Gracias por sus mensajes y alertas, espero que sigan con la historia.

Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer.

El reloj de arena dejaba caer su elemento lentamente. Como una gota deslizándose por una superficie no del todo inclinada. Los ojos verdes seguían el progreso con concentración casi clínica y era abrumador mirarlo tan quieto, como una estatua, como un muerto viviente.

Esme lo miraba mansamente sintiendo el amor fraternal que siempre le había inspirado, desde incluso antes que les cayera aquella horrible maldición había velado por él como un hijo. Después de que sus padres naturales murieran había permanecido a su lado, protegiendo su patrimonio hasta que fue lo suficientemente mayor para hacerse cargo por sí mismo.

Lo conoció en su tiempo cruel, en su tiempo tierno y también cuando aquella pérfida que traía la desgracia llegó a su puerta. Clamaba ser una mujer solitaria que necesitaba un sitio donde quedarse. Y habían accedido, principalmente porque a Edward le había gustado y se la había querido llevar a la cama.

La mujer evidentemente cedió, era difícil resistir a un hombre como Edward, Esme sabía que de no verlo más como un hijo que como un hombre seguramente también habría admirado su belleza pintoresca y sus rasgos perfectos. Lo convirtió en un ser cruel y desalmado que solo buscaba el placer carnal y cuando esta lo tuvo danzando en la palma de su mano le dijo que se casara con ella para así vivir eternamente.

Él se había burlado y le había dicho que había mujeres para casarse y mujeres para pasarla bien. Le dijo que era buena en la cama pero no para aguantarla toda la vida. Era lo que Esme más o menos recordaba que le había dicho 500 años atrás, cuando toda esa marea se había desatado. Ella se había reído y le había dicho que nunca debió decir eso. El solo se había carcajeado y le había dicho que más le valía seguir siendo su puta porque si no lo iba a pasar mal. Luego ella solo lo había observado impasible pero con el odio destilando de sus poros que hasta la misma Esme sintió.

Al día siguiente había desaparecido y Edward fingió no notar su ausencia. Pero era tarde para arrepentirse porque sus palabras habían dado a Tanya lo que necesitaba para vengarse de él y de las duras palabras que había dicho.

Se decía que una dama herida era capaz de llevar a cabo actos terribles y a esta mujer, que aunque mujer no era humana, esa afirmación que caía como anillo al dedo. Invocando las fuerzas de la oscuridad lanzo una maldición sobre el castillo y todo aquel que viviera en él. Los condenó ser eternos, a tomar sangre para supervivir y a no escapar nunca de los terrenos que rodeaban el castillo. Se alió con fuerzas oscuras y una noche los atacó convertida en la bestia que realmente era mordiéndolos a todos, impregnándolos con su veneno y arrojándolos a la oscuridad eterna de esa brutal existencia. Los condujo a volverse como ella.

Nosferatu, vampiro.

Y no había posibilidad de salvación, porque nadie nunca sería lo suficientemente puro e inocente para liberarlos.

Sobre la cama de Edward dejó un recuerdo antes de desaparecer, transformándose, su collar, aquel que traía siempre consigo, un rubí.

Cuando Edward, Esme y los hombres que servían despertaron a su nueva realidad nada volvió a ser lo mismo en el castillo. Lejos de sentirse bestiales hicieron lo posible por hacer apacible su existencia bebiendo la sangre de los animales que plagaban los bosques. Nunca saciados, pero los suficiente para detener el frenesí de sangre humana. El único que alguna vez probó la sangre humana fue Edward, quien después de la traición de Tanya (aunque no se le podía llamar traición a algo que él mismo había desencadenado) dejó de ser el muchacho que era antes para convertirse en un ser frio hambriento de deseos lujuriosos y sangre.

Buscaba en los alrededores a mujeres inocentes, a limpias campesinas que subieran al bosque y mujeres de clase alta y se alimentaba de ellas, las secuestraba o las seducía. Las tomaba, les drenaba un poco de sangre y se las llevaba a la cama.

Al inicio había matado a más de una por no poder controlar su sed y las drenaba completamente, luego supo cómo calmar su frenesí de sangre con actividades sexuales. Así que se alimentaba a la vez que se tiraba a una mujer y la dejaba viva y saciada a la vez que se saciaba él. Posteriormente Esme se enteró de que a su nueva vida Edward había traído la capacidad de leer el pensamiento y aunque no se lo hacía a ella sabía que había visto en el fondo de su mente el sentimiento fraternal que la unía a él y era la única criatura por la que sentía algo más que odio.

