrió... amablemente, como siempre, con el tono de voz muy hermoso, había pensado Elsa. Quizá por eso Anna Green... Oh. De nuevo Anna Green. ¿No pensaba dejarla en paz?
Le sonrió con cierta ternura. Sabía que Tommy Snell no era ningún imbécil.
–¿Cuánto te costaron? No puedo aceptar que...
–Shh. –La interrumpió–. ¿Cuándo se ha visto que la dama pague las cosas en una cita con el caballero? No pienso permitirlo.
Y arqueó la ceja, sonreía de nuevo.
Elsa negó con la cabeza. No tenía remedio... pero al menos todo se había vuelto más normal entre ambos. Extendió su mano tímidamente para ver el nombre de la película en la entrada, y sin querer rozó la mano de Tommy, y parpadeó rápidamente. No había tenido contacto con nadie desde que... Oh, por Dios. Otra vez.
–¿Cuál... ah?
–Es una de terror, líder en taquilla. –La interrumpió, a sabiendas de lo que iba a preguntar.
¿Terror? Terror era lo que estaba sintiendo en ese momento... porque no sabía hacia dónde dirigir sus pensamientos, o qué hacer con ellos. Todo era extraño, todo era confuso... todo era molesto. Quería desconectar.
Eran las 7:00 de la tarde cuando se adentraron en el cine... en el enorme cine. Estaba ya oscuro, y la gente comenzaba a acomodarse en sus sillones mullidos, formándose la típica "guerra" de a ver quién se queda con el mejor sitio... los sillones eran de color rojo y negro. Le habían parecido muy cómodos, en cuanto se sentó en uno de ellos, de la primera fila.
La gente solía evitar sentarse demasiado cerca de la pantalla porque era molesto para el cuello, así que, de una parte, en la que estaban ellos (el cine se dividía en dos, dejando un pequeño pasillo en medio) estaban casi solos en la primera fila. Tan solo una pareja acaramelada en los últimos sillones...
Tommy se sentó en el sillón de al lado de Elsa, y se acomodó las palomitas en las piernas. Agarraba algunas cosas con la boca, y le ofreció las palomitas. Ella las tomó con cierta timidez y una sonrisa en su rostro, pues él estaba muy cómico en ese momento, cargado de cosas.
Comer... eso iba a ser la solución definitiva. O eso pensó... tiene que funcionar, ¿no? es lo mejor para distraer la mente... atiborrarse de palomitas. Sonrió para sus adentros. La música de la película comenzaba a sonar en la sala, mientras que unos esporádicos"Shh" ya se divisaban, a medida que las últimas personas se acomodaban en las filas y huecos restantes.
Elsa miró a la enorme pantalla... negra, con letras espeluznantes. Comenzó a comer... y empezó a querer adentrarse en la misma. Nada como una película de terror para no pensar en nada más. Esperaba que fuera fuerte... pues a ella pocas pelis de terror la inquietaban.
La oscuridad absoluta se había apoderado del cielo de Belmont. La sala de estar de la casa de los White era aún más lúgubre, aún más siniestra. Sin hablar del resto de la casa...
La escalera que daba el acceso a la segunda planta de aquella casa americana, ni siquiera se divisaba. Era una oscuridad que empezaba desde el primer escalón y continuaba hasta el último. No había ninguna luz... prominente de ningún lado.
Los cuadros religiosos adornaban en exceso las paredes, tales como La Última Cena o El Juicio Final. El primero se encontraba justo al lado de la mesa en donde solían cenar o tomar café. De dimensiones enormes, el cuadro ocupaba casi todo aquel rincón, y justo un poco más allá se encontraba la pequeña mesita redonda en donde se ponían a confeccionar madre e hija. Solo poseía como alumbramiento una lámpara sencilla de pie. La cocina estaba un poco más allá de la sala de estar... dotada de lo básico. Demasiado básico. Blanca y de suelo de madera desgastada. Toda la moqueta era así.
Las mesitas de adorno, pegadas a la pared, estaban dotadas de estatuas de vírgenes o de Cristo, montado a caballo en Domingo de Ramos. Tenían algunas más de esas mesas... y todas estaban provistas de estatuas similares, todas de temática religiosa.
