Gracias por los mensajes y alertas, aquí va un capitulo mas.
Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer y la Bella y la Bestia a su autor, jejeje.
Los días del viaje se alargan soportablemente y al final avistó a lo lejos la granja a la que tanto amor tenia y la que había estado a punto de perder, antes de abandonar definitivamente Transilvania fue a donde los malditos que lo habían traicionado y por culpa de quienes había acabado en el castillo de la bestia y les arrojó el dinero a la cara exigiendo que le devolvieran sus propiedades, ellos al verlo quisieron timarlo nuevamente pero este se negó en planta y les dijo que lo dejan en paz, que ya había cumplido con su trato y no quería saber nada de ese maldito pueblo.
Al verlo llegar Jessica y Victoria fueron las primeras en correr pero no a abrazarlo sino a mirar con que premios había llegado. Cuando lo vieron todo se quedan encantadas con el oro que le fue pagado y solo Bella reticente, se acercó con las manos mojadas de lavar la ropa e hizo una graciosa reverencia a la que su padre respondió con un abrazo lloroso.
– Me alegra que estés de vuelta, papá – dijo apoyando en su hombro la canosa cabeza de Charlie que sentía un poco de consuelo al estar con su niña querida. Dejando a las hermanas fuera mirando todo lo que había traído Bella lo llevó a la sencilla mesa de cocina y lo sentó en la despatarrada silla para servirle su café favorito.
A pesar de las riquezas y de que seguramente había tenido éxito en sus negocios Bella sintió que su padre estaba como en otro mundo, tenía la mirada perdida y respondía con monosílabos lo que ella le preguntaba cuando normalmente era de lo más elocuente. Lo veía deprimido y no soportaba hacerlo.
–No te ves tan feliz como deberías – dijo soplando delicadamente su propia taza de café, los ojos marrones de Charlie la miraron traspasándola con su dolor.
– Será porque no lo soy – dijo respondiendo crípticamente.
– Tuviste éxito en tus negocios, regresaste como lo prometiste y estas dando felicidad a tus hijas. ¿Qué otra cosa podrías necesitar? – no lo había hecho con sorna, aquella pregunta, simplemente le estaba pidiendo que le contara que hacía falta para que volviera a sonreír como antes de partir, cuando sus esperanzas de un nuevo futuro apenas se empezaban a forjar.
– Mi Bella – dijo sintiendo que no podía contener más las lágrimas, empezó a contarle la verdad y el terrible acto que fue obligado a cometer antes de partir de vuelta. Le dio lujo de detalles sobre Cullen y su misterioso castillo y también sobre su habitación y la feminidad de esta, lentamente se sacó del bolsillo de la chaqueta de cuero el hermoso collar de rubí y lo tendió suavemente en la mesa dejando que ambos admiraran nuevamente su belleza.
Bella quien, a pesar de no tener deseos de joyas ni nada parecido, admiró encandilada la belleza llamativa de la piedra preciosa. Era tan sencilla y a la vez tan valiosa que la sintió casi que indecente encima de la zarrapastrosa mesa del comedor.
– Tendré que hablar con Jessica y Victoria, alguna de ellas deberá acompañarme de vuelta y ceder a los caprichos de ese desalmado – dijo Charlie secando las ultimas lagrimas que había derramado frunciendo el ceño al pensar en cómo les diría a alguna de ellas que las entregaría a un bastardo sin alma.
Bella lo observó en silencio mientras lentamente asimilaba todo lo que su padre acaba de revelarle, seguramente habían hablado por horas y aun así sus hermanas aún estaban en el patio lanzando monedas al cielo y viéndolas caer, seguramente así llamando la atención de cualquier hombre pobre que pasara por ahí en busca de fortuna. Ambas pensaban en cuantos vestidos comprarían, cuantas cintas lucirían y a cuantos hombres conquistarían mientras su padre se consumía en la incertidumbre sobre qué hacer.