Pero era la única a la que nunca había puesto el collar de Tanya, este elemento era como un recuerdo que la perra había dejado a Edward y el obsesivamente se lo ponía a todas las mujeres que alguna vez se habían acercado al castillo como una especie de sórdido recordatorio de que todas eran igual de malditas que Tanya.

Edward dejó de mirar el reloj de arena y se volvió hacia Esme.

– ¿Por qué insistes en recordar eso una y otra vez? – dijo con voz calmada sabiendo que en los últimos minutos ella había estado recordando la manera en que se habían convertido.

– Porque cada vez que te veo siento una vez más todo aquel sufrimiento al que ella nos condenó –

Edward entornó sus ojos verdes y desvió la mirada nuevamente hacia el reloj de arena.

– ¿Qué va a pasar con la granjera? – dijo Esme después de unos momentos – ¿Vas a alimentarte de ella? – Posiblemente no debía preguntar eso ya que sabía que la respuesta era afirmativa. La tomaría de la vena y después tendría sexo con ella en su torre.

– No lo he decidido – dijo Edward – creí que cuando me viera saltaría a mi desnuda como lo hicieron todas antes que ella… pero no… parece que tiene algo… diferente – Sus largos y blancos dedos se deslizaron por el vidrio del reloj de arena. – No puedo leerle el pensamiento –

Esme lo miró sin inmutarse pero dentro de ella algo se exaltó, era la primera vez que escuchaba en todos esos años que Edward no podía leer a alguien. En el tiempo que llevaba siendo lo que eran la capacidad de Edward les había servido para salvarse en más de una ocasión de ser asesinados por cazadores y fanáticos de la religión. Podía escuchar pensamientos a distancia y nunca se había equivocado. No quería hacerse esperanzas inútiles, nadie nunca podría salvarlos del destino al que estaban condenados pero seguramente era algo nuevo escuchar que alguien podía hacer eso. Presentía que no todo sería tan monótono como las otras veces.

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Bella permaneció frente al fuego hasta que su temperatura corporal se adecuó a él. De vez en cuando cogía con el tridente uno de los troncos ordenadamente apoyados en la esquina derecha de la chimenea para avivarlo y aferró su libro de Jane Austen mientras miles de interrogantes se afanaban en su cerebro.

Para tranquilizarse decidió seguir leyendo donde había dejado y se zambulló de lleno en el mundo de Orgullo y Prejuicio.

No supo cuánto tiempo permaneció sentada, caminando solo para no dejar que el fuego se apagara, pero cuando dirigió su mirada hacia la ventana se dio cuenta de que estaba por lo menos a mitad de la madrugada.

Nadie más había interrumpido en la estancia pero la sensación de estar siendo observada no la abandonaba. Cuando llegó a la parte donde Elizabeth rechaza al señor Darcy su estómago lanzó tal gruñido que si había alguien vigilándola seguro lo escuchó en medio del sepulcral silencio.

Sonrió para sí misma aferrándose la tripa y cerrando el libro pensando qué debía hacer. Seguramente para la hora que debía ser no había nadie de pie, solo ella, y al no conocer el castillo se podía perder buscando la cocina.

Escuchó un golpe en la puerta y llenándose de miedo por que pudiera ser el sobrecogedor dueño del castillo saltó del cómodo mueble con su libro como escudo. Pero se trataba de la misma mujer que había visto horas antes, la que había traído el vestido.

Llevaba en sus manos una bandeja plateada con una tapa del mismo material encima. Si, definitivamente había alguien vigilándola por que la mujer no podía saber que su estómago había lanzado un grito por comida.

Cuando la mujer se dio la vuelta para irse Bella quiso llamarla, quizá que le diera el nombre o que…

¿Qué le podías pedir a alguien que trabajara para el ser más oscuro que jamás encontró?

La puerta se cerró y no escuchó ningún sonido de cerradura. Caminó lentamente hacia la bandeja temiendo lo que pudiera encontrar. No quiso pensar en cabezas ni manos de alguien, no soportaba la carne ni la mención de la sangre.