En la segunda planta no había nada de lo común... tan solo el cuarto de Elsa y el baño. Siempre había pensado que su cuarto era lo mejor que había en esa condenada casa, pues aunque no era muy amplio de más, tenía todo lo que le convenía, y la cama era cómoda. Se había acostumbrado a dormir sin almohada. El tocador era enorme... con un espejo redondo de madera maciza encima, y algunos perfumes. Guardaba varios vestidos y prendas que ella misma había hecho, aparte de los que poseía en un pequeño hueco justo encima de su armario, un lugar secreto donde ella guardaba las telas que se compraba para hacer vestidos más "normales". Su madre casi nunca entraba en su habitación.
El baño era común y corriente, con el suelo de baldosas azules y blancas, que habían visto mejores tiempos. Su madre siempre decía que la limpieza te acercaba a Dios, así que limpiaba los baños al menos dos veces al día, y las lozas ya estaban desgastadas, el azul apenas se distinguía... por no hablar de la bañera blanca con los pies dorados, dorados oscuros... desgastados, casi plateados. Y la ducha que apenas se sostenía en su sitio. Tenía que ducharse a escondidas, pues su madre consideraba pecado dejar que el agua le cayera de pie, aunque ella siempre lo hacía. Se sabía bien sus horarios... sus ausencias... sus estancias.
Un murmullo atormentado y torturador se oía desde lo que parecía ser la alacena de debajo de las escaleras... o como Elsa lo llamaba, desde el hueco maldito se podía ver a Mrs. White arrodillada en el pequeño altar, una mesita redonda con un paño blanco encima, dos velas blancas gruesas a cada lado, y una bombilla amarillenta arriba de una estatua de Cristo crucificado, con las costillas desgarradas y sangrando más de la cuenta. La de pesadillas que había tenido Elsa cada vez que le había tocado mirar mucho tiempo esa estatua, cuando su madre la había encerrado allí durante seis horas. Parecía que en cualquier momento iba a cobrar vida, e iba a arrebatarle el corazón de un solo movimiento.
Ella se tumbaba en el suelo tras imaginar aquello, mareada, y no dejaba de mirarlo. O de vigilarlo... Esa mirada perdida alzada hacia el cielo... ese gesto de desgarro desencajado en sus facciones. Le daba escalofríos. Ese Cristo había sido el causante de muchas pesadillas en sus torturadas noches de intentos de conciliar el sueño.
Helen no cesaba a rezar... ahí, arrodillada enfrente del Cristo de las torturas, con aquella lúgubre luz amarilla alumbrando muy tenuamente la pequeña alacena... con los codos apoyados en la mesa, y sus manos apresadas por su rosario negro. Tenía su biblia al lado. Rezaba por Elsa. ¿Cómo aquella niña se le había desviado del camino de ese modo? No podía dejar de pensar que ese maldito demonio rojo adolescente la arrastraría hasta sus bajezas y entonces... entonces...
Había pensado que era un demonio. Sí, eso era... un demonio. Su cuello aún le ardía solo de recordarlo. Eso solo es propio de las brujas... de las más oscuras brujas aliadas de Satanás. Alzó el murmullo con más fuerza, aclamando al cielo... tras pensar en eso. Ella misma se encargaría de cumplir la voluntad de Señor y de obligarla a volver al único camino posible.
Se escuchó la puerta. Eran aproximadamente las 21:00.
Elsa había dejado sus llaves que finalmente no le fueron útiles en la bandeja que había a la entrada, y había caminado lentamente por aquella oscuridad pronunciada. Enseguida pensó en su madre... a su madre no le gustaría aquello. A ella misma no le gustaría aquello. Continuó caminando... con claro temor. Sus piernas lo decían claramente. Se tambaleaba un poco. Quizá ya se había acostado... pero no fue así.
Su madre se hallaba ahora parada justo en medio de la casa, con su camisón blanco largo y su mirada desequilibrada, pero certera, su mirada que parecía tener y no tener noción, su mirada sin brillo... esa mirada que tanto la paralizaba y que tanto la hacía enloquecer de terror.