Según su padre tenían un mes, pero Bella sabía que ese tipo de personas jamás olvidaban lo que prometían, el señor Cullen parecía ser el personaje de terror de alguna de sus novelas más antiguas y a pesar del miedo que la sola descripción de su padre sobre él le inspiró sintió una terrible curiosidad por conocerlo y por saber si era como su padre lo describía, seguramente era esa parte oscura de ella misma a la que nunca ponía atención y no lo iba a hacer en ese momento, lo único que importaba era salvar la vida de su padre y para eso estaba ella, porque era el hombre que le había dado la vida y en quien más confiaba. Además tenía la sospecha de que si Charlie incumplía al misterioso Cullen ellos, todos ellos pagarían las consecuencias.
A pesar de que sus hermanas la sacaban de quicio algunas veces Bella amaba a su familia y más que todo a su padre, no quería que sus hermas asumieran el destino desconocido por que eran débiles de carácter y siempre se dejaban encandilar por todo, ella se consideraba un poco más aguda y sentía que era su deber para con todos ellos aceptar el reto que se le presentaba al frente aunque no estuviera directamente implicada.
Sin permitir que su padre la disuadiera y ocultando a sus hermanas la terrible verdad Bella comenzó a preparar el viaje en el que su padre la entregaría a la voluntad del señor Edward Cullen.
Los días pasaron y las hermanas de Bella, con sus nuevos vestidos y sus atolondrados comportamientos fueron llevadas al pueblo y por las cuantiosas dotes que cada una tenía inmediatamente fueron pedidas por soldados en matrimonios que a la larga odiarían pero que en medio de su repentina opulencia no podían ver. Sus maridos deseaban sus dineros más no a ellas y aunque tenían de sobra ellos siempre iban a querer más. Charlie decidió quedarse con la granja y seguir administrándola con su hija por la cual más de uno preguntó por la dote.
Bella le dijo a su padre que invirtiera el dinero de la dote que le correspondía a ella en mejoras para la finca y de todo lo que trajo su padre con lo único que se quedó fue con el collar de la discordia.
Cuando el día señalado llegó padre e hija se encontraban en un estado deplorable. Partieron con rumbo a lo desconocido. Fue un camino tortuoso y la inocente joven no comprendía como su padre pudo haberlo hecho sin una sola queja. Aunque ella tampoco se quejó, en realidad, su padre ya se veía lo suficientemente abatido.
Llegaron a Transilvania después de tres días pero fue un viaje, dentro de todo, cómodo gracias a lo que le fue pagado a Charlie.
La noche caía cuando llegaron al castillo Cullen, de él emanaba la misma frialdad que Charlie recordaba y en un acto casi que impulsivo el mismo Charlie le dijo al cochero que diera la vuelta, que le devolvería a Cullen todo el oro y dejaría que le cortara la mano, preguntándose como en nombre del cielo haría eso pero su amada Bella lo detuvo.
– No puedes hacer eso, Jessica y Victoria necesitan el dinero para sus matrimonios y yo no me quiero casar por lo que no estaré haciendo nada malo, quizá solo quiere que sea su ama de llaves – Charlie intentó dejar convencerse pero cuando las puertas se abrieron y el cochero les dijo que no entraría con sus caballos a ese recinto se dio cuenta de que era tarde para dar marcha atrás.
Bella estrechó contra su pecho el libro que había escogido para llevar y miró hacia arriba sin saber que era intensamente observada.
Esme miraba desde la torre más alta parada detrás del señor Cullen que vigilaba la llegada del granjero que antes fuera su mayordomo y quien había sido el artífice para conseguir a quien en ese momento y sin saberlo lo miraba con fijeza. Aun a la distancia pudo distinguir el rubí contrastando con ese rojo pasión que tanto amaba Tanya, sobre la blanca piel del pecho de la muchacha que se dejaba entrever a través de la capa que portaba, no debía tener más de 20 años.
No era mayor cosa, pensó Cullen, de hecho no se sentía excitado en lo más mínimo pero sabía que era bueno haciendo juicios apresurados, puede que la insipidez que veía desde arriba fuera pasión tras bambalinas.