Sí, no tenía muchas posibilidades de alimentarse bien porque era lo único que comían en la granja, ella era quien acababa con los vegetales y sus hermanas con el cordero, cerdo y res.

Levantó la tapa y vio toda clase de alimentos encima de ella. Ninguno contenía carne.

Tostadas, queso en rodajas, mermeladas de distintos sabores, pedazos de manzanas y peras… Todo perfectamente conservado. Seguro por la nieve.

Se preguntó seriamente si debía consumir alguno de esos alimentos. Si no estarían envenenados o impregnados con algo que le hiciera perder la conciencia. Así había pasado una vez en el pueblo y no quería acabar como el hombre al que le pasó.

No, no debía confiar. Cerrando la bandeja y aguantando el hambre, habito que había aprendido cuando no estaban en época de cosecha y tenía que alimentarse solo de pan y agua, decidió seguir leyendo para olvidar su apetito a pesar de que el olor de la comida la llamaba notoriamente.

Si, seguiría con Darcy y Elizabeth.

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Edward cerro los ojos aunque no precisamente para dormir, algo en el despacho le llamaba terriblemente la atención. Si, era la maldita campesina. Su habilidad le permitía pasar a un estado casi de desdoblamiento y traspasando las paredes y pisos que los separaban entró a su incorpórea forma al despacho donde momentos atrás había dejado a la granjera. Allí seguía ella, absorta en su zarrapastroso libro concentrada, con el ceño fruncido y las mejillas ahora coloreadas por el calor. Ella, por supuesto, no se había dado cuenta de su presencia y leía casi que con avaricia, como si quisiera traspasar las páginas del libro. Estaba sentada con las piernas recogidas como un gato y pasaba las páginas con más velocidad de lo que él estaba acostumbrado a ver en una aristócrata, que no leían mucho, si era sincero.

Su forma incorpórea podía percibir el olor que emanaba de ella que ahora que lo desmenuzaba en su nariz se le hacía… atrayente.

Ya había dicho antes que las mujeres olían bien. Su sangre, en especial, las que no tenían ninguna enfermedad rara o infecciosa, tenía el olor que siempre llamaría a los Nosferatu, pero la de esta muchacha parecía tener un elemento más allá de lo normal. Intentó forzar la mente pero ella no estaba pensando en nada especial, o al menos nada que él no pudiera percibir lo que le hacía preguntarse si seguía bloqueándolo y no podía ver nada o si definitivamente no estaba pensando. Forzó un poco más y su parte incorpórea alcanzó a percibir imágenes de un gran parque y de una muchacha que se parecía mucho a ella y un hombre que no había visto nunca.

Eran los personajes del libro que leía, seguramente, se los estaba imaginando y eso era lo que tenía en su cabeza. Instigó más a sus barreras mentales para identificar que estaba pasando entre los dos protagonistas pero de repente se vio en el parque de la imaginación de ella y dos segundos después una puerta antigua se le cerró en la cara obligándolo a retirarse.

Maldición.

No podía dejar que la curiosidad lo llenara, no iba a ser sano por que no profundizaría en ella ni en su mente, excepto para cavar entre sus piernas.

Su forma incorpórea se dio la vuelta para traspasar la pared cuanto escuchó el sonido de su estómago.

Ella soltó una risita que sonó como una campanilla tocando y sin siquiera ordenárselo la forma incorpora de sí mismo se movió hacia ella mirando como la sonrisa daba un aspecto demasiado angelical a su rostro de rasgos imperfectos. Su pequeña mano fue al estómago y su sonrisa se transformó en una adorable mueca de incomodidad.

Edward, muchos pisos arriba llamó a su forma y cuando estuvieron unidos otra vez llamó a Esme con el silbido que estaba acostumbrado. Ella debía estar en algún lugar del jardín mirando las estrellas, o por lo menos lo que las nubes dejaban ver, era su pasatiempo favorito y ya que no dormían tenían que hacer algo de actividad aparte de leer, instruirse y tener el castillo en orden.

Ella entró segundos después abriendo la puerta y frunciendo el ceño ante la oscuridad de la habitación.

– Llévale comida – dijo sin mirarla, solamente mirando hacia el techo de su cama.

– ¿Qué cree que pueda gustarle? –

El frunció la nariz y percibió el aroma de la muchacha un poco menos condensado.

–Fruta, harina, queso – dijo monótonamente pensando en la delgada cintura en cuya parte superior eran distinguibles las costillas.