Contuvo un pequeño grito. Se agarró el pecho. El corazón parecía salírsele por el mismo.
–¡M-mamá! Me has... –comenzó a decir.
Su madre continuaba mirándola sin alterar ni un poco su gesto.
–Niña condenada. –Dijo certeramente–. ¿Qué horas son estas de llegar?
Pese a la penumbra, Elsa podía ver que su madre movía las articulaciones de los dedos de una forma extraña. Frunció el ceño.
–Yo tampoco me lo esperaba, mamá. Ha sido... realmente pensé llegar mucho antes.
Su tono trató de ser tranquilizador... ella misma trató de tranquilizarse. Pero aquel movimiento de su madre no la dejaba de alarmar y de atormentar.
–He estado rezando por ti. –Se aventuró a decir Mrs. White sin más.
Elsa frunció de nuevo el ceño... ¿qué significaba eso?
Ladeó su cabeza, confusa.
–Supongo que te lo agradezco, pero...
–Él es un servidor de Satanás. –La interrumpió con decisión su madre.
–Mamá, yo...
–Él hará que te pierdas. Él hará que te rebajes a su nivel. Él hará que Dios no te perdone.
Elsa comenzó a ponerse nerviosa... mientras que los puños de su madre se formaron. Alzó la vista. Lo que vio le resultó difícil de olvidar. La mirada de su madre estaba cargada de rabia, no sabía como definirla bien... era una mezcla entre locura absoluta y rabia. Como quien tiene entre manos algo importante que hacer y maquina cómo llevarlo a cabo, con valor y decisión. No pudo responderle nada.
–Yo tengo el camino a la salvación...
Y rápidamente, antes de que Elsa pudiera reaccionar, su madre la agarró fuertemente de su largo, rubio y suelto pelo, y la comenzó a arrastrar hacia la alacena, que tenía la puerta abierta. Elsa se resistió en cuanto se pudo percatar de las acciones de su madre, pero era inútil, ésta apretaba con tal fuerza que era imposible zafarse. Su madre era una mujer fuerte. Comenzó a gritarle, desesperadamente.
–¡MAMÁ! ¡SUÉLTAME!
Pero Helen no le hizo caso, y continuó arrastrándola con dureza, mientras murmuraba cosas sin sentido que Elsa no se paró a escuchar...
–Yo haré, oh Señor, que ésta tu sierva regrese a tu rebaño, yo la llevaré de vuelta a tu regazo, yo haré que la marca del demonio rojo desaparezca de su cuerpo y de su mente... –repetía una y otra vez... mientras la arrastraba.
Elsa comenzó a lloriquear. En poco tiempo había sido chocada fuertemente contra el pico de la mesita del altar, dejándola aturdida, casi inconsciente. Una gota de sangre cayó al suelo... proveniente de su boca. Su madre la había lanzado tan fuerte que le había roto el labio. En el suelo, en cuanto pudo tocar su labio que le dolía y le ardía, y pudo ver la sangre en su dedo, perdió el conocimiento. Antes de eso, o quizá al mismo tiempo, pudo oír la puerta cerrarse, tras que su madre le dijo: "Te quedarás ahí hasta que te hayas arrepentido, sucia lasciva sierva de Satán".
Pasaron aproximadamente cuatro horas... cuando Elsa se despertó de su estado de inconsciencia. Su visión era borrosa todavía... y sus ojos se iban adaptando a las formas lentamente, a medida que pasaban los segundos y parpadeaba. En cuanto volvió completamente en sí, comenzó a notar todo su cuerpo: su cabeza adolorida, su labio roto, sus pensamientos, los recuerdos... y la tormentosa luz amarillenta y el Cristo mirándola sin mirarla en esa cruz.
Sintió ganas de llorar. Se agarró la cabeza con una mano. "Mierda... pensaba que había sido una pesadilla...". Pensó aletargada.
Pero por desgracia no lo era. Conocía los procedimientos de su madre... por un "pecado" así, la dejaría encerrada toda la noche...