– Hazlos seguir, luego deshazte del padre con un arcón de oro – dijo mirando hacia Esme que hizo una reverencia y salió de la torre.
Bella sentía el frio emanar de todas partes alrededor de ella, era como si el mismo ambiente fuera tan pesado que estuviera traspasando la capa que llevaba sobre su vestido e inclusive sus huesos. Había mucha nieve y árboles que no dejaban nada más que el camino que debía seguir al descubierto. Dio pasos por el empedrado sintiendo como sus zapatillas de segunda mano se humedecían con la nieve. Tras ella podía sentir los pasos de su padre pesados, y sus sollozos ahogados. Ella también se sentía triste pero supuso que tendría que ser fuerte por los dos, además sentía una curiosidad insana por todo lo que la rodeaba a pesar de su lúgubre entorno, lo único que había conocido durante toda su vida había sido la villa y el pueblucho aledaño a esta y en sus libros hablaban de lugares como ese, con castillos y bosques tenebrosos.
Cuando estuvo frente a la puerta levanto la mano para tocar cuando esta se abrió como si estuviera anticipando su toque, una mujer, por ahí de 60 años abrió completamente, estaba vestida de negro y tenía una serie de llaves atadas al cinturón, la miraba impasiblemente, casi como si no la tuviera enfrente y Bella hizo una reverencia para saludarla. La mujer no se la devolvió.
Escuchó un sonido al lado derecho y un hombre con capucha y vestido de negro acarreaba con él un baúl con lo que sonaban como monedas. Más dinero para su padre, se sentía como una transacción comercial y verse como un objeto hizo que apretara con más fuerza su libro contra su pecho.
– Bella….yo… – decía Charlie intentando respirar a través de su llanto.
– No te preocupes, con ese dinero podrás pagar una dama de compañía y no me necesitaras – le dio un beso en la frente y el negó con la cabeza.
– ¿Cómo puedes decir eso? Eres mi hija –
– Si y como tu hija debes respetar y aceptar mi decisión – ahora le beso la mejilla abrazándolo con un brazo – Te quiero papá, y eso nunca va a cambiar, no descuides tu salud ni te preocupes por mí, de alguna manera pienso que estaré bien – Y al parecer sonó convincente aunque en realidad no creyera una palabra de lo que decía, el mal presentimiento seguía abocado en su corazón escondido tras el dije de rubí que brillaba en su pecho.
– Debo llevarme a la señorita Swan – dijo la mujer – puede irse –
Charlie abrazo con fuerza a Bella por última vez y caminando hacia atrás para tener la última vista de ella se dirigió al carruaje donde su nuevo baúl de oro había sido acomodado.
– Buena suerte, hijita – dijo antes de entrar finalmente en el carruaje y ver por última vez el castillo de Cullen.
Bella siguió a la mujer por el piso inmaculado cuyo material no podía identificar, sentía los pies agarrotados del frio y le costaba no hacer gestos de dolor cada vez que pisaba, claro que, la mujer no la estaba viendo así que sus gestos serian solo de ella. Sentía sobre sí misma una mirada vigilante y se preguntó sombríamente si en realidad podría conciliar el sueño en algún lugar de ese sitio.
Una sala enorme le dio la bienvenida cuando la mujer abrió la puerta usando una llave de hierro. Se hizo a un lado en un gesto para que pasara y la joven entró sintiendo como el calor de una chimenea encendida la bañaba totalmente. Menos sus pies que siempre habían sido friolentos.
Cuando se cerró la puerta tras ella estuvo a punto de darse la vuelta y correr, golpearla para que le abrieran pero se quedó en el sitio aferrando su libro que seguramente debía estarse quejando de estar tan sugestionado.
Era una sala enorme con muebles estratégicamente distribuidos alrededor de la enorme chimenea para aprovechar al máximo el calor, solo se acercó y se quedó de pie ya que su ropa mojada seguramente dañaría el tapizado de las sillas.
