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Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer, y la Bella y la Bestia a Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve

Bella sentía como si hubiera bebido demasiado la noche anterior y tuviera la peor resaca de su vida, no era que alguna vez hubiera bebido lo suficiente como saber cómo se sentía, pero había leído libros y asociaba la pesadez que sentía en ese momento, con su literario conocimiento. Intentó darse la vuelta en la cama en la que estaba acostada. De un momento a otro entrarían sus hermanas hablando entre ellas, olvidando que estaba ahí, en voz alta alabando los prietos traseros de algún soldado que se hubiera cruzado con ellas en uniforme y pensando en la mejor manera de pellizcárselo, así eran de tontas.

O un despertar mejor, su padre vendría y le cantaría con su oscura y bella voz la nana que su madre había compuesto para ella cuando nació. Pero lo único que se escuchaba era el silencio exultante roto solamente por el bramido del viento exterior.

En el campo el viento no se escuchaba tan claro lo que la obligó a abrir los ojos pesados y darse cuenta de que no estaba en su casa en absoluto.

Un aluvión de recuerdos se le vino a la cabeza haciéndola ser consiente de donde se encontraba en ese momento. Soltó un grito ahogado al recordar que había sido dada como moneda de cambio para que su padre viviera, o al menos no fuera a la cárcel acusado injustamente por aquel animal sin alma...

Un silbido de dolor se cruzó por su brazo derecho al intentar usarlo para erguirse en los codos. Un madero la asaltó y la hizo caer en la cama cuan larga seguía siendo.

Levantó el brazo, lo que le llevó mucho esfuerzo, no podía identificar por qué razón estaba tan agotada. Cuando miró su piel habitualmente sencilla e inmaculada lanzó un grito que habría despertado a su padre y hermanas y que seguramente se habría propagado por toda la villa y el pueblo millas más adelante.

Tenía un hematoma casi tan grande como el tamaño de su antebrazo y dos profundas incisiones donde antes solo se veía la vena azul que proveía de circulación a su brazo.

Forzó su memoria al recordar que había pasado para que estuviera en ese estado pero no podía recopilar nada más que haberse quedado dormida leyendo como el señor Darcy explicaba por medio de una carta la historia de la verdadera naturaleza del señor Wickham.

Sacando fuerzas de donde no tenía se levantó y acabó sentada en la cama respirando profundamente esperando estabilizar su ritmo cardiaco que sentía agitado en su pecho. Sabia como se sentía porque cuando tenía sus dolorosos y sangrientos periodos la pérdida de sangre hacia que quedara tan débil como un gatito y el boticario no había dado con ninguna cura. Aunque no estaba en riesgo de morir siempre acababa como si la hubieran drenado y casi era así.

Cuando su mundo volvió a estar quieto se desplazó arrastrándose hacia el borde de la cama y el verdadero reto de su fuerza llegó en el momento en que apoyó los pies en la superficie de piedra de su nueva habitación. Poner peso a sus piernas de agua seguramente sería una prueba pero necesitaba hablar con alguien... necesitaba...

Un rayo de sol se coló por la gran ventana que estaba a la derecha de su cuerpo. Antes había solo nubes pero suponía que en un sitio tan inhóspito como ese el sol era casi un lujo.

Descalza por que no encontró zapatos, se envolvió en la manta que antes la cubría y caminó hacia la salida de la habitación sintiendo como el sol calentaba un poco sus extremidades.

Salió a un pasillo tenuemente iluminado, decidió ir a la derecha ya que era diestra. Sus pasos se escuchaban un poco ásperos pero al menos ahora no pisaba piedra sino lo que parecía ser una enmohecida alfombra. Aun así su caminar y el sonido que producía parecía reproducirse altamente en los muros de piedra dándole la sensación de ser la única habitante del castillo.

Finalmente dio con unas grandes escaleras que le hicieron pensar en una hermosa mansión. Seguramente así era Pemberley pero no podía imaginar, ni siquiera al tosco señor Darcy, viviendo en un lugar que parecía una tumba enorme.