Subió sus rodillas hasta su barbilla y arropó sus piernas con ambos brazos. Dejó caer su cabeza por unos segundos. Se había sentado lo máximo que podía de espaldas al Cristo, aunque aún seguía mirándolo, o él a ella. Trataba de no centrarse en él...
¿Cómo era posible que de un día tan normal se hubiera vuelto de nuevo la vorágine? Negó con la cabeza... y se limpió las lágrimas. Sin poderlo evitar, aquello le trajo recuerdos. Hacía dos días, en clase de gimnasia, tras su choque con Anna Green, tras encerrarse en los vestuarios...
Lloró amargamente. Se deslizó desde la puerta hacia debajo, empapada en lágrimas, en angustia... en dolor. No entendía del todo por qué, pero se encontraba llorando, se encontraba ciertamente desdichada, y quizá en ese momento hubiera entendido por qué: Me estoy enamorando de ella. Eso fue lo que pensó... mientras su corazón explotó y lloró aún más, tirada prácticamente en el suelo de aquel vestuario. Sus ojos eran rojos, sus ojeras más pronunciadas, y se le había hinchado la mejilla... aunque en ese momento no pudo pensar en el dolor también físico que estaba sintiendo.
Anna Green, que seguramente no entendió por qué se alteró tanto al tenerla tan cerca, porque no podría controlar sus deseos de hacer caso de sus impulsos más ya no tan subconscientes, de agarrarla en ese instante, de tener una "segunda oportunidad" como si eso fuera un sueño, para después olvidarlo, pero se dio cuenta en ese momento de que ella no podría olvidarlo. De que esos deseos seguían muy presentes, y que la acechaban allá donde fuera. En sus sueños, en su mente, en cada esquina, en cada rincón... en cada baldosa de aquel vestuario. En cada ráfaga de tenue luz que ahora miraba tintinear en aquel hueco cochambroso.
Sentía que esa era la única maldita verdad que ahora la acompañaba en aquella maldita alacena. ¿Ese era su pecado? ¿Amar a otra mujer? ¿O acaso amar a alguien? ¿No sentir deseos carnales o deseos en general por un chico? ¿No estar casada? ¿Por eso era pecado? Se rió irónicamente. Ahogó un grito. Escondió su mano.
Maldita sea... todo estaba siendo demasiado confuso, demasiado torturador para su magullado cerebro vestido o cosido de Anna Green. La amaba... eso estaba pensando. La amaba y era ya inevitable. La amó desde ese día que la tuvo tan cerca, conscientemente, la amó con todas sus fuerzas, y su corazón reaccionó con un terror intenso, el terror de saber que ahora ella no era nada ya, que ahora estaba a merced de aquella chica pelirroja a la cual apenas conocía. La cual nunca le correspondería.
"¡ES PERFECTAMENTE POSIBLE!" le gritó Elsa White a su pesimista consciencia. ¿Y por qué? ¿Porque te miró de ese modo...? No me hagas reír.
Bajó la cabeza tras suspirar. Tommy se había dado cuenta... de la "marca" que la había dejado aquella confrontación con "su chica". Se le había hinchado la mejilla. Su propio reflejo en el espejo de los vestuarios no dejaban lugar a dudas. Era una "mancha" roja que se había extendido, y encima se le había hinchado. "Genial..." había pensando en ese momento, con los ojos aún hinchados y algo rojos, mientras aún tenía la cara húmeda. "Elsa White... el despojo humano enamorado, mojado, desastroso y encima desfigurado..." y procedió a limpiarse las lágrimas y a darse con un papel mojado sobre la hinchazón.
Estiró las piernas... y entonces llegaron ahora a su mente los recuerdos de su cena en el Burger King con Tommy Snell.
El chico, que no era nada tonto, enseguida se percató de la mejilla roja de Elsa, que todavía no había terminado de desaparecer. Le bastó con observarla sonreír, tras quitarle un resto de Ketchup que tenía en la comisura derecha, y ante los focos de potente luz que los alumbraba en ese momento. Las risas de ambos pararon. Estaban bromeando desde hacía un buen rato.