– Buenas noches… –
Una voz lúgubre, oscura y casi inhumana hizo que Bella contuviera el aliento, sentía como si la voz estuviera deslizándose lentamente desde su cuello a su espalda, trasero y piernas y se devolviera por todo el camino deteniéndose sombríamente en su vientre.
– Buenas noches – dijo haciendo acopio de toda la entereza que le había llevado entrenar con sus hermanas.
– Así que eres la hija de granjero – dijo la voz otra vez, y la joven no podía identificar de dónde provenía.
– Si, me llamo Isabella –
Los pasos comenzaron a sonar, como la chimenea era la única fuente de luz no se había dado cuenta que desde que había entrado la figura en la ventana más alejada del fuego había estado monitorizándola.
Cuando la joven había entrado un efluvio de su olor a campo había penetrado las fosas nasales y afectado el agudo olfato del hombre que se apoyaba en el alféizar y la veía recortada contra las llamas de la chimenea. En la nieve, viéndola desde la altura no había sido capaz de olerla pero ahora le llegaba su aroma puro y francamente femenino.
No se hacía ilusiones, todas las mujeres olían bien, de eso daba buena fe, y ella no sería diferente. La miró desde la oscuridad evaluando cada deficiente detalle y la joven sentía que estaba detallándola con descaro. Deseo por un segundo ser como sus hermanas, pero en seguida se arrepintió, con la belleza nunca se podía saber si un hombre lo quería a uno por sus rasgos físicos o por lo que había dentro de su cabeza, aunque técnicamente no se hubiera interesado por ningún hombre alguna vez, exceptuando al señor Darcy o el coronel Brandon.
Dejó que sacara su veredicto sin importar si era bueno o malo pero sentía el corazón palpitarle en la garganta.
Sintió los pasos en la cara alfombra y no se movió de su sitio principalmente porque tenía demasiado frio en los pies para siquiera pensar en moverlos y por qué la mirada a pesar de la oscuridad la tenía paralizada.
Edward Cullen se movió hacia la luz saliendo como de un sueño tenebroso y a la vez paradisiaco, pensó Bella mientras sus ojos iban distinguiendo la elevada estatura, el porte regio, los pasos largos y la persona en sí. Tenía el cabello sobre los hombros, el cobre era distinguible por las llamas y lo hacían parecer como si esas llamas estuvieran lamiendo lentamente su cabeza, la frente amplia y las cejas pobladas los ojos… los ojos…
El iris era profundamente amarillo, casi bestial y la nariz era recta y nada angulada, los labios eran llenos, rosados y por un momento a Bella le parecieron apetecibles. La barbilla fina y cuadrada, el cuello grueso y el resto de su cuerpo cubierto por la ropa que dictaba la moda, o eso había visto en los dibujos que sus hermanas tenían de hombres vestidos así.
Él también la evaluaba, de hecho lo hacía desde que entró haciendo a un lado su olor parecía más una campesina pero era la hija de un granjero así que era de esperarse. La piel era casi tan blanca como la suya misma aunque dudaba que por los mismos motivos, tenía los ojos en forma de hoja, y los labios gruesos casi que en desbalance con el resto de su rostro. Era imperfecta pero desde hacía tiempo sabía que si quería la perfección debía salir a buscar a las de su misma especie y no podía abandonar el castillo, o al menos sus alrededores, la maldición que caía sobre él sería eterna y no habría escapatoria jamás.
– Quítese la capa – dijo Edward después de un momento y la temblorosa joven retrocedió un paso. – Haga lo que le digo –
Bella sintió esa orden en lo profundo de su pecho, el macizo calor del miedo mezclándose con el deseo de dejar la capa mojada para así coger temperatura. Miró a su alrededor para saber dónde dejar su libro y lo apoyó en una mesa cercana cambiando dos pasos que hicieron que sus pies se quejaran el doble. Llevó ambas manos a el cierre de la capa y lo abrió lentamente sintiendo lo pesada que era en sus manos.