– ¿Carne? ¿Pollo?– preguntó Esme pero él negó lentamente.

Retirándose Esme seguramente había corrido a velocidad tal que en menos de 2 minutos tendría la bandeja de comida lista.

Era un ritual que a Edward le gustaba observar, las campesinas normalmente al ser atendidas perdían sus inhibiciones con la ilusión de servidumbre y acostumbraban a pedir los cortes de carnes más finos y el mejor vino, así que no quería darle la oportunidad a la granjera de que perdiera su bajo nivel. Algo sencillo, que seguramente ella comería en casa y que Esme permaneciera en silencio sin ofrecerle nada. Cuando necesitara algo seguramente la muchacha lo pediría.

Dejo ir su forma incorpórea y nuevamente la alcanzó en el despacho. Vio como Esme dejaba la bandeja y como la muchacha la miraba entre deleitada y sorprendida. Advirtió como intentaba hablar pero el miedo que leyó en sus ojos le impidió decirle nada a Esme. Observó cómo se acercó a la bandeja y esperó apoyada en la ventana a que se lanzara a la comida excesiva como todas hacían.

Pero se sorprendió cuando ella volvió a tapar la bandeja y se volvió a sumergir en su lectura. Podía sentir su estómago retumbar pero aunque quiso, estúpidamente, ver que ella riera, no lo hizo, simplemente se quedó ahí sin comer y leyendo.

Vaya criatura frustrante, pensó incoherentemente. Pero la curiosidad seguía y como vampiro que era podía quedarse mucho tiempo en la misma posición y eso hizo. La miró por horas intentando encontrar el camino a su mente sin conseguirlo. Intentando identificar los componentes de su sangre para saber cuál de ellos le gustaría más una vez lo probara pero solo había ahí los normales más una esencia que nunca había olido en ninguna de las mujeres. Algo que le llamaba al hambre de una manera extraña.

Se perdió en su propia cabeza hasta que escuchó que el raído libro caía al suelo de alfombra y al dirigir la mirada hacia ella se dio cuenta de que estaba profundamente dormida.

Llamó a su parte incorpórea y cuando estuvieron unidos corrió deslizándose por las escaleras a velocidad vampírica hasta llegar al despacho en donde entró cubierto por las sombras ya que el fuego se estaba apagando.

Cuando estuvo frente a ella se dio cuenta de que su olor se había esparcido por toda la estancia como un horno terriblemente apetitoso. Al verla desde su estatura se dio cuenta de lo pequeña y vulnerable que le parecía algo que nunca había pensado con nadie.

Tenía la muñeca fuera del sillón y las venas azules en esta estaban llamándolo sin control. Tenía que salir de ahí…

Pero por otra parte, para eso había venido ¿no?

Hincándose hasta quedar a la misma altura de ella que respiraba acompasadamente levantó el blanco brazo y paso la nariz lentamente por él absorbiendo la esencia que emanaba. Ahí, a milímetros de su piel el olor era más concentrado y al no haberse alimentado en varios días su hambre estaba a punto de consumirlo.

Bella sintió algo frio deslizándose por su brazo y lo asoció a que quizá fuera una brisa de alguna ventaba. Estaba medio dormida ya que finalmente el cansancio y el hambre le habían pasado factura, a punto de adentrarse al mundo de los sueños cuando sintió que algo la picaba en la muñera derecha. Seguramente algún zancudo, intento mover su brazo para quitarlo de la piquiña pero no lo podía mover, algo lo tenía sujeto.

Podía estar soñando.

Abrió lentamente los ojos y toda la estancia estaba oscura, excepto por leves retazos de luz que sacaba el fuego a estar cerca de apagarse, movió sus ojos hacia su muñeca derecha y la blancura de su piel brillaba en la oscuridad, su muñeca y su mano se perdían en las sombras y un dolor lacerante seguía punzando en la muñeca.

Haló con más fuerza pero algo la tenía sujeta y la somnolencia se hizo mayor. Algo allá en las sombras soltó un gruñido aterrador y ella se asustó volviendo a la realidad en un santiamén.

Una forma cayó sobre ella para inmovilizarla y el olor acerado de la sangre penetró súbitamente en la nariz de Bella. Intentó moverse pero su cuerpo estaba plenamente inmovilizado por otro y algo frio estaba pegado a su muñeca.