–¿Qué tienes ahí? –Le había dicho alejando su dedo, pero señalando su mejilla, tras fruncir y frunciendo aún el ceño.
Elsa había bajado la cabeza, inquieta.
–¿D-dónde? –Se hizo la tonta.
–Ahí. –Señalaba Tommy con su vista más que con su dedo.
Elsa se agarró la mejilla entonces, como acto reflejo. Era evidente que aquello no podía pasar desapercibido...
–¿Qué tengo? –recurrió a su última y desesperada táctica evasiva.
Tommy emitió una risita, como acostumbraba. La miró arqueando la ceja y sonriendo sin mostrar los dientes. Una suave manera de decir con ironía algo así como: "¿En serio no te lo has notado antes?".
–Tienes el moflete hinchado. –Frunció levemente los labios, compensando el tono irónico.
Elsa gesticuló frunciendo el ceño.
–Oh... "Mierda", supongo que me habré dado con algo, no sé.
La joven tragó saliva y bajó la vista, tratando de disimular. "Con algo como Anna Green" le había dicho su consciencia, pero la calló violentamente, se visualizaba ahí agarrándola del pelo...
Tommy sonrió, pero no le convenció del todo la respuesta. Y por otra parte, era normal... ¿darse con qué? porque todo es consistente como para recordarlo, como para dejarle ese tono rojizo ahí... pero decidió no ahondar más. Para su alivio...
Suspiró con molestia, moviéndose, estirándose las articulaciones. Crujieron. ¿Qué iba a hacer ahora? Tendría que volver a darse de morros contra la mesita para volverse a desmayar, porque lo de dormir frente a ese ambiente tan tétrico y frente a ese Cristo magullado mirándola, lo veía algo improbable.
"Porqué no me mirarás tú..." pensó tímidamente, y entonces dejó caer su cabeza en su brazo, mientras que sus mechones de pelo rubio también cayeron... con ternura... se meció, imaginando por un instante que estaba junto a Anna Green y que la abrazaba en su imaginación, que la sentía... ya no se resistía tanto, ya había asumido que amaba a aquella condenada y perfecta pelirroja de trenzas niveladas.
Frunció el ceño y miró hacia el frente... Quizá no todo fuera bueno. Todavía faltaba por comprobar si Anna Green... "¡Es perfectamente posible!" (volvió a gritarle a su conciencia antes de que hiciera acto de presencia) también le correspondía, si también había sentido lo mismo con aquel choque fortuito en gimnasia.
Por el momento solo sabía con claridad sus propios sentimientos recién aceptados, y que se encontraba ahí sola, con su misma respiración y su mente como compañía, y que no saldría probablemente en mil años, conociendo la locura de su madre...
Se tumbó con sus manos actuando de almohada y cerró los ojos. No se atrevía a apagar la luz, pero tampoco se atrevía a volver a mirar a aquel Cristo acechante. "Ya no eres una niña Elsa White... esa estatua no puede hacerte nada". Y, al cabo de un buen rato, se durmió.
En algún lugar oscuro y recóndito de Belmont, (usualmente apodado "el vertedero") en donde se encuentran esos hostales sucios e insulsos de la zona, yacían postrados en una cama sucia y cochambrosa de calidad inexistente, muy "acaramelados" (como ese término se pueda adaptar a ellos) Christine Hamilton y Boby Nolan. Llevaban ahí ya un buen rato. Habían quedado desde hacía varias horas, sobre las 23:00, y ahora eran las 2:00 de la madrugada y todavía continuaban con la "guinda" de su encuentro.
Boby se movía torpemente y vorazmente sobre ella, besándola por su cuello con demasiada impaciencia, y acariciándole el muslo desnudo, mientras que ella, incómoda ante la torpeza y carente habilidad de su "amante", miraba hacia otro lado y trataba de controlarle la velocidad con su mano sobre la de él, pero él apresó sus manos rápidamente por encima de su propia cabeza a cada lado, y continuó besándola a su antojo, por toda la parte superior ya desnuda.