Sin saberlo la piel le brillaba con las gotas derretidas de nieve dándole un aspecto casi sensual del que solo su nuevo dueño se dio cuenta. Aparte de su piel el único brillante que tenía era el que le colgaba del cuello y Edward sintió para su pesar que encajaba perfectamente en esa porción de piel mucho mejor que en la de Tanya, lo cual era curioso ya que el mismo collar era de la bastarda.
La muchacha se volvió frotándose enérgicamente los brazos. Edward chascó los dedos y el ama de llaves entró segundos después con un vestido de casa que a Bella le pareció de fiesta, de color azul claro y con tejidos extraordinariamente elegantes. Nunca se había puesto un vestido así y nunca lo había tenido.
La mujer se fue cerrando nuevamente la puerta y el señor Cullen se volvió hacia la muchacha.
– Cámbiese –
Ella se quedó quieta un momento esperando que él se fuera de allí para poder cambiarse pero el hombre o lo que quiera que fuera él no se movió en absoluto.
–No voy a cambiarme con usted mirándome – dijo ella pensando que había tenido un tono insolente.
El silencio fue la respuesta, al menos por unos momentos, después él habló con esa voz siniestra que el lado oscuro que Bella nunca exploraba encontraba fascinante, seguramente así se sentía Caroline Bingley cuando el señor Darcy hablaba pero también seguía temiendo.
– Si lo hará – respondió el hombre después de unos momentos. Finalmente y después de mucho tiempo los ojos de ambos conectaron y se quedaron así.
Bella sentía como sus brazos se levantaban lentamente para bajarse las hombreras de su vestido. Su mente estaba gritando que no lo hiciera pero parecía que esta había dejado de tener conexión con su cuerpo y este estaba siendo espiritualmente manipulado por otra cosa. Tenía ganas de llorar mientras la primera capa del vestido caía a sus pies y la camisola interior rozaba su piel helada.
Era él, pensó incongruentemente, era el señor Cullen el que estaba manipulando su cuerpo de esa manera.
Quería hablar y gritarle que no lo hiciera pero tampoco podía coordinar sus sentidos para que hablaran. Se desnudó lentamente, mentalmente contra su voluntad pero ahí estaba así como la habían traído al mundo frente a un hombre que conocía desde hacía solo unos minutos.
Edward caminó hacia la joven mirándola evaluadoramente. No tenía más ni menos que otras mujeres que había visto, excepto que parecía hecha de crema y no de carne. Casi que etérea pero al mismo tiempo real. Cuello largo y perfilado, hombros redondos con muchas pecas sobre ellos, senos medianos con pezones rosados, erguidos por el frio, costillas levemente sobresalientes, vientre con una suave combadura, vello púbico delgado, suave y a la vista casi que esponjoso, piernas torneadas y tobillos delgados, todo el camino de vuelta fue igual de satisfactorio y ella lo miraba con los ojos muy abiertos como si no pudiera acabar de creerse que eso estuviera pasando.
Había usado la táctica que los de su especie llevaban a cabo cuando querían algo y siempre era un placer observar a una mujer desnuda, aunque está a diferencia de las otras parecía a punto de echarse a llorar en vez de echarse a sus brazos.
Dio más pasos usando su persuasión y quedó con la cabeza de la mujer debajo suyo y su espalda a la vista. Deslizó el dedo medio de su mano derecha sobre el hundimiento que partía su espalda en dos sintiendo como la piel de ella se atería de frio. Era un problema, eso de la temperatura corporal, pero si quería tener calor sabía lo que tenía que hacer y no era precisamente tocarla, midiendo su mente se encontró con una barrera que no había visto en las demás, físicamente quizá pudiera ejercer control pero no podía escuchar nada de lo que pasaba por su mente en esos momentos y eso lo hizo retroceder un paso, al dar el paso hacia atrás fue como si ella de repente saliera del hechizo al que la había sometido y corrió hacia el vestido poniéndolo frente a ella y aferrándolo contra su parte frontal.
– ¿Qué es usted? –dijo la muchacha después de un momento secándose las pocas lagrimas que habían abandonado sus ojos hacia un segundo.