Bajó por las escaleras esperando no tener algún encuentro inesperado, no tendría ni siquiera fuerzas para asustarse por que el entorno había comenzado a girar lentamente. Tendría que sentarse pronto y no sabía dónde hacerlo. Caminó más rápido hasta que encontró una serie de puertas de las cuales accionó la primera, que para su suerte resultó ser la cocina en donde había un gran mesón y una serie de sillas. Tomó la que estaba más cerca y se sentó apoyando la cabeza en los brazos esperando que el malestar pasara.

No supo por cuantos minutos estuvo allí pero cuando finalmente dejó de colapsar pudo sentarse derecha e identificar algo que pudiera ayudarla. Había una alacena que contenía pan, frutas y vegetales y unos granos. Tomó la manzana que estaba muy fresca, como si hubiese sido apenas recolectada el día anterior y su sabor dulce aumentó considerablemente su energía. Había demasiado silencio a su alrededor y se preguntó tontamente si todos los habitantes de la casa se habían ido y solo había quedado ella.

Pero no, algo en el ambiente, en su propio ser le decía que estaba siendo vigilada y aunque no le gustaba ese sentimiento decidió ignorar su paranoia y disfrutar de la comida aunque no confiaba ciegamente en que esta no tuviera algún tipo de alucinógeno que le hiciera creer que veía cosas.

El rayo de sol que le estaba calentando la piel y que la había seguido todo el camino hacia abajo desapareció gradualmente, apoyándose en la larga mesa caminó haciendo pasitos por que el mareo, aunque no era tanto como antes, no la dejaba erguirse en toda su estatura y se asomó en la ventana donde pudo ver que las espesas nubes comenzaron a tapar lo poco que el sol había podido brillar. Se volvió todo tan gris como antes. Y la iluminación de la estancia se hizo tan tenue que más que por la mañana parecía que estuviera terminando de caer la tarde. Se volvió hacia la mesa nuevamente para terminar su frugal desayuno.

Cuando terminó decidió pasear para intentar orientarse aunque no estaba segura de que pudiera regresar a su habitación original si empezaba a hacer eso pero de alguna manera no le importó. Salió de la estancia caminando lentamente y mirando cómo era todo. A pesar del evidente estado de deterioro en su tiempo debió ser imponente como el castillo de una reina de cuento, de alguna idiota manera se imaginó a ella con una corona, sí, claro. Como si una mujer de campo como ella pudiera siquiera aspirar a algo más que un campesino.

No sabía por cuánto tiempo se prolongaría su estancia en este sitio, ni si saldría de él siendo la misma Bella. Pero por ahora viviría lo que tocara vivir, después de todo los humanos, en su corta experiencia, venían al mundo a sufrir y a pasar adversidades para encontrar su pequeña medida de felicidad.

El "castillo" se componía de cuatro pisos, cada uno de ellos tan macabro como el anterior, había muchas puertas que suponía Bella que conducirían a estancias incluso más oscuras pero al mismo tiempo más antiguas. Sentía una extraña fascinación por conocer cada rincón pero no sabía cuánto tiempo llevaba caminando y se volvía a sentir agotada. Estaba mirando el centro de la escalera que se alzaba hacia lo que parecía una torre que sobresalía de todos los pisos cuando escuchó unos suaves pasos detrás de ella. Completamente aterrada, aunque sin saber por qué lo estaba vio como entre las sombras la mujer que la había recibido salía y la miraba tan impasible como la conocía.

– Buenos días, señorita Isabella, espero que haya tenido una buena noche –

Aunque no era una experta en leer emociones en los demás sentía que a mujer estaba un poco… ¿tensionada? La razón no la sabia, no podía identificar si se trataba de su presencia.

– Eh… yo… – no podía decir que había dormido bien, a su memoria venían una serie de imágenes de pesadilla, pero lo que realmente la molestaba era lo que tenía en el brazo. – Si, gracias…–no sabía en realidad como expresarse delante de esa majestuosa mujer que, aun con uniforme de lo que Bella suponía era de ama de llaves, parecía una reina elegante.