A eso él lo ponía muy extasiado. Adoraba tener ese tipo de encuentros con Christine, ya que era una chica que él podía controlar perfectamente. Al menos, eso pensaba. En ese mismo instante se encontraba a punto de estallar, y no podía aguantar las ganas de dejar que eso fluyera.
Se acomodó acorde y le hizo un gesto con su cabeza a ella, que entendió y actuó en consecuencia. Al cabo de unos segundos sintió la fuerte embestida de aquel bruto chico sediento de placer, y comenzó a gemir sin poderlo evitar, pues tampoco se sentía tan mal cuando ella lograba ponerse también a tono.
Esa vez se había superado... comprendía la virilidad de Nolan, quien normalmente se lo había hecho mucho peor que esta vez. Solía hacerlo rápidamente y sin esperar a nada, bruto, y no permitía que ella le hablase para aconsejarle. Esta vez tampoco lo había hecho, pero ella había encontrado el método idóneo para ver ese asunto morboso, y pensar que ese tipo era tan imbécil que la ponía a cien funcionaba, en ese instante funcionaba.
Ambos gimieron. Cada vez más fuerte. El delincuente se había adentrado al extremo en ella, y ella había anudado sus piernas alrededor de la cintura del joven adulto. Esperaba llegar esta vez... y al cabo de unos segundos, lo hizo.
Explotó en un éxtasis de placer que no le pareció desmerecedor, (no como las otras veces) y esperó a que su amante terminara también, unos segundos más tarde, aminorando las embestidas hasta que por fin las paró.
Se alejó de inmediato... suspirando agitado. Todavía estaba un poco lanzado. Yacían ahora a cada lado de la cama, desnudos. Ella tomó el mechero y un cigarrillo de mala marca, los que solía gastar Bobby, y lo encendió. Dio una calada y miró al techo sucio de la habitación dotado de múltiples machas y telarañas, mientras expulsaba el humo lentamente.
–Hoy has estado asombrosa, Chris. –Le dijo Bobby, sonriéndole satisfecho, con su mano debajo de su cabeza y observando su cuerpo musculado y sudoroso.
Christine lo miró con gesto impenetrable, apenas moviendo la vista. Ahora comenzaba a sentir un pequeño dolor constante en su bajo vientre.
–¿Ah, sí? –dijo de forma neutral, y le pasó el cigarro para que tomara una calada. Bobby Nolan intentó quedarse con el cigarro, pero ella le golpeó la mano certeramente y se lo volvió a arrebatar–. Este es mío. Aquí tienes tu paquete. Fúmatelo entero de una vez si quieres.
Dio otra calada. Bobby se quedó confuso mirándola, y frunció el ceño, sentándose en la cama con las piernas estiradas en el colchón.
–¿Se puede saber qué mosca te ha picado? –Su tono era ofendido y confuso.
Ella dio otra calada... y apagó el cigarro oprimiéndolo contra el cenicero de la mesita de noche. Exhaló el humo restante que quedaba en su boca.
–Nada. No es contigo. Es otro asunto el que me tiene los ánimos trastocados.
–¿Y qué asunto es ese? –el delincuente comenzaba a sentirse intrigado.
Ella frunció su ceño y lo miró fijamente. Su pelo negro estaba alborotado y su rimel algo corrido. Era una imagen impropia de ella. Pero no pudo evitarlo, dado que había sudado... por primera vez.
–¿Recuerdas a Elsa White? –trató de explicarse la chica.
Él cerró uno de sus ojos, hizo una mueca con la boca y miró hacia arriba levemente, mientras que su cabeza cuadrada, su pelo rapado al dos y su barba de dos días se fusionaban.
–No. ¿Quién es esa? –dijo al cabo de unos segundos.
Christine Hamilton emitió un sonido de molestia.
–La santurrona. La chica rubia que siempre viste como una monja o de otro siglo o a saber. –Encendió otro cigarro tras decir aquello.
Bobby hizo el mismo gesto. Era su forma peculiar de pensar las cosas.
–Sí. ¿Qué pasa con ella? ¿No me dirás que te ha negado un polvo?