– Estaba justamente haciéndome la misma pregunta – dijo Edward hablando oscuramente pero al mismo tiempo sintiendo a su pesar curiosidad. Las pocas campesinas que había conocido antes de que murieran habían estado deseosas de abandonar la vida del campo y también de arrojarse al lujo que él poseía. Las leía con facilidad casi que vergonzosa y nunca había conocido a una que lo sacara de su cabeza de la manera en que esta lo había hecho.
Bella aferró el vestido mientras muchas imágenes de ella siendo abusada o degradada la asaltaban, sentía un miedo visceral pero esperaba que no se le notara, no quería quedar como miedica pero la verdad era que sentía que ese horrible sentimiento se propagaba por toda su piel. Sabía qué hacía unos segundos había sido presa del control de él. Pero algo dentro de ella, una sensación de inconformidad se había presentado, en esos momentos se había preguntado la razón por la cual su cuerpo estaba siendo domado por nada más que una mirada de ese ser feroz.
"¡No! ¡Basta!" había gritado para sí y como si de magia o algo más se tratara él se había alejado como si algo lo hubiese golpeado. No se pararía a pensar mucho en eso, ya era bastante vergüenza en la que pensar tenía como para añadirle que su mente se negara a lo que pasaba. Aun así la había controlado por los segundos suficientes para desnudarla y la verdad esperaba que no le hubiera gustado lo que había visto por que ella misma no se gustaba. Había pasado por la infantil etapa de que sería como el patito feo que se volvía lindo. Era solo ella, Isabella Swan y nada podía cambiar lo que era desde nacimiento. Una muchacha sencilla.
Esperando desagradarle tanto como se desagradaba bajo el vestido lo suficiente para pasarlo por sus piernas y subirlo rápidamente para taparse lo suficiente. Solo que el vestido parecía estar diseñado para exhibir y no para recatar. Tenía un escote indecente y seguramente era para ponerse con corsé pero ella nunca había usado por la restricción y tortura que implicaba. Le quedó un poco suelto y con el pecho casi al aire libre, pero al menos lo tenía encima y le daba una falsa sensación de seguridad.
Edward siguió todos los torpes movimientos mirando como el collar de rubí se estrellaba lentamente en su pecho cuando se movía.
Ese collar había pertenecido Tanya Denali. Aquella zorra desalmada a la que lo acabó más que nada en la vida.
Había sido su mundo cuando la había encontrado, era una campesina, como aquella frente a él, solo que de sus ojos no destilaba inteligencia e inocencia sino deseo carnal y ambición. Por muchos meses creyó que tenían los mismos intereses y deseos así que la hizo su amante sin miramientos y sin siquiera conocerla. Los primeros meses habían sido fogosos pero luego pasó lo que pasó. Sus ojos verdes se dirigieron por instinto al collar y la piel tras de él. Aun a esa distancia podía sentir la sangre afluyendo bajo ese forro pecoso y sintió un hambre aberrante apoderarse de él.
Bella permaneció en medio de la sala completamente quieta esperando que el hiciera su siguiente movimiento para responder con lo que fuera que tuviera a la mano pero él solo permanecía ahí, mirándola de arriba abajo y todo el camino de regreso. ¿Se quedaría ahí mucho tiempo?, Se preguntaba mientras sentía su piel nuevamente aterida por el frio.
Miró hacia el fuego y antes de pensarlo camino lentamente hasta este extendiendo las manos y sintiendo la agradable sensación de calor en medio del frio.
Edward siguió sus movimientos y pensó que había tenido suficiente por un día. Más adelante investigaría por qué esa granjera tenía esa habilidad.
Dándose la vuelta y sin decir nada más caminó hasta la salida dispuesto a ir a su torre y mirar las estrellas, aquellas pérfidas que no vieron esto venir.
Bella sintió en su espalda que él se iba de la estancia y respiró aliviada cuando supo que ya no estaba ahí. Mirando las llamas se preguntó con qué clase de criatura había venido a parar, porque era claro que el dueño de ese castillo no era un hombre ordinario.