– Me alegra escucharlo – los ojos de la mujer recorrieron a Bella hasta el brazo que la joven intentaba ocultar sin éxito.– Conozco un ungüento que ayudará con eso –

Quería preguntarle si era posible que supiera que era lo que había pasado. No recordaba haber sido mordida por algo antes pero suponía que en medio de su sueño algún bicho venenoso la había picado.

Accediendo a la mujer caminó con ella y se le fue permitido entrar por una de las puertas por las que antes pasó. Dentro había toda una serie de equipo que parecía médico, aunque no podía emitir ningún concepto ya que no sabía nada de eso, la mujer le pidió que se sentara en la silla alta y comenzó a moverse rápida y eficazmente por toda la estancia, parecía que la conocía bien pero se veía como si nadie la hubiera utilizado en décadas.

Con paños de agua hervida y fría comenzó a tratar el hematoma y le aplicó una crema envolviéndolo después.

– En unos días no tendrá ninguna molestia –

– ¿Qué clase de animal puede producir esto? – preguntó Bella viendo como la mujer guardaba todo lo que había utilizado.

– Ninguno que usted conozca, es una especie que solo se da en estos montes – la respuesta aunque educada fue tajante, quizá la mujer no quería que le preguntara nada más y Bella se sintió un poco regañada.

– Gracias por esto – dijo señalando su improvisado vendaje.

Bajó del taburete y la mujer la condujo a una estancia que reconoció como la sala donde había estado la noche anterior. Ahí en medio de la estancia vio su libro de Orgullo y Prejuicio y corrió hacia este sin importarle si se veía infantil. Estaba tal y como…. Como no recordaba la amanera en que había abandonado su libro favorito. Lo cerró y lo apretó contra su pecho volviéndose hacia la mujer que la seguía mirando con esos extraños ojos verdes.

– Lo siento… era de mi madre – dijo Bella encogiendo un poco sus hombros ante la penetrante mirada.

– Los recuerdos no devuelven lo que se perdió– comentó la mujer enigmáticamente.

– ¿Podría por favor decirme su nombre? No me parece justo pensar en usted como "la mujer" –

– Soy Esme – comenzó a correr las cortinas de la estancia haciendo que esta se oscureciera inmediatamente. Bella sintió un poco de miedo, aferró su libro contra el pecho. Cuando se quedaron completamente a oscuras Bella sintió los pasos de Esme caminar hacia donde estaba la chimenea. Escuchó que movía cosas y un fuego se encendió tiempo después, debía admitir que la mujer era competente y seguramente por eso parecía ostentar una imagen de poder.

La penumbra medio iluminada comenzó a traer a su mente las imágenes de la pesadilla que había tenido. Pero no quería acordarse del súbito terror que esta le produjo.

– Siéntese, por favor – dijo Esme señalando el mueble que estaba más cerca de la chimenea. – Hay algo que debo decirle – Bella obedeció y se sentó mirando al fuego. Sentía que su corazón palpitaba fuertemente, se sentía nerviosa y no sabía la razón. Bueno, estar frente a una desconocida sin saber la intención que tenía era extraño, pagar la deuda con su presencia en la mansión de un extraño era peor. Aun recordaba lo anterior, al que parecía jefe de ella, aquel atractivo aunque extraño hombre. – Una vez cruzó la puerta su vida dejó de ser suya –

Bella sintió el impulso de reír, aunque sabía que la esclavitud existía jamás se había imaginado así misma en esa posición. Sonrió de lado esperando que la seria ama de llaves sonriera pero esta permanecía seria y la sonrisa de Bella decayó.

– ¿A qué se refiere con eso? ¿Cómo que mi vida dejó de ser mía? –

– Lo que oye, seguramente sabe que su padre contrajo una costosa deuda con el patrón –

– Lo que yo sé es que mi padre trabajó con su despiadado patrón y por un providencial error cree que mi padre intentó robarlo – dijo Bella con sonsonete.

Esme tenía que admirar las agallas de la campesina, después de todo ninguna de las que habían venido antes que ella había mostrado nada más que sumisión.

– El que contrae deudas con mi amo, las contrae para toda la vida. – el tono de ella era aún más siniestro o eso le pareció a Bella.