"No… por favor…"quiso gritar, se sentía de la misma manera que horas antes, fuera del control de su mente. Como si tener cerca a ese ser desalmado fuera la llave para descontrolarse, tenía que alejarse.

Haló su muñeca y sintió su piel desgarrarse un poco. Soltó un gritito que fue silenciado por una mano helada.

Cuando Edward no pudo resistirlo más clavó los colmillos en la vena de la muñeca y cuando la sangre tocó por primera vez su paladar sintió como si miles de explosiones de placer lo estuvieran asaltando. Parecía que la sangre estaba llena de ese elemento que no había podido identificar y al saborearlo por primera vez perdió la poca cordura que le quedaba. No se trataba de que tuviera hambre, se trataba de que era la sangre más deliciosa que alguna vez hubiera probado. Ni siquiera sabía que la sangre podía saber de esa manera y le recordaba dolorosamente a los sabores y alimentos que había probado en su vida humana, con muchos más ingredientes y…

Sintió la sangre deslizarse por su cuerpo endureciéndolo instantáneamente. Como si fuera algún afrodisiaco que estaba estimulando cada célula de su no–vivo ser. Afianzó sus colmillos más hondos y la sangre comenzó a fluir a borbotones. Cuando el pulso dejó de ser lento se dio cuenta de que ella no estaba ya más dormida y se había dado cuenta de que algo pasaba.

Si, él podía sentirla pero le importaba poco mientras pudiera seguir bebiendo de ese elixir. Ella comenzó a moverse y él intentó usar su persuasión para que se quedara quieta mientras la bebía, pero olvidaba que ella tenía algo que no hacia su poder demasiado efectivo. Cuando se movió más fuertemente sintió sus colmillos filosos romper un poco más la piel y a ella gimiendo de dolor, lo cual nunca antes le había importado. Moviéndose a gran velocidad estrelló la forma de su cuerpo contra la de ella para hacer una inmovilización sino mental al menos física. El cuerpo de ella encajó a la perfección con el de él mismo y siguió dándose el placer de esta bebida mientras una sensación tan agobiante como la búsqueda de un orgasmo comenzaba a inundar sus sentidos.

Bella se sentía cada vez peor. Aquella oscuridad que estaba sobre ella estaba bebiendo su sangre y el olor estaba comenzando a marearla. Olía a algo más, a una especia que no conocía pero su nariz solo buscaba y se aferraba al olor de la sangre. Se sentía débil, podían haber pasado horas desde que lo que sea que estuviera sobre ella estaba bebiendo su sangre. Su corazón que momentos antes palpitaba con rapidez en sus costillas comenzaba a disminuir su latido y su visión oscura se estaba viendo borrosa.

Edward… basta… estas matándola– Una voz de mujer decía. Bella sintió apretarse la sugestión sobre su muñeca y después muchas sombras se cernieron sobre ella. – Deténganlo – dijo la voz otra vez y las sombras casi que saltaron sobre ella. Ya no podía gritar y hacer nada, se había quedado sin fuerzas, drenada completamente.

Escucho ese gruñido sobrenatural y el peso sobre ella fue quitado inmediatamente y lo de su muñeca se alejó de últimas. Quizá fuera un sueño…

Algo la levantó del mueble y la condujo fuera de esa estancia donde había vivido los momentos más extraños de su vida desde que había llegado.

– Mi libro – susurró con una voz sorprendentemente débil pero después cerró los ojos y no supo nada más.

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Mientras Emmet se llevaba a la muchacha a la que había sido destinada como su habitación Esme vio como Jasper, Carlisle, James y Garrett, quienes fueran los sirvientes del castillo antes de la desgracia, empleaban todas sus fuerzas vampíricas para retener a la bestia en la que se había convertido su patrón. Aunque intentara escapar la fuerza de cuatro vampiros era inmune y Jasper le tenía la nariz aferrada para que no oliera a la muchacha hasta que estuviera lo bastante lejos y pudiera pensar. En otra circunstancia a Esme no le hubiera molestado que la matara, ya que los primeros años como vampiro así lo había hecho, pero había creído que él había aprendido a controlarse más en ese momento mientras lo miraba recuperar poco a poco el dominio de sí mismo se dio cuenta de que eran solo patrañas. Había algo más con esa mujer y no iba a dejar que la matara sin averiguar que era.