Y emitió una sonora carcajada. Ella lo golpeó medio de broma en su pecho. Estaba duro. Eso la estaba poniendo a cien de nuevo sin que pudiera darse siquiera cuenta. Bobby siempre la desestresaba, después de todo, y esta vez lo estaba...
–Imbécil. –Se incorporó de nuevo normalmente–. Por su culpa me han prohibido ir al baile de graduación. ¿Y sabes lo que eso significa? –Lo miró con un gesto como de vida o muerte. Bobby no entendió qué debía hacer o responder–. Significa que no se va a quedar así. No permitiré que esa tipa se vaya de rositas, ¿me explico o no me explico?
Dio otra calada. Bobby la miró con gesto neutral, pero enseguida se adentró en sus teorías.
–Te explicas. –Tomó de nuevo su cigarillo. Lo absorbió. Bromeó como anteriormente, y le devolvió el cigarro.
Christine lo miró como con expectación, esperando a que él dijera algo tras la calada del cigarrillo que acababa de encender por su cuenta, pero no lo hizo. Se puso un poco histérica.
–¿Y bien? ¿Qué puedo hacer para remediar eso?
El chico, que estaba mirando hacia el techo con el ojo derecho cerrado cual pirata, dio otra calada al cigarro, y al cabo de unos instantes tras exhalar el humo, respondió:
–Sangre de cerdo para una cerda. –Y la miró con malicia. Sus ojos negros aceitunados brillaban más que nunca.
Christine se quedó en silencio, pero había entendido perfectamente lo que su chico le había dicho... y le sonrió del mismo modo, agarrando su cigarrillo y devolviéndole el gesto de robarle una calada. El chico la tomó con fuerza y la puso debajo de él, con el cigarrillo aún en la boca, y comenzó entonces a estimular su bajo vientre todavía desnudo con los dedos. Aquello lo había extasiado.
Ella lo dejó, estaba extasiada de tan solo imaginarse aquello... y gimió como nunca antes cuando Bobby Nolan volvía a adentrarse en ella, pero esta vez tomó la iniciativa, y lo hizo someterse, con una media vuelta decidida. Todos iban a someterse.
Aprovechando que era fin de semana, Anna Green se había acostado tarde. Terminó de ver una película de acción que estaban emitiendo por el satélite, y apagó la televisión justo cuando comenzó la teletienda. Odiaba la teletienda. ¿Qué sentido tenía vender tan bien un producto, como si fuera de otro mundo, si después si lo llegabas a comprar, un poco curioso por su presentación, resultaba ser como cualquier otro? No tenía lógica... y ahora se encontraba subiendo pesadamente las escaleras, tras estirarse antes todo el cuerpo, había pasado mucho tiempo sentada en el sofá con las piernas alzadas.
Su pijama era corto y a tonos blancos y rosados, y sus zapatillas algo infantiles, mostraban un conejo. Pensó algunas veces que ya era hora de ponerse algo más de su edad, pero lo descartó enseguida. ¿Quién se lo prohibiría?
Bostezó varias veces, mientras subía la escalera de madera con una alfombra azul y de bordes dorados. Tenía una casa preciosa.
Justo enfrente se encontraba el estudio, escoltado por una amplia puerta de corredera de madera, acristalada. La sala de estar, en donde acaba de salir, también tenía la misma puerta, y estaban ambas en el mismo pasillo, y la escalera que daba a la segunda planta un poco más hacia el frente. Al fondo había dos pasillos: uno daba al baño, grande y verdoso, dotado de todo tipo de lujos, el de la derecha, con la sala de estar. El otro daba al patio, al amplio patio con una estatua blanca en el centro y adornado de todo tipo de plantas, el el lado izquierdo, junto con el estudio. Ambos estaban en el mismo pasillo, cada cual a su lado.
Anna adoraba el estudio. Era amplio, muy amplio, como una biblioteca histórica, ahí encontrabas cualquier cosa. Tenía dos salas... la primera daba al despacho de su padre, que tenía una puerta de cristalera igual que las anteriores, y lo otro era el estudio en sí, alfombrado en todos sus metros cuadrados, y con múltiples estanterías repletas de libros. Ella solía sentarse allí a leer cualquier cosa cuando no quería pensar en sus pensamientos, o cuando simplemente necesitaba desconectar. Había sillones de cuero bien mullidos en cada rincón de su lujoso estudio.