– No creo que con su eficiencia el amo, como usted lo llama, necesite a alguien como yo, no conozco los manejos de una casa de este tamaño y no creo que le vaya a servir de nada… acepté para ayudar a mi padre pero sinceramente… –

– Ah, ya sabía que llegaríamos a esto… – Esme abrió la puerta de su derecha caminando tan rápido que Bella se preguntó si en realidad la había visto moverse. Cuando abrió la puerta el mismo hombre que había visto cuando llegó el día anterior estaba ante ella. Su misma mirada, su mismo cuerpo, aquel que hizo que la respiración de Bella se acelerara sin saber realmente por qué.

– Buenos días – dijo y su voz volvió a hacer que los cimientos de la realidad de Bella se vieran alterados. Sintió que las mejillas se le ponían calientes y seguramente coloradas debido al conocimiento de que ese hombre o quien fuera frente a ella la había visto sin ropa manipulándola de una manera… Se puso de pie inmediatamente alejándose hacia la ventana, pudo percibir que cuando hizo ese movimiento ambos, amo de la mansión y ama de llaves se quedaron tan quietos como estatuas.

Sintió una punzada en las sienes, como si algo intentara entrar, era la misma sensación de antes y el pánico la inundó.

– Por favor, díganme que es lo que quieren de mí y de mi padre – dijo rogando, con miedo en la voz.

Edward se sentía cada vez más frustrado, pensaba erróneamente que al haber bebido la sangre de la campesina quizá lo que fuera que hacía que no pudiera leerle la mente sin controlarla pero se equivocaba, ella nuevamente estaba poniendo la barrera y cuando otras como ella habían caído de rodillas dispuestas a servir bajo su comando mental, esta estaba de pie, comenzaba a llenarse de pánico y su dulce sangre comenzaba a oler a hielo, símbolo del miedo que la estaba atenazando. No, a ella no iba a poder controlarla, iba a tener que hacer algo que no hacía tiempo atrás… utilizar su seducción.

– Cálmate – dijo Edward acercándose unos pasos haciendo que ella retrocediera más, la cortina se movió un poco y Bella se percató de que había sol afuera otra vez, débil pero lo había. – Aceptaste venir por ayudar a tu padre, no le comenté a él el uso que te iba a dar y lo haré ahora contigo. Accediste a venir así que tendrás que adherirte a lo que te diga – Los ojos del hombre brillaban de manera extraña.

– ¿Qué es lo que debo hacer? – dijo Bella sin estar segura de querer saber la respuesta.

– Serás mi amante – dijo con toda naturalidad el hombre. Seguramente Elizabeth Bennett estaría sublevada, pero su curiosidad enfermiza haría que ella… Un momento, ¿acaso su cerebro estaba pensando en aceptar lo que ese hombre estaba diciendo?

– ¿Discúlpeme? – dijo Bella mirando si podía huir por la puerta y correr hasta que las piernas no le dieran más o hasta encontrar ayuda cercana.

– Lo que oíste – permanecía tan impasible que a ella le dio ira. ¿Cómo podía pensar en sugerir siquiera lo que estaba pensando?–

– Sé que no soy respetable, señor – sintió que las lágrimas empezaban a llenar sus ojos, acababa de enterarse de en lo que se estaba metiendo y aunque pensaba en el destino de su padre no sabía que era lo que le esperaba a ella. Si, era un hombre atractivo, pero ella era solo una campesina que no conocía nada de la vida más que el pueblo donde creció. Pero sabía que había mujeres que caían en desgracia por estar con alguien cuando no estaban casadas y eso arreciaba sus reputaciones y posibilidades de por vida. Ella nunca había pensado en casarse pero tampoco en sacrificar la paz de su vida por esto. La mirada de Edward se hizo más dura y casi que aterrorizante. – Pero no tiene derecho a humillarme con esa proposición –

– No te estoy humillando, simplemente te estoy comentando cual será tu función de ahora en adelante. Si incumples iré tras tu padre para devolverte y de paso cortarle la mano por ladrón – su voz y en realidad todo su ser eran implacables. Bella sintió que los vellos de sus brazos se erizaban ante tal muestra de poder y palideció ante esa amenaza, su padre era todo lo que más quería en el mundo, perder una de sus manos a su edad podía matarlo o peor incapacitarlo y vivirían en la pobreza. Sus hermanas preferirían morir antes que trabajar la tierra para ayudarlo y quedaría…

Las lágrimas se desbordaron de las mejillas de Bella pero ella no hizo ningún intento de retenerlas ni secarlas de su rostro, aunque sabía que ese ser no se conmovería por ello.