Finalmente llegó a su habitación. Rosa por todas partes, pese a la oscuridad. Encendió la luz. La de la luna no alumbraba lo suficiente, pero en cuanto probó la potencia de la misma que castigaban sus ojos cansados, la apagó. Oscuridad... dulce oscuridad... así se sentía protegida en cierto modo. Protegida de los sentimientos del jueves.. de aquella clase de gimnasia que todavía no podía sacarse de su cabeza. ¿Qué demonios había pasado ahí? No podía entenderlo del todo, o tal vez no quería entenderlo del todo. Odiaba esa situación de Confronted Emotions... pero era evidente que sus emociones estaban confrontadas.
Se dirigió al baño... pesadamente y con desazón. ¿Qué otra cosa podría hacer? se miró al espejo. No pudo evitar asustarse de su magullado gesto: insulso, ojeroso, descuidado. Acercó su cara al cristal. Su arañazo en la parte derecha de su barbilla había cicatrizado un poco. Recordó entonces que se lo había visto cuando fue a ducharse ese mismo día... después de llegar a casa. Ese día le dolía bastante más que ahora. Ahora apenas podía sentírselo... aunque de vez en cuando le ardía un poco, pero era algo que podía aguantar perfectamente.
Se lo tocó, e hizo un gesto de dolor. Todavía no había cicatrizado del todo... bajó su mirada entonces, y rememoró los recuerdos de aquel día... porque había tratado de no recordarlo, pero sus intentos fueron fallidos, así que se decidió a enfrentarlos: eso era lo que una persona coherente haría. ¿No?
"A ver, Anna... no es nada del otro mundo, te chocaste con esa chica, ¿y qué? No es..."
Sus pensamientos se detuvieron en ese instante, cuando la mirada azul y asustaba de Elsa White se adueñó de su mente. Esa mirada... joder, esa mirada sin duda tenía algo, algo que la desconcertaba en exceso, algo que no podía explicar... ¿Por qué la miraría con ese terror? No había sido su culpa, ella había chocado porque quería salvar la pelota, que eso era un punto, pero ella permaneció ahí como un pasmarote, obedeciendo a las leyes de la física, era algo lógico que... pasara aquello.
Se puso su mano en la barbilla con ciudado y frunció el ceño. Necesitaba aclarar todo aquello... y por qué la confundía tanto. No se podía creer todavía que ni siquiera se acordase ya de Tommy, pues todavía no había hablado con él, desde ese día que se cortaron por teléfono... pero ya eso ni siquiera le importaba. Ni el baile, ni nada... tan solo aclarar por qué la mirada de Elsa White le había calado de ese modo. Necesitaba entenderlo.
Solo había cruzado dos palabras con esa chica, francamente... y no sabía apenas nada de ella, excepto que parecía ser una especie de bruja.
"Pero una brujita a la que adoro".
Se sorprendió de repente. Abrió la boca de forma literal. ¿De dónde demonios le había salido eso? ¿Había pensado...? No podía ser... ¿O sí?
Sonrió de repente, sin poderlo evitar, recordando todo aquello, basándose en su propio pensamiento, mientras cogía la pasta de dientes y la ponía sobre el cepillo.
Si realmente ella había dicho eso, si realmente ella sentía eso... entonces tenía que buscar la forma de liberarse o atraparse más en ese asunto. Lo que no era costumbre de Anna Green, era dejar las cosas a medias. Esta vez no estaba dispuesta a seguir huyendo. Ya había pataleado suficiente, y en sus sueños había imaginado cómo tras dejar de patalear, la barca en donde se encontraba a punto de naufragar, se calmó... y allí, a las orillas de una isla paradisíaca, de aguas cristalinas como solo era posible en un mundo ideal, estaba esperándola Elsa White; con los brazos abiertos y una sonrisa de medio lado.