Al contemplar sus opciones resultaba evidente que no iba a poder hacer nada sino acceder y estar sin opciones era algo que nunca había imaginado y ahora contemplaba esa realidad frente a ella al lado de las dos personas más extrañas que jamás se imaginó conocer.

– No puede hacerme esto – dijo con voz susurrante esperando haberlo escuchado solamente ella pero el hombre comentó desde el otro lado de la habitación.

– Puedo hacer lo que quiera, después de todo soy el amo de este lugar –

La convicción con que se lo tenía creído hizo que por un momento la vena débil y luchadora que Bella tenia hirviera de indignación, pero no podía hacer nada, se daba cuenta en ese momento, él tenía dinero, poder, influencias y si se negaba algo malo podía pasarle a su familia.

Su familia…

De alguna bizarra manera se preguntaba si sus hermanas estarían dispuestas a asumir el papel de amantes de este hombre por salvarlas a ellas y al recordarlas lo dudaba en demasía. Su padre no podría ser amante de un hombre porque era del sexo masculino y no tenían a nadie más.

Su familia…

Cerró los ojos imaginándose cada uno de los escenarios que su nuevo papel representaría.

Valor, Bella, se decía a sí misma, no puede durar para siempre. Seguramente un hombre tan atractivo y con tanto poder se aburriría fácilmente de una campesina como ella. Lo que tenía en la muñeca comenzó a arderle incandescentemente y tuvo que soltar el libro de J. Austen para llevarse la mano a la otra ocultando un gemido de dolor.

Fijando su mirada hacia el fuego entregó su destino en una plegaria a Dios y se volvió para afirmar con la cabeza. Las lágrimas secándose incómodamente en su rostro y su propio yo gritándole que no debió ceder tan fácilmente. Pero no se arriesgaría a que cumpliera su amenaza.

– ¿Qué es lo que debo hacer? – intentó que la voz no le temblara fallando estrepitosamente.

Esme se dio la vuelta y se retiró de la estancia dejándola sola con ese hombre.

– Siéntate – dijo Edward casi educadamente señalando el sillón donde ella se había echado a dormir la noche anterior.

Edward observaba los movimientos de la muchacha, caminaba con elegancia, nada propia de su rango, se sentó pulcramente en el sillón. No sabía en realidad cuanto debía revelarle ya que a ella, a diferencia de las otras, no podría borrarle todos los recuerdos y crearle nuevos. Y aunque era probable que la tildaran de loca no podía arriesgarse a que alguien decidiera venir a la mansión a comprobar los rumores.

Se sentó en una esquina alejado de ella, el olor de su sangre le llamaba terriblemente y tenía que controlarse. Perder los papeles a noche anterior había hecho que se cuestionase todo por lo que había estado luchando. Desde el fondo de su ser no quería ser un monstruo como en realidad era. Había luchado contra su verdadera naturaleza y probaba de vez en cuando la sangre humana con las mujeres que traía a casa. Al inicio algunas habían sido víctimas del frenesí de vampiro y habían sucumbido cuando las drenaba completamente, luego había aprendido a controlarse y solamente las bebía cuando tenían sexo, cuando se cansaba de ese sabor las despedía, con mucho dinero, recuerdos de ser viudas de militantes y las mandaba al campo donde por lo que sabía vivían el resto de sus vidas en paz.

Cuando había recibido este pacto con el campesino jamás se imaginó que iba a pasar lo que pasó. Nunca había bebido sangre más dulce y sus instintos animales le hacían desear probarla de nuevo.

Pero había estado a punto de dejarla seca y aunque no le importaría en otro caso la naturaleza humana que aún vivía debajo de sus muchas capas de monstruo se revelaba contra esa posibilidad. Ella le inspiraba una curiosidad que nunca antes había experimentado y seguramente se trataba de ese defecto de ella en el que no podía leerle la mente, ni controlarla con sus poderes para psíquicos. Nunca antes se habían resistido y eso era extrañamente estimulante. Quería saber qué hacía a esa tonta diferente de las demás. Observó cómo su delgado cuerpo se inclinaba a recoger el libro que había dejado caer al piso.

Austen, pensó.

Claro, el romance, todas las mujeres creían en él sin saber que el amor no era sino una manera poética de disfrazar el deseo sexual. Este se acababa con el tiempo al igual que la curiosidad, no existía tal sentimiento poderoso capaz de salvar a nadie. Por ese motivo sabía que se quedaría en ese estado semihumano/semimonstruo por el resto de la eternidad. Por qué no habría amor lo suficientemente poderosos para salvar el alma perdida de todos aquellos que vivían en el castillo.

– Sabes, por supuesto, el mecanismo – dijo Edward como si nada.

Bella negó sin entender en un principio a qué hacía referencia. Luego sintió que sus mejillas se enrojecían sin evitarlo. Su padre había tenido aquella incomoda charla con ella alguna vez y sabia más o menos en qué consistía traer bebes al mundo. Nunca le había puesto demasiado cuidado, completamente convencida de que algo así nunca le pasaría a ella, principalmente porque sus planes siempre habían sido quedarse con su padre hasta la vejez, heredar la granja y vivir en ella como solterona. Por sus rasgos físicos, comparados con los de sus hermanas era más que evidente que sería así. A ella, a diferencia que a ellas, nunca la habían buscado ni los soldados que acampanan de vez en cuando en el pueblo ni los caballeros solteros que llegaban buscando esposa campesina para poder heredar o algo similar. Siempre había sido considerada el patito feo de la familia y así había crecido, las cosas no parecían cambiar nunca.

Pero ahora se encontraba frente a un hombre, o eso parecía. El más atractivo con el que alguna vez se hubiera cruzado. Dudaba que incluso el señor Darcy fuera así de atractivo, aunque suponía que debían parecerse mucho. Su mente inocente aun no podía evitar imaginarse en la intimidad con él. Pero algo dentro de su pecho le decía que intimidad solo era una parte de lo que aquel hombre quería.

–Supone bien – dijo sin la parte de confianza que seguramente le había faltado a esa frase.

– Bueno, es lo que quiero y es lo que vas a darme – a él si le sobraba familiaridad y Bella solo podía mirarlo desde la distancia intentando que su propia mirada no se detuviera demasiado en los armónicos rasgos de él. – Porque me lo debes, en realidad me lo debe tu padre pero con él no podría hacer lo que quiero hacer contigo. –

Bella sintió el idiota impulso de reír ante el tono que ese hombre utilizó pero nada era gracioso en esa situación.

– Esta noche te veré en esta misma sala – Bella volvió sus ojos hacia él desde donde estaba, sentía en sus manos el tacto de la cortina que era al único sitio al que se había aferrado, aparte de su libro, que creía que podía sostenerla. Ese hombre miraba esa cortina como si fuera algún tipo de arma que ella estuviera blandiendo. Aunque seguramente nada era como ella lo estaba imaginando, pensaban estúpidamente. Ahí el único que tenía el poder era el mismo malhadado ser humano en forma de hombre atractivo.

Se fue como un soplo de viento y solo cuando estuvo fuera Bella fue capaz de respirar sin ningún tipo de interferencia. Corrió lentamente la cortina viendo desanimada los rayos del débil sol penetrando los cristales de la ventana e iluminando la estancia casi que primorosamente. ¿Cómo alguien, en un lugar tan inhóspito como ese, quería cerrar las cortinas ante tal muestra, casi que maravillosa, de luz natural?

Tenía el cerebro drenado y caminó hasta sentarse en el sillón dejando la cortina así. Los rayos hacían poco por calentar su piel pero era el único consuelo que se le ocurría en ese momento.

Cerró los ojos y a pesar de que aún era de día el agotamiento que sentía hizo se echara un sueñecito, cayó en la inconciencia rápidamente.